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SIMPOSIO TEOLÓGICO-PASTORAL
DEL XLVIII CONGRESO EUCARÍSTICO INTERNACIONAL

LA EUCARISTÍA QUE EDIFICA LA IGLESIA

Conferencia del P. Jesús Castellano Cervera ocd.

Guadalajara, México
Miércoles 6 de octubre de 2004

 

INTRODUCCIÓN

“La Iglesia vive de la Eucaristía”.[1] Estas palabras iniciales de la Encíclica de Juan Pablo II ofrecen el marco teológico del presente Simposio teológico y nos indican el sentido vital de una Iglesia que, siendo el Cuerpo visible de su Señor invisible, se nutre de Cristo Eucaristía, y por ello, como un cuerpo, se plasma y se construye, crece y se estructura vitalmente con la celebración de la Eucaristía. En ella el Señor, Cabeza y Esposo de esta Iglesia que es su Cuerpo y su Esposa, presente en el memorial de su pasión gloriosa, es decir en el acto que recapitula toda su existencia y su misterio,[2] no sólo la une a sí, sino que la configura, la estructura, la revela y la plasma para que sea cabal expresión de ese pueblo santo sacerdotal del Padre, cuerpo místico suyo y templo del Espíritu, sacramento universal de salvación.

La Eucaristía hace la Iglesia. La Iglesia hace la Eucaristía. Estas dos clásicas expresiones del P. Henri De Lubac son perfectamente comprensibles sólo si se sobreentienden con la referencia a Cristo, es decir el Cristo de la Eucaristía, el sacerdote y la víctima, el donante y el don. En efecto. es Cristo en la Eucaristía con la autodonación de su cuerpo y de su sangre, con la actualización de su misterio pascual y de sus efectos salvadores, el que hace de la Iglesia su Cuerpo y la plasma como sacramento universal de salvación. Y es Cristo presente en la Iglesia, a través de la sucesión apostólica y ministerial del sacerdocio ordenado, por su presencia en cada sacerdote celebrante, el que hace, realiza la Eucaristía. Esta referencia al Cristo eucarístico y al Cristo sacerdotal nos permite comprender mejor el binomio de reciprocidad entre la Eucaristía que hace la Iglesia y la Iglesia que hace la Eucaristía, para no separar nunca la dimensión sacramental del sacerdocio y de la eucaristía, de la sucesión y transmisión de la presencia de Cristo en los apóstoles y sus sucesores por medio del Espíritu Santo. Sólo a ello, de manera exclusiva, ha confiado el ministerio eucarístico y la realidad misma del único sacerdocio de Cristo que en la actualización sacramental de su misterio pascual hace que la Iglesia nazca y renazca siempre de ese misterio.

El misterio eucarístico en su plenitud, como hemos insinuado, actualiza el momento recapitulador de toda la vida de Jesús, su misterio pascual, significado y realizado en el cuerpo entregado y en la sangre derramada. Pero que en la mejor tradición de la Iglesia y de sus plegarias eucarística incluye la efusión pentecostal del Espíritu, para que la Iglesia sea, como en Pentecostés, y ahora por medio de la Eucaristía un solo cuerpo y un solo Espíritu.

Esta doctrina recoge la mejor tradición de las Iglesias de Oriente y Occidente, desde los primeros siglos Es la perspectiva rica y eficaz de un trinomio eucarístico. En él se pone en el principio y en el centro la Eucaristía plenamente celebrada y vivida; la Iglesia que tiene como momento central y fontal esa Eucaristía que la revela y la realiza; y la caridad, que fluye de la Eucaristía, para ser la fuerza que la aglutina en la comunión, en todas sus expresiones jerárquicas y carismáticas; y la que la lleva en la misión al testimonio de un amor sin límites que se revela en la fuerza de la evangelización misionera, en la creatividad del amor y del servicio y forja una socialidad nueva que nace del celebrar el misterio del amor de Cristo, y un testimonio que se manifiesta en el bautismo.[3]

En torno a la Eucaristía y como revelación del misterio de la Iglesia se va formando y conformando, se revela y se explicita la función apostólica del gobierno, de la santificación y del magisterio. Con una dimensión jerárquica en torno al Obispo en la Iglesia particular con su presbiterio, sus diáconos y otros ministros.[4] Se hace presente también en una comunión de los Obispos en la misma eucaristía, manifestada en la concelebración de la Eucaristía expresión de la perfecta comunión en Cristo y en Iglesia, una santa católica y apostólica. Y tiene como consecuencia una una dimensión de ortodoxia de la fe, de predicación y salvaguardia de la verdad, para que nuestra doctrina, como dice Ireneo corresponda a la Eucaristía que celebramos y viceversa, ya que la celebración de la Eucaristía supone la confesión unánime y completa de la fe.[5] Con una función santificadora que tiene en la Eucaristía su punto de llegada y de partida, con los sacramentos de la iniciación cristiana y con los otros sacramentos que tienen en la Eucaristía su centro y su culmen. Y con la consecuente irradiación de la caridad hacia todos.

La verdad y la vida, los ministerios y los carismas, el apostolado y la acción social de los Padres de los primeros siglos tienen como marco esencial la Eucaristía celebrada. Una Eucaristía que garantiza la unidad, la santidad, la catolicidad por ser la misma Eucaristía la que se celebra por todo el mundo y la apostolicidad en la comunión con el ministerio de unidad del sucesor de Pedro, que “preside en la caridad”. Una celebración eucarística que por ser la misma en todos los lugares por la misma presencia del Señor y la profesión de la misma fe y del mismo amor, van sembrado la conciencia que allí donde se celebra el misterio de la carne y de la sangre del Señor “se une estrechamente toda la fraternidad de su Cuerpo”,[6] en esa especie de ubicuidad de la Iglesia que se realiza mediante la celebración de la eucaristía ya que la Iglesia que se hace plenamente presente allí donde se celebra la Eucaristía.[7]

Esta perspectiva sacramental de la Iglesia y de la Eucaristía, es la verdad salvífica que Juan Pablo II, en la línea magisterial del Vaticano II y de algunos documentos postconciliares ,propone para la renovación teológica, pastoral, espiritual y misionera a principio del tercer milenio, con todas las consecuencias y todas las exigencias de una ortodoxia y de una ortopraxis que nacen de la misma verdad objetiva de la Eucaristía y de todas las necesarias condiciones para que sea auténtica en la proclamación de la fe, en la comunión eclesial, en la disciplina eclesiástica, en el fervor de la vida teologal y en la irradiación apostólica.

La propuesta de una Iglesia que vive, nace y renace, crece en profundidad de santidad y comunión y en dinamismo de misión, se realiza y se desarrolla, plenamente con y en la Eucaristía, ofrece la visión de una Iglesia eucarística y de una eclesiología eucarística, espejo y modo de ser de la Iglesia, es la perspectiva de una renovación radical de la Iglesia al principio del tercer milenio. Este es en parte el proyecto de Juan Pablo II en la proclamación de un Año eucarístico, que tiene su punto de partida en el 48° Congreso Eucarístico Internacional de Guadalajara con su lema “Luz y vida del nuevo milenio” y se proyecta en una onda expansiva hacia la XI Asamblea General del Sínodo de los Obispos con el tema enunciado con estas palabras: La Eucaristía: fuente y cumbre de la vida y misión de la Iglesia”.[8]

En efecto, la celebración eucarística, por ser y para ser genuina tiene que expresar y revelar la estructura mistérica, sacramental, jerárquica y apostólica de la Iglesia, su fuerza de servicio y de expansión misionera, la genuina naturaleza de su fe, de su caridad y de su esperanza escatológica.

De aquí fluyen a nuestra perecer dos puntos fundamentales que quisiéramos poner de relieve, como fruto de una amplia exposición del tema, de gran necesidad para el futuro de la Iglesia a partir de una coral reflexión teológica:

1) La Eclesiología eucarística. La Iglesia tiene su fuente y su culmen en la Eucaristía, vive y se realiza a través de la Eucaristía. Por eso la reflexión teológica acerca de la Iglesia tiene que poner el acento en su dimensión eucarística que comprende estos aspectos:

a) la celebración auténtica de la Eucaristía expresa en sus palabras, su estructura jerárquica y sacramental el genuino sentido de la Iglesia universal y local;

b) la celebración de la Eucaristía plasma una Iglesia de la auténtica confesión de la fe, del amor y del servicio, presente en la tierra y peregrina hacia la gloria.[9]

2) La Eucaristía constituye el fundamento teológico y sacramental de la pastoral y espiritualidad de comunión y de misión, puesta de relieve como fruto del Vaticano II por los recientes documentos del Magisterio pontificio.

Por eso nos proponemos hacer primero una necesaria relectura de los datos de la revelación, de la tradición patrística y litúrgica, así como de las orientaciones más recientes del Magisterio de la Iglesia que van decididamente en esta dirección.

Seguimos en esto la doctrina misma en su método y en su contenido de la Encíclica de Juan Pablo II Ecclesia de Eucharistia, aunque nos ceñiremos sobre todo al tema del capítulo segundo, sin poder soslayar algunas otras perspectivas. En efecto, en el entramado teológico de la Encíclica están presentes los textos de la Escritura, la teología de los Padres, la liturgia eucarística de Oriente y de Occidente, la tradición del magisterio de la Iglesia.[10]


I. EL MARCO ECLESIOLÓGICO EUCARÍSTICO
A LA LUZ DE LA REVELACIÓN Y DE LA TRADICIÓN

1. Una relectura eclesiológico-eucarística de algunos textos bíblicos

La Iglesia eucarística del Cenáculo

Para entrar de lleno en e misterio de la Eucaristía, tenemos que situarnos en el Cenáculo de la institución. Los relatos de los tres sinópticos y el testimonio de Pablo en la Carta a los Corintios acerca de la institución de la Eucaristía nos adentran en el marco temporal, geográfico, cultural y existencial en el que podemos comprender de lleno el significado de las palabras de Jesús a la luz del contexto pascual de la Cena, del contexto de la pasión hacia la que de manera resoluta se dirige Cristo anticipando su inmolación y su ofrecimiento al Padre. Las palabras de Jesús, acompañadas de sus gestos y de su oración, dan pleno sentido a la institución de la Eucaristía como su cuerpo entregado y su sangre derramada, no solo como un acción profética demostrativa de cuanto se va a realizar en el Calvario, y de lo que Jesús tiene plena y libre conciencia, sino como una acción constitutiva que anticipa para los discípulos este don que el hace al Padre de sí y lo ofrece a los suyos como verdadera comida y bebida para que se impregnen corporalmente de él y en el futuro lo actualicen como su memorial.

No podemos aquí hacer una exégesis de los relatos de la institución sino apuntar más bien a alguna anotación en clave eclesiológica de los relatos de la Cena para captar toda la carga eclesial de la Eucaristía desde su misma institución.[11]

Ante todo Jesús instituye la Eucaristía cenando con sus discípulos en una banquete tiene un sabor pascual indiscutible, no obstante los pareceres contrarios de algunos autores. Juntos forman una imagen de la comunidad escatológica de Israel, un icono vivo del nuevo Israel, en el que Jesús anuncia y anticipa su pascua de pasión y de gloria en un banquete sagrado. El Cenáculo, con Jesús que reúne a sus discípulos ante el Padre que Él invoca en su plegaria de bendición, es una imagen y una profecía de la comunidad postpascual de la Iglesia que se realizara con su presencia, su palabra y la fracción del pan. Jesús no esta sólo aparece con los discípulos a quienes encomienda realizar el memorial de aquel acto recapitulador de toda su vida que es su pasión gloriosa. Constituye con los suyos la comunidad pascual, no ya del memorial de la liberación de Egipto – culmen de la realización de la comunidad de Israel en el memorial anual de la Cena pascual judía – sino en relación con su próxima inmolación y tránsito pascual del que nace la nueva comunidad del nuevo Israel.

En el banquete de comunión en el que Jesús ofrece su cuerpo y su sangre se realiza ya la comunión en un solo cuerpo mediante una especie de extensión de Cristo en sus discípulos, partícipes de la carne y de la sangre del Maestro, de su vida entregada a ellos y por ellos, ofrecida al Padre como redención y plenitud de vida en el Espíritu, siempre con la mirada puesta en el cumplimiento de la pasión-muerte pero también de la liberación pascual próxima cuando pueda beber con ellos el vino nuevo en el Reino del Padre. El Cenáculo anticipa lo que será el momento culmen de la vida de la Iglesia en el futuro, a partir de la Resurrección y de Pentecostés, cuando en la fracción del pan y la bendición del cáliz, según el precepto del Señor que quiere que sea este el nuevo memorial de su nueva pascua, sus discípulos, en todo tiempo y lugar, hasta que vuelva, proclamen, es decir celebren la muerte del Señor. Se trata de un celebrar en plenitud para hacer presente con la palabra y los gestos mismos de Jesús su muerte gloriosa que constituye con su resurrección a Cristo como Señor. El Cenáculo es pues, icono, profecía y realización anticipada de la “dominica coena” de la Iglesia, la cena "señorial" presidida por Él, que hace memorial de Él, que lo hace presente. Es imagen de una Iglesia eucarística.[12]

Junto a esa imagen de los sinópticos y de Pablo, tenemos el testimonio de Juan. El no narra la institución de la Eucaristía en los densos cinco capítulo dedicados a la última Cena (cap. 13-17), pero la supone y en cierto modo la ilumina en su pleno sentido teológico y vital. Nos introduce en lo que supone la celebración de la eucaristía en la Iglesia, en ese acto en que se come su carne y se bebe su sangre; nos ofrece el “ser eclesial” de la Iglesia que vive de la Eucaristía con todas sus exigencias. Hay un profundo sentido eucarístico-eclesial en los cinco capítulos del Cenáculo. Entre otras cosas Juan nos hace presente el deber ser de una Iglesia eucarística.

Ante todo, de una Iglesia que sirve con la humildad de Jesús, que en el lavatorio de los pies anticipa un gesto de amor y de redención, y que tiene como mandamiento nuevo de la alianza nueva el amor a los hermanos con la misma medida de Cristo.

