The Holy See
back up
Search
riga

CONGREGAZIONE PER LE CHIESE ORIENTALI


"JUAN PABLO II Y LAS IGLESIAS ORIENTALES"
CONFERENCIA DE S.E. EL SR. CARDENAL LEONARDO SANDRI

Congreso Mundial Universitario “Juan Pablo II Magno”
Universidad Católica “San Antonio”

(Murcia (España), 14 de abril de 2010)

Eminentísimo Señor Cardenal Antonio Cañizares
Excelentísimo Mons. José Manuel Lorca Planes Obispo de Cartagena en España,
Ilmo. Don José Luis Mendoza, Presidente de la Universidad
Magnífica Rectora,
Distinguidas Autoridades,
Estimados Docentes y Estudiantes,
Gentiles Señoras y Señores,

Esta visita a la Universidad Católica San Antonio de Murcia constituye para mí un verdadero placer. Agradezco de corazón la grata invitación, que he acogido de muy buena gana, también por el tema que me ha sido asignado: “Juan Pablo II y las Iglesias Orientales”. Conmemorar al gran Pontífice es siempre motivo de consuelo. Pero como podéis comprender, adquiere un significado especial si nuestro interés se focaliza sobre el Oriente Cristiano, del cual él se enaltecía de ser hijo, y que represento para el ámbito del servicio eclesial que me ha encomendado su Sucesor, el Papa Benedicto XVI.

Desde el inicio del servicio petrino Juan Pablo II se pone en el surco abierto por los Pontífices, sus predecesores. Él retoma y prolonga las iniciativas memorables de Juan XXIII, que inauguró el Concilio Vaticano II, y de Pablo VI, que quiso ir a Jerusalén, donde tuvo lugar, por primera vez, el abrazo conmovedor y el primer diálogo personal con el Patriarca ecuménico Atenágoras. En noviembre de 1979, tan sólo un año después de su elección a la cátedra de Pedro, Juan Pablo II se encuentra en Constantinopla con Su Santidad  Dimitrios I: repite con voz alta que Andrés y Pedro eran hermanos, y recuerda que “entre la Iglesia de Roma y la Iglesia de Constantinopla existen lazos especiales de fraternidad y de intimidad, y que es natural que exista una colaboración más estrecha entre estas dos”.[1] Es profunda la convicción del Papa que el restablecimiento de la plena comunión con la Iglesia ortodoxa es una etapa fundamental para el progreso decisivo de todo el movimiento ecuménico.

Por tanto, Juan Pablo II mira con particular atención hacia Oriente. Uno de los frutos más significativos de semejante atención son, precisamente, la Carta apostólica Orientale Lumen, sobre la importancia del Oriente cristiano para la Iglesia Universal,[2] y la Carta encíclica Ut unum sint, sobre el empeño ecuménico; ambas publicadas en el mes de mayo de 1995, a brevísima distancia una de la otra, como dos partes de un mismo acto magisterial, que brota del inmenso amor de este Papa por el hombre y por la humanidad toda, a quienes la Iglesia “unida” y “con dos pulmones” desea servir en nombre del Evangelio.

 La Orientale Lumen, sobre la que me detendré de modo especial, no es un documento que analiza cuestiones doctrinales, sino que es más bien una carta escrita por el Papa para testimoniar y comunicar estima y afecto. Y raramente, como en este escrito, el género literario y el estilo son determinantes. El Pontífice mira con conmoción la liturgia, los Padres, los Santos de Oriente y el testimonio actual de estas Iglesias católicas y ortodoxas. La admiración recorre todas las páginas del Documento[3] en las cuales, por otra parte, la preocupación ecuménica es una dimensión dominante: tanto por lo que afirma sobre la tradición oriental en su conjunto, cuanto por lo que denuncia como exigencia dentro de la Iglesia católica y, en fin, por cómo se  presentan las relaciones entre católicos y ortodoxos.[4]

