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XLVIII CONGRESO EUCARÍSTICO
INTERNACIONAL
LA FE EN LA
EUCARISTÍA: LUCES Y SOMBRAS EN
EUROPA
Presentación de las
delegaciones
Discurso del cardenal
Carlos Amigo Vallejo, o.f.m., arzobispo metropolitano de
Sevilla (España)
Auditorio de la Expo, Guadalajara (México)
Lunes 11 de octubre de 2004
«He podido celebrar la santa misa en los lugares más diversos —dice Juan Pablo
II— y ello me hace experimentar el carácter universal de la Eucaristía, que se
"celebra, en cierto sentido, sobre el altar del mundo. Ella une el cielo y la
tierra. Abarca e impregna toda la creación"» (Ecclesia de Eucharistia,
8).
El sentido universal, la catolicidad de la Eucaristía puede ser «sentida como
una sinfonía de las diversas liturgias en todas las lenguas del mundo, unidas a
una única liturgia, o como un coro armonioso que, sostenido por las voces de
inmensas multitudes de hombres, se eleva según innumerables modulaciones,
timbres y acordes para la alabanza de Dios, desde cualquier punto de nuestro
globo, en cada momento de la historia» (Slavorum apostoli, 17).
Alabanzas sin fin son las que se pueden hacer ante el admirable misterio de la
Eucaristía, pero «junto a estas luces, no faltan sombras. En efecto, hay sitios
donde se constata un abandono casi total del culto de adoración eucarística. A
esto se añaden, en diversos contextos eclesiales, ciertos abusos que contribuyen
a oscurecer la recta fe y la doctrina católica sobre este admirable Sacramento.
Se nota a veces una comprensión muy limitada del Misterio eucarístico. Privado
de su valor sacrificial, se vive como si no tuviera otro significado y valor que
el de un encuentro convival fraterno. Además, queda a veces oscurecida la
necesidad del sacerdocio ministerial, que se funda en la sucesión apostólica, y
la sacramentalidad de la Eucaristía se reduce únicamente a la eficacia del
anuncio. También por eso, aquí y allá, surgen iniciativas ecuménicas que, aun
siendo generosas en su intención, transigen con prácticas eucarísticas
contrarias a la disciplina con la cual la Iglesia expresa su fe. ¿Cómo no
manifestar profundo dolor por todo esto? La Eucaristía es un don demasiado
grande para admitir ambigüedades y reducciones» (Ecclesia de Eucharistia, 10).
Este es el misterio de nuestra fe. La Eucaristía. Ofrecida, celebrada, adorada y
vivida, desde donde nace el sol hasta el ocaso y en todos los continentes. ¿Cómo
se vive la fe en la Eucaristía en Europa? Europa se presenta con no pocas y
serias incertidumbres tanto en el campo cultural como en el ético y espiritual,
y con la tentación de querer construir una nueva Europa prescindiendo de Dios,
sin darse cuenta que la fe cristiana es parte radical e imprescindible en los
fundamentos de la cultura europea.
La Iglesia en Europa tiene una vocación universal y unos fuertes compromisos de
fidelidad a sus raíces y a su historia cristiana. La Iglesia y el cristianismo
no pueden relegarse a un espacio marginal en Europa. También tiene que decir una
palabra a la sociedad y a la cultura. No se trata de dirigir, ni mucho menos de
imponer, pero sí de ofrecer los valores y criterios que dimanan de la luz del
evangelio.
1. Europa y la Eucaristía
En Europa, «algunos síntomas revelan un decaimiento del sentido del misterio en
las celebraciones litúrgicas, que deberían precisamente acercarnos a él» (Ecclesia
in Europa, 70). Por una parte, hay un justificado deseo de la plena comunión
en Cristo de las Iglesias hermanas y ello impulsa a emprender nuevos caminos y a
dar nuevos pasos para favorecerla, particularmente el de la comunión en torno a
la mesa eucarística (cf. Juan Pablo II, Euntes in mundum, 9). Pero, en
algunas ocasiones, quizás con buena intención, se ha utilizado la celebración de
la Eucaristía para finalidades pragmáticas supuestamente ecumenistas y
conciliadoras, pero que han desvirtuado el sentido de la comunión eclesial que
nace de la Eucaristía.
