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SIMPOSIO TEOLÓGICO-PASTORAL
DEL XLVIII CONGRESO EUCARÍSTICO INTERNACIONAL

RELACIONES SOBRE
“LA VIVENCIA DE LA FE EUCARÍSTICA
EN LOS CINCO CONTINENTES

EL SENTIDO DE LA FE EN LA EUCARISTÍA EN EUROPA

Guadalajara, México
Miércoles 6 de octubre de 2004

 

Juan Pablo II quiso proclamar a los santos Cirilo y Metodio patronos de Europa.[1] Intentaba el Papa "llamar la atención de los cristianos y de todos los hombres de buena voluntad, que buscan el bien, la concordia y la unidad de Europa, a la actualidad siempre viva de las eminentes figuras de Benito, de Cirilo y Metodio, como modelos concretos y ayuda espiritual para los cristianos de nuestra época y, especialmente, para las naciones del continente europeo, que, desde hace ya tiempo, sobre todo gracias a la oración y a la labor de estos santos, se han arraigado consciente y originalmente en la Iglesia y en la tradición cristiana".[2]

Pocos años después de la encíclica Slavorum apostoli, y con pocos meses de diferencia, aparecían dos importantes documentos pontificios : la encíclica Ecclesia de Eucharistia (17-4-03) y la exhortación postsinodal Ecclesia in Europa (28-6-03).

De seis capítulos consta la encíclica Ecclesia de Eucharistia y, otros tantos tiene la exhortación Ecclesia in Europa. Aunque no exista una correlación estricta entre ambos documentos, sí que podemos hacer una reflexión de conjunto y centrar en el tema propuesto: "El sentido de la fe en la Eucaristía en Europa". Haremos, primero, unas breves reflexiones sobre el "sensus fidei" y sobre Europa.

1. "SENSUS FIDEI"

El concilio Vaticano II nos había dicho que el pueblo de Dios participa del don profético de Cristo y que cuenta con la asistencia del Espíritu Santo, y que no puede fallar en su creencia y sentimiento sobrenatural de la fe. "Con ese sentido de la fe que el Espíritu Santo mueve y sostiene, el Pueblo de Dios, bajo la dirección del magisterio, al que sigue fidelísimamente, recibe no ya la palabra de los hombres, sino la verdadera palabra de Dios, se adhiere indefectiblemente a la fe dada de una vez para siempre a los santos, penetra profundamente con rectitud de juicio y la aplica más íntegramente en la vida".[3]

En lo que recibió de la enseñanza de los apóstoles, el pueblo cristiano tiene lo que necesita para vivir y aumentar su fe, creciendo, con la ayuda del Espíritu Santo, en la comprensión de las cosas y de las palabras transmitidas.[4]

La fuente de estas reflexiones, como no podía ser de otra forma, estaba en la Sagrada Escritura: "¿Quién conoció la mente del Señor para instruirle? Pero nosotros tenemos la mente de Cristo" (1Cor 2, 16). "En él tenemos por medio de su sangre la redención, el perdón de los delitos, según la riqueza de su gracia que ha prodigado sobre nosotros en toda sabiduría e inteligencia" (Ef 1, 7-8). Por eso, exclama San Pablo, "tampoco nosotros dejamos de rogar por vosotros desde el día que lo oímos, y de pedir que lleguéis al pleno conocimiento de su voluntad con toda sabiduría e inteligencia espiritual" (Col. 1, 9).

El "sensus fidei" es, por tanto, una profunda experiencia cristiana de los misterios de Dios vivida en la Iglesia, y que lleva a un seguimiento de Aquel que es la revelación del Padre. Es esa luz penetrante del amor de Dios que se ha derramado en nosotros y con la cual se aprecian las obras de Dios.

Es la misma verdad revelada por Dios en el Verbo que crea esa maravillosa e indestructible unidad entre Cristo y los cristianos y de éstos entre sí. Este "sensus fidei" lleva hasta el manantial de donde procede luz tan fascinante y hace adherirse plenamente a la verdad revelada.

Al haber comprendido, en la luz de la fe, el misterio de Dios manifestado en Jesucristo, se realiza una comunión profunda y universal entre todos los creyentes, de tal manera que, rompiendo límites de espacio y de tiempo, se guarda como tesoro de la fe lo que la Iglesia ha creído y vivido en todos los lugares y en todos los tiempos y se convierte en criterio teológico de verdad. Todo ello no tiene explicación sino en esa fecunda acción del Espíritu Santo. Este "sensus fidei" es un don del Espíritu a su Iglesia y a los fieles que la componen.

