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PRESENTACIÓN DEL MENSAJE DEL PAPA BENEDICTO XVI
AL PATRIARCA ECUMÉNICO BARTOLOMÉ I

DISCURSO DEL CARDENAL WALTER KASPER

Catedral de San Jorge, en El Fanar
Viernes 30 de noviembre de 2007

 

Santidad: 

Lo saludo con las palabras del primero de los Apóstoles, san Pedro, el protocorifeo, hermano del protocleto, san Andrés, cuya fiesta celebramos hoy aquí, en esta venerable catedral:  "A vosotros gracia y paz abundantes" (1 P 1, 2).

Juntamente con usted, Santidad, saludo a todos los metropolitas, a los obispos y al clero, así como a todos los fieles de la Iglesia de Constantinopla, Iglesia hermana de la Iglesia de Roma.
Al dirigirme este año a usted, Santidad, no puedo menos de mencionar, con el corazón lleno de alegría y gratitud, la cordial hospitalidad y el amor fraterno con que recibió al Obispo de Roma, Su Santidad Benedicto XVI, hace un año precisamente en este lugar.

Igualmente, no puedo menos de recordar el modo como nuestro corazón se colmó de gozo cuando se abrazaron como hermanos y cuando unieron sus manos y las elevaron mientras estaban en el balcón del Patriarcado ecuménico, demostrando al mundo su voluntad común de superar centenares de años de alejamiento y de avanzar, con la bendición y la ayuda de Dios, por la senda de la reconciliación, para realizar la oración de nuestro Señor Jesucristo en la víspera de su pasión y de su muerte.

Fue un signo claro de que quieren perseguir, con la gracia de Dios, el objetivo de participar en la misma mesa del Señor y beber en el mismo cáliz. La celebración de la Divina Liturgia a la que acabamos de asistir nos ha permitido expresar nuestra gratitud a nuestro Señor, Sumo Sacerdote de la Iglesia y Obispo de nuestras almas.

El camino hacia la consecución de ese importante objetivo puede ser aún arduo y difícil. No nos corresponde a nosotros fijar fechas y plazos. Están en manos de Dios y en su Providencia. Sin embargo, mientras tanto, experimentamos nuevamente con gratitud que nuestra esperanza y nuestro deseo de comunión plena no son anhelos vacíos. Hace apenas unas semanas tuvimos la alegría y la satisfacción de encontrarnos, bajo la co-presidencia de su eminencia el metropolita John Zizioulas, con los delegados de todas las Iglesias ortodoxas en la antigua y famosa ciudad de Rávena, ilustre símbolo de la unidad entre Oriente y Occidente durante el primer milenio. Pudimos elaborar una Declaración conjunta que con razón se puede definir un primer paso y una buena base sólida para un diálogo ulterior encaminado a restablecer la unidad en el tercer milenio, recién comenzado. Nos sentimos profundamente agradecidos a Dios, dador de todo bien, y a todos los miembros de la Comisión conjunta, por este importante resultado.

Nos entristece y aflige profundamente haber observado que en esa mesa había un puesto vacío. Pedimos que se haga todo lo posible para llenar de nuevo ese vacío, a fin de que la próxima vez podamos todos volver a la mesa común de nuestros debates fraternos y todos puedan dar su contribución a la unidad y a la paz.

Nos alegramos, hace dos semanas, cuando usted, Santidad, se reunió de nuevo con el Papa Benedicto XVI, juntamente con muchos otros eminentes líderes religiosos, durante el encuentro de Nápoles sobre la amistad y la reconciliación entre religiones y naciones.

Sí, la unidad de todos los discípulos de Cristo es necesaria si queremos dar un testimonio cristiano común de no violencia, tolerancia, respeto mutuo, justicia y paz, que tanto necesita el mundo. Ya es una gran bendición el hecho de tener todos el deseo de cooperar para alcanzar este sagrado objetivo y para el bien de la humanidad entera.

En este sentido y con estos sentimientos de gratitud y alegría, deseo hacerme humilde mensajero de los saludos que Su Santidad el Papa Benedicto XVI le ha dirigido, Santidad, en una carta que tengo ahora el honor de leer a esta eminente asamblea.

 

 

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