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XLVIII CONGRESO EUCARÍSTICO INTERNACIONAL

HOMILÍA DEL CARDENAL STEPHEN FUMIO HAMAO

Guadalajara, México
Jueves 14 de octubre de 2004

 

Carísimos hermanos y hermanas:

Me siento gozoso de estar aquí con ustedes para presidir esta Celebración eucarística.
El Evangelio que apenas escuchamos, nos ha recordado las palabras de Jesús: “Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros, como yo los he amado; y por este amor reconocerán todos que ustedes son mis discípulos” (Jn 13, 34-35).

Ser reconocidos como discípulos de Jesús en medio de la sociedad contemporánea: esto es algo muy importante para todos los cristianos. Y las palabras de Jesús nos indican el único signo auténtico que nos permite ser reconocidos como sus discípulos, como cristianos. Todos los conocimientos de la teología de la Iglesia o de los comentarios de la Biblia, no serían suficientes para alcanzar el mismo resultado que alcanzamos con el amor mutuo, a semejanza de aquél con que Jesús nos ha amado.

Tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo, el mandamiento más importante es “Ama a los demás como a ti mismo”. Durante la última Cena, como hemos escuchado en el Evangelio de hoy, Jesús lleva este precepto a su perfección, cuando dice: “ámense los unos a los otros, como yo los he amado”. Por eso, nosotros, discípulos de Jesús, debemos aprender a obrar para con los demás como Jesús ha hecho, y continúa haciendo en la Iglesia, muy en particular, a través del sacramento de la Eucaristía.

Vemos en los Evangelios cómo Jesús se acerca a los pobres, a los abandonados, a los leprosos, a los samaritanos o a los pecadores, sin tratarlos jamás como personas ya condenadas, sino siempre dándoles la esperanza de levantarse; sin abandonar jamás a ninguno, aunque sea la persona más pequeña e inútil, como dice en la parábola de la oveja perdida: “Lo mismo vuestro Padre del cielo: no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños.”

En el mundo democrático de hoy estamos acostumbrados a privilegiar el principio de la mayoría, y esto podrá ser socialmente justo, pero desde el punto de vista cristiano debemos vigilar con atención el riesgo de perder con ello la verdad de las minorías. La gracia y el Espíritu Santo no se rigen por criterios de mayoría.

En el sacramento de la Eucaristía, Jesús se entrega a nosotros como comida y como bebida. Ahora bien, mientras comida y bebida son asimiladas por el cuerpo, en la Eucaristía somos nosotros, quienes somos asimilados en el Cuerpo y la Sangre de Jesús. “Yo soy el Pan Vivo que ha bajado del cielo... —dice Jesús— Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, habita en mí y yo en Él. El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me coma, vivirá por mí” (Jn 6, 51-57). Por la Sagrada Comunión nos unimos al Espíritu de Jesús, divino y humano, que se ha entregado a todos nosotros con el amor verdadero que se pone a total disposición de los demás.

En la segunda lectura de hoy, en la carta de San Pablo a los Corintios, se nos da una hermosísima descripción del amor, que nos ayuda a comprender que el amor es muy diferente del simple sentimiento. Pues en éste nos mantenemos pasivos ante aquello o ante quien nos atrae, mientras que en el amor, nos obligamos a hacer aquello que es un bien para los otros, lo que ofrece al prójimo una vida mejor.

Este espíritu del amor es, con toda razón, el centro de la espiritualidad de la comunión a la que nos ha convocado el Santo Padre, (cf. NMI, 43) y que se funda en la mutua relación solidaria entre las diversas partes de un único cuerpo, como nos explica San Pablo: “Cuando un miembro sufre, todos sufren con él; cuando un miembro es honrado, todos le felicitan. Vosotros sois el Cuerpo de Cristo y cada uno es un miembro” (1Cor 12, 26-27).

En su Carta Encíclica Ecclesia de Eucharistia, Juan Pablo II nos ofrece una bellísima meditación sobre estos puntos. “La incorporación a Cristo —escribe el Papa— que tiene lugar por el Bautismo, se renueva y se consolida continuamente con la participación en el Sacrificio eucarístico, sobre todo cuando ésta es plena mediante la comunión sacramental. Podemos decir que no solamente cada uno de nosotros recibe a Cristo, sino que también Cristo nos recibe a cada uno de nosotros… En la comunión eucarística se realiza de manera sublime que Cristo y el discípulo «estén» el uno en el otro: «Permaneced en mí, como yo en vosotros» (Jn 15, 4). Al unirse a Cristo, en vez de encerrarse en sí mismo, el Pueblo de la nueva Alianza se convierte en «sacramento» para la humanidad, signo e instrumento de la salvación, en obra de Cristo, en luz del mundo y sal de la tierra (cf. Mt 5, 13-16), para la redención de todos” (EE, 22).

