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CONSEJO PONTIFICIO
PARA LA PROMOCIÓN DE LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS

Para tener en cuenta

Esta es la versión española del texto para la Semana de oración de la unidad de los cristianos 2011. El material, con miras a su difusión internacional, ha sido preparado por una comisión mixta nombrada por el Pontificio Consejo para la promoción de la unidad de los cristianos y la Comisión Fe y Constitución del Consejo Mundial de Iglesias, con base en una propuesta de un grupo ecuménico de Jerusalén. Las Comisiones ecuménicas de las Conferencias Episcopales y de los Sínodos de las Iglesias católicas de rito oriental han sido invitadas a adaptar el texto de acuerdo con la situación ecuménica local y las distintas tradiciones litúrgicas presentes en el territorio.

Si desea obtener una copia del texto adaptado a su contexto, le invitamos a ponerse en contacto con la Comisión ecuménica de su Conferencia episcopal o su Sínodo local.

 

Traducción preparada por la Comisión para las relaciones interconfesionales
de la Conferencia Episcopal Española

Materiales para la

SEMANA DE ORACIÓN POR LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS
y para el resto del año 2011

 

Unidos en la enseñanza de los apóstoles,
la comunión fraterna, la fracción del pan y la oración
(cf. Hch 2,42)

Preparados conjuntamente por el
Consejo Pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos y la
Comisión Fe y Constitución del Consejo Mundial de Iglesias

 

A todos los que organizan
la Semana de oración por la unidad de los cristianos

Buscar la unidad durante todo el año

Tradicionalmente, la Semana de oración por la unidad de los cristianos se celebra del 18 al 25 de enero. Estas fechas fueron propuestas en 1908 por Paul Watson para cubrir el periodo entre la fiesta de san Pedro y la de san Pablo. Esta elección tiene un significado simbólico. En el hemisferio Sur, donde el mes de enero es tiempo de vacaciones de verano, se prefiere adoptar igualmente otra fecha, por ejemplo en torno a Pentecostés (sugerido por el movimiento Fe y Constitución en 1926) que representa también otra fecha simbólica para la unidad de la Iglesia.

Guardando esta flexibilidad de espíritu, os animamos a considerar estos textos como una invitación para encontrar otras ocasiones, a lo largo del año, y expresar el grado de comunión que las Iglesias ya han alcanzado, y orar juntas para llegar a la plena unidad querida por Cristo.

Adaptar los textos

Estos textos que han sido propuestos, cada vez que sea posible, se procurará adaptarles a las realidades de los diferentes lugares y países. Al hacerlo, se deberá tener en cuenta las prácticas litúrgicas y devocionales locales así como el contexto social-cultural. Tal adaptación deberá comportar normalmente una colaboración ecuménica. En muchos países, las estructuras ecuménicas existen y permiten este género de colaboración. Esperamos que la necesidad de adaptar la Semana de oración a la realidad local pueda animar la creación de esas mismas estructuras allí donde éstas no existen todavía.

Utilizar los textos de la Semana de oración por la unidad de los cristianos

Para las Iglesias y las Comunidades cristianas que celebran juntas la Semana de oración en una sola ceremonia, este folleto propone un modelo de Celebración ecuménica de la Palabra de Dios.

Las Iglesias y las Comunidades cristianas pueden igualmente servirse para sus celebraciones de las oraciones y de otros textos de la Celebración ecuménica de la Palabra de Dios, de los textos propuestos por el Octavario y de las oraciones presentes en el apéndice de este folleto.

Las Iglesias y Comunidades cristianas que celebran la Semana de oración por la unidad de los cristianos cada día de la semana, pueden encontrar sugerencias en los textos propuestos para el Octavario.

Para Las personas que desean realizar estudios bíblicos sobre el tema de la Semana de Oración pueden servir de apoyo igualmente los textos y las reflexiones bíblicas propuestas para el Octavario. Los comentarios de cada día pueden concluir con una oración de intercesión.

Para las personas que desean orar en privado, los textos de este folleto pueden animar sus oraciones y su llamada a la comunión con todos aquellos que oran en todo el mundo por una mayor unidad visible de la Iglesia de Cristo.

Texto bíblico

(Hch 2, 42-47)

Todos se mantenían constantes a la hora de escuchar la enseñanza de los apóstoles, de compartir lo que tenían, de celebrar la cena del Señor y de participar en la oración. Todo el mundo estaba impresionado a la vista de los numerosos prodigios y señales realizados por los apóstoles. En cuanto a los creyentes, vivían todos de mutuo acuerdo y todo lo compartían. Hasta vendían las propiedades y bienes, y repartían el dinero entre todos según la necesidad de cada cual. A diario acudían al Templo con constancia y en íntima armonía, celebraban en familia la cena del Señor y compartían juntos el alimento con sencillez y alegría sinceras. Alababan a Dios, y toda la gente los miraba con simpatía. Por su parte, el Señor aumentaba cada día el grupo de los que estaban en camino de salvación

Biblia traducción interconfesional (Madrid 2008)

Introducción al tema

La Iglesia de Jerusalén, ayer, hoy y mañana

Hace dos mil años, los primeros discípulos de Cristo reunidos en Jerusalén tuvieron la experiencia de la efusión del Espíritu Santo en Pentecostés y han estado reunidos en la unidad que constituye el cuerpo del Cristo. Los cristianos de siempre y de todo lugar ven en este acontecimiento el origen de su comunidad de fieles, llamados a proclamar juntos a Jesucristo como Señor y Salvador. Aunque esta Iglesia primitiva de Jerusalén ha conocido dificultades, tanto exteriormente como en su seno, sus miembros han perseverado en la fidelidad y en la comunión fraterna, en la fracción del pan y en las oraciones.

No es difícil constatar que la situación de los primeros cristianos de la Ciudad Santa se vincula hoy a la Iglesia de Jerusalén. La comunidad actual conoce muchas alegrías y sufrimientos que fueron las de la Iglesia primitiva: sus injusticias y desigualdades, sus divisiones, y también su fiel perseverancia y su consideración de una unidad mayor entre los cristianos.

Las Iglesias de Jerusalén nos hacen actualmente entrever lo que significa luchar por la unidad, incluso en las grandes dificultades. Nos muestran que la llamada a la unidad puede ir bien más allá de las palabras y orientarnos de verdad hacia un futuro que nos haga anticipar la Jerusalén celestial y contribuir a su construcción.

Es necesario el realismo para que esta idea se convierta en realidad. La responsabilidad de nuestras divisiones nos incumbe; son fruto de nuestros propios actos. Debemos transformar nuestra oración, y pedir a Dios transformarnos nosotros mismos para que podamos trabajar activamente para la unidad. Tenemos buena voluntad para pedir por la unidad. Puede que el Espíritu Santo nos anime a nosotros mismos ante el obstáculo de la unidad; ¿nuestra propia soberbia impide la unidad?

La llamada a la unidad llega este año desde Jerusalén, la Iglesia madre, a las Iglesias del mundo entero. Conscientes de sus propias divisiones y de la necesidad de hacer ellas mismas mucho más por la unidad del Cuerpo de Cristo, las Iglesias de Jerusalén piden a todos los cristianos redescubrir los valores que constituyen la unidad de la primera comunidad cristiana de Jerusalén, cuando era asidua a la enseñanza de los Apóstoles y a la comunión fraterna, a la fracción del pan y a las oraciones. He aquí el desafío que tenemos. Los cristianos de Jerusalén piden a sus hermanos y hermanas hacer de esta semana de oración la ocasión de renovar su compromiso para trabajar por un verdadero ecumenismo, arraigado en la experiencia de la Iglesia primitiva.

Cuatro elementos de unidad

Las oraciones de 2011 para la Semana de oración por la unidad de los cristianos han sido preparadas por los cristianos de Jerusalén, que eligieron el tema de los Hechos 2,42: “Eran asiduos a la enseñanza de los apóstoles y a la comunión fraterna, a la fracción del pan y a las oraciones.” Este tema nos recuerda los orígenes de la primera Iglesia de Jerusalén; invita a la reflexión y a la renovación, a una vuelta a los fundamentos de la fe; invita a recordar el tiempo en que la Iglesia era aún indivisa. Cuatro elementos se presentan para meditar este tema; fueron características destacadas de la comunidad cristiana primitiva y son esenciales para la vida de toda comunidad cristiana. En primer lugar, los apóstoles transmitieron la Palabra. En segundo lugar, una de las características destacadas de la primera comunidad que creía cuando se reunía, era la comunión fraterna (koinonia). Una tercera característica de la Iglesia primitiva consistía en celebrar la Eucaristía (la “fracción del pan”), en memoria de la Nueva Alianza que Jesús realizó a través sus sufrimientos, su muerte y su resurrección. El cuarto aspecto era la ofrenda de una oración continua. Estos cuatro elementos son los pilares de la vida de la Iglesia y de su unidad.

La comunidad cristiana de Tierra Santa propone poner de relieve estos elementos fundamentales y ruega a Dios por la unidad y la vitalidad de la Iglesia extendida por el mundo. Los cristianos de Jerusalén invitan a sus hermanas y hermanos en todo el mundo a unirse a su oración en su lucha por la justicia, la paz y la prosperidad de todos los pueblos de esta tierra.

Los temas del Octavario

Un planteamiento de fe puede ser percibido a través de los temas del octavario. Desde su inicio en la habitación superior, la comunidad cristiana primitiva experimenta la efusión del Espíritu Santo, que la vuelve capaz de crecer en la fe y la unidad, en la oración y la acción, para convertirse realmente en la comunidad de la resurrección, unida a Cristo en su victoria sobre todo lo que nos separa unos de otros y de Él. La Iglesia de Jerusalén se transforma así en faro de esperanza, anticipo de la Jerusalén celestial, llamada a reconciliar no solamente nuestras Iglesias sino a todos los pueblos. Este camino es guiado por el Espíritu Santo que conduce a los primeros cristianos al conocimiento de la verdad sobre Jesucristo, y llena a la Iglesia primitiva de signos y maravillas. Prosiguiendo su planteamiento, los cristianos de Jerusalén se reúnen con fervor para escuchar la Palabra de Dios transmitida por la enseñanza de los apóstoles, y se reúnen en la comunión fraterna para celebrar su fe en el sacramento y la oración. Llena de poder y de esperanza en la resurrección, la propia comunidad celebra la certeza de su victoria sobre el pecado y la muerte, para tener el proyecto y el valor de ser ella misma instrumento de reconciliación, capaz de inspirar a todos los pueblos y de llamarles decididamente a superar las divisiones y las injusticias que sufren.

