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CLAUSURA DE LA SEMANA DE ORACIÓN
POR LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS

HOMILÍA DEL CARDENAL WALTER KASPER


Basílica de San Pablo extramuros,
viernes 25 de enero de 2002

 

"En ti está la fuente de la vida" (Sal 36, 10).

Amadísimos hermanos y hermanas;
queridos amigos: 


Estas palabras del salmista fueron elegidas como tema de la Semana de oración de este año. Son palabras de fe y confianza, palabras de esperanza y valentía, palabras que nos unen y nos comprometen.

1. Os saludo a todos los que habéis venido para la celebración de la clausura de esta Semana de oración, en la que pedimos a Dios que envíe sobre nosotros su Espíritu de vida y sea verdaderamente fuente de vida nueva, de un nuevo impulso con vistas a la unidad de los cristianos y a la unidad de toda la humanidad. Saludo ante todo a las Iglesias y comunidades eclesiales que se encuentran presentes en Roma, y que con esta ocasión se reúnen cada año con nosotros en esta basílica de San Pablo extramuros, lugar realmente significativo e importante por los numerosos acontecimientos ecuménicos de los últimos decenios y sobre todo del Año jubilar. Vuestra presencia y vuestra participación activa juntamente con nosotros, así como nuestra oración común, es para mí el signo de una comunión que ha crecido y sigue creciendo, de una amistad prometedora, un motivo de gratitud, de alegría y de esperanza.

Queridos hermanos y hermanas, todos sentimos aún la profunda emoción que suscitó la Jornada de oración por la paz celebrada ayer en Asís. Esta experiencia realmente conmovedora ha sido un acontecimiento que quedará grabado en nuestros corazones. Demos gracias al Señor por habernos concedido esta experiencia, a través de la cual nos ha mostrado su presencia en nuestro mundo, en nuestro tiempo, a pesar de todas las inquietudes, las preocupaciones y los temores, y nos ha llenado una vez más de esperanza, pero al mismo tiempo nos ha comprometido de nuevo a ser constructores de paz y a serlo juntos.

2. Las palabras del salmista resuenan como un eco de los testimonios y de las plegarias de Asís. Verdaderamente, Dios es la fuente de la vida. Es necesario recordar esta verdad fundamental, sobre todo después de los tristes y trágicos acontecimientos del 11 de septiembre, fruto y expresión de los poderes de la muerte, de la muerte de miles de personas inocentes, y una amenaza a la vida, a los valores y a la cultura de la vida de toda la humanidad, una amenaza a la paz y a la convivencia civil de los hombres, de los pueblos, de las etnias, de las religiones y de las culturas. Así pues, los abismos de los poderes de la muerte y del mal se han abierto.

Esos acontecimientos han mostrado la fragilidad de nuestra civilización, han debilitado la certeza de nuestra seguridad. Hemos comprendido una vez más el significado profundo del mensaje del profeta Jeremías en el Antiguo Testamento:  "Dicen:  paz, paz, pero no hay paz" (Jr 8, 11). "Esperábamos paz, y no hay bien alguno" (Jr 8, 15). A lo largo de nuestra vida, incluso de nuestra vida moderna con todos sus sofisticados medios científicos y tecnológicos, nos vemos amenazados de muerte.

Por consiguiente, ¿dónde está la fuente de la vida? Esta es la pregunta que se plantea el hombre de nuestros días; es incluso el deseo, un hambre y una sed expresados por muchos contemporáneos. El deseo de la vida, de la vida verdadera, de la plenitud de la vida reside y habita en todo corazón humano, y muchos, sobre todo jóvenes, experimentan que una civilización del tener y del placer no basta, no sacia, no colma el corazón, no da la paz interior; al contrario, conduce a una búsqueda desenfrenada y, al mismo tiempo frustrante de tener más y cada vez más.

3. En Asís escuchamos otro mensaje, el mensaje de las religiones, de todas las religiones. Aunque sean muchas y muy diversas entre sí, transmiten un mensaje común:  el mundo y la vida tienen un valor mucho más grande de lo que se puede ver, palpar, calcular, hacer, obtener y manipular; son expresiones más elevadas, más profundas, más ricas.

