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La Curia Romana  
 

 

 
 
 
 
 

XL ANIVERSARIO DE COR UNUM

Cor Unum,
40 años al servicio de la pastoral de la caridad
de la Iglesia

 

1. Pablo VI: la fundación
El 15 de julio de 1971, con la carta Amoris Officio, Pablo VI creaba el Consejo pontificio Cor Unum. La celebración de estos primeros cuarenta años de vida merece una mirada retrospectiva a fin de evaluar lo que el Consejo ha significado para la Iglesia y, más aún, de delinear los mayores desafíos que se perfilan para el momento actual.
Pablo VI quiso crear este nuevo Dicasterio en una fase de gran cambio en la Iglesia y en el mundo. Durante los años que siguieron a la publicación de la encíclica Populorum progressio (1967) y la Carta Octogesima Adveniens (1971) en la Iglesia existía una atención cada vez mayor a las cuestiones sociales, mientras que la cultura occidental vivía la contestación de modelos culturales considerados del pasado y se abrían paso interpretaciones de la realidad que no dejaban indemne ni siquiera a la Iglesia. Mientras que, por una parte, gracias también a un Concilio que había propuesto de nuevo el tema de la relación entre la Iglesia y el mundo, se aceptaba el entusiasmo por crear un mundo más a la medida del hombre, por otra, podía ser fácil caer en el engaño de absolutizar precisamente esta perspectiva terrena. Esto podía conllevar una ruptura dentro la Iglesia y un oscurecimiento del testimonio evangélico y del celo misionero por la desmesurada adulación de la realidad terrena. Por lo tanto, en un clima marcado por los interrogantes acerca de la naturaleza del testimonio cristiano en el mundo tuvo lugar la fundación de Cor Unum, un Dicasterio que podía favorecer el testimonio de caridad en la Iglesia, creando, ante la Sede Apostólica, un lugar de encuentro, de diálogo y de coordinación entre los numerosos organismos de caridad de la Iglesia. La elección del nombre no fue casual: el concepto se tomó del versículo de los Hechos de los Apóstoles que describe a la primera comunidad cristiana, decididamente comprometida en el anuncio de la Palabra de Dios, en la oración y en el ejercicio de la caridad (cfr. Hch 4, 32). Esta simple observación contiene varias indicaciones: la comunión de la Iglesia es el inicio del testimonio de caridad; esta, antes que un hacer, es un ser; la atención por los distintos miembros del mismo cuerpo se alimenta de la comunión en la Iglesia, de la solicitud recíproca (cfr. 1 Co 12, 25); gracias a la comunión de la Iglesia se extiende el intento de una presencia en el mundo más unitaria, más incisiva y más universal. El Sumo Pontífice —convencido de que así había obtemperado a un voto de diversos Padres conciliares— encomendó al nuevo Consejo pontificio, el primero con este título, la tarea precipua de coordinar los esfuerzos de los organismos eclesiales de caridad, pero sin quitarles su legítima autonomía, como algunos temían y como el Papa, en cambio, pronto declaró expresamente. Debían responder a las crecientes necesidades de la humanidad mediante un trabajo común, bajo la inspiración directa de la Santa Sede. Es significativo que ya entonces Pablo VI identificó las respuestas a algunos malentendidos que minaban la comprensión correcta de la caridad en la Iglesia y que lamentablemente más tarde se confirmarían: el testimonio de la caridad encuentra su medida en Cristo; la búsqueda de la justicia no agota la tarea de la caridad; el anuncio del Evangelio, que no es proselitismo, es parte integrante de la actividad caritativa. Cuán importante era esta nueva iniciativa para Pablo VI, ya cuando era Sustituto y muy sensible al tema de la caridad, lo testifica el hecho de que quiso que a la cabeza del nuevo Dicasterio estuviera el Secretario de Estado, el cardenal Jean Villot. El primer secretario fue el incansable y estimado padre dominico Henri de Riedmatten: juntos dieron el primer marco normativo y orientativo al Dicasterio.