Ante los muchos problemas que agobian a los hombres y a las comunidades
cristianas de Europa, Juan Pablo II responde que solamente en Cristo «podemos
encontrar una de las respuestas más rotundas que nuestras comunidades han de dar
a una religiosidad ambigua e inconsistente. La liturgia de la Iglesia no tiene
como objeto calmar los deseos y los temores del hombre, sino escuchar y acoger a
Jesús que vive, honra y alaba al Padre, para alabarlo y honrarlo con él. Las
celebraciones eclesiales proclaman que nuestra esperanza nos viene de Dios por
medio de Jesús, nuestro Señor» (Ecclesia
in Europa, 71).
La Iglesia en Europa, en su peregrinación por la historia, acude a la
Eucaristía, «fuente y cima de toda la vida cristiana», y allí encuentra el
manantial de la esperanza (cf. ib., 75). Solamente mirando a Cristo,
Europa podrá hallar la única esperanza que puede dar plenitud de sentido a la
vida. Jesús está presente, vive y actúa en su Iglesia, sobre todo en la
Eucaristía, que es el «mysterium fidei» que supera nuestro pensamiento y puede
ser acogido sólo en la fe (cf. ib., 22).
«En el contexto de la sociedad actual, cerrada con frecuencia a la
trascendencia, sofocada por comportamientos consumistas, presa fácil de antiguas
y nuevas idolatrías y, al mismo tiempo, sedienta de algo que vaya más allá de lo
inmediato, a la Iglesia en Europa le espera una tarea laboriosa y apasionante a
la vez. Consiste en descubrir el sentido del "misterio"; en renovar las
celebraciones litúrgicas para que sean signos más elocuentes de la presencia de
Cristo, el Señor; en proporcionar nuevos espacios para el silencio, la oración y
la contemplación; en volver a los sacramentos, especialmente la Eucaristía y la
Penitencia, como fuente de libertad y de nueva esperanza» (ib., 69).
Juan Pablo II no duda en decir que «la verdadera renovación, más que recurrir a
actuaciones arbitrarias, consiste en desarrollar cada vez mejor la conciencia
del sentido del misterio, de modo que las liturgias sean momentos de comunión
con el misterio grande y santo de la Trinidad. Celebrando los actos sagrados
como relación con Dios y acogida de sus dones, como expresión de auténtica vida
espiritual, la Iglesia en Europa podrá alimentar verdaderamente su esperanza y
ofrecerla a quien la ha perdido» (ib., 72).
2. Europa y la Eucaristía: retos, razones y esperanzas
Recordaba Juan Pablo II que «el Evangelio no lleva al empobrecimiento o
desaparición de todo lo que cada hombre, pueblo y nación, y cada cultura en la
historia, reconocen y realizan como bien, verdad y belleza. Es más, el Evangelio
induce a asimilar y desarrollar todos estos valores, a vivirlos con magnanimidad
y alegría y a completarlos con la misteriosa y sublime luz de la Revelación» (Slavorum
apostoli, 18).
En esta relación con una cultura determinada y en un tiempo definido —en Europa
y en nuestros días— descubrimos serios motivos de preocupación y que suponen, al
mismo tiempo, un gran reto para la vida de la Iglesia. Ante esos desafíos,
ofrecemos las «razones de nuestra esperanza» y la luz que nos llega desde la
palabra de Dios y el insondable manantial de la verdad que es el misterio de la
Eucaristía.
Entre el secularismo y la indiferencia
Se ridiculiza lo religioso y se hace vejación de los signos sagrados. Cualquier
referencia a lo trascendente tiene mala prensa y se lo tacha de obsoleto.
