PONTIFICIO CONSEJO « COR UNUM »
EL HAMBRE EN EL MUNDO UN RETO PARA TODOS: EL
DESARROLLO SOLIDARIO
PRESENTACIÓN
Me complace poder presentar el documento « El hambre en el mundo. Un
desafío para todos: el desarrollo solidario », que ha sido
atentamente preparado por el Pontificio Consejo « Cor Unum » por
indicación del Santo Padre Juan Pablo II. Precisamente este año el
Sucesor de Pedro en su Mensaje Cuaresmal se hizo portavoz de aquellos carentes
del mínimo vital: « La muchedumbre de hambrientos, constituida por
niños, mujeres, ancianos, emigrantes, prófugos y desocupados eleva
hacia nosotros su grito de dolor. Nos imploran, esperando ser escuchados ».
Este documento se sitúa en el camino señalado por Cristo a sus
discípulos. Las promesas y el mensaje de Jesús convergen
efectivamente en la manifestación que « Dios es amor » (1
Jn 4, 8), un amor que redime al hombre y lo rescata de sus múltiples
miserias para restituirle su plena dignidad. La Iglesia a lo largo de los siglos
ha puesto innumerables signos concretos de la misericordia de Dios. Su historia
podría ser escrita como una historia de la caridad hacia los pobres,
teniendo por protagonistas a los cristianos que han testimoniado a sus hermanos
necesitados el amor de Cristo que da la vida por el prójimo.
Este estudio se propone ser una contribución al compromiso de los
cristianos de compartir las angustias del hombre de hoy. Los temas tratados son
de grande actualidad; éstos se refieren tanto a la descripción del
hambre en el mundo, como a las implicaciones éticas de la cuestión,
que tocan a todos los hombres de buena voluntad.
La publicación es de particular importancia en vista del Gran Jubileo
del Año 2000 que la Iglesia se prepara a celebrar. El espíritu del
documento no se alimenta en ninguna ideología, sino que se deja guiar por
la lógica evangélica e invita a seguir a Jesucristo en la vida
diaria.
Auguro una amplia difusión a esta publicación, confiando que
pueda contribuir a formar la conciencia en el ejercicio de la justicia
distributiva y de la solidaridad humana.
+ Angelo Card. Sodano Secretario de Estado
Ciudad del Vaticano, 4 de octubre 1996 Fiesta de San Francisco de
Asís
EL HAMBRE EN EL MUNDO UN RETO PARA TODOS: EL DESARROLLO SOLIDARIO
« La amplitud del fenómeno pone en tela de juicio las
estructuras y los mecanismos financieros, monetarios, productivos y comerciales
que, apoyados en diversas presiones políticas, rigen la economía
mundial: ellos se revelan casi incapaces de absorber las injustas situaciones
sociales heredadas del pasado y de enfrentarse a los urgentes desafíos y
a las exigencias éticas. Sometiendo al hombre a las tensiones creadas por
él mismo, dilapidando a ritmo acelerado los recursos materiales y energéticos,
comprometiendo el ambiente geofísico, estas estructuras hacen extenderse
continuamente las zonas de miseria y con ella la angustia, frustración y
amargura... ». « No se avanzará en este camino difícil
de las indispensables transformaciones de las estructuras de la vida económica,
si no se realiza una verdadera conversión de las mentalidades y de los
corazones. La tarea requiere el compromiso decidido de hombres y de pueblos
libres y solidarios ».
(Juan Pablo II, Carta Encíclica Redemptor hominis, 1979, n.
16)
INTRODUCCIÓN (1)
El derecho a la alimentación es uno de los principios proclamados en
1948 por la Declaración Universal de Derechos Humanos(2).
La Declaración sobre el Progreso y el Desarrollo en lo Social
precisaba, en 1969, que es necesaria « la eliminación del hambre y
la malnutrición y la garantía del derecho a una nutrición
adecuada » (3). Asimismo, la Declaración universal para la
eliminación definitiva del hambre y de la malnutrición,
aprobada en 1974, dice que toda persona tiene el derecho inalienable de ser
liberada del hambre y de la malnutrición para poder desarrollarse
plenamente y conservar sus facultades físicas y mentales (4).
En 1992, la Declaración mundial sobre la nutrición
reconocía también que « el acceso a una alimentación
nutricionalmente adecuada y sana es un derecho universal » (5).
Se trata de afirmaciones muy claras. La conciencia pública ha hablado
sin ambigüedades. No obstante, millones de personas están marcadas
todavía por los estragos del hambre y de la malnutrición o por las
consecuencias de la inseguridad alimentaria. ¿Radica la causa en la
carencia de alimentos? Absolutamente no. Está reconocido, generalmente,
que los recursos de la tierra, considerados en su totalidad, pueden alimentar a
todos sus habitantes (6); en efecto, los alimentos disponibles por habitante, a
nivel mundial, han aumentado alrededor de un 18% en los últimos años
(7).
El desafío que se plantea a toda la humanidad es, desde luego, de
orden económico y técnico, pero más que todo de orden éticoespiritual
y político. Es una cuestión de solidaridad vivida, de desarrollo
auténtico y de progreso material.
1. La Iglesia considera que no se pueden abordar los campos económico,
social y político prescindiendo de la dimensión trascendente del
hombre. La filosofía griega, que impregnó tan profundamente el
mundo occidental, era ya de ese parecer: el hombre no puede descubrir y
perseguir la verdad, el bien y la justicia por sus propios medios si su
conciencia no está iluminada por lo divino. En efecto, es precisamente la
luz divina que ayuda a la naturaleza humana a tomar en debida consideración
los deberes hacia los demás. Según el pensamiento cristiano, la
gracia divina es la que da al ser humano la fuerza necesaria para actuar de
acuerdo con su propia consciencia (8). La Iglesia, por tanto, hace un
llamamiento a todos los hombres de buena voluntad a realizar esa tarea de
titanes. El Concilio Vaticano II afirmaba: « Habiendo como hay tantos
oprimidos actualmente por el hambre en el mundo, el sacro Concilio urge a todos,
particulares y autoridades, a que recuerden aquella frase de los Padres: "
Alimenta al que muere de hambre, porque, si no lo alimentas, lo matas " »
(9). Esa advertencia solemne invita a comprometerse firmemente en la lucha
contra el hambre.
2. La urgencia de ese problema impulsa a este Pontificio Consejo a presentar
aquí algunos elementos de su investigación; es su deber invocar la
responsabilidad individual y colectiva para que se establezcan soluciones más
eficaces. Además, apoya a todos los que se dedican, con tanta abnegación,
a ese objetivo tan noble.
El presente documento trata de analizar y describir las causas y las
consecuencias del fenómeno del hambre en el mundo de manera global y no
exhaustiva. La reflexión se inspira específicamente en el
Evangelio y en la enseñanza social de la Iglesia. No se trata aquí,
el problema coyuntural; no se concentra en estadísticas sobre la situación
actual o el número de personas que están en peligro de morir de
hambre; tampoco en datos con el porcentaje de subalimentados o sobre las
regiones más amenazadas y las acciones económicas que se han de
prever. Inspirado por la misión pastoral de la Iglesia, este documento se
propone ser un llamamiento insistente a sus miembros y a toda la humanidad, pues
la Iglesia « es "experta en humanidad ", y esto la impulsa a
extender necesariamente su misión religiosa a los diversos campos en los
cuales hombres y mujeres desarrollan sus actividades en busca de la felicidad,
aunque siempre relativa, posible en este mundo » (10). La Iglesia, hoy, se
hace eco de la pregunta provocante que Dios hace a Caín cuando le pide
cuentas de la vida de su hermano Abel: « ¿Qué es lo que has
hecho? La sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra... » (Gn
4, 10). Aplicar ese versículo duro, casi insoportable, a la situación
de nuestros contemporáneos que mueren de hambre no es una exageración
injusta o agresiva; esas palabras muestran una prioridad y se proponen conmover
nuestras conciencias.
Es ilusorio esperar soluciones ya hechas; estamos en presencia de un fenómeno
vinculado a las opciones económicas de los dirigentes, y responsables, así
como también de productores y consumidores; también en nuestro
modo de vivir se hallan profundas raíces. Este llamamiento es, pues, una
invitación a todos y a cada uno, con la esperanza de llegar a un progreso
decisivo, gracias a unas relaciones humanas siempre más solidarias.
3. El presente documento se dirige a los católicos del mundo entero y
a los líderes nacionales e internacionales que tienen competencia y
responsabilidades en ese campo; y se propone llegar también a todas las
organizaciones humanitarias, así como a todo hombre de buena voluntad.
Con él se desea animar a los miles de personas de toda condición y
profesión que diariamente se prodigan para que todos los pueblos logren «
sentarse a la mesa del banquete común » (11)
I
LAS REALIDADES DEL HAMBRE
El desafío del hambre
4. El planeta podría proporcionar a cada cual la ración de
alimentos que necesita (12).
Para responder al desafío del hambre, es preciso ante todo enfocar
sus numerosos aspectos y sus verdaderas causas, pero las realidades del hambre y
la malnutrición no se conocen todas de forma precisa. No obstante,
algunas causas importantes han sido identificadas. En primer lugar se presentan
los motivos de esta iniciativa; y luego las causas principales de esa plaga.
Un escándalo que ha durado demasiado: el hambre destruye la
vida
5. No hay que confundir el hambre con la malnutrición. El hambre es
una amenaza, no sólo para la vida de las personas, sino también
para su dignidad. Una carencia grave y prolongada de alimentos provoca el
deterioro del organismo, apatía, pérdida del sentido social,
indiferencia y a veces incluso crueldad hacia los más débiles, niños
y ancianos en particular. Grupos enteros se ven condenados a morir en la
degradación. Esta tragedia, desafortunadamente, se repite en el
transcurso de la historia; sin embargo, hay conciencia, más que en otros
tiempos, que el hambre constituye un escándalo.
Hasta el siglo XIX, las oleadas de hambre que diezmaban a enteras
poblaciones procedían, por lo general, de causas naturales. Hoy día
están más circunscritas y en la mayoría de los casos son
producto del comportamiento humano. Es suficiente mencionar algunas regiones o
países para convencerse de ello: Etiopía, Camboya, Ex Yugoslavia,
Ruanda, Haití... En una época en la que el hombre, mucho más
que antes, tiene la posibilidad de afrontar el hambre, esas situaciones
constituyen una verdadera deshonra para la humanidad.
La malnutrición compromete el presente y el porvenir de una
población
6. Los grandes esfuerzos desplegados han dado frutos; hay que tener en
cuenta, sin embargo, que la malnutrición está más difundida
que el hambre y asume formas muy distintas. Es posible estar malnutridos sin
tener hambre. El organismo no deja por esto de perder sus potencialidades físicas,
intelectuales y sociales (13). La malnutrición puede ser cualitativa,
debido a una dieta mal equilibrada (por exceso o por carencia). Con frecuencia
es también cuantitativa y llega a ser aguda en tiempo de carestía.
Algunos la llaman entonces desnutrición o subalimentación (14). La
malnutrición estimula la difusión y las consecuencias de algunas
enfermedades infecciosas y endémicas y aumenta la tasa de mortalidad, en
especial en los niños de menos de cinco años de edad.
Principales víctimas: las poblaciones más vulnerables
7. Los pobres son las primeras víctimas de la malnutrición y
del hambre en el mundo. Ser pobre significa, casi siempre, verse más fácilmente
atacado por los numerosos peligros que comprometen la supervivencia y tener una
menor resistencia a las enfermedades físicas. A partir de los años
80, este fenómeno se ha ido agravando y amenaza a un número
creciente de personas en la mayoría de los países. En medio de una
población pobre, las primeras víctimas son siempre los individuos
más frágiles: niños, mujeres embarazadas o que amamantan,
enfermos y ancianos. Hay que señalar también otros grupos humanos
en gran peligro de deficiencia nutricional: las personas refugiadas; las que se
han desplazado en sus propios países; las víctimas de
acontecimientos políticos.
El punto máximo de escasez alimentaria, hay que buscarlo en los
cuarenta y dos países menos avanzados (PMA), de los cuales veintiocho están
en África (15). « Unos 780 millones de habitantes de los países
en desarrollo el 20% de su población no tienen todavía
acceso a alimentos suficientes para satisfacer las necesidades básicas
diarias a fin de lograr el bienestar nutricional » (16)
El hambre engendra el hambre
8. En los países en desarrollo, no es raro que las poblaciones que
viven de una agricultura de subsistencia con rendimiento muy bajo, padezcan el
hambre en el intervalo entre dos cosechas. Si las cosechas anteriores ya han
sido malas, puede sobrevenir la carestía y provocar una fase aguda de
malnutrición que debilitará los organismos y los pondrá en
peligro en el momento preciso en que serían necesarias todas las fuerzas
para preparar la cosecha siguiente. La carestía compromete el porvenir:
se comen las semillas, se roban los recursos naturales, se acelera la erosión,
la degradación o la desertificación de los suelos.
Fuera de la distinción entre hambre (o carestía) y malnutrición,
hay que mencionar la inseguridad alimentaria como un tercer tipo de situación
cuya consecuencia es provocar el hambre o la malnutrición, pues impide
planificar y emprender trabajos a largo plazo para promover y lograr un
desarrollo sostenible (17).
Causas reconocibles
9. Los factores climáticos y los cataclismos de todo tipo, por
importantes que sean, están muy lejos de ser las únicas causas del
hambre y la malnutrición. Para comprender bien el problema del hambre,
conviene considerar todo el conjunto de las causas, coyunturales o durables, así
como su interrelación. Veamos las principales, agrupándolas según
las categorías acostumbradas: económicas, socio-culturales y políticas.
A) CAUSAS ECONÓMICAS
Causas profundas
10. El hambre nace, en primer lugar, de la pobreza. La seguridad alimentaria
de las personas depende esencialmente de su poder adquisitivo y no de la
disponibilidad física de alimentos (18). El hambre existe en todos los países:
ha vuelto a aparecer en los países europeos, tanto del Oeste como del
Este, y está muy difundida en los países poco o mal desarrollados.
A pesar de todo, la historia del siglo XX enseña que la escasez de
recursos económicos no es una fatalidad. Numerosos países han
despegado económicamente y siguen haciéndolo ante nuestros ojos;
otros, en cambio se hunden, víctimas de políticas nacionales
o internacionales fundadas en falsas premisas.
El hambre puede provenir al mismo tiempo:
a) de políticas económicas equivocadas. Las malas políticas
económicas de los países desarrollados afectan indirectamente,
pero con fuerza, a todos los que carecen de recursos económicos en
cualquier país;
b) de estructuras y costumbres poco eficaces y que incluso llegan a
destruír la riqueza de los países:
a nivel nacional, en países cuya salida del subdesarrollo
tiene altos costos sociales (19): los grandes organismos, públicos o
privados, que ejercen monopolio, lo que a veces es inevitable, se han
transformado en freno, en vez de ser motor del desarrollo; los reajustes
estructurales emprendidos en varios países desde hace diez años lo
han demostrado;
a nivel nacional en los países desarrollados: sus deficiencias
se notan menos en el ámbito internacional, pero son igualmente
perjudiciales para todos los desfavorecidos del mundo, directa o indirectamente;
a nivel internacional: las restricciones para el comercio y los
incentivos económicos a veces desordenados;
c) de comportamientos deplorables en el ámbito moral: búsqueda
del dinero, el poder y la imagen pública, por sí mismos; menor
sentido del servicio a la comunidad, en beneficio exclusivo de personas o de
grupos; y no olvidemos la corrupción considerable que se presenta bajo
muy distintas formas y contra la cual ningún país puede preciarse
de estar protegido.
Todo lo anterior expresa la contingencia de toda acción humana. En
efecto, a menudo, a pesar de las buenas intenciones, se han cometido errores que
han provocado situaciones de precariedad. El hecho mismo de notarlas ayuda a
encaminarse hacia su solución.
El desarrollo económico es algo que se ha de cultivar; tanto las
instituciones como las personas deben repartirse las responsabilidades. La
doctrina social de la Iglesia y el análisis de sus encíclicas
sociales puede iluminar eficazmente la función del Estado.
La causa profunda de la falta de desarrollo, o de un desarrollo con altos
costos sociales, es de orden ético. Llama en causa la voluntad y
capacidad de servir gratuitamente a los hombres, a través de los hombres
y para los hombres. Comprende todos los niveles, la realidad compleja de las
estructuras, legislaciones y comportamientos; se manifiesta en la concepción
y en la realización de actos cuyo alcance económico puede ser
grande o pequeño.
Las recientes evoluciones económicas y financieras en el mundo
ilustran esos fenómenos complejos; el factor técnico y el moral
intervienen en ellos muy especialmente y determinan los resultados de las economías.
A continuación se trata de la crisis de la deuda en la mayoría de
los países en desarrollo con altos costos sociales, y de las medidas de
reajuste que se han tomado o se van a tomar.
La deuda de los países en desarrollo con altos costos
sociales
11. El alza exagerada y unilateral del precio del petróleo en 1973 y
1979 afectó profundamente los países no productores, desbloqueó
liquideces financieras considerables que el sistema bancario intentó
reciclar y produjo una crisis en el desarrollo económico general que
golpeó especialmente a los países pobres. Por múltiples
razones, durante los años 70 y 80, la mayoría de los países
pudieron contratar préstamos notables con tasa variable y, por lo que se
refiere a los países de América Latina y África,
contribuyeron a desarrollar de manera espectacular el sector público.
Este período de dinero fácil fue ocasión de muchos excesos:
proyectos inútiles, mal concebidos o mal realizados; destrucción
brutal de las economías tradicionales; aumento de la corrupción en
todos los países. Algunos países de Asia evitaron esos errores, lo
que les permitió un desarrollo más rápido.
El aumento vertiginoso de las tasas de interés provocado por el
simple juego del mercado no controlado y probablemente no controlable puso
a la mayoría de los países de América Latina y de África
en una situación de cese de pago, lo que provocó fenómenos
de fuga de capitales que, a muy corto plazo, se transformaron en amenaza para el
tejido social local ya mediocre y frágil y para la existencia
misma del sistema bancario. Se vio, entonces, la amplitud de los perjuicios en
todos los niveles: económico, estructural y moral. Como siempre, se
buscaron primero soluciones meramente técnicas y de organización.
Es evidente, sin embargo, que esas medidas que cuando son buenas son
necesarias deben estar acompañadas de un cambio de comportamientos
por parte de todos y, en particular, de esas personas que en todos los países
y en todos los niveles no sufren la enorme presión que ejerce la pobreza
sobre su nivel de vida.
A principios del período de reajuste, las transferencias fueron
negativas: bloqueo de los préstamos; precio del petróleo mantenido
artificialmente a un nivel intolerable para los países en desarrollo;
disminución de los precios de las materias primas provocado por el
retraso en el desarrollo económico y, simultáneamente la crisis de
la deuda. A esto se sumó la reacción demasiado lenta de los
organismos internacionales, con pocas excepciones. Durante ese tiempo, el nivel
de vida en los países excesivamente endeudados comenzaba a decaer.
En esto se puede apreciar cuánta sabiduría, y no sólo
conocimientos técnicos y económicos, requiere el manejo del
dinero. La puesta en circulación de una gran cantidad de medios
financieros puede provocar daños estructurales y personales, en vez de
servir a todos para el progreso y para dar un salto de calidad a los más
desfavorecidos.
He aquí la conclusión que debemos sacar: el desarrollo de los
hombres pasa a través de su capacidad de altruismo, es decir, de su
capacidad de amar; lo que es de enorme importancia en el ámbito práctico.