De una Iglesia que tiene su imagen eucarística en la vid y los sarmientos, con todas las consecuencias de esta imagen polifacética. En efecto se alude a su dimensión trinitaria (el cuidado del Padre que es como la raíz misma de la vid, la centralidad de la vid que es Cristo y de la linfa vital que es el Espíritu); a su densidad comunitaria (sarmientos de una única vid), y misionera (en la necesaria relación de todos los sarmientos con y en la única vid y sus frutos), en las exigencias de permanecer en la palabra, en la fidelidad a los mandamientos, en la reiterada ley del amor como mandamiento nuevo.

A esta Iglesia eucarística se le promete el Espíritu Santo para desvelar plenamente y llevar a plenitud vital las palabras y las acciones de Jesús.

De una manera particular hay una dimensión eclesiológica y eucarística del Cenáculo en la plegaria final de Jesús en la que en dimensión trinitaria. En ella Jesús, con los ojos vueltos al Padre, y con la fuerza del Espíritu envuelve en su oración a los discípulos presentes y futuros, a los que en el correr de los siglos creerán en él. Jesús en oración al Padre abraza con su plegaria a esta Iglesia presente y futura es imagen viva de la Iglesia de siempre que cuenta con la presencia viva de Cristo que como mediador y pontífice intercede siempre por ella y en la Eucaristía celebra esta presencia y esta intercesión.

Pero la misma oración de Jesús tiene un auténtico sabor eucarístico. Es como la plegaria eucarística de Jesús, su anáfora, con la que interpreta y ofrece su inminente sacrificio pascual que ya vive en su oblación y en sus sentimientos. Osamos llamarla la anáfora de Jesús, ya que en ella no faltan los detalle primorosos de esta que podríamos llamar muy bien la raíz de todas las anáforas. Jesús ora con los ojos levantados al cielo; ora con una reiterada invocación del Padre por seis veces consecutivas, una de ellas con la expresión Padre santo y otra con la de Padre justo; forman parte de su oración, la bendición glorificadora, la ofrenda de su vida, la intercesión histórica y escatológica por sus discípulos, para que sean una cosa sola, partícipes de la misma vida trinitaria del Hijo, y hasta la epíclesis santificadora que pide para sus discípulos le efusión del Espíritu, la misma gloria que Él tiene por parte del Padre, el mismo amor con que el Padre lo ama.[13]

Cada vez que la Iglesia celebra la Eucaristía y hace memoria ante el Padre de las palabras y de los gestos de Jesús en el Cenáculo, para actualizar el memorial de su inmolación gloriosa, la comunidad en torno al Cenáculo se constituye como imagen de ese Cenáculo de la institución que tendrá su complemento profético en el cenáculo de la presencia del Resucitado y de la efusión del Espíritu de Pentecostés..

La comunidad eucarística de los Hechos de los apóstoles

Es imagen de la Iglesia eucarística en su plenitud sacramental la memoria de los Hechos de los Apóstoles ( cfr. 2,42-46; 20, 7) que hablan de la fracción del pan como forma de ser y de vivir de la comunidad que nace de la efusión del Espíritu en Pentecostés. Esa comunidad a apostólica a la que se agregan personas de toda raza y lengua, signo de su universalidad, por medio del bautismo y la imposición de las manos (iniciación conjunta al misterio pascual de Cristo y pentecostal del Espíritu), vive cotidianamente en la perseverancia. En el centro de esa cotidianidad está conjuntamente la palabra de los apóstoles, la nueva fraternidad o relación de comunión, la fracción eucarística del pan, y la oración.

En este Cenáculo postpentecostal y cotidiano, la imagen de la Iglesia une a la vez, como en el Cenáculo de Juan, la palabra, la "koinonia" de un amor nuevo, la fracción del pan y la plegaria con la cual toda la comunidad se sitúa, como Jesús y con su presencia, delante del Padre. De aquí nace la otra imagen eucarística de la Iglesia que se hace comunión de bienes, testimonio de vida, un solo corazón y una sola alma. Y así tenemos esa obra maestra del Espíritu que el autor de los Hechos coloca como paradigma del deber ser de la iglesia de todos los tiempos en su esencialidad de fidelidad a la palabra del Maestro, a través de los apóstoles, la comunión en el amor, el memorial eucarístico de la fracción del pan memorial del Jesús del Cenáculo de la pasión y de la Resurrección y en las oraciones, para ser después continuidad de irradiación de sus ser eucarístico en la predicación y en el testimonio de vida hasta el martirio.[14]

Un solo cuerpo por la Eucaristía, la perspectiva paulina

En una misma perspectiva eclesial se coloca la doctrina de Pablo sobre la Eucaristía, que hace la Iglesia, en la primera Carta a los Corintios 10, 16-17. Con una extensión a la Eucaristía de la doctrina ya expuesta en la Carta a los Romanos sobre la Iglesia como cuerpo de Cristo.

La intención de Pablo en este breve inciso es clara. La Iglesia es cuerpo de Cristo porque se alimenta del cuerpo y sangre de Cristo. Todo parte del realismo mismo la Eucaristía que hace de la Iglesia el cuerpo de Cristo por el pan que se parte y el cáliz del vino que se bendice y comparte y es, como afirma con fuerza y realismo Pablo, comunión verdadera con el cuerpo y la sangre de Cristo. Y de esta identidad surge un imperativo ético, una moral eucarística de coherencia que exige una absoluta opción por el Señor, su doctrina y su causa. Por otras esta doctrina es más clara en el cap. 11, cuando Pablo exige de una verdadera celebración una coherente vida de caridad y de perfecta comunión con los hermanos. Por eso Pablo indica brevemente la doctrina, pero advierte su importancia ética, primero con la referencia al pueblo de Israel: no todos los que pasaron el mar y se nutrieron del maná y del agua de la roca fueron coherentes con la gracia recibida; también puede suceder con los cristianos: han recibido el bautismo y pueden tomar parte del alimento y de la bebida celestial y no ser coherentes.

Pablo llama la atención para que los corintios adviertan la seriedad de la advertencia: « La copa de bendición que bendecimos ¿ no es acaso comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos ¿ no es comunión con el cuerpo de Cristo? Porque, aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan » (1Cor 16-17). Las palabras de Pablo aluden a la celebración eucarística en las comunidades eclesiales primitivas, Hay una afirmación doctrina de gran calibre que supone el realismo del Señor que se nos da en cuerpo verdadero y en su sangre verdadera que es comunión real con nosotros y para nosotros. Y hay una lección consecuencial de tipo comunitario y eclesial: ya un solo pan ( y un solo cáliz) signo y causa de unidad y por eso todos los que se nutren de este pan ( y beben de este cáliz) forman un solo cuerpo ( y un solo Espíritu).[15]

La lógica de Pablo se mueve en varias direcciones por la fuerza expresiva del símbolo y por su realismo. El simbolismo indica el único pan-cuerpo de Cristo y el único cáliz- sangre de Cristo. La eficacia hace que la comunión haga partícipe a cada uno del cuerpo y sangre del Señor y todos juntos, por participar de la misma realidad de comunión con el Señor, significada y realizada por el mismo pan-cuerpo y cáliz sangre, un solo cuerpo eclesial.

Los Padres sacarán otras consecuencias simbólicas: como del pan que está hecho de muchos granos de trigo y del vino que resulta de muchos granos de uva se forma la unidad del pan y del vino, así la Iglesia de muchos forma una sola realidad. (Rom 12 5 y ss.)[16]

Y aquí brilla el profundo sentido eucarístico de una iglesia que es cuerpo de Cristo, formado por muchos miembros, en la variedad de las personas. pero que es un solo cuerpo del Señor en la unidad de la comunión en la misma realidad de Cristo. Así la palabra cuerpo referida al pan de la Eucaristía se refiere de manera no solo simbólica sino real a la Iglesia. La Eucaristía cuerpo del Señor hace de la Iglesia el cuerpo del Señor.

De aquí Pablo saca como consecuencia la ética de la necesaria comunión de todos con Cristo y en Cristo sin ceder e la tentación de vivir en comunión con las costumbres paganas y sus consecuencias. Y en el capítulo siguiente con otras perspectivas exhorta a vivir la perfecta comunión eclesial de fraternidad con los hermanos en una iglesia que es “sinaxis”, “asamblea”, comunión con Cristo que lleva a reconocerlo y amarlo en los hermanos, con todas las consecuencias de una ética de comunión de amor, de reconocimiento de Cristo en los hermanos, de confesión del Señor presente en la asamblea eucarística y que nos invita a vivir la misma coherencia del amor por nosotros en su misterio pascual.

Completa la visión eucarística del Cuerpo la dimensión eclesial y eucarística de la Iglesia como Esposa con una interpretación eucarística del texto de Ef 5, 25 ss. Cuando Pablo, en un inciso en el que habla del signo del matrimonio cristiano como imagen del amor de Cristo Esposo por la Iglesia Esposa, con un lenguaje sacramental que alude a la purificación de la Esposa por la palabra y el agua del bautismo, para hacerla santa y pura, alude al Señor Esposo de la Iglesia que la cuida y la alimenta con su propio Cuerpo. Una alusión en línea bautismal-eucarística a la relación sacramental de Cristo con cada cristiano y con el conjunto de la Iglesia que es su Esposa.[17]

2. La doctrina de los Padres de la Iglesia

La conciencia viva de la eucaristía que tienen los Padres de la Iglesia como misterio de fe y de vida, a través de una celebración viva y participada, se pone de mil maneras de relieve el nexo indisoluble entre Eucaristía e Iglesia con todas las consecuencias que conlleva consigo no solo la hondura de la percepción de una iglesia plasmada y manifestada por la celebración de los misterios, sino también por las exigencias de la profesión de la fe, del verdadero sacerdocio, de la comunión jerárquica, de la caridad y del dinamismo misionero.

Es imprescindible en este tema remitir a la obra clásica de H. De Lubac y a los libros de J.M.R. Tillard.[18]

Escogemos la doctrina de tres eximios testigos de la época patrística en Oriente y en Occidente: Juan Crisóstomo, Cirilo de Alejandría, Agustín de Hipona .

Juan Crisóstomo es uno de ellos. Juan Pablo II lo cita al glosar el texto de la 1 Carta a los Corintios 10, 16-17. “ Como el pan es sólo uno, por más que esté compuesto de muchos granos de trigo y éstos se encuentren en él, aunque no se vean, de tal modo que su diversidad desaparece en virtud de su perfecta; de la misma manera, también nosotros estamos unidos recíprocamente unos a otros y todos juntos en Cristo”.[19]

Se trata de una unión íntima que tiene como fundamento a Cristo mismo que hace de todos nosotros su Cuerpo eclesial: “ El pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo? ¿Por qué no dijo la participación? Porque quiso significar algo más y manifestar una gran unión. Pues comulgamos no sólo con participar y recibir, sino también con el ser unidos. Pues como aquel cuerpo está unido a Cristo, así también nosotros estamos unidos a él por medio de este pan”.[20]

Para este Padre de la Iglesia la comunión eclesial es también exigencia de caridad para con los hermanos, especialmente para los más pobres. Son célebres los textos de este Padre hasta el punto que se habla de la doctrina crisostomiana como el paralelo entre el sacramento de la Eucaristía y el sacramento del hermano.[21]

En Cirilo de Alejandría la dimensión eclesial de la Eucaristía que nos hace un solo Cuerpo, es más que nos hace “concorpóreos y consanguíneos” con Cristo, tiene un tono más místico. La unión con Cristo en la Iglesia por medio de la Eucaristía es imagen y realización de la comunión trinitaria con Cristo y entre nosotros. Tal es la hondura de la comunión eclesial y eucarística.[22]

El texto fundamental, referido a la unidad trinitaria entre nosotros por medio de la Eucaristía es este: “Para que también nosotros tendiéramos a la unión con Dios y entre nosotros, y para que nos fusionásemos hasta formar una sola cosa, aunque tengamos cuerpos y almas diferentes, el Unigénito, buscó una razón en su sabiduría y en el consejo del Padre. Porque con un solo cuerpo, a saber con el suyo, bendiciendo por la mística comunión a los que creen en él, los hace concorpóreos con él y con los demás. Porque si todos participamos de un solo pan formamos todos un sólo cuerpo, pues Cristo no se puede dividir. Por esta razón a la Iglesia de le llama cuerpo de Cristo, y a nosotros miembros, cada uno por su parte, según la mente de San Pablo. Porque estando nosotros todos unidos a Cristo por medio de su santo Cuerpo, ya que le recibimos en nuestros cuerpos, a él uno e indivisible, le debemos a él nuestros miembros, más que a nosotros mismos”.[23]

Muy acertada es la perspectiva pneumatológica de la Eucaristía y de la unidad, según este Padre de la Iglesia: “ Y acerca de la unión en el Espíritu Santo diremos, siguiendo el mismo método que todos nosotros nos fusionamos en cierta manera unos con otros y con Dios. Porque aunque seamos muchos individualmente y en cada uno de nosotros Cristo haga inhabitar el Espíritu del Padre y suyo, sin embargo es uno e indivisible el Espíritu. Porque así como la virtud de la santa carne hace concorpóreos aquellos en quien está, del mismo modo, según creo, el único e indivisible Espíritu de Dios, habitando en todos, los reúne en una unidad espiritual”. De esta mística de la unidad eclesial eucarística, Cirilo arguye acerca de la total unidad en la fe, en el amor, en la esperanza...[24] Tillard que recoge estos testimonios comenta: “ Quizá más que Agustín y que Juan Crisóstomo, Cirilo hace comprender así cual es la fuente y la naturaleza de la unidad eclesial. La comunión eucarística deja en la carne del creyente la huella de la carne de Cristo, con el Espíritu. De esta huella en todos nosotros es de donde nace la Iglesia de Dios”.[25]

En Occidente es clásica la doctrina de San Agustín. Nos imposible resumir sus enseñanzas y por ello nos es suficiente citar algunos de sus textos, geniales por su argumentación en la que juega con la realidad de la Eucaristía cuerpo y de la Iglesia cuerpo de Cristo.[26]