Resulta difícil vivir la propia fe en Jesús en un contexto social y cultural
que desdeña y amenaza a lo cristiano (cf.
Ecclesia
in Europa, 7).
La sincera veneración de lo religioso tiene que ser nuestra respuesta. Ofrecer
ejemplaridad. Vivir con sencillez y gozo el llevar la cruz. «¡Dios me libre
gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo
es para mí un crucificado y yo un crucificado para el mundo!» (Ga 6, 14).
Es nuestro continuado misterio pascual, de sacrificio y de gozo, de muerte y
resurrección, «incluido, anticipado, y "concentrado" para siempre en el don
eucarístico. En este don, Jesucristo entregaba a la Iglesia la actualización
perenne del misterio pascual. Con él instituyó una misteriosa "contemporaneidad
entre aquel Triduum y el transcurrir de todos los siglos» (Ecclesia de
Eucharistia, 5).
Parece como si el presumir de indiferencia religiosa se hubiere puesto de moda y
el no comprometerse con religión alguna fuera un valor de modernidad y el
declararse agnóstico fuera más recomendado que el ser creyente (cf.
Ecclesia
in Europa, 7).
Ante esta situación, ofreceremos el testimonio de la Palabra, los signos de
nuestra fe, el comportamiento coherente con la creencia que vivimos. No se trata
de imponer sino de compartir. Así nos lo recomendaba Jesús: «Vosotros daréis
testimonio, porque estáis conmigo desde el principio» (Jn 15, 27).
Nuestros fieles viven en la parroquia, que es «una comunidad de bautizados que
expresan y confirman su identidad principalmente por la celebración del
sacrificio eucarístico» (Ecclesia de Eucharistia, 32).
«La sagrada
Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir,
Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan de Vida, que da la vida a los hombres por
medio del Espíritu Santo» (ib., 1). No podía ser de otra manera, pues la
comunidad cristiana tiene como raíz y centro la celebración de la sagrada
Eucaristía (ib., 33).
Esa indiferencia secularista lleva a la actitud de pensar que da lo mismo creer
que no creer, practicar que no practicar, vivir una fe que no tener alguna. Le
corresponde, pues, al cristiano mostrar la alegría y la «seguridad» de la fe.
Entusiasmar con el propio entusiasmo. «Dad culto al Señor, Cristo, en vuestros
corazones, siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de
vuestra esperanza» (1 P 3, 15). Así nos lo recomienda san Pedro.
Ese testimonio cristiano que brota gozoso de nuestra alabanza eucarística:
¡Proclamamos tu resurrección! «Si hoy Cristo está en ti, él resucita para ti
cada día», según la acertada expresión de san Ambrosio. La participación en la
Eucaristía "es una verdadera confesión y memoria de que el Señor ha muerto y ha
vuelto a la vida por nosotros y para beneficio nuestro" (Ecclesia de
Eucharistia, 14). «En efecto, en la Eucaristía recibimos también la garantía
de la resurrección corporal al final del mundo: "El que come mi carne y bebe mi
sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día" (Jn 6, 54).
Esta garantía de la resurrección futura proviene de que la carne del Hijo del
hombre, entregada como comida, es su cuerpo en el estado glorioso del
resucitado. Con la Eucaristía se asimila, por decirlo así, el "secreto" de la
resurrección. Por eso san Ignacio de Antioquía definía con acierto el Pan
eucarístico "fármaco de inmortalidad, antídoto contra la muerte"» (Ecclesia
de Eucharistia, 18).
Se vive sin base espiritual, sin motivaciones de fe, dejándose llevar del
mimetismo que impone la moda. Muchos europeos aparecen como «herederos que han
despilfarrado el patrimonio recibido a lo largo de la historia» (Ecclesia
in Europa, 7).
Tendremos que ofrecer motivos para vivir y para esperar. Estas son las «razones»
de nuestra credibilidad: «los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan
limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la
buena nueva» (Mt 11, 5).