Brevemente, y en términos realistas, el amor no es un lujo, es una
condición para la supervivencia de los seres humanos.
Los programas de reajuste estructural
12. En muchos países, la violencia de los fenómenos monetarios
ha exigido medidas muy enérgicas para calmar las crisis y restablecer los
grandes equilibrios. Por su misma naturaleza, esas medidas llevan a fuertes
disminuciones del poder adquisitivo medio de la nación.
Las dificultades y los sufrimientos provocados por las crisis económicas
son considerables, incluso si su solución permite la reconstrucción
de un bienestar.
La crisis pone de relieve las debilidades del país, constitutivas o
adquiridas, las que se originan en los errores de desarrollo cometidos por los
sucesivos gobiernos, por sus asociados e incluso por la comunidad internacional.
Esas debilidades se manifiestan de múltiples formas que a menudo no
aparecen sino a posteriori; nacen, a veces, del proceso de independencia, pues
lo que constituía la fuerza del poder colonial, pudo ser causa de la
fragilidad del país independiente, sin que se dieran fenómenos de
compensación. Es preciso notar el peso que tienen los grandes proyectos;
son momentos fundamentales en los que se siente con apremio la necesidad de
solidaridad. En realidad, el primer efecto de esas políticas de
recuperación es la reducción del desembolso global y por
consiguiente de los ingresos. A las personas de escasos recursos económicos
se les presenta una sola alternativa: creer en los dirigentes que se van
sucediendo, o tratar de deshacerse de ellos.
Con frecuencia son víctimas de grupos ambiciosos que anhelan el poder
por ideología o por codicia, prescindiendo de todo proceso democrático,
recurriendo de ser necesario a fuerzas externas.
Una reforma económica exige, por parte de los dirigentes, una gran
aptitud para la decisión política. He aquí un criterio para
la calidad de su acción: no sólo el éxito técnico
del plan de estabilización, sino la aptitud para conservar el apoyo de la
mayoría de la población, incluso de los más desfavorecidos.
Para ello, deberán ser capaces de convencer a los demás estratos
de la sociedad a que asuman una parte real de la carga. Se trata, en este caso,
del pequeño grupo de personas de altos ingresos con un nivel
internacional, pero también de los funcionarios y empleados del Estado
que hasta el momento gozaban de situaciones más bien envidiables en el país
y que podrían hallarse de la noche a la mañana con recursos
fuertemente reducidos. Es cuando entra en juego la solidaridad tradicional, pues
los pobres están siempre dispuestos a apoyar al miembro de la familia que
vuelve a caer en la situación precaria de la que se pensaba que había
salido.
La preocupación por proteger a los más pobres en estos
reajustes se ha despertado sólo lentamente en los dirigentes nacionales e
internacionales. Han sido necesarios varios años para que el concepto de
operaciones concomitantes en favor de las poblaciones más expuestas
adquiera una cierta importancia. Además, tanto en estos casos como en las
situaciones de urgencia, se corre el peligro de poner en movimiento los frenos
demasiado tarde y demasiado bruscamente, con sacudidas que podrían
aumentar considerablemente los sufrimientos de quienes se hallan en el extremo
de la cadena.
En África y en América Latina (20) se han emprendido amplios
proyectos:
programas de reajuste estructural con serias medidas macroeconómicas;
la apertura de nuevos créditos importantes;
una profunda reforma de estructuras para contrarrestar la falta de
eficacia local, parcialmente vinculada a los monopolios del Estado, que gasta
una buena parte de los ingresos nacionales sin prestar, en cambio en
beneficio de todos un servicio de calidad aceptable. En muchos de estos países,
todos los servicios públicos han salido perjudicados y, como la cizaña
se mezcla al buen trigo, incluso sectores dinámicos se han visto
afectados (21).
Algunos gobiernos, a menudo poco reconocidos en la escena internacional, han
sido admirables; han tenido el valor político de tomar medidas
ineludibles, pero al mismo tiempo, han hecho caso de pareceres y presiones
exteriores, esforzándose por aumentar el nivel de cooperación y
solidaridad en su país y por evitar incidentes. Es preciso constatar lo
siguiente: la influencia del comportamiento del responsable en la cumbre no
depende sólo de su tino y de su don de mando, sino también de su
capacidad de limitar la injusticia social que está siempre presente en
estas situaciones.
Los países desarrollados deben plantearse seriamente la siguiente
pregunta: su actitud, e incluso su preferencia por los países en
desarrollo con altos costos sociales, ¿se fundan en el correcto desempeño
de las funciones de los responsables de un país, a nivel social, técnico
y político, o su apoyo se basa en otros criterios?
B) CAUSAS SOCIOCULTURALES
Las realidades sociales
13. Está comprobado que algunos factores socioculturales aumentan el
peligro de carestía y malnutrición crónicas. Los tabús
alimentarios, la situación social y familiar de la mujer, la falta de
formación en las técnicas de nutrición, el analfabetismo
generalizado, los partos precoces y a veces demasiado cercanos, la precariedad
del empleo y el desempleo, son otros tantos factores que pueden acumularse y
producir contemporáneamente malnutrición y miseria. Es oportuno
recordar que los países desarrollados no están exentos de esa
plaga; esos mismos factores producen la malnutrición ocasional o crónica
de los numerosos « nuevos pobres » que se hallan en medio de aquellos
que viven en la abundancia y en el superconsumo.
La demografía
14. Hace diez mil años, la tierra tenía probablemente cinco
millones de habitantes. En el siglo XVII, en el alba de la edad moderna, ascendían
a quinientos millones. Luego, el ritmo del crecimiento demográfico fue
aumentando: mil millones de habitantes a principios del siglo XIX; 1.650 a
principios del siglo XX; 3 mil en 1960; 4 mil en 1975; 5.200 en 1990; 5.500 en
1993; 5.600 en 1994 (22). Durante un tiempo, la situación demográfica
presentó un desarrollo distinto en los países « ricos »
y en los países « en desarrollo » (23). Esa tendencia está
evolucionando. Recordemos que la proliferación es una reacción de
la naturaleza y por consiguiente del hombre a las amenazas contra la
supervivencia de la especie.
Los trabajos de investigación indican que los pueblos, a medida que
se enriquecen, pasan de una situación de alta natalidad y de alta
mortalidad a la situación inversa: baja natalidad y baja mortalidad. El
período de transición puede ser crítico desde el punto de
vista de los recursos alimentarios, pues en ese lapso de tiempo la mortalidad se
reduce más rápidamente que la natalidad (24). El crecimiento de la
población debe estar acompañado de cambios tecnológicos; de
lo contrario, se interrumpe el ciclo regular de la producción agrícola,
comenzando con el agotamiento de los suelos, la reducción de los
barbechos y la falta de rotación de cultivos.
Sus implicaciones
15. El crecimiento demográfico rápido, ¿es causa o
consecuencia del subdesarrollo? Dejando de lado los casos extremos, la densidad
demográfica no explica el hambre. Observemos ante todo lo siguiente: por
un lado, en los deltas y valles superpoblados de Asia fue donde se aplicaron las
innovaciones agrícolas de la « revolución verde »; y,
por otro, países poco poblados como Zaire o Zambia aunque podrían
proporcionar alimentos a una población veinte veces más numerosa,
y sin que se necesiten grandes trabajos de riego presentan escasez
alimentaria; los motivos son los desequilibrios impuestos por los Estados, la
política y la gestión económica, y no siempre causas
objetivas o la falta de recursos económicos. Hoy día se sostiene
que es más probable llegar a reducir un excesivo crecimiento demográfico
tratando de disminuir la pobreza masiva, que vencer la pobreza contentándose
con bajar la tasa de crecimiento demográfico (25).
La situación demográfica evolucionará lentamente
mientras en los países en desarrollo las familias consideren que su
producción y su seguridad serán garantizadas sólo por un
gran número de hijos. Hay que insistir que son precisamente las
transformaciones económicas y sociales (26) las que permiten a los padres
aceptar el don de un hijo. En ese campo, la evolución depende en gran
parte del nivel sociocultural de los padres. Hay que prever una educación
de las parejas a una paternidad y maternidad responsables, respetando los
principios morales; conviene, pues, darles acceso a métodos de
planificación familiar que estén en armonía con la
verdadera naturaleza humana (27).
C) CAUSAS POLÍTICAS
La influencia de la política
16. La privación de alimentos se ha utilizado, a lo largo de la
historia, ayer y hoy, como arma política o militar. Así pueden
perpetrarse verdaderos crímenes contra la humanidad.
En el siglo XX se han conocido un gran número de casos; por ejemplo:
a) La privación sistemática de alimentos a los
campesinos ucranios, realizada por Stalin hacia 1930, y cuyo resultado fueron
unos ocho millones de muertos. Ese crimen, desconocido o casi no conocido por
largo tiempo, fue confirmado recientemente con ocasión de la apertura de
los archivos del Kremlin.
b) Los últimos asedios en Bosnia, en particular el de
Sarajevo, tomando como rehén el mecanismo mismo de la ayuda humanitaria.
c) Los desplazamientos de la población en Etiopía para
llegar al control político por parte del partido único de
gobierno. Se contaron centenares de miles de muertos por hambre, provocada por
las migraciones forzosas y el abandono de los cultivos.
d) La privación de alimentos se utilizó en Biafra, en
los años 70, como arma contra la secesión política. El
derrumbamiento de la Unión Soviética eliminó, por un lado,
las causas de las guerras civiles provocadas por su acción directa o por
las reacciones contra dicha acción, como las revoluciones sin resultado,
los desplazamientos de poblaciones, las desorganizaciones de la agricultura, las
luchas tribales, los genocidios. No obstante, subsisten, o han vuelto a
aparecer, numerosas situaciones que pueden provocar esos mismos fenómenos;
aunque no se produzcan en la misma escala, no dejan de ser perjudiciales para
las poblaciones. Se trata, en especial, de un resurgimiento de los
nacionalismos; éstos son favorecidos por algunos Estados de régimen
ideológico, pero también por las repercusiones locales de las
luchas por la influencia que libran entre sí los países
desarrollados, y asimismo por la lucha por el poder en algunos países,
especialmente en África.
Observemos también las situaciones de embargo por motivos políticos,
como ha sucedido con Cuba e Irak, regímenes considerados como amenazas
para la seguridad internacional y que toman, por decirlo así, a su
población como rehén. Las primeras víctimas de esta especie
de actos de fuerza son las mismas poblaciones interesadas. Por eso se han de
tener muy en cuenta los costos en términos humanitarios de esas
decisiones. En ciertos casos, los responsables nacionales se valen de las
desgracias de sus pueblos, provocadas por sus artimañas, para obligar a
la comunidad internacional a restablecer los suministros. Se trata de
situaciones específicas que se deben tratar individualmente, cada vez que
se presentan, con el espíritu de la Declaración mundial sobre
la nutrición, que dice: « La ayuda alimentaria no se debe negar
por motivos de afiliación política, situación geográfica,
sexo, edad o identidad étnica, tribal o religiosa » (28).
He aquí, en fin, otras repercusiones de la acción política
sobre el hambre. Varias veces se ha visto que países desarrollados,
productores de excedentes agrícolas, los han exportado gratuitamente (por
ejemplo, trigo) a países en desarrollo donde el alimento básico es
el arroz. El objetivo ha sido sostener el precio interno. Esas exportaciones
gratuitas han tenido efectos muy negativos: se ha obligado a la población
local a cambiar sus costumbres alimentarias y no se han promovido los
productores locales que, por el contrario, necesitan ser alentados.
La concentración de los medios económicos
17. Las diferencias de nivel económico en los países en
desarrollo con altos costos sociales son más contrastantes que las que se
contemplan en los países desarrollados, o incluso entre los países
mismos. La riqueza y el poder están muy concentrados en una capa
reducida, pero compleja, vinculada a los ambientes internacionales y que ejerce
el control en el aparato del Estado, al ser éste bastante deficiente. Se
detiene, así, todo adelanto e incluso se asiste a un retroceso económico
y social. La distancia entre los niveles de vida no sólo produce
situaciones conflictivas, que pueden llevar a violencias en cadena, sino que
favorece además el clientelismo como única posibilidad de
realización personal. Esto paraliza las iniciativas posibles desde un
punto de vista meramente económico, y dificulta profundamente las
motivaciones altruistas que existen en todas las sociedades tradicionales. En
esas situaciones, el Estado desempeña con frecuencia un papel
preponderante que le permite favorecer a los sectores exportadores de la
producción lo cual, por sí mismo, es un bien pero deja
pocos beneficios a las poblaciones locales.
En otros casos, por debilidad o por ambición política, las
autoridades establecen los precios de los productos agrícolas a niveles
tan bajos, que los campesinos llegan incluso a subvencionar a los habitantes de
las ciudades situación que favorece el éxodo rural. Los medios de
comunicación de masa, la electrónica y la publicidad contribuyen,
igualmente, a ese despoblamiento de los campos. La ayuda para el desarrollo en
beneficio de esos países sirve más bien de estímulo, más
o menos indirecto, para los gobiernos que siguen esas estrategias peligrosas y
que se benefician de ese apoyo económico absolutamente ilegítimo;
tales políticas son decididamente contrarias al verdadero interés
de sus pueblos. Los países industrializados tienen que interrogarse para
saber si, desafortunadamente, han emitido señales negativas en ese
sentido durante largos años.
Las desestructuraciones económicas y sociales
18. Las desestructuraciones económicas y sociales son el resultado, a
la vez, de políticas económicas equivocadas y consecuencia de
presiones políticas nacionales e internacionales (cf. nn. 11-13 y 17).
Veamos algunas de las más frecuentes y más nocivas:
a) Las políticas nacionales que bajan artificialmente los
precios agrícolas, en detrimento de los productores locales de alimentos,
tomadas bajo la presión de las poblaciones menos favorecidas de las
ciudades consideradas como una amenaza potencial para la estabilidad política
del país. Esta situación se generalizó en África en
los años 1975-85 y llevó a una fuerte disminución de la
producción local. Numerosos países que gozan de un amplio
potencial agrícola, como Zaire y Zambia, se han vuelto por primera vez
importadores netos.
b) La política de la mayoría de los países
industrializados que protegen ampliamente su agricultura favoreciendo de este
modo la producción de excedentes que se exportan a precios inferiores a
los precios internos (dumping). Si no existiera proteccionismo los precios
mundiales serían más elevados, en beneficio de otros países
productores. Los beneficiarios de esas protecciones se encuentran ahora en
Europa en situaciones difíciles, después de muchos años de
fomento de la producción que han provocado fuertes desestructuraciones
del mismo sistema agrícola. Esta política, apoyada por la mayoría
de las opiniones públicas locales, puede ser fundamentalmente contraria
al interés general de los consumidores mundiales, tanto de los más
privilegiados como de los menos favorecidos. Los países con protección
pagan los costos de esta política; en los países sin tal protección,
los agricultores, que son elementos esenciales para el bienestar de su país
resultan penalizados por las importaciones a precios disminuídos que
hacen dano al precio de los productos locales, acelerando la ruina de la
agricultura y el éxodo hacia las ciudades.
c) Los cultivos tradicionales de plantas comestibles se ven
amenazados con frecuencia por un desarrollo económico mal enfocado. Por
ejemplo, con la substitución de producciones tradicionales por una
agricultura industrial que trabaja tanto para la exportación (gran
cantidad de productos agrícolas destinados a la exportación y
tributarios de los mercados agrícolas internacionales), como para
producciones de substitución local (producción, por ejemplo, en el
Brasil, de caña de azúcar para alcohol de consumo automovilístico,
con objeto de economizar en las importaciones de petróleo; ésta
culminó en numerosas migraciones de campesinos desarraigados).
D) LA TIERRA PUEDE ALIMENTAR A SUS HABITANTES
Progresos considerables de la humanidad
19. A pesar de los fracasos gigantescos vislumbrados hasta ahora, no se debe
olvidar que la población mundial por efecto de progresos no menos
espectaculares ha pasado de 3 mil millones de habitantes a 5.300 millones
en treinta años (1960-1990) (29). En los países en desarrollo, la
esperanza de vida al nacer ha pasado de cuarenta y seis años en 1960, a
sesenta y dos años en 1987. La tasa de mortalidad de los niños de
menos de 5 años de edad se ha reducido a la mitad, y dos tercios de los
niños de pecho de menos de un año de edad están vacunados
contra las principales enfermedades de la infancia... La ración de calorías
por habitante ha aumentado alrededor de un 20% entre 1965 y 1985 (30)
De 1950 a 1980, la producción total de productos alimenticios en el
mundo se ha duplicado: « mundialmente hay alimentos suficientes para todos »
(31). El hecho de que la carestía persista a pesar de ello, demuestra el
origen estructural del problema: « el problema principal es el de un acceso
desigual a esos alimentos » (32). Es un error calcular el consumo real de
alimentos de las familias siguiendo sólo el parámetro estadístico
de la disponibilidad de cereales por habitante. El hambre no es un problema de
disponibilidad, sino de demanda solvente; es un problema de miseria.
Además, hay que observar que la supervivencia de una multitud de
personas está garantizada por una economía informal; ésta,
por su misma naturaleza, no está declarada, y es difícilmente
cuantificable y precaria.
Los mercados agroalimentarios
20. Los mercados agroalimentarios mundiales tratan un cierto número
de productos que no siempre son los que se consumen en la mayoría de los
países en desarrollo con altos costos sociales (33). Las fluctuaciones
excesivas de los precios son contrarias a los intereses de productores y
consumidores; son provocadas por mecanismos espontáneos de reajuste y
amplificadas por las características propias de esos mercados. Las
tentativas de estabilización han sido todas poco satisfactorias, cuando
no han sido nocivas para los mismos productores. Por otra parte, una nueva
subida de los precios es imposible, por el funcionamiento mismo de los mercados.
El número reducido de las empresas de comercio internacional no permite
la alteración de los precios y dificulta en sumo grado la llegada de
nuevos protagonistas, lo que es siempre peligroso. El desarrollo de las
capacidades de producción depende, sobre todo, de la difusión de
los progresos técnicos en la producción (progreso genético
y progreso de aplicación). Observemos que la producción media de
arroz en Indonesia ha pasado en una generación de las 4 a las 15
toneladas por hectárea, lo que indica una superioridad manifiesta
respecto al ritmo ya récord de crecimiento de la población. En la
mayoría de los países donde la agricultura progresa, los productos
agrícolas se incrementan de tal manera que la producción aumenta,
incluso fuertemente, a pesar de la disminución notable del número
de agricultores.
La agricultura moderna
21. Los cultivos intensivos se ven acusados, siempre más, de atentar
contra el medio ambiente y de poner en peligro recursos naturales como aguas y
suelos, a causa de la utilización desconsiderada de fertilizantes y de
productos fitosanitarios. Por agricultura intensiva se entiende el incremento de
la relación entre los insumos, esencialmente de tipo industrial, y la
superficie agrícola utilizada. Nos hallamos en presencia de un movimiento
de liberación de las tecnologías agrícolas con relación
a la tierra. La reciprocidad que las vinculaba desaparece, en beneficio de una
dualidad más atrevida entre tecnología agrícola y mundo
económico. La agrícultura intensiva exige por lo general una
notable aportación de capital financiero. Pero en la mayoría de
los países en desarrollo se practican todavía los cultivos de
subsistencia, fundados exclusivamente en el « capital » humano, con
medios técnicamente limitados y en condiciones difíciles de
suministro de agua. Aunque la « revolución verde » ha tenido un
cierto éxito, no ha logrado resolver los problemas de producción
alimenticia de un gran número de países en desarrollo.
