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SIMPOSIO TEOLÓGICO-PASTORAL
DEL XLVIII CONGRESO EUCARÍSTICO INTERNACIONAL

LA APOSTOLICIDAD DE LA IGLESIA
Y DE LA EUCARISTÍA
(EE 26-33)

Conferencia de Mons. Gerhard Ludwig Müller
Obispo de Regensburg, Alemania

Guadalajara, México
Jueves 7 de octubre de 2004

 

La Eucaristía y la pregunta hacia el recto entendimiento del sacerdocio ministerial toman, en la predicación de S.S. Juan Pablo II, un lugar central.

Últimamente fue destacado en la Encíclica “Ecclesia de Eucharistia”, del 17 de Abril del 2003, el fundamental significado de la Eucaristía para la Iglesia: “La Iglesia vive de la Eucaristía. Esta verdad no expresa solamente una experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia.

Ésta experimenta con alegría cómo se realiza continuamente, en múltiples formas, la promesa del Señor: “He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt. 28,20); en la sagrada Eucaristía, por la transformación del pan y el vino en el cuerpo y en la sangre del Señor, se alegra de esta presencia con una intensidad única. Desde que, en Pentecostés, la Iglesia, Pueblo de la Nueva Alianza, ha empezado su peregrinación hacia la patria celeste, este divino Sacramento ha marcado sus días, llenándolos de confiada esperanza.”

Nosotros encontramos explicada la correlación interna y constitutiva entre la Iglesia y la Eucaristía en los documentos del Concilio Vaticano II, por principio, en los textos sobresalientes sobre la Liturgia, la Iglesia y la vocación al Sacerdocio. La Teología recurre al “Topos”, el cual fue ya enfocado ejemplarmente en San Agustín, y desarrolló en adoctrina sobre la Iglesia del Concilio Vaticano II una Eclesiología eucarística, la cual desarrolló el mutuo involucramiento y crecimiento de la Iglesia y la Eucaristía.

Juan Pablo II ha descrito ampliamente, en su tradicional carta a los sacerdotes del jueves santo de 1997, la interconexión del Presbiterado y la Eucaristía: “Jesús nombra a los Apóstoles ‘amigos’. Así quiere él nombrarnos a nosotros también, a quienes gracias al sacramento del orden participamos en su sacerdocio… Hubiera podido Jesús expresarnos su amistad aún más claramente cuando nos permitió actuar, como Sacerdotes de la Nueva Alianza, en su lugar, ‘in persona Christi Capitis’?

Precisamente eso sucede en todo nuestro servicio sacerdotal, cuando ofrecemos los sacramentos y en especial cuando celebramos la Eucaristía.

Nosotros repetimos las palabras que él dijo sobre el pan y el vino, y en virtud de nuestro ministerio se efectúa la misma transubstanciación que él efectuó. Existe una Expresión más completa de amistad que esa ? El es el centro de nuestro servicio sacerdotal ».El sistema de referencia interno de la Eucaristía y el Sacerdocio corresponde a esa amistad.

1. La Apostolicidad de la Iglesia.

Para poder poner de relieve la relación de apostolicidad y Eucaristía, se debe colocar al inicio una reflexión sobre la apostolicidad de la Iglesia. A causa de la mediación histórica de la revelación es la Iglesia en su doctrina, en su vida sacramental y en su constitución como realidad social a lo largo del tiempo y en el cambio de generaciones, idéntica, realmente con la Iglesia de todos los tiempos y de todos los lugares ; pero en especial con su origen histórico en la Iglesia primitiva de los apóstoles, es decir, del grupo prepascual y postpascual de los doce junto con los otros testigos de la resurrección y los más importantes misioneros de la Iglesia primitiva.

El origen del episcopado de los apóstoles pertenece también, según la interpretación católica, a la apostolicidad de la enseñanza y de la vida sacramental. Los obispos son, en el servicio de la dirección de la Iglesia confiada a ellos y en su testimonio autoritativo de la resurrección, sucesores de los apóstoles.

El ministerio apostólico de la Iglesia primitiva se prolonga, mediante la sucesión apostólica en el sacramento del orden, en continuidad del colegio apostólico en el colegio de los obispos, en una unidad histórica; y así la Iglesia posee un signo efectivo de su realidad apostólica.

En este sentido la constitución de la Iglesia descansa, especialmente el ministerio eclesial, en la “institución divina” (DH 101; 1318; LG 20).

El obispo de Roma es, como sucesor del apóstol Pedro, cabeza del colegio de los obispos y principio y fundamento de su unidad en la doctrina y la comunión (LG 18).

“Ustedes han sido edificados sobre el fundamento de los apóstoles” (Ef 2,20).