La Eucaristía está en el centro de la vida eclesial. «La fracción del pan evoca
la Eucaristía. Después de dos mil años seguimos reproduciendo aquella imagen
primigenia de la Iglesia» (Ecclesia de Eucharistia, 2).
«Por la comunión
de su cuerpo y de su sangre, Cristo nos comunica también su Espíritu. Escribe
san Efrén: "Llamó al pan su cuerpo viviente, lo llenó de sí mismo y de su
Espíritu (...), y quien lo come con fe, come Fuego y Espíritu. (...). Tomad,
comed todos de él, y coméis con él el Espíritu Santo. En efecto, es
verdaderamente mi cuerpo y el que lo come vivirá eternamente"» (ib., 17).
Un Dios desconocido
Dios es el gran desconocido. Un agnosticismo práctico pretende dejar a Dios en
la penumbra y sin presencia alguna en la vida de los hombres. Habrá, pues, que
«hablar con Dios y de Dios». Hacerse testigo del Dios vivo. «Lo que adoráis sin
conocer, eso os vengo yo a anunciar... Pues en él vivimos, nos movemos y
existimos» (Hch 17, 23. 28), diría san Pablo a los atenienses.
Juan Pablo II quiere que la contemplación del rostro de Cristo sea el
«programa»
de la Iglesia para el tercer milenio. «Contemplar a Cristo implica saber
reconocerle dondequiera que él se manifieste, en sus multiformes presencias,
pero sobre todo en el Sacramento vivo de su cuerpo y de su sangre. La Iglesia
vive del Cristo eucarístico, de él se alimenta y por él es iluminada. La
Eucaristía es misterio de fe y, al mismo tiempo, "misterio de luz". Cada vez que
la Iglesia la celebra, los fieles pueden revivir de algún modo la experiencia de
los dos discípulos de Emaús: "Entonces se les abrieron los ojos y le
reconocieron" (Lc 24, 31)» (cf.
Ecclesia de Eucharistia, 6).
Hay un extraño «culto» sin Dios. Sin memoria religiosa. Un imperante laicismo
que quiere convertir lo religioso en mero vestigio del pasado (cf.
Ecclesia
in Europa, 7). Tendremos, pues, que hacer ver la verdadera razón de actos,
celebraciones y conductas. Tener a Dios en el corazón y los labios. «Haced esto
en memoria mía» (Lc 22, 19). No podíamos tener, para ofrecerla, otra
mejor razón. Esto es lo que hemos recibido y lo que transmitimos: «Que el Señor
Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan, y después de dar gracias, lo
partió y dijo: Este es mi cuerpo que se da por vosotros; haced esto en recuerdo
mío. Asimismo también la copa después de cenar diciendo: Esta copa es la Nueva
Alianza en mi sangre. Cuantas veces la beberéis, hacedlo en recuerdo mío. Pues
cada vez que coméis este pan y bebéis esta copa, anunciáis la muerte del Señor,
hasta que venga» (1 Co 11, 23-26).
Existe una desconexión entre el mensaje evangélico y la experiencia cotidiana
que produce un «creyente» sin práctica y un «practicante» sin fe, encerrando la
creencia en el ámbito de lo estrictamente privado.
Se necesita una incuestionable lealtad y un testimonio vivo, confesante y
público que manifieste la unidad entre lo que se cree y se vive, así como la
referencia a una comunidad de pertenencia: la Iglesia. «Lo que yo os digo en la
oscuridad, decidlo vosotros a la luz; y lo que oís al oído, proclamadlo desde
los terrados» (Mt 10, 27). «Vosotros me buscáis, no porque habéis visto
señales, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado. Obrad, no
por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para la vida
eterna, el que os dará el Hijo del hombre, porque a este es a quien el Padre,
Dios, ha marcado con su sello» (Jn 6, 26-27).