El día primero sitúa los orígenes de la Iglesia madre de Jerusalén y se muestra claramente la continuidad con la Iglesia extendida hoy a través del mundo. Nos recuerda el valor de la Iglesia primitiva que daba fielmente testimonio a la verdad, al igual que hoy nosotros tenemos que trabajar por la justicia tanto en Jerusalén como en el resto del mundo.

El día segundo recuerda que la primera comunidad reunida en Pentecostés se componía de orígenes muy distintos, y que, de la misma manera, se encuentran hoy en la Iglesia de Jerusalén una gran diversidad de tradiciones cristianas. Tenemos presente el desafío de realizar una unidad visible aún más extendida, por los medios que tienen en cuenta nuestras diferencias y nuestras tradiciones.

El día tercero presta atención al aspecto más fundamental de la unidad: la Palabra de Dios comunicada a partir de la enseñanza de los apóstoles. La Iglesia de Jerusalén nos recuerda que, cualesquiera que sean nuestras divisiones, esta enseñanza nos exhorta a que nos gastemos por amor los unos a los otros, y en la fidelidad al único cuerpo que es la Iglesia.

El día cuarto insiste sobre la participación como segunda expresión de la unidad. Sobre el método de los primeros cristianos que ponían todo en común, la Iglesia de Jerusalén pide a todos sus hermanos y hermanas de la Iglesia compartir sus bienes y sus preocupaciones en la alegría y la generosidad de corazón, para que nadie permanezca en la necesidad.

El día quinto se refiere al tercer aspecto de la unidad: la fracción de pan, que nos reúne en la esperanza. Nuestra unidad se extiende más allá de la santa comunión; debe implicar una actitud correcta en cuanto a la vida moral, a la persona humana y al conjunto de la comunidad. La Iglesia de Jerusalén pide a los cristianos unirse en “la fracción del pan”, ya que una Iglesia dividida no puede expresarse con autoridad sobre las cuestiones de justicia y paz.

El día sexto presenta la cuarta característica de la unidad; como la Iglesia de Jerusalén, sacamos nuestra fuerza del tiempo que pasamos orando. Nuestro Padre, muy especialmente, nos llama a todos, débiles o fuertes, tanto en Jerusalén como en el resto del mundo, a trabajar juntos por la justicia, la paz y la unidad para que venga el reino de Dios.

El día séptimo nos lleva más allá de estos cuatro elementos de unidad: la Iglesia de Jerusalén proclama alegremente la resurrección, incluso mientras aguanta el sufrimiento de la cruz. La resurrección de Jesús es para los cristianos de la Jerusalén actual una esperanza y una fuerza que les hace capaces de seguir siendo constantes en su testimonio, y de trabajar por la libertad y la paz en la Ciudad de la paz.

El día octavo concluye el planteamiento sobre una llamada hecha por las Iglesias de Jerusalén en favor de un servicio más extenso: el de la reconciliación. Aunque los cristianos llegasen a la unidad entre ellos, no habrán acabado su trabajo, ya que ellos mismos deben reconciliarse con otros. En el contexto de Jerusalén, se significa entre palestinos e israelíes; en otras comunidades, los cristianos deben buscar la justicia y la reconciliación en el contexto que les es propio.

El tema de cada día se ha elegido no solamente para recordarnos la historia de la Iglesia primitiva, sino también para que las experiencias de los cristianos de la Jerusalén actual estén presentes espiritualmente, y nos inviten a reflexionar a todos sobre la manera en que podemos aprovechar en nuestras comunidades cristianas locales este tipo de experiencia. Durante este planteamiento de ocho días, los cristianos de Jerusalén nos invitan a proclamar y a testimoniar que la unidad -en su pleno sentido de fidelidad a la enseñanza de los apóstoles y a la comunión fraterna, a la fracción del pan y a las oraciones- nos hará capaces de triunfar juntos sobre el mal, no sólo en Jerusalén, sino por todas partes del mundo.

Preparación del material
de la semana de oración
por la unidad de los cristianos 2011

El trabajo inicial que ha permitido la publicación de este folleto ha sido realizado por un grupo de responsables cristianos de Jerusalén. Se reunieron por la invitación del Consejo Ecuménico de las Iglesias. Su reflexión ha sido facilitada por el Centro Ecuménico de Jerusalén. Queremos recordar especialmente a los que han colaborado:

Su Beatitud Michel Sabbah, Patriarca latino emérito de Jerusalén;
Su Gracia Munib Younan, Obispo de la Iglesia evangélica luterana en Jordania y en Tierra Santa;
El Reverendo Naim Ateek, de la Iglesia episcopal de Jerusalén y Oriente Medio;
El Padre Frans Bouwen, de la Iglesia Católica (romana);
El Padre Alexander, del Patriarcado greco ortodoxo de Jerusalén;
El P. Jamal Khader, de la Universidad de Belén;
El Sr. Michael Bahnam, del Patriarcado sirio ortodoxo de Antioquía;
El Sr. Nora Karmi, de la Iglesia armenia ortodoxa;
El Sr. Yusef Daher, de la Iglesia greco melkita católica.

Los textos propuestos aquí han sido definitivamente aprobados en el encuentro del grupo preparatorio internacional designado por la Comisión Fe y Constitución del Consejo Ecuménico de las Iglesias y el Consejo Pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos de la Iglesia Católica.

El encuentro del grupo preparatorio internacional se celebró en el monasterio San Cristóbal de Saydnaya, en Siria. Los participantes desean agradecer a su Beatitud Ignacio IV, Patriarca greco ortodoxo de Antioquía y a su personal en Damasco y Saydnaya por su calurosa recepción y su amable hospitalidad, así como a los responsables de Iglesias de las diversas tradiciones cristianas por su apoyo y su estímulo.

INTRODUCCIÓN
A LA CELEBRACIÓN ECUMÉNICA

“Eran fieles a la enseñanza de los apóstoles y a la comunión fraterna,
a la fracción del pan y a las oraciones” (Hch 2,42).

El tema propuesto este año, para nuestra meditación, por las Iglesias de Jerusalén invita a los cristianos del mundo entero a dedicar un tiempo de reflexión a sus relaciones con la Iglesia madre de Jerusalén, con el fin de poder hacer una nueva reflexión de su propia situación. De esta comunidad de Jerusalén nacieron todas las demás comunidades. La comunidad terrestre de Jerusalén prefigura la Jerusalén celestial donde se reunirán todos los pueblos en torno al trono del Cordero para alabar y adorar a Dios eternamente.

Los cristianos de Jerusalén invitan en nuestras reuniones ecuménicas de 2011 a meditar sobre la importancia de nuestra asiduidad a la enseñanza de los apóstoles y a la comunión fraterna, a la fracción del pan y a las oraciones, elementos que nos unen a pesar de nuestro nombre, en el único Cuerpo de Cristo. Las Iglesias de Jerusalén nos piden acordarnos de ellas en la precariedad de su situación y de rogar por una justicia que permita la paz en Tierra Santa. La liturgia ecuménica presentada aquí quiere destacar la dimensión fundamental de todo testimonio cristiano, el amor puesto al servicio del Evangelio, de la reconciliación con Dios, y con toda la humanidad y la creación.

Desarrollo de la celebración

La celebración incluye: (I) la reunión, (II) la celebración de la Palabra de Dios, (III) las preces de arrepentimiento y paz, (IV) la letanía de la unidad de los cristianos, (V) el envío.

I) Reunión

Según las prácticas locales, los símbolos convenientes pueden llevarse y colocarse delante de la asamblea durante el himno de apertura. Después del saludo inicial por la persona que preside, algunas palabras de bienvenida pueden ser expresadas por las comunidades y los responsables reunidos para celebrar. Se invita a la asamblea a prepararse para celebrar y alabar a Dios con las fórmulas de apertura y una oración introductoria bajo forma de letanía según la manera tradicional oriental.

II) Celebración de la Palabra de Dios

La lectura de los Hechos de los Apóstoles es central y a partir de ella se organizan las otras etapas de la celebración. Al elegir este texto de los Hechos, el comité preparatorio de Jerusalén se proponía acentuar las ideas de fidelidad a la enseñanza de los apóstoles y de puesta en común de todos los bienes como claves de la unidad. La homilía puede desarrollar estos temas, o insistir en la necesidad de que los cristianos extendidos por el mundo apoyan en la oración a sus hermanas y hermanos que, en la Ciudad Santa, dan prueba del Evangelio del amor.

Después de la homilía, se puede tener un tiempo de meditación silenciosa o acompañado de música. Una ofrenda o una colecta en favor de los cristianos y sus instituciones (escuelas, hospitales, etc.) podrá tener lugar e ir dirigida a una organización eclesial conveniente.

III) Oración de arrepentimiento y paz

Un gesto simbólico puede tener lugar durante esta oración.

Opción nº l: Velas llevadas en procesión durante la liturgia de apertura y colocadas a la vista de la asamblea pueden ser apagadas una a una, después de cada fórmula del rezo penitencial, mientras se deja una gran vela o el cirio pascual encendido, y se apagan las luces de la iglesia. Al final de la liturgia de paz, se distribuyen pequeñas velas a las personas presentes. La confesión de fe, que se puede recitar según el credo de Nicea o el símbolo de los apóstoles, o también según otra expresión tradicional de la fe, sigue con el intercambio de la paz en la penumbra. Las velas apagadas se encienden entonces una a una (de la gran vela o el cirio pascual) después de cada intención de la letanía por la unidad de los cristianos. Se invita a los participantes a llevar con ellos las velas que recibieron, a encenderlas cada noche de la semana de oración y, si conviene, colocarlas en su ventana para prolongar esta vigilia de oración y recuerdo de los cristianos de Tierra Santa y de quienes sufren por su fe.

