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CONSEJO PONTIFICIO
PARA LA PROMOCIÓN DE LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS

MEDITACIÓN DE MONSEÑOR BRIAN FARRELL
DURANTE LA CEREMONIA INAUGURACIÓN DE LA SEMANA
DE ORACIÓN POR LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS EN IRLANDA

 

Cada vez que los bautizados se reúnen en oración, es el Espíritu Santo quien los guía y les enseña cómo orar. Es el mismo Espíritu quien construye la unidad de la Iglesia:  "El Espíritu Santo que habita en los creyentes, y llena y gobierna a toda la Iglesia, realiza esa admirable comunión de fieles y une a todos en Cristo tan íntimamente que es el principio de la unidad de la Iglesia" (Unitatis redintegratio, 2). Cuando los cristianos divididos se reúnen para orar por la unidad, acceden a la oración misma de Jesús, y manifiestan los vínculos sustanciales y actuales de gracia y comunión que ya existen entre sí y que los hacen hermanos y hermanas en una única vida en el Espíritu (ib., 8). De ahí se sigue que la oración por la unidad de los cristianos es el principal instrumento del movimiento ecuménico.

Obviamente, desde siempre se ora por la unidad de los seguidores de Cristo. Los cristianos que conocen bien el capítulo 17 del evangelio según san Juan saben que las cosas no son como deberían, y que el escándalo de la división debilita el anuncio del Evangelio; saben que el movimiento ecuménico no es un lujo superfluo en la vida de la Iglesia. En efecto, nuestro seguimiento de Cristo no puede separarse del celo por la unidad de su Cuerpo, la Iglesia.

Desde luego, todos comparten la convicción manifestada por el Papa Juan Pablo II en su admirable encíclica sobre el ecumenismo:  "De ello resulta inequívocamente que el ecumenismo, el movimiento a favor de la unidad de los cristianos, no es sólo un mero "apéndice", que se añade a la actividad tradicional de la Iglesia. Al contrario, pertenece orgánicamente a su vida y a su acción y debe, en consecuencia, inspirarlas y ser como el fruto de un árbol que, sano y lozano, crece hasta alcanzar su pleno desarrollo. Así creía en la unidad de la Iglesia el Papa Juan XXIII y así miraba a la unidad de todos los cristianos. Refiriéndose a los demás cristianos, a la gran familia cristiana, constataba:  "Es mucho más fuerte lo que nos une que lo que nos divide"" (Ut unum sint, 20).

Este año, la Semana de oración por la unidad de los cristianos cumple 99 años. Sus orígenes se remontan a mediados del siglo XIX y derivan de iniciativas específicas de algunos movimientos y círculos eclesiales en ámbito anglicano y protestante. El padre Paul Wattson, un sacerdote anglicano, cofundador de la Society of Atonement, introdujo un Octavario por la unidad de los cristianos, que se celebró por primera vez del 18 al 25 de enero de 1908. Por consiguiente, el año próximo la Semana cumplirá cien años, y será precisamente la comunidad del Atonement la que presentará el primer proyecto para la Semana de 2008.

Para el padre Wattson la unidad significaba un "regreso" a la Iglesia católica romana; de ahí la elección de las fechas simbólicas del 18 de enero, día en que se celebraba entonces la fiesta de la Cátedra de San Pedro, y del 25 de enero, fiesta de la Conversión de San Pablo. Esta iniciativa se considera hoy como el inicio de la Semana. Después de que, en 1909, la Society of Atonement se incorporara oficialmente a la Iglesia católica, el Papa Pío X aprobó el Octavario por la unidad y apoyó la idea de orar, en el lenguaje de aquel tiempo, para que todos los cristianos "se reunieran" con la Iglesia católica cuando Dios lo dispusiera.

En 1936, un pionero del ecumenismo, el abad Couturier, católico francés, propuso una interpretación diversa del Octavario por la unidad, al constatar que la idea del "regreso" constituía una dificultad que impedía a muchos cristianos asociarse a la oración con los católicos. Por tanto, el abad Couturier dio inicio a la "Semana de oración universal por la unidad de los cristianos", manteniendo las mismas fechas, del 18 al 25 de enero, pero exhortando a orar por la unidad de la Iglesia "según la voluntad de Cristo". Esa es la razón que nos congrega aquí esta tarde:  orar juntos por la unidad, la comunión plena de todos los bautizados, en los modos y en los tiempos que el Señor quiera realizarla a través de la obra del Espíritu Santo.