Son célebres dos homilías pascuales a los bautizados, los sermones 227 y 272 en los que con un realismo verbal y a la vez sacramental ilustra a los neófitos el sentido de la eucaristía que está en el altar y van a recibir y que es ese mismo cuerpo del Señor que hace de ellos la iglesia, cuerpo del Señor. He aquí las palabras esenciales: “Si queréis entender lo que es el cuerpo de Cristo, escuchad al apóstol: “ Vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros. Si, pues, vosotros sois el cuerpo de y los miembros de Cristo, lo que está sobre la santa mesa es un símbolo de vosotros mismos, y lo que recibís es vuestro propio misterio. Vosotros mismos lo refrendáis así al responder: Amen. Se os dice: He aquí el Cuerpo de Cristo. Y contestáis: Amen, así es. Sed, pues, miembros de Cristo para responder con verdad Amén”.[27]

Son innumerables los textos en los que Agustín marca esta identidad. He aquí algunos: « Este pan es el cuerpo de Cristo, del cual dice el Apóstol hablando a la Iglesia: “ Vosotros sois el cuerpo y los miembros de Cristo”.[28] “Vosotros estáis sobre la mesa y vosotros estáis en el cáliz; vosotros sois todo esto con nosotros. Lo somos juntamente. Juntamente lo bebemos porque juntamente lo vivimos...Nosotros mismos hemos venido a ser su cuerpo y por su misericordia recibimos de él lo que somos...»[29]

Célebre es la página de Agustín sobre el sacrificio espiritual de los cristianos en su contesto global que alude no sólo a la unidad del cuerpo del Señor y de la Iglesia sino a la unidad del mismo sacrificio redentor celebrado en la Eucaristía: “ Este es el sacrificio de los cristianos, formando nosotros, siendo muchos en número, un cuerpo en Jesucristo. Lo cual frecuenta la Iglesia en la celebración del augusto sacramento del altar que usan los fieles, en el cual se le demuestra que en la oblación y sacrificio que ofrece, ella es ofrecida”.[30]

La Eucaristía cuerpo de Cristo hace de la Iglesia en cada uno de sus miembros y en su conjunto el verdadero Cuerpo del Señor, con la misma fuerza del Espíritu que lo aglutina y la misma caridad que lo une y que no es otra cosa sino el Espíritu Santo. Es lo que pone de relieve un discípulo de Agustín, Fulgencio de Ruspe, célebre por su hermosa espiritualidad de la caridad eclesial fruto del Espíritu derramado en nuestros corazones por medio de la Eucaristía que recibimos.[31]

Es la misma doctrina que llega hasta la teología de la edad media con Sto. Tomás que afirma, con la mejor tradición, que el efecto propio de la Eucaristía es la unidad del Cuerpo místico sin la cual no hay salvación; y es comunión porque nos unimos a Cristo y a los demás; la Eucaristía nos hace estar unidos a Cristo e incorporados a los miembros de su cuerpo que es la Iglesia.[32]

El eco de esta doctrina llegará hasta el Concilio de Trento, que si bien no ha tratado explícitamente del tema Eucaristía e Iglesia, lo recuerda precisamente en las circunstancias tristes del cisma de Occidente al hablar el proemio de la sesión XIII sobre la presencia real: “ precisamente la eucaristía que nuestro salvador ha dejado a su Iglesia como signo de su unidad y de la caridad con la cual quiso que todos los cristianos estuviesen aglutinados y unidos entre ellos”.[33]

En conclusión la grande tradición patrística nos ha dejado una huella perenne de la doctrina de la “communio eucharistica” como “communio ecclesialis”, con todas las exigencias de la misma fe y del mismo amor, de la misma pertenencia al Cuerpo de Cristo que es su iglesia verdadera, con todas las exigencias de mutua caridad e unión en el amor que brotan de este ser un solo cuerpo por la gracia del Espíritu, fuente de caridad y vínculo de comunión con la Trinidad y con los miembros de la Iglesia.

3. El rostro eucarístico de la Iglesia en la celebración:
las plegarias de Oriente y de Occidente

Vamos a ilustrar brevemente este icono de la iglesia eucarística con algunos rasgos vigorosos, como se desprenden de los textos de las anáforas orientales y occidentales. Lo haremos con una exposición de carácter sintético.[34]

Nuestro trabajo no tiene pretensiones moralísticas ni desciende a detalles prácticos de comportamiento eclesial. Ilustra un hecho: la forma noble, el carácter teologal, la riqueza de aspectos espirituales con los que se presenta la iglesia orante al celebrar la eucaristía a la luz de los textos orientales. Ciertamente, la exposición de los aspectos y rasgos de la iglesia eucarística, según los textos orientales, evoca los inevitables paralelismos y la sustancial concordancia con las plegarias eucarísticas de la liturgia romana, empezando por el canon romano que tiene una exquisita y noble expresividad eclesiológica. Estos textos nos son conocidos. Los que citamos son menos conocidos para la mayoría de los lectores, y por ello los reproducimos porque llevan el sello de la tradición y el estímulo de la novedad. Y nos ayudan a percibir la savia de la tradición inmutable de la iglesia en sus oraciones eucarísticas, verdaderas sumas teológicas del misterio central de la fe.[35]

La celebración de la eucaristía está íntimamente unida a la expresión de la iglesia en su polivalente dimensión, tal como aparece claramente en los textos del NT en estas tres vertientes: la iglesia como totalidad universal del misterio, la "catholica ecclesia", anterior a cualquier otra distinción o localización; su expresión local, con su referente geográfico y su organización jerárquica en torno al Obispo; la realización sacramental y litúrgica que coincide con la celebración misma de la eucaristía en la asamblea. Sabemos que existe una indisoluble unidad entre estas tres expresiones fundamentales y no entramos en ello. Con mucha frecuencia en la antigüedad cristiana la eucaristía episcopal une la dimensión local y la expresión litúrgica de la asamblea, sin perder de vista la "catholica". Es más, esta expresión de la universalidad tiene en los textos primitivos una importancia decisiva, de tal manera que la conciencia de la Iglesia universal precede y condiciona el sentido de la iglesia particular y de la asamblea eucarística.[36]

Las plegarias interpretan y explicitan todas las dimensiones del misterio eucarístico, su naturaleza celestial y humana, las perspectivas de unidad y de comunión, su dimensión social y cósmica.

Podemos proponer algunos rasgos esenciales, teológicos y espirituales, de la iglesia que celebra los sagrados misterios.

El sello trinitario de la Iglesia eucarística

En el centro de la eclesiología eucarística está precisamente la Iglesia como asamblea celebrante en la que convergen y se realizan todas sus figuras: pueblo sacerdotal y reino de Dios Padre, cuerpo y esposa de Cristo, templo del Espíritu, familia, asamblea... La iglesia intensamente vuelta al Padre en actitud teologal de fe esperanza y amor, se siente en perfecta comunión con todos los que constituyen el cuerpo eclesial. El "nosotros" de la plegaria eucarística expresa esa comunión intensa de la comunidad que es iglesia y ora por la iglesia, en la doble expresión de la Iglesia local celebrante y de la iglesia universal que representa. En la liturgia eucarística la iglesia no es sólo un símbolo, es una realidad. Algunas expresiones de las liturgias orientales ponen el acento en las diversas figuras con que la iglesia se presenta en su dependencia ante el Padre. Toda la liturgia eucarística es filial, con toda la oración dirigida al Padre. El canon romano lo expresa bien desde el principio mismo: “Padre clementísimo...” La Iglesia es el pueblo santo y la familia de Dios Padre.

Otras acentúan su dimensión de cuerpo de Cristo en un sólo Espíritu. Un teólogo oriental, Nicolás Cabasilas, en su Explicación de la divina liturgia expresa esta plenitud del ser iglesia expresado por los santos misterios: " La iglesia está expresada en los santos misterios no como en un símbolo sino de la misma manera que en el corazón están significados los miembros y en la raíz de un árbol están expresados sus ramos y, como el Señor mismo dice, de la misma manera que en la vid están los sarmientos. De hecho aquí (en la eucaristía) no encontramos solo una semejanza en el nombre o una analogía sino una identidad real".[37] Cuando la iglesia celebra y participa de los sagrados misterios es eucaristía, el cuerpo de Cristo. Lo recalca Cabasilas cuando dice refiriéndose a las palabras de San Pablo: "Vosotros sois el cuerpo de Cristo". En realidad Pablo ha querido significar lo que decía, es decir que los cristianos "viviendo ya por esta sangre la vida en Cristo, dependen realmente de esta cabeza, y habiéndose revestido de este cuerpo, ya no está fuera de propósito ver a la iglesia en estos santos misterios".[38]

En la liturgia oriental se acentúa también, la dimensión de la eucaristía como realización del misterio de Pentecostés con la efusión del Espíritu. Lo subrayan en particular las plegarias de epíclesis. Algunas, como la anáfora alejandrina de San Juan Crisóstomo hace una alusión explícita al misterio de Pentecostés en la segunda epíclesis:" Te pedimos, Señor, que así como has enviado tu Espíritu santo sobre tus discípulos santos y sobre tus santos apóstoles puros, del mismo modo envía sobre nosotros ti Espíritu santo, para que santifique nuestra alma, nuestro cuerpo y nuestro espíritu".[39]

La liturgia bizantina expresa esta dimensión pentecostal con el rito del "zeón", el agua caliente mezclada en el cáliz con la sangre preciosa del Señor. El gesto es acompañado por las palabras "Fervor de fe, lleno de Espíritu Santo". En su explicación, que se ha hecho célebre, Cabasilas comenta el rito con estas palabras: " El misterio de Pentecostés se realizó después que la economía redentora del Salvador se había cumplido perfectamente; y así ahora la efusión del Espíritu acontece cuando el sacrificio ya ha sido ofrecido y los dones han alcanzado ya su plenitud. Ahora se va a cumplir en los que comulgan dignamente... Esta agua, que no es solo agua, sino que participa de la naturaleza del fuego, al ser agua caliente es símbolo del Espíritu santo, que a veces se representa con el símbolo del agua y que en el Cenáculo bajó sobre los discípulos de Cristo bajo forma de fuego. Este rito eucarístico significa, pues, el misterio de Pentecostés, cuando después de haber sido cumplidos todos los misterios de Cristo, descendió el Espíritu santo... La iglesia representada por los sagrados misterios, esa iglesia que es el cuerpo de Cristo y del que los fieles son sus miembros...recibió el Espíritu Santo en el cenáculo, después de la ascensión del Señor a los cielos. Ahora esa misma iglesia recibe el don de este Espíritu después que los sagrados dones han sido aceptados en el altar del cielo".[40]

Las plegarias eucarísticas del Misal Romano acentúan en la segunda epíclesis el hecho de formar un solo Cuerpo y un solo Espíritu mediante la comunión al cuerpo y sangre de Cristo.

Una eucaristía que lleva el sello de la Trinidad y una iglesia que está plasmada por la Trinidad.

La iglesia una en su constitución jerárquica y en su dimensión carismática

La iglesia eucarística se presenta en el acto de celebrar y en las expresiones de su oración como un cuerpo orgánico, jerárquicamente constituido, sin tensiones, en la más cordial comunión. El "nosotros" de la oración eucarística es plenamente eclesial. La ministerialidad de la eucaristía en el nombre de Cristo y de la Iglesia, pertenece a los obispos y presbíteros concelebrantes. Célebre es el comentario de Juan Crisóstomo a las palabras de invitación del prefacio con las que se entra en la anáfora. Aunque son conocidas vale la pena transcribirlas:

" En el mismo transcurso de los santos misterios el sacerdote se dirige con un deseo al pueblo, y el pueblo devuelve al sacerdote su voto y su deseo, pues no otra cosa es aquel saludo: " Y con tu espíritu". Vemos igualmente que la oración eucarística es común, ya que el sacerdote no da gracias por sí solo, sino que el pueblo eucaristiza con él, ya que el sacerdote no comienza su acción de gracias sino después de haber obtenido la conformidad de los fieles, expresada en la frase: "Es justo y digno..." Pues bien, todo esto os lo digo para que todos vosotros estéis atentos, es decir, todos los fieles, aun los más simples, a fin de que caigamos en la cuenta de que formamos todos un solo cuerpo, y que entre nosotros no existe más diferencia que la que puede haber entre los distintos miembros de un mismo organismo".[41]

Esta interacción está salvaguardada en las plegarias orientales por el diálogo constante entre las oraciones presidenciales y las respuestas de la asamblea. Una interacción que tiene una expresión de gran valencia participativa en el doble Amén de la consagración en las anáforas orientales de Juan Crisóstomo y de Basilio. Y que alcanza su culmen en algunas otras anáforas, como la alejandrina de san Basilio y de Cirilo con múltiples intervenciones del pueblo que corean y asienten las expresiones del celebrante.[42] De esta forma se salvaguarda el carácter presidencial de la anáfora y la adecuada participación del pueblo sacerdotal.

El hecho de que las intercesiones pongan ante el Padre toda la riqueza del cuerpo eclesial en sus vocaciones, como hemos tenido ocasión de ver en los textos citados anteriormente, revela la iglesia en su variedad carismática. Un ejemplo elocuente es el de las intercesiones de la anáfora alejandrina de San Marcos en su expresión "católica" cuando ora así: " Al santísimo y beatísimo Papa a quien elegiste y predestinaste para gobernar tu santa iglesia, católica y apostólica; a nuestro dignísimo obispo, guárdalos, para que lleven a feliz término con toda paz el pontificado que tú les has encomendado, dispensando fielmente la palabra de la verdad según tu voluntad santa y bienaventurada. Acuérdate de los obispos ortodoxos del mundo entero, de los presbíteros, los diáconos y subdiáconos, los lectores y cantores, los monjes, los eremitas, de las vírgenes, las viudas, y de los laicos".[43]

En la anáfora llamada Testamento de Nuestro Señor Jesucristo saltan a la vista también los diversos ministerios carismáticos de la comunidad eclesial: " Sostiene hasta el fin a los que tienen los carismas de las revelaciones, confirma a los que tiene los carismas de las curaciones; fortifica a los que tienen el don de lenguas; guía a los que trabajan con la palabra de la doctrina".[44] De esta forma la eucaristía asegura la renovación de cada uno en su propio ministerio eclesial y lo confirma en su particular servicio en favor de los hermanos.