Opción nº 2: Un grupo (de niños o jóvenes por ejemplo) prepara de antemano el “mosaico” (una imagen de Cristo, una cruz, la imagen de una iglesia, cualquier otro símbolo de unidad juzgado conveniente) y lo divide en grandes pedazos. Durante la letanía de la unidad de los cristianos, representantes de las comunidades presentes colocan los pedazos del mosaico sucesivamente en un marco, delante de la asamblea. Al final de la letanía, el mosaico representará la unidad de todos los cristianos en el único cuerpo de Cristo, en la diversidad que muestra la riqueza del don que Dios hizo a las Iglesias.

Opción nº 3:El incienso puede ser ofrecido por los miembros de cada una de las comunidades después de cada fórmula del rezo penitencial, para significar la misericordia de Dios que se extiende sobre nuestros pecados y la gracia de Dios que nos sana. Un recipiente que contiene carbón de madera encendido puede colocarse en el centro de la asamblea o cerca del lugar donde se efectuarán las lecturas de la Escritura. Después de cada fórmula penitencial, el lector u otro miembro de la asamblea pondrá incienso sobre el carbón de madera. Este gesto expresa la voluntad de la asamblea de reconocer su pecado y de acoger en respuesta la misericordia de Dios.

IV) Letanía de la unidad de los cristianos

Estas fórmulas se inspiran sobre la situación de las Iglesias en Jerusalén. No obstante, en función de la situación local, se pueden sustituir por fórmulas propias del lugar, con el fin de manifestar cómo se pretende por todas partes superar las divisiones y tender a la plena comunión visible. El presidente y el lector dirigen la letanía, respondiendo la asamblea cada vez. La letanía se concluye por la recitación del Padre Nuestro. Cada uno puede pedir en su propia lengua o en arameo, lengua en uso para algunos cristianos de la Ciudad Santa (véase apéndice).

V) Envío

La asamblea invoca la bendición de Dios sobre sus miembros, enviados para ser embajadores de la Buena Noticia de la reconciliación. Un himno puede cerrar la celebración.

DESARROLLO
DE LA CELEBRACIÓN ECUMÉNICA

P.: Presidente de la celebración

A.: Asamblea

L.: Lector

I. Reunión

Himno de apertura

Invocación de apertura

P.: En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
A.: Amen.

Fórmulas de apertura

P.: A todos los cristianos de Jerusalén y a los fieles que están en NN, gracia y paz de parte de Dios Padre y del Señor Jesucristo (1 Tes 1,1).

A.: Demos gracias a Dios.

Saludos

P.: Dios de misericordia y amor, tú nos has creado a tu imagen.
A.: Te alabamos y te damos gracias.

L.: Nos reunimos en tu nombre, para implorar que restaures la unidad de todos los que confiesan a tu Hijo Jesucristo como Señor y Salvador de toda la humanidad.
A.: Dios nuestro, escúchanos y ten piedad de nosotros.

L.: Apóyanos en nuestra debilidad y fortalécenos por tu Espíritu Santo.
A.: Envía tu Espíritu y reúnenos en la unidad.

L.: Roguemos al Señor:
A.: Kyrie, kyrie eleison.

L.: Dios de gracia, tú has prometido por tus profetas hacer de Jerusalén una morada para una multitud de pueblos, y una madre para un gran número de naciones. Escucha nuestras oraciones para que Jerusalén, la ciudad que has visitado, sea un lugar donde todos puedan permanecer contigo y encontrarse en la paz. Roguemos al Señor.
A.: Kyrie, kyrie eleison.

L.: Dios de misericordia, que tu Espíritu vivificante anime todos los corazones, para que se eliminen las barreras de separaciones, que desaparezcan las sospechas, que cesen los odios y que tu pueblo, curado de sus divisiones, pueda vivir en la justicia y en la paz. Roguemos al Señor.
A.: Kyrie, kyrie eleison.

L.: Dios de amor, escucha nuestras oraciones por tu ciudad santa, Jerusalén. Pon fin a sus sufrimientos y reúnela en la unidad. Haz que tu morada vuelva a ser una ciudad de paz y luz para todos los pueblos. Fomenta la concordia en la ciudad santa y entre todos sus habitantes. Roguemos al Señor.
A.: Kyrie, kyrie eleison.

P.: Abre ahora nuestros oídos y nuestros corazones para escuchar la proclamación de tu Palabra y ayúdanos a vivir con más fidelidad en todo lo que hacemos y decimos, para que tu nombre sea glorificado y se extienda tu reino, Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo.
A.: Amén.

II. Liturgia de la Palabra

P.: Sabiduría. ¡Estemos atentos!

Antiguo Testamento: Génesis 33,3-4 o Isaías 58, 6-10
  Salmo 96, 1-13

A.: Cantad al Señor un canto nuevo porque ha hecho maravillas (u otro himno basado en el Salmo 96)

L.: Vv 1,2,3.
L.: Vv. 4,5,6.
L.: Vv.7,8,9
L.: V. 10
L.: Vv. 11, 12a
L.: Vv. 12b, 13

Segunda lectura: Hechos 2, 42-47

Aleluya (cantado)

Deja allí tu ofrenda allí mismo delante del altar, y ve primero a reconciliarte con tu hermano; luego regresa y presenta tu ofrenda (Mt 5,24).

Aleluya, aleluya.

Evangelio: Mateo 5, 21-26

Homilía/Sermón

Himno

III. Oración penitencial

P.: Con las Iglesias de Jerusalén, roguemos al Señor.
Recordamos que los creyentes eran asiduos en la enseñanza de los apóstoles y en la comunión fraterna. Confesamos nuestras faltas de fidelidad y fraternidad. Roguemos al Señor.

A.: Señor, ten piedad.

P.: Con las Iglesias de Jerusalén, roguemos al Señor.
Recordamos que el temor ganaba todos los corazones y que eran testigos de muchos prodigios y señales. Confesamos la estrechez de nuestra vista que nos impide descubrir la gloria de tu obra en medio de nosotros. Roguemos al Señor.

A.: Señor, ten piedad.

P.: Con las Iglesias de Jerusalén, roguemos al Señor.
Recordamos que los creyentes ponían todo en común y ayudaban a los que estaban en necesidad. Confesamos que nos agarramos a nuestros bienes en detrimento de los pobres. Roguemos al Señor.

A.: Señor, ten piedad.

P.: Con las Iglesias de Jerusalén, roguemos al Señor.
Recordamos que los creyentes oraban con asiduidad y partían el pan entre ellos en la alegría y la simplicidad del corazón. Confesamos nuestra falta de amor y generosidad. Roguemos al Señor.

A.: Señor, ten piedad.

Seguridad del perdón de Dios

P.: He aquí lo que ha sido anunciado por el profeta Joel: “Sucederá en los últimos días, declara el Señor, que extenderé mi Espíritu sobre toda carne… Entonces cualquiera que invoque el nombre del Señor se salvará”.

Nosotros esperamos la llegada del Señor, nosotros tenemos también la seguridad de que, en Cristo, somos perdonados, renovados y restablecidos en la unidad.

Fórmula de paz

P.: Cristo es nuestra paz. Nos reconcilió con Dios en un único cuerpo por la cruz; nos reunimos en su nombre y compartimos su paz.

Que la paz del Señor esté siempre con vosotros.

A.: Y con tu espíritu.

Profesión de fe (Símbolo de los Apóstoles, de Nicea, u otra fórmula adaptada)

Himno

IV. Letanía de la unidad de los cristianos

P.: En Cristo el mundo se reconcilia con Dios que nos confía el mensaje de la reconciliación. Somos embajadores de Cristo, encargados de su obra de reconciliación, y elevamos a Dios nuestras preces:

L.: Cuando oramos juntos en la diversidad de nuestras tradiciones,
A.: Tú el Santo, tú que nos unes, haz visible nuestra unidad y da al mundo la curación.

L.: Cuando leemos la Biblia juntos en la diversidad de nuestras lenguas y nuestros contextos de vida,
A.: Tú que te revelas, tú que nos unes, haz visible nuestra unidad y da al mundo la curación.

L.: Cuando establecemos relaciones amistosas entre judíos, cristianos y musulmanes, cuando destruimos las paredes de indiferencia y odio,
A.: Tú el misericordioso, tú que nos unes, haz visible nuestra unidad y da al mundo la curación.

L.: Cuando trabajamos por la justicia y la solidaridad, cuando pasamos del temor a la confianza,
A.: Tú que fortificas, tú que nos unes, haz visible nuestra unidad y da al mundo la curación.

L.: Por todas partes donde se sufre guerra y violencia, injusticia y desigualdades, enfermedad y prejuicios, pobreza y desesperación, atráenos hacia la cruz de Cristo y los unos hacia los otros,
A.: Tú que fuiste herido, tú que nos unes, haz visible nuestra unidad y da al mundo la curación.

P.: Con los cristianos de Tierra Santa, damos testimonio también del nacimiento de Jesucristo en Belén, de su ministerio en Galilea, de su muerte y su resurrección, y de la llegada del Espíritu Santo en Jerusalén; imploramos la paz y la justicia para todos, en la segura y firme esperanza de la llegada de tu reino,
A.: Tú Dios trinitario, tú que nos unes, haz visible nuestra unidad y da al mundo la curación.

Padre Nuestro (cada uno en su propia lengua)

V. Envío

La asamblea invoca la bendición de Dios sobre sus miembros que son enviados para ser embajadores de la Buena Noticia de la reconciliación. La celebración puede terminar con un himno.

P.: Que el Padre, que es fiel a sus promesas y del que la ayuda nunca falta, os sostenga en su lucha por la justicia y sus esfuerzos para poner término a las divisiones.
A.: Amén.

P.: Que el Hijo, que santificó la Tierra Santa con su nacimiento, su ministerio, su muerte y su resurrección, os conceda la redención, la reconciliación y la paz.
A.: Amén.