2. Juan Pablo II: la confirmación
El 28 de noviembre de 1978, por lo tanto, poco más de un mes después de su elección, Juan Pablo II mantuvo su primer encuentro con el Dicasterio. Es significativo que, ya en aquella sede, quiso recalcar el vínculo entre Evangelio y caridad: “Asimismo tenemos que vigilar para encuadrar bien la promoción en el contexto de la evangelización, que es la plenitud de la promoción humana puesto que anuncia y ofrece la salvación plena del hombre” (Discurso de Juan Pablo II en la Asamblea Plenaria de Cor Unum, 28.11.1978). Desde el punto de vista institucional, el Papa confirmaba la decisión de su Predecesor de unir en la persona del Presidente —entonces el cardenal Bernandin Gantin— Cor Unum y el Consejo pontificio Justicia y Paz. Esta elección encontró expresión, primero en el nombramiento del sucesor del cardenal Gantin, el cardenal Roger Etchegaray, y después en la Constitución Apostólica Pastor Bonus sobre la Curia romana de 1988. Esta la revisó más tarde el mismo Papa, quien en diciembre de 1995 nombró Presidente del Dicasterio al Arzobispo Paul Josef Cordes, después Cardenal, que de ese modo fue el primer Presidente de Cor Unum con dedicación exclusiva, por decirlo así. El beato Juan Pablo II durante su largo Pontificado reforzó las competencias de Cor Unum, que ya realizaba donaciones en caso de emergencias naturales en nombre del Santo Padre, encomendándole dos Fundaciones que el Papa deseó crear para dar testimonio de la preocupación de la Santa Sede por las numerosas poblaciones del mundo afligidas por la pobreza, la miseria y los desastres naturales. La primera fundación, “Juan Pablo II para el Sahel”, nació durante el primer viaje apostólico de Juan Pablo II a África, en 1980. Este viaje lo llevó a entrar en contacto con problemas dramáticos de sequía y de consiguiente empobrecimiento y hambre en los países del Sahel, amenazados por el avance del desierto. El Papa quedó tan impresionado, que quiso dar un signo a todo el mundo de su solicitud por los pobres. Gracias a la generosidad de los católicos alemanes, en 1984 dio vida a una Fundación, con sede en Uagadugú (capital de Burkina Faso), que debía ayudar a las poblaciones de 9 países del Sahel (Burkina Faso, Malí, Níger, Chad, Mauritania, Senegal, Guinea Bissau, Gambia, Cabo Verde), a proyectar y realizar iniciativas contra la desertificación y la pobreza, apostando principalmente por la formación de personas que se hicieran cargo del problema en el territorio. Después, en 1992, el Papa, en el marco del quinto centenario de la evangelización de América Latina, quiso instituir una nueva Fundación que mostrara el interés del Romano Pontífice por las franjas más pobres de la población de aquel continente. Así nació la Fundación Populorum Progressio, cuya secretaría tiene su sede en Bogotá (Colombia), dedicada a la promoción en particular de los indios y de los campesinos de América central y meridional. Además de estos signos más tangibles, en diversas ocasiones el Santo Padre pidió la intervención del Dicasterio en caso de crisis: por ejemplo, en Líbano en 1988, en Kuwait en 1991, en Haití en 1993, en los países pertenecientes a la Unión Soviética después de la caída del Muro de Berlín, con numerosos encuentros que desembocaron en una gran reunión en el Vaticano en 1998. Por último, en septiembre de 2004, Juan Pablo II confirmó con el Quirógrafo Durante la Última Cena la competencia del Consejo pontificio Cor Unum de “seguir y acompañar” a Caritas Internationalis, la red de casi 170 Caritas nacionales que desde los años cincuenta, por iniciativa de la Santa Sede, se dotaron de una coordinación internacional para hacer frente a las emergencias internacionales más graves. A su lado, el Dicasterio acompaña asimismo las actividades de CIDSE (Coopération International pour le développement et la solidarité) la cual, en cambio, coordina hoy 16 obras católicas, nacidas de las Campañas cuaresmales, sobre todo en Europa y en América septentrional. Deseo calificar las relaciones entre estas dos redes y Cor Unum recordando no sólo que estamos llamados a trabajar juntos “por Cristo, con Cristo y en Cristo”, sino en particular aplicando las palabras del actual Sumo Pontífice a la Caritas Internationalis: “La Santa Sede tiene el deber de seguir su actividad y de vigilar para que, tanto su acción humanitaria y de caridad como el contenido de los documentos que difunde, estén en plena sintonía con la Sede Apostólica y con el Magisterio de la Iglesia, a fin de que se administre con competencia y de modo transparente” (Discurso de Benedicto XVI en la Asamblea Plenaria de Caritas Internationalis, 27.5.2011).

