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SIMPOSIO TEOLÓGICO-PASTORAL
DEL XLVIII CONGRESO EUCARÍSTICO INTERNACIONAL

VISIÓN DE CONJUNTO SOBRE LA ENCÍCLICA
«ECCLESIA DE EUCHARISTIA»

Conferencia del Card. Marc Ouellet pss.
Arzobispo de Québec (Canadá)

Guadalajara, México
Miércoles 6 de octubre de 2004

 

¿Qué relación resulta de la Eucaristía a la Iglesia y de la Iglesia a la Eucaristía a partir de la última Encíclica del Papa Juan Pablo II? ¿Qué orientación se desprende de ella para el futuro de la eclesiología, del ecumenismo y de la práctica pastoral? Estas cuestiones serán abordadas de manera global, en conformidad con la solicitud que se me ha hecho de introducir el conjunto de la encíclica desde el punto de vista teológico. Comenzaré haciendo un sobrevuelo rápido que será seguido por un diagnóstico sobre su relevancia y por una propuesta sintética para ulterior profundización.

“La Iglesia vive de la Eucaristía...”, “la Eucaristía edifica la Iglesia...”: proclama solemnemente el Papa Juan Pablo II. La Iglesia vive...: quiere decir que ella nace, crece, se alimenta de la Eucaristía. Ella es una, santa, católica y apostólica gracias a la Eucaristía. La Eucaristía hace vivir a la Iglesia en la unidad de un solo cuerpo y de un solo Espíritu, ella consuma la unión de Cristo Esposo con la Iglesia Esposa en una relación de alianza que abraza el tiempo de la historia y las bodas escatológicas del Cordero.

Mysterium Fidei por excelencia, la Eucaristía es un compendio de todos los misterios, expuesta por el Papa con la autoridad de su función y como expresión de su fe personal, en la fe y por la fe de la Iglesia.[1] En ella se percibe su ardiente deseo de confirmar a sus hermanos en la unidad de la fe y su celo por reavivar la llama de la adoración y por despertar la admiración provocada por el resplandor de este misterio. He aquí un resumen del mensaje ilustrado por algunos pasajes.

I. VISIÓN PANORÁMICA DE LA ENCÍCLICA

La relación que, de la Eucaristía a la Iglesia, desarrolla la encíclica, hunde sus raíces en la comunión trinitaria, está fundada sobre la apostolicidad del misterio eucarístico y se orienta hacia la profundización ecuménica de la comunión eclesial, gracias a la renovación anhelada por el sentido mismo del misterio y por la dignidad del culto eucarístico, en la escuela de María, la mujer eucarística. Recorramos el conjunto del texto en la luz de esta mirada sintética.

La Eucaristía “encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia”, “a saber, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan de Vida, que da la vida a los hombres por medio del Espíritu Santo” (Presbyterorum Ordinis 5). (1) Se trata del Mysterium Fidei por excelencia, que hunde sus raíces en la comunión trinitaria: “el Hijo de Dios se ha hecho hombre, para reconducir todo lo creado, en un supremo acto de alabanza, a Aquél que lo hizo de la nada... Lo hace a través del ministerio sacerdotal de la Iglesia y para gloria de la Santísima Trinidad.” (8)

Este misterio de la fe es el don por excelencia porque en lo permanente de la representación sacramental del único sacrificio, la Iglesia permanece siempre contemporánea al acontecimiento original. Ella participa, con toda propiedad, del sacrificio de Cristo, que se ofrece ante todo “a su Padre, «sacrificio que el Padre aceptó, correspondiendo a esta donación total de su Hijo que se hizo “obediente hasta la muerte” (Flp 2, 8) con su entrega paternal, es decir, con el don de la vida nueva e inmortal en la resurrección » (Redemptor Hominis 20).” (13)

De allí la insistencia de la encíclica sobre la realidad de la presencia de Cristo efectuada por la transubstanciación de las especies del pan y del vino en Su Cuerpo y en Su Sangre. Realmente entregada a la Iglesia como don del Señor muerto y resucitado, la eucaristía es un verdadero banquete que hace comulgar con su carne entregada, con su sangre derramada y con su espíritu. “Tomad, comed todos de él, y coméis con él el Espíritu Santo.” canta San Efrén. (17)

Si es verdad que la Eucaristía proclama la muerte del Señor hasta que Él venga, ella también anuncia la resurrección y la vida eterna que ya se posee sobre la tierra y que llega a ser una semilla de comunión para la transformación del mundo y para el advenimiento definitivo del Reino.