Es cierto que se prevén muchos progresos para mejorar los cultivos
intensivos y limitar los efectos nocivos para el medio ambiente. Sin embargo,
tal como se hace en los países desarrollados, es posible utilizar otros
sistemas de producción que garanticen más la preservación
de los recursos naturales y el mantenimiento de una amplia distribución
de la propiedad productiva. Es preciso promover con ese fin las asociaciones
agropecuarias, la gestión comunitaria del agua y la formación de
cooperativas.
II
DESAFÍOS DE TIPO ÉTICO
QUE SE HAN DE RESOLVER ENTRE TODOS
Dimensión ética del fenómeno
22. Si se quieren encontrar soluciones durables para el problema del hambre
y la malnutrición en el mundo, es indispensable entender bien la
naturaleza ética de lo que está en juego.
Si la causa del hambre es de orden moral, que supera todas las causas físicas,
estructurales y culturales, los desafíos son de esa misma naturaleza,
moral. Esto puede motivar al hombre de buena voluntad, que cree en los valores
universales en las distintas culturas, y en particular al cristiano que
experimenta la relación preferencial que el Señor todopoderoso
quiere establecer con todo hombre, sea quien fuere.
Este desafío incluye una mejor comprensión de los fenómenos.
Creer en la capacidad de los hombres de prestarse servicio mutuamente lo
que se puede hacer interpretando correctamente las fuerzas económicas
y hasta en el retroceso de las corrupciones de todo tipo. Pero, aún más,
se sitúa en el ámbito de la libertad de cada hombre de cooperar,
en su actividad diaria, en la promoción de todo hombre y de todos los
hombres, es decir, en el desarrollo del bien común (34). Ese desarrollo
implica la justicia social y el respeto a la destinación universal de los
bienes de la tierra, la práctica de la solidaridad y de la
subsidiariedad, la paz y el respeto por la creación. He aquí la
dirección que se debe tomar para volver a dar esperanza y edificar un
mundo más acogedor a las generaciones futuras.
Para que ese progreso sea posible, la búsqueda orgánica del
bien común debe ser protegida, promovida y, si fuere el caso, reactivada
como elemento necesario de las motivaciones fundamentales de los protagonistas
políticos y económicos en su reflexión y en su acción
en todos los niveles y en todos los países.
Las motivaciones personales e institucionales de los hombres son necesarias
para el buen funcionamiento de la sociedad, partiendo de las familias. Pero cada
cual por su cuenta, y todos juntos, los hombres deben aceptar esta conversión
que consiste en no sacrificar la búsqueda del bien común en aras
del interés estrictamente personal o de grupo, por legítimos que
puedan ser.
Los principios que la Iglesia ha dado poco a poco en su enseñanza
social constituyen, por tanto, una guía preciosa para la acción de
los hombres contra el hambre. La prosecución del bien común es el
punto de convergencia de:
la búsqueda de la mayor eficiencia en la gestión de los
bienes terrenos;
una mayor aplicación de la justicia social, exigida por la
destinación universal de los bienes;
una aplicación competente y permanente de la subsidiariedad
que evite la tentación de apropiarse del poder;
el ejercicio de la solidaridad a todos los niveles que impida a los más
favorecidos acaparar los medios económicos, que ayudará a que ningún
hombre quede excluído del cuerpo social y económico, ni privado de
su dignidad fundamental.
La enseñanza social de la Iglesia, por consiguiente, debe impregnar
la filosofía de la acción de los dirigentes, ya sea que lo hagan
conscientemente o no.
Se corre el peligro de acoger estas afirmaciones con escepticismo e incluso
con cinismo. La actividad de los responsables en general se lleva a cabo en un
ambiente duro, a veces cruel y angustioso que los puede inducir a buscar el
poder para mantenerlo. Esas personas pueden inclinarse a estimar las
consideraciones éticas como trabas. Sin embargo, la experiencia diaria,
en lugares muy distintos, indica que la realidad es diferente; sólo un
desarrollo equilibrado encaminado hacia el bien común, será auténtico
y contribuirá, incluso a largo plazo, a la estabilidad social. Ya en
todos los niveles y en todos los países, algunas personas trabajan juntas
y discretamente teniendo en cuenta los intereses legítimos de sus
semejantes.
Los cristianos están llamados a la tarea inmensa de promover, en
todas partes, esos comportamientos obrando como levadura en una dura masa; es
difícil pero posible, gracias a la vivencia del amor del Señor por
todos los hombres que ellos mismos experimentan en lo más profundo de su
ser.
Esa titánica tarea consiste en proporcionar un ejemplo en todos los
niveles: técnico, empresarial, moral y espiritual. Se trata de ayudarse
mutuamente en todos los grados de responsabilidad sin excepción.
El amor al prójimo para culminar en el desarrollo
23. La búsqueda del bien común no puede fundarse sino en la
atención y el amor a los demás hombres. En las situaciones más
diversas, ellos se encuentran diariamente ante una alternativa: la destrucción
personal y colectiva, o el amor al prójimo. Este último implica la
conciencia de una responsabilidad que no retrocede ante los propios límites,
ni ante la magnitud de las tareas por cumplir. « ¿Cómo juzgará
la historia a una generación que cuenta con todos los medios necesarios
para alimentar a la población del planeta y que rechaza el hacerlo por
una obcecación fratricida?... ¡Qué desierto sería un
mundo en el que la miseria no encontrara la respuesta de un amor que da la vida!
» (35).
El amor va más allá de una donación propiamente dicha.
El desarrollo se cultiva a través de la acción de los más
valientes, de los más competentes y de los más honestos; éstos
se sienten, al mismo tiempo, solidarios con todos los hombres que se ven
afectados, de cerca o de lejos, por lo que esos responsables hacen o deberían
hacer. Esta responsabilidad universal concreta es una manifestación
esencial del altruismo.
La solidaridad es, pues, una exigencia para todos. Afortunadamente no es
necesario esperar que gran parte de loshombres se conviertan al amor al prójimo,
para recoger los frutos de la acción de aquellos que ya están
obrando en su propio medio. Es preciso acoger, como sólida razón
para esperar, los resultados de la acción de las personas que, en todos
los niveles, ejercen su actividad corriente como servidores de todo el hombre y
de todos los hombres.
La justicia social y la destinación universal de los bienes
24. El principio de la destinación universal de los bienes de la
tierra se halla en el corazón mismo de la justicia social. El Papa Juan
Pablo II lo expresa así: « Dios ha dado la tierra a todo el género
humano para que ella sustente a todos sus habitantes, sin excluir a nadie ni
privilegiar a ninguno » (36). Esta afirmación constante en la
tradición cristiana, no se repite nunca lo suficiente, aunque interese
obviamente a toda la humanidad, más allá de la pertenencia
confesional. El axioma constituye en sí mismo un fundamento necesario
para la edificación de una sociedad de justicia, de paz y de solidaridad.
En efecto, generación tras generación, debemos considerarnos como
administradores transitorios de los recursos de la tierra y del sistema de
producción. De cara a las finalidades de la creación, el derecho
de propiedad no es un absoluto, es una de las expresiones de la dignidad
individual; y no es justo si no está ordenado al bien común, y si
no contribuye a la promoción de todos. Se ejerce y se reconoce, desde
luego, de varias maneras, según las distintas culturas.
La gravosa desviación del bien común: las «
estructuras de pecado »
25. El desconocimiento del bien común corre parejo con la persecución
exclusiva, y a veces exacerbada, de bienes particulares como el dinero, el poder
y la fama, considerados como absolutos y buscados por sí mismos, es
decir, como ídolos. Así es como nacen las « estructuras de
pecado » (37): conjunto de lugares y circunstancias caracterizados por
costumbres perversas que hacen que todo recién llegado, para no
adquirirlas, se vea obligado a dar prueba de heroísmo.
Las « estructuras de pecado » son numerosas y están más
o menos extendidas, incluso en el ámbito mundial; por ejemplo, los
mecanismos y los comportamientos que producen el hambre. Otras ocupan campos
mucho más reducidos, pero provocan desigualdades que hacen más difícil
la práctica del bien a las personas interesadas. Esas « estructuras »
implican siempre enormes costos desde un punto de vista humano, ya que son
ocasiones de destrucción del bien común.
Es menos corriente que se reconozca cuán degradantes son, y costosas,
en el ámbito económico. Existen ejemplos impresionantes (38). Los
frenos para el desarrollo no son solamente la ignorancia y la incompetencia; lo
son también, y en gran medida, las numerosas « estructuras de pecado
»; éstas realizan como una desviación contagiosa hacia
fines particulares y esterilizantes de la finalidad propia de los bienes
de la tierra, que, en verdad, están destinados a todos.
Desde luego, el hombre no puede someter la tierra y dominarla eficazmente,
si adora los falsos dioses representados por el dinero, el poder y la fama, y
los considera como bienes en sí y no como medios para servir a cada
hombre y a todos los hombres. La codicia, el orgullo y la vanidad ciegan al que
cae en ellos, que termina por no ver cuán limitadas son sus percepciones
y autodestructoras sus acciones.
El destino universal de los bienes supone que el dinero, el poder y la fama
se busquen como instrumentos:
a) para construir medios de producción de bienes y servicios
que tengan una verdadera utilidad social y puedan promover el bien común;
b) para compartirlos con los menos favorecidos, que encarnan ante
los ojos de todos los hombres de buena voluntad la necesidad de bien común;
los pobres son, en efecto, el testigo vivo de la carencia de ese bien; más
aún, para los cristianos, son los hijos predilectos de Dios que, a través
de ellos y en ellos llega a visitarnos.
Dar un carácter absoluto a esas riquezas es hacerles perder toda su
vinculación al bien común. Si el funcionamiento del sistema económico
mundial es globalmente mediocre, en comparación con los resultados de
vanguardia que logran ciertos países a plazo bastante largo, y con grande
costo desde un punto de vista humano, se debe a que está profundamente
afectado por el peso de las malas costumbres, verdadero yugo moral que oprime a
los pueblos.
Por el contrario, cuando grupos de personas logran trabajar juntos y prestar
servicio a toda la colectividad y a cada persona, se producen resultados
notables; personas hasta el momento aparentemente poco útiles, comienzan
a brillar por la calidad de sus servicios y un efecto positivo modifica
progresivamente las condiciones materiales, psicológicas y morales de la
vida. Se trata, en realidad, del « anverso » de las « estructuras
de pecado »: se podría denominar « estructuras del bien común
» que preparan la « civilización del amor » (39). La
experiencia realizada en esas situaciones nos da una pequeña idea de lo
que podría ser un mundo donde los hombres en todas sus actividades
y en el ejercicio de todas sus responsabilidades se preocuparan con mayor
frecuencia por sus intereses comunes y por la suerte de cada uno.
A la escucha preferencial de los pobres y a su servicio: la
coparticipación
26. El pobre de recursos económicos, víctima de la falta de
preocupación por el bien común, tiene algo muy especial qué
decir, pues posee una visión y una experiencia peculiares de la realidad
de la vida práctica que los más favorecidos no tienen. Como dice
el Papa Juan Pablo II en la Carta Encíclica Centesimus Annus, «
Será necesario abandonar una mentalidad que considera a los pobres personas
y pueblos como un fardo o como molestos e importunos, ávidos de
consumir lo que otros han producido... La promoción de los pobres es una
gran ocasión para el crecimiento moral, cultural e incluso económico
de la humanidad entera » (40).
Los puntos de vista del pobre, que no son ni más exactos ni más
completos que los de los dirigentes, son esenciales para éstos últimos
si quieren que su acción a largo plazo no se convierta en autodestrucción.
La realización de políticas económicas y sociales difíciles
y dispendiosas, sin tener en cuenta la percepción de la realidad que
tiene el más « pequeño », puede llevar, después
de un cierto tiempo, a callejones sin salida muy onerosos para todos. Es lo que
ha sucedido con la deuda del Tercer Mundo. Si los acreedores y los deudores
hubieran tenido en cuenta los pareceres personales de los más pobres como
uno de los elementos esenciales de la realidad una mayor sensatez hubiera
producido más prudencia y, en muchos países, la aventura no
hubiera tomado mal sesgo e incluso hubiera salido bien.
En la complejidad de los problemas que se han de resolver, o mejor dicho, de
las situaciones de vida que se han de mejorar, esta escucha preferencial de los
pobres ayuda a no caer en la esclavitud de la immediatez en los excesos de la
tecnocracia y la burocracia, en la ideología, en la idolatría de
la función del Estado o del papel del mercado; uno y otro tienen su
utilidad esencial, como medios, no como absolutos.
Los cuerpos intermediarios tienen, entre otras cosas, la función de
hacer escuchar la voz de los pobres y de captar sus percepciones, así
como sus necesidades y deseos. Pero con frecuencia dichos organismos se
encuentran particularmente inermes ante esa tarea. Tienen la tentación de
ocupar una posición de monopolio que los lleva a cultivar su propio
poder, o posiciones de competencia en las que otros tratan de utilizar al pobre
como medio para tener acceso al poder. La acción de los sindicatos es por
consiguiente, particularmente necesaria, y raya en heroísmo si se
comprometen a desempeñar esa función tan esencial sin dejarse
destruir o absorber (41).
En esas condiciones, la coparticipación llega a ser una verdadera
colaboración en la que cada cual contribuye aportando lo que necesita la
comunidad humana, tanto más esencial, siendo él mismo un excluido
(42). Esa paradoja no debe asombrar al cristiano.
El deber de dar a todos el mismo derecho de acceso al mínimo
indispensable para vivir ya no está motivado únicamente como
obligación moral de compartir con el pobre, lo que ya es considerable,
sino como reintegración en la comunidad misma que, sin él, tiende
a desecarse y está expuesta a perderse. El lugar del pobre no está
en la periferia, en una marginalidad de la que, mal que bien, se trataría
de hacerlo salir; deberá ocupar el centro de nuestra preocupación
y el centro de la familia humana. Allí podrá desempeñar el
papel único que le corresponde en la comunidad.
Desde esa perspectiva, la justicia social, que es también una
justicia conmutativa, adquiere todo su significado. Al ser la base de todas las
acciones para la defensa de los derechos, garantiza la cohesión social,
la coexistencia pacífica de las naciones y también su desarrollo
común.
Una sociedad integrada
27. La idea de una justicia arraigada en la solidaridad humana y que por
ende exige que el más fuerte ayude al más débil, debe abrir
camino hacia todo lugar donde se escucha la voz del pobre, para emprender la
obra en la cual justicia, paz y caridad aúnen sus esfuerzos.
Las sociedades no se pueden construir legítimamente sobre la base de
la exclusión de algunos de sus miembros. Esta afirmación, para ser
coherente, supone desde luego el derecho que tienen también los pobres de
organizarse con objeto de lograr la ayuda de todos para librarse de la miseria.
La paz, un equilibrio de los derechos
28. Una paz duradera no es el resultado de un equilibrio de fuerzas, sino de
un equilibrio de derechos. La paz no es tanto el fruto de la victoria del fuerte
sobre el débil sino en cada pueblo y entre los pueblos el
fruto de la victoria de la justicia sobre los privilegios injustos, de la
libertad sobre la tiranía, de la verdad sobre la mentira (43), del
desarrollo sobre el hambre, la miseria o la humillación. Para llegar a
una paz verdadera, a una seguridad internacional efectiva, no es suficiente
impedir la guerra y los conflictos; es necesario también promover el
desarrollo, crear condiciones que garanticen plenamente los derechos
fundamentales del hombre (44). En ese contexto, democracia y desarme se
transforman en dos condiciones de esa paz que es indispensable para un verdadero
desarrollo.
El desarme, una urgencia que se ha de afrontar
29. Los conflictos regionales han tenido un costo de alrededor de diecisiete
millones de muertos en menos de medio siglo. « Durante los años 80,
el total mundial de gastos militares llegó a un nivel sin precedentes en
tiempos de paz; calculados en un billón de dólares [al año],
representaban alrededor del cinco por ciento del total de los ingresos mundiales
» (45). Por no hablar de lo importante y urgente que es para todos
los responsables políticos y económicos trabajar con el
objeto de que esas sumas gigantescas previstas para la muerte, tanto en el
hemisferio norte como en el hemisferio sur, sirvan en adelante para la vida. Esa
actitud correría pareja con las razones morales que abogan por un desarme
progresivo; se daría así la oportunidad de que estuvieran
disponibles, en beneficio de los países en desarrollo, importantes
recursos económicos indispensables para su progreso auténtico
(46).
Una « estructura de pecado » particularmente diabólica es
la exportación de armas superior a las necesidades legítimas de
autodefensa de los países compradores o destinadas a traficantes
internacionales que presenta hoy en catálogo las armas más
sofisticadas a los que tienen los medios para comprarlas. En este tipo de
terreno prospera la corrupción, pero el mal es todavía más
profundo. Dignos de encomio son los gobiernos que, al llegar al poder después
de regímenes que habían comprometido sus países en compras
de armas del todo superiores a sus necesidades, han tenido el valor de denunciar
esos contratos, corriendo incluso el peligro de perder la buena voluntad de los
países exportadores.
Respeto por el medio ambiente
30. La naturaleza nos está dando a todos una lección de
solidaridad que corremos el peligro del olvidar. En el acto mismo de la producción
alimentaria, todos los hombres se revelan como elementos activos o pasivos de un
ecosistema. Se presenta a la conciencia un nuevo campo de responsabilidad.
No se puede pretender, al mismo tiempo, alimentar más bocas y
debilitar la agricultura. Además, la agricultura se revela tanto más
contaminante (utilización masiva de abonos, de plaguicidas y de máquinas)
en cuanto llega a la fase industrial, ya que en ese nivel no se ha llegado todavía
a la capacidad de trabajar de manera limpia. Junto con otros elementos
necesarios a la vida, el aire, el agua, los suelos y los bosques se ven en
peligro debido a la contaminación, al consumo excesivo, a la
desertificación provocada y a la deforestación. En cincuenta años,
la mitad de los bosques tropicales ha sido arrasada, a menudo con miras a buscar
tierras o favorecer políticas de explotación a corto plazo, con
objeto de equilibrar la carga de la deuda. En las regiones más pobres, la
desertificación es provocada por prácticas de supervivencia que
aumentan la pobreza, como el pastoreo excesivo y la tala de árboles y
arbustos para leña de cocina y de calefacción (47).
Ecología y desarrollo equilibrado
31. Es urgente una gestión ecológicamente sana del planeta.
Desde el punto de vista de la producción agroalimentaria, que ya es
considerable, se señalan dos elementos. En primer lugar, esa gestión
tendrá un costo que se deberá incorporar a la actividad económica
(48); habría que preguntarse si los pobres son siempre los que tienen que
cargar con ese peso, en detrimento de su alimentación. En segundo lugar,
la preocupación por comprender mejor los vínculos entre ecología
y economía favorece la idea actual de un desarrollo sostenible. Pero ese
objetivo no debe ocultar la necesidad de promover con mayor fuerza un desarrollo
equilibrado. En fin de cuentas, el desarrollo no puede ser sostenible si no es
equilibrado. De lo contrario, a las actuales distorsiones se agregarían
probablemente otras nuevas.
Responder todos al desafío
32. El hambre y la malnutrición requieren acciones específicas
que no se pueden disociar del esfuerzo por el desarrollo integral de las
personas y de los pueblos. Dada la amplitud del fenómeno, la Iglesia católica
debe contribuir siempre más a mejorar esta situación y lanza a
todos un llamamiento a la participación, a la concertación y a la
perseverancia.