 La Carta considera la tradición oriental en su totalidad. En efecto, en ella se afirma explícitamente que los orientales católicos están concientes “de ser portadores vivientes de esa tradición, junto con los hermanos ortodoxos”.[5] Y de esta tradición se afirma: “Creemos que la venerable y antigua tradición de las Iglesias Orientales forma parte integrante del patrimonio de la Iglesia de Cristo”.[6] Por tanto, el hecho mismo de tal apreciación, de esta tradición como recíprocamente complementaria de la occidental, expresa una actitud de gran relevancia ecuménica, reforzada por la simpatía y el amor con que es expresado, y por el deseo evidente de carácter positivo. El Papa, en efecto, no se detiene en las controversias teológicas del pasado, porque hoy es tiempo de escribir la historia de aquellos rasgos de unidad que jamás han faltado y de rehacer la historia de hoy a partir de ellos, con un espíritu nuevo, pacificador: “Cada día se hace más intenso en mí el deseo de volver a recorrer la historia de las Iglesias, para escribir finalmente una historia de nuestra unidad”.[7] En el Pontífice, por lo tanto, está el deseo de gestos nuevos, de gestos valientes de unidad, fruto de la fantasía del Espíritu que podría inducir a proyectar modalidades de unión jamás experimentadas.

 Basándome en esta actitud general positiva hacia el Oriente, considero oportuno subrayar al menos tres de los aspectos ecuménicos de la Carta Orientale Lumen: a) la invitación a los católicos latinos a tomar conocimiento de esta tradición;[8] b) el aliciente a las comunidades católicas orientales a vivir mejor o a volver a encontrar su auténtica y propia tradición oriental;[9] c) la exigencia de continuar y de intensificar las buenas relaciones y el diálogo con las Iglesias ortodoxas, con miras al restablecimiento de la plena comunión.[10] Y como perspectiva de un positivo empeño para el futuro, Juan Pablo II exhorta calurosamente a hacer crecer la “disponibilidad común al Espíritu que nos llama a la conversión, a aceptar y reconocer al otro con respeto fraterno, a realizar nuevos gestos valientes, capaces de vencer toda tentación de repliegue” (…) y a “ir más allá del grado de comunión que hemos logrado”.[11] En definitiva, la preocupación ecuménica está en el substrato mismo de la Carta,  además de en sus afirmaciones explícitas. Es un texto que muestra claramente estar abierto al futuro: “Hoy (…) somos conscientes de que la unidad se realizará como el Señor quiera y cuando él quiera, y de que exigirá la aportación de la sensibilidad y de la creatividad del amor, tal vez incluso yendo más allá de las formas ya experimentadas en el pasado”.[12] El Papa ve en la oración el secreto de la audacia y de la esperanza, la actitud habitual y el método teológico “que el Oriente prefiere y sigue ofreciendo a todos los creyentes en Cristo”.[13]

 Por tanto, esta es una verdadera Carta con interlocutores concretos a los que el Papa se dirige para decir lo que siente en su corazón, sin mediaciones, sin una solución preconstituida, sino con las manos levantadas a Dios en el antiguo gesto de la oración de Oriente y de Occidente. En este sentido, adquiere particular relevancia la parte del Documento que tiene como objeto la importancia y el significado del monaquismo en Oriente,[14] tema al que Juan Pablo II dedicó, en 1996, un ciclo de catequesis pronunciadas como introducción al rezo del ángelus dominical. Él dedicó cada meditación a ilustrar un aspecto específico con que el Oriente enriquece y completa las intuiciones y las realizaciones del Occidente. La relevancia de la espiritualidad monástica – explica el Papa en la Orientale Lumen – se debe a algunos hechos que la hacen singular: a) en Oriente el monaquismo fue la única forma de vida religiosa por lo cual es considerado como el icono de toda vida cristiana fundada en el bautismo y vivida de modo verdaderamente radical; b) en Oriente el monaquismo fue el alma de la Iglesia por lo cual, en este contexto, el Papa rinde homenaje sobre todo a las monjas y religiosas, testigos heroicas también en la persecución; c) el monaquismo oriental fue la gran escuela del monaquismo en Occidente, por lo que el Papa evidencia algunos de sus aspectos centrales que representan la concepción de la misma vida cristiana en Oriente: la Palabra de Dios y  la Eucaristía como centro de la vida espiritual,  la liturgia que muestra el valor y la belleza de la persona humana, la comunión dentro de la comunidad monástica y con todo el mundo, y la conciencia, en fin, del misterio de Dios que se dona a nosotros por amor.[15]