3. Benedicto XVI: la `profundización teológica
Ciertamente el hecho de que el Santo Padre quisiera dedicar su primera encíclica a la caridad, Deus Caritas est, fue un acto de gran significado. Benedicto XVI, que identificó en la ausencia de Dios el problema más dramático que asila y debilita la cultura moderna, nos ha indicado al mismo tiempo el modo para volver a encontrar un camino hacia Él: Dios es caridad y la caridad de la Iglesia es un testimonio irrenunciable para ayudar al hombre de hoy a conocer, encontrar y amar a Dios, que es amor. Esta gran visión del Santo Padre en los últimos años se ha ido convirtiendo, cada vez más, en la fuente de inspiración para la actividad de Cor Unum. No se trata sólo de manifestar con gestos concretos o con iniciativas específicas la compasión y la proximidad de la Sede Apostólica a las necesidades humanas: se trata de imprimir a toda la pastoral de la caridad de la Iglesia este aflato evangelizador. La caridad es el camino mediante la cual el hombre puede conocer quién es Dios.
El pasado 7 de octubre el Santo Padre me llamó a presidir Cor Unum y pocas semanas más tarde bondadosamente me creó cardenal. Siempre he interpretado este gesto como una atención especial del Papa, más que hacia mi persona, hacia el mundo de la caridad de la Iglesia, que hoy es más importante que nunca. Y quizás no es una casualidad que de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos me haya trasladado a Cor Unum, como ya hizo anteriormente con el cardenal Gantin: existe una continuidad que consiste precisamente en el hecho de que nuestra actividad se nutre del Evangelio de la caridad. Así la celebración de estos primeros cuarenta años marca al mismo tiempo el inicio de mi servicio en este Dicasterio de la Santa Sede. Me pregunto, obviamente, cuáles son los principales desafíos que deberemos afrontar.
En primer lugar, se trata de mantenerse fieles a la intención primaria que manifestó Benedicto XVI en su primera encíclica. Si Dios es caridad, toda la pastoral de caridad de la Iglesia debe volver a inspirarse en esta fuente. Existen numerosas iniciativas filantrópicas, pero las instituciones católicas en este ámbito tienen algo más: manifiestan a Dios, ese Dios que en su Hijo nos enseñó la verdadera caridad, que es don de sí mismos. Precisamente esta especificidad nos recuerda un segundo gran desafío: unir Evangelio y caridad. El Evangelio inspira la caridad y la caridad testimonia el Evangelio; el Evangelio motiva la caridad y la caridad confirma la verdad del Evangelio. Un tercer desafío se sitúa en la dimensión eclesial de la caridad. Benedicto XVI enseña que es la Iglesia el sujeto de la actividad caritativa (DCE 32) y, por tanto, Cor Unum debe ayudar a mantener la comunión en el gran testimonio de la caridad de la Iglesia: favorecer el vínculo de los organismos de caridad con los Obispos y con la Sede Apostólica. Un cuarto y determinante desafío es la preocupación por una formación humana y cristiana, una “formación del corazón”, cada vez más adecuada a los tiempos, de aquellos que trabajan por la caridad en la Iglesia. Por este motivo, querríamos continuar la experiencia de los ejercicios espirituales continentales, que ya se han llevado a cabo para América, Asia y Europa.
Precisamente esta inspiración cristiana nos ayuda a ver más en profundidad las necesidades de los pobres. Confirmar la dimensión divina de la caridad y, por tanto, su vínculo con la evangelización no significa cerrar los ojos ante la pobreza humana, sino al contrario, significa ahondar la mirada hasta la raíz de la necesidad del hombre, como ya enseñaba Pablo VI en su encíclica Populorum Progressio (n. 21). Significa mirar al corazón de su sufrimiento, de su soledad y de su abandono, para anunciarle, allí, la presencia de Cristo que lo ama. Así se expresa también Benedicto XVI: “Con frecuencia, la raíz más profunda del sufrimiento es precisamente la ausencia de Dios” (DCE, 31). Este es también el lugar de la Iglesia y de las instituciones de caridad de la Iglesia. Creo que precisamente esta mirada profunda hace que la actividad de la Iglesia en este sector haya obtenido numerosos resultados y habitualmente sea tan apreciada. Así, para una sociedad que a menudo no lo conoce, podemos hacer que se experimente concretamente que Dios es amor y cuida de sus hijos. Cor Unum lleva a cabo esta misión con intervenciones específicas en nombre del Santo Padre, pero sobre todo manteniendo vivo en la Iglesia el verdadero significado de la pastoral de la caridad.
El próximo 11 de noviembre, en la memoria litúrgica de San Martín, Cor Unum promueve un encuentro de los Obispos delegados y de los Responsables de los organismos de voluntariado católico europeo con el Santo Padre. La iniciativa se celebra en el marco del Año Europeo del Voluntariado. Será una ocasión para corroborar, además de nuestra adhesión al Magisterio del Santo Padre, la voluntad de ser testigos del Evangelio de Cristo en el vasto mundo de la caridad.
Encomiendo estos primeros cuarenta años de vida y la misión de Cor Unum a la guía maternal de la Virgen María.


Cardenal Robert Sarah
Presidente del Consejo pontificio Cor Unum

L'Osservatore Romano, ed. italiana, 15 de julio de 2011, p. 8     

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