Felizmente, tanto los individuos como las Organizaciones no gubernamentales,
los poderes públicos y las Organizaciones internacionales han desplegado
ya muchos esfuerzos para derrotar el hambre. Es suficiente recordar la Campaña
mundial contra el hambre y otras iniciativas en las que los cristianos
participan con gusto.
Reconocer la contribución de los pobres a la democracia
33. El dinamismo de los pobres no es bien conocido. Para invertir esta
tendencia, habrá que cambiar muchas actitudes y prácticas económicas,
sociales, culturales y políticas. Si se excluye a los más pobres
de la elaboración de los proyectos que les conciernen, la historia misma
enseña que ellos no recibirán realmente un beneficio esencial. La
solidaridad de la comunidad humana está aún por construir; no se
aprenderá a compartir el pan de cada día mientras no se logre
reorientar las conciencias y la acción de toda la sociedad. Cuando se da
responsabilidad y se escucha la opinión de los pobres, dando espacio a
una verdadera democracia, se logran ciertamente frutos positivos (49).
Está generalmente reconocido que la democracia es un elemento
esencial para el desarrollo humano porque permite una participación
responsable en la gestión de la sociedad; además, entre los dos
hay una correlación y la fragilidad de uno puede comprometer al otro. Si
el principio de igualdad cede ante las relaciones de fuerza, el lugar de los
pobres en la sociedad podrá verse reducido al mínimo. Una
democracia se juzga por la articulación que sabe encontrar entre libertad
y solidaridad, tomando así radicalmente distancia del liberalismo
absoluto u otras doctrinas que niegan el sentido de la libertad, o que
constituyen un obstáculo para la verdadera solidaridad (50).
Iniciativas comunitarias
34. Ante la miseria, un número creciente de personas y de grupos
optan por participar, en todas partes, en acciones comunitarias. Esas
iniciativas deben ser fuertemente estimuladas. Actualmente, cada vez más
países apoyan la participación popular. Algunos organismos locales
tratan, sin embargo, de anular esas iniciativas porque molestan, lo que a veces
trae muy graves consecuencias ya que constituyen, de todos modos, las bases
indispensables para un verdadero desarrollo.
Algunas Organizaciones no gubernamentales (ONG) de desarrollo, creadas por
iniciativas locales, han promovido la constitución de una nueva sociedad
civil popular en varios países en desarrollo y han organizado medios de
concertación y de apoyo muy variados. Gracias a los dinamismos populares
que se han forjado así el camino, un gran número de personas entre
las más pobres pueden salir por fin de la miseria y mejorar su situación
frente al hambre y a la malnutrición.
Durante estos últimos años, algunas Asociaciones
Internacionales Católicas y nuevas Comunidades Eclesiales han lanzado
iniciativas en el campo socioeconómico. En su lucha contra el hambre y la
miseria, esas acciones se inspiran en las corporaciones medievales y sobre todo
en las Uniones cooperativas fundadas en el siglo XIX por promotores del bien común,
inspiradas en el espíritu del Evangelio y basadas en la solidaridad
social. El primero que subrayó la necesidad de organizarse para lograr la
promoción social fue el cuáquero P.C. Plockboy (1695). Otros
pioneros son más conocidos: Félicité Robert de Lamennais
(1782-1854), Adolf Kolping (1856), Robert Owen (1771-1858) y el barón
Wilhelm Emmanuel von Ketteler (1811-1877). Recientemente han aparecido
asociaciones que se proponen el bien común de la sociedad e intentan
detener el egoísmo, el orgullo y la codicia que son con frecuencia las
leyes de la vida colectiva. Las experiencias realizadas a lo largo de la
historia, y los resultados de esas nuevas iniciativas, dan la esperanza de poder
recoger los frutos en el porvenir (51).
El acceso al crédito
35. Uno de los grandes logros de las ONG ha sido el de facilitar a los
pobres acceso al crédito (52). Se está transformando en una práctica
de vanguardia y puede ayudar a que una economía informal de subsistencia
se encamine hacia la constitución de un verdadero tejido económico
básico. Todavía está muy lejos de aumentar de manera
significativa el nivel del Producto Nacional Bruto (PNB), pero la importancia
del fenómeno radica también en lo que éste significa y
prepara. Sosteniendo las iniciativas comunitarias y creyendo en los asociados
locales, se evita que persista un esquema de asistencia; así se
establecen poco a poco las bases de un desarrollo integral (53).
Papel primordial de las mujeres
36. En la lucha contra el hambre y para el desarrollo, el papel de la mujer
es primordial, pero por lo general, todavía no es suficientemente
reconocido y apreciado. Es conveniente subrayar la función esencial de
las mujeres para la supervivencia de enteras poblaciones. En especial en África
son ellas las que producen los alimentos esenciales de las familias. Son ellas
las más directamente responsables de dar en la casa una alimentación
sana y equilibrada. Llegan a ser las víctimas principales de las
decisiones tomadas a sus espaldas, como el cese de cultivos de plantas
comestibles y de los mercados locales, a pesar de que ellas son las principales
administradoras. Esas maneras de actuar no respetan a las mujeres y perjudican
el desarrollo. En tales condiciones, el paso a la economía de mercado y
la introducción de tecnologías pueden, no obstante las mejores
intenciones, agravar las condiciones de trabajo de las mujeres.
La malnutrición las afecta de manera especial; son las primeras que
se ven perjudicadas porque el fenómeno se repercute en sus embarazos y
compromete el porvenir sanitario y escolar de sus hijos.
Por tanto, el objetivo de este esfuerzo deberá entrar a formar parte
de un marco mucho más ambicioso, a saber: promover la condición
social de las mujeres en los países pobres, abriéndoles un mejor
acceso a los cuidados de salud, a la formación y también al crédito.
Así ellas podrán mostrar sus verdaderas capacidades en el aumento
de la producción, en la obra de desarrollo y en la evolución económica
y política de sus países (54).
Es preciso conservar intactos los papeles del hombre y de la mujer, sin
abrir brechas y sin feminizar a los hombres o virilizar a las mujeres (55). En
la evolución auspicable de la condición de la mujer no habrá
que olvidar tampoco la atención que ella debe prestar a la vida que nace
y crece. Algunos países en desarrollo dan ejemplo poniendo barreras a los
excesos que se producen actualmente en el occidente en la modificación de
la sensibilidad femenina, sin que por ello se apruebe la privación de un
derecho al legítimo progreso. No hay que repetir, por consiguiente, en
ese campo, los errores ya cometidos al no hacer caso de las estructuras
tradicionales, optando por los modelos occidentales particularmente inadecuados
a las situaciones locales, y adaptándolos sin ajustarlos.
La integridad y el sentido social
37. Es preciso motivar decididamente a los protagonistas sociales y económicos
en favor de políticas de desarrollo cuyo objetivo prioritario sea
garantizar a todos los hombres iguales oportunidades de vivir dignamente,
haciendo los esfuerzos y sacrificios necesarios. Eso será imposible si
las personas responsables no dan muestras indiscutibles de integridad y de
sentido del bien común. Los fenómenos de fuga de capitales,
despilfarro o apropiación de los recursos en beneficio de una minoría
familiar, social, étnica o política, están generalizados y
son públicamente conocidos por todos. Esos extravíos se denuncian
con frecuencia, pero sin que sus autores se sientan verdaderamente estimulados a
abandonar tales actividades, incluso considerables, que perjudican a los pobres
(56).
Con frecuencia, es sobre todo la corrupción57 la que pone trabas a
las reformas necesarias para la búsqueda del bien común y de la
justicia, que van juntos. Las causas de la corrupción son numerosas. Se
trata, de todos modos, de un atropello muy grave de la confianza otorgada por la
sociedad a una persona elegida para representarla y que, por su parte, aprovecha
de ese poder social para lograr ventajas personales. La corrupción es uno
de los mecanismos constitutivos de numerosas « estructuras de pecado »
y su costo para el mundo es bastante superior al monto total de las sumas
malversadas.
III
HACIA UNA ECONOMÍA MÁS SOLIDARIA
Para servir mejor al hombre y a todos los hombres
38. El crecimiento de la riqueza es necesario para el desarrollo, pero las
grandes reformas macroeconómicas que producen siempre una limitación
de los ingresos pueden fracasar cuando las reformas estructurales no se
realizan con la energía y el valor político necesarios, en
especial aquellas referentes al poder público: reforma de la función
del Estado, reformas de bloques políticos y sociales. Estas producen,
entonces, sufrimientos inútiles y precipitan una recaída. Las
grandes reformas, a veces excesivamente brutales, están siempre acompañadas
de ayudas procedentes de la comunidad internacional que presiona el poder político,
a menudo a solicitud de éste, para situar al país ante las
opciones y ayudarle a tomar decisiones que los países desarrollados no
han vuelto a tener la oportunidad de tomar desde los años de la
reconstrucción, después de la segunda guerra mundial.
Es tarea de la instituciones internacionales incluir en los planes
elaborados por los gobiernos, y escuchando sus consejos, disposiciones
destinadas a aliviar el sufrimiento de los que se verán más
afectados por esas medidas necesarias. Asimismo, les compete alimentar la
confianza hacia los dirigentes del país para que éste se beneficie
en un momento dado de los apoyos financieros que recibe en forma de préstamos,
ya sean por parte de organismos públicos o privados. Las instituciones
internacionales deben hacer presión, igualmente, en el gobierno, para que
todas las categorías sociales puedan participar en el esfuerzo común.
De lo contrario, el país no podrá tomar el camino del bien común
y de la justicia social, tan difícil de salvaguardar, por su misma
fragilidad, en esas circunstancias.
Para llegar a ese objetivo, el personal de las instituciones internacionales
deberá dar prueba del rigor técnico que afortunadamente
acostumbra, pero también de su preocupación por las personas,
actitud que no se puede inculcar con disposiciones burocráticas o
mediante una formación meramente económica. Es entonces cuando la
escucha preferencial al pobre deberá ser especialmente atenta; habrá
que elaborar disposiciones precisas, en colaboración con las ONG y las
Asociaciones católicas que están en contacto y al servicio de los
que se ven más expuestos. Nunca se insistirá lo suficiente en este
punto, pues es esencial, y los responsables nacionales e internacionales podrían
descuidarlo fácilmente por el hecho de que el trabajo técnico
presenta ya dificultades considerables.
En general, todos los organismos nacionales e internacionales que están
en relación permanente con los países en desarrollo con altos
costos sociales, deberán establecer líneas de comunicación
personales y oficiosas, entre los que están directamente al servicio de
las poblaciones y el personal técnico que define los planes de reforma.
Todo ello deberá realizarse dentro de la mutua confianza de personas que
comparten el mismo servicio a los hombres y a cada hombre, para no caer en el
economismo y en la ideología.
Hacer converger la acción de todos
39. Los países más ricos tienen una responsabilidad de primer
plano en la reforma de la economía mundial. En estos últimos
tiempos, por lo menos, han dado prioridad a las relaciones con los países
que despegan económicamente los que están verdaderamente en
desarrollo y también a los países del Este europeo cuya
evolución puede constituir una amenaza cercana desde el punto de vista
geográfico.
En los países ricos no faltan las personas de escasos recursos económicos,
ni tampoco las reformas difíciles de realizar en el propio territorio.
Nace, entonces, la tentación de hacer pasar a un segundo plano a los que
tienen escasos recursos económicos en los países en desarrollo con
altos costos sociales. « La miseria del mundo no está a cargo
nuestro », es una frase que se repite a menudo en los países
globalmente ricos.
Tal actitud, si se llegara a afianzar, sería a la vez indigna y poco
perspicaz. Todas las personas, dondequiera que se hallen, sobre todo las que
poseen medios económicos y tienen autoridad política, deben
dejarse constantemente cuestionar por la miseria de los más desamparados
y así tener en cuenta los intereses de éstos últimos en sus
decisiones y en sus acciones. Este llamamiento está dirigido a los
responsables de las decisiones relacionadas con los países en desarrollo.
Se dirige, igualmente, a todos los que, en los distintos países y a
nivel internacional, bloquean de hecho, las posibilidades de acción en
favor del bien común, para proteger intereses que por sí mismos
podrían ser del todo legítimos. La protección de un cierto
derecho adquirido en un determinado país puede tener como consecuencia la
persistencia del hambre en otra parte del mundo, sin que se pueda señalar
una relación precisa de causalidad ni la identidad de las víctimas;
es fácil, entonces, negar su existencia. Otros conservatismos, en
distintos niveles y en otros lugares, pueden contribuir a esos mismos bloqueos.
La anhelada reforma del comercio internacional está en vías de
realización. Beneficia sobre todo a los pobres de los países
ricos. Es de importancia capital, por tanto, que las prioridades no oculten la
situación de los desamparados de los países pobres que carecen
casi totalmente de voz en el ámbito internacional. Ellos deben volver a
ser el centro de las preocupaciones internacionales, junto con las demás
prioridades. Podemos alegrarnos, de todos modos, de las prioridades en favor de
«la erradicación de la miseria » propuestas desde hace algunos
años por el Banco Mundial.
Los responsables de los países en desarrollo no deben, por su parte,
esperar una hipotética reforma internacional para comenzar a dedicarse,
en su propio país, a las reformas y responder a necesidades con
frecuencia muy evidentes, que propiciarían un cierto despegue económico.
Dicho despegue no depende de recetas particulares, sino de una aplicación
valiente y constante de reglas sencillas; éstas permiten actuar a los que
son honestos y capaces de iniciativas válidas y económicamente
rentables; esas mismas reglas prohiben a los deshonestos sacar de los recursos
nacionales una recompensa que no corresponde a su contribución. Los
pueblos deben « sentir que son los principales artífices y los
primeros responsables de su propio progreso económico y social »
(58). Como lo hemos dicho más arriba, pertenece a los gobiernos, y a las
instituciones vinculadas a los países en desarrollo, manifestar
claramente su preferencia por las actitudes responsables y valientes al servicio
de las comunidades nacionales.
La voluntad política de los países industrializados
40. Los poderes públicos de los países globalmente ricos deben
influir en la opinión pública local para sensibilizarla respecto a
la situación de los pobres, cercanos o lejanos; es su deber, igualmente,
sostener con fuerza la acción de las instituciones internacionales para
aliviar esos mismos sufrimientos, y ayudarles a emprender iniciativas inmediatas
y perseverantes con el fin de detener el hambre en el mundo. En esta línea
la Iglesia está insistiendo con gran empeño, desde hace más
de cien años, contra viento y marea, y solicita que los derechos de los más
débiles sean protegidos, entre otras cosas, mediante intervenciones del
poder público (59).
Para sensibilizar y movilizar a la comunidad internacional, en particular
por lo que se refiere a la dimensión ética del asunto, se
encuentran referencias enérgicas y precisas en numerosos textos
procedentes, por ejemplo, del Consejo Económico y Social ECOSOC (en
particular, de su Comisión de Derechos Humanos) y del UNICEF. En los
trabajos de la FAO bien conocida al respecto la convergencia ya
recordada entre la enseñanza de la Iglesia y los esfuerzos de movilización
creciente emprendidos por la comunidad internacional se presenta con gran
evidencia en varios instrumentos, como la Carta del Campesino, que se encuentra
en la Declaración mundial sobre reforma agraria y desarrollo rural
(1979) (60); el Pacto mundial de seguridad alimentaria (61); la Declaración
mundial sobre nutrición y el Plan de acción adoptado
por la Conferencia internacional sobre nutrición (1992) (62), sin olvidar
diversos códigos de comportamiento o compromisos internacionales política
o moralmente obligatorios sobre plaguicidas, recursos fitogenéticos,
etc. Es importante observar que esa perspectiva ética ha sido adoptada
recientemente por el Banco Mundial (63). El desarrollo humano no será el
fruto de mecanismos económicos que funcionan por sí mismos y que
bastaría promover. La economía se hará más humana
gracias a toda una serie de reformas, en todos los niveles, orientadas hacia el
mejor servicio del verdadero bien común, es decir, guiadas por una visión
ética fundada en el valor infinito de cada hombre y de todos los hombres;
es necesaria una economía que se inspire en « la necesidad de
entablar relaciones entre los pueblos sobre la base de un constante intercambio
de dones, de una verdadera "cultura del dar " que debería
preparar a todos los países para afrontar las necesidades de los menos
favorecidos » (64).
Establecer equitativamente los términos del intercambio
41. El funcionamiento de los mercados que favorece el desarrollo requiere
una sensata reglamentación; consta de leyes propias, independientes de la
capacidad de decisión de los participantes en el mercado mismo, con tal
que éstos sean suficientemente numerosos y suficientemente independientes
unos de otros. Desafortunadamente en los mercados de las materias primas
minerales, a pesar de los grandes esfuerzos intentados, tanto por los gobiernos
incluso algunas instituciones internacionales, en particular la UNCTAD
(Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo) como por
empresas del sector privado, no se logran todavía términos
equitativos de intercambio. No es posible, por razones políticas o
humanitarias, evitar el nivel de los precios que resulta del funcionamiento
ciego de los mercados.
Los países importadores, por su parte, no deben mantener las barreras
ni levantar otras nuevas pues éstas frenan selectivamente
eventuales importaciones procedentes de países en los cuales gran parte
de la población tiene hambre; los países importadores deben
procurar, igualmente, que los beneficios locales de esas operaciones comerciales
vayan a los más desfavorecidos. Se trata de un asunto muy delicado que
exige una actitud valiente y precisa.
Superar el problema de la deuda
42. Desde 1985, la comunidad internacional gestiona la carga de la deuda,
con la principal preocupación de evitar la destrucción del sistema
financiero que reúne todas las instituciones financieras de todos los países.
Ese sistema ha permitido en las distintas naciones y durante las crisis
consolidaciones de créditos cuyo resultado ha sido situar a todos los
acreedores de un mismo país en un mismo nivel lo que no es conforme al
derecho ni a la justicia social. A su vez, los que otorgan préstamos se
han visto obligados a perder una parte, variable según cada cual, de sus
créditos. Se requiere mucha equidad y vigilancia para que los países
más valientes y eficaces en materia de reformas no se vean penalizados
respecto a los demás. Es claro que la deuda debe aún disminuir
considerablemente. Pero es justo que esa disminución esté acompañada
de reformas en todos los países, de manera que no se caiga nuevamente en
esos desórdenes, olvidando las circunstancias que han llevado a tal
situación: exceso de gastos públicos, gastos públicos mal
enfocados, desarrollo privado local sin interés económico, y
competencia excesiva entre países que otorgan préstamos y países
exportadores, favoreciendo ventas inútiles o incluso perjudiciales. En
todo caso, es preciso reconocer que no se podrán mejorar las condiciones
de los países en desarrollo con altos costos sociales, si no existe una
mayor estabilidad en el marco social y político-institucional.
Aumentar la ayuda pública para el desarrollo
43. El proyecto de la UNCTAD para la segunda década del desarrollo,
se proponia que la ayuda a los países en desarrollo ascendiera al 0,7%
del PNB de los países industrializados. Sólo unos pocos países
han logrado este objetivo (65) que ha sido reiterato por la Cumbre de Copenhague
(66). El promedio de la ayuda a los países en desarrollo representa,
actualmente, el 0,33%, es decir, menos de la mitad del objetivo indicado.
El hecho de que algunos países alcancen dicho objetivo y otros no,
demuestra claramente que la solidaridad es fruto de la determinación de
los pueblos y de los Estados, y no de automatismos técnicos. Conviene,
igualmente, reservar una suma mayor de esa ayuda para la financiación de
proyectos en cuya elaboración hayan participado los mismos pobres. Puesto
que en la democracia los responsables políticos dependen de la opinión
pública, es preciso infundir en ella una conciencia más clara
acerca de lo que supone el presupuesto de ayuda para el desarrollo. « Todos
somos solidariamente responsables de las poblaciones subalimentadas [...]
igualmente, hay que formar las conciencias al sentido de responsabilidad que
incumbe a todos y a cada uno, especialmente a los más favorecidos »(67).