¿De qué manera edifica a la Iglesia la Eucaristía? (Capítulo II)

De modo determinante desde los orígenes, ya que “los gestos y las palabras de Jesús en la Última Cena fundaron la nueva comunidad mesiánica, el Pueblo de la nueva Alianza.” (21) Dios estableció así un vínculo de amistad recíproca que se convierte en “sacramento” para la humanidad, es decir, en signo e instrumento de la salvación que se realiza por “la comunión de todos los hombres con Cristo y, en Él, con el Padre y con el Espíritu Santo (Presbyterorum Ordinis 5).” (22)

La Eucaristía refuerza, por la comunión con el Espíritu Santo, la incorporación a Cristo que se da en el Bautismo. La acción conjunta de Cristo y del Espíritu en este misterio configura la identidad de la Iglesia como misterio de comunión y “fuerza generadora de unidad”. (24) De aquí la importancia del culto ofrecido a la Eucaristía, también fuera de la Misa, ya que la adoración prolonga la comunión sacramental como su resplandor y como su complemento espiritual. Ella alimenta con la misma inspiración el impulso y las repercusiones sociales de la caridad.

¿De qué naturaleza es la comunión eclesial instituida y alimentada por Cristo-Eucaristía? Es una comunión divina y humana como su fuente, es una, santa, católica y apostólica. Apostólica significa tres cosas (Capítulo III): en primer lugar, que ella “fue y permanece edificada sobre ‘el fundamento de los apóstoles’ (Ef 2, 20), testigos escogidos y enviados en misión por el propio Cristo”.(Catecismo de la Iglesia Católica 857) (27); en segundo lugar, que ella se celebra de acuerdo con la fe de los Apóstoles conservada por la Iglesia como depositum fidei. Y en tercer lugar, que ella continúa la misma tradición apostólica gracias al colegio de los Obispos, sucesores de los Apóstoles, “asistido por los sacerdotes, en comunión con el Sucesor de Pedro, pastor supremo de la Iglesia.” (CEC 857)

Para ser apostólica, la Eucaristía requiere, pues, un ministro ordenado que actúe in persona Christi, en virtud de una “identificación específica, sacramental con el ‘sumo y eterno Sacerdote’, que es el autor y el sujeto principal de su propio sacrificio, en el que, en verdad, no puede ser sustituido por nadie ».(Dominicae Cenae 8). (29) Y tenemos una afirmación mayor de la encíclica: La Eucaristía es un don ligado al sacramento del Orden, que “supera radicalmente la potestad de la asamblea”. (29) En este punto se comprende la importancia del diálogo ecuménico y la necesidad de una solución a la cuestión del ministerio apostólico antes de llegar a la comunión con los interlocutores ecuménicos, pues a pesar del fortalecimiento de la comunión con ellos, la comunión eucarística supone y debe expresar la plena comunión en la fe. (30)

De la centralidad del misterio eucarístico en la vida de la Iglesia fluye naturalmente que la Eucaristía ocupa “el centro de la vida del sacerdote” y confiere la unidad a toda su actividad. (31) La conciencia de este servicio esencial debe ser cultivada sin cesar en el pueblo de Dios.

La Iglesia vive y crece en su misterio de comunión visible e invisible por la Eucaristía (Capítulo IV), “culminación de todos los Sacramentos, en cuanto lleva a perfección la comunión con Dios Padre, mediante la identificación con el Hijo Unigénito, por obra del Espíritu Santo”. (34)

Esta dimensión trinitaria invisible de la comunión se despliega por la gracia de la comunión sacramental y ‘espiritual’, pero no se puede ignorar “su dimensión visible, que implica la comunión en la doctrina de los Apóstoles, en los Sacramentos y en el orden jerárquico”. (35) La comunión invisible requiere el estado de gracia y, por lo tanto, el recurso al sacramento de la Reconciliación, de quien fuera consciente de haber cometido alguna falta grave. La razón de esto es que la Eucaristía es el signo eficaz de una comunión que ya existe, mientras que la reconciliación es el signo sacramental de la restauración de la comunión en la gracia.