El canon romano y las otras plegarias del Misal Romano tienen el mismo significado cuando recuerdan ante el Padre al Papa a los Obispos, a los ministros.

Iglesia universal, Iglesia local

Las plegarias eucarísticas, como hemos visto, expresan con un gran equilibrio el aspecto de la universalidad de la iglesia, de su santidad y de su apostolicidad. Si el lenguaje de la oración traduce la conciencia de la comunidad que se siente plenamente iglesia cuando celebra los misterios, revela con sus palabras que es sólo una realización de esa iglesia universal extendida por el mundo entero. El obispo que preside o el sacerdote que celebra confiesa la comunión en las cosas santas que se realiza por medio de la presencia de aquel que a su vez congrega esta iglesia y no puede ser circunscrito o privatizado por esa misma iglesia celebrante, ya que es Cristo quien preside y está presente en todas las asambleas eucarísticas sin que ninguna pueda monopolizar su presencia. La eucaristía revela de esta forma la plenitud y los límites de la iglesia celebrante. Y a su vez abre a la comunión por medio de un explícito recuerdo de todos los fieles esparcidos por el mundo. Signo de esta comunión es el recuerdo de los pastores, los obispos que en la sucesión apostólica y en la predicación de la verdad aseguran la verdad de esa iglesia que es una, santa y apostólica. Comunión en la verdad evangélica, en el amor que nace de la eucaristía, en la continuidad con los apóstoles que nace de la sucesión apostólica. Cuando la unidad reina, el recuerdo de los otros obispos es explícito. Cuando surgen las herejías el signo de excomunión es precisamente ignorar o cancelar los nombres de los obispos en la plegaria eucarística.

La anáfora alejandrina de San Marcos expresa ya lo que el canon romano precisará en las palabras del "Te igitur": "Acuérdate, Señor, de tu santa y única iglesia, católica y apostólica, extendida del uno al otro confín de la tierra; de todos los pueblos y de toda la congregación de tus fieles; envía desde el cielo la paz a nuestros corazones, y en la tierra concédenos también una vida pacífica".[45]

El canon romano, siguiendo las huellas del texto alejandrino, recuerda desde el principio que se ofrece el sacrificio vivo y santo "por tu iglesia santa y católica, para que le concedas la paz, la protejas, la congregues en la unidad y la gobiernes en el mundo entero..." Y añade la memoria del papa del obispo y de todos los demás pastores que " fieles a la verdad", promueven la fe católica y apostólica".

Al límite, la eclesiología de comunión expresada por esta plegaria, hace intuir que existe una unidad eucarística entorno a los Obispos sucesores de los apóstoles, primeros ministros de la eucaristía. Pero a la vez, en la lógica de la sucesión apostólica, hay una eclesiología eucarística que apunta a la comunión con el sucesor de Pedro, el papa, este a su vez tiene en la eucaristía una expresión del primado, o si queremos una ministerialidad que se mide en su forma más alta por la presidencia de la eucaristía, con todas sus consecuencias. Lo que resulta implícito en las plegarias eucarísticas orientales, se explicita en el canon romano y en las plegarias del Misal Romano y constituye un elemento que merece una atención particular: la dimensión eucarística del primado del papa.[46]

El equilibrio de la comunión está expresado por las palabras que unen a los ministros celebrantes y a la asamblea: “ Nosotros tus siervos y todo tu pueblo santo...”

Una Iglesia abierta a la perfecta comunión

Las plegarias eucarísticas se abren a los horizontes más amplios de la comunión. La unidad sacramental y vital que se alcanza en la celebración es signo y realidad anticipada de una comunión universal a la que están destinados todos los hombres. Como en círculos concéntricos, la unidad que se realiza ante el altar se tiene que ir extendiendo hasta alcanzar a toda la humanidad. La estructura formal de la "macroanáfora" del libro VIII de las Constituciones apostólicas, como de otras plegarias orientales y de nuestra IV plegaria eucarística, sigue el esquema de la "recirculación", de la Trinidad a la Trinidad, con su punto inicial en el tiempo de la creación, su culmen en el misterio pascual, su final en la recapitulación de todo en Cristo al final de los tiempos.

Pero en el tiempo intermedio, entre la historia y la parusía, la unidad de la iglesia se tiene que realizar en todas su dimensiones, a través de la perfección de cada uno de los miembros de la iglesia. La anáfora de Teodoro el intérprete ora así al recordar la ofrenda que se hace "por todos nuestros padres, los obispos y los corepíscopos, los sacerdotes y los diáconos que asisten en este servicio verdadero, para que siempre asistan con pureza, esplendor y santidad y sean así agradables a tu voluntad y merezcan conseguir de ti el más alto ministerio en la revelación de nuestro Señor Jesucristo; por todos los hijos de la iglesia, santa y católica, los que están aquí y en cualquier otro lugar para que progresen e la adoración de tu majestad y en la verdadera fe y obras buenas; ...por todos los hombres, sean quienes fueren, que caminan en el pecado y en error, para que tu gracia los haga dignos de conocer la verdad y de adorar tu majestad, para que te conozcan a ti, único Padre y verdadero Dios, para que conozcan que tú eres bueno, y te reconozcan como Señor desde siempre y para siempre..."[47] La unidad de la iglesia abraza toda la humanidad que tiene que ser salvada. Lo subrayan también las plegarias del Misal Romano, especialmente la tercera que ora al Padre “por todos tus hijos dispersos por el mundo” y la cuarta que recuerda ante Dios Padre “tu pueblo santo y todos los que te buscan con sincero corazón”. Sin olvidar a los difuntos cuya fe sólo el Padre ha conocido.

Una Iglesia en camino hacia la patria

La asamblea eucarística es consciente de ser iglesia peregrina en el mundo. Entra en la comunión de los santos, se proyecta hacia el reino, pero sabe que vive aquí en la tierra. La plegaria no olvida el presente histórico, las dificultades que encuentra, las persecuciones que soporta, las calamidades temporales, las guerras y el acoso de los enemigos. Con el viático de la eucaristía afronta el camino y las dificultades. Celebra los misterios y se dispone a vivirlos en la existencia cotidiana. Lo muestra bien estas plegarias de la liturgia de San Juan y Crisóstomo y de San Basilio, recitada al final de la celebración y que constituye como una síntesis de la espiritualidad comprometida y comprometedora de la eucaristía.

La Iglesia que celebra la Eucaristía es una comunidad que peregrina hacia la patria, como dice la III Plegaria eucarística del Misal Romano y espera en la glorificación final de todos, incluida la creación entera.

Por una parte el gozo de la experiencia de los santos misterios: "Hemos visto la verdadera luz, hemos recibido el Espíritu celestial, hemos encontrado la verdadera fe, adorando la Trinidad indivisible porque ella nos ha salvado". Por otra, la eucaristía se cierra con una entrañable imploración para que la fuerza de los misterios celebrados pasen a ser testimonio de vida: "Te damos gracias, Señor y Dios nuestro, por haber participado en tus santos misterios, inmaculados, inmortales y celestiales, que tú mismo nos has dado para el bien y la santificación de nuestras almas y de nuestros cuerpos. Tú que reinas sobre todas las cosas, concédenos que la comunión al cuerpo y a la sangre de tu Hijo, Jesucristo, sea para nosotros: una fe sin miedo, un amor sin falsedad, aumento de sabiduría, curación del alma y del cuerpo, victoria sobre las fuerzas enemigas, observancia de tus mandamientos, defensa válida ante el tremendo tribunal de Cristo..."

Las nuevas plegarias para varias circunstancias del Misal Romano ponen también la atención en la iglesia que tiene que ser testimonio en el mundo de los bienes del Reino, anuncio gozoso del Evangelio, y recinto de verdad y de amor, de libertad de justicia y de la paz. Se acentúa la dimensión testimonial de la caridad y la capacidad de vivir e interpretar la historia del mundo con los sentimientos de Cristo, así como de su deber ser sacramento de unidad, de concordia y de paz.

En la celebración de la eucaristía la iglesia se presenta ante el Padre y ante el mundo y refleja en su ser y en su obrar su verdadero imagen, un rostro eucarístico.

La iglesia tiene que dejarse plasmar por lo que es y por lo que ora. La eucaristía es ese molde en el que se vacía para salir cristificada. Orar y vivir las plegarias eucarísticas en toda la plenitud de su significado es mantener viva su imagen más bella. Ofrecer en el mundo esta imagen de comunidad eucarística es preservar el misterio eclesial de toda manipulación humana y de todo intimismo religioso.

Las plegarias del oriente cristiano nos muestran los rasgos esenciales de esta iglesia, pues nada la caracteriza mejor que esa "eucaristía que hace la iglesia", ya que todo lo que en ella existe, se celebra y se ora, está supeditado al misterio eucarístico que es su manantial y su cumbre, su forma y su experiencia más plena aquí en la tierra.

II. EUCARISTÍA E IGLESIA EN EL MAGISTERIO RECIENTE DE LA IGLESIA

1. Algunas orientaciones magisteriales del Vaticano II

El misterio de la Eucaristía ocupa el centro de la enseñanza del Vaticano II sobre la Iglesia. Aunque el Concilio no emanó un documento específico sobre el tema, como lo hizo el Concilio de Trento, la Eucaristía es como la levadura de la eclesiología del Vaticano II, desde la SC hasta la GS, pasando, como es obvio por documentos centrales como la LG, la DV, los Decretos CD, PO, PC, AG, UR... No viene al caso hacer una lista de los textos eucarísticos del Vaticano II. Pablo VI, que en el curso del Concilio mismo, consideró oportuno publicar la Encíclica Mysterium Fidei, del 3 de septiembre de 1965, sobre el dogma eucarístico, quiso que se recogieran de manera armónica las enseñanzas eucarísticas del Concilio, como las encontramos expresadas en la Instrucción Eucharisticum mysterium del 15 de agosto de 1967.

Aquí nos limitaremos a recoger algunas de las enseñanzas esenciales del Vaticano II sobre la Eucaristía y la Iglesia.[48]

En la Constitución LG, centro y eje del Vaticano II, aparece claramente definida la centralidad del misterio eucarístico a partir del n 3. Al hablar de la obra del Hijo y recordando el misterio de la Redención, se afirma tanto la representación del sacrificio eucarístico, como también la realidad de la unidad de la Iglesia: “Cuantas veces se renueva sobre el altar el sacrificio de la cruz, en que nuestra Pascua, Cristo, ha sido inmolado (1Cor 5,7), se efectúa la obra de nuestra redención. Al propio tiempo en el sacramento del pan eucarístico se representa y se obra la unidad de los fieles, que constituyen un solo cuerpo en Cristo (1Cor 10,17)”.[49]

La Eucaristía vuelve a estar presente en la explicación del símbolo eclesial del Cuerpo místico: “En la fracción del pan eucarístico, participando realmente del Cuerpo del Señor, somos elevados a una comunión con Él y entre nosotros mismos. Siendo uno solo el pan, todos formamos un solo cuerpo, pues todos participamos de un mismo pan (1Cor 10,17). Y así todos nosotros quedamos hechos miembros de su Cuerpo (cf. 1Cor 12,27), pero cada uno es miembro del otro (Rom 12,5)” (LG 7). La Eucaristía es signo y causa de la unidad de toda la Iglesia”. Esta misma idea se vuelve a manifestar en el n. 11, al hablar de la estructura orgánica del Pueblo sacerdotal de Dios: “Participando del sacrificio eucarístico, fuente y cumbre de toda vida cristiana (los fieles) ofrecen a Dios la Víctima divina y a sí mismos junto con ella; y así, tanto por la oblación como por la sagrada comunión, todos toman parte activa en la acción litúrgica no confusamente, sino cada uno según su condición”. Un concepto, éste, que se encuentra ya expresado en el n.10, cuando se habla del sacerdocio de los fieles. Y añade: “Pero una vez saciados con el cuerpo de Cristo en la asamblea sagrada, manifiestan concretamente la unidad del Pueblo de Dios aptamente significada y maravillosamente producida por este augustísimo sacramento”.

En una dimensión escatológica la Eucaristía aparece todavía en otros dos textos importantes de la LG, con una referencia a la Iglesia universal. En LG 48 se afirma que el Cristo de la gloria, con el alimento de su cuerpo y de su sangre, hace a los fieles partícipes de su vida gloriosa. En el n.50 se hace alusión a la comunión de los santos mediante la celebración del sacrificio eucarístico.

Estos números de la LG bastan para manifestar la centralidad del misterio eucarístico en la Iglesia universal a la luz del Vaticano II.

Otros textos hacen referencia a la presencia de la Eucaristía en las Iglesias particulares, de manera más explícita. Son las Iglesias que celebran la Eucaristía en la comunión eclesial de la única eucaristía. En LG 26 y 28 encontramos expresado el principio de la llamada “eclesiología eucarística”, es decir de una eclesiología que tiene en la Eucaristía su principio sacramental.

En el n. 26, y con referencia a las iglesias particulares y al oficio de santificación propio del Obispo, se afirma que la Iglesia está presente en cada iglesia particular, según la terminología del NT. Se trata de uno de los textos más bellos de la LG por la afirmación que contiene del misterio de la Iglesia particular y por la medida eucarística de esta eclesiología. Este n. pone de relieve algunas ideas fundamentales:

El lazo profundo entre la Iglesia, el ministerio episcopal y la Eucaristía, plenitud y vínculo de comunión entre todas las Iglesias.

La afirmación de la identidad cualitativa entre las diversas iglesias en las que la “Iglesia está presente”, según la terminología eclesiológica del Nuevo Testamento.