2. EN EUROPA

América es el continente de la esperanza. Asia, con el despertar emprendedor de enormes y populosos países. África, con la permanente inquietud entre los que emigran y los que luchan por abrirse camino a través de increíbles rivalidades étnicas. Oceanía, balanceándose entre el bienestar y la pobreza. Y Europa, que presume de civilización y ofrece más interrogantes e inquietudes que seguridad y esperanza.

En estos últimos meses, y por aquello de una Constitución para Europa, se ha hablado mucho de las raíces, de la historia y del empeño en que nada se diga del capítulo de lo cristiano en ese proyecto de carta magna de la Unión Europea. Del futuro se habla menos. Puede ser que resulte difícil vislumbrar lo que está por venir o que se prefiere no pensar en algo que estremece. Metidos, pues, en un laberinto de ideas del que más que intentar salir, se opta por la evasión y la indiferencia. El Papa ha repetido la advertencia acerca de la grave crisis de valores que está atravesando Europa y, también la necesidad de que el Viejo Continente recupere su propia identidad. Los valores cristianos, no solo han ayudado a vivir una fe religiosa sino que han inspirado los ideales democráticos de las sociedades europeas.

Juan Pablo II, providencial maestro y testigo, que pasea doctrina y ejemplo por todo el mundo, ha puesto en nuestras manos una exhortación apostólica sobre "Jesucristo vivo en su Iglesia y fuente de esperanza para Europa". Ecclesia in Europa. La carta del Papa no puede ser más oportuna y completa. Desde el lúcido y certero análisis de la situación de la Iglesia y de la sociedad europea, y las claves con las que hay que leer los últimos acontecimientos, hasta el saber presentar un verdadero y eficaz programa para la recuperación, y hasta la misma regeneración, de los que fueron considerados los mejores valores del viejo Continente.

Resulta difícil vivir la propia fe en un contexto social y cultural que desdeña y ridiculiza lo cristiano. Es más fácil declararse agnóstico que creyente y se tiene la impresión, dice el Papa, de que lo obvio es no creer, mientras que creer requiere una legitimación social. En fin, una apostasía silenciosa por parte del hombre autosuficiente que vive como si Dios no existiera.

¿Qué hacer ante esta situación? En primer lugar, una "seria confrontación crítica" que ayude a descubrir raíces y apoyos de los que Europa no puede prescindir, bajo el riesgo de perder el rico bagaje de la historia y de un futuro con esperanza que reafirme al viejo Continente en su propia identidad. No pueden soslayarse los valores de la tradición cristiana, ni olvidar la dimensión religiosa. Pero será necesario un continuo diálogo ecuménico, interreligioso, doctrinal, espiritual y práctico en el que siempre resplandezca la verdad, la libertad y la dignidad de la persona, de cualquier persona, de toda la persona.

La Iglesia de Europa tiene que "forcejar con no pocas debilidades, fatigas y contradicciones", pero, en forma alguna, puede sucumbir ante la desesperanza. Muy al contrario, tendrá que reforzar el compromiso con aquello que constituye su auténtica vocación: predicar el evangelio de la esperanza, buscando la última razón de todo en Cristo, ayudando a ver el amor de Dios que se hace presente entre las cosas en las que viven y preocupan a los hombres. El Papa no tiene inconveniente en proclamar con energía: Optemos por la caridad!.[5]

Nos encontramos con un Europa heterogénea, compleja. Resulta prácticamente imposible hacer un análisis de la situación desde un criterio único y permanente. Todo ello puede constituir, sin embargo, una riqueza de experiencias y de opciones. Mientras "en los países de la parte oriental se presenta el problema de cómo administrar la libertad recuperada, en los de la parte occidental se nos pregunta sobre cómo vivir la auténtica libertad".[6]

Actitudes y opiniones, muchas veces contrarias, coexisten y se valoran con criterios muy diferentes.

Un factor importante a tener en cuenta es el "aparato propagandístico", que lleva a la deformación de la opinión pública y al adoctrinamiento. [7] Juan Pablo II se refería, con esas palabras, a los regímenes totalitarios. Sin embargo, aunque sea en forma larvada y más sutil, continúa ejerciéndose ese efecto propaganda para defender unos intereses determinados.

