MISA DE BEATIFICACIÓN DE RITA AMADA DE JESÚS,
FUNDADORA DEL INSTITUTO DE LAS RELIGIOSAS DE JESÚS, MARÍA Y JOSÉ
HOMILÍA DEL CARDENAL JOSÉ SARAIVA MARTINS
Viseu, Portugal
Domingo 28 de mayo de 2006
1. Un antiguo himno sagrado mariano, muy conocido, que el pueblo
portugués canta aún hoy, dice: "Al cielo voy a ir; al cielo, ¡qué día tan
feliz!"; felicidad porque el cielo es nuestra patria. En efecto, sabemos que,
como dice la carta a los Hebreos, "no tenemos aquí ciudad permanente, sino que
andamos buscando la del futuro" (Hb 13, 14). Y san Pablo lo confirma:
"Nuestra patria está en los cielos", "in coelis est" (Flp 3, 20).
El camino del hombre no es vagar por la tierra sin meta. Al contrario, tenemos
un gran horizonte y un destino elevado hacia el cual nos encaminamos; y, como
hijos de Dios, bautizados, nunca debemos perder de vista esta dimensión
sobrenatural de nuestra vida cristiana. La Ascensión de Jesús nos recuerda que
"estamos llamados a mirar hacia el cielo" y que no todo se agota ni acaba en
esta tierra. Es providencial recordar todo esto, porque, como decía el gran
poeta y escritor francés Charles Péguy: "Hoy, por desgracia, se está
difundiendo una auténtica amnesia de la eternidad".
Sor Lucía, al narrar la primera aparición de la Virgen, acontecida el 13 de mayo
de 1917, a los tres pastorcitos de Cova de Iría, afirmó que, una vez roto el
hielo del miedo inicial, después de que la Blanca Señora dijera: "No tengáis
miedo, yo no os quiero hacer daño", fue precisamente ella, animada por la
confianza que la Blanca Señora inspiraba, quien le preguntó: "¿De dónde sois?",
y escuchó como respuesta: "Soy del cielo" (cf. sor Lucía, Gli appelli del
Messaggio di Fatima, Librería Editora Vaticana, Ciudad del Vaticano 2001, p.
116). La mirada que tiene la nueva beata Rita Lopes de Almeida en la imagen que
contemplamos hoy está claramente dirigida al cielo, a la gloria y a la
bienaventuranza con que el Esposo celestial la reviste y la colma.
2. Los acontecimientos que narra la primera lectura, tomada de los Hechos de los
Apóstoles, pueden reducirse a dos: el primero, referido al pasado, recuerda la
traición de Judas; el segundo, referido al futuro, reconstituye la integridad
del grupo de los Doce, que van gradualmente convirtiéndose y abriéndose, sobre
todo después de las iniciativas de Bernabé, Pablo y Felipe, al apostolado
universal.
Esta conversión de los Apóstoles, que les van imponiendo los acontecimientos,
también debemos llevarla a cabo todos nosotros.
Estos son, asimismo, los temas de la segunda lectura y del evangelio que se
acaba de proclamar. Lo que sabemos del amor redentor que Dios nos tiene, es
decir, la fe, nos lleva a amarnos mutuamente. Así pues, la fe funda nuestro
comportamiento individual social, o sea, nuestra moral. Por tanto, la vida
cristiana posee una doble dimensión: vertical y horizontal. La primera nos hace
tomar conciencia de que Dios es Amor, que nos ha amado efectivamente hasta el
punto de enviarnos a su Hijo y quiere establecer su morada en nosotros; la
segunda nos impulsa a amar a todos nuestros hermanos, tanto los que están cerca
como los que están lejos, con el mismo amor con que nosotros somos amados por
Dios. Más aún, sólo amando a nuestros hermanos podremos ser amados por ese Dios
que, al hacerse hombre, consagró lo humano, y por ello y en ello nos toca y nos
salva. Pero nuestra apertura a los demás y al mundo, nuestro celo apostólico de
llegar a todos los hombres, no debe ir en detrimento de nuestra vida de comunión
con Dios.