Los textos

Podríamos preguntarnos de dónde proceden los textos que, cada año, guían la oración durante la Semana. En la historia del ecumenismo, la elaboración de esos textos representa un capítulo que muestra de modo elocuente el cambio que se ha producido en los últimos cien años. En 1915 algunas Iglesias protestantes en Estados Unidos publicaron un "Manual de oración por la unidad de los cristianos" (cf. "The Commission of the Protestant Episcopal Church in  the  United States on the World Conference of Faith and Order"). La breve introducción del Manual expresaba la esperanza de que las diversas Comuniones orasen por la unidad, pero no necesariamente que orasen físicamente juntas. Eso no era imaginable en aquel tiempo. Tampoco se esperaba que "las Iglesias litúrgicas, como la Iglesia católica romana o las santas Iglesias ortodoxas orientales" usaran ese subsidio, pues éstas podían orar por la unidad de la Iglesia con textos de su rico patrimonio litúrgico.

Desde 1921, el Comité permanente de la Conferencia mundial de Fe y Constitución publicó subsidios para un Octavario de oración que debía celebrarse cada año, concluyendo en Pentecostés. En 1941, Fe y Constitución anticipó las fechas del Octavario al mes de enero, a fin de que coincidieran con la iniciativa católica y de que la práctica de la oración tuviera una dimensión más universal. Desde 1958 los subsidios preparados por Fe y Constitución se armonizaban ampliamente con los que se elaboraban en Lyon, aunque se hacía de forma discreta, pues esas iniciativas ecuménicas aún no eran apoyadas oficialmente por la Iglesia católica.

Aconteció después algo admirable y extraordinario. Precisamente para la conclusión de la Semana de oración de 1959, en la fiesta de la Conversión de san Pablo, el beato Juan XXIII anunció su intención de convocar un Concilio. Uno de los resultados más visibles y decisivos del concilio Vaticano II fue el ingreso oficial y convencido de la Iglesia católica en el movimiento ecuménico. Así se abrió la posibilidad de iniciar una colaboración entre el Consejo mundial de Iglesias y el Secretariado para la unidad de los cristianos.

En 1968, los textos de la Semana de oración fueron preparados conjuntamente, pero su publicación se realizó de forma separada, en Ginebra y en Roma. En el año 2004, gracias a la determinación de ambas partes, Fe y Constitución y el Consejo pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos [1] publicaron conjuntamente los subsidios para la Semana, de forma que el mundo cristiano en su gran mayoría la celebra actualmente con los mismos textos.

El tema de este año preparado en Sudáfrica

El tema escriturístico de la Semana de oración de 2007 está tomado de un pasaje del evangelio según san Marcos (Mc 7, 31-37), que narra la curación de un sordomudo:  Jesús, levantando los ojos al cielo, suspiró y le dijo:  "Effatá", que quiere decir:  "¡Ábrete!". Se abrieron sus oídos y, al instante, se soltó la atadura de su lengua y hablaba correctamente. "Hace oír a los sordos y hablar a los mudos". Jesús hace que la persona vuelva a su condición normal, en la que puede buscar sin impedimentos su realización, en contacto y en comunión con los demás. El hombre curado se convierte en el símbolo de una humanidad curada y reconciliada, capaz de cultivar y poner en práctica todos los valores y cualidades que convierten la existencia humana en un reflejo de la vida interior de Dios mismo:  comunicación, armonía, solidaridad, amor, justicia y paz.