Bajo estas premisas y presupuestos eclesiológicos hay que considerar la relación entre Eucaristía y Apostolicidad. La Iglesia se edifica de la celebración de la Eucaristía y la Iglesia realiza la Eucaristía. Por lo cual es muy estrecha la relación entre la una y la otra (ver, EE 26).

Esta interacción permite hablar también de la Eucaristía como “una, santa, católica y apostólica”.

El Catecismo de la Iglesia Católica aclara –como la Encíclica lo retoma- en qué medida la Iglesia puede ser llamada apostólica en un triple sentido. En primer lugar la Iglesia está apoyada sobre el fundamento de los Apóstoles. Ella descansa sobre los apóstoles, a los que Cristo mismo ha elegido y enviado como sus testigos para anunciar la fe en la buena nueva que realiza la salvación.

Del mismo modo se encuentra la Eucaristía en sus manos protectoras, porque Cristo mismo les ha confiado a ellos el santísimo sacramento y estos, por su parte, han entregado con responsabilidad a sus sucesores. Así resulta una continuidad entre el obrar de los primeros apóstoles - nombrados por Cristo-y los portadores de la autoridad apostólica, los obispos, hasta hoy. A través de todos los siglos obedecieron ellos el encargo de Cristo: “Hagan esto en mi memoria ».

La Encíclica recuerda también el segundo sentido de la apostolicidad de la Iglesia fijado por el Catecismo: “Ella guarda y transmite, con la ayuda del Espíritu Santo que habita en ella, la enseñanza, el buen depósito, las sanas palabras oídas a los apóstoles » (Catecismo de la Iglesia Católica, 857). Decisiva, a este respecto es la profunda conexión con el origen apostólico, que está más allá de tiempos y lugares.

Lo que hicieron los Apóstoles, como ellos han celebrado la Eucaristía, de acuerdo a su contenido, fue conservado a lo largo de la historia de la Iglesia. “Según la fe de los Apóstoles” (EE 27) se celebra también hoy la Eucaristía. Inclusive fue el magisterio eclesial el que ha profundizado en los dos mil años de historia, cada vez más a fondo en el misterio de la Eucaristía, y ha precisado con estos conocimientos la doctrina sobre la Eucaristía.

Terminologías e interpretaciones teológicas fueron en cierto modo apoyadas como resultado de una intensa meditación, por el magisterio, por los concilios y escritos doctrinales y encíclicas pontificias, como resultado que permite comprender, cada vez más profundamente el sublime misterio de la Eucaristía.

De singular significado es también el tercer sentido de la apostolicidad de la Iglesia y de la Eucaristía, como la presenta la Encíclica en el número 28. A semejanza de la conexión con los orígenes, que es al mismo tiempo fundamente de la Iglesia, la presencia de los primeros apóstoles aparece como presencia perdurable en la Iglesia. Ella sigue siendo instruida, santificada y dirigida por los apóstoles, por aquellos mismos que en su ministerio pastoral les suceden : el colegio de los obispos en unidad con el sucesor de Pedro, el pastor supremo de la Iglesia.

La misión pastoral de los obispos se funda sobre el colegio apostólico instituido por Cristo. Esto implica necesariamente el sacramento del orden, es decir, la serie interrumpida que se remonta hasta los orígenes, de ordenaciones episcopales válidas. “La sucesión es esencial, para que haya Iglesia en sentido propio y pleno” (EE 28).

La sucesión apostólica sirve como prueba de identidad para la auténtica transmisión de la fe. Ella es el garante para la autenticidad de la doctrina autoritativamente presentada. Con ello se menciona el criterio esencial de una transmisión autorizada de la fe, porque la interna identificación con la fe de los Padres, con la doctrina de la Iglesia y con el Papa como pastor supremo de la Iglesia, sin la sucesión sería solo un mecanismo vacío. La esencia de la sucesión (la única dotada de todo poder), se fundamenta en la aceptación íntima de la fe que cada uno ha recibido de la Iglesia y que está dotada de todo poder.

2. “Agere in persona Christi” (LG 10)

Para el esquema de las relaciones de Eucaristía y Apostolicidad hay que prestar especial atención también al actuar del sacerdote en la persona de Jesucristo. “Agere in persona Christi” es un aspecto que profundiza en la identificación sacramental del sacerdote consagrado con Jesús Cristo, el cual va más allá de un actuar “en nombre” o “en representación” del mismo. La identificación con el eterno Sumo Sacerdote aclara aún más también que la celebración eucarística no puede ser hecha, en cierto modo, por los solos hombre, sino por Jesucristo, que se presenta como autor y principal sujeto de su propio sacrificio, para entregarse en favor de los hombres.