Esta comunión invisible supone además un contexto de respeto de los nexos exteriores de la comunión que incluyen el vínculo con el Obispo, “principio visible y fundamento de la unidad en su Iglesia particular” (39), así como con el Romano Pontífice que, en su calidad de sucesor de Pedro, “es el principio y fundamento perpetuo y visible de la unidad, tanto de los obispos como de la muchedumbre de los fieles” (Lumen Gentium 23). (39)

Vista su importancia como sacramento de unidad, la Eucaristía ocupa el centro del diálogo ecuménico y de la oración ferviente de la Iglesia al Padre “en unión con Cristo, su cabeza y esposo, que hace suya la súplica de la esposa, uniéndola a la de su sacrificio redentor”. (43) Pero no se puede concelebrar la misma Eucaristía sin que sea restablecida la integridad de los vínculos de comunión en la fe, los sacramentos y el gobierno eclesiástico.

“Una concelebración sin estas condiciones no sería un medio válido, y podría revelarse más bien como un obstáculo a la consecución de la plena comunión, encubriendo el sentido de la distancia que queda hasta llegar a la meta e introduciendo o respaldando ambigüedades sobre una u otra verdad de fe.” (44) La administración de la Eucaristía admite, sin embargo, algunas excepciones en circunstancias especiales para responder “a una grave necesidad espiritual para la salvación eterna de los fieles, singularmente considerados, pero no (para) realizar una intercomunión”. (45)

El Santo Padre insiste sobre la fiel observancia de las normas establecidas en materia ecuménica que “es manifestación y, al mismo tiempo, garantía de amor, sea a Jesucristo en el Santísimo Sacramento, sea a los hermanos de otra confesión cristiana, a los que se les debe el testimonio de la verdad, como también a la causa misma de la promoción de la unidad”. (46)

Las consideraciones sobre la dignidad de la celebración eucarística en el Capítulo V son puestas bajo el signo de la unción en Betania. Como esta mujer de Betania la Iglesia no teme “derrochar” para expresar su admiración y su adoración frente al don inconmensurable de la Eucaristía. De nuevo aparece la simbología nupcial: “Nada será bastante para expresar de modo adecuado la acogida del don de sí mismo que el Esposo divino hace continuamente a la Iglesia Esposa”. (48)

El aspecto de banquete, que pertenece intrínsecamente a la Eucaristía, implica y suscita intercambios propios de convite como en la vida de familia, pero la Esposa no olvida jamás la naturaleza sacrificial de este banquete y el decoro que lo debe rodear, así como las normas disciplinarias que lo deben regir. (48)

Mientras celebra con decisión el rico patrimonio artístico de Oriente y de Occidente (49 – 50), el Papa lanza un llamado vigoroso por el respeto y la fidelidad a las normas litúrgicas. Ellas expresan el carácter eclesial de la Eucaristía y recuerdan que “la liturgia nunca es propiedad privada de alguien, ni del celebrante ni de la comunidad en que se celebran los Misterios”. (52) Estas normas son objeto de otro documento que fue publicado en mayo de 2004 con el título de Redemptionis Sacramentum.

La encíclica termina con una profunda meditación sobre María, la “mujer eucarística”, cuya vida entera está unida eucarísticamente a su divino hijo y a la Iglesia (53 – 58). Del Fiat al Stabat, ella prefigura el Amén que la Iglesia da al misterio eucarístico y a su participación en el misterio pascual, concluye el Santo Padre, “para que nuestra vida sea, como la de María, toda ella un magnificat”. (58)

Para resumir, el Papa confiesa personalmente como conclusión, que aquí se encuentra “el tesoro de la Iglesia, el corazón del mundo, la prenda del fin al que todo hombre, aunque sea inconscientemente, aspira” (59), el secreto de la santidad. Este misterio no admite reducciones ni manipulaciones. Pide un compromiso ecuménico renovado dentro de la verdad de la comunión. Y es un renuevo de esperanza en la escuela de los santos que dan testimonio, con María, de este misterio luminoso. “Mirándola a ella conocemos la fuerza trasformadora que tiene la Eucaristía.” (62)

II. RELEVANCIA TEOLÓGICA DEL MENSAJE

El objetivo principal de la encíclica es enseñar que “la Iglesia vive de la Eucaristía”. La inteligencia de la fe se encuentra iluminada en ella en cuanto a su relación de la Eucaristía a la Iglesia, que debe animar una renovación de la devoción a este sacramento por excelencia. Cuarenta años después de la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II, este mensaje doctrinal y disciplinario se revela como muy pertinente. Reaviva el interés menguante, corrige los abusos y, sobre todo, estimula una conciencia más profunda de la Eucaristía como actualización del gran misterio de la Alianza “que hace a la Iglesia”. La Iglesia, en efecto, vuelve a descubrir en ella su identidad como pueblo de Dios en marcha, su belleza como Esposa de Cristo y, en especial, su dinamismo misionero como sacramento de salvación para toda la humanidad.