P.: Que el Espíritu Santo, que reunió en la unidad a los primeros cristianos en Jerusalén, os una en la fidelidad a la enseñanza de los apóstoles y a la comunión fraterna, a la fracción del pan y a las oraciones, y os fortalezca para predicar y vivir el Evangelio.
A.: Amén.

P.: Que os bendiga y os guarde el único Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, para que os ayude a proclamar su Buena Nueva en todo el mundo.
A.: Demos gracias a Dios.

Bendición

A.: Que la bendición del Dios de la paz y la justicia os acompañe;
Que la bendición del Hijo que limpia las lágrimas de todos los que sufren en el mundo os acompañe;
Y que la bendición del Espíritu que nos invita a la reconciliación y a la esperanza os acompañe ahora y siempre.
Amén.

Himno

Textos bíblicos, meditaciones
y oraciones para el Octavario

Día primero - La Iglesia de Jerusalén

Lecturas  
Joel 2, 21-22.28-29 Derramaré mi Espíritu sobre todo ser humano
Salmo 46 Dios está en medio de la ciudad
Hechos 2, 1-12 Al llegar el día de Pentecostés
Juan 14, 15-21 El Espíritu de la verdad

Comentario

El planteamiento de esta Semana de oración por la unidad de los cristianos parte de Jerusalén, el día de Pentecostés, es decir, en el momento en que la Iglesia inicia su propia marcha.

El tema del Octavario es: “Unidos en la enseñanza de los apóstoles, la comunión fraterna, la fracción del pan y la oración”. “Ellos” designa la Iglesia primitiva de Jerusalén, nacida el día de Pentecostés en que el Paráclito, el Espíritu de verdad, descendió sobre los primeros creyentes, como Dios lo había prometido a través del profeta Joel, y por el Señor Jesús en la noche anterior a su pasión y a su muerte. Todos los que viven en la continuidad del día de Pentecostés, viven en la continuidad de la Iglesia primitiva de Jerusalén y su responsable, Santiago. Esta Iglesia es nuestra Iglesia madre de todos. Nos da la imagen o el icono de la unidad de los cristianos por la cual rogamos esta semana.

Según una tradición oriental antigua, la sucesión eclesial se realiza en la continuidad con la primera comunidad cristiana de Jerusalén. La Iglesia apostólica de Jerusalén se realiza en la Iglesia de la Jerusalén celestial que, a su vez, se convierte en el icono de todas las Iglesias cristianas. En señal de su continuidad con la Iglesia de Jerusalén, todas las Iglesias deben conservar las “características” de la primera comunidad cristiana por su asiduidad “a la enseñanza de los apóstoles, la comunión fraterna, la fracción del pan y la oración”.

La Iglesia actual de Jerusalén vive especialmente su continuidad con la Iglesia apostólica de Jerusalén a través del costoso testimonio que ella da de la verdad. Su testimonio dado por el Evangelio y su lucha contra las desigualdades e injusticias nos recuerdan que la oración por la unidad de los cristianos es inseparable de la oración por la paz y la justicia.

Oración

Dios todopoderoso y misericordioso, que con gran poder has reunido a los primeros cristianos de Jerusalén por el don del Espíritu Santo, desafiando así el poder humano del Imperio romano. Haz que, como la primera Iglesia de Jerusalén, podamos reunirnos en la dignidad de predicar y vivir la buena noticia de la reconciliación y de la paz, por todas partes donde existen desigualdades e injusticias. Te lo pedimos en nombre de Jesucristo que nos libera de los vínculos del pecado y de la muerte. Amén.

Día segundo – Muchos miembros en un solo cuerpo

Lecturas  
Isaías 55, 1-4 Venid por agua
Salmo 85, 8-13 Su salvación está cerca
1 Corintios 12, 12-27 Hemos recibido en el bautismo un mismo Espíritu a fin de formar un solo cuerpo
Juan 15, 1-13 Yo soy la vid verdadera

Comentario

La Iglesia de Jerusalén descrita en los Hechos de los Apóstoles es el modelo de la unidad que buscamos actualmente. Como tal, nos recuerda que la oración por la unidad de los cristianos no puede contemplar la uniformidad, ya que la unidad se caracterizó desde el principio por una gran diversidad. La Iglesia de Jerusalén es el modelo o el icono de la unidad en la diversidad.

El relato de Pentecostés en el libro de los Hechos nos dice que, ese día, todas las lenguas y culturas del antiguo mundo mediterráneo y que estaban representadas en Jerusalén, la gente oía el Evangelio en sus distintas lenguas y que a través de la predicación de Pedro, se unieron los unos a los otros en el arrepentimiento, bautismo y efusión del Espíritu Santo. San Pablo, por su parte, escribirá más tarde: “Todos nosotros, en efecto, seamos judíos o no judíos, esclavos o libres, hemos recibido en el bautismo un mismo Espíritu, a fin de formar un solo cuerpo; a todos se nos ha dado a beber de un mismo Espíritu”. No es una comunidad uniforme, hecha de espíritus similares, de gente unida por la cultura y la lengua, que era asidua a la enseñanza de los apóstoles y a la comunión fraterna, sino una comunidad de una gran diversidad, donde las diferencias podían fácilmente degenerar en controversias. Fue el caso entre los cristianos de origen griego y los de origen judío con respecto a la negligencia con la cual trataban a las viudas griegas, como informa san Lucas (Hechos 6,1). Por tanto, la Iglesia de Jerusalén estaba unida en sí misma, y que el Señor resucitado declara: “Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece unido a mí, como yo estoy unido a él, produce mucho fruto”.

Una gran diversidad caracteriza hoy todavía a las Iglesias de Jerusalén y a las de todo el mundo. En Jerusalén esta diversidad puede fácilmente degenerar en controversia, ya que el actual clima político de hostilidad no hace más que acentuarlo. Pero como la Iglesia primitiva de Jerusalén, los cristianos de Jerusalén nos recuerdan hoy que formamos un mismo cuerpo muchos miembros, una unidad en la diversidad. Las antiguas tradiciones nos enseñan que la diversidad y la unidad existen también en la Jerusalén celestial. Nos recuerdan que la diferencia y la diversidad no significan división y desunión, y que la unidad de los cristianos para la cual oramos siempre ha supuesto una real diversidad.

Oración

Dios, de quien procede toda vida en su gran diversidad, que llamas a tu Iglesia como Cuerpo de Cristo a estar unida en el amor. Haz que comprendamos aún más nuestra unidad en la diversidad, y que nos esforcemos en trabajar juntos para predicar y construir el reino de tu inmenso amor para la humanidad, acompañándonos unos a otros por todas partes y en todo lugar. Haz que tengamos siempre conciencia de que Cristo es la causa de nuestra vida común. Te lo pedimos en la unidad del Espíritu. Amén.

Día tercero - La asiduidad a la enseñanza de los apóstoles nos reúne

Lecturas  
Isaías 51,4-8 Prestadme atención, gente mía
Salmo 119, 105-112 Tu palabra es antorcha para mis pasos
Romanos 1, 15-17 Dispuesto a proclamar la buena noticia
Juan 17,6-19 He dado a conocer tu nombre

Comentario

La Iglesia de Jerusalén en los Hechos de los Apóstoles se unía en la asiduidad a la enseñanza de los apóstoles, a pesar de la gran diversidad de lenguas y culturas entre sus miembros. La enseñanza de los apóstoles consiste en dar testimonio de la vida, de la enseñanza, del ministerio, de la muerte y de la resurrección del Señor Jesús. Su enseñanza se resume en lo que San Pablo llama simplemente “el Evangelio”. Se encuentra un ejemplo de la enseñanza de los apóstoles en la predicación de San Pedro en Jerusalén, el día de Pentecostés. A partir del profeta Joel, la Iglesia se vincula a la historia bíblica del pueblo de Dios, llevándonos al relato que comienza con la creación.

A pesar de nuestras divisiones, la Palabra de Dios nos reúne y nos une. La enseñanza de los apóstoles, la buena noticia para todos en su plenitud, estaba en el centro de la unidad en la diversidad de la primera Iglesia de Jerusalén. Los cristianos de Jerusalén nos recuerdan hoy que no era solamente “la enseñanza de los apóstoles” lo que unía a la Iglesia primitiva, sino su asiduidad a esta enseñanza. Es también la asiduidad que refleja San Pablo cuando califica el Evangelio como “poder de Dios para la salvación”.

El profeta Isaías nos recuerda que la enseñanza de Dios es inseparable del “juicio, luz de los pueblos”. Y el salmista ora así: “Tu palabra es antorcha para mis pasos; es la luz en mi sendero. Mi herencia perpetua son tus mandamientos, alegría de mi corazón”.

Oración

Dios de luz, te damos gracias por revelar tu verdad en Jesucristo, tu Palabra de Vida, que recibimos a través de la enseñanza de los apóstoles, transmitida en primer lugar en Jerusalén. Que tu Espíritu Santo siga santificándonos en la verdad de tu Hijo, para que por nuestra unidad en él crezcamos en la asiduidad a tu Palabra y sirvamos juntos tu Reino en la humildad y en el amor. Te lo pedimos en nombre de Jesucristo. Amén.

Día cuarto – El compartimiento, expresión de nuestra unidad

Lecturas  
Isaías 58, 6-10 ¿No es compartir tu alimento con el hambriento?
Salmo 37, 1-11 Confía en el Señor y haz el bien
Hechos 4, 32-37 Todo lo disfrutaban en común
Mateo 6, 25-34 Antes que nada, buscad el reino de Dios

Comentario

La continuidad con la Iglesia apostólica de Jerusalén se manifiesta en “la asiduidad en la enseñanza de los apóstoles y la comunión fraterna, en la fracción del pan y la oración.” La Iglesia actual de Jerusalén nos recuerda, no obstante, las consecuencias prácticas de tal asiduidad: el compartir. Los Hechos de los Apóstoles afirman simplemente que “todos los creyentes vivían de mutuo acuerdo y todo lo compartían. Hasta vendían las propiedades y bienes, y repartían el dinero entre todos según la necesidad de cada cual” (Hechos 2, 44-45). La lectura que hacemos hoy del libro de los Hechos vincula este compartir radical al “testimonio dado por los apóstoles a la resurrección de Jesús, el Señor, con toda firmeza, y se los miraba con gran simpatía” Más tarde, los perseguidores de la Iglesia, en el Imperio romano, observarán con una clara perspicacia: “Mirad cómo se aman”.