¿Quién decide cada año el texto base de la Semana? El proceso se inicia a nivel local, cada año en un país diferente. De este modo, los cristianos de todo el mundo oran sobre la base de las experiencias de vida de quienes tratan de afrontar los desafíos de una situación particular. Para la preparación de la Semana del año pasado, un grupo formado en Irlanda, con la colaboración del padre Brendan Leahy, y el apoyo de la Conferencia episcopal irlandesa, había sugerido el tema de Cristo presente en todos los lugares donde los cristianos se reúnen para invocarlo. Las décadas de violencia sectaria que afligieron a Irlanda profundizaron en muchas personas la convicción de que cualquier iniciativa meramente política para lograr la reconciliación resultaría insuficiente. Los cristianos pertenecientes a varias tradiciones descubrieron la fuerza de la oración al reunirse superando toda barrera:  "Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos" (Mt 18, 20).

Para este año, la inspiración viene de Sudáfrica, más exactamente de Umlazi, en las cercanías de Durban. Umlazi es una especie de "reserva", de "ciudad gueto" de gente de color, uno de los lugares de segregación en los que la población negra se veía obligada a vivir durante la época del apartheid. Umlazi es un lugar donde reinan el desempleo y la pobreza, con todas las consecuencias que de ello derivan:  falta de hospitales, de casas, de escuelas, de cohesión social y de esperanza. En Umlazi, como en otras "ciudades gueto" del mismo tipo, el sida ha alcanzado niveles de pandemia, con un porcentaje superior al 50% de personas que han contraído la enfermedad.

Además, existe una tragedia dentro de la tragedia. En la lengua local, "ubunqunu" tiene el significado de "descubierto", "desnudo", y se refiere a todas las cosas que los habitantes de Umlazi no pueden ni siquiera nombrar. Existe un código de silencio sobre ciertos aspectos de la vida; existe un código de silencio para el sida. Se trata de una enfermedad estigmatizada. Las personas, cuando ya no pueden ocultar los síntomas, se encierran en sus chabolas y raramente ocurre que se las vea de nuevo en sociedad. No buscan ayuda. Sus familias ya no hablan nunca de ellos.

Sudáfrica es un país que muy lentamente está admitiendo en público la existencia de este problema. Las Iglesias de Sudáfrica están colaborando para romper este código de silencio que lleva a la muerte. Han elaborado servicios ecuménicos de oración centrados en el tema:  "Romper el código de silencio". A través de la oración, las personas, especialmente los jóvenes, cobran la confianza y el valor para "hablar de lo innominable".

Los subsidios preparados para la Semana de oración por la unidad de este año tienen como fulcro un llamamiento apremiante a "romper el silencio". En toda cultura existe un deseo inmenso insatisfecho:  los pobres, los enfermos, los que no tienen casa, los refugiados, los marginados, son nuestros vecinos. La injusticia, la discriminación, la violencia, todo tipo de esclavitud, constituyen un tributo que se ha de pagar en las calles de Dublín y de todas las ciudades del mundo, marcado por el pecado.

El sordomudo del evangelio según san Marcos es un ejemplo de lo que somos nosotros, como individuos y como colectividad. Análogamente a ese hombre que no podía oír ni hablar, si el Señor desata nuestra lengua, nuestra capacidad de comprender y de hablar en voz alta, en la verdad y en la honradez, eso sería sin duda una bendición para las sociedades a las que pertenecemos.

Con todo, conviene advertir que Jesús cura en primer lugar la imposibilidad de oír del hombre del relato evangélico:  "Effatá-Ábrete". Ciertamente, el Señor no sólo quiere que el hombre oiga el sonido de las palabras, sino también que escuche a los que le hablan. Pues no es el "oír" sino el "escuchar" lo que crea los vínculos de comunicación y comunión, y lo que, por tanto, hace posible la unidad de propósitos sin la cual ningún problema puede afrontarse y resolverse.

En los subsidios que ha elaborado la población de Umlazi se incluye una oración para romper el silencio. Reza así:  "Abre nuestros oídos para que seamos capaces de escuchar las voces ahogadas por las tribulaciones y por el sufrimiento de este mundo que pasa". Si escuchamos este grito con nuestro corazón y nuestra conciencia, podremos llegar a ser personas mejores, seguidores más comprometidos de Cristo, el único que tiene palabras de vida eterna, el único que puede enseñarnos lo que significa ser auténticamente humanos en un mundo tan inhumano.