Problemas de orden teológico, ecuménico y disciplinario motivaron esta intervención del Magisterio: una tendencia difundida de reducir el misterio a su dimensión humana convival; una conciencia debilitada del rol propio e irremplazable del ministro ordenado; el olvido o la ocultación de su dimensión sacrificial; la falta de respeto de las normas litúrgicas sobre el ordenamiento de la celebración de la disciplina de la comunión, etc... No pretendo enumerarlos aquí todos porque quisiera más bien llamar la atención sobre la problemática teológica que concierne a la relación de la Eucaristía a la Iglesia.

A. La Eucaristía, sacramento de Cristo y de la Iglesia:
límites de un desplazamiento del acento

El Concilio Vaticano II transformó profundamente la manera de considerar la relación entre los sacramentos en general y la Iglesia definiendo a la Iglesia “como un sacramento, o sea, signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano”.[2] Al ampliar así la noción de sacramento, de manera evidentemente analógica, se ayudaba a comprender la identidad profunda de la Iglesia y su misión universal de salvación entre Dios y la humanidad. Simultáneamente, se invitaba a pensar de nuevo la relación entre los sacramentos y la Iglesia pero no se daba una orientación teológica precisa para esta revisión.[3] De aquí depende el período de transición y de profunda transformación que está viviendo actualmente la teología sacramentaria, período en el cual no se ve brotar todavía un consenso significativo.[4] Se observa un panorama bastante variado y hasta contrastado por ensayos y teorías inspiradas en particular por la ontología simbólica de Karl Rahner, pero también por la ciencia de las religiones, la semiología, la antropología y hasta la lingüística.[5]

Rasgo común de muchas de estas teologías es la insistencia sobre el hecho de los sacramentos como gestos-símbolos de la fe de la Iglesia, en los cuales ella es de alguna manera el sujeto. Mientras que la tradición clásica presenta los sacramentos como actos de Cristo, la teología contemporánea insiste más sobre los sacramentos de la Iglesia. Este desplazamiento del acento es muy significativo y refleja la nueva conciencia de la Iglesia que se expresa y se profundiza en la misma experiencia de los misterios sacramentales. Pero una perspectiva de este tipo trae consigo sus límites pues, en muchos autores, ya no se destaca suficientemente la dimensión cristológica de los sacramentos y, en particular, el hecho de que la Iglesia se reciba de Cristo por los sacramentos.

Si es verdad que los sacramentos son signos de la fe de la Iglesia, no se puede abandonar el acervo tradicional, a saber, que ellos son en primer lugar y sobre todo, actos de Cristo que funda la Iglesia, la engendra, la alimenta, la purifica y la unifica como su Cuerpo y Esposa. Ya no se alcanza este delicado equilibrio, lo cual conduce a confusiones y ambigüedades en la práctica sacramental, en especial, en lo que toca a la Eucaristía. De aquí la insistencia de la encíclica por reafirmar solemnemente el papel esencial del ministerio ordenado que administra los sacramentos al actuar in persona Christi. El ministerio ordenado actúa ciertamente, a la vez, en nombre de la Iglesia, pero los dos referentes no están al mismo nivel. Mientras que la referencia del ministro a Cristo es primaria y fundante, la referencia a la Iglesia es secundaria, instrumental y derivada.