La ayuda pública plantea numerosos problemas de orden ético,
tanto a los países donantes como a los países destinatarios. En
todas partes, la moralización de los circuitos de dinero nuevo es un
problema difícil, y la falta de ética puede beneficiar a grupos
privilegiados. Se corre así el riesgo de estabilizar situaciones de poder
que se podrían describir en términos de « estructuras de
pecado », favoreciendo por todos lados el clientelismo.
Se trata de potentes mecanismos inhibidores de las verdaderas reformas y del
desarrollo del bien común que pueden tener consecuencias temibles como,
por ejemplo, desórdenes locales y contiendas entre tribus en los países
que son frágiles en este campo.
La lucha contra esas « estructuras de pecado » da una gran
esperanza a los países menos favorecidos.
Reflexionar acerca de la ayuda
44. Es tarea de los países industrializados no sólo aumentar
la ayuda que otorgan a los países en desarrollo, sino volver a evaluar
las modalidades de distribución. La « ayuda vinculada » es
objeto de crítica cuando está pensada en función del país
que otorga un préstamo o una donación y está llena de
condiciones que obligan al país receptor a: adquisición de bienes
manufacturados al país donante; empleo de mano de obra especializada
expatriada, en detrimento de la mano de obra local; conformidad con los
programas de reajuste estructural, etc. Por el contrario, se considera que la
ayuda no vinculada da realmente mejores resultados, lo que se ha comprobado en
muchos casos. No conviene, sin embargo, desechar a priori la ayuda vinculada, si
está concebida con el fin de repartir equitativamente las ventajas a las
distintas partes y si permite realizar una sana gestión de los medios de
los cuales se dispone.
La ayuda alimentaria de urgencia, una solución temporal
45. La ayuda alimentaria de urgencia tiene el noble fin de permitir que una
población determinada pueda sobrevivir en una situación de crisis;
tiene un carácter indiscutiblemente humanitario; puede servir también
como un incentivo para el desarrollo y por definición debe ser temporal.
Existen muchas controversias en relación con la ayuda alimentaria en
general. Algunos dicen que no incide en las causas mismas del hambre, que puede
desalentar a los productores locales, que puede crear dependencia y modificar
costumbres alimentarias, otros afirman que puede favorecer sólo a los
intermediarios y dar ocasión de corrupción.
En algunos países la ayuda alimentaria se prolonga por tanto tiempo
que se convierte en algo estructural formando parte de los recursos ordinarios
que alivia el déficit nacional.
De la ayuda estructural durable se dice que es un válido incentivo al
desarrollo, pero algunos afirman que se puede convertir, también, en un
arma comercial que desestabiliza la producción y crea dependencia.
La concertación de la ayuda
46. A pesar de las críticas que suscita, la ayuda alimentaria de
urgencia se puede mejorar mediante la concertación entre los sucesivos
interlocutores de la cadena: Estados, autoridades locales, ONG, Asociaciones
eclesiales y población beneficiaria. Las ayudas podrían ser
limitadas en el tiempo y estar más enfocadas en la población que
se encuentra realmente en situación de déficit alimentario; deberían
estar incluso constituídas por productos locales en cuanto sea posible.
Ante todo, la ayuda de urgencia debe contribuir a liberar a las poblaciones de
la dependencia. Con tal objeto, prescindiendo de si están dotadas o no de
una infraestructura suficiente de capacidades locales de distribución,
las ayudas deben estar acompañadas de proyectos de prevención,
para las poblaciones interesadas, contra futuras carestías alimentarias.
De este modo, la ayuda de urgencia, realizada bajo ciertas condiciones, puede
ser considerada como una acción notable de solidaridad internacional. De
otra manera sería una forma de asistencia « que no aporta una solución
satisfactoria, pues permite que persistan y se agudicen las condiciones de
extrema pobreza, condiciones que llevan al incremento de las muertes por
desnutrición y hambre »(68).
La seguridad alimentaria, una solución permanente
47. El problema del hambre no podrá encontrar solución
mientras no se fomente la seguridad alimentaria local (69). « La seguridad
alimentaria existe cuando todos los habitantes, en todo momento, tienen acceso a
los alimentos necesarios para llevar una vida sana y activa » (70). Para
eso es necesario realizar programas que valoricen la producción local, y
establecer una legislación eficaz que proteja las tierras agrícolas
y garantice a la población campesina el acceso a ellas. Si eso no se ha
realizado todavía en los países en desarrollo, es porque se
presentan muchos obstáculos. Es cada vez más difícil y
complejo, en efecto, para los responsables políticos y económicos
de los países en desarrollo, definir una política agrícola.
Entre las causas numerosas de esa situación está la fluctuación
de los precios y de las monedas, provocada también por la superproducción
de productos agrícolas. Para garantizar la seguridad alimentaria habría,
por tanto, que favorecer la estabilidad y la equidad en el comercio
internacional (71).
Prioridad a la producción local
48. La importancia primordial de la agricultura en todo proceso de
desarrollo está plenamente reconocida. Sea cual fuere la evolución
de la coyuntura comercial internacional, tanto la independencia económica
y política como la alimentación de los países en desarrollo
tendrían mucho qué ganar si se establecieran sistemas agrícolas,
ciertamente abiertos al exterior, pero que favorecieran su desarrollo interno.
Eso exige la creación de un entorno económico y social fundado en
un mejor conocimiento y una mejor gestión de los mercados agrícolas
locales; en el desarrollo del crédito rural y de la formación técnica;
en la garantía de precios locales remunerativos; en el progreso de los
circuitos de transformación y de comercialización de los productos
locales; en una verdadera concertación entre los países en
desarrollo; en una organización de los campesinos mismos y en la defensa
colectiva de sus intereses. Todas esas tareas dependen, a la vez, de la
competencia y de la voluntad humanas.
Importancia de la reforma agraria
49. La producción alimentaria local encuentra a menudo trabas debido
a una mala repartición de las tierras y a la utilización
irracional de los suelos. Más de la mitad de la población de los
países en desarrollo carece de tierras, y esa proporción va
aumentando (72). Aunque casi todos los países en desarrollo poseen políticas
de reforma agraria, pocos son los que las han aplicado efectivamente. Además,
los espacios agrícolas utilizados por las sociedades multinacionales de
la alimentación sirven casi únicamente para alimentar a las
poblaciones del Norte, y los sistemas de explotación tienden a agotar los
suelos. Es urgente realizar una « decidida reforma de las estructuras y
nuevos esquemas en las relaciones entre los Estados y los pueblos » (73).
Papel de la investigación y de la educación
50. Las tareas que incumben a los responsables políticos y de la
economía son muy importantes. Sin embargo, para responder a un reto tan
grande como es el del hambre, la malnutrición y la pobreza, todo hombre
está llamado a preguntarse qué hace y qué podría
hacer al respecto.
Para esto se necesitará:
La aportación de la ciencia: las élites intelectuales
están llamadas a hacer uso de su sabiduría y de su influencia para
tratar de resolver el problema. Las investigaciones en biotecnología, por
ejemplo, pueden contribuir a mejorar tanto en el Norte como en el Sur
la seguridad alimentaria mundial, la asistencia sanitaria y el abastecimiento de
energía. Por su parte, las ciencias humanas, mediante una mejor lectura y
una interpretación más exacta de la organización social,
pueden hacer resaltar los desequilibrios del sistema reinante y las
consecuencias nefastas que ellos tienen, para ayudar a corregirlos. Las
ciencias, igualmente, pueden contribuir a definir y a establecer nuevos caminos
de solidaridad entre los pueblos.
Una sensibilización de los individuos y de los pueblos acerca
de la interdependencia, la solidaridad y la fraternidad. La educación al
amor al prójimo es una tarea que corresponde en primer lugar a los padres
de familia y educadores. En este aspecto es también importante el rol de
los políticos y muy especialmente el de los medios de comunicación
social.
Es preciso dar una importancia primordial a la educación que
no se limita a transmitir conocimientos, sino que plantea también los
fundamentos de la conciencia moral. Habrá que eliminar la dicotomía
entre educación y desarrollo, dos objetivos tan interdependientes, tan
estrictamente vinculados uno a otro, que es necesario perseguirlos conjuntamente
para lograr resultados duraderos. Es un deber de solidaridad ayudar a todo
hombre a beneficiarse de « una educación que responda al propio fin »
(74).
Los Organismos Internacionales: Asociaciones y/o Organizaciones
Internacionales Católicas (OIC) Organizaciones No Gubernamentales
(ONG) y sus redes
51. Desde hace varias décadas, a las iniciativas ya existentes se han
agregado organismos fundados también por voluntarios que se
han puesto al servicio de los individuos y de las poblaciones en dificultad.
Esos Organismos Internacionales se conocen bajo el nombre de Asociaciones
Internacionales Católicas, Organizaciones Internacionales Católicas
(OIC) y Organizaciones No Gubernamentales (ONG). Son famosos por su dinamismo y
han dado prueba de sus aptitudes en la promoción del desarrollo integral
de los pobres y en la respuesta a las situaciones de urgencia (hambre o carestía,
en el caso que nos interesa). Saben llamar la atención sobre las
situaciones desesperadas, movilizando fondos públicos y privados y
organizando la ayuda "in loco". Con el pasar de los años, la
mayor parte de ellas ha unido a esta lucha contra el hambre una acción más
amplia en favor del desarrollo. Entre sus éxitos más notables están
los proyectos que contemplan iniciativas nuevas que se toman localmente en forma
autónoma, o proyectos que sirven para reforzar las instituciones y las
colectividades locales.
La Iglesia católica desde siempre y, por tanto, mucho antes de que
existieran las ONG, ha estado al lado de los pobres y hambrientos ayudando a
resolver sus necesidades. Hoy la vemos estimulando, inspirando y coordinando
innumerables asociaciones parroquiales, diocesanas, nacionales e
internacionales, y a través de amplias redes (75).
Reconocemos aquí también el trabajo de los Organismos
Internacionales considerados en conjunto, ya sean de inspiración
directamente cristiana (76), de inspiración religiosa o de inspiración
laica.
La doble misión de los Organismos Internacionales
52. La misión de los Organismos Internacionales es doble:
sensibilización y acción. Si la segunda es evidente, la primera
con frecuencia es desconocida. Sin embargo, los dos aspectos son inseparables.
Sensibilizar a todos respecto a las realidades y a las causas de un desarrollo
insuficiente es algo fundamental. De la sensibilización depende
directamente la indispensable colecta de fondos privados, por un lado; y, por
otro, la toma de conciencia del mayor número de personas. La formación
de esa base popular es necesaria para lograr un aumento de la ayuda pública
al desarrollo y para transformar las « estructuras de pecado ».
Coparticipación solidaria
53. Los Organismos Internacionales deben poner en práctica una
verdadera coparticipación con los grupos a los cuales ayudan. Asínace
una solidaridad fraterna en el diálogo, la mutua confianza y la escucha
respetuosa.
En este campo tan delicado de la coparticipación, el Papa Juan Pablo
II ha querido dar un signo de su especial interés a través de la
Fundación « Juan Pablo II para el Sahel », cuyo objetivo es la
lucha contra la desertificación en los países del sur del Sahara;
y de la Fundación « Populorum Progressio » en favor de los más
desprovistos de América Latina, administradas autónomamente por
las Iglesias locales de sus respectivas regiones (77).
IV
EL JUBILEO DEL AÑO 2000 UNA ETAPA EN LA LUCHA CONTRA
EL HAMBRE
Los jubileos: dar a Dios lo que es de Dios
54. En la Carta apostólica Tertio millennio adveniente, de
preparación a la celebración de los dos mil años del
nacimiento de Cristo, el Papa Juan Pablo II recuerda la antiquísima
tradición de los jubileos en el Antiguo Testamento, arraigada en el
concepto del año sabático: el año sabático era un
tiempo dedicado de modo particular a Dios que se celebraba cada siete años,
según la ley de Moisés, y durante el cual se dejaba reposar la
tierra, se liberaban los esclavos y se remitían las deudas. El año
jubilar, que se celebraba cada cincuenta años, ampliaba aún más
las prescripciones anteriores: el esclavo israelita no sólo era liberado,
sino que recuperaba la posesión de la tierra de sus antepasados. «
Declararéis santo el año cincuenta, y proclamaréis en la
tierra liberación para todos sus habitantes. Será para vosotros un
jubileo; cada uno recobrará su propiedad, y cada cual regresará a
su familia » (Lv 25, 10).
El fundamento teológico de esta redistribución era el
siguiente: los israelitas no podían « privarse definitivamente de la
tierra, puesto que pertenecía a Dios, ni podían permanecer para
siempre en una situación de esclavitud, dado que Dios los había "rescatado"
para sí como propiedad exclusiva, liberándolos de la esclavitud en
Egipto »(78).
Encontramos allí la exigencia de respetar la destinación
universal de los bienes, la aplicación de la hipoteca social relacionada
con el derecho a la propiedad privada que se expresaba así puntualmente
como ley pública. Así corregía las trasgresiones, el afán
desmesurado de lucro, ganancias dudosas y muchas otras modalidades de ejercicio
de la propiedad, de la posesión de los bienes.
Ese marco jurídico del año jubilar, era como el esbozo de la
enseñanza social de la Iglesia que luego fue estructurada a la luz del
Nuevo Testamento. En verdad, fueron pocas las realizaciones concretas que
siguieron el ideal social del año jubilar. Se hubiera necesitado un
gobierno justo y capaz de imponer los preceptos anteriores, cuyo objeto era
restablecer una cierta justicia social. El magisterio social de la Iglesia, que
se ha desarrollado sobre todo a partir del siglo XIX, ha transformado en cierto
modo esos preceptos en un cuerpo doctrinal que es la doctrina social de la
Iglesia. Hoy es el Estado en su papel de regulador quien debe garantizar a cada
uno la necesaria y justa participación en los bienes de la creación.
La Iglesia tiene el deber de enseñar esta doctrina.
Ser la « providencia » de los propios hermanos
55. La práctica de los jubileos se remite fundamentalmente a la
Divina Providencia y a la historia de la salvación (79). Apoyándose
en esta referencia es posible considerar que el hambre y la malnutrición
son una consecuencia del pecado humano que se revela desde los primeros versículos
del libro del Génesis: « El Señor preguntó a Caín:
"¿Dónde está tu hermano?" Él respondió:
"No lo sé: ¿soy yo acaso el guardián de mi hermano?"
Entonces el Señor replicó: "¿Qué es lo que has
hecho? La sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra. Por eso te
maldice esa tierra, que ha abierto sus fauces para beber la sangre de tu hermano
que acabas de derramar. Cuando cultives el campo, no te dará ya sus
frutos. Y serás un forajido que huye por la tierra" » (Gn
4, 9-12).
Esta imagen expresa con toda claridad la relación entre el respeto a
la dignidad de la persona humana y la fecundidad del espacio ecológico
mancillado y destrozado luego. Esta relación resuena como un eco a lo
largo de la historia humana y constituye, al parecer, el telón de fondo
teológico de las relaciones de causalidad analizadas anteriormente sobre
el hambre y la malnutrición. Todo sucede como si los acontecimientos
naturales imprevisibles, a veces tan hostiles, se ampliaran con las
consecuencias de la sed desmedida de poder y de provecho y sus «
estructuras de pecado ». El hombre, apartándose de la intención
creadora de Dios, se ve a sí mismo, a sus hermanos y al porvenir con
mirada miope, condenado a la experiencia de vagar afligido por el mundo y tiene
que escuchar el reproche: « ... ¿dónde está tu hermano?
... ¿qué es lo que has hecho? ».
Dignidad del hombre y fecundidad de su trabajo
56. Dios quiere, sin embargo y a pesar de todo, devolver al hombre la creación
y, gracias a Cristo Redentor, ayudarle a cultivar y cuidar el huerto (cf. Gn
2, 15-17), evitando que se torne un erial y que alguien quede excluído.
En esta situación, todo esfuerzo por honrar la dignidad de la persona
humana y restaurar la armonía entre el hombre y toda la creación,
radica en el misterio de la Redención realizado por Jesucristo,
representado simbólicamente por el árbol de la vida en el jardín
del Edén (cf. Gn 2, 9). El hombre, cuando entra libremente en
comunión con este misterio, transforma ese vagar, al cual se hallaba
sometido, en ocasión y camino de fe, en el que aprende nuevamente a
mantener una relación amorosa con Dios, con sus semejantes y con toda la
creación.
Esa justificación nace y se alimenta de la fe y de la confianza en
Dios y se manifiesta a menudo en el hombre « pobre de corazón ».
El hombre entra de nuevo a participar plenamente en la culminación de la
creación, arruinada por el pecado original: « ... pues la ansiosa
espera de la creación desea vivamente la revelación de los hijos
de Dios... para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios » (Rm
8, 19.21).
Así el sentido de la economía humana se revela plenamente:
posibilidad para el hombre, y para todos los hombres, de cultivar la tierra, de
vivir de « la tierra donde crece el cuerpo de la nueva familia humana, el
cual puede de alguna manera anticipar un vislumbre del siglo nuevo » (80).
La dinámica de esta economía que se va forjando depende de nuestra
adhesión a ese plan divino y de su « encarnación » en
nuestras vidas. La aceptación incondicional y progresiva nos lleva a
incorporarnos a la Iglesia, pueblo peregrino, y nos hace avanzar hacia el Reino
de Dios. Es tarea de cada uno de nosotros, los bautizados en Cristo, revelar esa
fecundidad de la cual la Iglesia es depositaria y cuya misión es
restaurar toda la creación en Cristo. Frente a la lógica de las «
estructuras de pecado » que debilitan la economía humana, estamos
llamados a dejarnos cuestionar íntimamente por Dios y a adoptar así
una actitud crítica respecto a los modelos reinantes.
Desde esta perspectiva, la Iglesia invita a todos sus miembros a desarrollar
su saber, su competencia y su experiencia, cada cual según los dones que
ha recibido y según su propia vocación. Esos dones y vocaciones
peculiares de cada persona están admirablemente representados en las tres
parábolas (del criado fiel, de las diez virgenes y de los talentos) que
anteceden justamente la parábola del Juicio final (cf. Mt 24,
45-51; 25, 1-46). La complementariedad y la diversidad de las vocaciones y de
los carismas orientan la respuesta de amor por parte del hombre, llamado a ser «
providencia » de sus propios hermanos, « una providencia sabia e
inteligente que guía el desarrollo humano y el desarrollo del mundo por
el sendero de la armonía con la voluntad del Creador, para el bienestar
de la familia humana y el cumplimiento de la vocación transcendente de
cada persona » (81).
La economía degradada por la falta de justicia
57. La Carta apostólica Tertio millennio adveniente propone
iniciativas muy concretas para promover activamente la justicia social (82),
estimulando a descubrir otras maneras de responder al problema del hambre y de
la malnutrición que el Jubileo podría incluir.
La práctica jubilar es particularmente necesaria en el campo de la
economía; ésta, abandonada a sí misma, es dañina, se
debilita, pues no ejerce justicia. Toda crisis económica cuyo efecto
extremo es la penuria alimentaria se presenta como una crisis de justicia (83),
el pueblo escogido del Antiguo Testamento ya la había experimentado. Habrá
que analizar la crisis de hoy en el marco del libre mercado. Es cierto que con
las debidas condiciones, tanto en el interior de cada país, como en las
relaciones internacionales, el libre mercado puede ser un instrumento apropiado
para repartir los recursos y responder eficazmente a las necesidades (84).
