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TESTIGOS DE LA EUCARÍSTIA
EN MEDIO DEL MUNDO
Cardenal Christian Wiyghan Tumi
Arzobispo de Douala, Camerún
Québec, 21 junio 2008
Estamos reunidos para reflexionar sobre la Eucaristía, pero sobre todo para
celebrarla. Jesús no nos ha dejado este sacramento para ser contemplado, sino
para ser “comido” y “ bebido”: “Tomen y coman, tomen y beban.”
Mas ¿cómo podemos ser testigos de la eucaristía en medio del mundo donde todo
está cuestionado, donde la duda y el esceptismo reinan como maestros, donde la
abundancia de alimento, al menos en el hemisferio Norte, provoca enfermedades,
cuando bajo otros cielos y otras tierras el hambre impone su ley?
Creo que es necesario cuestionarse a partir de un elemento fundamental de la fe
cristiana, sin la cual la eucaristía arriesga de ser una quimera!. Aquí se trata
del misterio de la resurrección. Ser testigo de la Eucaristía, es antes que nada
ser testigos de la resurrección a través del mundo. Y quien dice resurrección,
dice otro modo de vida, radicalmente diferente del primero. “Si Cristo no ha
resucitado, vana es nuestra fe”.
Es San Pablo quien lo dice. El lo dijo a la comunidad cristiana de Corinto ( 1
Co 15, 14 – 19 ) . El lo dice en la comunidad cristiana de Douala , en Yaundé,
en Montreal, en París y en Washington…. La Iglesia de hoy no tiene otra cosa que
decir. “Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe”. En su franqueza esta
afirmación resuena con seguridad provocadora de esos a priori que tienen siempre
la razón. ¿Quién se atrevería a decir lo contrario? Desde muchas generaciones,
los cristianos repiten esta primera evidencia que siglos de experiencia
cristiana se han enraizado en ellos: Si Jesús Hijo de dios no ha resucitado,
definitivamente está muerto. Y si Dios está muerto, Dios ¿No es Dios? Y si Dios
no es Dios, entonces ¿Qué es la fe en Dios?
Cristo es nuestra resurrección. Viviendo esta experiencia de la fe, en medio de
las realidades humanas que él comparte con todos los hombres, el cristiano,
existencialmente hablando, no puede aceptar más distorsiones entre las cosas de
la vida y las cosas de la fe. Las cosas de la fe son las cosas de la vida
vividas en la luz de Jesucristo. El resucitado, es él, nuestra fuerza de las
cosas. Si la resurrección es la cosa primordial de la fe, es que ella es la cosa
primordial de la vida. Es porque si vana es nuestra vida, vana es nuestra fe.
La resurrección nos asegura que Alguien está lleno de vida. Lleno de vida por
hoy. Lleno de vida por cada uno de nosotros. “Yo he venido para que los hombres
tengan vida, y la tengan en abundancia… “ (cf., Jn 10, 10) La resurrección
interpela a cada hombre – casado o soltero - a causa del reino. Ella pone para
cada uno el sentido de la vida. Pone como una elección que hay que hacer, una
dirección que hay que tomar.
El testimonio cristiano
Estamos convencidos que a partir del misterio de la resurrección, nosotros
podemos abordar el de la Eucaristía que es signo para un mundo mejor. Si los
cristianos están verdaderamente convencidos - repito varias veces esta palabra
que lo dice todo para mi, esta expresión de mi fe – eh, bien ellos están
convencidos ante toda cosa del triunfo de la vida.
Nuestro testimonio cristiano puede ser “insulso” porque no deseamos mucho la
Eucaristía, cuerpo de Cristo resucitado como alimento y fuerza de los que creen
en él. La Eucaristía es la oración de los hombres. Es por esta oración que me
uno a todos los que amo sobre la tierra como en el cielo. Me uno a todos los que
yo nombro en todo el mundo. Dios que encuentro por la oración encuentra en mi
eso, es lo que espero, esperanza del mundo: paz, justicia, amor, verdad, luz,
alegría… Ahí no están solamente mis intenciones, si no las intenciones que Dios
tiene para el mundo.
Así, porque Dios nos ha dado la eucaristía en medio de nuestra vida, nosotros
podemos decir: Tengo hambre, hay otro cerca de mi que también tiene hambre. Y yo
no puedo comer solo, no puedo saciarme solo. La Eucaristía pan de vida, expresa
bien lo que significa el hambre: Ser regenerada, completada por otro. El cuerpo
en su necesidad de alimento confiesa su incapacidad de vivir sin la fuerza que
viene fuera de él : En el momento de la comunión, el hombre que tiene hambre de
Dios, que tiende la mano o saca la lengua para recibir el pan, reconoce su
inexistencia sin la existencia de AQUEL que es la VIDA. Es así como este hombre
puede llegar a ser en la vida de todos los días “aquel que recibe.”
Y para terminar
Uds. me han escuchado con atención, no tenia la intención de decir todo de la
Eucaristía, sobre el testimonio de nuestra vida en la sociedad como casados o
solteros a causa del reino, eso es imposible en tan poco tiempo.
Más de todo lo que procede, puedo resumir diciendo: Si es así, la Eucaristía no
se puede concebir que como una pasión del hombre y una pasión de Dios inscrita
en el corazón del hombre. La Eucaristía, al compartir con nosotros el cuerpo del
Resucitado, dándonos su vida, embriagándonos con su sangre y quemándonos con el
fuego del Espíritu, no hace más que comunicarnos los mismos sentimientos de
Cristo para el hombre, para Dios: ella solo puede hacer de nosotros apasionados
del hombre y – permítanme la expresión _ de locos de Dios. El escándalo sería
que ella haga de nosotros de atrofiados, o arrastra miseria. Su verdad, en el
mundo de hoy, es hacer que seamos apasionados de amor.
Si la Eucaristía no nos conduce a amar más a nuestros hermanos, a dar nuestra
vida con todo lo que eso comporta como riesgo, entonces, dejemos todo caer ¡ En
ese sentido, ella es terriblemente peligrosa; un apasionado de amor es siempre
peligroso . El hombre eucarístico es un hombre peligroso, quemado por el fuego
del Espíritu y su única preocupación es de extender ese fuego y hacerse
incendiario. El es hombre de audacia y de afrontamiento, hombre del radicalismo
y del absoluto. No es cuestión de transigir. El debe comprometerse para Dios y
para el hombre. Él fastidia, empuja y da mala conciencia. Su pasión, es Dios y
es el hombre. Él es devorado por esa sed: es su vocación es su destino.
Como celebrar la Eucaristía, como ser testigo de Cristo sin llevar en nosotros
esta pasión del hombre, ese tormento de Cristo por el pobre, el que no es amado,
sin llegar a ser la mirada de Cristo sobre el Hombre, sin ser una mirada de
amor? Pues es imposible pensar en Cristo sin pensar en el hombre y es imposible
decir verdaderamente el hombre sin decir Cristo en el Hombre y sin decir el
Hombre al Cristo.
Muchas gracias.
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