El nexo entre el significado de la Iglesia particular y el significado de la asamblea litúrgica concreta, mediante la “legitimidad” de la celebración que procede de la comunión en la misma fe y en los mismos sacramentos. La concreta realización de la iglesia particular en las comunidades que participan de la Eucaristía, bajo el ministerio sagrado del Obispo, con su riqueza fundamental que las hace iglesias la presencia de Cristo aunque sean pobres y pequeñas y vivan en la dispersión. Y esto por la estupenda referencia a la Eucaristía que hace a la Iglesia, y a las iglesias particulares que forman la “Ecclesia” una, santa, católica y apostólica. Una Iglesia que se hace Eucaristía en el sentido más lleno de la palabra, es decir Cuerpo y Sangre de Cristo, mediante la transformación de la asamblea en aquello que recibe de Cristo, ya que él mismo se entrega para tomar posesión de la Iglesia su Esposa y su Cuerpo. Porque según el texto tan significativo de San León Magno aquí citado “la participación en el cuerpo y sangre de Cristo no hace otra cosa, sino que pasemos a ser aquello que recibimos”[50].

Aquí también encontramos un principio de eclesiología eucarística, abierto, según la doctrina católica, a la comunión de todas las Iglesias, en la Eucaristía y en la unidad de la fe que presupone una comunión en la unidad del ministerio eclesial-eucarístico del sucesor de Pedro.

Este planteamiento de la eclesiología reviste una importancia fundamental para todos los fieles, llamados a edificar la Iglesia allí donde viven la historia de salvación en lo cotidiano, en aquella plenitud de realidad divina y de sentido de comunión que es la presencia del Señor y la celebración de la Cena del Señor, momento sacramental constitutivo del pueblo de Dios.

El sentido fuerte de la expresión: “La Iglesia está presente” representa una novedad de planteamiento mistérico de la Iglesia. Una iglesia particular, en comunión con las otras iglesias y el centro de comunión visible que es el Sucesor de Pedro, no es solamente una porción de Iglesia a la que le falta algo para ser plenamente Iglesia; también es Iglesia, como el todo en un fragmento, porque en ella está presente la Iglesia. Es decir que es totalmente Iglesia, aunque, como es obvio, no es toda la Iglesia.

Los elementos constitutivos de este ser Iglesia alrededor de la sacramentalidad del ministerio del Obispo pueden resumirse en estas instancias fundamentales de la eclesiología del Nuevo Testamento:

La predicación del Evangelio como presencia de Cristo y de su Palabra; una palabra que es la que hace a la Iglesia. La Iglesia nace, ante todo, de la Palabra; es “creatura Verbi” en el soplo vivificador del Espíritu. La Iglesia, de hecho, inicia a ser “ecclesia”, comunidad de los convocados por la Palabra del Evangelio; es formada por la palabra proclamada, acogida con fe, continuamente predicada, como nos enseñan los Hechos de los Apóstoles (Cf. He 2,42 ss). Por ello hay también en la celebración de la Eucaristía una presencia inicial de Cristo Palabra, en el poder vivificador del Espíritu.

El misterio de la Cena del Señor o la Eucaristía que hace la Iglesia. De hecho, es Cristo la Cabeza y el Esposo de la Iglesia, y la Eucaristía es el memorial sacramental de su muerte y resurrección, y el memorial litúrgico, es decir la presencia de Cristo glorioso en su Iglesia, dentro de ese hecho recapitulador de toda su existencia el misterio pascual, de la Cena a la Cruz y a la gloria ; hecho que permanece para siempre en el cielo, en la humanidad gloriosa del Crucificado-Resucitado para que se haga presente en la tierra[51]. Es el Señor el que hace a la Iglesia una, santa, católica y apostólica.

Esta asamblea (sinaxis), se hace concreta también en comunidades pequeñas, pobres y dispersas, presupone y genera la vida teologal: el amor, la esperanza y la caridad, es decir la existencia cristiana que alimenta la comunión entre los fieles y solicita su misión; una comunión eucarística que genera una misión eucarística[52].

En estos tres signos eucarísticos: la Palabra, la Eucaristía, la comunidad, es posible percibir tres rasgos originales del ser cristianos-Iglesia en un nexo visible con la invisible presencia del Maestro y de su Espíritu: la palabra y la vida del Evangelio, el misterio de la Cena del Señor, la caridad y la unidad de los corazones, mediante la misma fe y la misma esperanza. Todo esto confiado al poder del Espíritu.

El Vaticano delinea así, en una estupenda síntesis, la manera de ser Iglesia y de actuar como Iglesia a nivel de experiencia de comunión y de exigencia de testimonio, que es posible en todas partes.

Esta visión, que es un mensaje en perspectiva de una eclesiología renovada, es la justificación y el fundamento, pero también la exigencia profunda de cualquier comunidad y grupo que, en la Iglesia Universal y local, quiera vivir la dimensión de comunión. Es una eclesiología que pone de relieve la comunión en lo esencial, la autenticidad cristológica y sacramental del ser iglesia en la Iglesia.

A esta dimensión de iglesia particular entendida como diócesis hay que añadir la perspectiva del n. 28 de LG donde a la figura del presbítero se la delinea en su rasgos litúrgicos y pastorales, en la comunión con Cristo y con el Obispo; se describe con estas conmovedoras palabras que son una fuente de compromiso y de espiritualidad presbiteral marcada por el sello trinitario, eucarístico-eclesial y también antropológico social: “Ejercitando, en la medida de su autoridad, el oficio de Cristo, Pastor y Cabeza, reúnen a la familia de Dios como una fraternidad, animada hacia la unidad y por Cristo en el Espíritu, la conducen hasta el Dios Padre”.

Por último habría que añadir, para completar, la referencia a la eclesiología eucarística de la Iglesia local, cuanto expresa el Vaticano II al hablar de las Iglesias orientales que tienen como gozne “la celebración eucarística, fuente de la vida de la Iglesia y prenda de la gloria futura; por la Eucaristía, los fieles, unidos con su obispo, tienen acceso a Dios Padre por el Hijo, el Verbo encarnado, que padeció y fue glorificado, en la efusión del Espíritu Santo; y consiguen la comunión con la santísima Trinidad, hechos partícipes de la naturaleza divina (Cfr. 2 P 1,4). Consiguientemente, por la celebración de la Eucaristía del Señor, en cada una de estas Iglesias, la Iglesia de Dios se edifica y crece y por la concelebración se manifiesta la comunión entre ellas”.[53]

Un número precioso que añade a lo dicho la dimensión eucarístico-trinitaria de la Iglesia particular y la afirmación de una continua edificación y crecimiento de la Iglesia por medio de la Eucaristía celebrada.

Como es sabido, la doctrina de Lumen Gentium ha constituido el fundamento de la definición de la Iglesia particular expresada en Christus Dominus n.11, que se ha convertido en un texto del Código de Derecho canónico en la escueta enunciación del c. 368 que dice así: “Las Iglesias particulares, en las cuales y desde las cuales existe la Iglesia católica una y única, son principalmente las diócesis...”. Y se repite en el n. 369: “La diócesis es una porción del pueblo de Dios cuyo cuidado pastoral se encomienda al Obispo con la cooperación del presbiterio, de manera que, unida a su pastor y congregada por él en el Espíritu Santo mediante el Evangelio y la Eucaristía, constituya una Iglesia particular, en la cual verdaderamente está presente y actúa la Iglesia de Cristo una, santa, católica y apostólica”.

En esta descripción de la iglesia particular es relevante el lugar que la Eucaristía ocupa en el ministerio del Obispo y de su presbiterio, en la comunión misionera de los fieles de Cristo que constituyen la porción del pueblo de Dios, con la fuerza del evangelio predicado y vivido, y con la potencia del Espíritu Santo. Es como una aplicación de los textos conciliares de la LG 26.

2. La perspectiva de la Encíclica Ecclesia de Eucharistia

En esta amplia reflexión eclesiológica se coloca la Carta Encíclica de Juan Pablo II Ecclesia de Eucharistia.

El capítulo segundo con una breve síntesis de elementos bíblicos, patrísticos y litúrgicos pone de relieve, como reza el título mismo la edificación de la iglesia por medio de la Eucaristía.

Habla del efecto causal de la comunión eucarística a partir de la experiencia del Cenáculo ( n. 21) de la reciprocidad con que recibimos a Cristo y somos recibidos por él en la dimensión joánica de la comunión, de la amistad y de la misión, para recalcar que la Eucaristía es fuente y cumbre de la evangelización (n. 22). A la Eucaristía se le atribuye con Pablo y con el comentario apropiado de S. Juan Crisóstomo la eficacia unificadora, fruto de la comunión con Cristo y de la efusión del Espíritu invocado en la epíclesis postconsacratoria de la Liturgia de Santiago ( n. 23). De aquí la fuerza generadora de la unidad que brota de la Eucaristía que llama todos a la comunión en la Iglesia (n. 24).

El Papa coloca en este contexto la exhortación a la adoración eucarística como una prolongación de la gracia de la Eucaristía (n. 25). También, podemos afirmar, la Iglesia se realiza y se construye en su dimensión contemplativa y adorante en torno al misterio de la presencia real.

Otros capítulos completan esta visión de la Eucaristía como signo y realidad de comunión, especialmente el tercero que habla de la apostolicidad de la Eucaristía encomendada a la Iglesia en su dimensión apostólica y a la dimensión de la comunión jerárquica de la celebración. De estos principios brotan algunas consecuencias para que la Eucaristía sea legítima: la legítima confesión de la fe, la dependencia del ministerio episcopal y sacerdotal, la perfecta comunión de fe y de disciplina con los Obispos y el Papa, de modo que la celebración exprese sin reticencias la totalidad de la fe de la Iglesia que es congenial a la celebración de la fe y de la vida en el misterio Eucarístico.

III. LA PROFUNDIZACIÓN TEOLÓGICA

1. Perspectivas para la teología de la Iglesia y de la Eucaristía

A la luz de los principios bíblicos, patrísticos, litúrgicos y magisteriales podemos y debemos ahora ofrecer una profundización teológica acerca de las relaciones entre la Eucaristía y la Iglesia en su dimensión de reciprocidad. Una Eucaristía que hace y manifiesta la Iglesia en su verdad plena. Una Iglesia que sólo cuando se expresa en su legitimidad sacramental nos ofrece una auténtica Eucaristía. En este momento subrayo sólo la centralidad de la Eucaristía.

La celebración de la Eucaristía es centro de comunión ideal y real de la Iglesia. Tiene la necesidad intrínseca de ser presidida por el Obispo, o presidida por los presbíteros, en comunión con Él, como la Iglesia. El centro de la Iglesia, por consiguiente, es Cristo y su misterio pascual, del que ha nacido y del que podemos decir que renace cada día la Iglesia, porque es Cristo en la Eucaristía presencia de Cristo en su misterio pascual, y por tanto en la recapitulación de todo su ser y actuar el que hace a la Iglesia.

De una manera concentrada la Eucaristía es la presencia de Cristo y de su misterio pascual, de todos los efectos de este misterio: la nueva alianza, la remisión de los pecados, el don del Espíritu. Pero es también la forma de vivir de la Iglesia: la Eucaristía plasma una Iglesia que ha de vivir, al igual que Cristo, en oblación al Padre y entregada a los hermanos. Por ello Cristo da a la Iglesia su Cuerpo, para que la Iglesia se transforme sacramental y existencialmente en su Cuerpo. Y en la nupcialidad de la Eucaristía, la Iglesia ofrece a Cristo su Cuerpo, para que Cristo la posea y la fecunde, para que pueda estar presente y para que pueda actuar en su Iglesia.

He aquí la Iglesia, convertida por la Eucaristía en Cuerpo de Cristo presente en la realidad de nuestros cuerpos, de nuestras tareas, de nuestra vida. Y esto por la enorme exigencia de vivir juntos, actuar juntos, en la variedad y en la riqueza del Cuerpo, y al mismo tiempo en la unidad de aspiraciones, programas, deseos de Cristo que no pueden ser sino la salvación de todos y de cada uno.

Como ha afirmado J. Ratzinger, la centralidad de la Eucaristía estriba en que siendo la Cena del Señor un acto fundante de la Iglesia, y con su referencia a la cruz gloriosa un memorial de la muerte redentora y de la resurrección vivificadora, se sitúa en el corazón mismo de la vida de la Iglesia que vive en comunidades eucarísticas, que por doquier realizan el misterio del Cuerpo de Cristo.[54]

De esta Iglesia eucarística, en su fuerza dinámica, la celebración eucarística ofrece la imagen del ser y del deber ser. Ser y deber ser como se manifiesta en el dinamismo progresivo de la celebración, es decir: una convocación, un pueblo santo, pero pecador, una iglesia de la escucha de la Palabra, de la predicación a la luz de los signos de los tiempos, de la confesión ortodoxa de la fe, de la intercesión universal, de la alabanza, de la ofrenda, de la reconciliación y de la paz mutua; una iglesia que se convierte en único cuerpo y en un único Espíritu en la comunión eucarística y se dispersa sin desintegrarse por los caminos del mundo para llevar la Eucaristía al mundo, para eucaristizar a la sociedad; una Iglesia que promueve el sentido social con un estilo evangélico, con una presencia de don, porque si Cristo es Eucaristía para la Iglesia, la Iglesia es, a su vez, Eucaristía para el mundo: presencia, ofrenda y don, comunión, transformación, semilla de esperanza escatológica.

Y todo ello en la espléndida afirmación mistérica de la celebración en la que la variedad de los ministerios indica la variedad de las tareas en la comunidad que debe vivir como celebra, que vive aquello que celebra. He aquí, pues, la Iglesia forjada por la Palabra y por el Espíritu, por Cristo Cabeza y Esposo, en el don de la Eucaristía y, como es obvio, de los demás sacramentos que hacen a la Iglesia, aunque no insistamos en ello en este momento.