La gente de Umlazi nos da también otra lección. En su grave indigencia y angustia por la pandemia del sida, mira a las Iglesias para recibir luz y apoyo. Y ¿qué ve? Respondo con sus palabras:  "En Umlazi hay un lugar donde se administra la justicia, un hospital, una oficina de correos, una clínica, una serie de comercios, y un cementerio, que refleja un desafío tremendo para la gente. En esta misma "ciudad-gueto", la población, cristiana casi en su totalidad, acepta las Escrituras, las cuales profesan que hay un solo cuerpo, un solo Espíritu, una sola esperanza, un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos (cf. Ef 4, 4-6). Sin embargo, hay muchas Iglesias que no están en plena comunión entre sí, y que son signos de una cristiandad dividida. En Umlazi hay impaciencia y frustración en la gente por las divisiones que ha heredado y que se produjeron hace muchos siglos en otras tierras".

El pecado y el escándalo de la división aflige el corazón del pueblo de Dios. Nuestras divisiones son profundas; todas nuestras Iglesias están heridas y necesitan conversión, purificación y curación. Ciertamente la búsqueda de la unidad de los cristianos será larga y difícil. Por tanto, podemos preguntarnos en qué punto estamos.

¿Cuáles son las esperanzas para el ecumenismo?

Desde luego, no estamos pasando un invierno ecuménico. Limitándonos al año recién concluido, se debe decir que en él han tenido lugar muchos acontecimientos ecuménicos:  los diálogos teológicos bilaterales han proseguido según sus programas, con muchos y buenos resultados; visitas y encuentros entre las máximas autoridades de las Iglesias y comunidades eclesiales se han sucedido de forma ininterrumpida; son cada vez más numerosas las personas y las comunidades locales que participan en lo que se define generalmente como "ecumenismo espiritual". Quisiera aludir, limitándome al año pasado, a algunas de estas experiencias, que he vivido yo personalmente.

— La Asamblea general del Consejo mundial de Iglesias en Porto Alegre, en febrero de 2006, reunió a más de trescientas Iglesias y Comuniones, que prácticamente representaban a todas las tradiciones cristianas; el diálogo teológico internacional católico-ortodoxo en Belgrado, en septiembre; el diálogo teológico con las antiguas Iglesias ortodoxas orientales (las Iglesias apostólica armenia, copta, siro-ortodoxa, malankar, etiópica y eritrea). Se han mantenido continuos contactos, encuentros y diálogos prácticamente con todas las Comuniones cristianas mundiales. El Consejo pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos está directamente comprometido en doce diálogos oficiales, a nivel internacional, con otras Iglesias y comunidades eclesiales; participa en otros muchos encuentros y actividades de interés ecuménico, además de estar regularmente invitado y presente en todos los principales acontecimientos de la vida de estas Iglesias y comunidades eclesiales.

— Delegaciones oficiales, a nivel internacional, en visita al Papa Benedicto XVI:  la Alianza mundial de las Iglesias reformadas; la Iglesia luterana de Finlandia, Noruega y Suecia; el Consejo metodista mundial; la Federación luterana mundial; el arzobispo de Canterbury (Comunión anglicana); el arzobispo de Atenas y de toda Grecia, Cristódulos (Iglesia ortodoxa de Grecia). Como todos los años, ha tenido lugar un intercambio de delegaciones entre el Papa y el Patriarca ecuménico, a fines de junio, con ocasión de la fiesta de San Pedro y San Pablo, patronos de la Iglesia de Roma, y a fines de noviembre para la fiesta de San Andrés, patrono del Patriarcado ecuménico. Este año, de modo excepcional, la delegación de la Santa Sede a Constantinopla estuvo encabezada por el mismo Papa Benedicto XVI.

— Un acontecimiento único y totalmente inédito de 2006 fue el encuentro del pasado mes de octubre entre el Papa Benedicto XVI y los secretarios de las "Comuniones cristianas mundiales". Los participantes en el encuentro pertenecían a comunidades muy diversas:  desde las Comuniones de índole menos litúrgica, como los "Friends" (Cuáqueros) hasta las Comuniones rigurosamente litúrgicas, como los ortodoxos y nosotros los católicos, pasando por los Evangélicos, los Pentecostales, los Baptistas, los Menonitas, los Discípulos de Cristo, los Metodistas, los Luteranos y los Anglicanos.