Es importante insistir sobre este hecho, ya que se cae hoy fácilmente en un eclesiocentrismo que pierde de vista la referencia constitutiva que tiene la Iglesia en Cristo como su fuente perenne y fundadora.[6] Siempre es en la obediencia de la fe como la Iglesia acoge la Palabra de Dios y se somete a ella en Cristo, Palabra que instituye los sacramentos de la Nueva Alianza y los confía a la Iglesia como manantiales de gracias para la vida del mundo. En la Eucaristía, que es la fuente y el culmen de todo el orden sacramental, este delicado equilibrio se expresa por el hecho del ministro ordenado que, al volver a realizar los gestos y al pronunciar las palabras de Cristo, efectúa “él solo” a un cierto nivel, la ofrenda de Cristo al Padre por la salvación de la humanidad. La Asamblea participa de este sacrificio por el hecho de que es uno de sus miembros el que realiza el rito, pero esta participación es secundaria y derivada con relación a la acción primera de Cristo que obra por medio de su ministro.

La Iglesia confecciona ciertamente el sacramento en el plano del rito pero no se puede poner sobre la misma base su mediación instrumental y el don de Cristo mismo. Es el don de Cristo, hecho actual otra vez por Su Palabra, lo que da fuerza y eficacia sacrificial a los gestos y a las palabras del ministro. Los ministros de la Eucaristía deberían tener una conciencia más viva de este misterio cuando celebran la Eucaristía. Mientras ellos ejecutan los ritos sacramentales en nombre de la Iglesia, es Cristo, Palabra de Dios eficaz y soberana, quien los sostiene y confiere un alcance infinito a sus acciones.[7]

Es por esto que se debe emplear con delicadeza y precaución la expresión “la Eucaristía hace a la Iglesia y la Iglesia hace la Eucaristía”. Un paralelismo de esta clase no debe cubrir la diferencia substancial entre una y otra expresión. En lenguaje escolástico, la primera se sitúa en el plano de la causalidad formal mientras que la segunda se sitúa al nivel instrumental.[8] La Eucaristía hace radicalmente a la Iglesia, substancialmente. En cuanto Palabra hecha carne, ella de da, por así decirlo, un receptáculo, ella forma el sujeto que la acoge. De la misma manera como María en la anunciación somete humildemente su “Fiat” al poder del Espíritu Santo que encarna en ella al Verbo de Dios, así la Iglesia, al celebrar la Eucaristía, acoge el don sacrificial de Cristo que le es dado en el Espíritu Santo. Ella se deja formar por este don súper-substancial.

La Iglesia no hace la Eucaristía más que en cuanto ella pone las condiciones, en la obediencia a su Maestro y Esposo, para que Aquél se entregue a ella y la una a sí como su cuerpo y su esposa. La obediencia de la Iglesia desposa entonces la obediencia del mismo Señor a su Padre, que de esta manera lo entrega al mundo, a fin de que el misterio de Alianza que es la Eucaristía se efectúe del todo en la unidad del Espíritu Santo.

Cuando se debilita la conciencia del “misterio de Alianza” y, por consiguiente, la conciencia del papel secundario y derivado de la Iglesia en el plano teológico o pastoral, la Eucaristía queda sometida a todas las reducciones, manipulaciones y abusos a los cuales quiere dar respuesta la encíclica. Un cierto viraje antropocéntrico de la teología no facilita el desarrollo de una conciencia eclesial descentrada de ella misma, la cual no debería perder de vista jamás su relación esencial a Cristo, que el Espíritu Santo nunca deja de arraigar y de nutrir cotidianamente por la economía de los sacramentos.

B. Tres acentos de la encíclica que deben privilegiarse: trinitario, apostólico y nupcial

Para mitigar el peligro del eclesiocentrismo que pone en peligro a las teologías y a las prácticas sacramentales post-conciliares, destaco tres acentos propuestos por el Santo Padre que vuelven a centrar la atención sobre el misterio de Alianza vinculando indisolublemente la Eucaristía a la Iglesia. Se trata de tres acentuaciones particulares del texto que ayudan a recobrar y a cultivar la actitud más justa para con ella, la adoración, la comunión y la admiración. En primer lugar su dimensión trinitaria que atraviesa todo el texto, luego el vigoroso llamado de su apostolicidad y finalmente la simbólica nupcial más discreta pero no obstante central cuando se le considera bajo la luz de la dimensión mariana tan fuertemente integrada en la relación de la Eucaristía con la Iglesia.