La presencia del Evangelio, la centralidad de la Eucaristía, la acción del Espíritu Santo, el ministerio del Obispo y del presbiterio, juntamente con los diáconos, la densidad de la presencia de los consagrados y de los laicos, dicen con claridad como el Cuerpo de Cristo mismo es la Cabeza y el Esposo de esta Iglesia suya, su Cuerpo y su Esposa, y como Él está en el centro de la vida de toda Iglesia particular, y como El pide a su iglesia que sea su Cuerpo místico, pero también en un cierto sentido tangible y visible, su cuerpo real e histórico.

La fuerza objetiva de la Eucaristía exige y solicita la fuerza subjetiva de la vida teologal fe, esperanza y amor para que la Iglesia sea una comunidad de vida teologal que celebra y vive, pero que a la vez tiende a la respuesta total que la Eucaristía exige en la vida. La Eucaristía alimenta la vida teologal de la Iglesia y la realiza como comunidad de fe, esperanza y amor.

De esta conciencia se desprende, pues, la exigencia de una espiritualidad de comunión que en la Eucaristía encuentra su fuente y su cima.

Recordando los elementos esenciales que hacen a la Iglesia: Espíritu Santo, Evangelio, Eucaristía, somos cada vez más conscientes de esta máxima condensación mistérica en la Iglesia particular, y al mismo tiempo, en virtud de la Eucaristía que remite a la Iglesia universal, de sus límites que la abren a la comunión y a la misión.

La Iglesia de Cristo está presente y actúa, tiene su identidad y su misión en la misma celebración eucarística.

Es Iglesia en toda su plenitud, porque nada de esencial le falta para ser pueblo de Dios. Tiene a Cristo, al Espíritu, el amor del Padre y por consiguiente la plenitud de la Trinidad. Posee el Evangelio y los sacramentos. Es la comunión de los creyentes en Cristo unidos y convergentes en la fe, en la esperanza y en el amor.

Pero no es toda la Iglesia. Ante todo, porque ninguna iglesia, aún siendo una, es única. Permanece en comunión y en unidad con todas las santas iglesias de Dios, en la “communio sanctorum” que es comunión en las cosas y personas santas, del cielo y de la tierra. Pero no es todavía la Iglesia que debería ser, si con realismo se mira alrededor y ve que sigue habiendo tantos lugares vacíos alrededor de la mesa eucarística, a la que todos estamos invitados por el Padre.

He aquí que en la experiencia de la plenitud y de los límites de la iglesia particular, y de cada legítima asamblea eucarística, los ministros y los fieles oran en comunión con todas las santas iglesias esparcidas por el mundo, iglesias hermanas, único cuerpo, único pueblo. Rezan por todos aquellos que aún no están en la Iglesia, aunque a ella estén destinados y a ella sean confiados por el Padre, como sacramento universal de salvación.

De aquí fluye la experiencia eucarística de la misión, para llevar con la palabra y la vida el Evangelio escuchado y la Eucaristía recibida. Una iglesia particular tiene que hacerse misionera por medio de la evangelización y la catequesis, con el testimonio y la caridad activa, rica de creatividad e inventiva, de fantasía de la caridad, para hacer presente a Cristo en el mundo.

2. Eclesiología eucarística católica. Algunas importantes aclaraciones
sobre la Carta “Communionis notio”

La Eclesiología eucarística es uno de los temas fundamentales de la relación Iglesia Eucaristía en el ámbito de la teología actual. Nacida en ambiente ortodoxo ha llamado la atención de muchos teólogos católicos.[55]

La tesis fundamental de esta eclesiología es que la Iglesia tiene su fuente y su culmen en la Eucaristía, vive y se realiza a través de la Eucaristía, es su máxima expresión.

Dentro de una reflexión teológica católica acerca de la Iglesia, hay que poner el acento en su dimensión eucarística que comprende estos aspectos:

a) la celebración auténtica de la Eucaristía expresa en sus palabras, su estructura jerárquica y sacramental el genuino sentido de la Iglesia universal y local, su plenitud de comunión en la unidad de la fe, del magisterio, de la disciplina y de la vida teologal en comunión con el Sucesor de Pedro;

b) la celebración de la Eucaristía plasma una Iglesia de la auténtica confesión de la fe, del amor y del servicio, presente en la tierra y peregrina hacia la gloria (cfr. SC n. 2).

Dentro de las coordenadas de una auténtica eclesiología eucarística, hay que advertir que el tema fue ya propuesto inicialmente como fundamento común del diálogo entre ortodoxos y católicos en el Documento de Munich de Baviera: “El misterio de la Iglesia y de la Eucaristía a la luz del misterio de la Santísima Trinidad”.[56]

El Documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe Communionis notio, del 28 de mayo de 1992, con el fin de precisar algunos valores y límites de la eclesiología de comunión y de la eclesiología eucarística, quiso especificar con razón algunas cualidades de la plenitud y de los límites de la Iglesia en la reflexión de una eclesiología eucarística que responda a su auténtica perspectiva católica.

En sentido positivo, y a propósito de la relación entre Iglesia universal e iglesias particulares en la Eucaristía, se afirma: “La comunión eclesial, en la que cada uno se inserta por la fe y el bautismo, encuentra su raíz y su centro en la santa Eucaristía. En efecto, el bautismo es incorporación en un cuerpo edificado y vivificado por el Señor resucitado mediante la Eucaristía, de manera que este cuerpo pueda realmente llamarse cuerpo de Cristo. La Eucaristía es fuente y fuerza creadora de comunión entre los miembros de la Iglesia justamente porque une a cada uno de ellos en el mismo Cristo... (Cfr. LG n.7). Por tanto, la expresión paulina ‘la Iglesia es el cuerpo de Cristo significa que la Eucaristía, en la que el Señor nos entrega su cuerpo y nos transforma en un único cuerpo, es el lugar en el que permanentemente la Iglesia nos expresa, en su forma más esencial, que está presente en todo lugar y, al mismo tiempo, es solamente una como uno sólo es Cristo”[57].

En el concepto de una eclesiología católica es la única eucaristía la que convoca a la unidad de la única Iglesia y no a la fragmentación de tantas iglesias. Y es la referencia a la única Iglesia querida por Cristo que remite siempre a una Eucaristía que se realiza siempre en comunión con Pedro y con el Colegio apostólico, como expresan las plegarias eucarísticas de la Iglesia católica.

No sería conforme a la unidad eucarística querida por Cristo instaurar sólo una comunión trasversal entre las llamadas “Iglesias hermanas”, sin la relación con el Sucesor de Pedro, señal de unidad entre todas las Iglesias que celebran la Eucaristía. Esta es la Iglesia eucarística según la verdad querida por el Señor, como presencia, comunión, sacrificio, en una comunión en el mismo Espíritu y en el mismo cuerpo, pero con la señal de la unidad eucarística que es también el sucesor de Pedro en la Iglesia, un centro de comunión eucarística en la fe, en el amor, en la verdad, en la disciplina, y a la vez en la variedad de las características propias de cada iglesia particular.

Por tanto, hay que afirmar que son ambiguos los conceptos de una cierta eclesiología eucarística de comunión que no subraya esta debida referencia al signo, fundamento y principio de la unidad visible de la Iglesia.

Así, por ejemplo, el Documento Communionis notio, pone en guardia ante un concepto de iglesia particular que presenta la comunión de las iglesias particulares de manera que hace frágil, a nivel visible e institucional, la concepción de la unidad de la Iglesia. “Se llega así a afirmar observa el Documento que cada iglesia particular es un sujeto de por sí completo y que la Iglesia universal resulta del conocimiento recíproco de las iglesias particulares. Esta unilateralidad eclesiológica restrictiva no solamente del concepto de Iglesia universal, sino también del concepto de Iglesia particular, manifiesta una insuficiente comprensión del concepto de comunión”[58].

Con el fin de evitar el escollo de una eclesiología cerrada en si misma, no abierta a la comunión y a la universalidad, he aquí también una afirmación muy importante e iluminadora: “nadie en la Iglesia es extranjero”, especialmente allí donde se celebra la Eucaristía de la Iglesia. Cada fiel, tanto si pertenece o no a la diócesis, a la parroquia o a la comunidad particular, tiene que sentirse siempre como miembro vivo de la celebración de la Eucaristía en su Iglesia, la Iglesia universal. Aunque pertenezca a una iglesia particular en la que ha sido bautizado o vive, en virtud de su referencia a Cristo y a la única Iglesia, de hecho él pertenece de alguna manera a todas las iglesias particulares, en las que participa de la vida de Cristo, especialmente en la Eucaristía, que no puede ser nunca una celebración que se encierra en lo particular, sino que nos abre a la universalidad de todos los hijos de Dios.[59]

En un reciente estudio sobre la eclesiología eucarística, inspirada por el teólogo ortodoxo N. Afanassiev, y luego presente en la teología de I. Zizioulas y J.M. R. Tillard, se observó con razón que una tal teología tiene que superar tres escollos para poder ser auténticamente eucarística y por consiguiente católica. Entre otros, tres son los límites que hay que superar en una visión de la Eucaristía que no se encierra en su plenitud la Iglesia particular, sino que la abre a la comunión universal.

Y así el riesgo del eucarístico-monismo, es decir la acción de radicalizar todo en la única Eucaristía y en la única celebración eucarística, se supera con la apertura a la palabra, el evangelismo eclesial, con la referencia al bautismo y a otros sacramentos fuentes de gracia y de compromiso. La Eucaristía es punto de partida y de llegada de toda la rica vitalidad diocesana y parroquial.

El peligro del episcopo-monismo, típico de ciertas descripciones de la Iglesia prenicena, que apunta a centrar todo en el unus Episcopus con su presbiterio y sus diáconos, frente a los fieles en un único lugar, hay que evitarlo tanto con la visión de la colegialidad episcopal, la comunión con las demás Iglesias, la unidad en el ministerio eucarístico petrino, como también con la acogida de la diversidad de los carismas eclesiales históricos que el Espíritu concede a su Iglesia.

Por último, un cierto topo-monismo que radicaliza el hecho del espacio concreto y cultural de la Iglesia particular y de la parroquia, hay que superarlo con la visión del “ecumene”, de la Iglesia universal, en la relación entre la unidad y la multiplicidad de los creyentes.[60]

Pero está claro que la misma celebración eucarística, el mismo concepto del episcopado, y la misma acentuación de la iglesia local en comunión, se superan en una visión de la eclesiología de comunión y de la eclesiología eucarística, típicamente católica en la que se pone de relieve la comunión en la misma fe, esperanza y amor y en misma comunión universal de a Iglesia, tal como la ha querido El Señor con un centro de comunión que es también la unidad visible con el Papa expresada en la misma plegaria eucarística como comunión con su ministerio y su magisterio, con su persona y con su carisma de unidad y universalidad que es el carisma petrino.

Es la visión eclesiológico-eucarística que nos ofrece la Encíclica Ecclesia de Eucaristía.

3. La Iglesia, asamblea eucarística de comunión y de misión

Por otra parte cabe recordar aquí otro punto importante. Desde hace algunos años en el magisterio de la Iglesia se ha puesto el acento en la eclesiología de comunión y últimamente en la espiritualidad de comunión. Este último concepto, ya presente en la Exhortación Apostólica Vita consecrata [61], ha tenido su consagración en la Carta del Papa Novo millennio ineunte, con todas las consecuencias para una pastoral y una espiritualidad de comunión, a todo nivel que hacen de la Iglesia la casa y la escuela de comunión.[62] La Exhortación apostólica Pastores gregis encomienda a los Obispos ser promotores de una espiritualidad de comunión y de misión.[63]

En esta perspectiva la Encíclica Ecclesia de Eucharistia parece indicar en el misterio eucarístico el fundamento teológico y sacramental de la pastoral y espiritualidad de comunión y de misión, puesta de relieve como fruto del Vaticano II por los recientes documentos del Magisterio pontificio.[64] Sobre todo, como lo hace explícitamente el Papa en el n. 41 la eucaristía dominical, celebrada sobre todo en las parroquias, “es el lugar privilegiado donde la comunión es anunciada y cultivada constantemente. Precisamente a través de la participación eucarística, el día del Señor se convierte también en el día de la Iglesia, que puede desempeñar así de manera eficaz su papel de sacramento de unidad”.[65]

Desde el centro de comunión de la Iglesia universal, en la Eucaristía presidida por el Papa, a la comunión en la misma Eucaristía celebrada por los Obispos en sus catedrales, a la celebración de la Eucaristía en las parroquias y en otras asambleas legitimas, la Iglesia, que vive de la Eucaristía porque “vive del Cristo eucarístico”,[66] se construye y crece cada día

Es la experiencia que puede hacer cualquier cristiano católico. La dimensión teológica de la Iglesia particular ilumina en su realidad más verdadera la parroquia, es decir el lugar donde nos hacemos próximos, vecinos, según su etimología (“para-oikos”). En realidad, en ella se concentran algunos de los elementos característicos de la eclesiología eucarística que está en la base del discurso sobre la Iglesia particular.

La Exhortación Christifideles laici privilegia la parroquia como ámbito prioritario de la presencia y de la comunión de los laicos, antes de otras formas concretas de participación personal y de agregación en la Iglesia, antes de cualquier prioridad que otros grupos o asociaciones laicales podrán alardear. La razón es evidente. Ninguna otra realidad puede hacer alarde de la “teología eclesial” que es típica de la parroquia, y por consiguiente de la riqueza objetiva teológica y espiritual que la parroquia posee. De hecho, el documento ofrece, quizá por primera vez, una teología de la parroquia que es una aplicación de la eclesiología del Vaticano II, referida a la Iglesia particular, y a su acontecer en la comunidad local alrededor del altar, pero con un tono típicamente eucarístico. He aquí algunos rasgos de esta eclesiología concreta de la que hemos anticipado las líneas esenciales.

La parroquia es la expresión más inmediata y visible de la realidad de la Iglesia; la última localización de la Iglesia, es en cierto sentido la Iglesia misma que vive en medio de las casas de sus hijos y hijas.