En el saludo que dirigió al grupo, el Papa Benedicto XVI pidió, a sí mismo y a todos los católicos, sostener la búsqueda de la unidad:  "Los diálogos teológicos entablados por muchas Comuniones cristianas mundiales se han caracterizado por el compromiso de superar lo que divide, buscando la unidad en Cristo que queremos alcanzar. Por muy difícil que sea el camino, no debemos perder de vista el objetivo final:  la plena comunión visible en Cristo y en la Iglesia. Podríamos sentir la tentación del desaliento cuando el progreso es lento, pero lo que está en juego es demasiado grande como para volver atrás. Por el contrario, hay buenas razones para avanzar, como mi predecesor Juan Pablo II indicó en la encíclica Ut unum sint sobre el compromiso ecuménico de la Iglesia católica, en la que habla de una fraternidad redescubierta y de una mayor solidaridad al servicio de la humanidad (cf. n. 41)" (Alocución a los participantes en la reunión de las Comuniones cristianas mundiales, viernes 27 de octubre de 2006:  L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 3 de noviembre de 2006, p. 4).

La gente quiere ver los resultados de esta actividad. Pero la comunión que buscamos no es cuestión de diplomacia o de acuerdos eclesiales estratégicos alcanzados entre bastidores. En su significado originario guarda relación con la "participación", es decir, con "tomar parte", con "compartir" el don de Dios de la redención y de la gracia. Nosotros accedemos a la comunión —con Dios y unos con otros— cuando compartimos la misma gracia:  un solo Señor, un solo bautismo, un solo Espíritu, un solo Padre de todos. Y el signo visible de la comunión será como san Pablo nos lo describe en su primera carta a los Corintios:  "El cáliz de bendición que bendecimos ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo?" (1 Co 10, 16). Nuestro viaje ecuménico no tiende a llegar a una simple apariencia de unidad, a una especie de buena vecindad eclesiástica. La comunión que buscamos tiene su fuente, su modelo y su plenitud en la vida misma de la Trinidad. Los gestos superficiales no realizarán la unidad por la que el Señor oró.

Con mucha frecuencia gestos significativos, aunque sean casi imperceptibles, ponen de manifiesto el progreso que se realiza. Al respecto, quisiera daros dos ejemplos. El actual subsecretario del Consejo pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos —el cual comenzó su colaboración con el dicasterio poco después de su creación, durante el concilio Vaticano II— ha sido testigo de todos los acontecimientos de estos años. Después de la visita del Papa Benedicto XVI al Patriarca ecuménico Bartolomé I, al final de noviembre del año pasado, puso de relieve dos signos que pasaron desapercibidos para la mayoría de la gente.

— En primer lugar, destacó que el Patriarca y el Papa habían intercambiado el abrazo de la paz durante la liturgia misma. Hasta esa ocasión, en el Fanar el intercambio del signo de la paz siempre había tenido lugar después de la celebración, teniendo en cuenta que para nuestros hermanos ortodoxos el signo de la paz durante la Divina Liturgia expresa un compromiso muy importante, introducido por el diácono con la siguiente exhortación:  "Amémonos unos a otros para que con una sola mente podamos hacer juntos nuestra profesión de fe". Luego sigue la proclamación del Credo. Este hecho que he citado puede parecer un detalle de poca relevancia; sin embargo, tiene un significado profundamente espiritual.

— Otro factor importante atañe a la Declaración común firmada por el Papa y el Patriarca, en la que afirman:  "No podemos olvidar el solemne acto oficial con el que se relegó al olvido los antiguos anatemas, que durante siglos han influido negativamente en las relaciones entre nuestras Iglesias. No hemos sacado aún de este acto todas las consecuencias positivas que se pueden derivar para nuestro camino hacia la unidad plena" (n. 1:  L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 8 de diciembre de 2006, p. 6).

