EL DON DE LA AUTORIDAD
(1)
(La autoridad en la Iglesia III)
Relación de la Comisión Internacional Anglicano-Católica
Romana (ARCIC II) 1999 (2)
PREFACIO
Por los copresidentes
Una primera búsqueda de la unidad visible plena entre la Comunión Anglicana
y la Iglesia Católica se inició hace treinta años en el histórico encuentro
en Roma entre el Arzobispo Ramsey y el Papa Pablo VI. La Comisión establecida
para preparar el diálogo reconoció, en su Relación de Malta de 1968,
que una de las “tareas más importantes y urgentes” sería examinar la
cuestión de la autoridad. En este sentido, esta cuestión se encuentra en el
corazón de nuestras tristes divisiones.
Cuando se publicó la Relación Final de ARCIC en 1981, la mitad de su
contenido estaba dedicada al diálogo sobre la autoridad en la Iglesia, con dos
declaraciones de acuerdo y una aclaración. Esto constituía una base importante
que preparaba el camino hacia una mayor convergencia. Las respuestas oficiales
en 1988 de la Conferencia de Lambeth, de la Comunión Anglicana y la Iglesia Católica
en 1991, animaron a la Comisión a seguir adelante con el “notable progreso”
que ya se había conseguido. En consonancia con esto, la ARCIC ofrece ahora esta
ulterior declaración de acuerdo: El don de la Autoridad.
Una imagen de la Escritura es la clave de esta declaración. En el capítulo
primero de la segunda carta a los Corintios, Pablo escribe sobre el “sí” de
Dios a la humanidad y nuestra respuesta “amén” a Dios, dados ambos en
Jesucristo (cf. 2 Cor 1,19-20). La autoridad, don de Dios a su Iglesia,
está al servicio del “sí” de Dios a su pueblo y del “amén” de éste.
Se invita al lector a seguir la senda que llevó a la Comisión a sus
conclusiones. Estas son el fruto de cinco años de diálogo, de escucha
paciente, de estudio y oración juntos. La declaración planteará, esperamos,
una mayor reflexión teológica; sus conclusiones presentan un desafío a
nuestras dos Iglesias, especialmente en relación con el tema crucial del
primado universal. La autoridad trata de cómo la Iglesia enseña, actúa y
adopta decisiones doctrinales en fidelidad al Evangelio, de modo que el acuerdo
real sobre la autoridad no puede ser teórico. Si esta declaración puede
contribuir a la reconciliación de la Comunión Anglicana y la Iglesia Católica
y es aceptada, requerirá una respuesta en la vida y en los hechos.
Han sucedido muchas cosas en estos años para profundizar en nuestro
conocimiento de los otros como hermanos y hermanas en Cristo. Aún nuestro
camino hacia la unidad plena, visible, se prevé como más largo de lo que
algunos piensan y muchos esperan. Hemos encontrado serios obstáculos que
dificultan el progreso. En esta etapa, el trabajo perseverante, concienzudo, de
diálogo, es vital. El actual Arzobispo de Cantorbery, el Dr. George Carey y el
Papa Juan Pablo II declararon francamente la necesidad de este trabajo sobre la
autoridad cuando se reunieron en 1996: “Sin acuerdo en esta área no habremos
logrado la plena unidad visible a la que nos habíamos comprometido”.
Rogamos que Dios haga posible que el trabajo de la Comisión contribuya al
fin que todos deseamos: la sanación de nuestras divisiones, de modo que juntos
podamos decir un unido “‘amén’ a la gloria de Dios” (2 Cor
1,20).
CORMAC MURPHY-O´CONNOR
MARK SANTER
Palazzola. En la fiesta de San Gregorio Magno,
3 de Septiembre de 1998
EL DON DE LA AUTORIDAD
(La autoridad en la Iglesia III)
I. INTRODUCCIÓN
1. El diálogo entre Anglicanos y Católicos ha mostrado significativos
signos de progreso en torno a la cuestión de la autoridad en la Iglesia. Este
progreso puede verse ya en la convergencia sobre la comprensión de la autoridad
lograda por las declaraciones previas de ARCIC, especialmente:
- reconocimiento de que el Espíritu del Señor resucitado mantiene al
pueblo de Dios en obediencia a la voluntad del Padre. Mediante esta acción
del Espíritu Santo la autoridad del Señor actúa en la Iglesia (cf. Relación
Final, La Autoridad en la Iglesia I,3)(3);
- reconocimiento de que por su bautismo y su participación en el sensus
fidelium el laicado representa una parte integrante en las tomas de
decisión en la Iglesia (cf. La Autoridad en la Iglesia: Aclaración,
4);
- la complementariedad de primado y conciliaridad como elementos de episcopé
dentro de la Iglesia (cf. La Autoridad en la Iglesia I,22);
- la necesidad de una primacía universal ejercida por el Obispo de Roma
como un signo y salvaguarda de la unidad dentro de una Iglesia re-unida (cf.
La Autoridad en la Iglesia II,9);
- la necesidad de un primado universal que ejerza su ministerio en asociación
colegiada con los otros Obispos (cf. La Autoridad en la Iglesia
II,19);
- una comprensión del primado universal y la conciliaridad que complemente
y no suplante el ejercicio de la episcopé en las Iglesias locales
(cf. La Autoridad en la Iglesia I, 21-23;. La Autoridad en la
Iglesia II,19).
2. Esta convergencia ha sido oficialmente señalada por las autoridades de la
Comunión Anglicana y la Iglesia Católica Romana. La Conferencia de Lambeth,
reunida en 1988, no sólo vio los acuerdos de la ARCIC sobre doctrina eucarística
y ministerio y ordenación como congruentes en sustancia con la fe de los
Anglicanos (Resolución 8,1) sino que afirmó que las declaraciones de
acuerdo sobre la autoridad en la Iglesia proporcionaban una base para un diálogo
más amplio (Resolución 8,3). De modo similar, la Santa Sede, en su
respuesta oficial de 1991, al reconocer áreas de acuerdo sobre cuestiones muy
importantes para la fe de la Iglesia Católica, tales como la Eucaristía y el
ministerio de la Iglesia, señaló los signos de convergencia entre nuestras dos
comuniones sobre la cuestión de la autoridad en la Iglesia, indicando que esto
abría el camino para un mayor progreso.
3. No obstante, las autoridades de nuestras dos comuniones han pedido una
mayor exploración de áreas en las que, aunque ya existe convergencia, creen
que no se ha conseguido aún el necesario consenso. Estas áreas incluyen:
- la relación entre Escritura, Tradición y el ejercicio de la autoridad
magisterial;
- colegialidad, conciliaridad y el papel del laicado en la toma de
decisiones;
- el ministerio petrino de primacía universal en relación con la Escritura
y la Tradición.
Aunque se han realizado progresos, han surgido serias dificultades en el
camino hacia la unidad. Han aparecido agudos problemas relativos a la autoridad
para cada una de nuestras comuniones. Por ejemplo, los debates y decisiones
sobre la ordenación de mujeres han llevado a cuestiones sobre las fuentes y
estructuras de la autoridad y sobre cómo funcionan para Anglicanos y Católicos.
4. En ambas comuniones la exploración de cómo debería ser ejercida la
autoridad a diferentes niveles se ha abierto a las perspectivas de otras
Iglesias sobre estos temas. Por ejemplo, el Informe de Virginia de la
Comisión Teológica y Doctrinal interanglicana (preparado para la Conferencia
de Lambeth de 1998) declara: “La larga historia del compromiso ecuménico,
tanto local como internacional, nos ha mostrado que el discernimiento anglicano
y la toma de decisiones deben tener en cuenta las intuiciones sobre la verdad y
la sabiduría guiada por el Espíritu de nuestros interlocutores ecuménicos. Más
aún, cualquier decisión que adoptemos deberá ser ofrecida para el
discernimiento de la Iglesia universal” (Informe de Virginia 6,37).
También el Papa Juan Pablo II, en su Encíclica Ut Unum Sint invitaba a
dirigentes y teólogos de otras Iglesias a comprometerse con él en un diálogo
fraterno sobre cómo el ministerio particular de unidad del Obispo de Roma debería
ser ejercido en una situación nueva (cf. Ut Unum Sint 95-96).
5. Existe un amplio debate sobre la naturaleza y el ejercicio de la autoridad
en ambas Iglesias y en la sociedad en general. Anglicanos y Católicos quieren
dar testimonio ante las Iglesias y el mundo de que la autoridad, correctamente
ejercida, es un don de Dios que trae la reconciliación y la paz a la humanidad.
El ejercicio de la autoridad puede ser opresor y destructivo. Puede, sin duda,
serlo muchas veces tanto en las sociedades humanas como en las Iglesias cuando
adoptan sin sentido crítico ciertos modelos de autoridad. El ejercicio de la
autoridad en el ministerio de Jesús muestra un camino diferente. Es en
conformidad con el pensamiento y ejemplo de Cristo como la Iglesia está llamada
a ejercer la autoridad (cf. Lc 22,24-27; Jn 13,14-15; Fil
2,1-11). Para el ejercicio de esta autoridad la Iglesia ha sido dotada por el
Espíritu Santo con diversos dones y ministerios (cf. 1 Cor 12,4-11; Ef
4,11-12).
6. Desde el comienzo de este trabajo, la ARCIC consideró las cuestiones de
la enseñanza de la Iglesia o su práctica en el contexto de nuestra real pero
imperfecta comunión en Cristo y la unidad visible a la que hemos sido llamados.
La Comisión ha pretendido siempre situarse ante posturas opuestas y enfrentadas
para descubrir y desarrollar nuestra herencia común. Edificando sobre el
trabajo previo de la ARCIC, la Comisión ofrece una ulterior declaración sobre
cómo el don de la autoridad, correctamente ejercido, permite a la Iglesia
permanecer en obediencia al Espíritu Santo, que la mantiene fiel en el servicio
del Evangelio para la salvación del mundo. Deseamos mostrar más claramente cómo
el ejercicio y la aceptación de la autoridad en la Iglesia es inseparable de la
respuesta de los creyentes al Evangelio, cómo está en relación con la
interacción dinámica de Escritura y Tradición, y cómo se expresa y
experimenta en la comunión de las Iglesias y la colegialidad de sus Obispos. A
la luz de estas intuiciones hemos llegado a una profunda comprensión de una
primacía universal que sirva a la unidad de todas las Iglesias locales.