En la Iglesia de Europa tendremos que superar dos tentaciones: la del fundamentalismo como remedio, y la del desaliento ante el secularismo. Aunque siempre la tentación más grave y peligrosa es la del olvido de Dios. "La experiencia ha demostrado desgraciadamente que el hombre dejado al solo poder del hombre, mutilado de sus aspiraciones religiosas, se transforma rápidamente en un número o en un objeto. Por otra parte, ninguna época de la humanidad ha escapado al riesgo de que el hombre se encerrara en sí mismo, con una actitud de orgullosa autosuficiencia. Pero este riesgo se ha acentuado en este siglo, en la medida en que la fuerza armada, la ciencia y la técnica han podido dar al hombre contemporáneo la ilusión de ser el único señor de la naturaleza y de la historia. Esta es la presunción que encontramos en la base de los excesos que deploramos".[8]

3. ECCLESIA DE EUCHARISTIA Y ECCLESIA IN EUROPA

Dice Juan Pablo II: "he podido celebrar la Santa Misa en los lugares más diversos y ello me hace experimentar el carácter universal de la Eucaristía, que se "celebra, en cierto sentido, sobre el altar del mundo. Ella une el cielo y la tierra. Abarca e impregna toda la creación".[9]

Pero, continúa el Papa, "junto a estas luces, no faltan sombras. En efecto, hay sitios donde se constata un abandono casi total del culto de adoración eucarística. A esto se añaden, en diversos contextos eclesiales, ciertos abusos que contribuyen a oscurecer la recta fe y la doctrina católica sobre este admirable Sacramento. Se nota a veces una comprensión muy limitada del Misterio eucarístico. Privado de su valor sacrificial, se vive como si no tuviera otro significado y valor que el de un encuentro convival fraterno. Además, queda a veces oscurecida la necesidad del sacerdocio ministerial, que se funda en la sucesión apostólica, y la sacramentalidad de la Eucaristía se reduce únicamente a la eficacia del anuncio. También por eso, aquí y allá, surgen iniciativas ecuménicas que, aun siendo generosas en su intención, transigen con prácticas eucarísticas contrarias a la disciplina con la cual la Iglesia expresa su fe. Cómo no manifestar profundo dolor por todo esto? La Eucaristía es un don demasiado grande para admitir ambigüedades y reducciones".[10]

La encíclica Ecclesia de Eucharistia quiere "disipar las sombras de doctrinas y prácticas no aceptables, para que la Eucaristía siga resplandeciendo con todo el esplendor de su misterio"[11]

Vamos a ir recorriendo los capítulos de la encíclica Ecclesia de Eucharistia e ir subrayando, con la ayuda de la exhortación postsinodal Ecclesia in Europa, el sentido de la fe en la Eucaristía en Europa.

Misterio de la fe

El primer capítulo de Ecclesia de Eucharistia habla del "Misterio de la fe", del valor sacrificial de la Eucaristía. El único sacrificio de la cruz que se hace presente hasta el fin de los tiempos y que acrecienta el sentido de responsabilidad de los creyentes y les lleva a acercarse a los más débiles y a los más pobres y les ayuda a esperar (Cf. Ecclesia de Eucharistia I).

Solamente mirando a Cristo, Europa podrá hallar la única esperanza que puede dar plenitud de sentido a la vida. Jesús está presente, vive y actúa en su Iglesia, sobre todo en la Eucaristía, que es el "mysterium fidei" que supera nuestro pensamiento y puede ser acogido sólo en la fe.[12]

En Europa, "algunos síntomas revelan un decaimiento del sentido del misterio en las celebraciones litúrgicas, que deberían precisamente acercarnos a él".[13]

La Eucaristía edifica la Iglesia

Cada vez que el fiel participa en la Eucaristía "no sólo recibe a Cristo, sino que es recibido a su vez por Cristo mismo". La comunión con el cuerpo y la sangre de Cristo es la fuerza que da unidad a la Iglesia (Cf. Ecclesia de Eucharistia II).