La dimensión trinitaria pone en evidencia el fundamento más profundo, invisible, de la comunión eclesial: la comunión de las Personas divinas que se abre y se entrega como participación en Cristo-Eucaristía; la apostolicidad que traduce al plano histórico esta Traditio de Cristo sacramental, que el Padre y el Espíritu Santo ofrecen sin cesar a la Iglesia y que la Iglesia acoge en la obediencia de la fe y por la mediación de los ministros ordenados; la simbólica nupcial que profundiza a su manera la comunión encarnada que brota allí entre la Trinidad y la Iglesia y que incluye la participación íntima de la Iglesia en este misterio de Alianza, en el espíritu paulino del “gran misterio” (Ef 5, 32).

Además, cuando uno, como lo hace la encíclica, se detiene sobre la relación íntima de María con la Eucaristía, uno no puede menos que notar que su presencia en este misterio de Alianza es fundadora. Ella no está presente en la última Cena cuando el rito es instituído, pero ella está presente al pie de la Cruz con su fe inmaculada y su disponibilidad sin límites, en el preciso lugar en el cual la realidad del Cuerpo entregado y de la Sangre derramada es entregado en el acontecimiento mismo de la redención. En la Cena, los apóstoles fueron ordenados sacerdotes de la Nueva Alianza, pero ellos no desempeñan ningún papel ministerial, salvo aquél de escuchar la Palabra fundadora de Cristo y consumir, porque Él así lo pide, su Cuerpo y su Sangre. Mientras que al pie de la Cruz, María desempeña un papel más fundamental en lo concerniente a la participación de la Iglesia en el sacrificio de Cristo.[9] Ella encarna justamente a la Iglesia, Esposa del Cordero, y ella participa de manera única y arquetípica del Don supremo del Redentor que la eleva así a la dignidad de “Nueva Eva” y a su misión universal de Madre espiritual de la nueva humanidad.

La presencia de María al pie de la Cruz en cada Eucaristía significa y realiza, entonces, la participación de la Iglesia en el mysterium fidei como misterio de Alianza. En consecuencia, a ella le es concedido, por el poder del Espíritu Santo, vivir en y abrazar completamente la fe de los fieles y de los ministros, de manera única y arquetípica, como un miembro singular y, no obstante, como miembro primero y supereminente, en cierta manera como la personalidad incoativa de la Iglesia.[10] Su actitud eucarística, vivida desde antes de la institución del rito y glorificada en su Asunción, edifica sin cesar a la Iglesia, enseñándole a acoger al Verbo encarnado en la Eucaristía, como la Sierva de la Palabra y a corresponder a ella por la ofrenda de toda la propia existencia aún hasta el sacrificio supremo, como Esposa del Cordero inmolado.

Al restaurar de esta manera el sentido nupcial del Mysterium fidei y la actitud requerida para vivirlo y para propagarlo, el Santo Padre eleva y alimenta la contemplación del misterio; este sentido justifica los llamados disciplinarios que traducen concretamente la manera adecuada para adorar este misterio, para celebrarlo y para rodearlo con todos los cuidados pastorales, artísticos y ecuménicos.

III. PARA UNA PROFUNDIZACIÓN DE LA RELACIÓN
ENTRE LA EUCARISTÍA Y LA IGLESIA EN PERSPECTIVA NUPCIAL
[11]

“Nada será bastante para expresar de modo adecuado la acogida del don de sí mismo que el Esposo divino hace continuamente a la Iglesia Esposa.” (48) Esta exclamación de admiración de Juan Pablo II, tan concorde con el espíritu de los Padres de la Iglesia, vuelve a tomar una idea expresada ya en el Concilio de Trento y en el Catecismo de la Iglesia Católica: “Toda la vida cristiana está marcada por el amor esponsal de Cristo y de la Iglesia. Ya el Bautismo, entrada en el Pueblo de Dios, es un misterio nupcial. Es, por así decirlo, como el baño de bodas (cfr. Ef 5, 26-27) que precede al banquete de bodas, la Eucaristía.”[12]

Si bien no nos corresponde demostrarlo aquí, esta perspectiva nupcial de la vida cristiana en general y de la Eucaristía en particular, se hunde sus raíces en la noción bíblica de mysterion[13], con sus múltiples connotaciones semánticas, pero cuyo significado sacramental se orienta progresivamente en dirección del gran misterio paulino expresado en Efesios 5, 32, referido al amor nupcial de Cristo por la Iglesia.[14] Cuando Dios revela progresivamente su misterio en la historia de la salvación, recurre de manera privilegiada a la simbólica nupcial, de manera especial en el Génesis, los profetas, el Cantar de los Cantares, los Evangelios, las Epístolas paulinas y el Apocalipsis. Esta noción bíblica de mysterion es retomada en seguida por los Padres y comprendida de manera muy amplia como el fundamento de la economía sacramental y la piedra angular de la relación entre la Eucaristía y la Iglesia. El Padre Henri de Lubac puso vigorosamente de nuevo en evidencia esta relación de profundas acordes nupciales en los Padres, al poner de nuevo en circulación su célebre expresión, que estructura la Encíclica de Juan Pablo II: “La Eucaristía hace a la Iglesia.”[15]