 El vibrante llamamiento a los católicos de Occidente, a fin de que acojan con gratitud los tesoros espirituales de los que las Iglesias orientales son portadoras, suena al unísono con el auspicio del Papa que el Señor conceda pronto la plena comunión, para que el afecto profundo que nos liga a las demás Iglesias y comunidades cristianas llegue a la plenitud y el camino hacia Cristo nos revele que, en realidad, estamos muy cerca. Y esto para que el mundo crea.[16]

 Al autorizado magisterio papal hace de corona una intensa, infatigable actividad pastoral que ha ido desarrollándose, poco a poco, a través de múltiples formas y que tiene como denominador común la lucidísima conciencia del Pontífice que el encuentro personal es imprescindible para que la luz del mundo llegue a ser también sal de la tierra. Me limitaré a subdividirla en las siguientes tipologías: a) encuentros con las Iglesias y comunidades orientales en Roma; b) viajes apostólicos en el mundo; c) intervenciones en circunstancias especiales.

 En septiembre de 1979, en el XVI centenario de la muerte del gran Doctor de la Iglesia  san Basilio, obispo de Cesarea de Capadocia, el Papa privilegió con su visita a los monjes basilianos de la Abadía griega de Santa María de Grottaferrata y les expresó su complacencia por ser signo de la fecundidad del ideal monástico, en una abadía considerada por el Papa Pío XI “como una fulgidísima perla oriental engarzada en la diadema de la Iglesia romana”. Además, reconoció a aquellos monjes la fiel adhesión a los principios sobresalientes de la Regla del gran Basilio como confirmación de esa especial e ininterrumpida sensibilidad ecuménica que hace de ese monasterio un símbolo luminoso de la tradición monástica griega.[17]

 También algunos Colegios orientales en la Urbe vivieron momentos de gracia por las visitas del gran Pontífice. En la homilía en lengua ucraniana, que pronunció en el Colegio ucraniano de San Josafat, en enero de 1983, el Papa se dirigió a los seminaristas, “verdadera esperanza de la Iglesia y de la Nación ucraniana”, ilustrándoles la necesidad de una profunda y sólida formación sacerdotal e intelectual y de la adquisición de una fuerte espiritualidad. Al término de la alocución, refiriéndose a las históricas palabras del Papa Urbano VIII – “Per vos, mei Rutheni, Orientem convertendum spero” – indicó en el crecimiento personal en la caridad y en la más intensa oración el camino que hay que recorrer hacia la unidad de la Iglesia.[18] Al año siguiente, 1984, con ocasión del primer centenario del Pontificio Colegio Armenio en Roma, Juan Pablo II impuso el palio a Su Beatitud Juan Pedro Kasparian, patriarca de Cilicia de los Armenios, confirmándole este solemne signo de comunión con el Sucesor de Pedro, principio y fundamento visible de la unidad de la fe en Cristo.[19] El rito, acto seguido, fue sustituido por la pública significación de la eclesiástica communio en el curso de una celebración eucarística presidida por el Papa o por un legado suyo (generalmente es el Prefecto de la Congregación para las Iglesias Orientales) para atestiguar una más intensa voluntad de unidad en la fraternidad eclesial y una más viva responsabilidad ecuménica en el intercambio de las Sagradas Especies Eucarísticas. La Iglesia entera, en efecto, anhela comulgar con todos los bautizados en el único cáliz en Cristo. También en aquella ocasión, el Papa se dirigió a los jóvenes clérigos armenios invitándolos a interpretar los signos de los tiempos, unificando la vida interior con la acción pastoral y viviendo su propio ministerio en el contexto y en contacto con los hermanos de las Iglesias ortodoxas. A ellos les entregó la misión del diálogo teológico-ecuménico para llegar a ser entre sus coetáneos “los primeros animadores de vocaciones”.[20] En fin, en el Colegio Pío Rumano en el Janículo, con ocasión del 60° de su fundación, en 1998, el Papa invitó a los sacerdotes y a los seminaristas rumanos a respetar el carácter auténticamente oriental de su formación, siguiendo la tradición de los Padres y abriéndose con clarividente sabiduría a las necesidades de los tiempos nuevos.[21]