La Iglesia en Europa, en su peregrinación por la historia, acude a la Eucaristía, "fuente y cima de toda la vida cristiana", y allí encuentra el manantial de la esperanza.[14]

Apostolicidad de la Eucaristía y de la Iglesia

Sin la sucesión apostólica, no hay Iglesia ni Eucaristía, pues el obispo, y los sacerdotes en comunión con él, actúan en persona de Cristo Cabeza. Por eso, no pueden disponer de la Eucaristía, sino que son servidores de la comunidad de los redimidos por la sangre de Cristo (Cf. Ecclesia de Eucharistia III).

Ante los muchos problemas que agobian a los hombres y a las comunidades cristianas de Europa, Juan Pablo II responde que solamente en Cristo "podemos encontrar una de las respuestas más rotundas que nuestras Comunidades han de dar a una religiosidad ambigua e inconsistente. La liturgia de la Iglesia no tiene como objeto calmar los deseos y los temores del hombre, sino escuchar y acoger a Jesús que vive, honra y alaba al Padre, para alabarlo y honrarlo con Él. Las celebraciones eclesiales proclaman que nuestra esperanza nos viene de Dios por medio de Jesús, nuestro Señor".[15]

Eucaristía y comunión eclesial

La Eucaristía manifiesta, incluso de manera visible la unidad invisible que caracteriza a la Iglesia. La Eucaristía no es un simple instrumento para ser utilizado como elemento de comunión. La Eucaristía crea comunión y educa a la comunión. Por eso, la celebración no puede quedar al arbitrio de los individuos o de comunidades particulares (Cf. Ecclesia de Eucharistia IV).

En algunas ocasiones, quizás con buena intención, se ha utilizado la celebración de la Eucaristía para finalidades pragmáticas supuestamente ecumenistas y conciliadoras, pero se ha desvirtuado el sentido de la comunión eclesial que nace de la Eucaristía.

En la encíclica Slavorum apostoli, Juan Pablo II decía: "Podemos afirmar con toda tranquilidad que una visión así, tradicional y a la vez muy actual, de la catolicidad de la Iglesia —sentida como una sinfonía de las diversas liturgias en todas las lenguas del mundo, unidas a una única liturgia, o como un coro armonioso que, sostenido por las voces de inmensas multitudes de hombres, se eleva según innumerables modulaciones, timbres y acordes para la alabanza de Dios, desde cualquier punto de nuestro globo, en cada momento de la historia—, corresponde de modo particular a la visión teológica y pastoral que inspiró la obra apostólica y misionera de Constantino Filósofo y de Metodio, y favoreció su misión entre las naciones eslavas".[16]

Hay en Europa un justificado deseo de la plena comunión en Cristo de las Iglesias hermanas y ello impulsa a emprender nuevos caminos y a dar nuevos pasos para favorecerla, particularmente el de la comunión en torno a la Mesa eucarística.[17]

"Como a la unidad de la Iglesia no se opone una cierta variedad de ritos y costumbres, sino que ésta acrecienta más bien su hermosura y contribuye al más exacto cumplimiento de su misión, como antes hemos dicho, el sagrado Concilio, para disipar toda duda, declara que las Iglesias orientales, recordando la necesaria unidad de toda la Iglesia, tienen la facultad de regirse según sus propias ordenaciones, puesto que éstas son más acomodadas a la idiosincrasia de sus fieles y más adecuadas para promover el bien de sus almas"[18]

Decoro de la celebración eucarística

Todo cuanto se refiere a la celebración eucarística ha de manifestar la importancia del misterio y el gozo de cuantos se reúnen en torno a la Eucaristía. Las manifestaciones artísticas demuestran cómo la Iglesia no ha escatimado nada para mostrar su sentido de fe en el misterio de la Eucaristía (Cf. Ecclesia de Eucharistia V).

"En el contexto de la sociedad actual, —europea— cerrada con frecuencia a la trascendencia, sofocada por comportamientos consumistas, presa fácil de antiguas y nuevas idolatrías y, al mismo tiempo, sedienta de algo que vaya más allá de lo inmediato, a la Iglesia en Europa le espera una tarea laboriosa y apasionante a la vez. Consiste en descubrir el sentido del " misterio "; en renovar las celebraciones litúrgicas para que sean signos más elocuentes de la presencia de Cristo, el Señor; en proporcionar nuevos espacios para el silencio, la oración y la contemplación; en volver a los Sacramentos, especialmente la Eucaristía y la Penitencia, como fuente de libertad y de nueva esperanza".[19]