Sin citar la fuente, el n. 26 de Christifideles laici se inspira claramente en la teología y en el lenguaje del n. 26 de Lumen Gentium, que ha trazado una estupenda teología de la iglesia local, es decir de cada legítima asamblea que es iglesia, en la que la Iglesia se hace presente. De hecho, en este número se barajan los mismos conceptos empleados en LG donde se habla de comunidades pobres, pequeñas y dispersas, en las que, sin embargo, es Cristo presente el que hace a la Iglesia una, santa católica. Comunidad que encuentra su más alta expresión sacramental en la Eucaristía, que abarca la Palabra de Dios que convoca, la comunión de los fieles, la presencia de Cristo y de su misterio pascual.

Y entonces se puede hablar del “misterio” eclesial de la parroquia en la que la Iglesia está presente y actúa; aunque pobre en personas y en medios, aunque dispersa en caóticos y bulliciosos barrios modernos.

Es la Iglesia de los rostros, la comunión de las personas, con la señal del edificio del templo parroquial, como casa de Dios y de los hermanos en medio de las casas de los hombres. Por consiguiente, hay que considerar la parroquia como la familia de Dios, fraternidad animada por el Espíritu[67], como casa de familia, fraterna y acogedora[68]; es la comunidad de los fieles[69]. En especial, hay que definirla como una comunidad eucarística; y es ésta la más bella y más avanzada expresión de la teología de la parroquia: comunidad de fe, donde están los “christifideles”, los fieles de Cristo; comunidad orgánica, de carismas y servicios ministeriales; con la presencia del párroco, de su presbiterio, que en comunión con el Obispo, expresa la comunión orgánica y jerárquica con toda la iglesia particular.

Es una comunidad eucarística Palabra llena de sentido y densidad que supone la celebración de la Eucaristía como punto de llegada y de partida, fuente y cima de la vida de la comunidad; con un estilo eucarístico de vida, de acogida y de servicio, con una continuidad entre la celebración y la vivencia, a nivel de prolongación y de ejemplaridad.

La Iglesia , en cuanto comunidad eucarística, no tiene otra pastoral sino la que Cristo mismo, pastor y Esposo de su Iglesia inspira desde la Eucaristía. La celebración acoge y celebra esta pastoral de Cristo, Cabeza de la comunidad, en la palabra, en la oración, en los gestos sacramentales, en las obras del Reino que él solicita, en la Eucaristía, como síntesis y cumbre.

Las otras expresiones pastorales que de la celebración se desprenden (evangelización, catequesis, caridad, acogida, atención a todos, diálogo y anuncio, pastoral social.) la expresan, visibilizan, prolongan y concretan.

¡Por eso no se puede hacer o pensar una pastoral separada de la liturgia eucarística! Y no se puede pensar a una liturgia, con su significado a la vez simbólico y real, que no enlace con la vida concreta, con la pastoral que prolonga sus valores originales.

La Exhortación Christifideles laici subraya la envergadura de los actuales cometidos de la parroquia y la necesaria coordinación y amplia colaboración, para llegar a todas partes, también con la ayuda de formas de presencia y de acción, que lleven la Palabra de la vida y la gracia del Evangelio a tantas situaciones concretas, de tipo social, que se encuentran en el territorio, en el campo cultural, social, educativo, profesional... Con un precioso texto de Pablo VI se alaba esta venerable e irremplazable realidad sacramental de la Iglesia que es la parroquia.

Y es aquí donde la parroquia se ilumina y se reviste de la luz concreta de la eclesiología eucarística, como espacio eucarístico y de comunión y de misión.

En dicha parroquia, los laicos son como la sacramentalización humana de la comunidad evangelizada y evangelizadora, que se construye y se hace en el tejido de la sociedad, cuando se congrega y se dispersa, cuando se reúne como asamblea y se separa para entregarse a la misión; en el latido de sístole y diástole del corazón de la parroquia que son la Palabra y la Eucaristía, lugar, signo, instrumento de la comunión con Dios para todos.

Y así, repitiendo una expresión de Juan XXIII, podemos decir que la parroquia puede convertirse en la “fuente de la aldea”, un manantial de agua viva para apagar la sed de Dios y ofrecer el agua viva del Evangelio de Cristo.

4. El fundamento eucarístico de la pastoral y de la espiritualidad de comunión

Fluyen de aquí dos consecuencias fundamentales para una acción pastoral y espiritual que encuentra en la Eucaristía su fuente, norma y escuela: una pastoral eucarística y una espiritualidad eucarística

En el ámbito de la iglesia particular, como hemos visto, a todos se les pide toma de conciencia y compromiso, y esto a partir de los que, siendo como son los centros de la comunión el Obispo, los presbíteros, el presbiterio, los diáconos, los consagrados por su específica entrega a Dios y a la Iglesia y su dimensión de expertos de comunión y de misión son, al mismo tiempo, los garantes y responsables de la animación pastoral y espiritual. La comunión tiene una fuerza centrípeta para que se realice la convergencia de todos. Pero, al mismo tiempo, tiene fuerza centrífuga para el testimonio, al igual que la Eucaristía que hace que la Iglesia sea convocación y misión, congregación y epifanía. En la “sístole y diástole” de la comunión y del servicio, se tiene una imagen de la vida trinitaria que vive en sí en la comunión y vive para los demás, para el mundo, en la misión. Así la Iglesia ha de ser siempre y doquiera, y en medida creciente, icono viviente de la Trinidad, partícipe y sacramento del latido del amor trinitario para la salvación del mundo, siguiendo el ejemplo del maravilloso “éxodo” de Cristo desde el Padre hacia la humanidad, para la salvación del mundo, en la generosidad del don del Espíritu, para que la Iglesia sea total y perfectamente Iglesia. Y por consiguiente, con la fuerza misma del Espíritu, que en la Trinidad es principio de comunión y de desbordante misión.

Comunión y misión se exigen mutuamente. La fuerza de la comunión hace crecer a la Iglesia en extensión y en profundidad. Pero la misión hace crecer también la comunión, que se alarga alcanzando, como en círculos concéntricos, a todas las personas. De hecho, en la medida en que se irradia en las distintas culturas, las introduce en el Reino, de manera que todo aquello que de Dios ha salido, a Dios vuelva.

Por esto se ha afirmado que: “La comunión se abre a la misión, haciéndose ella misma comunión”[70].

La participación de todos en la comunión y en la misión recuerda que la Iglesia está hecha de personas que han de responder personal y responsablemente, todos, cada uno en su lugar, con su propia riqueza, con su propio carisma.

La comunión recuerda que el secreto del ser Iglesia es la finalización de todos los carismas hacia el ágape, hacia la comunión en la unidad, en el mismo plan de salvación, en el mismo proyecto eclesial.

Todos los carismas son para la misión. Ya en la Sacrosanctum Concilium n. 10 está implícita la dimensión eucarística de la misión. Tiene hondo sentido la expresión: “Los fieles expresen en la vida lo recibido en la fe”. Sin embargo, y a pesar de la sencillez de la propuesta, es cierto que la celebración de los misterios apunta hacia la misión “para que todos se reúnan, alaben a Dios en medio de la Iglesia, participen en el Sacrificio y coman la cena del Señor”.

De la Eucaristía nace la Iglesia en misión, para reunir a todos los hijos dispersos en el único Cuerpo del Señor. Una misión que apunta a eucaristizar la vida de las personas, para reconciliar todo y a todos en Cristo[71].

Por eso, en línea con la perspectiva de PO n. 6 es preciso afirmar que en las Iglesias particulares y en todas sus comunidades, como también en el conjunto de la Iglesia universal, la Eucaristía es el principio pedagógico de una pastoral integral: “No se edifica ninguna comunidad cristiana si no tiene como raíz y quicio la celebración de la Sagrada Eucaristía, por la que se ha de comenzar toda educación del espíritu comunitario. Esta celebración, para que sea sincera y plena, debe conducir tanto a las diversas obras de caridad y mutua ayuda, cuanto a la acción misional y a las varias formas de testimonio cristiano”.

Una toma de conciencia de todas las dimensiones de la iglesia local agudiza el sentido de identidad y misión y hace que las fuerzas más vivas de la porción del Pueblo de Dios se entreguen con generosidad a una misión a la vez capilar y sin fronteras.

Con vistas a un renovado impulso para vivir esta eclesiología es posible sugerir éstas tres líneas de acción, estos tres momentos para vivir en el fecundo dinamismo del Espíritu Santo.

1) La eucaristía es el momento propicio para estrechar los vínculos de la comunión, para poner de manifiesto la madurez del don para los demás, para la escucha recíproca, para la disponibilidad y la concreta colaboración. Sin borrar la riqueza de los carismas es necesario procurar que no se vuelvan estériles, fuera de la comunión; más bien, por el contrario, es necesario favorecer la acogida recíproca y ofrecerlos en la comunión a la creatividad del Espíritu. La Eucaristía nos hace a la vez uno en Cristo y asegura la peculiar vocación de cada uno.

2) La eucaristía es el momento propicio para hacer iglesia, en la belleza y responsabilidad de la realidad de esta porción del Pueblo de Dios, de la familia eclesial: unos con otros, los unos por los otros en la emulación de los mejores carismas. La toma de conciencia que se desprende del ser Iglesia, juntos, afina el sentido y la responsabilidad de la misión.

3) Y es aquí donde es preciso un serio discernimiento un discernimiento espiritual, con el espíritu y en el Espíritu, y no sólo un análisis de la situación en la oración y en la escucha, para darse cuenta con claridad de las opciones concretas que hay que realizar bajo la inspiración del Espíritu del Señor para que la Iglesia en su unidad y variedad manifieste al mundo la fuerza del amor que recibe y lo transforme en misión.

No hay que olvidar los aspectos de una eclesiología eucarística que constituye la base de esta visión de la Iglesia particular: Cristo es Eucaristía para la Iglesia a fin de que la Iglesia sea Eucaristía para el mundo, y así Cristo es salvación para la Iglesia. Pero la Iglesia será Eucaristía, Cuerpo del Señor, animada por su Espíritu, será Eucaristía para el mundo, mediante el don de comunión y de servicio generoso. Ya Juan Crisóstomo afirmaba la necesaria reciprocidad entre celebración eucarística y caridad hacia los hermanos, y pedía que viviendo las exigencias de la caridad pudiéramos hacer de la tierra un cielo.[72]

Es lo que afirma el Documento o Texto base del 48° Congreso Eucarístico Internacional: “La Eucaristía actualiza la dikonia o servicio de Cristo, y es el lugar de renovación de la misión de la Iglesia, sobre todo a favor de los más necesitados. Así la Eucaristía es escuela, fuente de amor y diakonía que necesariamente tiende a realizarse en la vida. Esto supone que en la Eucaristía, y por la Eucaristía, sean promovidos los valores de acogida fraterna, de solidaridad y comunión de bienes. Este testimonio de amor es un elemento indispensable de la verdadera evangelización”.[73]

CONCLUSIÓN

Hemos presentado ampliamente, desde una perspectiva teológica que tiene su fundamento en la Escritura, en los Padres, en la liturgia y en magisterio, algunas perspectivas de una eclesiología eucarística en su vertiente teológica y en cierto modo también dogmática, por sus implicaciones para la fe, y en sus consecuencias también pastorales y espirituales, es decir de vivencia del misterio, en el “sacramentum” y en la “res sacramenti”. De esta forma, una buena ortodoxia eucarística se transforma y prolonga en una auténtica ortopraxis eucarística.

El principio teológico nos ha llevado a considerar la eucaristía, celebrada en la confesión católica de la fe y de la oración con su expresión de comunión católica y jerárquica como momento fontal y culminante de nuestra experiencia de Iglesia.

El principio vital hace de la Eucaristía el ser y el actuar de la Iglesia en connatural prolongación de lo que celebra y del modo con que celebra. Fluye de aquí el sentido de una pastoral de comunión y de una espiritualidad de comunión.

Una pastoral de comunión que va hacia la Eucaristía como a su culmen y parte de la Eucaristía como de su fuente, para impregnar la evangelización y la caridad, la socialidad y la ministerialidad. La eucaristía es la fuerza aglutinadora en la reciprocidad de la comunión de una pastoral de unidad en el amor, forjadora del sentido de todas las obras eclesiales, de su unidad intrínseca en la diócesis y de su comunión en la Iglesia universal, presidida por el sucesor de Pedro.

Una autentica espiritualidad eucarística es la vivencia fuerte, teologal y comunional de las celebraciones, con la prolongación en la vida y en los momentos de adoración eucarística en la que la Iglesia vive en comunión con su Señor y ora por el mundo entero. Una auténtica espiritualidad eucarística de comunión favorece el amor a la Iglesia en la comunión de la Iglesia universal y local, al Papa, a los Obispos, a los presbíteros y diáconos.

Es fundamento de esos movimientos esenciales de la espiritualidad de comunión de los que habla Juan Pablo II en la Novo millenio ineunte [74]: la visión teologal de los otros, cristificados por la Eucaristía, hechos un don para cada uno en Cristo, mirados con la misma mirada positiva de Cristo, reconocidos por su amor y no por la rivalidad.

