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HOMILÍA DEL CARD. ROGER ETCHEGARAY


VÍSPERAS DE LA FIESTA DE LA CONVERSIÓN DEL APÓSTOL SAN PABLO, CONCLUSIÓN DE LA SEMANA DE ORACIÓN
POR LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS


Martes 25 de enero de 2000

Hace ocho días, el Papa Juan Pablo II abrió en esta basílica de San Pablo extramuros la última de las cuatro Puertas jubilares:  quedará abierta todo el Año santo y, como fue abierta por seis manos ecuménicas, compromete a los peregrinos que la cruzan a seguir con fidelidad al cuerpo único de Cristo resucitado.

Hace ocho días, el Papa, también aquí, inauguró la Semana de oración por la unidad de los cristianos, que se ha realizado en varias iglesias romanas y que esta tarde clausuraremos juntos. Todos oramos con insistencia para apresurar el día de esta unidad visible, que vendrá "cuando Cristo lo quiera y por los caminos que él quiera", como expresó muy bien el padre Couturier, el humilde sacerdote de Lyon que renovó, antes del Concilio, la celebración de la Semana de oración del 18 al 25 de enero, surgida cien años antes en Inglaterra, en el ambiente anglicano-católico.
Si hay una oración que deba ser universal, es precisamente la oración por la unidad, dado que hace solidarios a todos los que confiesan "un solo Señor, una sola fe y un solo bautismo" (Ef 4, 5).

Si hay una oración que exija el soplo del Espíritu Santo, es precisamente la oración por la unidad, dado que es como un maratón, incluso como una carrera sin muchas posibilidades de éxito, desde el punto de vista humano. Esta oración pone a dura prueba la esperanza, porque Cristo no hizo de la unidad de los cristianos una promesa sino sólo una oración.

Entre todas las oraciones, la que se eleva por la unidad sin duda debe ser la más profunda, la más intensa y la más comprometedora. En medio del gran desconsuelo por la división de los cristianos, nos dirigimos a Cristo y le suplicamos, como los Apóstoles:  "Señor, enséñanos a orar", a orar como tú, a orar en ti, con tu intenso fervor y con la serenidad de tu paciencia, para que resplandezca la unidad que siempre has querido, la que promueves en nuestro corazón de pecadores. Señor haznos entrar de tal forma en tu oración por la unidad, que todos seamos uno en ti, en tu Espíritu y en la gloria de tu Padre.

Y san Pablo, con su conversión en el camino de Damasco, confirma y fortalece a los cristianos que buscan la unidad. Todo es posible cuando también nosotros, siguiendo el ejemplo de san Pablo, sólo nos apoyamos en Cristo, en "Cristo crucificado" (1 Co 2, 2), pues el camino hacia la unidad pasa inevitablemente por la cruz o, mejor, por el corazón traspasado del Salvador. Todo es posible cuando nuestra conversión es radical, y cuando Cristo nos atrae, más aún, nos "conquista", según la expresión de san Pablo. Para expresar de alguna forma la experiencia de la gran luz que lo envolvió a las puertas de Damasco, san Pablo usa una magnífica imagen:  fue como la primera aurora del mundo, una nueva creación, que Dios inauguraba en él (cf. 2 Co 4, 6) y que le haría cantar más tarde el himno de la carta a los Efesios (Ef 1, 3-14), el himno ecuménico de alabanza a la Trinidad, que acabamos de proclamar, centrado en Cristo, profeta del Evangelio que nos salva.

En el camino hacia la unidad, los cristianos no debemos buscar en primer lugar mirarnos más los unos a otros, ni tampoco estrecharnos la mano con mayor frecuencia, prescindiendo de lo que nos divide; lo que importa, ante todo, es mirar juntos hacia el Señor y tenderle la mano, con una obediencia común al Espíritu Santo, que él nos ha enviado.