La Iglesia, por tanto, existe para ser instrumento eficaz y signo visible de la íntima unión del hombre con Dios Padre, y para que, siguiendo su enseñanza, todos nosotros vivamos como hermanos y hermanas, amándonos los unos a los otros como Jesús nos ha amado y nos ama. La Iglesia no alcanza la razón de su existencia en sí misma, para expandirse e imponerse en el mundo, sino en el servir al hombre y plasmar la unidad de todo el género humano con Dios. Esto quiere decir que todos los hombres y mujeres poseen en sí mismos una dignidad divina inalienable y en esto se fundamenta el ahínco con que la Iglesia defiende el derecho a la vida desde la concepción en el seno materno hasta la muerte, prestando particular atención a la salud, a la educación, a la religión, a la cultura, a la participación en la vida pública. El derecho a la vida es un puente que supera toda suerte de discriminación por motivos de raza, nacionalidad, sexo o religión. Todos debemos considerar nuestros vecinos como verdaderos hermanos y hermanas, compartir sus gozos y sus esperanzas, sus sufrimientos y tristezas, y ayudar a reparar los pecados cometidos.

“Si la Eucaristía edifica la Iglesia —nos recuerda el Santo Padre— y la Iglesia hace la Eucaristía, se deduce que hay una relación sumamente estrecha entre una y otra” (EE 26). En efecto, en torno a Cristo eucarístico la Iglesia crece como pueblo, templo y familia de Dios: una, santa, católica y apostólica. Y, a la vez, comprende mejor su identidad de sacramento universal de salvación y de realidad visible jerárquicamente estructurada. Por esta íntima conexión a Jesús, nuestro Salvador trabaja con nosotros, con nuestra comunidad eclesial para la salvación de la humanidad. Esta exigente tarea es lo que nos ha recordado Juan Pablo II con las palabras siguientes: “Deseo recalcarlo con fuerza al principio del nuevo milenio, para que los cristianos se sientan más que nunca comprometidos a no descuidar los deberes de su ciudadanía terrenal. Es cometido suyo contribuir con la luz del Evangelio a la edificación de un mundo habitable y plenamente conforme al designio de Dios. Muchos son los problemas que oscurecen el horizonte de nuestro tiempo. Baste pensar en la urgencia de trabajar por la paz, de poner premisas sólidas de justicia y solidaridad en las relaciones entre los pueblos, de defender la vida humana desde su concepción hasta su término natural. Y ¿qué decir, además, de las tantas contradicciones de un mundo «globalizado», donde los más débiles, los más pequeños y los más pobres parecen tener bien poco que esperar? En este mundo es donde tiene que brillar la esperanza cristiana.

También por eso, el Señor ha querido quedarse con nosotros en la Eucaristía, grabando en esta presencia sacrifical y convival la promesa de una humanidad renovada por su amor. Es significativo que el Evangelio de Juan, allí donde los Sinópticos narran la institución de la Eucaristía, propone, ilustrando así su sentido profundo, el relato del «lavatorio de los pies», en el cual Jesús se hace maestro de comunión y servicio (cf. Jn 13, 1-20). El apóstol Pablo, por su parte, califica como «indigno» de una comunidad cristiana, el hecho de que se participe en la Cena del Señor, si se hace en un contexto de división e indiferencia hacia los pobres (Cf. 1 Cor 11, 17.22.27.34)” (EE, 20).

Entre estos pobres, débiles, pequeños, mencionados por el Santo Padre, se encuentran hoy en el mundo masas de refugiados, emigrantes, víctimas del tráfico de personas, especialmente mujeres y niños. Con espíritu de solidaridad cristiana, debemos cultivar en nosotros la espiritualidad de comunión, que San Pablo nos describe en la primera carta a los Corintios. La mayoría de quienes estamos hoy aquí reunidos, procedemos de Asia y Oceanía. En estas regiones viven casi dos terceras partes de la población mundial. Entre ellos los cristianos formamos un pequeño rebaño, pero contamos con la fuerza del Espíritu Santo que, a través del sacramento de la Eucaristía, nos hace avanzar con coraje en la fe, nos da la esperanza y nos exhorta a la caridad de Jesucristo para construir y difundir, también en estos inmensos continentes, el Reino de Dios.

 

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