"Los hombres esperan de las diferentes religiones una respuesta a los enigmas recónditos de la condición humana que, hoy como ayer, conmueven íntimamente sus corazones. ¿Qué es el hombre? ¿Cuál es el sentido y el fin de nuestra vida? ¿Qué es el bien y qué el pecado? ¿Cuál es el origen y el fin del dolor? ¿Cuál es el camino para conseguir la verdadera felicidad? ¿Qué es la muerte? (...) ¿Cuál es, finalmente, ese misterio último e inefable que abarca nuestra existencia, del que procedemos y hacia el que nos dirigimos?" (Nostra aetate, 1). "Ya desde la antigüedad y hasta el momento actual, se encuentra en los diferentes pueblos una cierta percepción de aquella fuerza misteriosa que está presente en la marcha de las cosas y en los acontecimientos de la vida humana, y a veces también el reconocimiento de la suma divinidad e incluso del Padre" (ib., 2). Las religiones quieren ser y mostrar caminos que llevan a la vida, llenar la vida de un íntimo sentido religioso. La convicción de la santidad de la vida es un patrimonio común de las religiones. Matar en nombre de la religión es una blasfemia, un uso impropio y una manera equivocada de entender la religión. Para las religiones Dios o la divinidad es fuente de vida.

4. La Biblia de los judíos y de los cristianos, con su fe en la creación, confirma, purifica y enriquece esta convicción religiosa. Dios ha creado "el cielo y la tierra, y todo su aparato" (Gn 2, 1). Dios, y sólo Dios, es la fuente de la vida, una fuente viva, activa, abundante y desbordante. Él lo ha creado todo, lo penetra todo con su soplo de vida; él conserva todo en la vida y al final lleva todo a la plenitud de la vida. "En él vivimos, nos movemos y existimos" (Hch 17, 28). Como nos dice la Biblia, él "ama la vida" (Sb 11, 26). En el último libro de la Biblia está escrito:  "Yo soy el alfa y la omega, el principio y el fin. Al que tenga sed yo le daré gratis del manantial del agua de la vida" (Ap 21, 6). Por eso, al final "no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado" (Ap 21, 4).

Queridos hermanos y hermanas, lo que necesitamos hoy es luchar por la vida y por la santidad de la vida. Nuestra cultura moderna y posmoderna es una cultura secularizada, que ha perdido la conciencia de Dios como fuente de la vida. El hombre mismo se ha hecho señor de la vida y quiere objetivar, analizar, calcular y manipular todo; así, lo reduce todo a objetos muertos; incluso la vida humana se convierte en objeto de cálculo económico.

Precisamente porque Dios es la fuente de la vida y porque Dios quiere la paz, los cristianos debemos promover y amar la vida, siendo constructores de paz. Los cristianos debemos ser protagonistas de una nueva cultura de la vida, del don de la vida, del respeto a la santidad de la vida, de los valores y de la prioridad de la vida frente a las cosas muertas. Ante la situación actual, ante las actuales amenazas y los actuales problemas, nuestros conflictos confesionales son una doble vergüenza. Todos los cristianos, juntamente con los judíos, deberíamos redescubrir la herencia común de la verdad sobre la creación. Deberíamos estar juntos y dar un testimonio común de Dios, fuente, custodio y amante de la vida; juntos debemos cooperar con vistas a una nueva cultura de la vida.

5. Queridos hermanos y hermanas, si reflexionamos sobre el versículo del salmista "En ti está la fuente de la vida", descubrimos otra dimensión, un elemento distintivo que el Nuevo Testamento nos indica:  la dimensión de la vida nueva. En el pasaje del evangelio de san Juan que nos ha acompañado durante esta semana, el encuentro nocturno de Jesús con un jefe de los judíos, Nicodemo (cf. Jn 3, 1-17), ante la sorpresa de Nicodemo, Jesús habla de la necesidad de nacer de nuevo de agua y Espíritu, de nacer a la vida nueva y a la vida eterna.

Detrás de estas palabras se encuentra la misma experiencia a la que hemos aludido, la experiencia de la fragilidad y la experiencia de las heridas profundas y de las deformaciones de la vida humana, de la debilidad y de nuestra impotencia de dar seguridad y sentido a nuestra vida. Dios creó el mundo y al hombre "buenos"; incluso los creó "muy buenos"; pero  el hombre, por el pecado, se apartó, se alejó de la fuente de la vida.

A pesar de ello, Dios permaneció fiel a su criatura. Dios, como dijo Jesús a Nicodemo, ama el mundo. Por eso mandó su Hijo al mundo. "En él estaba la vida" (Jn 1, 4). Vino para que tuviéramos vida y la tuviéramos en abundancia (cf. Jn 10, 10). Él es "el camino, la verdad y la vida" (Jn 14, 5). Esta es la explicación que Jesús da a Nicodemo:  después de que en el paraíso se nos negara el acceso al primer árbol de la vida, con el árbol de la cruz surgió un nuevo árbol de la vida, "para que todo el que crea en él tenga vida eterna" (Jn 3, 15), para que todo el que beba del agua que Jesús da no tenga más sed; más aún, esta agua se convertirá en "fuente de agua que salta hasta la vida eterna" (Jn 4, 14). A través del agua del bautismo, Dios es de nuevo fuente de la vida nueva; a través del bautismo participamos de la vida nueva, llegamos a ser hombres y mujeres nuevos, nueva criatura; hemos sido reengendrados "para una esperanza viva" (1 P 1, 3).