 Durante el gran Jubileo del año 2000 el Papa celebró en Roma con las Iglesias Orientales Católicas una serie de Divinas Liturgias, según las diferentes tradiciones eclesiales, exaltando la orientalis varietas histórica, teológica, litúrgica y espiritual y, al mismo tiempo, ofreciendo momentos de suprema síntesis sacramental en torno al altar del Señor que se hace todo a todos en el pan partido y que a todos juntos llama a sí en el sacrificio de la Cruz.

 Más allá de las fronteras europeas, histórica y largamente esperada fue la visita de Juan Pablo II a la India, en febrero de 1986. Exquisitamente pastoral en su índole, en ella el Papa manifestó su preocupación paterna por las comunidades católicas de la India que hospeda tres Iglesias Católicas de diversa tradición: la Iglesia siro-malabar, la Iglesia siro-malankar (ambas con raíces apostólicas) y la Iglesia latina. En aquella ocasión, el Papa proclamó solemnemente beatos a los Siervos de Dios P. Kuriakose Elias y Sor Alphonsa, ambos miembros de la Iglesia siro-malabar de Kerala. El primero se ocupó con particular celo de la causa apostólica de la unidad y de la armonía en el seno de la Iglesia, como si tuviera siempre en la mente la oración de Jesús la noche anterior al Sacrificio en la Cruz: “Ut unum sint… – que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste” (Jn 17, 21). El Pontífice consideró extraordinaria aquella jornada en la historia de la Iglesia y de la cristiandad en tierra india: por primera vez tenía la alegría de elevar a la gloria de los altares, en su tierra natal, a un hijo y a una hija de la Iglesia en la India.[22]

 El año 1997 (el mes de mayo) estuvo particularmente marcado por el viaje apostólico de Juan Pablo II al Líbano y por la promulgación de la Exhortación apostólica postsinodal “Una esperanza nueva para el Líbano”. El Papa, con su presencia y su palabra, ofreció importantes motivos de reflexión sobre los temas de la pacífica convivencia entre las diversas Comunidades libanesas, empeñadas en conservar su propia identidad e interactuar por el desarrollo de la sociedad libanesa. Él consideraba que sobre todo los jóvenes debían tener un papel determinante en el proceso de pacificación en el Líbano y encomendaba a la sociedad de aquel país la misión esencial de hacerse promotora incansable de la paz en aquella área geográfica tan atormentada.[23]

 Otro evento importante lo representa, en 1999, el viaje apostólico a Rumania, que fue el primer país de mayoría ortodoxa que hospedó al Sumo Pontífice. Él mismo hizo una breve, pero significativa, alusión por lo que se puede comprender bien el carácter extraordinario de la visita y su importancia para el diálogo ecuménico y, en particular, para el diálogo entre la Iglesia ortodoxa y la greco-católica presentes en el país y resurgida después de cuarenta años de silencio y de persistente martirio. Después de la feliz constatación que “la Iglesia aquí respira de modo particularmente evidente con sus dos pulmones”, el Papa, una vez más, entregó a los jóvenes el “sueño” de Dios – que todos los hombres formen parte de su familia, que todos los cristianos sean una cosa sola – y los invitó a entrar con este sueño en el nuevo milenio. Los jóvenes: Juan Pablo II jamás se cansó de animarlos, de interpelarlos y de buscarlos: los encontró siempre y en todas partes, y les agradeció en el momento extremo, algunos instantes antes de entregar su vida en las manos de Dios.[24]