La vida de los cristianos de la Jerusalén actual se caracteriza por un compartir similar de los recursos. Es una señal de su continuidad con los primeros cristianos; es también una señal y un reto para todas las Iglesias. Conecta la proclamación del Evangelio, la celebración de la Eucaristía y la comunión fraterna de la comunidad cristiana con una igualdad y una justicia radicales respecto de todos. Hasta el punto que este compartir pasa a ser un testimonio de la resurrección del Señor Jesús y una señal de continuidad con la Iglesia apostólica de Jerusalén; es también un señal de nuestra unidad unos con los otros.

El compartir puede tomar muchas formas. Existe el compartir radical de la Iglesia apostólica donde nadie queda en la indigencia. Existe el compartir la carga, luchas, dolores y sufrimientos de unos a otros. Existe el compartir alegrías y éxitos, bendiciones y curaciones. Existe también el compartir dones y compresiones mutuas a pesar de nuestra situación de separación, y en consecuencia un determinado “intercambio ecuménico de los dones”. Este generoso compartir es una consecuencia práctica de nuestra asiduidad a la enseñanza de los apóstoles y a la comunión fraterna; es fruto de nuestra oración por la unidad de los cristianos.

Oración

Dios de justicia, tus dones son ilimitados. Te damos gracias por habernos dado lo necesario para que todos puedan alimentarse, vestirse y alojarse. Presérvanos del pecado de egoísmo que lleva a acumular, e incítanos a ser los instrumentos de tu amor, compartiendo lo que nos has dado con el fin de ser así los testigos de tu generosidad y de tu justicia. Puesto que somos discípulos de Cristo, haznos actuar juntos allí donde existen necesidades: donde las familias son expulsadas, donde los necesitados sufren de manos de los poderosos, donde la pobreza y el desempleo destruyen vidas. Te lo pedimos en nombre de Jesús, en la unidad del Espíritu Santo. Amén.

Día quinto - La fracción del pan en la esperanza

Lecturas  
Éxodo 16, 13b-21a Este es el pan que el Señor os da como alimento
Salmo 116, 12-14.16-18 Alzaré la copa de la salvación
1 Corintios 11,17-18.23-26 Haced esto en memoria mía
Juan 6, 53-58 Este es el pan que ha bajado del cielo

Comentario

Desde la primera Iglesia de Jerusalén hasta ahora, la “fracción del pan” siempre ha sido un acto central para los cristianos. Para los de la Jerusalén actual, el partir el pan es tradicionalmente símbolo de amistad, perdón y compromiso frente a otros. Esta fracción del pan nos pone en el reto de buscar una unidad que pueda expresar algo de profético en un mundo de divisiones. También ese mundo es, de distintas maneras, tarea de todos nosotros. En la fracción del pan, los cristianos son el mensaje profético de esperanza destinado a toda la humanidad.

Actualmente, nosotros rompemos también el pan “con un corazón grande y generoso”; pero cada celebración de la Eucaristía nos recuerda también el hecho doloroso de nuestra desunión. En este quinto día de la Semana de oración, los cristianos de Jerusalén se reúnen en el Cenáculo, lugar de la última Cena. Y allí, sin celebrar la Eucaristía, rompen el pan en la esperanza.

Sabemos de esta esperanza cuando Dios se une con nosotros a través del desierto de nuestras propias insatisfacciones. El Éxodo nos informa cómo Dios responde a las murmuraciones del pueblo liberado: proporcionándole lo que necesitaba, ni más, ni menos. El maná del desierto es un don de Dios que nunca se puede guardar en reserva, ni comprender plenamente. Es, como lo celebra nuestro salmo, un momento que llama simplemente a la acción de gracias, ya que Dios “desató nuestras ataduras”.

San Pablo reconoce que romper el pan no significa solamente celebrar la Eucaristía, sino ser un pueblo eucarístico: llegar a ser el Cuerpo de Cristo en el mundo. En este contexto, esta breve lectura (1 Co 10-11) recuerda cómo la comunidad cristiana debe esforzarse para vivir: en una comunión en Cristo que determina una recta conducta en un contexto mundial difícil y guiándose sobre la realidad de una vida en Él. Vivimos “en la memoria de Él”.

Porque somos un pueblo de la fracción del pan, somos un pueblo de vida eterna, de vida en plenitud, como nos lo enseña la lectura de San Juan. Nuestra celebración de la Eucaristía nos incita a reflexionar sobre la manera en la cual se expresa día a día la abundancia de este don de vida, estemos en la esperanza o en las dificultades. A pesar de los retos diarios que conocen los cristianos de Jerusalén, dan prueba de que es posible alegrarse y esperar.

Oración

Dios de esperanza, te alabamos por el don que tú nos has hecho en la cena del Señor donde, en el Espíritu Santo, encontramos a tu Hijo Jesucristo, el pan vivo bajado del cielo. Perdona nuestra infidelidad a este gran don, nuestra vida de clanes, nuestra complicidad con las desigualdades, nuestra complacencia en la separación. Señor, te rogamos que se acelere el día en que toda tu Iglesia se reunirá para la fracción del pan y, en la espera de este día, haz que aprendamos aún más a ser un pueblo modelado por la Eucaristía para el servicio del mundo. Te lo pedimos en el nombre de Jesús. Amén.

Día sexto – Fuertes en la oración para actuar

Lecturas  
Jonás 2, 1-9 ¡La salvación se halla en el Señor!
Salmo 67, 1-7 ¡Oh Dios, que todos los pueblos te alaben!
1 Timoteo 2, 1-8 Que se hagan peticiones por toda la humanidad, por los reyes y por todos los que tienen autoridad…
Mateo 6, 5-15

 Hágase tu voluntad…

 

Comentario

Después de la asiduidad a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión fraterna y a la fracción del pan, la cuarta característica notable de la Iglesia primitiva de Jerusalén es la vida de oración. Los cristianos de Jerusalén y de otras partes tienen hoy experiencia de esta oración en la cual encuentran el poder y la fuerza necesarios. Por su testimonio, los cristianos de Jerusalén nos piden hoy tomar mejor conciencia de la manera como nos enfrentamos ante las situaciones de injusticia y desigualdad, allí donde estamos. En todo eso, es la oración la que da a los cristianos la fuerza para ejercer la misión común.

En Jonás, es la intensidad de la oración lo que permite la fantástica liberación del vientre del cetáceo. Su oración es sincera porque ella se eleva a los que se arrepienten de haber evitado la voluntad de Dios: se desvió de la llamada del Señor a profetizar, y fue llevado a un lugar sin esperanza. Y allí Dios va a escuchar su oración liberándole para permitirle su misión.

El salmo nos pide orar para que el rostro de Dios brille sobre nosotros, no solamente para nuestro propio beneficio, sino para que su ley sea conocida “entre todas las naciones”.

La Iglesia apostólica nos recuerda que la oración forma parte del poder y de la aptitud a la misión y a la profecía para el mundo. La carta de Pablo a Timoteo nos enseña aquí a rogar especialmente por los que tienen autoridad en el mundo, para que llevemos juntos una vida tranquila y pacífica. Oramos por para la unidad de nuestras sociedades y de nuestros países, y por la unidad de toda la humanidad en Dios. Nuestra oración por la unidad en Cristo se extiende al mundo entero.

El dinamismo de esta vida de oración se arraiga en la enseñanza del Señor a sus discípulos. En nuestra lectura del evangelio según san Mateo, nos proponemos hablar de la oración como una fuerza “secreta” que no es fruto ni de la ostentación ni del espectáculo, sino de la humilde presencia del Señor. La enseñanza de Jesús se resume en el Padre Nuestro. Al decirlo juntos, formamos un pueblo unido que busca la voluntad del Padre y la edificación de su Reino aquí mismo sobre la tierra, y somos llamados a una vida de perdón y reconciliación.

Oración

Dios Padre nuestro, nos alegramos de que en todo momento, lugar y cultura, la gente se vuelve hacia ti para orar. Te damos gracias sobre todo por el ejemplo y la enseñanza de tu Hijo, Jesucristo, que nos enseñó a perseverar en la oración para que venga tu reino. Enséñanos a orar mejor entre los cristianos reunidos, para que tengamos siempre conciencia que tú nos guías y nos animas a través de todas nuestras alegrías y nuestros dolores, con la fuerza del Espíritu Santo. Amén.

Día séptimo - Vivir en la fe de la resurrección

Lecturas  
Isaías 60, 1-3.18-22 Llamarás a tu muralla “Victoria” y a tus puertas “Alabanza”
Salmo 118, 1.5-7 No he de morir, viviré
Romanos 6, 3-11 Por el bautismo fuimos sepultados en Cristo… para que también nosotros emprendamos una vida nueva
Mateo 28, 1-10 Jesús les dijo: “No tengáis miedo…”

Comentario

La asiduidad de los primeros cristianos a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión fraterna, a la fracción del pan y a las oraciones sobre todo fue posible con el poder de vida de Jesús resucitado. Este poder continúa actuando, como dan prueba los cristianos de la Jerusalén actual. A pesar de las dificultades de la situación donde se encuentran, y cualquiera que sea la posible semejanza con Getsemaní y Gólgota, saben en la fe que todo se renueva en la verdad de la resurrección de Jesús de entre los muertos.

La luz y la esperanza de la resurrección transforman todo. Como anunció Isaías, la oscuridad se cambia en luz; todos los pueblos son iluminados. La fuerza de la resurrección irradia desde Jerusalén, lugar de la Pasión del Señor, y atrae a todas las naciones hacia su claridad. Es una nueva vida, donde la violencia se descarta y donde se encuentra seguridad en la salvación y la alabanza.