De esa manera quieren decir claramente:  avancemos de modo efectivo y práctico hacia la eliminación de los obstáculos que aún permanecen y nos dividen. Y es significativo que el Papa Benedicto XVI haya elegido la solemne Liturgia del Patriarcado para afrontar uno de los desafíos más comprometedores del camino ecuménico, al afirmar:  "Por desgracia, la cuestión del servicio universal de Pedro y de sus Sucesores ha dado lugar a nuestras diferencias de opinión, que esperamos superar, también gracias al diálogo teológico recientemente reanudado" (Homilía durante la Divina Liturgia en la iglesia de San Jorge, en Estambul, jueves 30 de noviembre de 2006:  L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 8 de diciembre de 2006, p. 7).

Luego prosiguió reafirmando el compromiso asumido por su venerado predecesor el siervo de Dios Juan Pablo II:  "El Papa Juan Pablo II invitó a entablar un diálogo fraterno con el fin de encontrar formas de ejercer el ministerio petrino hoy, respetando su naturaleza y esencia, de manera que "pueda realizar un servicio de fe y de amor reconocido por unos y otros" (Ut unum sint, 95). Hoy deseo recordar y renovar esa invitación" (ib.).

El camino hacia la comunión plena puede realizarse con lentitud, pero el Espíritu Santo está obrando, y un día, sin que sepamos cómo, llevará a cabo lo que ha comenzado.

Entonces ¿qué debemos hacer?

Dado que la Iglesia no sólo la componen sus ministros y los que la guían, sino también todo el cuerpo de los fieles, es necesario que un número cada vez mayor de estos participen en lo que se ha definido "el ecumenismo espiritual". Los cristianos, independientemente de la tradición a la que pertenezcan, pueden decir con alegría y gratitud que "es mucho más fuerte lo que nos une que lo que nos divide" (Ut unum sint, 20).

Creen en Dios Padre todopoderoso; en Jesucristo, Hijo de Dios y Salvador; en el Espíritu Santo, nuestro Defensor, dador de vida y santificador. Reconocen que por medio del sacramento del bautismo han nacido espiritualmente a una nueva vida, están unidos a Cristo y unos a otros. Todos honran la sagrada Escritura como palabra de Dios y norma inmutable de fe y de acción. Comparten la oración y muchas otras fuentes de vida espiritual. El Espíritu Santo obra en todos los bautizados con su fuerza santificante y llama a todos a la verdadera santidad. Es el Espíritu Santo quien, a lo largo de las generaciones, siempre ha impulsado a los cristianos de todas las tradiciones a afrontar el martirio por Cristo.

El ecumenismo espiritual aprecia todos estos dones en las Iglesias y en las comunidades eclesiales de Oriente y Occidente. El concilio Vaticano II afirma:  "No hay que olvidar tampoco que todo lo que la gracia del Espíritu Santo obra en los hermanos separados puede contribuir también a nuestra edificación" (Unitatis redintegratio, 4).

Así pues, necesitamos experimentar este intercambio espiritual de dones. Los cristianos pertenecientes a las diversas tradiciones deben encontrarse y, orando juntos, mediante una purificación de la memoria, hallar inspiración unos en otros para crecer en una fidelidad cada vez más profunda a Cristo y al Evangelio.

Lo que acabo de describir constituye, en gran parte, el valor de la Semana de oración por la unidad de los cristianos. Nuestro compromiso no se debe limitar a una Semana especial, pero nos recuerda que amar a la Iglesia de Cristo significa desear ardientemente su santidad y su unidad. El rostro de la Iglesia tiene arrugas y cicatrices, y un compromiso ecuménico fuerte es un factor esencial para devolverle su belleza. Sólo cuando sea escuchada la oración del Señor en la última Cena, sólo cuando seamos uno, como él ardientemente desea, sólo entonces la Iglesia se presentará claramente como signo y sacramento de la salvación del mundo. Sólo entonces se cumplirá el plan de Dios:  "para que el mundo crea" (Jn 17, 21).
 


Notas

[1] Se trata del mismo Secretariado para la promoción de la unidad de los cristianos instituido por el Papa Juan XXIII juntamente con las demás comisiones encargadas de preparar el concilio Vaticano II, y confirmado como dicasterio de la Santa Sede al concluir el Concilio; la constitución Pastor bonus, del 28 de junio de 1988, le cambió el título.

 

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