Juan Pablo II no duda en decir que "la verdadera renovación, más que recurrir a actuaciones arbitrarias, consiste en desarrollar cada vez mejor la conciencia del sentido del misterio, de modo que las liturgias sean momentos de comunión con el misterio grande y santo de la Trinidad. Celebrando los actos sagrados como relación con Dios y acogida de sus dones, como expresión de auténtica vida espiritual, la Iglesia en Europa podrá alimentar verdaderamente su esperanza y ofrecerla a quien la ha perdido".[20]

También había recordado el Papa que "el Evangelio no lleva al empobrecimiento o desaparición de todo lo que cada hombre, pueblo y nación, y cada cultura en la historia, reconocen y realizan como bien, verdad y belleza. Es más, el Evangelio induce a asimilar y desarrollar todos estos valores, a vivirlos con magnanimidad y alegría y a completarlos con la misteriosa y sublime luz de la Revelación".[21]

En la escuela de María, Mujer eucarística

El último capítulo de la encíclica Ecclesia de Eucharistia está dedicado a María. Algo ya habitual en Juan Pablo II, que no deja terminar sus escritos magisteriales sin una referencia a la Madre de Dios. Tanto por el contenido teológico como por la exposición, este capítulo sexto es un continuo paralelismo y reciprocidad entre el misterio de la Eucaristía, Sacramento de la Iglesia, y el misterio de María, Madre de Dios y figura de la Iglesia (Cf. Ecclesia de Eucharistia VI).

"En un contexto en el que la tentación del activismo llega fácilmente también al ámbito pastoral, se pide a los cristianos en Europa que sigan siendo transparencia real del Resucitado, viviendo en íntima comunión con Él. Hacen falta comunidades que, contemplando e imitando a la Virgen María, figura y modelo de la Iglesia en la fe y en la santidad, cuiden el sentido de la vida litúrgica y de la vida interior. Ante todo y sobre todo, han de alabar al Señor, invocarlo, adorarlo y escuchar su Palabra. Sólo así asimilarán su misterio, viviendo totalmente dedicadas a Él, como miembros de su fiel Esposa."[22]

La devoción a la Virgen María está muy viva y extendida en los pueblos de Europa. Ella está "maternalmente presente y partícipe en los múltiples y complejos problemas que acompañan hoy la vida de los individuos, de las familias y de las naciones". María es la madre de la esperanza que se "presenta como figura de la Iglesia que, alentada por la esperanza, reconoce la acción salvadora y misericordiosa de Dios, a cuya luz comprende el propio camino y toda la historia.[23]

4. LA EUCARISTÍA, ESPERANZA PARA EUROPA

Europa está viviendo una profunda crisis secularista que amenaza y socava los más sólidos cimientos sobre los que se apoya la fe cristiana. En particular, nos referiremos a la liberad y el anuncio del evangelio, la relación entre la y cultura y el laicismo y la piedad popular.

Libertad y evangelización

La serias preocupaciones de la Iglesia en Europa acerca de la plena libertad de evangelización, quedan reflejadas en las invocaciones y súplicas de Juan Pablo II: Que los países de Europa "puedan seguir todavía acogiendo, sin obstáculos, con entusiasmo y confianza este programa evangélico (...). Que puedan seguir ellos, conforme a su propia conciencia, la voz de tu llamada a lo largo del camino que les fue indicado por primera vez hace once siglos. Que el hecho de pertenecer al Reino de tu Hijo jamás sea considerado por nadie en contraste con el bien de su patria terrena. Que en la vida privada y en la vida pública puedan darte la alabanza debida. Que puedan vivir en la verdad, en la caridad, en la justicia y en el gozo de la paz mesiánica que llega a los corazones humanos, a las comunidades, a la tierra y al mundo entero. Que, conscientes de su dignidad de hombres y de hijos de Dios, puedan tener la fuerza para superar todo odio y para vencer el mal con el bien. (...) Que Europa sienta cada vez más la exigencia de la unidad religioso‑cristiana y la comunión fraterna de todos sus pueblos, de tal manera que, superada la incomprensión y la desconfianza recíprocas, y vencidos los conflictos ideológicos por la común conciencia de la verdad, pueda ser para el mundo entero un ejemplo de convivencia justa y pacífica en el respeto mutuo y en la inviolable libertad".[24]