En el salmo, encontramos las palabras para celebrar la experiencia central del cristianismo: el paso de la muerte a la vida. Es la señal permanente del amor inquebrantable de Dios. Este paso de los terrores de la muerte a la nueva vida es lo que define a todos los cristianos. Ya que, como nos enseña San Pablo, por el bautismo hemos estado en el sepulcro con Cristo y hemos resucitado con él. Hemos muerto con Cristo, y vivimos para compartir su vida de resucitado. Podemos ver al mundo diferentemente, con compasión, paciencia, amor y esperanza, porque, en Cristo, las dificultades del momento nunca pueden ser la palabra final de la historia. A pesar de nuestras divisiones, nosotros los cristianos, sabemos que el bautismo nos reúne para permitirnos llevar la cruz en la luz de la resurrección.

Según el Evangelio, esta vida de resucitado no es un simple concepto o una idea alentadora; ella se arraiga en un acontecimiento vivo en el tiempo y en el espacio. Es el acontecimiento que nos relata la lectura del Evangelio de manera muy humana y expresiva. Desde Jerusalén, el Señor resucitado saluda a sus discípulos de todas las épocas, pidiéndonos a todos seguirlo sin temor. Va delante de nosotros.

Oración

Dios, que proteges a la viuda, al huérfano y al extranjero en un mundo donde muchos conocen la desesperación, tú has resucitado a tu Hijo Jesús para llevar esperanza a la humanidad y renovación a tierra. Sigue consolidando y unificando tu Iglesia en sus luchas contra las fuerzas de la muerte en un mundo donde la violencia hacia la creación y hacia la humanidad obscurecen la esperanza en la nueva vida que tú ofreces. Te lo pedimos en nombre de Cristo resucitado, en la fuerza de su Espíritu. Amén.

Día octavo - Llamados al servicio de la reconciliación

Lecturas  
Génesis 33, 1-4 Esaú corrió al encuentro de Jacob y lo abrazó, y lloraron
Salmo 96, 1-13 Decid a las naciones: “el Señor es rey”
2 Corintios 5, 17-21 Dios hizo la paz con el mundo por medio de Cristo y a nosotros nos ha confiado este mensaje de paz
Mateo 5, 21-26 Deja tu ofrenda delante del altar, y ve primero a reconciliarte
con tu hermano…

Comentario

Las oraciones de esta semana nos han llevado a hacer un planteamiento común. Guiados por las Escrituras, somos llamados a volver a nuestros orígenes cristianos, los de la Iglesia apostólica de Jerusalén. Vimos su asiduidad en la enseñanza de los apóstoles, la comunión fraterna, la fracción del pan y las oraciones. Al término de nuestras reflexiones sobre la comunidad cristiana ideal presentada en los Hechos 2,42, volvemos de nuevo a los contextos que son nuestros: realidades de divisiones, de insatisfacciones, de decepciones y de injusticias. Y allí, la Iglesia de Jerusalén nos plantea la siguiente cuestión: ¿a qué somos llamados, aquí y ahora, cuando terminamos esta Semana de oración por la unidad de los cristianos?

Los cristianos de Jerusalén de hoy nos sugieren una respuesta: somos llamados sobre todo al servicio de la reconciliación. Tal llamada se refiere a la reconciliación sobre los planes, y en toda una complejidad de divisiones. Oramos por la unidad de los cristianos para que la Iglesia sea signo e instrumento de curación de las divisiones e injusticias políticas y estructurales; para una coexistencia justa y pacífica entre judíos, cristianos y musulmanes; para que crezca la comprensión entre las personas de todas las creencias e increencias. En nuestras vidas personales y familiares, la llamada a la reconciliación debe también encontrar una respuesta.

Jacob y Esaú, en el texto del Génesis, son hermanos y sin embargo extranjeros uno del otro. Su reconciliación se produce mientras se podía esperar un conflicto. La violencia y las prácticas de ira se dejan de lado mientras que los hermanos se encuentran y lloran juntos.

El reconocimiento ante Dios de nuestra unidad como cristianos, y también como seres humanos, nos conduce al gran canto de alabanza del salmo hacia el Señor que gobierna el mundo con justicia y amor. En Cristo, Dios busca reconciliarse con todos los pueblos. San Pablo, que lo describe en nuestra segunda lectura, celebra esta vida de reconciliación como “una nueva creación”. La llamada a reconciliarse es una llamada a dejar actuar en nosotros la fuerza de Dios para hacer nuevas todas las cosas.

Una vez más, sabemos que esta “buena noticia” nos invita a modificar nuestra manera de vivir. Como san Mateo lo relata, Jesús nos exhorta con determinación: no podemos seguir presentando nuestras ofrendas en el altar sabiendo que somos responsables de las divisiones y de las injusticias. La llamada a la oración por la unidad de los cristianos es una llamada a la reconciliación. La llamada a la reconciliación es una llamada a actuar, incluso si fuere para interrumpir nuestras actividades eclesiales.

Oración

Dios de la paz, te damos gracias por enviarnos a Jesús para reconciliarnos en Él contigo. Danos la gracia de ser verdaderos servidores de reconciliación en nuestras Iglesias. Ayúdanos así a ponernos al servicio de la reconciliación de todos los pueblos, en particular en tu Tierra Santa, el lugar donde quieres abatir el muro de separación entre los pueblos, y reunir a cada uno en el Cuerpo de Cristo, ofrecido en sacrificio en el Calvario. Llénanos de amor a unos y a otros, para que nuestra unidad sirva a la reconciliación que deseas para toda la creación. Te lo pedimos en la fuerza del Espíritu. Amén.

Oraciones suplementarias

Oración de los responsables de las Iglesias en Jerusalén*

(3 personas para recitar las distintas partes de la oración)

Padre celestial,

Te damos gracias y te alabamos por el don de Jesús, tu único Hijo; por su nacimiento en Belén; su ministerio en toda la Tierra Santa, su muerte en la cruz, su resurrección y su ascensión. El ha venido a rescatar esta tierra y el mundo. El ha venido como Príncipe de la Paz.

Te damos gracias por todas las Iglesias y parroquias del mundo que se unen a nuestra oración de hoy por la paz. Nuestra Ciudad Santa y nuestra tierra necesitan mucho la paz. En tu inefable misterio y tu amor para con todos, haz que la fuerza de tu redención y de tu paz supere todas las barreras de culturas y religiones, y llene el corazón de todos los que te sirven aquí, los de los dos pueblos, israelí y palestino, y de todas las religiones. Envíanos responsables políticos dispuestos a dedicar su vida a una paz justa para sus pueblos.

Dales el valor de firmar un tratado de paz que ponga fin a la ocupación impuesta por un pueblo sobre otro, concede la libertad a los palestinos, da la seguridad a los israelíes y libéranos a todos del temor. Danos responsables que comprendan la santidad de nuestra ciudad y que la abren a todos sus habitantes, palestinos e israelíes, y a todo el mundo.

Sobre esta tierra que tú has santificado, libéranos a todos de los pecados de odio y asesinato. Libera las almas y los corazones de los israelíes y palestinos de este pecado. Concede la liberación a los habitantes de Gaza que conocen interminables pruebas y amenazas.

Ponemos en ti nuestra confianza, Padre celestial. Creemos que eres bueno y que tu bondad triunfará sobre los males de la guerra y el odio en nuestra tierra.

Imploramos tu bendición, especialmente sobre los niños y los jóvenes, para que su temor y la angustia del conflicto cambien a la alegría y a la felicidad de la paz. Oramos también por las personas mayores y minusválidas, por su propio bienestar y porque aporten la contribución que les es posible para el futuro de esta tierra.

Oramos finalmente por los refugiados, dispersados por el mundo a causa de este conflicto.

Tú, Dios nuestro, concede a los políticos y a los gobernantes que tienen responsabilidad la sabiduría y el valor de encontrar soluciones justas y adaptadas.

Todo eso, te pedimos en nombre de Jesús. Amén.


*Las oraciones se publican bajo la responsabilidad del grupo ecuménico de Jerusalén, constituido especialmente para la redacción de proyecto de textos para la Semana de oración por la unidad 2011.


 

Señor, haz de mí un instrumento de tu Paz

Haz de mí un instrumento de tu paz.
Donde haya odio, ponga yo el amor.
Donde haya ofensa, ponga yo el perdón.
Donde haya duda, ponga yo la fe.

Oh Señor, que yo no busque tanto
Ser consolado, sino consolar,
Ser comprendido, sino comprender,
Ser amado, sino amar.

Haz de mí un instrumento de tu paz.
Donde haya desesperación, ponga yo la esperanza.
Donde haya tinieblas, ponga yo la luz.
Donde haya tristeza, ponga yo la alegría.

Haz de mí un instrumento de tu paz.
Porque es perdonando como se es perdonado,
Porque es dándose como se recibe,
Porque es muriendo como se resucita a la vida eterna.

(Oración atribuida a San Francisco).

Yarabba ssalami (Palestine)

يا رب السلام أمطر علينا السلام

يا رب السلام املأ قلوبنا السلام

(God of peace, pour peace on us – God of peace, fill our hearts with peace)

 

Kyrie eleison (Mt Athos Melody, Greece)

Alleluia (Ancient Syriac Liturgy)

Halle, hallelujah (Syria)

 

VIDA ECUMÉNICA EN JERUSALÉN*

Desde Jerusalén Jesús envió a los apóstoles para ser sus testigos “hasta los confines de la tierra” (Hechos 1,8). Durante su misión, entraron en contacto con un gran número de lenguas y civilizaciones muy ricas y se pusieron a proclamar el Evangelio y a celebrar la Eucaristía en todas estas lenguas. Por lo tanto, la vida cristiana y la liturgia adquirieron muchas formas y expresiones que se enriquecen y se complementan mutuamente. Muy pronto, todas estas Iglesias y tradiciones cristianas quisieron conjuntamente estar presentes en la Iglesia local, en Jerusalén, lugar de nacimiento de la Iglesia. Experimentaron la necesidad de tener una comunidad de oración y de servicio sobre la tierra donde se había desarrollado la historia de la salvación y cerca de los lugares donde Jesús había vivido, ejercido su ministerio, sufrido su pasión y había entrado así en su misterio pascual de muerte y resurrección. Por ello la Iglesia de Jerusalén se convirtió en la imagen viva de la diversidad y de la riqueza de las múltiples tradiciones cristianas de Oriente y de Occidente. Todo visitante o peregrino que llega a Jerusalén es invitado a descubrir estas tradiciones ricas y variadas.