En pocas palabras, el mysterium fidei celebrado por la encíclica Ecclesia de Eucharistia, es ante todo la comunión de las Personas divinas abierta, ofrecida y puesta a la disposición de la Iglesia, por el Don del Verbo hecho carne, acogido en el seno de María, amado, servido y acompañado por ella hasta su sacrificio último y su Pascua.

Este don del Verbo hecho carne alcanza su plenitud sacramental en la Resurrección, por el poder del Espíritu Santo, que instaura una nueva relación entre el Esposo divino y la Iglesia, su esposa terrestre, gracias a la Eucaristía, Misterio de Alianza, que perpetúa sacramentalmente el don sacrificial del Verbo hecho carne.

Esta nueva relación del pueblo de Dios con Cristo en la unidad de un solo cuerpo y de un solo Espíritu, se despliega, sin embargo, en la distinción más grande entre el Esposo divino y la Esposa creada. Sin confusión ni separación, la Eucaristía realiza de esta manera la universalización sacramental del misterio de la encarnación, implicando en él a la Iglesia, Cuerpo y Esposa de Cristo, en su entrega total a la humanidad entera, hasta la consumación de los siglos.

La celebración del misterio eucarístico, que edifica a la Iglesia, anticipa por consiguiente las bodas eternas del Cordero, al unir al Esposo con la Esposa en un acto común pero asimétrico de ofrenda sacrificial y de entrega mutua. El acto primordial de entrega del Esposo divino es acogido por la Iglesia, pero no es iniciado por ella, ni gobernado por ella, ni sometido a su autoridad. Se consuma gracias a la iniciativa unilateral del Padre que envía su Palabra divina a establecer los términos de la Alianza y a darse una expresión adecuada de comunión divino-humana en Cristo, y en la pareja Cristo-Iglesia. Una comunión tal es posible en virtud del Misterio Trinitario, es decir, en virtud de las donaciones mutuas intra-trinitarias que dan fundamento a las misiones divinas del Hijo y del Espíritu en el mundo, hasta la realización concreta del “Gran Misterio” proclamado por San Pablo a propósito de la economía sacramental, de la cual el Matrimonio es un signo privilegiado.[16]

En esta perspectiva nupcial, se puede lograr una relación de la eclesiología a la cristología más equilibrada, ya que la Eucaristía aparece como la expresión suprema de la Alianza, hecha universal y concreta por la misión del Espíritu Santo, la mediación de María y la apostolicidad del misterio.

Se vuelve a poner así el acento sobre la dimensión sacrificial, sin que por ello se haga a menos de la dimensión convival, sino al contrario, conduciéndola a su mayor profundidad, que brota de la comunión trinitaria hecha accesible por la ofrenda sacrificial de Cristo-Esposo. Él dispone a la Iglesia-Esposa personalmente, para que ella se haga una con Él en la fe, por la acogida de su don eucarístico y por la comunión en su entrega sacrificial, con María la Esposa arquetípica.

La conciencia de este misterio nupcial de Cristo y de la Iglesia, mediatizada y alimentada cotidianamente por la Eucaristía, engendra de la manera más natural actitudes de adoración, de comunión y de admiración por este misterio, el más bello, el más concreto, el más profundo, el tesoro de la Iglesia, su todo, su esperanza, su alegría y su vida eterna ya poseída en esta tierra, mientras se aguarda su plena manifestación en el Reino.

CONCLUSIÓN

La encíclica Ecclesia de Eucaristía se registra como un desarrollo fundamental de la eclesiología de comunión del Concilio Vaticano II. Profundiza la apostolicidad de la Eucaristía y enriquece su simbólica nupcial en el contexto de una eclesiología trinitaria y mariana que abre caminos a un nuevo equilibrio de la conciencia y de la práctica eclesial. Esta intervención magisterial estimula y profundiza en la Iglesia la conciencia de su misterio, reanima el compromiso conciliar en favor de la causa ecuménica y promueve las actitudes espirituales y prácticas que le van a permitir vivir más profunda e intensamente su dichosa dependencia del misterio eucarístico en estos albores del tercer milenio.