II. LA AUTORIDAD EN LA IGLESIA
Jesucristo: el “sí” de Dios a nosotros y nuestro “amén” a
Dios
7. Dios es el autor de la vida. Mediante su Palabra y Espíritu, en perfecta
libertad, Dios llama la vida a la existencia. A pesar del pecado humano, Dios,
en fidelidad perfecta, sigue siendo el autor de la esperanza de vida nueva para
todos. En la obra redentora de Jesucristo Dios renueva su promesa a su creación,
porque “el plan de Dios es llevar a todo el pueblo a la comunión con él en
una creación transformada” (ARCIC, La Iglesia como comunión, 16)(4).
El Espíritu de Dios sigue actuando en la creación y redención para llevar su
plan de reconciliación y unidad a su cumplimiento. La raíz de toda autoridad
verdadera es la actividad del Dios trino que es el autor de la vida en toda su
plenitud.
8. La autoridad de Jesucristo es la del “testigo fiel”, el “amén”
(cf. Ap 1,5; 3,14) en el que todas las promesas de Dios encuentran su
“sí”. Cuando Pablo tiene que defender la autoridad de su enseñanza lo hace
apuntando a la autoridad fidedigna de Dios: “¡Por la fidelidad de Dios!, que
la palabra que os dirigimos no es sí y no. Porque el Hijo de Dios, Cristo Jesús,
a quien os predicamos ..., no fue sí y no; en él no hubo más que Sí. Pues
todas las promesas hechas por Dios han tenido su sí en él; y por eso decimos
por él «Amén» a la gloria de Dios” (2 Cor 1,18-20). Pablo habla del
“sí” de Dios a nosotros y el “amén” de la Iglesia a Dios. En
Jesucristo, Hijo de Dios y nacido de una mujer, el “sí” de Dios a la
humanidad y el “amén” de la humanidad a Dios se convierte en una realidad
humana concreta. Este tema del “sí” de Dios y el “amén” de la
humanidad en Jesucristo es la clave de la exposición de la autoridad en esta
declaración.
9. En la vida y ministerio de Jesús, que vino a hacer la voluntad del Padre
(cf. Heb 10,5-10) hasta la muerte (cf. Fil 2,8; Jn 10,18), Dios
proporciona el “amén” humano perfecto para su plan de reconciliación. En
su vida, Jesús expresó su dedicación total al Padre (cf. Jn 5,19). El
modo en que Jesús ejerció la autoridad en su ministerio en la tierra fue
percibido por sus contemporáneos como algo nuevo. Fue reconocida en su poderosa
enseñanza y en su palabra de curación y liberación (cf. Mt 7,28-29; Mc
1,22-27). Sobre todo, su autoridad se demostró en su servicio de autodonación
en amor sacrificial (cf. Mc 10,45). Jesús habló y actuó con autoridad
por su perfecta comunión con el Padre. Su autoridad viene del Padre (cf. Mt
11,27; Jn 14,10-12 ). Es al Señor Resucitado al que se concede toda
autoridad en el cielo y en la tierra (cf. Mt 28,18). Jesucristo ahora
vive y reina con el Padre, en la unidad del Espíritu: es la Cabeza de su
Cuerpo, la Iglesia, y Señor de toda la Creación (cf. Ef 1,18-23).
10. La obediencia de Jesucristo, fuente de vida, exige por medio del Espíritu
nuestro “amén” a Dios Padre. En este “amén” por medio de Cristo
glorificamos a Dios, que concede el Espíritu a nuestros corazones como una señal
de su fidelidad (cf. 2 Cor 1,20-22). Estamos llamados en Cristo a dar
testimonio del plan de Dios (cf. Lc 24,46-49), un testimonio que debe
incluir también para nosotros la obediencia hasta la muerte. En Cristo la
obediencia no es una carga (cf. 1 Jn 5,3). Surge a partir de la liberación
dada por el Espíritu de Dios. El divino “sí” y nuestro “amén”
aparecen claramente en el bautismo cuando en compañía de los fieles decimos
“amén” a la obra de Dios en Cristo. Por el Espíritu, nuestro “amén”
como creyentes se incorpora al “amén” de Cristo, por quien, con quien y en
quien damos culto al Padre.
El “amén” del creyente en el “amén” de la Iglesia local
11. El Evangelio llega al pueblo de muchas maneras: el testimonio y la vida
de los padres o de otro cristiano, la lectura de las Escrituras, la participación
en la liturgia, o a través de alguna otra experiencia espiritual. También la
aceptación del Evangelio reviste diversas formas: el hecho de ser bautizado, la
renovación del compromiso, la decisión de permanecer fiel, o actos de entrega
a los necesitados. En estas acciones la persona dice: “ciertamente, Jesucristo
es mi Señor: él es para mí salvación, fuente de esperanza, el
verdadero rostro del Dios vivo”.
12. Cuando un creyente dice “amén” a Cristo individualmente, siempre está
incluida una dimensión más amplia: un “amén” a la fe de la comunidad
cristiana. La persona que recibe el bautismo debe llegar a conocer la implicación
plena del hecho de participar en la vida divina dentro del Cuerpo de Cristo. El
“amén” del creyente a Cristo se hace más completo cuando esta persona
recibe todo lo que la Iglesia, en fidelidad a la Palabra de Dios, afirma que es
el contenido auténtico de la revelación divina. De este modo el “amén”
dicho a lo que Cristo es para cada creyente se incorpora al “amén”
que la Iglesia dice a lo que Cristo es para su Cuerpo. Crecer en esta fe
puede ser para algunos una experiencia de cuestionamiento y lucha. Para todos es
una experiencia en la que la integridad de la conciencia del creyente debe jugar
un papel importante. El “amén” del creyente a Cristo es tan fundamental que
los cristianos individuales mediante su vida están llamados a decir “amén”
a todo lo que la entera comunidad de cristianos recibe y enseña como el auténtico
significado del Evangelio y del modo de seguir a Cristo.
13. Los creyentes siguen a Cristo en comunión con otros cristianos en su
Iglesia local (cf. La Autoridad en la Iglesia I, 8, donde se explica que
“la unidad de las comunidades locales bajo la autoridad de un Obispo
constituye lo que comúnmente se llama en nuestras dos comuniones como ‘una
Iglesia local’”). En la Iglesia local participan en la vida cristiana,
encontrando juntos la guía para la formación de su conciencia y la fuerza para
hacer frente a sus dificultades. Están sostenidos por los medios de gracia que
Dios proporciona a su pueblo: la Sagrada Escritura, expuesta en la predicación,
catequesis y credos; los sacramentos; el servicio del ministerio ordenado; la
vida de oración y culto común; el testimonio de los santos. El creyente es
incorporado a un “amén” de fe, más antiguo, más profundo, más extenso y
más rico que el “amén” individual al Evangelio. Así la relación entre la
fe del individuo y la fe de la Iglesia es más compleja de lo que muchas veces
aparece. Cada bautizado participa de la rica experiencia de la Iglesia, la cual,
aun cuando se debate en cuestiones contemporáneas, sigue proclamando lo que
Cristo es para su Cuerpo. Cada creyente, por la gracia del Espíritu,
junto con todos los creyentes de todo tiempo y lugar, hereda esta fe de la
Iglesia en la comunión de los santos. Los creyentes viven entonces un doble
“amén” en la continuidad de culto, enseñanza y práctica de su Iglesia
local. Esta Iglesia local es una comunidad eucarística. En el centro de su vida
está la celebración de la Sagrada Eucaristía en la que todos los creyentes
oyen y reciben el “sí” de Dios a ellos en Cristo. En la “Gran Acción de
Gracias”, cuando se celebra el memorial del don de Dios en la obra salvadora
de Cristo crucificado y resucitado, la comunidad es una con todos los cristianos
y todas las Iglesias que desde el principio y hasta el fin pronuncian el “amén”
de la humanidad a Dios; el “amén” que el Apocalipsis afirma que está en el
corazón de la gran liturgia del cielo (cf. Ap 5,14; 7,12).
Tradición y Apostolicidad: el “amén” de la Iglesia local en
la comunión de las Iglesias
14. El “sí” de Dios manda e invita al “amén” de los creyentes. La
Palabra revelada, de la que la comunidad apostólica da testimonio en el origen,
es recibida y comunicada mediante la vida de toda la comunidad cristiana. La
Tradición (paradosis) remite a este proceso(5). El Evangelio de Cristo
crucificado y resucitado es continuamente transmitido y recibido (cf. 1 Cor
15,13) en las Iglesias cristianas. Esta tradición, o transmisión, del
Evangelio es la obra del Espíritu, especialmente mediante el ministerio de la
Palabra y el Sacramento en la vida común del pueblo de Dios. La Tradición es
un proceso dinámico, que comunica a cada generación lo que fue entregado de
una vez para siempre a la comunidad apostólica. La Tradición va más allá de
la transmisión de proposiciones verdaderas relativas a la salvación. Una
comprensión minimalista de la Tradición que la redujera a un almacén de
doctrina y decisiones eclesiales es insuficiente. La Iglesia recibe, y debe
transmitir, todos aquellos elementos que son constitutivos de la comunión
eclesial: bautismo, confesión de fe apostólica, celebración de la eucaristía,
guía de un ministerio apostólico (cf. La Iglesia como Comunión 15,43).
En la economía (oikonomia) del amor de Dios por la humanidad, la Palabra
que se hace carne y habita entre nosotros está en el centro de lo que fue
transmitido desde el comienzo y será transmitido hasta el fin.