Significativo, para el carácter de la ofrenda, del regalo, es también el hecho que la comunidad no puede darse a sí misma sus ministros. Su poder no nace de la voluntad de los hombres, sino de la consagración que el presbítero recibe a través del obispo.

El es también el que transmite al presbítero el poder para celebrar la Eucaristía y consagrar las ofrendas. Ninguna comunidad, ningún sacerdote puede, contra este poder del obispo, celebrar la Eucaristía. Apostolicidad, Sucesión y Eucaristía están relacionados los unos con los otros y no se pueden separar los unos de los otros.

3. La razón de ser del Sacerdocio

Eucaristía y sacerdocio han sido relacionados el uno con el otro por el mismo Jesucristo. En la celebración de la última cena él ha instituido los sacramentos de la Eucaristía y del Sacerdocio. En el conocimiento de esa relación se debe entender el sacerdote - también en cuanto a su vocación - como un hombre profundamente eucarístico en su existencia.

La capacitación sacramental específica de la ordenación es una interpelación existencial. Esto colma al consagrado con la certeza de que su vida, a pesar de las variadas obligaciones que sus tareas implican, está apuntalado en el amor de Cristo por los hombres, que se entrega.

El decreto sobre la vida y ministerio de los Presbíteros del Concilio Vaticano II, “Presbiterorum ordinis”, ve a la Eucaristía como “centro y origen de toda la vida sacerdotal” (Nr. 14).El amor de Cristo que se entrega en la Cruz es considerado por el sacerdote a través de la celebración diaria de la Eucaristía, como ejemplo y estímulo, para encausar su vida como servicio a los hombres y como construcción del Reino de Dios.

El sacerdote de ser cada vez más consciente de que él representa a Cristo ante la comunidad, y en su lugar, presenta a los hombres la pureza de la fe. Cristo como cabeza y los fieles como su cuerpo forman la Iglesia. No pudiendo ser separados el uno del otro, permanece, a pesar de todo, en una relación de cabeza y miembros. Este “estar frente de” Jesús Cristo y con esto toda la salvación que en la revelación ha descendido sobre el mundo y los hombres, se vuelve visible a través del ministerio sacramental de consagrar.

La intensidad y la interna naturalidad de la aceptación de la vocación sacerdotal se manifiesta también como ejemplo para muchos jóvenes que se dejan atraer por el llamado de Dios. Cada vez más son las relaciones personales de los muchos jóvenes con sacerdotes, que conforman su vida desde el misterio de la Eucaristía, el punto de partida de su vocación. Fascinante es además la realización sin cortapisas del amor pastoral de un sacerdote, el cual le confiere sentido y dirección a toda su existencia a través de la celebración de la Eucaristía.

Tanto más doloroso es que en ciertas parroquias la celebración de la Eucaristía no pertenece más a la normalidad. El sacrificio de la Misa es sustituido por Liturgias de la Palabra, que son celebrados por religiosos o laicos. Ellos se esfuerzan en dar continuidad a las celebraciones dominicales y practican “de modo loable el sacerdocio común de todos los fieles, basado en la gracia del bautismo » (Nr. 32). Sin embargo la ausencia de la Eucaristía, que solo puede ser celebrada mediante un sacerdote, no se puede erigir como modelo para el futuro.

En la Eucaristía el pueblo de Dios se hace cuerpo de Cristo, cuya cabeza es Cristo mismo. Solo en la celebración del santo sacrificio de la Misa nos unimos tan inmediatamente a Cristo, que los fieles reunidos experimentamos nuestra identidad como comunidad de bautizados.

La Iglesia se realiza en la comunidad eucarística. Ella se construye y se forma como cuerpo de Cristo. Por eso es imprescindible que la celebración eucarística sea realizada por un sacerdote ordenado. El representa mediante la realización del sacrificio eucarístico a Cristo mismo, el cual conforma como Iglesia a los fieles reunidos.

3. Hambre de Eucaristía

El profundo conocimiento de que la Eucaristía es el centro de nuestra fe, que nos edifica porque Cristo nos reúne como su asamblea, conserva vivos como estímulos necesarios la nostalgia y el hambre espiritual hacia el misterio central de la pasión de Jesucristo.

La fuerza que de ella sale y nos colma es el alimento permanente en el camino a través del tiempo. El Señor ha exhortado a los Apóstoles: “Hagan esto en memoria mía” (1 Cor 11,25).

Recibamos la tarea y para la ocasión, para profundizar cada vez más en el misterio de la Eucaristía y para recibirla como el centro permanente de nuestra fe, porque Cristo mismo en las especies de pan y vino está verdaderamente presente.

 

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