 


[1] La encíclica de Juan Pablo II se inscribe en la continuidad de las encíclicas Mirae caritatis de León XIII (28 de mayo de 1902), Mediator Dei de Pío XII (20 de noviembre de 1947) y Mysterium fidei de Pablo VI (3 de septiembre de1965).

[2] Constitución sobre la Iglesia, Lumen Gentium 1.

[3] Véase el análisis crítico detallado de Giuseppe Colombo en su volumen Teologia sacramentaria, Glossa, 1997, en particular el capítulo Per il trattato sull’Eucaristia, 255-337.

[4] Cfr. Giuseppe Colombo, Dove va la teologia sacramentaria? “La Scuola Católica” 102(1974)673-717; Teologia sacramentaria e teologia fondamentale, en: Teologia sacramentaria, Glossa, Milano, 63-86.

[5] Cfr. Karl Rahner, Église et Sacrement (1970); Louis-Marie Chauvet, Symbole et Sacrement. Pour une relecture sacramentelle de l’existence chrétienne; síntesis en Eucharistia. Encyclopédie de l’Eucharistie, bajo la dirección de Maurice Brouard s.s.s., Cerf, 2002.

[6] Cfr. W. Kasper, Wort und Sakrament, en Glaube und Geschichte, Mainz 1970, 285-310, 294-295.

[7] Cfr. Joseph Ratzinger, Eucaristia, comunione, solidarietà, en: In cammino verso Gesù Cristo, Ed. San Paolo, Roma, 2004, 91-108.

[8] “Sotto il profilo dell’ ‘essenza’ risulta che l’eucaristia ‘fa’ la Chiesa, mentre la Chiesa ‘è fatta’ dall’eucaristia, con la precisazione che, se si debe intendere nel senso della causalità ‘formale’, non si può pensare la Chiesa ‘prima’ o ‘senza’ l’eucaristia.” (Colombo, G., Per il trattato sull’eucaristia, Op Cit., 332)

[9] Cfr. Hans Urs von Balthasar, La messa è un sacrificio della Chiesa? En: Spiritus Creator, Saggi Teologici III, Morcelliana, Brescia, 159-207.

[10] Ibíd., 200-207.

[11] Además del artículo ya citado de Balthasar, véanse los ensayos de Giorgio Mazzanti, I sacramenti. Simbolo e Teologia, EDB, 1997; Teologia sponsale e Sacramento delle Nozze, EDB, 2001; cfr. mi artículo L’Eucharistie, cadeau nuptial, Communio, No. XXV, 3 – mai-juin 2000, 19-40.

[12] CEC 1617. esta perspectiva nupcial de la Eucaristía estaba ya presente en el Concilio de Trento: “Como su muerte no debía poner fin a su sacerdocio (Heb 7, 24.27), en la última Cena, la noche en que Él fue entregado (1Cor 11, 23), Él quiso dejar a la Iglesia, su muy amada Esposa, un sacrificio visible (como lo reclama la naturaleza humana), en el que sería representado el sacrificio cruento que iba a cumplirse una sola vez en la Cruz.” (DS 1740)

[13] Cfr. G. Bornkam, Mysterion, GLNT VII, 645-716; C. Rocchetta, Sacramentaria fondamentale, EDB, Bologna, 1989, 191-242.

[14] Véase la nota histórica del Papa Juan Pablo II sobre la noción de sacramento en la edición italiana de sus catequesis sobre el amor humano: Uomo e Donna lo creò, Città Nuova Ed., Librería Ed. Vaticana, 1995, 363.

[15] Henri de Lubac, Corpus mysticum. L’Eucharistie et l’Église au Moyen Âge (1939); cfr. Paul McPartlan, The Eucharist makes the Church. Henri de Lubac and John Zizioulas in Dialogue, T&T Clark, Edinburgh, 1993.

[16] Cfr. Alain Mattheeuws, Les ‘dons’ du mariage. Recherche de théologie morale et sacramentelle, Culture et Vérité, Bruxelles, 1996, 385-459.

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