La Eucaristía es comunión íntima y perfecta entre la fe y la vida, entre Dios y
el hombre. «La Iglesia, mientras peregrina aquí en la tierra, está llamada a
mantener y promover tanto la comunión con Dios trinitario como la comunión entre
los fieles. Para ello, cuenta con la Palabra y los sacramentos, sobre todo la
Eucaristía, de la cual "vive y se desarrolla sin cesar", y en la cual, al mismo
tiempo, se expresa a sí misma. No es casualidad que el término comunión se haya
convertido en uno de los nombres específicos de este sublime Sacramento. (...)
El misterio de la comunión es tan perfecto que conduce a la cúspide de todos los
bienes: en ella culmina todo deseo humano, porque aquí llegamos a Dios y Dios
se une a nosotros con la unión más perfecta. Precisamente por eso, es
conveniente cultivar en el ánimo el deseo constante del Sacramento eucarístico.
De aquí ha nacido la práctica de la "comunión espiritual", felizmente difundida
desde hace siglos en la Iglesia y recomendada por Santos maestros de vida
espiritual» (Ecclesia de Eucharistia, 34).
En ocasiones, se realizan actos religiosos que parecen más unos encuentros
sociales que unas celebraciones cultuales. Hay pueblo, no comunidad. Hay
representación, no memorial. Se ha perdido la memoria cristiana. Tendremos que
aprovechar los signos para llevar, suavemente, a buscar el significado. Para
ello, es imprescindible la dignidad en la celebración litúrgica. «Dios es
espíritu, y los que adoran, deben adorar en espíritu y verdad» (Jn 4,
24).
«La Iglesia se ha sentido impulsada a lo largo de los siglos y en las diversas
culturas a celebrar la Eucaristía en un contexto digno de tan gran Misterio. La
liturgia cristiana ha nacido en continuidad con las palabras y gestos de Jesús
(...). Aunque la lógica del "convite" inspire familiaridad, la Iglesia no ha
cedido nunca a la tentación de banalizar esta "cordialidad" con su Esposo,
olvidando que él es también su Dios y que el "banquete" sigue siendo siempre,
después de todo, un banquete sacrificial, marcado por la sangre derramada en el
Gólgota. El banquete eucarístico es verdaderamente un banquete "sagrado", en el
que la sencillez de los signos contiene el abismo de la santidad de Dios: "O
Sacrum convivium, in quo Christus sumitur". El pan que se parte en nuestros
altares, ofrecido a nuestra condición de peregrinos en camino por las sendas del
mundo, es panis angelorum, pan de los ángeles, al cual no es posible
acercarse si no es con la humildad del centurión del Evangelio: "Señor, no soy
digno de que entres bajo mi techo"» (Ecclesia de Eucharistia, 48).
Olvido de Dios y del hombre
La indiferencia ante el misterio de Dios produce el olvido del hombre.
Quien se olvida de Dios, acaba desconociendo a su hermano. Se ayuda a programas
y proyectos más que a las personas, decae la solidaridad interpersonal. Muchas
personas, aunque no carezcan de las cosas materiales necesarias, se sienten más
solas, abandonadas a su suerte, sin lazos de apoyo afectivo (cf.
Ecclesia
in Europa, 8).
El camino de la Iglesia pasa por el hombre. Tendremos que buscar y acompañar a
la persona, especialmente a la débil y olvidada. «Un samaritano que iba de
camino llegó junto a él, y al verle tuvo compasión» (Lc 10, 33).
«Aunque la visión cristiana fija su mirada en un "cielo nuevo" y una "tierra
nueva", eso no debilita, sino que más bien estimula nuestro sentido de
responsabilidad respecto a la tierra presente. (...) En este mundo es donde
tiene que brillar la esperanza cristiana. También por eso el Señor ha querido
quedarse con nosotros en la Eucaristía, grabando en esta presencia sacrificial y
convival la promesa de una humanidad renovada por su amor. Es significativo que
el evangelio de Juan, allí donde los Sinópticos narran la institución de la
Eucaristía, propone, ilustrando así su sentido profundo, el relato del
"lavatorio de los pies", en el cual Jesús se hace maestro de comunión y servicio
(cf. Jn 13, 1-20). El apóstol Pablo, por su parte, califica como
"indigno" de una comunidad cristiana que se participe en la Cena del Señor, si
se hace en un contexto de división e indiferencia hacia los pobres» (Ecclesia de Eucharistia,
20).