3. En la hermosa figura de la beata Rita se manifiesta claramente que estar
consagrados en la verdad implica unir la fidelidad al hombre y la fidelidad a
Dios, sin evasiones. Sólo manteniéndose fieles a Dios y conservando celosamente
en nosotros su presencia podremos llevar a cabo, con fruto, nuestra acción
apostólica. Precisamente esto nos lo enseña, como todos los santos, ella, que
decía: "Lo que siempre he deseado es que se haga la voluntad de Dios nuestro
Señor". En otra ocasión afirmó: "Sentía tanto fervor que era capaz de dar la
vuelta al mundo por la conversión de una sola alma".
A la nueva beata le tocó vivir en un tiempo muy difícil, a causa de la situación
de Europa y de las vicisitudes internas de Portugal, cuando también entre
nosotros la Iglesia escribió páginas de martirio y presentó al mundo insignes
testimonios de altísimo valor antropológico y religioso. La madre Rita es una de
estas expresiones de la vida, de la cultura, de la laboriosidad y de la
religiosidad de los portugueses.
Su peculiaridad se manifestó en ella cuando, siendo aún muy joven, intuyó como
pocos el problema de la educación: sufría porque en Ribafeita no había escuela
y tuvo la idea de abrir una para muchachas pobres y abandonadas, con la
finalidad de contribuir a la construcción de un fuerte entramado ético a través
de la educación. Así pues, anticipó el proceso de valorización y promoción de la
mujer, y sus métodos son válidos también para la educación en nuestro tiempo.
Rita tenía 32 años cuando, con la ayuda del padre Lapa, el 24 de septiembre de
1880, dio los primeros pasos para la fundación de la congregación religiosa
"Jesús, María y José", con la apertura del primer colegio para muchachas pobres
y abandonadas. Se puso a mendigar para sostener el Instituto y la primera
colecta se realizó precisamente a la puerta de una iglesia, aquí, en Viseu. La
Obra creció con el tiempo, entre diversas dificultades y vicisitudes, hasta
contar con colegios en las diócesis de Castelo Branco, Porto, Viseu y Guarda.
Antes de morir, vio la continuación de su obra en Brasil, a donde logró enviar a
sus religiosas: el primer colegio en Brasil se inauguró en la ciudad de
Igarapava, diócesis de Ribeirão Preto, en el Estado de São Paulo.
Hoy su memoria se extiende desde Portugal hasta Brasil, desde Bolivia hasta
Paraguay, desde Angola hasta Mozambique, conjugando su tierra con los
continentes americano y africano.
4. La madre Rita, recogiendo la herencia espiritual del pueblo portugués, fue un
apóstol convencido del santo rosario, anticipando en cierto sentido la consigna
de la Virgen santísima a los partorcitos de Fátima. La historiografía
eclesiástica portuguesa, así como los mariólogos más conocidos, no dudan en leer
las apariciones de Fátima precisamente sobre el telón de fondo de la ya intensa
piedad mariana del pueblo portugués; y, en este contexto, la nueva beata se
presenta como un feliz eslabón y también como un signo hermenéutico de la
predilección de María hacia nuestro pueblo, que se había librado de los horrores
de la guerra y había sido inundado de una luz mariana que, aún hoy, irradia en
todo el mundo.
Pero la madre Rita Lopes de Almeida no es sólo una gran devota e incansable
apóstol del rosario. También es una enamorada de Jesús en la Eucaristía, del
Corazón de Jesús y de la Sagrada Familia. De aquí brota la enorme energía de su
celo apostólico, de su gran aventura espiritual. Su amor a Cristo la lleva a
abrirse a los demás, saliendo a su encuentro para invitarlos a vivir una vida
renovada en Cristo. Supo leer los signos de los tiempos, que requerían
respuestas nuevas y valientes a las necesidades de entonces: las diversas
formas de pobreza, materiales, morales y espirituales de la sociedad.
5. En esta línea se inserta su carisma: restaurar la dignidad de la familia,
amenazada de disgregación, según el espíritu de la Sagrada Familia de Nazaret,
construyendo hogares felices; liberar a la mujer de la esclavitud de la
prostitución y, por tanto, promoverla; dar educación gratuita a los niños pobres
y abandonados, para preservarlos de los peligros que derivan de la pobreza y de
la miseria.