15. La Tradición es un canal del amor de Dios, que lo hace accesible hoy en
la Iglesia y en el mundo. A través de él, de una generación a otra, y desde
un lugar a otro, la humanidad participa de la comunión en la Santísima
Trinidad. Mediante el proceso de la tradición, la Iglesia administra la gracia
del Señor Jesucristo y la koinonia del Espíritu Santo (cf. 2 Cor
13,14). Por tanto, la Tradición es esencial para la economía de gracia, amor y
comunión. Para aquellos que tienen oídos y no oyen y tienen ojos y no ven, el
momento de recibir el Evangelio salvador es una experiencia de iluminación,
perdón, curación, liberación. Los que participan en la comunión del
Evangelio no pueden dejar de transmitirlo a los otros, aunque esto signifique el
martirio. La Tradición es a la vez un tesoro que debe ser recibido por el
pueblo de Dios y un don que debe ser compartido con toda la humanidad.
16. La Tradición apostólica es un don de Dios que debe ser constantemente
renovado. Por medio de ella, el Espíritu Santo forma, mantiene y sostiene la
comunión de las Iglesias locales de una generación a la siguiente. La
transmisión y recepción de la Tradición apostólica es un acto de comunión
en el que el Espíritu une a las Iglesias locales de nuestros días con las que
las han precedido en la única fe apostólica. El proceso de la tradición entraña
la recepción constante y permanente y la comunicación de la Palabra de Dios
revelada en muchas circunstancias diferentes y en tiempos permanentemente en
cambio. El “amén” de la Iglesia a la Tradición apostólica es fruto del
Espíritu que constantemente guía a los discípulos a la verdad plena; esto es,
a Cristo que es el camino, la verdad y la vida (cf. Jn 16,13; 14,6).
17. La Tradición expresa la apostolicidad de la Iglesia. Lo que los apóstoles
recibieron y proclamaron se encuentra ahora en la Tradición de la Iglesia, en
la que se predica la Palabra de Dios y se celebran los sacramentos de Cristo en
el poder del Espíritu Santo. Las Iglesias hoy tienen el compromiso de recibir
la única Tradición apostólica viva, para ordenar su vida de acuerdo con ella
y transmitirla de tal manera que el Cristo que viene en gloria encuentre al
pueblo de Dios confesando y viviendo la fe confiada de una vez para siempre a
los santos (cf. Judas 3).
18. La Tradición da testimonio de la comunidad apostólica presente en la
Iglesia hoy mediante su memoria colectiva. Mediante la proclamación de
la Palabra y la celebración de los sacramentos el Espíritu Santo abre los
corazones de los creyentes y les revela al Señor resucitado. El Espíritu,
activo en el acontecimiento de una vez para siempre del ministerio de Jesús,
sigue enseñando a la Iglesia, recordándole lo que Cristo hizo y dijo, haciendo
presentes los frutos de su obra redentora y la primicia del reino (cf. Jn
2,22; 14,26). La finalidad de la Tradición llega a su cumplimiento cuando, por
el Espíritu, la Palabra es recibida y vivida en fe y esperanza. El testimonio
de la proclamación, los sacramentos y la vida en comunión es, en un único y
mismo tiempo, el contenido de la Tradición y su resultado. Así la memoria da
fruto en la vida fiel de los creyentes dentro de la comunión de su Iglesia
local.
Las Sagradas Escrituras: el “sí” de Dios y el “amén” del
pueblo de Dios
19. Dentro de la Tradición las Escrituras ocupan un lugar único y normativo
y pertenecen a lo que fue dado de una vez para siempre. Como testimonio escrito
del “sí” de Dios exigen a la Iglesia que confronte constantemente su enseñanza,
predicación y acción con ellas. “Ya que las Escrituras son el único y
excepcional testigo inspirado de la revelación divina, se debe examinar la
expresión eclesial de tal revelación acerca de su acuerdo con la Escritura”
(La Autoridad en la Iglesia: Aclaración , 2). Mediante las Escrituras la
revelación de Dios se hace presente y se transmite en la vida de la Iglesia. El
“sí” de Dios es reconocido en y por medio del “amén” de la Iglesia, la
cual recibe la auténtica revelación de Dios. Al recibir ciertos textos como
testimonios verdaderos de la revelación divina, la Iglesia identifica sus
Sagradas Escrituras. Ve solamente este corpus como la Palabra inspirada
de Dios escrita y, como tal, con autoridad única.
20. Las Escrituras aglutinan diversas corrientes de tradiciones judías y
cristianas. Estas tradiciones revelan el modo en que la Palabra de Dios ha sido
recibida, interpretada y transmitida en contextos específicos de acuerdo con
las necesidades, la cultura, y las circunstancias del pueblo de Dios. Contienen
la revelación por parte Dios de su designio salvífico que fue realizado en
Jesucristo y experimentado en las primeras comunidades cristianas. En estas
comunidades el “sí” de Dios fue recibido de un modo nuevo. En el Nuevo
Testamento podemos ver cómo las Escrituras del Primer Testamento fueron
recibidas como revelación del único Dios verdadero y de este modo
reinterpretadas y recibidas de nuevo como revelación de su Palabra final en
Cristo.
21. Todos los escritores del Nuevo Testamento estuvieron influidos por la
experiencia de sus propias comunidades locales. Lo que transmitieron, con su
propio talento e intuiciones teológicas, registra aquellos elementos del
Evangelio que las Iglesias de su tiempo y en sus diferentes situaciones
guardaron en su memoria. La enseñanza de Pablo sobre el Cuerpo de Cristo, por
ejemplo, debe mucho a los problemas y divisiones de la Iglesia local en Corinto.
Cuando Pablo habla sobre “ese poder nuestro que el Señor nos dio para
edificación vuestra y no para ruina” (2 Cor 10,8) lo hace en el
contexto de su turbulenta relación con la Iglesia de Corinto. Incluso en las
afirmaciones centrales de nuestra fe hay a menudo un claro eco de la concreta y
a veces dramática situación de una Iglesia local o de un grupo de Iglesias
locales, a las que debemos su fiel transmisión de la Tradición apostólica. El
énfasis en la literatura joánica sobre la presencia del Señor en la carne de
un cuerpo humano, que podría ser visto y tocado antes y después de la
resurrección (cf. Jn 20,27; 1 Jn 4,2), está vinculado al
conflicto en las comunidades joánicas sobre este tema. Mediante el esfuerzo de
las comunidades particulares en momentos concretos por discernir la Palabra de
Dios para ellas, es como tenemos en la Escritura un registro autorizado de la
Tradición apostólica que debe pasar de una generación a otra y de una Iglesia
a otra y al que los fieles deben decir “amén” .
22. La formación del canon de las Escrituras fue una parte esencial del
proceso de tradición. El reconocimiento de la Iglesia de estas Escrituras como
canónicas, tras un largo período de discernimiento crítico, fue al mismo
tiempo un acto de obediencia y de autoridad. Fue un acto de obediencia en
el que la Iglesia discernió y recibió el “sí” dador de vida de Dios por
medio de las Escrituras, aceptándolas como la norma de fe. Fue un acto de autoridad
en el que la Iglesia, bajo la guía del Espíritu Santo, recibió y
transmitió estos textos, declarando que estaban inspirados y que los demás no
debían ser incluidos en el canon.
23. El significado del Evangelio de Dios revelado es comprendido plenamente sólo
dentro de la Iglesia. La revelación de Dios ha sido confiada a la comunidad. La
Iglesia no puede ser descrita con propiedad como un conjunto de creyentes
individuales, ni puede considerarse su fe como la suma de las creencias de los
individuos. Los creyentes forman, juntos, el pueblo de la fe, porque han sido
incorporados por el bautismo a una comunidad que recibe las Escrituras canónicas
como la auténtica Palabra de Dios; reciben la fe en el interior de esta
comunidad. La fe de la comunidad precede a la fe del individuo. Así aunque el
recorrido de fe de una persona puede empezar con la lectura individual de la
Escritura no puede permanecer ahí. La interpretación individualista de las
Escrituras no es acorde con la lectura del texto dentro de la vida de la Iglesia
y es incompatible con la naturaleza de la autoridad de la Palabra de Dios
revelada (cf. 2 Pe 1,20-21). Palabra de Dios e Iglesia de Dios no pueden
ser separadas.
Recepción y re-recepción: el “amén” de la Iglesia a la Palabra
de Dios
24. A lo largo de los siglos, la Iglesia recibe y reconoce como don gratuito
de Dios todo lo que reconoce como expresión verdadera de la Tradición que fue
entregada de una vez para siempre a los Apóstoles. Esta recepción es, en un único
y mismo tiempo, un acto de fidelidad y libertad. La Iglesia debe permanecer fiel
de modo que el Cristo que viene en gloria reconozca en la Iglesia la comunidad
que fundó; debe permanecer libre para recibir la Tradición apostólica de
modos nuevos, de acuerdo con las situaciones a las que se ve enfrentada. La
Iglesia tiene la responsabilidad de transmitir la totalidad de la Tradición
apostólica, aunque puede haber partes que resulten difíciles de integrar en su
vida y su culto. Puede ser que lo que tenía un gran significado para una
primera generación vuelva a ser importante en el futuro aunque su importancia
no esté clara en el presente.
25. En la Iglesia la memoria del pueblo de Dios puede ser afectada o incluso
distorsionada por la finitud y el pecado humanos. A pesar de la prometida
asistencia del Espíritu Santo, las Iglesias algunas veces pierden de vista
aspectos de la Tradición apostólica, fallando en el discernimiento de la visión
plena del Reino de Dios a la luz de la cual buscamos seguir a Cristo. Las
Iglesias sufren cuando algún elemento de la comunión eclesial ha sido
olvidado, despreciado o se ha abusado de él. El recurrir de nuevo a la Tradición
en una situación nueva es el medio por el que se recuerda la revelación de
Dios en Cristo. La Tradición se ve asistida por las intuiciones de los
biblistas y teólogos y la sabiduría de los santos. Así, se da un
redescubrimiento de elementos que fueron descuidados y una rememoración nueva
de las promesas de Dios, que lleva a la renovación del “amén” de la
Iglesia. Se puede dar también un examen de lo que ha sido recibido porque
algunas de las formulaciones de la Tradición han sido vistas como inadecuadas o
incluso engañosas en un nuevo contexto. Todo este proceso puede denominarse
como re-recepción.