Una espiritualidad de comunión es la visión de una Iglesia plasmada en su ser y en su obrar por la misma celebración eucarística, como una Iglesia de la palabra proclamada, escuchada y vivida, de la oración de acción de gracias, de epíclesis, de ofrenda y de intercesión; una iglesia que, hecha un solo Cuerpo y un solo espíritu, obra en comunión y reciprocidad y lleva al mundo el testimonio de la gratuidad y del amor universal de Dios realizado en la Eucaristía. Incluso en su animación de las cosas temporales y en su testimonio de una socialidad eucarística.[75]

Una Iglesia que vive y actúa con un estilo eucarístico en todo, porque vive con los mismos sentimientos de su Señor en el culmen de su donación al Padre y a los hermanos. Una Iglesia totalmente sometida a la Palabra de Dios, alimentada y liberada por la Palabra. Una Iglesia que pone la Eucaristía en el centro de su vida, contempla su Señor, y realiza todo lo que hace «en memoria de El», modelándose con su capacidad de don.[76]

En densas y sugestivas páginas de espiritualidad eucarística, F. X. Durwell habla del «rostro eucarístico de la Iglesia»; es decir, de aquella imagen ideal que la Iglesia ofrece de sí cuando celebra la eucaristía. Los rasgos luminosos del rostro eucarístico son simplemente los de una Iglesia que ama -en el sacramento del amor de Cristo hasta el don de la vida-; de un Iglesia que cree y sabe, o sea, que en la fe posee el secreto de la vida y de la historia, y celebra la fe que le ha sido dada; de una Iglesia que espera, y se proyecta hacia el día del Señor; de una Iglesia destinada a la resurrección, lavada de sus pecados, evangélica en sus compromisos, porque es evangelizada y evangelizadora. De una Iglesia «imagen de la Trinidad». De una Iglesia que tiene también un rostro mariano.[77]

Siempre me han impresionado estas palabras de Panayotis Nellas, teólogo ortodoxo, acerca del sentido cósmico y social de la Eucaristía, vivida y celebrada con esos sentimientos, que son como la clave de una espiritualidad en la que confluyen lo mejor de la tradición cristiana de Oriente y de Occidente:

"La liturgia eucarística por ser fundamentalmente una adoración y una ofrenda, es también una reestructuración activa y responsable del mundo por parte de los cristianos. Tiene pues una dimensión fundamentalmente política. Puede restaurar el tiempo, el espacio, las relaciones entre las personas, la relación de los seres humanos con la naturaleza. Su carácter eucarístico, es decir su capacidad de recibir la vida, de acoger a los otros, los frutos de nuestro trabajo y la naturaleza, como dones de Dios, el hecho de ofrecernos mutuamente y de ofrecerlos juntos a Dios...en el gozo y en la gratuidad...este carácter es diametralmente opuesto al modo egoísta según el cual se ha organizado nuestra civilización o sociedad del consumo... Si este modo eucarístico de vivir se difundirá a través de los cristianos en nuestra civilización, ésta podrá liberarse de sus radicales insuficiencias, abrirse a la esperanza, al amor, a la fe y ser nuevamente cristianizada". Es decir, hecha cristiana y católica desde su entraña, desde dentro y desde el centro de la Iglesia que es la Eucaristía, celebrada y vivida.


[1] Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia, n. 1.

[2] Cfr. Catecismo de la Iglesia católica n. 1085.

[3] El trinomio que ha sustituido esta consideración de la Eucaristía en la actualidad es el de presencia, sacrificio, banquete, todos ellos integrados en el misterio Eucarístico; es necesario recuperar ahora la dimensión sacramental de Iglesia y la de la vivencia existencial de la caridad como comunión y misión con todas sus consecuencias.

[4] Es la perspectiva que ya vemos en las Cartas de San Ignacio de Antioquía,; cfr. Ad Philadelphienses 3,4: PG 5, 700.

[5] « Nuestro modo de pensar ( la confesión de la fe) concuerda con la Eucaristía ( la celebración del misterio) y la Eucaristía es conforme a nuestro modo de pensar” Cfr. Adversus Haereses IV, 18, 5, ed. SC 100, p.611.

[6] Expresión de la liturgia hispánica ( cfr. PL 96, 759), citada por Lumen Gentium n. 26 nota 51.

[7] Cfr. Lumen Gentium n. 26.

[8] Cfr. el documento preparatorio o Lineamenta del Sínodo con este título, Ciudad del Vaticano 2004.

[9] Cfr. Sacrosanctum Concilium n. 2.

[10] Muchos de los temas aquí tratados están contenidos en síntesis en el Texto Base del XLVIII Congreso Eucarístico Internacional, La Eucaristía Luz y viva del nuevo milenio, al cual es necesario remitir, por su reflexión atenta y completa.

[11] Para una lectura exegética de los relatos de la Institución remitimos a los manuales sobre la Eucaristía donde hay abundantes referencias bibliográficas. Cfr. entre otros J. JEREMIAS, La última Cena, Palabras de Jesús, Madrid, Ed. Cristiandad, 1980;X. LEON-DUFOUR, La fracción del pan. Culto y existencia en el Nuevo Testamento, Madrid, Ed. Cristiandad, 1983, AA.VV., La Eucaristía en la Biblia, Estella, Ed. Verbo Divino, 1982; J.L. ESPINEL, La Eucaristía en el Nuevo testamento, Salamanca, 1997. H. SCHURMANN, ¿Cómo entendió y vivió Jesús su muerte? Reflexiones teológicas y panorama, Salamanca, Ed. Sígueme, 1982.

[12] No podemos desarrollar más el tema pero recogemos dos ideas fundamentales: la última cena como imagen de la Iglesia eucarística y el Cenáculo como lugar simbólico en continuidad de la Cena, de la presencia del Resucitado, de la efusión del Espíritu, de la comunidad postpentecostal, imagen de toda comunidad eclesial en la comunión apostólica.

[13] Resumo aquí una intuición que no he visto propuesta por ningún autor al habar del capítulo 17 de San Juan o al hablar de las raíces de la plegara eucarística.

[14] Cfr. G. PANIKULAM, Koinonia in the New Testament. A dynamic expression of Christian life, Roma, 1979. Analecta Biblica, n. 85

[15] La variante redaccional de algunos códices añade :” y de un único cáliz”.

[16] Así lo hace por ejemplo San Cipriano en la Carta 63,13 ( PL 4,384) hablando de los muchos granos de trigo que forman el pan y de los muchos granos de uva que forman el vino. Cfr. también San Juan Crisóstomo, citado en Ecclesia de Eucharistia n. 23 y Gaudencio de Brescia en una hermosa exposición sobre el misterio eucarístico: Cfr. Hom. pascual .2: CSEL 68, 30-32 texto castellano en la Liturgia de las Horas vol. II, Oficio de lecturas del jueves de la segunda semana de Pascua..

[17] Cfr. S. CIPRIANI, Eucaristia e Chiesa in San Paolo, in AA.VV., Chiesa ed Eucaristia, in “Bollettino della Diocesi di Verona”, luglio Agosto 1983, pp. 439-454. Se trata de un número monográfico con contribuciones interesantes sobre el tema Iglesia y Eucaristía.

[18] Méditation sur l’Eglise Paris, Aubier, Ed. Montaigne, 1954, troisième édition revue, ch. IV: Le coeur de l’Eglise, pp. 107-137; versión en lengua castellana Meditación sobre la Iglesia, Madrid, Ed. Encuentro, 1980, cap. cuarto: el corazón de la Iglesia, pp. 107-132; J.M.R. TILLARD, L’Eucharistie päque de l’Eglise, Paris, Cerf, 1964; ID. Chair de l’Eglise chair du Christ, Paris Ed. Du Cerf, 1992; Carne de Cristo carne de la Iglesia. En las fuentes de laEclesiología de comunión, Salamanca Ed. Sígueme, 1994. Una buena síntesis en O. PASQUATTO, L’Eucaristia e la Chiesa nei Padri, in Chiesa ed Eucaristía, o.c. pp. 455-498.

[19] Homilías sobre la I Carta a los Corintios 24,2: PG 61, 200. Ecclesia de Eucharistia n. 23. Cfr. el texto completo en J.M.R. Tillard, o.c. pp.74-75.

[20] Ibid.

[21] Cfr. algunos textos antológicos en J.M.R TILLARD o.c. pp. 75-79. Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica n. 1397.

[22] Cfr. varios textos en J.M.R. TILLARD, o.c. pp.80-85.

[23] In Ioannis Evangelium XI: PG 74, 560.

[24] Ibidem: PL 74, 561.

[25] O.c., pp. 84-85.

[26] Remitimos aquí a la bibliografía citada anteriormente, especialmente a la serie de textos citados por J.M.R. TILLARD, o.c. pp. 49-60.

[27] Sermo 272: PL 38, 1246-1248. Texto íntegro con el paralelismo entre la transformación del pan del vino y la iniciación cristiana en J.M.R. TILLARD, o.c. pp.50-52

[28] Sermo Guelferfytanus n. 7: PL Sup. II, 554-556.

[29] Sermo Denis, 6: PL 46, 834-836.

[30] De Civitate Dei , X, 6. Todo el capítulo es una hermosa y no superada teología del sacrificio de los cristianos.

[31] Cfr. algunos textos en J..M.R. TILLARD, o.c. pp. 60-61.

[32] Summa Theologiae III, 73,3; 73, 4, 80, 4..

[33] Prooemium Sess. XIII Denzinger 1365.

[34] Remitimos a otros trabajos nuestros sobre este donde hemos hecho un análisis de las expresiones marcadamente eclesiales: La Iglesia eucarística. Ecclesiología de las plegaria eucarísticas orientales, en “Phase" 33(1993 pp.) 271-290; Esperienza di fede e teologia delle preghiere eucaristiche , en AA.AA., Eucaristia e Chiesa, o.c. pp. 533-551.

[35] Citamos los textos de la plegarias eucarísticas según están transcritas en algunas colecciones más conocidas: A. HANGGI-PAHL, Prex eucharistica. Textus ex variis liturgiis antiquioribus selecti, Fribourg, Editions univérsitaires, 1968, (citado con la sigla PE) ; V.MARTIN PINDADO- J :M : SANCHEZ CARO, La gran oración eucarística. Textos de ayer y de hoy, Madrid, La Muralla, 1969 (citado con la sigla LGOE)

[36] Sobre este tema cfr. E. LANNE, L’Eglise une dans la prière eucharistique; en “Irènikon” 50 (1977) 326-344; 511-519.

[37] Explication de la divine liturgie 38, Paris, Cerf, 1967, p. 231, Ed. Sources Chrétiennes 4 bis.

[38] Ibid.

[39] PE p. 192.

[40] PE p. 226-229.

[41] Comm. in II ad Cor. Hom. 18,3: PG 61,527.

[42] PE 347-357 y 135-139: LGOE 177-184.

[43] PE 109: LGOE 170.

[44] PE 221.

[45] PE 101-102; LGOE 165.

[46] Esta es la enseñanza de la Iglesia en la Carta de la Congregación para la Doctrina de la Fe Communionis notio del 28 de mayo de 1992 , n. 14.

[47] PE 384-385; LGOE 220-221.

[48] ELISEO RUFFINI, Eucaristia e Chiesa nel Vaticano II, in Chiesa ed Eucaristia, o.c., pp. 515-529.

[49] Citado por Ecclesia de Eucharistia n. 23.

[50] “Non aliud agit participatio corporis et sanguinis Christi, quam ut in id quod sumimus transeamus”: San León M., Sermo 63, 7 : PL 54, 357 C.

[51] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1085.

[52] Cfr. K. RAHNER, Il Vaticano II sulla presenza di Cristo nella comunità della diaspora, en Nuovi Saggi, III, Ed. Paoline, Roma 1969, pp. 495-515.

[53] Unitatis redintegratio n. 15

[54] Cfr. J. RATZINGER, L’ecclesiologia del Vaticano II, en Chiesa, ecumenismo e politica, Ed. Paoline 1987, pp. 13-16, en una concisa y estupenda síntesis teológica sobre la eclesiología eucarística.

[55] Sobre este tema cfr. B. FORTE, La Chiesa nell’Eucaristia, Napoli, Ed. D'Auria, 1975; P. MC- PATLAN, The Eucharist make the Church. Henri De Lubac and John Zizioulas in dialogue, Edimburgh, T&T Clark 1993;J.A. ABAD IBAÑEZ., Algunos jalones de la moderna eclesiología eucarística, en “Burgense” 42 (2001) pp. 297-346; cfr y los trabajos de J. FONT BONA I MISSE, citados más abajo.

[56] Cfr. el estudio de J. LOPEZ MARTÍN, La doctrina eucarística del documento de diálogo católico ortodoxo “Munich 1982”, en “Diálogo ecuménico” 26 (1991) pp. 35-80.

[57] N. 5.

[58] N. 8.

[59] Ibid. N.10

[60] Cfr. J.FONTBONA I MISSE’, Comunión y sinodalidad. La eclesiología eucarística después de N. Afanassiev en I. Ziziuolas y J.M.R. Tillard, Barcelona, Herder, 1994, pp. 433-440. En síntesis: La eclesiología eucarística en Oriente y en Occidente, en “Phase” 35 (1995) pp. 209-217;

[61] Cfr nn.. 46,50,51.

[62] Cfr. nn. 43 y ss.

[63] Cfr. n. 22

[64] Cfr. las alusiones de la Encíclica a la Novo millennio ineunte en los nn. 6. 25, 41,60.

[65] Cfr. Ecclesia de Eucaristía n. 41 que cita Novo millenio ineunte n. 36.

[66] Ibidem n. 1 y 7.

[67] Cfr. Lumen Gentium n.28.

[68] Juan Pablo II, Catechesi tradendae, n. 67.

[69] Código de Derecho Canónico c.515.

[70] Christifideles laici, n.31.

[71] Una visión de la Eucaristía abierta al mundo y una visión de su alcance misionero, se encuentra en el siguiente texto del teólogo ortodoxo N.Nissiotis: “La misión es.. el esfuerzo por introducir en esta comunidad eucarística a nuevos miembros procedentes del mundo entero... La misión es la fuerza de la comunión eucarística que constituye una invitación directa a todos aquellos que están fuera, para que se dispongan a entrar en la presencia real de la gracia de Dios en Cristo y para que tomen parte en la comunión eucarística”, citado por J.J. von Allmen, Saggio sulla Cena del Signore, Roma, Ave, 1968, p. 192, nota 11.

[72] In Math. 50, 3-4: PG 57, 507-510;

[73] La Eucaristía luz y vida del nuevo milenio, n. 56.

[74] Cfr. n. 43.

[75] Sobre este tema cfr. el estudio de N. BROX, «Hacer de la tierra el cielo». Diaconía en la Iglesia primitiva, en "Concilium" 24 (1988) n. 218, pp. 53-61.

[76] Es uno de los sueños del Card. Carlos María Martín para la Iglesia del tercer milenio.

[77] Cfr. F.X. DURWELL, La eucaristía sacramento pascual, Salamanca Sígueme, 1982, pp. 142-153.

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