En el curso del ya recordado gran Jubileo del año 2000, Juan Pablo II realizó dos importantes peregrinaciones a Egipto y a Tierra Santa. De este modo, el Papa coronó su deseo de una “peregrinación personal, de un viaje espiritual del Obispo de Roma a los orígenes de nuestra fe”. En Egipto rindió un testimonio espléndido, inenarrable para la mayor comunidad cristiana existente en una sociedad musulmana. En lo profundo del alma oriental permanece la imagen de un Occidente colonizador, rico, materialista, de un comunismo nacido en Occidente y allí enraizado durante setenta años, de un ateísmo que tuvo allí vía libre, de valores morales que ya no son respetados en Occidente. Todo esto fue revertido por el testimonio del Papa que, en sus alocuciones, en sus visitas y en sus oraciones, mostró el verdadero rostro del Cristianismo. También la visita papal al monasterio de Santa Catalina en el Monte Sinaí fue un evento histórico ligado a los orígenes de la Revelación: aquel monasterio, en efecto, es una de las instituciones más representativas de la Iglesia greco-ortodoxa con su historia y sus tradiciones seculares. La visita del Pontífice a Jordania fue la primera meta de la peregrinación jubilar a Tierra Santa. El mimo Rey jordano atribuyó al histórico evento un valor especial, comparable a la peregrinación del Papa Pablo VI de 1964, que conmovió con su mensaje tanto a los cristianos como a los musulmanes. Juan Pablo II dirigió palabras de esperanza a los palestinos, a los israelíes, a los libaneses, a los sirios y a los iraquíes, todos deseosos de justicia, de estabilidad, de seguridad, de aceptación mutua, de serenidad, y de paz. Hay que subrayar el valor religioso y, en sentido lato, también político de las actitudes y de las alocuciones que el Papa pronunció en esa ocasión, así como algunos aspectos de carácter doctrinal emergentes de sus palabras y de sus gestos: sobre todo la apertura audaz al ecumenismo sin dar espacio alguno para un fácil irenismo. El ecumenismo, evidenciado en cada actitud pública y privada, tocó con valor puntos esenciales de la doctrina, yendo más allá de las notas, de las expresiones usuales y de las reglas del protocolo. En el Muro occidental de Jerusalén el Papa superó toda previsión hasta hacerse, idealmente, hebreo entre los hebreos, colocando en una grieta de las piedras del Muro de Jerusalén una oración cargada de llamadas a la misericordia y al perdón con un gesto en el límite de la apertura. Jamás como entonces, el Papa Woityła se mostró como “hombre universal”, guía amiga para los cristianos a lo largo del camino difícil de la unidad, como demostración patente para todos que, recorriéndolo, la legítima diversidad es valorizada en el alcance de la universalidad.[25]

El último quinquenio (2000-2005)  de su pontificado estuvo marcado por importantes “viajes orientales”: Juan Pablo II quiso encontrar a todos, hablar a todos, y tocar el corazón de cada uno, antes del cumplimiento final de su misión como Supremo Pastor de la Iglesia. En el año 2001 fue el turno de Grecia, donde las controversias pasadas y presentes y las persistentes incomprensiones permitieron, tanto al Papa como al arzobispo ortodoxo de Atenas y de toda Grecia, reconocer la posibilidad y la necesidad de un proceso liberatorio de purificación de la memoria con un espíritu de caridad recíproca, con la conciencia de que la división entre los cristianos es, no sólo un pecado frente a Dios y un escándalo frente al mundo, sino también un obstáculo a la difusión del Evangelio porque hace menos creíble su proclamación común.[26]

De Grecia el Papa siguió a Siria, donde tuvo significativos encuentros con las Iglesias Orientales comenzando por la Iglesia Melkita, guiada por Su Beatitud el Patriarca Gregorio III Laham, como también con los jefes supremos de las Iglesias Ortodoxas de aquella nación: Su Santidad el Patriarca Siro Mar Ignacio Zakka I Iwas y su Beatitud el Patriarca Griego Mar Ignacio IV Hakim. La visita a la histórica Mezquita de los Omayades en Damasco, celebre por albergar en una capilla interior a la misma las reliquias de San Juan Bautista, tuvo realmente un eco impresionante a nivel interreligioso.

