COMUNICADO FINAL
Durante la IV Asamblea Plenaria de la Pontificia Academia para la Vida,
celebrada en el Vaticano del 23 al 25 de febrero de 1998, ha sido
presentado el trabajo desarrollado durante el año pasado por un
grupo de estudio instituido en la misma Academia y compuesto por expertos,
provenientes de diferentes naciones y de las diferentes disciplinas
interesadas en el estudio del genoma humano y en todas las implicaciones
antropológicas, éticas, jurídicas y sociales de la
aplicación biomédica de este conocimiento científico
Biólogos, médicos, filósofos, teólogos y
juristas han trabajado conjuntamente en este proyecto interdisciplinar
para profundizar sobre esta delicada y compleja cuestión, en relación
tanto al desarrollo del Proyecto del Genoma Humano y de otras
investigaciones de base sobre la identidad, la localización, la
heterogeneidad y la mutabilidad de los genes que constituyen el
patrimonio hereditario del Hombre, como a la potencialidad diagnóstica,
terapéutica y biotecnológica de los logros científicos
y de los progresos tecnológiecos en el campo de la genética
molecular.
La Academia, que « tiene la tarea de contribuir a un profundo
conocimiento sobre el valor de la vida, sobre todo por medio del diálogo
con expertos de las disciplinas biomédicas, morales y jurídicas
», ha permitido mediante los trabajos realizados, recoger las
distintas perspectivas desde las cuales se puede afrontar la cuestión
genética respetando el método científico y a la luz
de una visión antropológica coherente con la concepción
cristiana del Hombre.
El desarrollo y la funcionalidad de las estructuras somáticas y
psíquicas del organismo, se originan en el proceso de la
fertilización con la constitución del genoma individual, que
significa el inicio de la vida de un nuevo ser humano. Su naturaleza tiene
como base organísmica la presencia de un genoma específicamente
humano, que tiene las condiciones para la manifestación gradual y
en el tiempo, de todas las facultades de la persona humana. Esta intrínseca
unión del genoma del hombre con la constitución de la
persona lo diferencia esencialmente de todas las demás especies
vivientes y fundamenta su inalienable dignidad en relación a la de
la misma persona humana. A raíz de la unidad substancial del cuerpo
con el espíritu - corpore et anima unus: una summa- el
genoma humano no tiene solamente un significado biológico; él
es portador de una dignidad antropológica, que tiene su fundamento
en el alma espiritual que lo penetra y lo vivifica" (cf Discurso
de S.S. Juan Pablo II a los Miembros de la Academia, 24-02-98).
El mismo origen del género humano, hoy puede ser estudiado por
medio de la evolución del genoma, pero la realidad de la
Creación, que se inscribe en el acto Libre de amor con el cual Dios
da el ser a la única criatura que El ha querido a su imagen y
semejanza, permanece como una exigencia postulada por la razón y
una afirmación de la Revelación divina.
Los conocimientos obtenidos por medio de las investigaciones en el campo
de la genética aplicada al Hombre son muy poderosos. Debe ser
reconocido el valor positivo del conocimiento del genoma de la especie
humana y en algunos casos, del individual, sin embargo no subsiste un
derecho absoluto a tal conocimiento de parte de nadie. La posibilidad de
la obtención de información genética se funda, no sólo
sobre el valor del conocimiento científico en cuanto tal, sino
sobre todo, en la posibilidad que pueda servir al bien de la persona, en
orden a la prevención, a la diagnosis y a la terapia de
enfermedades de base genética cuando sea posible, sin riesgos
desproporcionados para el paciente y para sus hijos.
Al contrario, resulta moralmente inaceptable, en cuanto contraria a la
inalienable dignidad e igualdad de todos los seres humanos y a la justicia
social, toda utilización del saber proveniente de las
investigaciones sobre el genoma humano, con el objeto de estigmatizar o
discriminar a lo s portadores de genes patógeno s o con
predisposición para el desarrollo de ciertas enfermedades. La
clonación, en cuanto es una forma extrema de intervención
manipuladora de la constitución genómica del ser humano,
representa un grave atentado a la dignidad del concebido y a su
derecho a un genoma no predeterminado e irrepetible.
Es particularmente preocupante observar el crecimiento de un clima
cultural que, favorecido por informaciones no siempre científica
y/o deontológicamente correctas, lleva a la práctica del
diagnóstico prenatal y la preimplantación hacia una dirección
que ya no es la de la perspectiva terapéutica, sino más bien
a la de la discriminación de aquellos que no resulten sanos o
perfectos incluso en las fases primarias de sus vidas. Una discriminación
que se transforma cada vez más en un atentado a sus propias vidas,
que nunca verán la luz. A este respecto, los Miembros de la
Academia, se unen al Santo Padre en denunciar el « surgir y
difundirse de un nuevo eugenismo selectivo, que provoca la supresión
de embriones y de fetos afectados de cualquier enfermedad » , valiéndose
de pretendidas diferencias antropológicas y éticas entre las
varias fases del desarrollo de la vida prenatal.
Las legislaciones vigentes sobre las biotecnologías y la nueva
genética dejan entrever esperanzas pero también temores. La
fundamentación antropológica y la sensibilidad ética
en la formación de los juristas y en la redacción de las
leyes, deberían asegurar un justo orden social, el respeto a la
persona, a la familia y a los más débiles. Podremos alcanzar
este nuevo orden social realizando acciones positivas y generosas que
restablezcan en la sociedad la relación entre vida, libertad y
verdad.
La Sagrada Escritura nos dice que la persona es configurada por medio de
una íntima correlación entre la criatura humana y su
Creador: « Él, que tiene en su mano el alma de todo ser
viviente y el soplo de toda carne de Hombre » (Job 12, 10). Son las
manos del mismo Creador que hacen la persona a su imagen y semejanza (cf.
Gen. 1, 26), dándole la capacidad de generar, a su vez, vida humana
(procreación) como signo de su obra creadora. Dios llama al ser
humano desde el seno materno (cf. Sal. 22,11) para que por medio de esta
llamada, la persona pueda actuar libre y responsablemente el Plan divino
de Redención y Salvación.