Catolicidad: el “amén” de la Iglesia entera
26. La comunión en la Tradición apostólica tiene dos dimensiones: diacrónica
y sincrónica. El proceso de tradición entraña claramente la transmisión del
Evangelio de una generación a otra (diacrónica). Si la Iglesia debe permanecer
unida en la verdad, esto también entraña la comunión de las Iglesias en todos
los lugares en este único Evangelio (sincrónica). Ambas son necesarias para la
catolicidad de la Iglesia. Cristo promete que el Espíritu Santo preservará la
verdad esencial y salvadora en la memoria de la Iglesia, dándole poder para su
misión (cf. Jn 14,26; 15,26-27). Esta verdad debe ser transmitida y
recibida de nuevo por el fiel en todas las épocas y en todos los lugares del
mundo, en respuesta a la diversidad y complejidad de la experiencia humana. No
existe ninguna parte de la humanidad, raza, condición social, generación, a la
que no esté dirigida esta salvación, comunicada en la transmisión de la
Palabra de Dios (cf. La Iglesia como Comunión , 34).
27. En la rica diversidad de la vida humana, el encuentro con la Tradición
viva produce variedad de expresiones del Evangelio. Allí donde las diversas
expresiones son fieles a la Palabra revelada en Jesucristo y transmitida por la
comunidad apostólica, las Iglesias en las que estas diversas expresiones se
encuentran están verdaderamente en comunión. Ciertamente, esta diversidad de
tradiciones es la manifestación práctica de la catolicidad y confirma más que
contradice el vigor de la Tradición. Como Dios ha creado diversidad entre los
seres humanos, así la fidelidad e identidad de la Iglesia no requiere
uniformidad de expresión y formulación en todos los niveles y situaciones,
sino mas bien diversidad católica dentro de la unidad de comunión. Esta
riqueza de tradiciones es un recurso vital para una humanidad reconciliada.
“Los seres humanos fueron creados por Dios en su amor compartiendo unos con
otros lo que tienen y lo que son y enriqueciéndose así unos a otros en su
mutua comunión” (La Iglesia como comunión, 35).
28. El pueblo de Dios como un todo es el portador de la Tradición viva. En
situaciones cambiantes que producen nuevos desafíos al Evangelio, el
discernimiento, actualización y comunicación de la Palabra de Dios es la
responsabilidad de la totalidad del pueblo de Dios. El Espíritu Santo actúa a
través de todos los miembros de la comunidad, utilizando los dones que él da a
cada uno para el bien de todos. Los teólogos especialmente sirven a la comunión
de la Iglesia entera explorando si y cómo se deberían integrar las nuevas
ideas en la corriente viva de la Tradición. En cada comunidad existe un
intercambio, un toma y daca mutuos, en el que Obispos, clero y laicos reciben de
y dan a los otros dentro del cuerpo entero.
29. En cada cristiano que busca ser fiel a Cristo y se ha incorporado
plenamente a la vida de la Iglesia, hay un sensus fidei. Este sensus
fidei puede ser descrito como una capacidad activa para el discernimiento
espiritual, una intuición que se ha formado mediante el culto y la vida en
comunión como miembro fiel de la Iglesia. Cuando esta capacidad es ejercida en
armonía por el cuerpo de los fieles podemos hablar del ejercicio del sensus
fidelium (cf. La Autoridad en la Iglesia: Aclaración, 3-4). El
ejercicio del sensus fidei por cada miembro de la Iglesia contribuye a la
formación del sensus fidelium mediante el cual, la Iglesia como un todo
permanece fiel a Cristo. Por el sensus fidelium el cuerpo entero
contribuye con, recibe de y atesora, el ministerio de aquellos que dentro de la
comunidad ejercen la episcopé, velando por la memoria viva de la Iglesia
(cf. La Autoridad en la Iglesia, 1,5-6). De diversos modos el
“amén” del creyente individual se incorpora así al “amén” de la
Iglesia entera.
30. Los que ejercen la episcopé en el Cuerpo de Cristo no deben ser
separados de la ‘sinfonía’ de todo el pueblo de Dios en el que tienen un
papel que jugar. Necesitan estar atentos al sensus fidelium del que
participan, si es que quieren ser conscientes de aquello que es necesario para
el bienestar y misión de la comunidad, o de cuándo algún elemento de la
Tradición debe ser recibido de un modo nuevo. El carisma y función de la episcopé
están específicamente conectados con el ministerio de memoria, que
constantemente renueva a la Iglesia en esperanza. Mediante este ministerio el
Espíritu Santo mantiene viva en la Iglesia la memoria de lo que Dios hizo y
reveló, y la esperanza de que Dios quiere llevar a todas las cosas a la unidad
en Cristo. De este modo, no sólo de generación en generación, sino también
de lugar en lugar, la única fe es comunicada y vivida. Este es el ministerio
ejercido por el Obispo y por las personas ordenadas bajo el cuidado del Obispo,
cuando proclaman la Palabra, administran los Sacramentos, y asumen su papel de
administrar la disciplina para el bien común. Los Obispos, el clero y los otros
fieles deben todos reconocer y recibir aquello que Dios da por medio del otro.
Así, el sensus fidelium del pueblo de Dios y el ministerio de memoria
existen juntos en una relación recíproca.
31. Anglicanos y Católicos están de acuerdo en principio sobre todo lo
anteriormente dicho, pero necesitan hacer un esfuerzo consciente para recuperar
esta comprensión compartida. Cuando las comunidades cristianas están en comunión
real pero imperfecta, están llamadas a reconocer una en la otra elementos de la
Tradición apostólica que pueden haber rechazado, olvidado o que todavía no
han comprendido plenamente. En consecuencia, tienen que recibir o recuperar
estos elementos y reconsiderar los modos en que han interpretado por separado
las Escrituras. Su vida en Cristo se enriquece cuando dan a y reciben una de
otra. Crecen en comprensión y experiencia de su catolicidad cuando el sensus
fidelium y el ministerio de memoria interactúan en la comunión de
creyentes. En esta economía de dar y recibir dentro de una comunión real pero
imperfecta, se acercan más a una participación indivisa en el único “amén”
de Cristo” para la gloria de Dios.
III. EL EJERCICIO DE LA AUTORIDAD EN LA IGLESIA
Proclamación del Evangelio: el ejercicio de la autoridad para la misión
y la unidad
32. La autoridad que Jesús otorgó a sus discípulos era, ante todo, la
autoridad para la misión, para predicar y sanar (cf. Lc 9,1-2, 10,1). El
Cristo resucitado les dio poder para extender el Evangelio a todo el mundo (cf. Mt
28,18-20). En la primitiva Iglesia, la predicación de la Palabra de Dios en el
poder del Espíritu era vista como la característica definitoria de la
autoridad apostólica (cf. 1 Cor 1,17; 2,4-5). En la proclamación de
Cristo crucificado, el “sí” de Dios a la humanidad se hizo realidad
presente e invitó a todos a responder con su “Amén”. Así el ejercicio de
la autoridad ministerial dentro de la Iglesia, sobre todo por aquellos a los que
se ha confiado el ministerio de episcopé, tiene una dimensión
radicalmente misionera. La autoridad es ejercida dentro de la Iglesia por el
bien de los que están fuera, de modo que el Evangelio pueda ser proclamado
“con poder y con el Espíritu Santo y con plena persuasión” (1 Tes
1,5). Esta autoridad permite a toda la Iglesia encarnar el Evangelio y
convertirse en la sierva misionera y profética del Señor.
33. Jesús oró al Padre para que sus seguidores fueran uno “y el mundo
conozca que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí”
(Jn 17,23). Cuando los cristianos no están de acuerdo en el Evangelio
mismo, la predicación de éste, con poder, se debilita. Cuando no son uno en la
fe no pueden ser uno en la vida, y no pueden demostrar plenamente que son fieles
a la voluntad de Dios que es la reconciliación por Cristo de todas las cosas
con el Padre (cf. Col 1,20). En la medida en que la Iglesia no vive como
la comunidad de reconciliación que Dios la ha llamado a ser, no puede de modo
adecuado predicar este Evangelio o proclamar de modo creíble el plan de Dios de
reunir a su pueblo disperso en la unidad con Cristo como Señor y Salvador (cf. Jn
11,52). Sólo cuando todos los creyentes están unidos en la celebración común
de la Eucaristía (cf. La Iglesia como Comunión, 24) será Dios cuyo
plan es llevar a todas las cosas a la unidad en Cristo (cf. Ef 1,10),
verdaderamente glorificado por el pueblo de Dios. El desafío y responsabilidad
para aquellos que tienen autoridad dentro de la Iglesia es ejercer su ministerio
de tal manera que promuevan la unidad de la Iglesia entera en fe y vida, de modo
que enriquezca en vez de disminuir la diversidad legítima de las Iglesias
locales.
Sinodalidad: el ejercicio de la autoridad en comunión
34. En cada Iglesia local todos los fieles están llamados a caminar juntos
en Cristo. El término sinodalidad (derivado de syn-hodos, que
significa “camino común”) indica la manera en que los creyentes y las
Iglesias se mantienen juntos en comunión cuando hacen esto. Expresa su vocación
como pueblo del “Camino” (cf. Hech 9,2) para vivir, trabajar y
caminar juntos en Cristo que es el “Camino” (cf. Jn 14,6). Ellos,
como sus predecesores, siguen a Jesús en el camino (cf. Mc 10,52) hasta
que venga de nuevo.
