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XLVIII CONGRESO EUCARÍSTICO
INTERNACIONAL
HOMILÍA
DEL CARDENAL JOZEF TOMKO, LEGADO PONTIFICIO, EN LA CLAUSURA DEL CONGRESO
Estadio de Jalisco
Domingo 17 de octubre de 2004
Señores cardenales y distinguidas autoridades; venerables hermanos en el
episcopado y en el sacerdocio; hermanos y hermanas en el Señor:
La sagrada peregrinación de nuestro Congreso se acerca a la "Statio orbis".
Hoy, hacemos una especie de parada, una estación en nuestra peregrinación.
Venimos del orbe, de todo el mundo; representamos al pueblo de Dios que vive en
todos los continentes. Somos la Iglesia reunida para adorar a su Señor que está
presente con nosotros en la Eucaristía. Hoy es el día de la "Statio orbis".
Es el momento solemne, en el que se unirá a nosotros con su imagen y con su
mensaje el Vicario de Cristo, nuestro amadísimo Papa Juan Pablo II, a quien
tengo la alegría de representar aquí.
Partimos de Zapopan guiados por María, Mujer eucarística. De ella sola
Jesucristo tomó su cuerpo, el cuerpo que nos dejó como pan de vida en la última
Cena. En el Cenáculo Jesús anticipó su sacrificio del Gólgota e instituyó y
ofreció el primer sacrificio eucarístico "para la vida del mundo" (Jn 6, 51).
Después de su muerte y resurrección, envió a los Apóstoles en misión al mundo
entero para hacer discípulos y bautizar a todos los pueblos. Los Apóstoles
reunían a los primeros fieles en torno a la mesa eucarística en la "fractio
panis". La Iglesia entró en la historia por medio de la misión. Comenzaba a
realizarse la profecía de Isaías: "Caminarán los pueblos a tu luz..." (Is
60, 3). Nosotros hemos realizado idealmente esa misma peregrinación: cada día
la Iglesia de otro continente se presentaba ante nuestros ojos y anunciaba "la
inescrutable riqueza de Cristo" (Ef 3, 8), de la que habla san Pablo en
la segunda lectura.
Partimos de este Congreso eucarístico para llevar a Cristo al mundo, a nuestro
mundo del inicio del tercer milenio. Debemos tomar conciencia de que la
evangelización del mundo está aún en los inicios y de que dos tercios de la
humanidad no conocen todavía a Jesucristo, al Cristo que murió por todos y que
nosotros en el Congreso hemos celebrado como "luz y vida del nuevo milenio".
Es él quien nos manda en misión; es la Eucaristía, en la que da la vida para
nuestro mundo, la que nos inspira, nos alimenta y nos impulsa a llevar este
inmenso don de Dios a la humanidad entera.
Por eso, esta parada nuestra ante la Eucaristía, esta "Statio orbis" nos
hace reflexionar sobre si en verdad "anunciamos tu muerte, Señor, proclamamos tu
resurrección, hasta que vuelvas".
Eucaristía y evangelización
La evangelización o misión está íntimamente vinculada a la Eucaristía. San Juan
no recoge el relato de la institución de la Eucaristía, como hacen los otros
evangelistas, pero hace muchas alusiones a esas horas benditas pasadas en el
Cenáculo. Comienza con una conmovedora descripción: "Antes de la fiesta de la
Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al
Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el
extremo" (Jn 13, 1). Después de lavar los pies a los Apóstoles, les
dirigió un largo discurso, que termina con la maravillosa oración al Padre,
llamada también "sacerdotal". En este contexto conmovedor, pronunció las
palabras del evangelio de hoy, que es como un envío a la misión: "Como tú me
has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo... No ruego sólo por
estos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí,
para que todos sean uno..., para que el mundo crea que tú me has enviado" (Jn
17, 18-21). En efecto, Jesús resucitado dirá a los Apóstoles: "Como el
Padre me envió, también yo os envío" (Jn 20, 21). Encarga a su Iglesia
que continúe su misma misión.
La Eucaristía es un signo de que "tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo
único, para que todo el que crea en él no perezca" (Jn 3, 16). En la
Eucaristía Jesús "amó a los suyos hasta el extremo". Cada hombre, cada uno de
nosotros puede decir: "Me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Ga 2,
20). Es necesario anunciar este gran amor: "Anunciamos tu muerte; proclamamos
tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!".
En la cruz, Jesús murió por todos, dio su vida por la humanidad entera. En la
Eucaristía ofrece hoy su salvación para la vida del mundo, para la salvación de
quien cree y de quien aún no cree. La Eucaristía hace presente sacramentalmente
este don de la salvación en el decurso de la historia. Es preciso llevar esta
"buena nueva" a todas las naciones.