En la agenda intensísima de las visitas apostólicas del bienio 2001-2002 no podían faltar las Iglesias del martirio, de la persecución, y del silencio. En Ucrania, en una conmovedora y solemne ceremonia de beatificación, el recuerdo grato del Papa va ante todo a los Pastores y a los religiosos destinados a ser elevados al honor de los altares, por haber conservado intacto con el sacrificio de su vida el patrimonio de la fe cristiana entre los fieles de sus Iglesias. Después, su pensamiento agradecido se extiende a los demás obispos y fieles ucranianos que también pagaron a caro precio su fidelidad a Cristo y la decisión de permanecer unidos al Sucesor de Pedro.[27] En Armenia el Papa viaja como peregrino para rendir homenaje a una Iglesia de origen antiquísimo y para compartir con el pueblo armenio la celebración de los 1700 años desde que llegó a ser oficialmente cristiano; un pueblo, el armenio, que ha mantenido hasta nuestros días su propia identidad, a costo del martirio y de la diáspora tras los terribles eventos padecidos al inicio del siglo pasado. La visita a Armenia, la primera de un Obispo de Roma, en una solemne celebración ecuménica y en una Declaración común con Su Santidad Karekin II puso un sello significativo sobre el vínculo de caridad que une a la Iglesia católica y a la Armenia ortodoxa.[28] También Bulgaria es una tierra fecundada a lo largo de todo su camino histórico por la sangre de los mártires. La visita papal representó para aquellas poblaciones un momento de excepcional importancia eclesial, histórica y ecuménica, también por el testimonio de tantas personas que, en la noche y en el silencio de la persecución atea del siglo pasado, allí como en otras regiones de la Europa oriental afrontaron el martirio. Pero otro aspecto fuertemente distintivo de la visita a Bulgaria fue, una vez más, su impacto ecuménico que se manifestó en el encuentro fraterno con el Patriarca ortodoxo y durante la visita de Juan Pablo II al monasterio de Rila. Todos estos hechos permanecerán en la memoria como excepcionales pasos encaminados a abrir la puerta a un futuro prometedor en el camino de comunión con las Iglesias.[29]

A esta enorme mole de actividad apostólica concreta, desarrollada por el Papa Woityła con amoroso empeño, infatigable abnegación y con uno celo deslumbrante, hay que añadir las celebraciones inherentes a circunstancias especiales. Entre las muchas, a lo largo de veintisiete años de pontificado, deseo dedicar al menos una alusión a la Carta gratulatoria enviada en 1980 a los obispos de la Iglesia siro-malankar de la India para la celebración del Jubileo de oro de la Unión de su Iglesia con Roma;[30] a la jornada dedicada a las Iglesias orientales católicas en el año jubilar de la Redención, en 1984,[31] y a la apertura, en el mismo año, de las celebraciones del Año Metodiano, en el 11° centenario de la muerte de San Metodio (885) quien, con San Cirilo, fue proclamado compatrono de Europa junto a San Benito;[32] y, en fin, a la promulgación, en octubre  de 1990, del “Código de los Cánones de las Iglesias Orientales”, texto normativo de referencia para el derecho particular de las Iglesias orientales católicas. En una intervención al Simposio, organizado en el año 2001 por la Congregación para las Iglesias Orientales, con ocasión del 10° aniversario de la entrada en vigor del Código, Juan Pablo II tuvo la oportunidad de reconocer una intensificación de las relaciones fraternas con los demás cristianos y, de modo particular, con las Iglesias ortodoxas. Afirmó después con alegría que se dieron pasos muy significativos en sus más recientes viajes apostólicos, en la actuación del lema que indicaba el tema del Simposio y que resumía el entendimiento más profundo del Legislador eclesiástico en la promulgación de los diversos ordenamientos jurídicos: “Ius Ecclesiarum vehiculum caritatis”.