Fe y cultura

El evangelio es el fundamento de una identidad espiritual que se convierte en una fuerza decisiva, incluso para la propia identidad cultural de un pueblo. "La acogida del Evangelio no suponía solamente la introducción de un nuevo y precioso elemento en la estructura de aquella determinada cultura, sino que era, más bien, la siembra de una semilla destinada a germinar y desarrollarse sobre la tierra en que se había echado y a transformarla en la medida de su desarrollo, haciéndola capaz de producir nuevos frutos".[25]

Laicismo y religiosidad popular

Decía Juan Pablo II: "Las comunidades de creyentes están presentes en todas las sociedades, como expresión de la dimensión religiosa de la persona humana. Por eso, los creyentes esperan legítimamente poder participar en el debate público. Por desgracia, es preciso constatar que no sucede siempre así. En estos últimos tiempos, en algunos países de Europa, somos testigos de una actitud que podría poner en peligro el respeto efectivo de la libertad de religión. Aunque todos están de acuerdo en respetar el sentimiento religioso de las personas, no se puede decir lo mismo del "hecho religioso", o sea, de la dimensión social de las religiones, olvidando en esto los compromisos asumidos en el marco de la que entonces se llamaba la "Conferencia sobre la cooperación y la seguridad en Europa". Se invoca a menudo el principio de la laicidad, de por sí legítimo, si se entiende como la distinción entre la comunidad política y las religiones (cf. Gaudium et spes, 76). Sin embargo, distinción no quiere decir ignorancia. Laicidad no es laicismo. Es únicamente el respeto de todas las creencias por parte del Estado, que asegura el libre ejercicio de las actividades del culto, espirituales, culturales y caritativas de las comunidades de creyentes. En una sociedad pluralista, la laicidad es un lugar de comunicación entre las diversas tradiciones espirituales y la nación. Las relaciones entre la Iglesia y el Estado, por el contrario, pueden y deben llevar a un diálogo respetuoso, portador de experiencias y valores fecundos para el futuro de una nación. Un sano diálogo entre el Estado y las Iglesias —que no son adversarios sino interlocutores— puede, sin duda, favorecer el desarrollo integral de la persona humana y la armonía de la sociedad".[26]

Aconfesionalidad no quiere decir que se esté contra religión, sino que, muy al contrario, debe acoger las religiones de todos los miembros de la sociedad. La persecución y prohibición de una religión es el mayor gesto contra la libertad. Se dice que algunos partidos políticos y grupos de presión en medios informativos, están intentando uniformarnos a todos dentro de una auténtico y peligroso Estado laico, que pueden imponernos, como único y excluyente, un confesionalismo laicista.

La confusión comienza con la manipulación del lenguaje. Se ha conseguido que el término Estado laico se use como sinónimo de Estado antirreligioso. La diferencia entre Estado democrático y Estado totalitario es que este impone la forma de pensar a los ciudadanos; mientras que el Estado democrático les deja, es más, facilita una pluralidad de opciones en cuanto a ideas fundamentales. Es aconfesional porque no impone ninguna confesión, pero deja libertad a los ciudadanos para que ellos confiesen y practiquen cualquier idea, sea política, social, cultural, religiosa, con tal que —la única limitación— respete a los demás.

La laicidad debe entenderse precisamente como libertad religiosa, no como reducción de religión al ámbito privado y menos como exclusión o persecución de ella. El Estado verdaderamente laico, no apuesta por una religión determinada ni por borrarlas a todas de la vida pública, sino que intenta articular institucionalmente la vida compartida de tal modo que todos se sientan ciudadanos de primera, sin tener que renunciar a la expresión de sus sin identidades.

El laicismo no debe ser entendido como una actitud de hostilidad contra la religión, sino de respeto a la libertad religiosa y a la aconfesionalidad del Estado. Una cosa es la separación entre Iglesia y Estado, y otra, su incompatibilidad y hostilidades mutuas. Por lo demás, el principio de la confesionalidad no entraña necesariamente la pura neutralidad estatal. Pues no se debe tratar de manera igual lo que no es igual. No se puede equiparar catolicismo con el fundamentalismo...

Privatizar las religiones no es solución, porque las gentes tienen derecho a expresar su identidad en público, siempre que no atente contra los mínimos de la ética y cívica.