35. En la comunión de Iglesias locales el Espíritu actúa para modelar cada
Iglesia mediante la gracia de la reconciliación y la comunión en Cristo. Sólo
mediante la actividad del Espíritu la Iglesia local puede ser fiel al “amén”
de Cristo y puede ser enviada al mundo para llevar a todo el pueblo a participar
en este “amén”. Mediante esta presencia del Espíritu la Iglesia local se
mantiene en la Tradición. Recibe y participa de la plenitud de la fe apostólica
y los medios de la gracia. El Espíritu confirma a la Iglesia local en la verdad
de tal manera que su vida encarna la verdad salvadora revelada en Cristo. De
generación en generación la autoridad de la Palabra viva debe hacerse presente
en la Iglesia local mediante todos los aspectos de su vida en el mundo. El modo
en que la autoridad es ejercida en las estructuras y vida corporativa de la
Iglesia debe ser conforme al pensamiento de Cristo (cf. Fil 2,5).
36. El Espíritu de Cristo reviste a cada Obispo de la autoridad pastoral
necesaria para el ejercicio efectivo de la episcopé en una Iglesia
local. Esta autoridad incluye necesariamente responsabilidad para tomar e
implementar las decisiones que se requieren para llevar a cabo el oficio de un
Obispo por el bien de la koinonia. Su naturaleza vinculante está implícita
en la tarea del Obispo de enseñar la fe mediante la proclamación y explicación
de la Palabra de Dios, de proveer a la celebración de los sacramentos y de
mantener a la Iglesia en santidad y verdad. Las decisiones tomadas por el Obispo
al realizar esta tarea tienen una autoridad que el fiel tiene el deber de
recibir y aceptar (cf. La Autoridad en la Iglesia II,17). Por su sensus
fidei los fieles pueden en conciencia reconocer a Dios que actúa en el
ejercicio de autoridad del Obispo y también responderle como creyentes. Esto es
lo que motiva su obediencia, una obediencia de libertad no de esclavitud. La
jurisdicción de los Obispos es una consecuencia de la llamada que han recibido
para guiar a sus Iglesias a un auténtico “amén”; no es un poder arbitrario
dado a una persona sobre la libertad de los otros. En la acción del sensus
fidelium hay una relación complementaria entre el Obispo y el resto de la
comunidad. En la Iglesia local la Eucaristía es la expresión fundamental del
caminar juntos (sinodalidad) del pueblo de Dios. En el diálogo orante, el
presidente conduce al pueblo a dar su “amén” a la plegaria eucarística. En
unidad de fe con su Obispo local, su “amén” es un memorial vivo del gran
“amén” del Señor a la voluntad del Padre.
37. La interdependencia mutua de todas las Iglesias es esencial para la
realidad de la Iglesia como Dios quiere que sea. Ninguna Iglesia local que
participe en la Tradición viva puede verse a sí misma como autosuficiente.
Entonces, son necesarias formas de sinodalidad para manifestar la comunión de
las Iglesias locales y mantener a cada una de ellas en fidelidad al Evangelio.
El ministerio del Obispo es crucial, porque este ministerio sirve de comunión
dentro y entre las Iglesias locales. La comunión de éstas entre sí se expresa
mediante la incorporación de cada Obispo a un colegio de Obispos. Los Obispos
están, personal y colegialmente, al servicio de la comunión y están en relación
con la sinodalidad en todas sus expresiones. Estas expresiones incluyen una gran
variedad de órganos, instrumentos e instituciones, especialmente sínodos o
concilios, locales, provinciales, universales, ecuménicos. El mantenimiento de
la comunión requiere que en cada nivel exista la capacidad de tomar decisiones
adecuadas a ese nivel. Cuando estas decisiones suscitan serias cuestiones para
la comunión más amplia de las Iglesias, la sinodalidad debe encontrar una
expresión mayor.
38. En nuestras dos comuniones, los Obispos se reúnen colegialmente, no como
individuos sino como quienes tienen autoridad dentro y para la vida sinodal de
las Iglesias locales. La consulta a los fieles es un aspecto de la vigilancia
episcopal. Cada Obispo es a la vez una voz para la Iglesia local y alguien
mediante el cual la Iglesia local aprende de las otras Iglesias. Cuando los
Obispos deliberan juntos, buscan a la vez discernir y articular el sensus
fidelium presente en la Iglesia local y en una más amplia comunión de
Iglesias. Su papel es magisterial: es decir, en esta comunión de las Iglesias,
tienen que determinar lo que debe ser enseñado como fiel a la Tradición apostólica.
Católicos y Anglicanos comparten la comprensión de la sinodalidad pero la
expresan de modos diferentes.
39. En la Iglesia de Inglaterra, en la época de la Reforma inglesa la
tradición de sinodalidad se expresó mediante el uso de sínodos (de Obispos o
del clero) y del Parlamento (que incluye a Obispos y laicos) para la organización
de la liturgia, doctrina y constitución eclesial. La autoridad de los Concilios
Generales fue también reconocida. En la Comunión Anglicana, aparecieron nuevas
formas de sínodos durante el siglo XIX y el papel del laicado en la toma de
decisiones se ha incrementado desde esa época. Aunque Obispos, clero y laicos
consultan unos con otros y legislan juntos, la responsabilidad de los Obispos
sigue siendo distinta y crucial. En cada parte de la Comunión Anglicana, los
Obispos poseen una responsabilidad única de vigilancia. Por ejemplo, un sínodo
diocesano puede ser convocado sólo por el Obispo y sus decisiones sólo pueden
ser adoptadas con el consentimiento del Obispo. A nivel provincial y nacional
las “Cámaras de Obispos” ejercen un ministerio distintivo y único en
relación con las materias de doctrina, culto y vida moral. Más aún, aunque
los sínodos anglicanos usan en gran medida procedimientos parlamentarios, su
naturaleza es eucarística. Es por esto que el Obispo como presidente de la
Eucaristía preside con propiedad el sínodo diocesano, que reúne para hacer
presente la obra redentora de Dios mediante la vida y la actividad de la Iglesia
local. Además, cada Obispo no tiene sólo la episcopé de la Iglesia
local sino que participa en el cuidado de todas las Iglesias. Ésta se ejerce en
cada provincia de la Comunión Anglicana con la ayuda de órganos tales como las
Cámaras de Obispos y los Sínodos Provinciales y Generales. En la Comunión
Anglicana en cuanto tal, el Encuentro de Primados, el Consejo Consultivo
Anglicano, la Conferencia de Lambeth y el arzobispado de Canterbory sirven como
instrumentos de sinodalidad.
40. En la Iglesia Católica Romana la tradición de sinodalidad no ha cesado.
Tras la Reforma, siguió habiendo cada cierto tiempo sínodos de Obispos y del
clero en diferentes diócesis y regiones, y a nivel universal han tenido lugar
tres Concilios. Al inicio del siglo XX han surgido reuniones específicas de
Obispos y Conferencias Episcopales como medios de consulta que permiten a las
Iglesias locales de una determinada zona enfrentar juntas las exigencias de su
misión y actuar dentro de las nuevas situaciones pastorales. Desde el Concilio
Vaticano II se han convertido en una estructura regular en naciones y regiones.
En una decisión que recibió el apoyo de los Obispos de este Concilio, el Papa
Pablo VI instituyó el Sínodo de Obispos para que se ocupara de temas relativos
a la misión de la Iglesia en el mundo. La antigua costumbre de visitas ad
limina a las tumbas de los apóstoles Pedro y Pablo y al Obispo de Roma ha
sido renovada por visitas de los Obispos no individualmente sino en grupos
regionales. La costumbre más reciente de visitas del Obispo de Roma a Iglesias
locales ha pretendido fomentar un sentimiento más profundo de pertenencia a la
comunión de Iglesias y ayudarlas a ser más conscientes de la situación de las
otras. Todas estas instituciones sinodales proporcionan la posibilidad de una
creciente conciencia por parte de los Obispos locales y del Obispo de Roma de
los modos de trabajar juntos en una comunión más fuerte. Complementando esta
sinodalidad colegial, el crecimiento en la sinodalidad a nivel local está
promoviendo la participación activa de los laicos en la vida y misión de la
Iglesia local.
Perseverancia en la Verdad: el ejercicio de la autoridad en la enseñanza
41. En cada época los cristianos han dicho “amén” a la promesa de
Cristo de que el Espíritu Santo guiará a su Iglesia a la verdad completa. El
Nuevo Testamento se hace eco con frecuencia de esta promesa refiriéndola al
valor, la seguridad y la certeza a la que los cristianos pueden apelar (cf. Lc
1,4; 1 Tes 2,2; Ef 3,2; Heb 11,1). En su interés por hacer
accesible el Evangelio a todos aquellos que estén abiertos a recibirlo los
encargados del ministerio de la memoria y enseñanza han aceptado nuevas y no
familiares expresiones de fe. Algunas de estas formulaciones inicialmente han
generado duda y desacuerdo sobre su fidelidad a la Tradición apostólica. En el
proceso de prueba de tales formulaciones, la Iglesia se ha movido con cautela
pero con confianza en la promesa de Cristo de que ella perseverará y será
mantenida en la verdad (cf. Mt 16,18; Jn 16,13). Esto es lo que
significa la indefectibilidad de la Iglesia (cf. La Autoridad en la
Iglesia I, 18; La Autoridad en la Iglesia II, 23).
42. En su vida cotidiana la Iglesia busca y recibe la guía del Espíritu
Santo que mantiene su enseñanza fiel a la Tradición apostólica. En el cuerpo
entero, el colegio de Obispos ejerce el ministerio de memoria con este fin.
Tienen que discernir y enseñar en aquello en lo que se puede confiar porque
expresa la verdad de Dios con seguridad. En algunas situaciones, habrá
necesidad urgente de examinar las nuevas formulaciones de fe. En circunstancias
específicas los que tienen el ministerio de vigilancia (episcopé)
asistidos por el Espíritu Santo, pueden llegar juntos a un juicio que, siendo
fiel a la Escritura y acorde con la Tradición apostólica, esté preservado de
error. Con este juicio, que es una expresión renovada del único “sí” de
Dios en Jesucristo, la Iglesia se mantiene en la verdad de modo que puede
continuar ofreciendo su “amén” a la gloria de Dios. Esto es lo que
significa cuando se afirma que la Iglesia puede enseñar infaliblemente
(véase La Autoridad en la Iglesia II, 24-28; 32). Esta enseñanza
infalible está al servicio de la indefectibilidad de la Iglesia.