Deseo concluir subrayando que la benevolencia del difunto Pontífice hacia los Orientales se expresó, de modo conmovedor, incluso en la última audiencia “oriental” concedida el 11 de enero de 2005 a los participantes en el Sínodo intereparquial de las tres circunscripciones bizantinas en Italia: las dos eparquías ítalo-albanesas de Piana (Sicilia) y de Lungro (Calabria) y el monasterio exárquico de Santa María de Grottaferrata, glorioso símbolo de la única Iglesia indivisa. A pesar de estar ya consumido por la debilidad física y por la enfermedad, Juan Pablo II quiso encontrarse con los tres jerarcas y su numerosa representación sinodal en la sala Clementina del Palacio apostólico. En un clima de particular fiesta el Papa se entretuvo amablemente con todos y ofreció, una vez más, su alto magisterio finalizado a la orientación segura por el camino eclesial. [33]

A los cristianos de hoy Juan Pablo II sigue haciendo su llamamiento apasionado: encontrarse de Oriente y de Occidente sobre aquel puente de comunión que él ha construido para la Iglesia. A nosotros, que somos hijos de la Iglesia en el vasto occidente latino, él nos encomienda una intuición, que confirma su personal habilidad: “leer los signos de los tiempos” según la exhortación del Evangelio. En la Carta Orientale lumen Juan Pablo II afirma con convicción que “las palabras de Occidente necesitan las palabras de Oriente para que la Palabra de Dios manifieste cada vez mejor sus insondables riquezas” (OL 28). Es un método pastoral ofrecido a los obispos y a los sacerdotes, primeros servidores de la palabra, pero también a los teólogos, y a todos los bautizados llamados a vivir en la historia según el pensamiento de Cristo. Sólo si Oriente y Occidente caminan juntos el Evangelio se convierte en palabra fascinante y convincente para las jóvenes generaciones y para tantos cristianos que ya no perciben la novedad y la unicidad de la buena nueva de Cristo. Con  la certeza de que “nuestras palabras se unirán para siempre en la Jerusalén del cielo”[34], trataremos de acoger la invitación del difunto Papa Juan Pablo a desear y a invocar al Señor para que  “ese encuentro se anticipe en la santa Iglesia que aún camina hacia la plenitud del Reino”[35]. Con vosotros, amigos de la Universidad Católica de Murcia, suplico a Dios para que quiera “acortar el tiempo y el espacio”[36] de la plena unidad. Muchas gracias. 


 

[1] Peregrinación apostólica a Turquía, Alocución de Juan Pablo II a Su Santidad Dimitrios I, San Jorge El Fanar, (Estambul), 30 de noviembre de 1979.

[2] SICO 1995-96, p. 2.

[3] Ibíd., p. 7.

[4] Ibíd., p. 9.

[5] OL 1.

[6] OL 1.

[7] OL 18.

[8] OL 1.

[9] OL 21.

[10] OL 17-28.

[11] OL 17.

[12] OL 20; SICO 1995-96, pp. 9-11.

[13] OL 16; SICO 1995-96, p. 8.

[14] OL 9-16.

[15] SICO 1995-96, p. 4.

[16] Ibíd., pp. 4-7.

[17] SICO 1979, p. 2-4.

[18] SICO 1983, pp. 2-4.

[19] Lumen Gentium, 13.

[20] Mensaje para la XXI Jornada mundial de las vocaciones, 11 de febrero de 1984; SICO 1984, pp. 9-13

[21] SICO 1998, pp. 9-10.

[22] SICO 1986, pp. 8, 38-40.

[23] SICO 1997, pp. 10-11.

[24] SICO 1999, pp. 7, 56.

[25] SICO 2000, pp. 9, 57-67, 124-130.

[26] SICO 2001, pp. 10-12.

[27] Ibíd., pp. 70-73.

[28] Ibíd., pp. 102-106.

[29] SICO 2002, pp. 7-8.

[30] SICO 1981, p. 26.

[31] SICO 1984, p. 2.

[32] Ibíd., p. 10.

[33] SICO 2005, p. 13.

[34] Ibíd.

[35] Ibíd.

[36] Ibíd.

 

 

top