6. Queridos hermanos y hermanas, este es el elemento fundamental de la fraternidad entre todos los bautizados, entre todos los cristianos. Hay diferencias entre nosotros; pertenecemos a Iglesias y comunidades eclesiales diversas. Pero lo que nos une es más profundo y más fuerte que lo que nos separa. Ninguna diferencia es tan profunda y ninguna brecha tan amplia y profunda que elimine o destruya nuestra comunión más sincera y más plena.

Así se explica la comunión real y profunda de todos los cristianos, a pesar de que viven en Iglesias y comunidades eclesiales diversas. Así se explica también la diferencia entre bautizados y no bautizados, entre el diálogo ecuménico, que se realiza entre cristianos, y el diálogo interreligioso, que se mantiene con miembros de religiones no cristianas. Es una diferencia cualitativa en el fundamento y también una diferencia cualitativa en el objetivo. Mientras que el diálogo interreligioso busca la convivencia pacífica y respetuosa y la amistad, el diálogo ecuménico busca la comunión plena y la unidad de la Iglesia.

La carta a los Efesios expresó esta comunión cristiana:  "Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una es la esperanza a que habéis sido llamados. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos" (Ef 4, 4-6).

7. Pero correríamos el peligro de un gravísimo malentendido en la comprensión de este elevado himno a nuestra comunión si dijéramos:  "Estamos muy bien; estamos contentos; no hay nada que cambiar; podemos seguir como estamos". No; de ninguna manera. Si pensáramos así, olvidaríamos que Jesús y el Nuevo Testamento hablaron de la vida nueva, del hombre nuevo, de la nueva criatura. Necesitamos renovarnos cada día; necesitamos una renovación personal y una renovación comunitaria de la Iglesia. A menudo todos vivimos más de acuerdo con las leyes de este mundo viejo, en vez de vivir de acuerdo con la ley nueva de la vida nueva, con el nuevo mandamiento de la caridad.

No somos perfectos; incluso la Iglesia, aunque sea santa, es una Iglesia de pecadores. Eso resulta evidente si contemplamos nuestras divisiones. Van contra la voluntad de Jesús; son pecado. Todos los pensamientos negativos, las malas palabras, los prejuicios, las obras malas y las injusticias que se han producido durante los siglos y que siguen produciéndose hoy, contradicen el amor y la fraternidad cristiana. "Ecclesia semper reformanda" es un eslogan protestante; "Ecclesia purificanda", afirma el concilio Vaticano II (cf. Lumen gentium, 8). Las dos afirmaciones reflejan el concepto fundamental y el fulcro de la buena nueva de Jesús sobre la venida del reino de Dios:  "Convertíos y creed en el Evangelio" (Mc 1, 5).

La conversión es esencial para la existencia cristiana y no hay un ecumenismo auténtico sin conversión, sin el deseo de dejarse sumergir en la novedad del reino de Dios. Es lo que nos enseña el concilio Vaticano II (cf. Unitatis redintegratio, 5-8); y lo reafirma el Papa en su encíclica ecuménica Ut unum sint (cf. nn. 15-16; 33-35). El movimiento ecuménico es ante todo y sobre todo un movimiento de conversión a la vida nueva. Hace falta una purificación de la memoria, un modo nuevo de pensar, un corazón nuevo, una verdadera espiritualidad ecuménica.

8. Sí, una renovada espiritualidad ecuménica, que es el núcleo del ecumenismo y es la clave para un nuevo impulso ecuménico que nos permita salir del atolladero en que nos encontramos y dar un gran salto hacia adelante. Es preciso acudir continuamente a las fuentes espirituales de la vida:  la escucha de la palabra de Dios, los sacramentos, la oración. Cuanto más nos acerquemos a Cristo y a su evangelio de la vida nueva, tanto más nos acercaremos los unos a los otros. Sólo si nos renovamos nosotros, sólo si llegamos a ser hombres y mujeres nuevos, podremos ser testigos auténticos de la vida nueva en una cultura nueva de la vida. Sólo si vivimos la novedad del Evangelio, podremos ser testigos de la esperanza y alentar a los demás a acompañarnos en el camino largo y arduo, pero gozoso, hacia la unidad, a fin de que el mundo crea y encuentre la senda que lleva hacia la paz y la fraternidad.

"En ti está la fuente de la vida". Esta frase, queridos hermanos y hermanas, vale también para el movimiento ecuménico. No nosotros, ni nuestro esfuerzo, ni siquiera nuestro entusiasmo, sino sólo Dios es la fuente de un ecumenismo nuevo, de una Iglesia renovada para ser testigos de una cultura nueva y para ser constructores de paz. "Ven, Espíritu Santo, y renueva los corazones de tus fieles". Amén.

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