43. El ejercicio de la autoridad magisterial en la Iglesia, especialmente en
situaciones de desafío, requiere la participación, en sus formas propias, de
todo el cuerpo de creyentes, no sólo de los encargados del ministerio de la
memoria. En esta participación actúa el sensus fidelium. Dado que es la
fidelidad de todo el pueblo de Dios la que está en juego, la recepción de la
enseñanza parte integrante del proceso. Las definiciones doctrinales son
recibidas como normativas en virtud de la verdad divina que proclaman así como
por el oficio específico de la persona o las personas que las proclaman dentro
del sensus fidei de la totalidad del pueblo de Dios. Cuando el pueblo de
Dios responde con la fe y dice “amén” a la enseñanza normativa es porque
reconoce que esta enseñanza expresa la fe apostólica y actúa en la autoridad
y la verdad de Cristo, Cabeza de la Iglesia(6). La verdad y autoridad de su
Cabeza es la fuente de la enseñanza infalible en el Cuerpo de Cristo. El “sí”
de Dios revelado en Cristo es el patrón con el que se juzga esta enseñanza
normativa. Dicha enseñanza tiene que ser bien recibida por el pueblo de Dios
como un don del Espíritu Santo para mantener a la Iglesia en la verdad de
Cristo, nuestro “amén” a Dios.
44. El deber de mantener a la Iglesia en la verdad es una de las funciones
esenciales del colegio episcopal. Tiene el poder para ejercer este ministerio
porque está unido en sucesión a los apóstoles que fueron el cuerpo autorizado
y enviado por Cristo a predicar el Evangelio a todas las naciones. La
autenticidad de la enseñanza de los Obispos individuales es evidente cuando
esta enseñanza es solidaria con la totalidad del colegio episcopal. El
ejercicio de esta autoridad magisterial requiere que lo que enseña sea fiel a
la Sagrada Escritura y acorde con la Tradición apostólica. Ésta ha sido
expresada por la enseñanza del Concilio Vaticano II: “El magisterio no está
por encima de la Palabra de Dios sino a su servicio” (Constitución Dogmática
sobre la divina revelación Dei Verbum, 10).
Primacía: el ejercicio de la autoridad en colegialidad y conciliaridad
45. En el curso de la historia la sinodalidad de la Iglesia se ha conservado
por medio de la autoridad conciliar, colegial y primacial. Formas de primacía
existen tanto en la Comunión Anglicana como en las Iglesias en comunión con el
Obispo de Roma. Entre estas últimas, los oficios del Arzobispo Metropolitano o
el Patriarca de una Iglesia Católica Oriental son primaciales en su naturaleza.
Cada Provincia Anglicana tiene su Primado y los Encuentros de Primados
constituyen la Comunión entera. El Arzobispo de Cantorbery ejerce un ministerio
de primacía en la totalidad de la Comunión Anglicana.
46. La ARCIC ha reconocido ya que “es necesario que el modelo de
complementariedad entre los aspectos primacial y conciliar de la episcopé
al servicio de la koinonía de las Iglesias se realice universalmente”
(La Autoridad en la Iglesia I, 23). Las exigencias de la vida eclesial
piden un ejercicio específico de episcopé al servicio de toda la
Iglesia. En el modelo encontrado en el Nuevo Testamento uno de los doce es
elegido por Jesucristo para fortalecer a los otros, de modo que permanezcan
fieles a su misión y en armonía unos con otros (véanse las discusiones de los
textos petrinos en La Autoridad en la Iglesia II, 2-5). Agustín de
Hipona expresó bien la relación entre Pedro, los demás apóstoles y la
Iglesia entera, cuando dijo:
Después de todo, no es un hombre el que recibe estas llaves, sino la Iglesia
en su unidad. Y ésta es la razón del reconocimiento de la preeminencia de
Pedro que representa la universalidad y unidad de la Iglesia, cuando se le dijo:
A ti encomiendo cuando de hecho había sido encomendado a todos. Yo
quiero mostrar que es la Iglesia la que recibió las llaves del reino de los
cielos. Escuchad lo que el Señor dice en otro lugar a todos los apóstoles:
“Recibid el Espíritu Santo”. E inmediatamente: “a quienes perdonéis los
pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan
retenidos” (Jn 20, 22-23). Esto hace referencia a las llaves, sobre las
cuales se le dijo: “lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo” (Mt
16,19). Pero esto fue dicho a Pedro... Pedro en ese momento representaba a la
Iglesia universal” (Sermones 295, En la fiesta del martirio de los apóstoles
Pedro y Pablo).
La ARCIC también ha explorado previamente la transmisión del ministerio de
primacía ejercido por el Obispo de Roma (cf. La Autoridad en la
Iglesia II, 6-9). Históricamente el Obispo de Roma ha ejercido un
ministerio semejante en beneficio de toda la Iglesia, como cuando León participó
en el Concilio de Calcedonia o en beneficio de una Iglesia local, o cuando
Gregorio Magno apoyó la misión de Agustín de Cantorbery y la constitución de
la Iglesia Inglesa. Este don fue bien recibido y el ministerio de estos Obispos
de Roma sigue siendo litúrgicamente celebrado por Anglicanos y Católicos.
47. Dentro de un ministerio más amplio, el Obispo de Roma ofrece un
ministerio específico relativo al discernimiento de la verdad, como una expresión
de primacía universal. Este particular servicio ha sido fuente de dificultades
y malentendidos entre las Iglesias. Toda definición solemne pronunciada desde
la cátedra de Pedro en la Iglesia de Pedro y Pablo no puede más que expresar
la fe de la Iglesia. Toda definición de este tipo es pronunciada dentro
del colegio de aquellos que ejercen la episcopé y no fuera de este
colegio. Esta enseñanza normativa es un ejercicio particular de la llamada y
responsabilidad del cuerpo de los Obispos para enseñar y afirmar la fe. Cuando
la fe se articula de este modo, el Obispo de Roma proclama la fe de las Iglesias
locales. Así la enseñanza totalmente segura de la Iglesia entera es operativa
en el juicio del primado universal. Al formular solemnemente tal enseñanza, el
primado universal debe discernir y declarar con la asistencia segura y la guía
del Espíritu Santo, en fidelidad a la Escritura y la Tradición, la fe auténtica
de toda la Iglesia, que es la fe proclamada desde el principio. Es esta fe, la
fe de todos los bautizados en comunión, y ésta sola, la que cada Obispo
pronuncia con el cuerpo de los Obispos en concilio. Es esta fe la que el Obispo
de Roma en determinadas circunstancias tiene el deber de discernir y explicitar.
Esta forma de enseñanza normativa no está menos firmemente garantizada por el
Espíritu que lo están las definiciones solemnes de los concilios ecuménicos.
La recepción de la primacía del Obispo de Roma entraña el reconocimiento de
este ministerio específico del primado universal. Creemos que éste es un don
que debe ser recibido por todas las Iglesias.
48. Los ministros que Dios da a la Iglesia para sostener su vida están
marcados por la fragilidad:
“Por esto, misericordiosamente investidos de este ministerio, no
desfallecemos... Pero llevamos este tesoro en recipientes de barro para que
aparezca que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no de nosotros” (2 Cor
4,1; 4,7).
Está claro que sólo por la gracia de Dios el ejercicio de la autoridad en
la comunión de la Iglesia lleva las marcas de la autoridad propia de Cristo.
Esta autoridad es ejercida por cristianos frágiles para el bien de otros
cristianos frágiles. Esto no es menos verdadero en relación con el ministerio
de Pedro:
“¡Simón, Simón! Mira que Satanás ha solicitado el poder cribaros como
trigo; pero yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando
hayas vuelto, confirma a tus hermanos” (Lc 22,31-32; cf. Jn
21,15-19).
El Papa Juan Pablo II lo aclara en Ut Unum sint:
“Este es un preciso deber del Obispo de Roma como sucesor del apóstol
Pedro. Yo lo llevo a cabo con la profunda convicción de obedecer al Señor y
con plena conciencia de mi fragilidad humana. En efecto, si Cristo mismo confió
a Pedro esta misión especial en la Iglesia y le encomendó confirmar a los
hermanos, al mismo tiempo le hizo conocer su debilidad humana y su particular
necesidad de conversión” (Ut Unum sint , 4).
La debilidad y el pecado humanos no sólo afectan a los ministros
individuales: pueden distorsionar la estructura humana de la autoridad (cf. Mt
23). Por lo tanto, las críticas leales y las reformas son a veces necesarias,
siguiendo el ejemplo de Pablo (cf. Gal 2,11-14). La conciencia de la
fragilidad humana en el ejercicio de la autoridad asegura que los ministros
cristianos permanezcan abiertos a la crítica y renovación y sobre todo a
ejercer la autoridad de acuerdo con el ejemplo y el pensamiento de Cristo.
Disciplina: el ejercicio de la autoridad y la libertad de conciencia
49. El ejercicio de la autoridad en la Iglesia tiene que ser reconocido y
aceptado como un instrumento del Espíritu de Dios para la sanación de la
humanidad. El ejercicio de la autoridad debe respetar siempre la conciencia,
porque la obra divina de la salvación afirma la libertad humana. Al aceptar
libremente la vía de salvación ofrecida mediante el bautismo, el discípulo
cristiano asume también libremente la disciplina de ser un miembro del Cuerpo
de Cristo. Porque la Iglesia de Dios es reconocida como la comunidad en la que
los medios divinos de salvación actúan, no se pueden rechazar las exigencias
del discipulado para el bienestar de toda la comunidad cristiana. Existe también
una disciplina exigida en el ejercicio de la autoridad. Los llamados a este
ministerio deben someterse ellos mismos a la disciplina de Cristo, observar los
requerimientos de la colegialidad y el bien común, y respetar debidamente las
conciencias de aquellos a los que han sido llamados a servir.