El nihilismo puede extenderse como una plaga nefasta. Nada vale nada. Disfrutar
sin límite de lo inmediato. Relativismo de conocimiento y de vida moral.
Pragmatismo llevado hasta el hedonismo cínico en la existencia diaria (cf.
Ecclesia
in Europa, 9). Ante ello, ofreceremos un sentido trascendente de la
vida, valorando justamente las personas, las ideas, los principios y anunciando
a todos que «la Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene
a este mundo» (Jn 1, 9).
«Anunciar la muerte del Señor "hasta que venga" (1 Co 11, 26) comporta
para los que participan en la Eucaristía el compromiso de transformar su vida,
para que toda ella llegue a ser en cierto modo "eucarística". Precisamente este
fruto de transfiguración de la existencia y el compromiso de transformar el
mundo según el Evangelio, hacen resplandecer la tensión escatológica de la
celebración eucarística y de toda la vida cristiana: "¡Ven, Señor Jesús!"» (Ecclesia
de Eucharistia, 20).
Falta, también, la perseverancia. Hay una especie de intermitencia en la
práctica cristiana. Poco compromiso con la Iglesia, con la parroquia... Y
oscurecimiento de la esperanza.
Habrá que alentar continuamente, mostrar gratitud. Buscar siempre la huella del
bien. «Vosotros, hermanos, no os canséis de hacer el bien» (2 Ts 3, 13),
dice san Pablo a los tesalonicenses.
Nuestra fuerza está en la Eucaristía, que es «presencia salvadora de Jesús en la
comunidad de los fieles y su alimento espiritual, es lo más precioso que la
Iglesia puede tener en su caminar por la historia» (Ecclesia de Eucharistia,
9).
3. La Eucaristía, luz y vida del nuevo milenio
«Por un lado, algunos ambientes eclesiales parecen haber perdido el auténtico
sentido del sacramento y podrían banalizar los misterios celebrados; por otro,
muchos bautizados, por costumbre y tradición, siguen recurriendo a los
sacramentos en momentos significativos de su existencia, pero sin vivir conforme
a las normas de la Iglesia» (Ecclesia
in Europa, 74).
La Eucaristía es manantial y cumbre de nuestra vida cristiana. Sin fe, los
sacramentos acaban en el ritualismo, la caridad está muerta y la misión resulta
un trabajo estéril. Sin el sacramento, la fe se convierte en ideología, la
caridad acaba en evasionismo y la misión no evangeliza. Sin el amor de Cristo
que se entrega en la Eucaristía, la caridad es altruismo y simple cooperación,
la misión un fraude y la comunidad un antisigno.
Pero con la firme adhesión a la palabra de Dios y la gracia de la fe, la
Eucaristía es actualización perenne del misterio pascual (cf.