Desgraciadamente, durante la historia y por distintas razones, esta bella diversidad también se convirtió en fuente de divisiones. Estas divisiones son aún más dolorosas en Jerusalén, puesto que es el lugar mismo donde Jesús oró para que “todos sean uno” (Jn 17, 21), donde ha muerto “para conseguir la unión de todos los hijos de Dios que se hallaban dispersos” (Jn 11, 52), y donde tuvo lugar el primer Pentecostés. Es importante, sin embargo, añadir que ninguna de estas divisiones tienen a Jerusalén como origen. Todas ellas han sido introducidas en Jerusalén a través de las Iglesias ya divididas. Por lo tanto, casi todas las Iglesias del mundo tienen su parte de responsabilidad en las divisiones de la Iglesia de Jerusalén y también deben trabajar por su unidad con las Iglesias locales.

Hay actualmente en Jerusalén trece Iglesias adjuntas de tradición episcopal: la Iglesia greco ortodoxa, la Iglesia latina (católica), la Iglesia apostólica armenia, la Iglesia siria ortodoxa, la Iglesia copta ortodoxa, la Iglesia etíope ortodoxa, la Iglesia greco melkita (católica), la Iglesia maronita (católica), la Iglesia siria católica, la Iglesia armenia católica, la Iglesia caldea (católica), la Iglesia evangélica episcopaliana y la Iglesia evangélica luterana. Además de las que acabamos de nombrar, un número considerable de otras Iglesias o comunidades están presentes en Jerusalén y en Tierra Santa: presbiterianos, reformados, bautistas, evangélicos, pentecostales, etc.

Los cristianos de Palestina e Israel en su conjunto son de 150.000 a 200.000 y representan entre 1% y un 2% de la población total. La gran mayoría de estos cristianos son palestinos de lengua árabe, pero en algunas Iglesias existen también grupos de fieles que hablan hebreo que desean constituir una presencia y un testimonio cristianos en la sociedad israelí. Además existen asambleas llamadas también mesiánicas que representan de cuatro a cinco mil creyentes pero de los que no se tiene habitualmente en cuenta en el censo de los cristianos.

Para lo que son las recientes evoluciones de las relaciones ecuménicas en Jerusalén, la peregrinación del papa Pablo VI a Tierra Santa, en enero de 1964, sigue representando una etapa decisiva. Sus encuentros en Jerusalén, con los patriarcas Atenágoras de Constantinopla y Benedicto de Jerusalén, han señalado el principio de un nuevo clima en las relaciones entre Iglesias. A partir de ese momento, las cosas han comenzado a evolucionar de una nueva manera.

La etapa importante que siguió fue la de la primera intifada palestina, al final de los años 1980. En un clima de inseguridad, violencia, sufrimiento y muerte, los responsables de las Iglesias comenzaron a encontrarse para reflexionar conjuntamente sobre lo que podían y debían decir y hacer juntos. Decidieron publicar mensajes y declaraciones comunes y comenzaron a tomar juntos iniciativas para una paz justa y duradera.

Desde entonces, los responsables de las Iglesias de Jerusalén publican cada año un mensaje común para Pascua y para Navidad, así como declaraciones y comunicados en ocasiones particulares. Dos declaraciones merecen mencionarse especialmente. En noviembre de 1994, los responsables de las trece Iglesias firmaron un memorándum común sobre la importancia de Jerusalén para los cristianos y sobre los derechos que resultan para las comunidades cristianas. Desde entonces, casi se reúnen regularmente todos los meses. Publicaron una declaración actualizada sobre el mismo tema, en septiembre de 2006.

Hasta ahora, la entrada ecuménica en el tercer milenio sobre el lugar de la Cueva en Belén, en diciembre de 1999, permanece siendo la expresión más significativa de este nuevo peregrinaje ecuménico común. Los responsables y fieles de las trece Iglesias, reunidos con peregrinos venidos del mundo entero han pasado una tarde juntos, cantando, leyendo la Palabra de Dios y orando juntos.

En 2006, la creación del Centro ecuménico de Jerusalén, en colaboración con las Iglesias locales, el Consejo Ecuménico de las Iglesias y el Consejo de las Iglesias del Oriente Medio, expresó también la colaboración creciente entre las Iglesias locales, y la fuerza de los vínculos que existen entre ellas y las Iglesias del resto del mundo. Este Centro es al mismo tiempo un precioso instrumento al servicio de este crecimiento ecuménico.

El Programa de Acompañamiento Ecuménico de Palestina e Israel comenzó en 2002 en coordinación con las Iglesias locales y el COE. Implica voluntarios venidos de Iglesias del mundo entero con el fin de colaborar con los israelíes y los palestinos a reducir las consecuencias del conflicto, y acompañarlos en los lugares de confrontaciones. Esta iniciativa constituye otra potente herramienta para reforzar los vínculos de solidaridad, tanto en Tierra Santa como con las Iglesias a las que pertenecen los voluntarios.

También existen otros grupos ecuménicos informales en Jerusalén. Uno de ellos, el Círculo Ecuménico de los Amigos, que se reúne una vez al mes, coordina la celebración anual de la Semana de oración por la unidad cristiana en Jerusalén desde hace cuarenta años aproximadamente. Cada año, esta celebración constituye un notable acontecimiento en la vida de las Iglesias.

El diálogo interreligioso en Jerusalén, ciudad considerada como santa por los judíos, los cristianos y los musulmanes, tiene también importantes repercusiones ecuménicas gracias a los miembros de distintas Iglesias que trabajan juntos. En este diálogo, hacen colectivamente la experiencia de la necesidad de superar los desacuerdos y controversias del pasado y de encontrar una nueva lengua común para poder dar testimonio del mensaje evangélico en una actitud de respeto mutuo.

Para los cristianos de base, de Palestina e Israel, el ecumenismo forma parte de cada día. Hacen constantemente la experiencia de que la solidaridad y la colaboración son de una importancia vital para la presencia de su pequeña minoría en medio de la mayoría de los creyentes de las dos otras religiones monoteístas. Las escuelas, instituciones y movimientos cristianos trabajan juntos, de una y otra parte las fronteras entre las Iglesias, para proponer un servicio y un testimonio comunes. Se aceptan ahora generalmente los matrimonios entre miembros de Iglesias diferentes y casi se encuentra en todas las familias. Por lo tanto, las Iglesias comparten las alegrías y dolores unos y otros, en medio de una situación de conflicto e inestabilidad que afecta también a sus hermanos y hermanas musulmanes cuya cultura, lengua e historia comparten, y con quienes deben construir un mejor futuro común. Están dispuestas a colaborar con los musulmanes y los judíos creyentes para preparar las vías del diálogo y de una solución justa y duradera a un conflicto que se ha utilizado a menudo demasiado y se ha abusado de la religión. En vez de participar en el conflicto, la verdadera religión debe contribuir a solucionarlo.

Lo que es significativo también, es que la Iglesia de Jerusalén sigue viviendo en un clima político similar en muchos aspectos a aquél que conoció la primera comunidad cristiana. Los cristianos palestinos se convirtieron en una pequeña minoría enfrentada a los serios retos que amenazan de muchas maneras su futuro, mientras que aspiran a la libertad, a la dignidad humana, a la justicia, la paz y la seguridad.

En medio de todo eso, los cristianos de las Iglesias de Jerusalén piden a sus hermanos y hermanas del resto del mundo, en esta Semana de oración por la unidad de los cristianos, orar con ellos y para ellos para que lleguen a lo que aspiran en materia de libertad y dignidad, y que finalicen todas las formas de opresión humana. La Iglesia eleva su oración a Dios anticipando y esperando para sí misma y para el mundo que todos estemos unidos en una misma fe, un mismo testimonio y un mismo amor.


*Este texto sobre las Iglesias de Jerusalén y la situación ecuménica de esa ciudad se publica bajo la responsabilidad del grupo preparatorio.


Semana de oración por la unidad de los cristianos:

Temas (1968-2011)

Elaborados desde 1968 por la Comisión "Fe y Constitución" del Consejo Ecuménico
de las Iglesias y por el Pontificio Consejo para la Unidad de los Cristianos.

1968 “Para alabanza de su gloria” (Ef 1,14)

1969 “Llamados a la libertad” (Gal 5,13)
(Reunión preparatoria en Roma, Italia)

1970 “Somos colaboradores de Dios” (1 Cor 3,9)
(Reunión preparatoria en el Monasterio de Niederaltaich, República Federal de Alemania)

1971 “... y la comunión del Espíritu Santo” (2 Cor 13,13)
(Reunión preparatoria en Bari, Italia)

1972 “Os doy un mandamiento nuevo” (Jn 13,34)
(Reunión preparatoria en Ginebra, Suiza)

1973 “Señor, enséñanos a orar” (Lc 11,1)
(Reunión preparatoria en la Abadía de Montserrat, España)

1974 “Que todos confiesen: Jesucristo es el Señor” (Flp 2,1-13)
(Reunión preparatoria en Ginebra, Suiza. En abril de 1974 se dirigió una carta a las Iglesias miembros, así como a otras partes que estuvieran interesadas en crear grupos locales que pudiesen participar en la preparación del folleto de la Semana de Oración. El primero en comprometerse fue el grupo australiano, que en concreto preparó en 1975 el proyecto inicial del folleto de la Semana de Oración)

1975 “La voluntad del Padre: constituir a Cristo en cabeza de todas las cosas” (Ef 1,3-10)
(Proyecto de texto elaborado por un grupo australiano. Reunión preparatoria en Ginebra, Suiza)

1976 “Ahora somos hijos de Dios” (1 Jn 3,2)
(Proyecto de texto elaborado por la Conferencia de Iglesias del Caribe. Reunión preparatoria en Roma, Italia)