El “amén” de la Iglesia al “sí” de Dios en el Evangelio
50. Hemos llegado a una comprensión compartida de la autoridad al verla, en
la fe, como una manifestación del “sí” de Dios a su creación que llama al
“amén” de sus criaturas. Dios es la fuente de la autoridad, y el ejercicio
propio de la autoridad está ordenado siempre al bien común y al bien de la
persona. En un mundo roto, y para una Iglesia dividida, el “sí” de Dios en
Jesucristo trae la realidad de la reconciliación, la llamada al discipulado, y
una primicia del destino final de la humanidad cuando por el Espíritu todos en
Cristo proclamen su “amén” para gloria de Dios. El “sí” de Dios,
encarnado en Cristo, es recibido en la proclamación y Tradición del Evangelio,
en la vida sacramental de la Iglesia y en los modos en que se ejerce la episcopé.
Cuando las Iglesias mediante el ejercicio de su autoridad, despliegan el poder
sanador y reconciliador del Evangelio, entonces el mundo entero ofrece una visión
de lo que Dios pretende para toda la creación. El objetivo del ejercicio de la
autoridad y de su recepción es permitir a la Iglesia decir “amén” al “sí”
de Dios en el Evangelio.
IV. ACUERDO EN EL EJERCICIO DE LA AUTORIDAD: PASOS HACIA LA UNIDAD
VISIBLE
51. Sometemos a nuestras respectivas autoridades esta declaración común
sobre la autoridad en la Iglesia. Creemos que si esta declaración sobre la
naturaleza de la autoridad y la manera de ejercerla es aceptada y puesta en práctica,
este tema dejará de ser causa de permanente ruptura de la comunión entre
nuestras dos Iglesias. Según esto, enumeramos a continuación algunos de los
elementos de este acuerdo, desarrollos significativos recientes en cada una de
nuestras comuniones, y algunos temas a los que todavía se deberá hacer frente.
Como nos movemos hacia la comunión eclesial plena, sugerimos los modos en los
que nuestra comunión existente, aunque imperfecta, puede hacerse más visible
mediante el ejercicio de una colegialidad renovada entre los Obispos y un
ejercicio y recepción renovadas del primado universal.
Progresos del acuerdo
52. La Comisión entiende que hemos profundizado y extendido nuestro acuerdo
sobre:
- cómo la autoridad de Cristo está presente y activa en la Iglesia cuando
la proclamación del “sí” de Dios provoca el “amén” de todos los
creyentes (parágrafos 7-18);
- la interdependencia dinámica de la Escritura y la Tradición apostólica
y el lugar normativo de la Escritura dentro de la Tradición (parágrafos
19-23);
- la necesidad de la recepción constante de la Escritura y la Tradición, y
de la re-recepción en circunstancias particulares (parágrafos 24-26);
- cómo el ejercicio de la autoridad está al servicio de la fe personal
dentro de la vida de la Iglesia (parágrafos 23,29,49);
- el papel del pueblo entero de Dios, en el que, como maestros de la fe, los
Obispos tienen una voz propia en la formación y expresión del pensamiento
de la Iglesia (parágrafos 29-30);
- la sinodalidad y sus implicaciones para la comunión de todo el pueblo de
Dios y de todas las Iglesias locales cuando buscan juntas seguir a Cristo
que es el Camino (parágrafos 34-40);
- la cooperación esencial del ministerio de episcopé y el sensus
fidei de toda la Iglesia en la recepción de la Palabra de Dios (parágrafos
29,36,43);
- la posibilidad, de que la Iglesia, en ciertas circunstancias, enseñe
infaliblemente, al servicio de la indefectibilidad de la Iglesia (parágrafos
41-44);
- una primacía universal, ejercida colegialmente en el marco de la
sinodalidad, como parte integrante de la episcopé al servicio de una
comunión universal; una primacía semejante tiene que estar siempre
asociada con el Obispo y la Sede de Roma (parágrafos 46-48);
- cómo el ministerio del Obispo de Roma asiste al ministerio de todo el
cuerpo episcopal en el contexto de la sinodalidad, promoviendo la comunión
de las Iglesias locales en su vida en Cristo y la proclamación del
Evangelio (parágrafos 46-48);
- cómo el Obispo de Roma ofrece un ministerio específico relativo al
discernimiento de la verdad (parágrafo 47).
Desarrollos significativos en ambas Comuniones
53. La Conferencia de Lambeth de 1988 reconoció la necesidad de reflexionar
sobre el modo en el que la Comunión Anglicana adopta las decisiones normativas.
A nivel internacional, los instrumentos anglicanos de sinodalidad tienen una
autoridad considerable para influir y apoyar a las provincias, pero ninguno de
estos instrumentos tiene poder para anular una decisión provincial, aunque ésta
perjudique a la unidad de la Comunión. De acuerdo con esto la Conferencia de
Lambeth de 1998, a la luz del Informe de Virginia de la Comisión Teológica
y Doctrinal Inter-Anglicana, resolvió fortalecer estos instrumentos de varias
maneras, especialmente el papel del Arzobispo de Cantorbery y de la Reunión de
Primados. La Conferencia requirió también a la Reunión de Primados iniciar un
estudio en cada provincia “sobre si la comunión efectiva, a todos los
niveles, no requiere instrumentos apropiados con las debidas garantías, no sólo
para la legislación sino también para la vigilancia... así como sobre el tema
de un ministerio universal al servicio de la unidad cristiana” (Resolución
III, 8 (h)). Además de la autonomía de las provincias, los Anglicanos están
considerando que la interdependencia entre Iglesias locales y entre provincias
es también necesaria para fomentar la comunión.
54. La Iglesia Católica Romana, especialmente desde el Concilio Vaticano II,
ha venido desarrollando gradualmente estructuras sinodales para sostener la koinonia
con mayor efectividad. El papel creciente de las Conferencias Episcopales
regionales y nacionales y la celebración regular de Asambleas Generales del Sínodo
de Obispos demuestran esta evolución. Ha existido también renovación en el
ejercicio de la sinodalidad a nivel local, aunque éste varíe de un lugar a
otro. La legislación canónica ahora requiere que los laicos y laicas,
religiosos y religiosas, diáconos y sacerdotes jueguen un papel en los consejos
pastorales parroquiales y diocesanos, en los sínodos diocesanos y una variedad
de otros organismos, allí donde sean convocados.
55. En la Comunión Anglicana hay una ampliación hacia estructuras
universales que promueve la koinonia, y en la Iglesia Católica se da un
fortalecimiento de estructuras locales e intermedias. En nuestra opinión estos
desarrollos reflejan una creciente y compartida conciencia de que la autoridad
en la Iglesia necesita ser adecuadamente ejercida a todos los niveles. Aunque
todavía quedan problemas que Anglicanos y Católicos deben enfrentar sobre
importantes aspectos del ejercicio de la autoridad al servicio de la koinonia.
La Comisión plantea algunas cuestiones con probidad pero en la convicción de
que necesitamos el apoyo unos de otros para responder a ellas. Creemos que en la
situación dinámica y fluida en la que han sido planteadas, la búsqueda de una
respuesta a ellas, debe ir unida al desarrollo de pasos adelante hacia un
ejercicio compartido de la autoridad.
Cuestiones planteadas a los Anglicanos
56. Hemos visto que son necesarios a todos los niveles instrumentos de
vigilancia y toma de decisiones para sostener la comunión. Teniendo esto en
cuenta la Comunión Anglicana está explorando el desarrollo de estructuras de
autoridad entre sus provincias. ¿Está la Comunión también abierta a la
aceptación de instrumentos de vigilancia que permitirían que las decisiones
que deben adoptarse, en determinadas circunstancias, vincularan a la Iglesia
entera? Cuando surgen nuevas cuestiones importantes que, en fidelidad a la
Escritura y Tradición requieren una respuesta unida, ¿estas estructuras ayudarán
a los Anglicanos a participar en el sensus fidelium con todos los
cristianos? ¿Hasta qué punto la acción unilateral por parte de provincias o
diócesis en materias que conciernen a la Iglesia entera, una vez que la
consulta ha tenido lugar, debilita la koinonia? Los Anglicanos han
mostrado su voluntad de tolerar anomalías con el fin de mantener la comunión.
Ciertamente esto ha llevado al debilitamiento de la comunión que se manifiesta
en la Eucaristía, en el ejercicio de la episcopé y en el intercambio de
ministros. ¿Qué consecuencias se derivan de ello? Sobre todo, ¿cómo tratarán
los Anglicanos la cuestión de la primacía universal tal como está emergiendo
de su vida común y del diálogo ecuménico?
Cuestiones planteadas a los Católicos
57. El Concilio Vaticano II ha recordado a los Católicos cómo los dones de
Dios están presentes en todo el pueblo de Dios. Ha enseñado también la
colegialidad del episcopado en su comunión con el Obispo de Roma, cabeza del
colegio. No obstante, ¿existe a todos los niveles, la participación efectiva
del clero y de los laicos en los emergentes organismos sinodales? ¿Ha sido
suficientemente puesta en práctica la enseñanza del Concilio Vaticano II
relativa a la colegialidad de los Obispos? ¿Reflejan las acciones de los
Obispos conciencia suficiente del alcance de la autoridad que han recibido por
medio de la ordenación para el gobierno de la Iglesia local? ¿Se ha previsto
suficientemente asegurar la consulta entre el Obispo de Roma y las Iglesias
locales antes de adoptar decisiones importantes que afectan bien a una Iglesia
local o a la Iglesia entera? ¿Cómo se tiene en cuenta la variedad de la opinión
teológica cuando se toman tales decisiones? Al apoyar al Obispo de Roma en su
trabajo de promover la comunión entre las Iglesias, las estructuras y
procedimientos de la Curia Romana ¿respetan adecuadamente el ejercicio de la episcopé
a otros niveles? Sobre todo, ¿cómo tratará la Iglesia Católica la cuestión
de la primacía universal tal como emerge del “diálogo paciente y fraterno”
sobre el ejercicio del oficio del Obispo de Roma al que Juan Pablo II ha
invitado a “autoridades eclesiales y sus teólogos”?