Os voy a contar una leyenda que me contó un monje ortodoxo y que merecería ser una historia verdadera:  cuando Cristo, después de Pascua, estaba subiendo al cielo, dirigió la mirada hacia la tierra, y la vio inmersa en la oscuridad, salvo algunas lucecitas que brillaban en la ciudad de Jerusalén. Durante la ascensión, se cruzó con el arcángel Gabriel, que solía realizar las misiones a la tierra, el cual preguntó al Señor:  "¿Qué son esas lucecitas?". Cristo le respondió:  "Son los Apóstoles reunidos en torno a mi Madre; y mi plan es, apenas haya llegado al cielo, enviarles el Espíritu Santo, para que esas llamitas se transformen en un gran fuego que encienda de amor la tierra entera". Gabriel se atrevió a replicar:  "Y, ¿qué harás si el plan falla?". Después de unos instantes de silencio, el Señor respondió:  "No tengo otros planes".

¿Estamos convencidos de que este es el único plan del Señor? ¿el único que puede superar las fuerzas de división? Ese plan da plenos poderes al Espíritu Santo, el cual une a todos los cristianos en un mismo amor, antes de reunirlos en la misma fe. Aventura maravillosa, cuya fuente y modelo es la santísima Trinidad. Aventura exigente para la Iglesia, a fin de que se convierta plenamente en lo que es, cuerpo vivo de Jesucristo, cuerpo variado y uno, por fin reconciliado en la verdad y en la libertad del Amor. Entonces, el ecumenismo se llenará de esperanza, y llevará a continuos progresos del Amor en el seno de una humanidad desarraigada, errante, ciega y violenta pero, a pesar de todo, sedienta de unidad. Por eso precisamente la oración debe acompañar y no sólo introducir cada paso ecuménico de índole doctrinal o social, dado que ella es la que impulsa la acción del Espíritu Santo en las profundidades del alma donde habita, evangelizando tanto las raíces como los frutos de la división.

La oración ecuménica no es puramente espiritual, reservada a los que no pueden hacer otra cosa por la unidad; debe estimular a todos los cristianos a descubrir y también a asumir los progresos a nivel del pensamiento y de la acción común:  los acuerdos doctrinales logrados en diversos lugares mediante el diálogo de expertos no tienen sentido si no llegan, gracias a una pedagogía pastoral, a todos los estratos de la comunidad eclesial.

Así pues, quiera Dios que nuestra oración, esta tarde, sea algo más que un rito tradicional, aunque renovado. Que se convierta en algo permanente en nuestra alma. Que nos ayude a mirar con confianza el camino hacia la unidad ya recorrido en pocos años:  las ciudades de Antioquía, Roma, Alejandría, Etchmiadzin, Constantinopla, Wittenberg, Canterbury, Ginebra, hasta ahora lejanas unas de otras, parecen ahora más cercanas, porque todas están más cerca de Jerusalén, la tierra de Cristo.

Cada vez que vengo a orar a esta basílica, contemplo el mosaico del ábside y pienso en el Papa Pablo VI, que, desde su primer mensaje al Concilio, se identificó con el Papa Honorio, representado debajo del Cristo:  "pequeñito -decía- y como anonadado en tierra, besando los pies de Cristo, que tiene grandes dimensiones".

Sí, ojalá que nuestra oración paulina esté en el centro de nuestra mirada, de nuestro espíritu y de nuestro corazón, orientada a Cristo. Para concluir esta homilía, quiero simplemente renovar la oración de un arzobispo luterano de Uppsala, Nathan Söderblom, pionero de la unidad en los orígenes del movimiento ecuménico: 

"Señor, está delante de nosotros, para conducirnos; está detrás de nosotros, para impulsarnos; está debajo de nosotros, para llevarnos; está sobre nosotros, para bendecirnos; está alrededor de nosotros, para protegernos; está en nosotros, a fin de que con el alma y el cuerpo te sirvamos, para gloria de tu nombre". Amén.

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