No cabe duda de que en las preocupaciones de la madre Rita ocupaba un lugar
destacado la familia. Ella misma visitaba las familias, sobre todo las
desgarradas por divisiones, infidelidades, vicios, hasta involucrarse
personalmente en situaciones delicadas, a causa de las cuales recibió incluso
amenazas de muerte. La misma casa paterna de Rita a menudo acogía a mujeres
deseosas de conversión y serenidad.
La madre Rita no se cansaba de decir que en la base de toda familia está siempre
el amor: no un amor egoísta, sino generoso, abierto a la vida. Esto es
precisamente lo que subrayaba recientemente el Papa Benedicto XVI. Hablando de
la familia, decía que es necesario "superar una concepción del amor como algo
meramente privado, hoy muy generalizada. El auténtico amor se transforma en una
luz que guía toda la vida hacia su plenitud, generando una sociedad donde el
hombre pueda vivir. La comunión de vida y de amor, que es el matrimonio, se
convierte así en un auténtico bien para la sociedad" (Discurso a un congreso
organizado por el instituto Juan Pablo II para estudios sobre el matrimonio y
la familia, 11 de mayo de 2006: L'Osservatore Romano, edición en
lengua española, 19 de mayo de 2006, p. 3).
Además de la liberación y promoción de la mujer, la nueva beata trabajó con gran
celo educativo por la formación humana y cristiana de los niños. A ellos, y de
manera especial a los más pobres, se orientaba su programa pedagógico, pues
percibía que la caridad cristiana debía tener una dimensión social.
El "Patrimonio espiritual" dice: "Estaba convencida de que toda la vida depende
de los principios recibidos en la infancia; por eso, se esforzó con tanto celo
por la educación de las niñas, al ser este uno de los puntos principales de sus
Constituciones: acoger a la infancia pobre y abandonada".
Dinamismo y creatividad, maternidad y diálogo, actividad y participación, son
los rasgos más notables de una pedagogía religiosa, sencilla pero iluminada, que
convierten a la madre Rita en uno de los grandes maestros de la pedagogía
cristiana de su tiempo, los cuales dieron respuestas concretas y asociadas a las
"nuevas escuelas laicas" que se estaban construyendo en los Estados europeos a
fines del siglo XIX y principios del XX.
El mensaje de la beata Rita es sumamente actual. Las numerosas tensiones y los
grandes problemas de nuestro tiempo, antes que con cualquier otro medio, pueden
y deben resolverse con una acción educativa amplia y comprometida. Don Giussani
dijo, al respecto, que "si se diera una buena educación al pueblo, todos
estaríamos mejor". De la educación, sobre todo de la de los niños y los jóvenes,
depende el futuro de un país, de la sociedad entera. He aquí la profunda y
valiosa enseñanza de la madre Rita Lopes de Almeida.
6. Esta es la mujer extraordinaria que la Iglesia propone hoy al pueblo
cristiano como modelo de santidad. Una mujer que, en la historia, no construyó
castillos en el aire, pero, al mismo tiempo, no vivió como los que no tienen
esperanza o creen que no tienen futuro. Se comprometió al máximo, en la tierra,
secundando las inspiraciones que el Espíritu Santo suscitaba en ella, viviendo
con los pies bien puestos en la tierra.
Si es verdad que todo santo es siempre una palabra que Dios dirige al hombre, en
concreto, precisamente esto es lo que queremos aprender de la madre Rita Lopes
de Almeida: dejarnos penetrar por el misterio de la resurrección de Cristo y de
su Ascensión al cielo, porque también nosotros, como la nueva beata, queremos
ser felices "en esta carne", no sin ella. Para los cristianos el "cielo" es el
encuentro "con el Señor que viene", "ir a estar con el Señor". En la conducta y
en el ejemplo de la beata reconocemos que hemos sido elegidos desde la eternidad
para ser también nosotros santos y santificadores, y como ella fermento de
santidad para los hombres de nuestro tiempo.
El mundo actual, como repetía a menudo el siervo de Dios Juan Pablo II, necesita
santos. Pero hoy, como dijo Simone Weil: "no basta ser santos; es necesaria la
santidad que el momento actual requiere, una santidad nueva, también ella sin
precedentes... El mundo necesita santos que tengan genio, como una ciudad
invadida por la peste necesita médicos". Sí, el mundo necesita hombres y mujeres
que vivan en plenitud su vocación humana y cristiana, como la nueva beata Rita
Lopes de Almeida.