Ecclesia de
Eucharistia, 5); Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan de Vida, que da la vida
a los hombres por medio del Espíritu Santo (cf. ib., 1); es una verdadera
confesión y memoria de que el Señor ha muerto y ha vuelto a la vida por nosotros
y para beneficio nuestro, primicia de la plenitud futura (cf. ib., 18);
por la comunión de su cuerpo y de su sangre, Cristo nos comunica también su
Espíritu; el que come este Pan vivirá eternamente; llenos de su Espíritu Santo,
formamos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu (cf. ib., 17); la
Iglesia vive del Cristo eucarístico, de él se alimenta y por él es iluminada, la
Eucaristía es misterio de fe y, al mismo tiempo, misterio de luz (cf. ib.,
6); culminación de todos los Sacramentos, en cuanto lleva a perfección la
comunión con Dios Padre, mediante la identificación con el Hijo Unigénito, por
obra del Espíritu Santo (cf. ib., 34); el banquete eucarístico es
verdaderamente un banquete «sagrado», en el que la sencillez de los signos
contiene el abismo de la santidad de Dios (cf. ib., 48); tenemos en esta
presencia sacrificial y convival la promesa de una humanidad renovada por su
amor; compromiso de transformar su vida, para que toda ella llegue a ser en
cierto modo "eucarística" (cf. ib., 20); colma con sobrada plenitud los
anhelos de unidad fraterna que alberga el corazón humano y, al mismo tiempo,
eleva la experiencia de fraternidad (cf. ib., 24); expresa este vínculo
de comunión invisible que, en Cristo y por la acción del Espíritu Santo, nos une
al Padre y entre nosotros (cf. ib., 35); la Eucaristía, en fin, es
«presencia salvadora de Jesús en la comunidad de los fieles y su alimento
espiritual, es lo más precioso que la Iglesia puede tener en su caminar por la
historia» (cf. ib., 9).
El reto y la tarea, si de verdad queremos que la Eucaristía sea luz y vida del
nuevo milenio en Europa, tiene que buscar sinceramente la fe en Jesucristo y
hacer de cualquier realidad un espacio para que allí llegue el reino de Dios.
"Ciertamente, el hombre puede organizar la tierra sin Dios, pero, al fin y al
cabo, sin Dios no puede menos de organizarla contra el hombre. El humanismo
exclusivo es un humanismo inhumano" (Populorum progressio, 42).
Nuestras luces no pueden ser otras que las que dimanan del gran
misterio de la Eucaristía, «sacramentum pietatis, signum unitatis, vinculum charitatis»,
Estas son las luces que brillan en la Eucaristía. Nuestro camino habrá de
recorrerse llenos de misericordia, con sencillez y alegría, llevando la cruz y
asumiendo la pobreza, que siempre abre la puerta para que pueda entrar en la
persona el amor al otro. No olvidarse de llevar en el corazón la ley del Señor.
En las manos, la misericordia. En la mirada, la esperanza. En la memoria, el
encuentro con los demás. En el rostro: la alegría de saber que ¡Dios es grande!
El secreto: mirar más a Cristo. Más a la llamada que a la dificultad. Más a la
esperanza que al desánimo. Muchas de las mujeres que esperaban se durmieron y se
extinguió la lámpara. Pero entre las vírgenes, ninguna más santa y más prudente
que la bienaventurada Virgen María. Y ella tiene siempre repleta su lámpara del
mejor aceite de la fe para que acudamos a ella para enriquecernos con su ejemplo
y su intercesión.
«En un contexto en el que la tentación del activismo llega fácilmente también al
ámbito pastoral, se pide a los cristianos en Europa que sigan siendo
transparencia real del resucitado, viviendo en íntima comunión con él. Hacen
falta comunidades que, contemplando e imitando a la Virgen María, figura y
modelo de la Iglesia en la fe y en la santidad, cuiden el sentido de la vida
litúrgica y de la vida interior. Ante todo y sobre todo, han de alabar al Señor,
invocarlo, adorarlo y escuchar su Palabra. Sólo así asimilarán su misterio,
viviendo totalmente dedicadas a él, como miembros de su fiel Esposa» (Ecclesia
in Europa, 27).
La devoción a la Virgen María está muy viva y extendida en los pueblos de
Europa. Ella está «maternalmente presente y partícipe en los múltiples y
complejos problemas que acompañan hoy la vida de los individuos, de las familias
y de las naciones». María es la madre de la esperanza que se "presenta como
figura de la Iglesia que, alentada por la esperanza, reconoce la acción
salvadora y misericordiosa de Dios, a cuya luz comprende el propio camino y toda
la historia» (Ecclesia
in Europa, 124-125).
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