1977 “La esperanza no defrauda” (Rom 5,1-5)
(Proyecto de testo elaborado en el Líbano, en plena guerra civil. Reunión preparatoria en Ginebra, Suiza)

1978 “Ya no sois extranjeros” (Ef 2,13-22)
(Proyecto de texto elaborado por un grupo ecuménico de Manchester, Inglaterra)

1979 “Poneos unos al servicio de los otros para gloria de Dios” (1 Pe 4,7-11)
(Proyecto de texto elaborado en Argentina. Reunión preparatoria en Ginebra, Suiza)

1980 “Venga a nosotros tu reino” (Mt 6,10)
(Proyecto de texto elaborado por un grupo ecuménico de Berlín, República Democrática de Alemania. Reunión preparatoria en Milán, Italia)

1981 “Un solo Espíritu, distintos carismas, un solo cuerpo” (1 Cor 12, 3b-13)
(Proyecto de texto elaborado por los Padres de Graymoor, USA. Reunión preparatoria en Ginebra, Suiza)

1982 “¡Qué amables son tus moradas, Señor!” (Sal 84)
(Proyecto de texto elaborado en Kenia. Reunión preparatoria en Milán, Italia)

1983 “Jesucristo, vida del mundo” (1 Jn 1,1-4)
(Proyecto de texto elaborado por un grupo ecuménico de Irlanda. Reunión preparatoria en Celigny-Bossey, Suiza)

1984 “Llamados a la unidad por la cruz de nuestro Señor” (1 Cor 2,2 y Col 1,20)
(Reunión preparatoria en Venecia, Italia)

1985 “De la muerte a la vida con Cristo” (Ef 2,4-7)
(Proyecto de texto elaborado en Jamaica. Reunión preparatoria en Grandchamp, Suiza)

1986 “Seréis mis testigos” (Hch 1,6-8)
(Textos propuestos en Yugoslavia (Eslovenia). Reunión preparatoria en Yugoslavia)

1987 “Unidos en Cristo, una nueva creación” (2 Cor 5,17-6,4a)
(Proyecto de texto elaborado en Inglaterra. Reunión preparatoria en Taizé, Francia)

1988 “El amor de Dios elimina el temor” (1 Jn 4,18)
(Proyecto de texto elaborado en Italia. Reunión preparatoria en Pinerolo, Italia)

1989 “Edificar la comunidad: un solo cuerpo en Cristo” (Rom 12,5-6a)
(Proyecto de texto elaborado en Canadá. Reunión preparatoria en Whaley, Bridge, Inglaterra)

1990 “Que todos sean uno, para que el mundo crea” (Jn 17)
(Proyecto de texto elaborado en España. Reunión preparatoria en Madrid, España)

1991 “Alabad al Señor todas las naciones” (Sal 117; Rom 15,5-13)
(Proyecto de texto elaborado en Alemania. Reunión preparatoria en Rotenburg an der Fulda, República Federal de Alemania)

1992 “Yo estoy con vosotros... por tanto, id” (Mt 28,16-20)
(Proyecto de texto elaborado en Bélgica. Reunión preparatoria en Brujas, Bélgica)

1993 “Llevad los frutos del Espíritu para la unidad de los cristianos” (Gal 2,22-23)
(Proyecto de texto elaborado en Zaire. Reunión preparatoria cerca de Zurich, Suiza)

1994 “La casa de Dios: llamados a tener un solo corazón y una sola alma” (Hch 4,32)
(Proyecto de texto elaborado en Irlanda. Reunión preparatoria en Dublín, Irlanda)

1995Koinonía: comunión en Dios y entre nosotros” (Jn 15,1-17)
(Reunión preparatoria en Bristol, Inglaterra)

1996 “Mira que estoy a la puerta y llamo” (Ap 3,14-22)
(Proyecto de texto elaborado en Portugal. Reunión preparatoria en Lisboa, Portugal)

1997 "En nombre de Cristo... dejáos reconciliar con Dios" (2 Cor 5,20)
(Proyecto de texto elaborado en Escandinavia. Reunión preparatoria en Estocolmo, Suecia)

1998 “El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad” (Rom 8,14-27)
(Proyecto de texto elaborado en Francia. Reunión preparatoria en París, Francia)

1999 “Él habitará con ellos. Ellos serán su pueblo y el mismo Dios estará con ellos” (Ap21,1-7)
(Proyecto de texto elaborado en Malasia. Reunión preparatoria en el Monasterio de Bose, Italia)

2000 “Bendito sea Dios que nos ha bendecido en Cristo” (Ef 1,3-14)
(Proyecto de texto elaborado por el Consejo de Iglesias del Medio Oriente. Reunión preparatoria en el Monasterio de La Verna, Italia)

2001 “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,1-6)
(Proyecto de texto elaborado en Rumania. Reunión preparatoria en la "Casa de Odihna", Rumania)

2002 "En ti está la fuente de la vida" (Sal 36 [35], 10)
(Proyecto de texto elaborado por el Consejo de Conferencias Episcopales de Europa (CCEE) y la Conferencia de Iglesias de Europa (CEC). Reunión preparatoria en el Centro ecuménico de Ottmaring, Augsburgo, República Federal de Alemania)

2003 “Este tesoro lo llevamos en vasijas de barro” (2 Cor 4, 3-18)
(Proyecto de texto elaborado en Argentina. Reunión preparatoria en el Centro ecuménico "Los Rubios" cerca de Málaga, España)

2004 “Mi paz os doy” (Jn 14,27)
(Proyecto de texto elaborado en Alepo, Siria. Reunión preparatoria en Palermo, Sicilia, Italia)

2005 “Cristo, fundamento único de la Iglesia” (1 Cor 3, 1-23)
(Proyecto de texto elaborado en Eslovaquia. Reunión preparatoria en Piestany, Eslovaquia)

2006 “Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt18,20)
(Proyecto de texto elaborado en Irlanda. Reunión preparatoria en Prosperous, County Kildare, Irlanda)

2007 “Hace oír a los sordos y hablar a los mudos” (Mc 7,37)
(Proyecto de texto elaborado en Sudáfrica. Reunión preparatoria en el Castillo de Faverges, Alta Saboya, Francia)

2008 “No ceséis de orar” (1 Tes 5,17)
(Proyecto de texto elaborado en USA. Reunión preparatoria en Graymoor, Garrison en USA).

2009 “Estarán unidas en tu mano” (Ez 37,17)
(Proyecto de texto elaborado en Corea. Reunión preparatoria en Marsella, Francia).

2010 “Vosotros sois testigos de todas estas cosas” (Lc 24,48)
(Proyecto de texto elaborado en Escocia. Reunión preparatoria en Glasgow, Escocia).

2011 “Unidos en la enseñanza de los apóstoles, la comunión fraterna, la fracción del pan y la oración” (cf. Hch 2,42)
(Proyecto de texto elaborado en Jerusalén. Reunión preparatoria en Saydnaya, Siria).

 

Algunas fechas importantes en la historia de la Semana de oración
por la unidad de los cristianos

1740 Nacimiento en Escocia del movimiento pentecostal con vinculaciones en América del Norte, cuyo mensaje por la renovación de la fe llamaba a la oración por todas las Iglesias y con ellas.

1820 El Rvdo. James Haldane Stewart publica "Consejos para la unión general de los cristianos con vistas a una efusión del Espíritu" (Hins for the outpouring of the Spirit).

1840 El Rvdo. Ignatius Spencer, un convertido al catolicismo, sugiere una "Unión de oración por la unidad".

1867 La primera asamblea de obispos anglicanos en Lambeth insiste en la oración por la unidad, en la introducción a sus resoluciones.

1894 El Papa León XIII anima a la práctica del Octavario de oración por la unidad en el contexto de Pentecostés.

1908 Celebración del "Octavario por la unidad de la Iglesia" bajo la iniciativa del Rvdo. Paul Wattson.

1926 El Movimiento "Fe y Constitución" inicia la publicación de "Sugerencias para un Octavario de oración por la unidad de los cristianos".

1935 En Francia, el abad Paul Couturier se convierte en el abogado de la "Semana universal para un Octavario de oración por la unidad de los cristianos sobre la base de una oración concebida por la unidad que Cristo quiere, por los medios que El quiera".

1958 El Centro "Unidad cristiana" de Lyon (Francia) comienza a preparar el tema para la semana de oración en colaboración con la Comisión "Fe y Constitución" del Consejo Ecuménico de las Iglesias.

1964 En Jerusalén el Papa Pablo VI y el Patriarca Atenágoras I recitan juntos la oración de Cristo "que todos sean uno" (Jn 17).

1964 El Decreto sobre el ecumenismo del Concilio Vaticano II subraya que la oración es el alma del movimiento ecuménico, y anima a la práctica de la semana de oración.

1966 La Comisión "Fe y Constitución" y el Secretariado para la Unidad de los Cristianos (actualmente Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos) de la Iglesia católica deciden preparar un texto para la Semana de oración de cada año.

1968 Por primera vez, la Semana de oración se celebra sobre la base de unos textos elaborados en colaboración por “Fe y Constitución” y el Secretariado para la Unidad de los Cristianos (actualmente Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos).

1975 Primera celebración de la Semana de oración a partir de textos preparados sobre la base de un proyecto propuesto por un grupo ecuménico local. Esta nueva modalidad de elaboración de los textos ha sido inaugurada por un grupo ecuménico de Australia.

1988 Los textos de la Semana de oración han sido utilizados en la celebración inaugural de la Federación cristiana de Malasia juntamente con los principales grupos cristianos de este país.

1994 El grupo internacional ha preparado los textos para 1996 junto con otros representantes de la YMCA y de la YWCA.

2004 Acuerdo entre “Fe y Constitución” (Consejo Ecuménico de las Iglesias) y el Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos (Iglesia Católica) por el que se decide que en lo sucesivo los textos en francés y en inglés de la Semana de oración por la unidad de los cristianos sean publicados conjuntamente y presentados en un mismo formato.

2008 Celebración del centenario de la Semana de oración por la unidad de los cristianos (su predecesor, el Octavario por la unidad de la Iglesia, fue celebrado por primera vez en 1908).

 

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