Es preciso constatar que la justicia y el mercado se analizan con frecuencia
como dos realidades antinómicas, quedando por ello eximido el individuo
de su responsabilidad con respecto a la justicia social. La exigencia de equidad
ya no incumbe al individuo, sometido con resignación al orden comercial,
sino al Estado, y más exactamente al Estado-providencia.
En general, las filosofías morales reinantes son ampliamente
responsables de una desviación de la reflexión: se ha pasado del
campo del comportamiento justo, al de la justicia de las estructuras y
procedimientos, construcción teórica prácticamente fuera de
alcance. Además, esa providencia estatal "ad intra" y "ad
extra", se presenta hoy bastante sofocada, garantizando cada vez menos una
verdadera justicia distributiva y atentando ella misma contra la eficacia de las
economías nacionales. ¿No habría quizás aquí
materia de reflexión sobre la relación existente, por una parte
entre la falta de una sobriedad en nuestros comportamientos económicos y
de contribución individual al establecimiento de una justicia social; y
por otra, la creciente ineficacia de los mecanismos de redistribución
que, al cabo de un tiempo, se repercute sobre la eficacia global de nuestra
economía?
Rectitud y justicia en la economía
58. Para responder a esta oposición entre mercado y justicia, la enseñanza
social de la Iglesia procura profundizar en la noción de justo precio que
toma del pensamiento escolástico, refiriéndola no sólo al
criterio de justicia conmutativa, sino más ampliamente al criterio de
justicia social, es decir, al conjunto de derechos y deberes de la persona
humana. Esta realización de la justicia social, gracias al justo precio,
se funda en una doble conformidad: conformidad del contexto jurídico, que
sirve de marco al mercado, con la ley moral; y conformidad de los múltiples
actos económicos individuales, que establecen el precio del mercado, con
la misma ley moral.
Una responsabilidad personal que se limite simplemente a la ley civil no es
suficiente, pues implica, en muchos casos, « la abdicación de la
conciencia moral » (85). Así como el precio en un mercado depende de
los múltiples usos que dan los consumidores, asimismo nuestra consciencia
moral, árbitro moral de los usos que se hacen, será la que permite
que el precio del mercado coincida con el justo precio. Por tanto, cuando los
agentes del mercado no incluyen el deber de justicia social en sus opciones económicas,
el mecanismo mismo del mercado disociará el precio competitivo del justo
precio.
En esta preparación del Jubileo del Año 2000, estamos todos
invitados a encarnar la ley moral diariamente en nuestros actos económicos
(86). Por tanto, el carácter justo o injusto del precio está, en
cierta forma, « en nuestras manos »: las del productor y las del
inversionista, las del consumidor y las del responsable de tomar las decisiones
públicas.
El Estado y la comunidad de los Estados, sin embargo, no están
dispensados de ejercer una tutela capaz, entre otras cosas, de mitigar, aunque
de manera imperfecta, la carencia del deber individual de justicia social. El
objeto político constituído por el bien común es más
importante, en efecto, que la simple justicia conmutativa de los intercambios.
Un llamamiento a propuestas jubilares
59. El llamamiento de Dios por mediación de su Iglesia es, desde
luego, una convocatoria a la coparticipación, a la caridad activa y práctica.
Se dirige no sólo a los cristianos, sino a todos los hombres de buena
voluntad, y a todos los hombres capaces de buena voluntad, es decir, a todos sin
excepción. La Iglesia se coloca pues a la cabeza de los movimientos que
promueven el amor solidario, preocupándose por la persona humana en
general y por todo hombre en particular. Presente y actuante al lado de todos
los que desarrollan la acción humanitaria para responder a las
necesidades y a los derechos fundamentales de sus hermanos, la Iglesia recuerda
regularmente que la « solución » de la cuestión social
exige la colaboración de todos (87).
Todo hombre de buena voluntad, en efecto, puede percibir la puesta en juego
de la ética en los asuntos relacionados con el devenir de la economía
mundial: luchar contra el hambre y la malnutrición, contribuir a la
seguridad alimentaria y a un desarrollo agrícola endógeno de los
países en desarrollo, valorizar las potencialidades de exportación
de esos países, preservar los recursos naturales de interés
mundial. La enseñanza social de la Iglesia puede ayudar a puntualizar
elementos constitutivos del bien común universal, que deben ser
identificados y promovidos por las naciones desarrolladas. Las organizaciones
económicas internacionales deben empeñarse en este mismo sentido
en la puesta en marcha de la mundialización de los intercambios. Aceptado
ese bien común universal, debería inspirar consecuentemente el
marco jurídico, institucional y político que rige los intercambios
comerciales internacionales. Esto requiere coraje por parte de los responsables
de las instituciones sociales, gubernamentales y sindicales, por la dificultad
actual de situar los intereses de cada cual en línea con el bien común.
La misión de la Iglesia al respecto no consiste en proponer
soluciones técnicas. Pero con ocasión de la preparación al
gran Jubileo lanza un amplio llamamiento con el fin de que se hagan propuestas y
sugerencias capaces de acelerar la erradicación del hambre y la
malnutrición.
Dichas propuestas podrían referirse especialmente a dos campos:
El establecimiento de reservas de alimentos siguiendo el
ejemplo de José en Egipto (cf. Gn 41, 35) que permitan
ofrecer, en caso de crisis momentánea, una asistencia concreta a las
poblaciones afectadas por una situación de calamidad. Los mecanismos de
gestión deberían ser concebidos de manera que se evite toda
tentación de tipo burocrático capaz de abrir las puertas a las
luchas de influencia política o económica, y que evite toda
manipulación directa o indirecta de los mercados.Dar tierra y promover el
cultivo de huertos familiares, en especial en aquellas regiones donde la pobreza
priva a personas y a familias enteras del acceso a la utilización de la
tierra, así como de la alimentación básica. Decía el
Papa León XIII en favor de los obreros en el siglo XIX: « Los
hombres... aprenden incluso a amar más la tierra cultivada por sus
propias manos, de la que esperan no sólo el sustento, sino también
una cierta holgura económica para sí y para los suyos » (88).
Es preciso que se tomen iniciativas en todas partes del mundo, para que los
más desfavorecidos puedan disponer de un trozo de tierra y de los
conocimientos e instrumentos de trabajo necesarios para superar situaciones de
miseria.
Conviene estimular, en un marco de una perspectiva más amplia,
la recopilación de testimonios y estudios basados en la observación
y la experiencia directas para identificar con datos precisos « estructuras
de pecado » y « estructuras del bien común » (89).
V
EL HAMBRE: UN LLAMAMIENTO AL AMOR
El pobre nos llama al amor
60. En todos los países del mundo, si no cerramos los ojos, cruzamos
nuestra mirada con la de las personas que tienen hambre. Esa mirada es mensaje
(cf. Gn 4, 10).
Dios nos interpela a través del hambriento. La sentencia del Juez
universal condena sin ninguna compasión: « ... Apartaos de mí,
malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles.
Porque tuve hambre, y no me disteis de comer... » (Mt 25, 41ss.).
Estas palabras que salen del corazón del Dios hecho hombre, nos hacen
comprender la gravedad profunda que la no satisfacción de las necesidades
básicas del hombre tiene ante los ojos del Creador; abandonar al que es
imagen de Dios equivaldría a abandonar al Señor mismo. Dios es el
que tiene hambre y nos llama con los gemidos del hambriento. Como discípulos
del Dios que se revela, suplicamos al cristiano que escuche el llamamiento del
pobre. Es efectivamente, un llamamiento al amor.
La pobreza de Dios
61. Según los autores de los Salmos esos famosos cantos del
Antiguo Testamento « los pobres » se identifican con los «
justos », los que « buscan a Dios », « le temen » y «
esperan en Él »; los que « son benditos », « son sus
servidores » y « conocen su nombre ».
Como si estuviera reflejada en un espejo cóncavo, la luz de los «
ANAWIM », los pobres de la primera Alianza, converge hacia la mujer que
sirve de punto de enlace entre los dos Testamentos: María, en quien
brilla toda la entrega a Yahvé y toda la experiencia que guía al
pueblo de Israel, y de quien toma carne el Verbo de Dios. El « Magníficat
» es la alabanza que da testimonio de ello, el himno de los pobres cuya única
riqueza es Dios (cf. Lc 1, 46ss.).
El canto se abre con una explosión de alegría y la expresión
de una rebosante gratitud: « Mi alma glorifica al Señor, y mi espíritu
se regocija en Dios mi Salvador ». Ni las riquezas ni el poder hacen
exultar a María: ella se siente « pequeña, insignificante y
humilde ». Esta idea fundamental inspira toda su alabanza y es
completamente contraria a los que se guían por la sed de orgullo, de
poder y de riqueza, a quienes se dirige la sentencia: serán «
dispersados », « derribados de sus tronos », « despedidos
sin nada ».Jesús mismo aplica esa enseñanza de su Madre en el
discurso evangélico de las Bienaventuranzas que comienzan con la expresión
« dichosos los pobres ».
El anuncia la Buena Noticia a los pobres (cf. Lc 4, 18). La «
seducción del dinero », en cambio, aleja del seguimiento de Cristo
(cf. Mc 4, 19). Nadie puede servir a dos señores: Dios y Mamón
(cf. Mt 6, 24). La preocupación por el mañana es índice
de una mentalidad pagana (cf. Mt 6, 32). Para el Señor no se
trata sólo de bellas palabras: da testimonio de ellas con su propia vida.
« El Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza » (Mt
8, 20).
La Iglesia está con los pobres
62. No hay que falsear ni disimular el precepto bíblico que va en
dirección opuesta al espíritu del mundo y a nuestra sensibilidad
natural. Nuestra naturaleza y nuestra cultura se rebelan ante la pobreza.
La pobreza evangélica es a veces objeto de comentarios cínicos,
ya sea de los indigentes como de los más ricos. Se acusa a los cristianos
de querer perpetuar la pobreza. Un tal desprecio de la pobreza sería
propiamente diabólico. La característica de Satán (cf. Mt
4) es oponerse a la voluntad de Dios haciendo referencia a su Palabra.
Un discurso del Papa Juan Pablo II nos ayuda a hacer la distinción y
nos evita caer en la trampa que permitiría justificar nuestro egoísmo.
Con ocasión de su visita a la favela del Lixão de São
Pedro, en el Brasil, el 19 de octubre de 1991, el Santo Padre reflexiona sobre
la primera bienaventuranza del Evangelio de San Mateo y explica la relación
entre la pobreza y la confianza en Dios, entre la salvación y el abandono
total al Creador; y precisa: « Existe, sin embargo, una pobreza muy
distinta de aquella que Cristo ensalzaba, y que afecta a un gran número
de hermanos y hermanas, paralizando el desarrollo integral de la persona. Ante
esa pobreza, que priva de los bienes de primera necesidad, la Iglesia levanta su
voz... Por eso la Iglesia sabe que toda transformación social debe pasar
necesariamente por una conversión de los corazones y ora por ello. Esta
es la primera y principal misión de la Iglesia » (90).
Como ya lo hemos dicho, la voz de Dios a través de su Iglesia es un
llamamiento a la coparticipación, a la caridad activa y práctica,
dirigido no sólo a los cristianos, sino a todos. Como siempre, y más
que nunca, la Iglesia está hoy, apoyando y animando a todos los que
desarrollan la acción humanitaria al servicio de sus hermanos en
necesidad, para que puedan gozar de sus derechos fundamentales.
La contribución de la Iglesia al desarrollo integral de las personas
y de los pueblos no se limita sólo a la lucha contra la miseria y el
subdesarrollo. Existe además otra pobreza provocada por la convicción
de que es suficiente seguir el camino del progreso técnico y económico
para contribuir a que todo hombre sea más digno de llamarse tal; un
desarrollo sin alma no puede ser suficiente para el hombre, y la excesiva
opulencia le es tan nociva como la excesiva pobreza. Ese es el « modelo de
desarrollo » por el hemisferio norte y que implantado difunde en el
hemisferio sur, donde el sentido religioso y los valores humanos corren el
peligro de ser barridos por la invasión del consumismo.
Tanto el pobre como el rico están llamados a la libertad
63. Dios no quiere la indigencia de su pueblo, es decir, de los hombres, ya
que a través de cada uno de ellos nos interpela. Nos dice simplemente que
el indigente, así como el rico enceguecido por su riqueza, son hombres
mutilados; el primero, por circunstancias que no puede superar a pesar suyo; el
segundo, por tener las manos demasiado llenas. Uno y otro se ven, por tanto,
impedidos para acceder a la libertad interior, a la que Dios llama sin cesar a
todos los hombres.
El pobre, « colmado de bienes » no encuentra en ello una revancha
egoísta a la mala suerte, sino una situación que le permite, por
fin, no quedar disminuido en sus capacidades fundamentales. El rico, «
despedido sin nada », no es castigado por ser rico, más bien se ve
liberado del peso y de la oscuridad inherentes a su apego demasiado exclusivo a
toda clase de bienes. El canto del Magníficat no es una condena, sino un
llamamiento a la libertad y al amor.
En este proceso de doble curación, el pobre está llamado a
sanar su corazón herido por la injusticia que puede llevarle hasta a
odiarse a sí mismo y a los demás. El rico en cambio está
llamado a liberarse de su carga de pacotilla, que le tapa ojos y oídos.
Esa carga oculta el fondo de su corazón bajo los efímeros bienes
del dinero, el poder y los placeres; esa carga limita la visión de sí
mismo y de los demás.
La necesaria reforma del corazón del hombre
64. El hambre en el mundo nos hace tocar de cerca las debilidades del hombre
en todos los niveles: la lógica del pecado que se inserta en el corazón
del hombre, está al origen de las flaquezas de la sociedad debido a la
acción, de las así llamadas « estructuras de pecado ».
Para la Iglesia, el egoísmo culpable y la búsqueda desenfrenada
del dinero, el poder y la gloria, cuestionan el valor mismo del progreso en
cuanto tal. « ... Los individuos y las colectividades, subvertida la
jerarquía de los valores y mezclado el bien con el mal, no miran más
que a lo suyo, olvidando lo ajeno. Lo que hace que el mundo no sea ya ámbito
de una auténtica fraternidad, mientras el poder acrecido de la humanidad
está amenazando con destruir al propio género humano » (91).
Por el contrario, el amor que se alberga en el corazón del hombre, le
ayuda a superar sus propios límites y a actuar en el mundo, creando las «
estructuras del bien común »; éstas abren el camino a los que
están en marcha con él hacia la « civilización del
amor »(92) y arrastran a los demás en esa dirección.
El hombre está llamado a reformarse: Lo que está en juego es
vital para todos. Debe poner su corazón en movimiento hacia la unificación,
en el amor, de su propia persona y de la comunidad humana. Esta reforma del
hombre es radical en lo más profundo y en todo lo que implica, pues el
amor es radical en su esencia misma, no experimenta divisiones, abarca todos los
impulsos de la persona, sus actos, su oración, sus medios materiales y
sus riquezas espirituales.
La conversión del corazón de los hombres, individual y
colectivamente, es la propuesta de Dios, que puede cambiar profundamente la faz
de la tierra y borrar las nefastas senales del hambre que desfiguran una parte
de su rostro. « ... Convertíos y creed en el Evangelio » (Mc
1, 15), es el imperativo que acompaña el inicio del Reino de Dios. La
Iglesia sabe que ese cambio íntimo en lo más profundo estimulará
al hombre en su vida diaria a mirar más allá de su interés
inmediato, a cambiar poco a poco su modo de pensar, de trabajar y de vivir; le
ayudará a aprender a amar, en el pleno ejercicio de sus facultades.
Con nuestro pequeño aporte, Dios mismo velará por su realización.
« ¡Guardaos de los ídolos! »
65. He aquí la promesa que nos hace el Señor: « ... os
purificaré de todas vuestras impurezas e idolatrías. Os daré
un corazón nuevo y os infundiré un espíritu nuevo; os
arrancaré el corazón de piedra y os daré un corazón
de carne. Infundiré mi espíritu en vosotros y haré que viváis
según mis mandamientos, observando y guardando mis leyes » (Ez
36, 25-27).
Este magnífico lenguaje bíblico no debe engañarnos. No
se trata aquí, de un llamamiento a los buenos sentimientos para producir
una simple condivisión material, por válida y eficaz que sea. Lo
que se nos propone es un cambio más profundo, es la misma profundidad de
Dios, para liberarnos de nuestros ídolos y enseñarnos a amar; ésto
compromete a todo nuestro ser. Entonces podremos superar nuestros temores y
nuestros egoísmos para prestar atención a nuestros hermanos y
servirles.
Nuestros ídolos están muy cerca de nosotros: están
constituidos por nuestra búsqueda individual o comunitaria ya
seamos ricos o pobres de bienes materiales, poder, fama y placer,
considerados como fines en sí mismos. Someterse a esos ídolos
esclaviza al hombre y empobrece el planeta (cf. n. 25). La injusticia profunda
que sufre el que no puede disponer de lo necesario, reside precisamente en que
se ve obligado a buscar esos bienes materiales por encima de todo.
El corazón del pobre Lázaro es más libre que el del
rico malvado, y Dios a través de la voz de Abrahán, no sólo
pide al rico que comparta el banquete con Lázaro, sino que cambie su
corazón,que acepte la ley del amor para hacerse hermano del pobre (cf.
Lc 16, 19ss.).
Al librarnos de los ídolos, Dios permitirá que nuestro trabajo
transforme el mundo, no sólo aumentando las riquezas de todo tipo, sino
sobre todo orientando el trabajo humano al servicio de todos. El mundo podrá
entonces recobrar su belleza original, que no es únicamente la de la
naturaleza en el día de la Creación, sino la del jardín
admirablemente cultivado y hecho fértil por el hombre, al servicio de sus
hermanos, en la presencia amorosa de Dios y por amor a Él.
« "Contra el hambre cambia de vida", es el lema surgido en
ambientes eclesiales, que indica a los pueblos ricos el camino para convertirse
en hermanos de los pobres... »(93).
Escuchar al pobre
66. El cristiano que está en el mundo donde Dios lo ha colocado
va a responder, pues, al llamamiento del que padece hambre, interrogándose
individualmente sobre su propia vida. Ese llamamiento del que tiene hambre
impulsa al hombre a cuestionarse sobre el sentido y el valor de su acción
cotidiana; a tratar de ver las consecuencias, cercanas y a veces más
lejanas, de su trabajo, ya sea, profesional, de voluntariado, artesanal, doméstico.
Además lo lleva a calcular las consecuencias no previstas de sus actos,
incluso los más ordinarios, y por consiguiente de su responsabilidad
efectiva. A plantearse cómo administra su propio tiempo que, por
falta o por exceso es causa de angustia; a afrontar el problema del
desempleo; a abrir los ojos de su espíritu y de su corazón, y
ponerse al servicio de los necesitados. Es un llamamiento muy especial, dirigido
a los que en el lenguaje corriente se denominan responsables o dirigentes.
No acaso afirma San Pablo: « ... Jesucristo... siendo rico, se hizo
pobre por vosotros » (2 Cor 8, 9). Así, pues, quiso hacernos
ricos con su pobreza y con el amor que debemos tener al pobre.