En la Iglesia primitiva, los creyentes "acudían asiduamente a la enseñanza de
los Apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones... El
Señor agregaba cada día a la comunidad a los que se habían de salvar... La
multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma" (Hch
2, 42. 47; 4, 32).
La Eucaristía congrega a la Iglesia en torno a Cristo, crea la Iglesia. En torno
a Cristo Eucaristía la Iglesia crece como pueblo, templo y familia de Dios.
Ciertamente, "no se construye ninguna comunidad cristiana si esta no tiene como
raíz y centro la celebración de la sagrada Eucaristía" (Ecclesia de
Eucharistia, 33; cf.
Presbyterorum ordinis, 6).
En la Eucaristía los misioneros encuentran fuerza, valentía y apoyo para sus
trabajos. En la comunión con Cristo Eucaristía todo cristiano recibe la
tranquila audacia para dar en su entorno testimonio de su fe. ¿Podría cumplir la
Iglesia su vocación misionera y apostólica sin este apoyo? Para evangelizar al
mundo necesitamos apóstoles y misioneros enamorados de la Eucaristía, que sepan
adorar, contemplar, celebrar y vivir a Cristo Eucaristía, para llevarlo luego a
las "gentes".
Porque la Eucaristía, como enseña el concilio Vaticano II, es "fuente y cima de
toda la vida cristiana" (Lumen gentium, 11), pero también "fuente y
cumbre de toda la evangelización" (Presbyterorum ordinis, 5).
Partir de la Eucaristía para la nueva evangelización
La Iglesia nos invita a partir todos de la Eucaristía para la primera y para la
nueva evangelización de nuestro mundo. Al dejar esta tierra al final de su
morada terrena, Jesucristo reunió a su pequeña Iglesia y la envió en misión. Su
mandato es válido y urgente también hoy: "Me ha sido dado todo poder en el
cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes,
bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y
enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy
con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28, 19-20).
Todos somos enviados en misión, para evangelizar al mundo y anunciar las
maravillas del amor divino que nos ha manifestado en la Eucaristía. Dar
testimonio de Cristo Eucaristía con nuestra vida. Renovar también nuestra
evangelización, para que sea "nueva en su ardor, en sus métodos, en sus
expresiones". Juan Pablo II renueva hoy su llamamiento para que, "después de
este Congreso eucarístico, toda la Iglesia salga fortalecida para la nueva
evangelización que el mundo entero necesita: nueva también por la
referencia explícita y profunda a la Eucaristía, como centro y raíz de la vida
cristiana, como siembra y exigencia de fraternidad, de justicia, de servicio a
todos los hombres, empezando por los más necesitados en su cuerpo y en su
espíritu. Evangelización para la Eucaristía, en la Eucaristía y
desde la Eucaristía" (Sevilla, 12 de junio de 1993).
Hermanos y hermanas, partamos de este Congreso prometiendo a Cristo Señor honrar
fielmente su sacrificio eucarístico con la presencia activa en la misa dominical
y festiva, renovar nuestras devociones litúrgicas y populares a Jesús presente
en el santísimo Sacramento: la adoración, las procesiones, sobre todo del
Corpus Christi, las frecuentes visitas al Santísimo, la comunión de los
primeros viernes, las cuarenta horas, la exposición continua en nuestros
santuarios, la bendición con el santísimo Sacramento, la adoración nocturna, los
congresos eucarísticos, etc. Son expresiones sencillas de nuestra fe en la
presencia real de Jesucristo en la Eucaristía. Llevemos esta fe a nuestra vida y
a nuestras actividades.
"La fe se fortalece dándola" (Redemptoris missio, 2). Al final de esta
celebración eucarística escucharemos el anuncio del diácono: "Ite, missa est",
"Podéis ir en paz, la misa ha terminado". Pero para nosotros es sólo el inicio
de nuestra misión en el mundo: "Ite, missio est". El Congreso eucarístico
termina como celebración, pero continúa como Año eucarístico, que inicia
con nuestro Congreso. Estamos llamados a ser como pioneros de este Año, como
centinelas de la nueva aurora, de la nueva onda misionera y eucarística.
Cristo Eucaristía permanece con nosotros: "He aquí que yo estoy con vosotros
todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28, 20). Él, que en la
Eucaristía es luz y vida del nuevo milenio. Ahora, pongámonos en camino
por los senderos del mundo. Amén.
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