Ante este panorama laicista de Europa, Juan Pablo II advierte: "Se ha de dedicar también una atención especial a la piedad popular. Muy extendida por las diversas regiones de Europa mediante las cofradías, procesiones y peregrinaciones a numerosos santuarios, enriquece el itinerario del año litúrgico, inspirando usos y costumbres familiares y sociales. Todas estas formas deben ser consideradas cuidadosamente mediante una pastoral de promoción y renovación, que les ayude a desarrollar todo lo que es expresión auténtica de la sabiduría del Pueblo de Dios. (...) En el campo de la piedad popular hay que vigilar constantemente los aspectos ambiguos de algunas de sus manifestaciones, preservándolas de desviaciones secularistas, consumismos desconsiderados o también de riesgos de superstición, para mantenerlas dentro de formas auténticas y juiciosas. Se ha de llevar a cabo una pedagogía apropiada, explicando cómo la piedad popular se ha de vivir siempre en armonía con la liturgia de la Iglesia y vinculada con los Sacramentos".[27]

Fundamentalismo,  sentido de la fe

Opuesto diametralmente al "sensus fidei" está el fundamentalismo. Ha querido verse el fundamentalismo como fenómeno religioso, cuando en realidad es consecuencia y reacción equivocada ante las ideologías totalitarias y excluyentes. La religión se puso como pretexto, refugio y bandera. Se mezclan elementos religiosos, culturales, nacionalistas, políticos... El deseo de dominar puede valerse de la motivación religiosa para emprender campañas que nada tienen que ver con la fe de unos verdaderos creyentes en Dios.

Si la religión se usa como medio poderoso, más que como una forma de vivir sincera y humildemente la fe, la motivación nace dañada en principio. Lo religioso no puede ser un arma de coacción ni una bandera a enarbolar en cualquier campaña a emprender. Si el factor religioso se utiliza con afán de dominio y no de servicio, ya hay sobrados motivos para dudar de la falta de sinceridad auténticamente religiosa en esa unión de fuerzas. El interés no puede estar en el adueñamiento de algo, sino en el servicio a los demás conforme a la voluntad de Dios.

Sirvan, para terminar, las mismas palabras de Juan Pablo II, al concluir la encíclica Ecclesia de Eucharistia, y que indican el verdadero "sensus fidei" del pueblo cristiano sobre la Eucaristía: "En el humilde signo del pan y el vino, transformados en su cuerpo y en su sangre, Cristo camina con nosotros como nuestra fuerza y nuestro viático y nos convierte en testigos de esperanza para todos. Si ante este Misterio la razón experimenta sus propios límites, el corazón, iluminado por la gracia del Espíritu Santo, intuye bien cómo ha de comportarse, sumiéndose en la adoración y en un amor sin límites".[28]

Carlos Amigo Vallejo
Cardenal Arzobispo de Sevilla



[1] Egregiae virtutis 258-262

[2] Slavorum apostoli 2

[3]Lumen gentium 12

[4] Dei Verbum 8

[5] Ecclesia in Europa 104

[6] Nuevas vocaciones para una nueva Europa. Congreso europeo de vocaciones. Roma, mayo 1997, 11

[7] Juan Pablo II, Mensaje con ocasión del cincuenta aniversario del final en Europa de la guerra mundial, 10

[8] Juan Pablo II, Carta apostólica con ocasión del cincuenta aniversario del comienzo de la segunda guerra mundial, 7

[9] Ecclesia de Eucharistia, 8

[10] Ecclesia de Eucharistia, 10

[11] Ecclesia de Eucharistia, 10

[12] Ecclesia in Europa, 22

[13] Ecclesia in Europa, 70

[14] Ecclesia in Europa, 75

[15] Ecclesia in Europa, 71

[16] Slavorum apostoli, 17

[17] Juan Pablo II, Euntes in mundum, 9

[18] Euntes in mundum, 10

[19] Ecclesia in Europa, 69

[20] Ecclesia in Europa, 72

[21] Slavorum apostoli, 18

[22] Ecclesia in Europa, 27

[23] Ecclesia in Europa, 124, 125

[24] Slavorum apostoli 30

[25] Euntes in mundum, 5

[26] Juan Pablo II, Al Cuerpo diplomático, 12-1-2004

[27] Ecclesia in Europa, 79

[28] Ecclesia de Eucharistia, 62

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