Escuchar a Dios
67. Estar a la escucha de Dios en presencia del pobre abrirá el corazón
del hombre y le llevará a buscar un encuentro personal siempre nuevo con
Dios. Ese encuentro que Dios solicita, El, que no deja de buscar a todo hombre y
a todo el hombre, continuará en el camino diario que transforma
progresivamente la vida del que acepta « abrir la puerta » a Dios
mismo, que humildemente toca (cf. Ap 3, 20).
Escuchar a Dios requiere tiempo con Él y dedicado a Él. La
oración personal es la única que hace posible que el hombre cambie
su corazón y, por consiguiente, su acción. El tiempo dado a Dios
no es tiempo quitado a los pobres. Una vida espiritual sólida y
equilibrada no ha desviado nunca a nadie del servicio a sus hermanos. Y si San
Vicente de Paúl (1660) tan conocido por su compromiso en favor de
los más desfavorecidos decía: « Deja tu oración
si tu hermano te pide una taza de tisana », no hay que olvidar que el santo
oraba unas siete horas al día y en ello encontraba el fundamento para su
acción.
Escuchando a su hermano
68. El hombre que está a la escucha de su hermano, y que se abre a la
presencia y a la acción divinas, reexaminará así, poco a
poco, su propio estilo de vida. La carrera a la abundancia a la que se
dedican siempre más personas, con frecuencia en medio de una creciente
miseria será reemplazada, progresivamente, por una mayor sencillez
de vida, olvidada ya en muchos países, pero que se hace de nuevo posible,
e incluso deseable, cuando desaparece en las prioridades del consumidor la
preocupación por aparentar.
En fin, el hombre que acepta cambiar su modo de vivir para adoptar, el que
Dios mismo nos ha mostrado en las palabras de Cristo, se pondrá, gracias
a esa visión, al servicio del bien común, de la promoción
integral de todos los hombres y de todo hombre en particular.
...para cambiar la vida
69. Liberado progresivamente de temores y ambiciones meramente materiales,
iluminado sobre las consecuencias posibles de sus propios actos, sea cual fuere
el lugar que ocupa, el hombre que acoge la presencia de Dios en todos los
aspectos de su vida, se transformará en agente de la civilización
del amor. Discretamente, en lo más profundo, su trabajo asumirá un
carácter de misión, en la cual tiene el deber de ejercer y
desarrollar sus talentos; de contribuir a la reforma de las estructuras y de las
instituciones; de adoptar un comportamiento de calidad que estimule a los que le
rodean a actuar del mismo modo, y de encaminarse esencialmente al servicio de la
dignidad de la persona humana y del bien común.
Las circunstancias de la vida hacen que un tal cambio en el trabajo se
considere casi imposible; pero la experiencia enseña que incluso en
situaciones aparentemente bloqueadas, todo hombre cuenta siempre con un pequeño
margen de acción, y que sus opciones tienen una importancia concreta para
los que le rodean en el trabajo. Se puede decir, en cierto modo, que cada cual
es responsable de los demás.94 Esta es una de las tonalidades del
llamamiento al amor que Dios no deja de hacer resonar. Es tarea de cada cual, en
circunstancias a veces difíciles y que pueden incluso traer consigo un
sufrimiento cercano al del testigo-mártir; es posible apoyarse en la
fuerza de Dios que nos promete su ayuda si lo colocamos en el centro de nuestra
vida, incluso de nuestra vida activa.
« Ánimo, pueblo todo de la tierra, oráculo del Señor;
manos a la obra, que yo estoy con vosotros... y mi espíritu se halla en
medio de vosotros » (Ag 2, 4-5). El cristiano se transforma
entonces en agente de lucha contra las « estructuras de pecado », e
incluso en agente de destrucción de ellas y las prácticas deletéreas
en el ámbito del desarrollo económico y social se difundirán
menos. En las regiones donde los cristianos, con valor y determinación,
arrastren a los hombres de buena voluntad, la miseria dejará de
progresar, las costumbres de consumo cambiarán, las reformas se harán,
la solidaridad florecerá y el hambre retrocederá.
Apoyar las iniciativas
70. A la cabeza de esos cristianos que luchan figuran los religiosos y los
ministros ordenados que están llamados a dar su vida a Dios y a sus
hermanos.
A lo largo de toda la historia de la Iglesia, desde los diáconos de
los Hechos de los Apóstoles (cf. Hch 6, 1ss.) hasta el presente,
ha habido hombres y mujeres extraordinarios (95), órdenes religiosas y
misioneras, asociaciones de cristianos laicos, instituciones e iniciativas
eclesiales que han procurado ayudar a los pobres y a los hambrientos. Han
luchado contra el sufrimiento y la miseria en todas sus formas, obedeciendo a
Cristo.
La Iglesia expresa su agradecimiento a todos los que actualmente prestan
esos servicios en forma de acción concreta en favor del prójimo en
las diócesis, parroquias, organizaciones misioneras, organizaciones
caritativas y demás ONG. Ellos transmiten el amor de Dios y muestran la
autenticidad del Evangelio.
La Iglesia católica está presente en todos los continentes;
cuenta con casi 2700 diócesis o circunscripciones de aspectos muy
distintos (96), de las cuales muchas están comprometidas desde hace largo
tiempo en la acción contra el hambre y la pobreza. Las diócesis y
las parroquias son lugares privilegiados de discernimiento para la acción
de los cristianos. En dichos marcos se promueve la organización de grupos
a nivel popular, grupos locales y comunidades. Las comunidades acogedoras con
dimensión humana pueden volver a infundir confianza, ayudar a
organizarse, a vivir mejor, y a salir de la resignación y del
abatimiento. El Evangelio vuelve a ser en ellas esperanza para los pobres en un
crisol donde se conjugan la fuerza de Cristo y la de los desheredados.
Todos estamos invitados a participar en esta acción. El llamamiento
al amor que Dios nos hace mediante la presencia de nuestros hermanos que padecen
hambre, debe tener una respuesta concreta según el estado de vida de cada
uno y la posición que ocupa en el mundo y en su propia comunidad. La
maravillosa riqueza humana, en las distintas culturas, produce esa diversidad de
compromisos y de misiones. Hay motivos, pues, para que todo cristiano promueva
iniciativas locales muy distintas.
La Iglesia católica sabe que comparte ese mismo compromiso con las
demás Iglesias cristianas y comunidades religiosas, y con todos los
hombres de buena voluntad. Las acciones de tipo humanitario son un campo de
actividad importante para el cristiano y éste deberá, por
consiguiente, contribuir especialmente a que los objetivos de su acción
individual y asociativa estén siempre al servicio integral del hombre,
sin excluir su dimensión espiritual. Este servicio será entonces
una defensa contra los que podrían tratar de desviar el dinamismo de la
asociación hacia fines políticos inspirados en el materialismo y
en ideologías que, en último análisis, contribuyen a
destruir al hombre.
Todo cristiano está en misión en todas sus actividades
71. El cristiano está al servicio de sus hermanos en todos los
aspectos de su actividad y de su vida. El amor cristiano compromete a todos los
creyentes en su trabajo diario y en sus iniciativas personales. El compromiso
del cristiano, así como sus acciones humanitarias y caritativas, son
respuesta a esa llamada misionera.
En el trabajo remunerado, así como en el voluntariado o en el trabajo
del hogar, a menudo considerable, el hombre y la mujer están llamados a
vivir una misma misión: anunciar la Buena Noticia y ponerse a su servicio
en los gozos y sufrimientos diarios, y en toda situación. La calidad del
trabajo, la participación en reformas justas, el ejemplo modesto del
comportamiento, la preocupación por los demás, más allá
de los objetivos personales e institucionales legítimos, con todo esto el
hombre y la mujer están desempeñando un apostolado. Con la fuerza
del Señor progresarán en la lucha contra el desorden y la
injusticia.
El cristiano tratará de dirigir su acción, sea la que fuere,
hacia Aquél que habla directamente al corazón a través de
la boca del pobre. El cristiano, en su tarea de « luz » de los demás
hombres de buena voluntad con quienes comparte los valores humanos
fundamentales, deberá velar porque su acción personal, así
como la de sus hermanos en la fé, se inspire siempre en la Palabra de
Dios y sigua con docilidad las enseñanzas de la Iglesia y de sus
pastores. La comunidad de acción debe ser una comunidad con el Señor,
El mismo velará porque esta acción se piense y se realice en el
Espíritu Santo y no pierda su calidad de misión; de esa misión
que se inspira y tiene su fuente en el mismo Jesucristo, quien se define a sí
mismo como « Servidor de los hombres ».
El cristiano encontrará apoyo, en todo momento, en la oración
de la bienaventurada Virgen María, orante y actuante en su servicio sin
reservas, a Dios y a los hombres. La Madre de Dios suplicará al Espíritu
Santo que inspire la inteligencia y el corazón del cristiano para que éste
se transforme en libre colaborador responsable y confiado, cuya acción
dará testimonio por sí misma del amor de Dios y tendrá la
característica de eternidad.
Ciudad del Vaticano, Palacio San Calixto. 4 de octubre de 1996,
fiesta de San Francisco de Asís.
Arzob. Paul Josef Cordes Presidente Pontificio Consejo «
Cor Unum »
Mons. Iván Marín Secretario Pontificipo
Consejo « Cor Unum »
ÍNDICE
Presentación
Introducción
I
LAS REALIDADES DEL HAMBRE
El desafío del hambre
Un escándalo que ha durado demasiado: el hambre destruye la vida
La malnutrición compromete el presente y el porvenir de una población
Principales víctimas: las poblaciones más vulnerables
El hambre engendra el hambre
Causas reconocibles
A. Causas económicas
- Causas profundas
- La deuda de los países en desarrollo con altos costos sociales
- Los programas de reajuste estructural
B. Causas socioculturales
- Las realidades sociales
- La demografía
- Sus implicaciones
C. Causas políticas
- La influencia de la política
- La concentración de los medios económicos
- Las desestructuraciones económicas y sociales
D. La tierra puede alimentar a sus habitantes
- Progresos considerables de la humanidad
- Los mercados agroalimentarios
- La agricultura moderna
II
DESAFÍOS DE TIPO ÉTICO QUE SE HAN DE RESOLVER ENTRE
TODOS
Dimensión ética del fenómeno
El amor al prójimo para culminar en el desarrollo
La justicia social y la destinación universal de los bienes
La gravosa desviación del bien común: las "estructuras de
pecado"
A la escucha preferencial de los pobres y a su servicio: la coparticipación
Una sociedad integrada
La paz, un equilibrio de los derechos
El desarme: una urgencia que se ha de afrontar
Respeto por el medio ambiente
Ecología y desarrollo equilibrado
Responder todos al desafío
Reconocer la contribución de los pobres a la democracia
Iniciativas comunitarias
El acceso al crédito
Papel primordial de las mujeres
La integridad y el sentido social
III
HACIA UNA ECONOMÍA MÁS SOLIDARIA
Para servir mejor al hombre y a todos los hombres
Hacer converger la acción de todos
La voluntad política de los países industrializados
Establecer equitativamente los términos del intercambio
Superar el problema de la deuda
Aumentar la ayuda pública para el desarrollo
Reflexionar acerca de la ayuda
La ayuda alimentaria de urgencia, una solución temporal
La concertación de la ayuda
La seguridad alimentaria, una solución permanente
Prioridad a la producción local
Importancia de la reforma agraria
Papel de la investigación y de la educación
Los Organismos Internacionales: Asociaciones y/o Organizaciones
Internacionales Católicas (OIC), Organizaciones no Gubernamentales (ONG)
y sus redes
La doble misión de los Organismos Internacionales
Coparticipación solidaria
IV
EL JUBILEO DEL AÑO 2000 UNA ETAPA EN LA LUCHA CONTRA EL
HAMBRE
Los jubileos: dar a Dios lo que es de Dios
Ser la "providencia" de los propios hermanos
Dignidad del hombre y fecundidad de su trabajo
La economía degradada por la falta de justicia
Rectitud y justicia en la economía
Un llamamiento a propuestas jubilares
V
EL HAMBRE: UN LLAMAMIENTO AL AMOR
El pobre nos llama al amor
La pobreza de Dios
La Iglesia está con los pobres
Tanto el pobre como el rico están llamados a la libertad
La necesaria reforma del corazón del hombre
« ¡Guardaos de los ídolos! »
Escuchar al pobre
Escuchar a Dios
...Eschuchando a su hermano
...para cambiar la vida
Apoyar las iniciativas
Todo cristiano está en misión en todas sus actividades
(1) En la elaboración de este documento se han tenido en cuenta, en
especial, los trabajos más variados y recientes; sin embargo, el hecho de
que estén citados en el presente documento no implica su aprobación
integral o sin reservas.
(2) Cf. ONU (Organización de las Naciones Unidas), Declaración
Universal de Derechos Humanos, Aprobada y proclamada por la Asamblea General
de las Naciones Unidas en su resolución 217 A (III) del 10 de diciembre
de 1948, art. 25.1.
(3) ONU, Declaración sobre el Progreso y el Desarrollo en lo
Social, proclamada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en su
resolución 2542 (XXIV) del 11 de diciembre de 1969, II, art. 10b.
(4) Cf. ONU, Conferencia Mundial de la Alimentación, Roma, 16
de noviembre de 1974, n. 1.
(5) FAO (Food and Agriculture Organization - Organización de las
Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) y OMS (Organización
Mundial de la Salud), Conferencia Internacional sobre Nutrición,
Declaración Mundial sobre Nutrición, Informe final de la
Conferencia, n. 1, Roma 1992.
(6) Cf. ibid., nota 2 Cf. también FAO, Necesidades y
recursos. Geografía de la agricultura y la alimentación, Roma,
1955, p. 16: « El promedio de calorías diarias disponibles es de
2700 por persona en el mundo entero, suficiente para satisfacer las necesidades
energéticas de todos. Sin embargo, los alimentos no se producen ni se
distribuyen equitativamente. Ciertos países producen mayor cantidad de
alimentos que otros, si bien los sistemas de distribución y el ingreso
familiar determinan la accesibilidad de los alimentos ».
(7) Cf. FAO, Agricultura: hacia el Año 2010, Doc. C 9324.
Roma 1993, p. 1.
(8) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Constitución pastoral Gaudium et
spes (1965), n. 40: « ... La Iglesia avanza juntamente con toda la
humanidad, experimenta la suerte terrena del mundo, y su razón de ser es
actuar como fermento y como alma de la sociedad, que debe renovarse en Cristo y
transformarse en familia de Dios. Esta compenetración de la ciudad
terrena y de la ciudad eterna sólo puede percibirse por la fe... ».
(9) Conc. Ecum. Vat. II, Constitución pastoral Gaudium et spes
(1965), n. 69.
(10) Juan Pablo II, Carta Encíclica Sollicitudo rei socialis
(1987), n. 41, AAS 80 (1988), 570.
(11) Juan Pablo II, Carta Encíclica Sollicitudo rei socialis
(1987), n. 33, l.c. 558; cf. también Pablo VI Carta Encíclica
Populorum progressio (1967), n. 47 AAS 59 (1967), 280.
(12) Cf. FAO, Necesidades y recursos. Geografía de la agricultura
y la alimentación, Roma 1995, p. 16. Cf. también nota 5.
(13) Cf. Alan Berg, Malnutrition: What can be done? Lesson from World
Bank Experience, The John Hopkins University Press for World Bank, Baltimore
MD, 1987.
(14) Estudios realizados por la FAO y la OMS han establecido que el mínimo
diario de calorías necesarias es de 2100, mientras la disponibilidad
diaria de alimentos debe equivaler a 1,55 veces el metabolismo basal; por debajo
de esos parámetros, se puede considerar que una persona sufre de
subalimentación crónica (cf. FAO y OMS, Conferencia
Internacional sobre Nutrición. Nutrición y desarrollo: una
evaluación mundial, Roma, 1992). En el mundo hay todavía
alrededor de 800 millones de personas subalimentadas: cada adulto necesita un
promedio de unas 2500 calorías diarias. Los habitantes de los países
industrializados tienen un excedente de unas 800 calorías diarias,
mientras los habitantes de los países en desarrollo tienen que
conformarse con dos tercios de esta ración (cf. Le Sud dans votre
assiette. L'interdépendance alimentaire mondiale, Ottawa, CRDI, 1992,
p. 26).
(15) Cf. Documento preparatorio de la CNUCED (Conferencia de las
Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo) en la segunda Conferencia de
las Naciones Unidas sobre los Países Menos Avanzados, París
1990.
(16) FAO y OMS, Conferencia Internacional sobre Nutrición.
Declaración Mundial sobre la Nutrición, Informe final de la
Conferencia, n. 2, Roma 1992.
(17) Cf. Banco Mundial, Poverty and Hunger, 1986. Este documento
describe los distintos grados de inseguridad alimentaria (transitorios o crónicos),
las causas económicas de tales situaciones y las maneras de mitigarlas a
medio y a corto plazo. Esta distinción es útil, pero tiene el
inconveniente de no reflejar inmediatamente las correlaciones entre las diversas
causas, lo que destacaría mejor su orden de importancia, pues algunas
causas son, al mismo tiempo, los efectos de causas más profundas. La noción
de 'sostenibilidad' tuvo en un principio el significado de desarrollo compatible
con el respeto del medio ambiente físico; actualmente esta noción
incluye también la idea de permanencia del desarrollo.
(18) Cf. Banco Mundial, Poverty and Hunger, 1986.
(19) La expresión francesa « pays en mal de développement
», aquí se traduce por « paises en derarrollo con altos costos
sociales » se usa cuando desborda del campo meramente económico, se
aplica a los países donde el desarrollo económico y social es
excesivamente costoso en términos de sufrimiento humano, de desgaste de
medios financieros, e implica igualmente un abandono de conocimientos y prácticas
ya experimentadas, así como la destrucción de activos adquiridos a
lo largo de los siglos.
(20) Asia, globalmente, ha dado resultados mucho más satisfactorios,
por estar vinculada a políticas y medios más eficaces, sin que la
calidad de las relaciones interpersonales se pueda considerar de las mejores, ni
los niveles de corrupción más débiles.
(21) En algunos países se han tenido que realizar algunos cortes en
materia de educación. Hay que señalar que en muchos países
que presentan un desarrollo difícil, la tendencia a favorecer la enseñanza
superior, en detrimento de la enseñanza primaria, es un problema
recurrente que deben afrontar las instituciones internacionales en el diálogo
con esos países.
(22) Cf. FNUAP (Fondo de Población de las Naciones Unidas), Estado
de la Población Mundial, 1993, Nueva York 1993; United
Nations, World Population Prospects: the 1992 Revision, New York 1993.
Cf. también: FNUAP, Etat de la population mondiale 1994, Choix
et responsabilités.
(23) Cf. PNUD (Programme des Nations Unies pour le Développement),
Rapport mondial sur le développement humain 1990, Economica,
Paris 1990; cf. ibidem p. 94: en los países en desarrollo, donde
se encuentra la mayoría de personas que padecen hambre, la población
rural se ha más que duplicado, y la población urbana se ha
triplicado o cuadruplicado en 30 años (de 1950 a 1980).
(24) Cf. Franz Bockle u.a., Armut und Bevölkerungsentwicklung in
der Dritten Welt, Herausgegeben von der Wissenschaftlichen Arbeitsgruppe für
weltkirchliche Aufgaben der Deutschen Bischofskonferenz, Bonn 1991 (Ediciones en
alemán y en francés).
(25) Pontificia Academia de las Ciencias, Population and Resources.
Report (Informe sobre población y recursos), Vatican City 1993 (Las
estadísticas que se dan ya han tenido cambios).