Colegialidad renovada: haciendo visible nuestra comunión existente
58. Anglicanos y Católicos han hecho frente ya a estos temas pero su
resolución puede muy bien tomar algún tiempo. No obstante, no hay vuelta atrás
en nuestro recorrido hacia la comunión eclesial plena. A la luz de nuestro
acuerdo la Comisión cree que nuestras dos Comuniones deberían hacer más
visible la koinonia que ya tenemos. El diálogo teológico debe continuar
a todos los niveles en las Iglesias, pero no es por sí mismo suficiente. Por el
bien de la koinonia y de un testimonio cristiano unido ante el mundo, los
Obispos Anglicanos y Católicos deberían encontrar vías para cooperar y
desarrollar las relaciones de responsabilidad mutua en su ejercicio de la
vigilancia. En esta nueva situación no sólo tenemos que actuar juntos,
siempre que podamos, sino también estar juntos en todo aquello que
nuestra koinonia existente permite.
59. Esta cooperación en el ejercicio de la episcopé implicaría
reuniones mixtas de Obispos regularmente a nivel local y regional y la
participación de Obispos de una comunión en las reuniones internaciones de
Obispos de la otra. También se debería considerar seriamente si Obispos
Anglicanos podrían acompañar a los Obispos Católicos en sus visitas ad
limina a Roma. Donde sea posible, los Obispos deberían encontrar la
oportunidad de enseñar y actuar juntos en materias de fe y de moral. Deberían
también dar testimonio juntos en la esfera pública sobre temas que afectan al
bien común. Aspectos prácticos específicos de compartir la episcopé
surgirán de las iniciativas locales.
Primacía universal: un don para ser compartido
60. El trabajo de la Comisión ha tenido como resultado un acuerdo suficiente
sobre la primacía universal como don que debe ser compartido, para que nosotros
propongamos que esta primacía debería ser ofrecida y recibida incluso antes de
que nuestras Iglesias estén en comunión plena. Católicos y Anglicanos
contemplan que este ministerio debería ser ejercido en colegialidad y
sinodalidad; un ministerio de servus servorum Dei (Gregorio Magno, citado
en Ut Unum Sint , 88). Consideramos una primacía que ya desde ahora
ayudará a sostener la legítima diversidad de tradiciones, fortaleciéndolas y
salvaguardándolas en fidelidad al Evangelio. Animará a las Iglesias en su misión.
Este tipo de primacía ayudará a la Iglesia ya en la tierra a ser una auténtica
koinonia católica en la que la unidad no coarte la diversidad y la
diversidad no ponga en peligro sino que fortalezca la unidad. El modo en que
este don de Dios construye la unidad por la que Cristo oró será un signo
efectivo para todos los cristianos.
61. Esta primacía universal ejercerá el liderazgo en el mundo y también en
ambas Comuniones, dirigiéndolas de modo profético. Promoverá el bien común
de una manera que no estará constreñida por intereses particulares, y ofrecerá
un ministerio magisterial permanente y distintivo, especialmente al tratar difíciles
temas teológicos y morales. Una primacía universal de este estilo acogerá y
protegerá la investigación teológica y otras formas de búsqueda de la
verdad, de modo que sus resultados puedan enriquecer y fortalecer tanto a la
sabiduría humana como a la fe de la Iglesia. Esta primacía universal podría
reunir a las Iglesias en diferentes formas para consulta y discusión.
62. Una experiencia de primacía universal de este tipo confirmaría dos
conclusiones particulares a las que hemos llegado:
- que los Anglicanos están abiertos a y desean una recuperación y
re-recepción, bajo ciertas condiciones claras, del ejercicio de la primacía
universal del Obispo de Roma;
- que los Católicos están abiertos a y desean una re-recepción del
ejercicio de la primacía por parte el Obispo de Roma y al ofrecimiento de
este ministerio a toda la Iglesia de Dios.
63. Cuando la real, pero imperfecta comunión entre nosotros se hace más
visible, la red de unidad que está tejida de comunión con Dios y reconciliación
con el otro, se extiende y fortalece. Así el “amén” que Anglicanos y Católicos
dicen al único Señor, está más cerca de ser un “amén” dicho juntos por
el único pueblo santo que da testimonio de la salvación de Dios y el amor
reconciliador en un mundo roto.
MIEMBROS DE LA COMISIÓN
MIEMBROS ANGLICANOS
Rvdmo. Mark Santer, Obispo de Birmingham, Reino Unido (Copresidente)
Rvdmo. John Baycroft, Obispo de Ottawa, Canadá
Dr. E. Rozanne Elder, Profesor de Historia, Universidad de Western Michigan,
EE.UU.
Rvdo. Profesor Jaci Maraschin, Profesor de Teología, Instituto Ecuménico,
Sao Paulo, Brasil
Rvdo. Canónigo Richard Marsh, Arzobispo de Cantorbery, Secretariado para
Asuntos Ecuménicos, Londres, Reino Unido
Rvdo. Dr. John Muddiman, Miembro y Tutor en Teología, Mansfield College,
Oxford, Reino Unido
Rvdmo. Michael Nazir-Ali, Obispo de Rochester, Reino Unido
Rvdo. Dr. Nicholas Sagovsky, Investigador, Universidad de Newcastle, Reino
Unido
SECRETARIO
Rvdo. Dr. Donald Anderson, Director de Relaciones y Estudios Ecuménicos (hasta
1996 )
Rvdo. Canónigo David Hamid, Director de Asuntos y Relaciones Ecuménicos,
Oficina de la Comunión Anglicana, Londres, Reino Unido
Rvdo. Canónigo Stephen Platten, Secretario para Asuntos Ecuménicos del
Arzobispo de Cantorbery (hasta 1994).
MIEMBROS CATÓLICOS
Rvdmo. Cormac Murphy-O'Connor, Obispo de Arundel y Brighton, Reino Unido
(Copresidente)
Hermana Sara Butler MSBT, Profesora Asistente de Teología Sistemática,
Universidad de St. Mary of the Lake, Mundelein, Illinois, EE.UU.
Rvdo. Peter Cross, Profesor de Teología Sistemática, Catholic Theological
College, Clayton, Australia
Rvdo. Dr. Adelbert Denaux, Profesor, Facultad de Teología, Universidad Católica
de Lovaina, Bélgica
Rvdmo. Pierre Duprey, Obispo Titular Obispo de Thibare, Secretario,
Pontificio Consejo para la Unidad de los Cristianos, Ciudad del Vaticano.
Rvdmo. Patrick A. Kelly, Arzobispo de Liverpool, Reino Unido (desde 1996)
Rvdo. Jean M. R. Tillard OP, Profesor, Facultad de Teología de los
Dominicos, Ottawa, Canadá
Rvdo. Liam Walsh OP, Profesor de Teología Dogmática, Universidad de
Friburgo, Suiza
Rvdmo. Monseñor William Steele, Vicario Episcopal para Misión y Unidad, Diócesis
de Leeds, Reino Unido (1994-1995)
SECRETARIO
Rvdo. Timothy Galligan, Miembro de la Dirección, Pontificio Consejo para la
Unidad de los Cristianos, Ciudad del Vaticano
OBSERVADOR DEL CONSEJO MUNDIAL DE LAS IGLESIAS
Prof. Dr. Michael Root, Seminario Luterano Trinidad, Columbus, Ohio, EE.UU. (desde
1995)
Rvdo. Dr. Günter Gässmann, Director, Comisión Fe y Constitución, CEI,
Ginebra, Suiza (hasta 1994).
NOTAS
(1) Según el texto difundido en inglés por el Vaticano y el Primado de
Inglaterra ofrecemos traducción al castellano de la Dra. Rosa Mª Herrera García
y control teológico del Dr. Fernando Rodríguez Garrapucho. El texto ha sido
difundido también en Castellano por el Vaticano en Internet a partir del mes de
mayo de 1999.
(2) El documento aquí publicado es el trabajo de la Comisión Internacional
Anglicano-Católica (ARCIC). Es una declaración conjunta de la Comisión. Las
autoridades que nombraron la Comisión han permitido la publicación de la
declaración para que pueda ser ampliamente discutida. No es una declaración
autorizada por la Iglesia Católica ni por la Iglesia Anglicana, quienes evaluarán
el documento con el fin de adoptar una posición a su debido tiempo. Las citas
de la Escritura se han tomado de la Biblia de Jerusalén.
(3) Nota del editor: Los documentos citados a partir de ahora con el nombre
“La autoridad en la Iglesia I y II, se encuentran publicados en A. González-Montes,
Enchiridion Oecumenicum I (Salamanca 1986) 38-52 y 59-74.
(4) Nota del editor: El documento citado a partir de ahora con el nombre
“La Iglesia como comunión”, se encuentra publicado en A. González-Montes, Enchiridion
Oecumenicum II (Salamanca 1993) 20-42.
(5) De acuerdo con el uso ecuménico, la palabra Tradición con mayúsculas
se refiere aquí al “Evangelio mismo, transmitido de generación en generación
en y por la Iglesia” mientras que en minúsculas la palabra tradición
remite al “proceso de tradición”, la transmisión de la verdad revelada (Cuarta
Conferencia Mundial de la Comisión Fe y Constitución, Montreal 1963, Sección
II, par. 39). Las tradiciones en plural se refieren a los modos
particulares de liturgia, teología y vida canónica y eclesial en las
diferentes culturas y comunidades de fe. Estos usos, no obstante, muchas veces
no pueden ser netamente diferenciados. La expresión Tradición apostólica
se refiere al contenido de lo que ha sido transmitido desde los tiempos apostólicos
y sigue siendo el fundamento de la vida y de la teología cristianas.
(6) El Concilio Vaticano II ha afirmado esto: “La totalidad de los fieles
que tiene la unción del santo no puede equivocarse cuando cree y esta
prerrogativa peculiar suya la manifiesta mediante el sentido sobrenatural de la
fe de todo el pueblo cuando “desde los Obispos hasta los últimos fieles
laicos” presta su consentimiento universal en materia de fe y costumbres”
(Constitución dogmática sobre la Iglesia, Lumen Gentium 12).
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