(26) Cf. Pontificio Consejo para la Familia, Evoluciones demográficas:
dimensiones éticas y pastorales, Ciudad del Vaticano 1994. Cf. Le
contrôle des naissances dans les pays du Sud: promotion des droits des
femmes ou des interêts du Nord, « Intermondes », vol. 7, n.
1, oct. 1991, p. 7: últimamente, numerosas investigaciones han demostrado
que otros tres factores, además del control de nacimientos, contribuyen
en igual medida a la disminución del crecimiento de la población
mundial: el desarrollo económico y social, el mejoramiento de las
condiciones de vida de la mujer y, paradójicamente, la reducción
de la mortalidad infantil. Cf. también UNICEF (Fondo de las Naciones
Unidas para la Infancia), La situation des enfants dans le monde, Genève
1991.
(27) Cf. Juan Pablo II, Discurso a los participantes en la Semana de
Estudios sobre « Recursos y Población », organizada por la
Pontificia Academia de las Ciencias (22 de noviembre, 1991), nn. 4 y 6: «
La Iglesia es consciente de la complejidad del problema... Al proponer que se
tomen medidas, la urgencia no debe inducir a errores: la aplicación de métodos
que no están en sintonía con la verdadera naturaleza del hombre
termina, en efecto, por provocar daños dramáticos... se corre el
riesgo de perjudicar especialmente a los estratos más pobres y débiles,
sumando una injusticia a otra » AAS 84 (1992) 12, 1120-1122. Cf.
también: Card. Angelo Sodano, Intervención en la
Conferencia de la ONU en Río de Janeiro sobre el Medio Ambiente y
desarrollo (13 de junio, 1992). Texto en italiano en: L'Osservatore Romano,
15-16 de junio, 1992.
(28) FAO y OMS, Conferencia Internacional sobre Nutrición.
Declaración Mundial sobre la Nutrición, Informe final de la
Conferencia, n. 15, Roma 1992.
(29) Cf. FAO, Agricultura: hacia el año 2010, Doc. C 9324, n.
2.13, Roma 1993.
(30) Cf. PNUD, Rapport Mondial sur le développement humain, 1990,
Economica Paris, 1990, p. 18.
(31) FAO y OMS, Conferencia Internacional sobre Nutrición,
Declaración Mundial sobre la nutrición, Informe final de la
Conferencia, n. 1, Roma 1992.
(32) Ibidem.
(33) La Argentina figura entre los principales exportadores de trigo y de
carne bovina. Esta nación, por consiguiente, no es un país en
desarrollo con altos costos sociales: es un país industrializado cuyos
resultados económicos a largo plazo fueron decepcionantes por motivos
relacionados esencialmente con las debilidades de sus sistemas políticos.
Esta situación ha cambiado profundamente en los últimos años,
y las consecuencias económicas ya son evidentes.
(34) Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, § 1906, donde se
encuentra la definición de « bien común » tomada de GS
26, § 1: « el conjunto de condiciones de la vida social que hacen
posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más
pleno y más fácil de la propia perfección ».
(35) Juan Pablo II, Discurso en el Palacio del Consejo Económico
de Africa Occidental
(CEAO), Ouagadougou, 29 de enero, 1990, AAS 82 (1990) 8, 818.
(36) Juan Pablo II, Carta Encíclica Centesimus annus (1991),
n. 31, AAS 83 (1991) 10, 831.
(37) Cf. Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Reconciliatio
et poenitentia (1984), n. 16, AAS 77 (1985) 213-217 (en términos
de pecado social que produce males sociales); Carta Encíclica Sollicitudo
rei socialis (1987), nn. 36-37, l.c. 561-564 y Carta Encíclica
Centesimus annus (1991), n. 38, l.c. 841. Esos documentos
utilizan igualmente expresiones como « situaciones de pecado » y «
pecados sociales », atribuyendo su origen al egoísmo, a la búsqueda
del provecho y al deseo de poder.
(38) La producción de armas químicas, sin « consecuencias
» positivas, y que no sirven sino para atacar y defenderse, da testimonio.
A manera de ejemplo, la producción de las 500.000 toneladas de productos
mortales, capaces de destruir 60 mil millones de hombres, almacenadas en la
ex-Unión Soviética, costó alrededor de 200 mil millones de
US$, y su destrucción costará otro tanto. Se trata de recursos
reales y, por consiguiente, de una pérdida completa para el planeta. Esta
aventura perversa se traduce en un descenso del nivel de vida de los hombres
(principalmente, pero no solamente, en la ex-URSS), hasta llegar a la aparición
del hambre en familias que, en caso contrario, no la hubieran experimentado.
(39) Cf. Juan Pablo II, Homilía de Navidad, 1975, con ocasión
de la clausura del Año Santo, AAS 68 (1976) 2, 145. Ese concepto
fue utilizado por primera vez por el Papa Pablo VI.
(40) Juan Pablo II, Carta Encíclica Centesimus annus (1991),
n. 28, l.c. 828.
(41) Cf. Larry Salmen, Listen to the People, Participant-Observer
Evaluation of Development Projects, The World Bank and Oxford University
Press, 1987. Se puede mencionar, a este respecto, el método del
observador participante utilizado por un consultor del Banco Mundial.
Profundamente motivado por el amor a los hombres, no dudó en transcurrir
períodos de tres a seis meses en los « barrios de latas » de América
del Sur (especialmente en Quito y La Paz) para vivir él mismo la vida de
la población. Pudo así dar consejos a los arquitectos que
trabajaban en la renovación urbana, para que las construcciones no fueran
dañadas sistemáticamente por los nuevos habitantes, recién
salidos de su alojamientos miserables. Es éste un caso de escucha
preferencial del pobre y de sentido común que, sin embargo, requiere una
cierta dosis de heroísmo. Ese mismo consultor difundió este método
en Tailandia, invocando la autoridad mundial del Banco para convencer a los
funcionarios de Bangkok de vivir ellos también, por un tiempo, con sus
conciudadanos menos favorecidos, para garantizar el éxito de los
programas de vivienda urbana. Digna de mención, igualmente, la
extraordinaria intervención de un pastor protestante inglés,
Stephen Carr, quien vivió durante 20 años en dos aldeas africanas
utilizando únicamente los recursos técnicos tradicionales, y
ejerció una gran influencia en esos dos lugares. De paso por Washington,
fue entrevistado por el Banco Mundial en 198586. Su testimonio fue de gran ayuda
para los especialistas del Banco que experimentaban un fracaso tras otro en los
proyectos agrícolas del Organismo en África. Existe una simbiosis
entre el campesino y la tierra. La tierra de África es bella y buena,
pero muy frágil. Los cambios de comportamiento introducidos entre los
campesinos por la economía moderna, y la pérdida de las creencias
ancestrales, han producido la destrucción de la tierra. Los misioneros
católicos, y quizá otros, lo habían comprendido
perfectamente. Las antiguas misiones respetaban los talentos y, sobre todo, la
experiencia tradicional. Todo esto ha sido descubierto nuevamente por algunas
ONG, entre éstas la FIDESCO, con sede en Francia y en otros países
europeos.
(42) Cf. la obra del P. Joseph Wrejinsky y de Atd cuarto mundo.
(43) Cf. Juan XXIII, Carta Encíclica Pacem in terris (1963),
cap. III, AAS 55 (1963) 5, 279-291.
(44) Juan Pablo II, Discurso a la Conferencia de la FAO con motivo
del 50° aniversario de su fundación (23 de octubre, 1995), n. 2.
L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 3 de
noviembre, 1995.
(45) Cf. Banco Mundial, Informe sobre el desarrollo mundial,
1990, Washington 1990, p. 19.
(46) Cf. Pontificio Consejo « Justicia y paz », El comercio
internacional de armas. Una reflexión ética, Ciudad del
Vaticano 1994.
(47) Cf. FAO, Desarrollo sostenible y medio ambiente: Política y
acción de la FAO, Roma 1992.
(48) Cf. Juan Pablo II, Discurso con motivo de la 25 periodo de
sesiones de la Conferencia de la FAO (16 de noviembre, 1989), n. 8, AAS
82 (1990) 7, 672-673.
(49) Cf. los Quirógrafos de institución de las
Fundaciones pontificias « Juan Pablo II para el Sahel », fundada el 22
de febrero de 1984, y « Populorum Progressio », fundada el 13 de
febrero de 1992. La sede legal de ambas Fundaciones está en el Pontificio
Consejo « Cor Unum », Estado de la Ciudad del Vaticano. La sede del
Consejo de Administración de la Fundación « Juan Pablo II
para el Sahel » está en Ouagadougou (Burkina Faso), y la de la
Fundación « Populorum Progressio » está en Santafé
de Bogotá (Colombia).
(50) Cf. Juan Pablo II, Discurso ante la Asamblea general de las
Naciones Unidas con motivo del 50o aniversario de la Organización (5 de
octubre, 1995), nn. 12 y 13, L'Osservatore Romano, edición en
lengua española, 13 de octubre, 1995.
(51) He aquí algunas de esas iniciativas: Economia di Comunione/Opera
di Maria, Movimento del Focolare (Rocca di Papa - Italia); AVSI/Comunione e
Liberazione (Milán); Fidesco/Communauté Emmanuel (París); «
Familia en Misión »/Camino Neocatecumenal (Roma); Obra social «
Kolping International » (Köln).
(52) Cf. PNUD, op. cit., p. 31 (cf. nota 29).
(53) Cf. IFAD (International Fund for Agricultural Development - Fondo
Internacional de Desarrollo Agrícola), The Role of Rural Credit
Projects in Reaching the Poor, Rome-Oxford 1985.
(54) Cf. Juan Pablo II, Carta a las mujeres, (29 de junio, 1995), n.
4, AAS 87 (1995) 9, 805-806.
(55) Cf. Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Mulieris
Dignitatem (1988) 6-7, AAS 80 (1988) 13, 1662-1667. Cf. también
Exhortación Apostólica postsinodal Christifideles laici
(1988), n. 50, AAS 81 (1989) 4, 489.492.
(56) Es posible llegar a una evaluación de la amplitud de la corrupción,
deduciéndola del monto de las sumas de dinero « lavado »,
calculadas por los servicios competentes de control de fraudes (por ej., en
Francia, TRACFIN).
(57) Cf. Juan Pablo II, Carta Encíclica Sollicitudo rei socialis
(1987), n. 44, l.c. 576-577.
(58) Juan XXIII, Carta Encíclica Pacem in terris (1963), cap.
III, AAS 55 (1963) 5, 290.
(59) Cf. León XIII, Carta encíclica Rerum novarum, 15
de mayo de 1891, Leonis XIII P.M. Acta XI, Romae 1892, 97-144.
(60) Cf. FAO, Carta del campesino: Declaración de principios y
programa de acción de la Conferencia Mundial sobre reforma agraria y
desarrollo rural, Roma 1979.
(61) Cf. FAO, Informe de la Conferencia de la FAO, 23 sesión,
C 85REP, p. 46, Roma, 9-28 de noviembre, 1985.
(62) Cf. nota n. 5.
(63) Cf. Banco Mundial, Informe sobre el desarrollo mundial, 1990,
introducción, Washington 1990.
(64) Juan Pablo II, Discurso con ocasión del 50 aniversario
de la fundación de la FAO, n. 4. L'Osservatore Romano, edición
en lengua española, 3 de noviembre, 1995.
(65) 3 Cf. PNUD, Rapport mondial sur le développement humain 1992,
Economica, Paris 1992, p. 49; cf. también ONU, Informe de la
Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo,
Río de Janeiro 1992, párr. 33.13: « Los países
desarrollados reafirman sus compromisos de alcanzar la meta aceptada por las
Naciones Unidas del 0,7% de su PNB para la asistencia oficial para el desarrollo
(AOD) y, en la medida en que aún no hayan alcanzado esa meta, están
de acuerdo en aumentar sus programas de asistencia a fin de alcanzar esa meta lo
antes posible... Algunos países han convenido en alcanzar la meta para el
año 2000... Se debe encomiar a los países que han alcanzado ya la
meta y se les debe alentar a continuar contribuyendo al esfuerzo común
para facilitar los sustanciales recursos adicionales que han de movilizarse ».
(66) Cf. ONU, Informe de la Cumbre Mundial sobre Desarrollo
Social (Copenhague, 6-12 de marzo, 1995), Declaración y Programa
de Acción, párr. 88b.
(67) Juan XXIII, Carta Encíclica Mater et magistra (1961),
cap. III, AAS 53 (1961) 8, 440.
(68) Juan Pablo II, Discurso con ocasión del 50 aniversario
de fundación de la FAO, (23 de octubre, 1995) n. 3, L'Osservatore
Romano, Edición en lengua española, 3 de noviembre, 1995.
(69) Cf. PNUD, op. cit., pp. 164-165 (cf. nota 65).
(70) Cf. FAO, Necesidades y recursos, (cf. nota n. 11), p. 35: La
seguridad alimentaria depende generalmente de cuatro elementos: la disponibilidad
de alimentos; el acceso a una alimentación suficiente; la estabilidad
de los suministros; la aceptación cultural de los alimentos o de
ciertas asociaciones de alimentos.
(71) Cf. también el Pacto Mundial de Seguridad Alimentaria
(1985), mencionado en el n. 40.
(72) Cf. FAO, La condición del campesino sin tierras. Un problema
que se agrava. Roma 1984.
(73) Juan Pablo II, Mensaje para la celebración de la Jornada
Mundial de la Paz, 1 de enero 1990, « Paz con Dios Creador, paz con
toda la creación », n. 11, AAS 82 (1990) 2, 153.
(74) Conc. Ecum. Vat. II, Declaración Gravissimum educationis,
n. 1, que se remite a Pio XI, Carta Encíclica Divini illius magistri
(1929), AAS 22 (1930), pp. 50ss.
(75) Cf. Pontificio Consejo « Cor Unum », Catholic Aid
Directory, 4 edic. (próximamente será publicada una 5 edic.).
Consideremos, por, ejemplo, los Organismos que son Miembros de « Cor Unum »:
Association Internationale des Charités de St. Vincent de Paul (AIC),
Caritas Internationalis, Unione Internazionale Superiore Generali (U.I.S.G.),
Unione Internazionale Superiori Generali (U.S.G), Australian Catholic Relief,
Caritas Italiana, Caritas Liban, Catholic Relief Services U.S.C.C., Deutscher
Caritasverband, Manos Unidas, Organisation Catholique Canadienne pour le Développement
et la Paix, Secours Catholique, Kirche in Not, Société de St.
Vincent de Paul, Secrétariat des Caritas de l'Afrique francophone,
Caritas Aotearoa (New Zealand), Caritas Bolivia, Caritas Española,
Caritas Moçambicana, Misereor, Österreichische Caritaszentrale,
Orden de Malta.
(76) De gran importancia es la Unidad IV del Consejo Mundial de las Iglesias
en Ginebra; es preciso mencionar también la obra de la Cruz Roja en el
mundo.
(77) Cf. nota n. 49.
(78) Juan Pablo II, Carta Apostólica Tertio millennio adveniente
(1994), n. 12, AAS 87 (1995) 1, 13.
(79) Cf. ibid., n. 13, l.c. 13-14.
(80) Conc. Ecum. Vat. II, Constitución Pastoral Gaudium et spes
(1965), n. 39.
(81) Juan Pablo II, Meditación durante la vigilia de oración
en el Cherry Creek State Park, en Denver, en el marco de la celebración
de la VIII Jornada Mundial de la Juventud (14.8.1993), AAS 86 (1994) 5,
416.
(82) Cf. Juan Pablo II, Carta Apostólica Tertio millennio
adveniente (1994), n. 51: « ... proponiendo el Jubileo como un tiempo
oportuno para pensar entre otras cosas en una notable reducción, si no en
una total condonación, de la deuda internacional, que grava sobre el
destino de muchas naciones », l.c. 36.
(83) Cf. al respecto: H. Hude, Ethique et Politique, Chap. XIII «
La justice sur le marché », Ed. universitaires, Paris 1992.
(84) Cf. Juan Pablo II, Carta Encíclica Centesimus annus
(1991), n. 34, l.c. 835-836.
(85) Cf. Juan Pablo II, Carta Encíclica Evangelium vitae
(1995), n. 69, AAS 87 (1995) 5, 481.
(86) La Carta Encíclica Centesimus annus (1991) del Papa Juan
Pablo II, da algunas indicaciones en ese sentido en el n. 36: « ... Al
descubrir nuevas necesidades y nuevas modalidades para su satisfacción,
es necesario dejarse guiar por una imagen integral del hombre, que respete todas
las dimensiones de su ser y que subordine las materiales e instintivas a las
interiores y espirituales. Por el contrario, al dirigirse directamente a sus
instintos, prescindiendo en uno u otro modo de su realidad personal, consciente
y libre, se pueden crear hábitos de consumo y estilos de vida
objetivamente ilícitos... El sistema económico no posee en sí
mismo criterios que permitan distinguir correctamente las nuevas y elevadas
formas de satisfacción de las necesidades humanas, que son un obstáculo
para la formación de una personalidad madura. Es, pues, necesaria y
urgente, una gran obra educativa y cultural, que comprenda la educación
de los consumidores para un uso responsable de su capacidad de elección,
la formación de un profundo sentido de responsabilidad en los productores
y sobre todo en los profesionales de los medios de comunicación social,
además de la necesaria intervención de las autoridades públicas...
Me refiero al hecho de que también la opción de invertir en un
lugar y no en otro, en un sector productivo en vez de otro, es siempre una opción
moral y cultural » l.c. 838-840.
(87) Cf. Juan Pablo II, Carta Encíclica Centesimus annus
(1991), n. 60, l.c. 865-866.
(88) León XIII, Carta Encíclica Rerum Novarum 1891),
n. 35.
(89) El Pontifico Consejo COR UNUM podría en este campo estimular y
solicitar la elaboración de estos estudios a organismos competentes.
(90) Cf. Juan Pablo II, 2 viaje al Brasil (12-21 de octubre, 1991), Discurso
en la favela de Lixão de São Pedro, Insegnamenti 19912,
941.
(91) Conc. Ecum. Vat. II, Constitución Pastoral Gaudium et Spes
(1965), n. 37; cf. también Juan Pablo II, Carta Encíclica Sollicitudo
rei socialis (1987), nn. 27-28: « Esta concepción [de
desarrollo] unida a una noción de « progreso » de
connotaciones filosóficas de tipo iluminista... usada en sentido económico-social
parece puesta ahora seriamente en duda... A un ingenuo optimismo mecanicista le
reemplaza una fundada inquietud por el destino de la humanidad... Hoy se
comprende mejor que la mera acumulación de bienes y servicios, incluso en
favor de una mayoría, no basta para proporcionar la felicidad humana »,
l.c. 547-550.]
(92) Cf. nota n. 39.
(93) Cf. Juan Pablo II, Carta Encíclica Redemptoris Missio
(1990), n. 59, AAS 83 (1991) 4, 307-308.
(94) Esta convicción no la difunden únicamente los cristianos.
Es el fundamento de un movimiento creado recientemente en los Estados Unidos: el
« comunitarismo ». El sociólogo A. Etzioni presenta el
movimiento cuyo objetivo es la promoción del bien común de todo
hombre, en su libro The Spirit of Community. Rights, Responsibilities and
the Communitarian Agenda, Crown Publishers, Inc. New York, 1993.
(95) Cf. Juan Pablo II, Carta Encíclica Sollicitudo Rei Socialis
(1987), n. 40, l.c. 569.
(96) Cf. Secretaria Status Rationarum Generale Ecclesiae, Annuarium
statisticum Ecclesiae, Typis Vaticanis (1994), p. 41.
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