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LA
DIAKONIA EN ALGUNOS PAÍSES ENTRE EUROPA Y ASIA
En
la Domus Sanctæ Marthæ del Vaticano se llevó a cabo una reunión organizada
por el Pontificio Consejo "Cor Unum", del 2 al 5 de julio de 1998,
titulada: "La Iglesia para la salvación de la humanidad: la diakonía en
las Administraciones Apostólicas y Misiones sui iuris entre Europa y
Asia". Tema de la reunión fue la actividad caritativa de la Iglesia católica
en aquellos territorios.
A
dicha reunión, primera en su género, tomaron parte los representantes
pontificios, los ordinarios y los superiores de dichos territorios, los
representantes de las conferencias episcopales de Estados Unidos e Italia, de Cáritas
Internationalis y de algunas Cáritas locales, de algunos organismos como "Ayuda
a la Iglesia que Sufre", "Catholic Relief Service", Asociaciones
voluntarias para el servicio intencional, el "Orden de Malta" y
superiores y oficiales de algunos dicasterios de la Curia Romana.
Formación,
voluntariado, relación con las autoridades locales, colaboración entre las
Iglesias particulares y organizaciones internacionales: estas fueron las
prioridades a las que se hizo frente, con la
esperanza de iluminar el tercer milenio con una constelación de signos que
manifiesten la vivacidad de la Iglesia. La reunión significó un verdadero
gesto de comunión, porque se compartieron dificultades y esperanzas. Se
presentaron algunas conmovedoras esperanzas sobre cómo pastores, religiosas,
religiosos y operadores acompañan cada día la vida y el desarrollo de las
poblaciones pobres, a menudo aisladas, en zonas que no son ni siquiera
consideradas por las estadísticas como "Tercer mundo" y que, aun así,
presentan características similares. Y es precisamente ahí donde la Iglesia
está presente con sus "misioneros de la caridad": tantos grupos, Cáritas
locales, también asociaciones católicas internacionales y movimientos
eclesiales que distribuyen ayudas y reconstruyen, en zonas destruidas por las
ideologías, relaciones humanas y respuestas sociales que se basan en el anuncio
de Cristo Salvador. La acción caritativa de la Iglesia quiere en todas partes
socorrer la miseria y manifestar la bondad de Dios. Ella se sitúa en la misión
eclesial y da credibilidad a la proclamación del Evangelio.
Este
texto, "Líneas Guía para la Actividad Caritativa", propone algunas líneas
guía para orientar la actividad caritativa de la Iglesia católica, con
diversas expresiones, en los territorios entre Europa y Asia. Las situaciones
son diferentes, pero es necesario hacer frente a algunos problemas comunes. Los
resultados representan, de todas maneras, una aportación para la Iglesia
universal y pretenden ser de ayuda para resolver cuestiones existentes en este
sector.
LINEAS
GUIA PARA LA ACTIVIDAD CARITATIVA
1.
La dimensión teológica de la actividad caritativa
La
primera dimensión es destacadamente teológica. La diakonía representa una de
las tres funciones esenciales de la Iglesia. Bajo nuestra terminología, con
diakonía se comprende el servicio de la actividad caritativa que la Iglesia
ofrece al hombre, en cuanto hijo de Dios, reconociendo en él, el rostro mismo
de Cristo. Dicho servicio de caridad, la Iglesia no lo extrae de sí misma, sino
del amor de Dios que se ha encarnado y revelado en la persona de Cristo. El Hijo
de Dios hecho hombre muestra la caridad del Padre, tal y como confirman las
palabras de Juan: " In" (1 Jn 4, 10). La Iglesia continúa la misión
del Hijo de Dios que revela al mundo el amor del Padre a cada hombre. En su
situación, la Iglesia deja vislumbrar este fundamento del que nace y sobre el
que está constituida.
La
actividad caritativa no puede prescindir de los datos de la fe. Aquí se ilumina,
también, el sentido profundo de la unión que subsiste entre las funciones
esenciales de la Iglesia: la predicación, la liturgia y la caridad. Cada función
está unida a las otras dos; sin esta unión se empobrece y se esclerotiza. Del
conocimiento que nos viene por la predicación y por vivir en la liturgia el
amor divino, la Iglesia se hace testigo de ello ante los hombres.
Al
ser la diakonía una actividad eclesial, sigue siendo primordial la figura del
Obispo o del Ordinario local. Es suya la responsabilidad última de la acción
caritativa. Es responsabilidad de padre: promover los diversos carismas y
encaminar, por el bien la Iglesia, las diferentes capacidades, en el respeto a
la especificidad de estos carismas. No debemos subestimar la valorización de
estos carismas, que se expresan en tantas órdenes religiosas, institutos de
vida consagrada y de vida apostólica, en movimientos, en nuevas comunidades, y
que tanto contribuyen a la edificación
de la Iglesia.
El
carácter eclesial de la diakonía implica una estrecha colaboración de la
comunidad cristiana, también allá donde la actividad cristiana se lleva a cabo
de manera individual. Ésta, de hecho, se realiza dentro, con y a través de la
comunidad cristiana. La actividad caritativa de la Iglesia se organiza en
ciertas estructuras, pero esto no significa que cada fiel deba sentirse
sustituido en el vivir esta dimensión de la fe. Por ello, la Iglesia exhorta a
cumplir "obras de misericordia corporales y espirituales", deber de
cada cristiano por el don del bautismo.
Es
necesario tener bien presente todo esto, aun cuando se debe acentuar la
identidad católica y, por tanto, profundamente eclesial de la acción
caritativa. Sólo bajo esta condición es posible asumir contemporáneamente
formas institucionales "laicas", como aquellas de ONGs, de manera que
se puedan reconocer con mayor facilidad en el ámbito civil.
La
actividad caritativa de la Iglesia encuentra expresión, también, en los grupos
"Cáritas" que existen en diferentes niveles: local, diocesano,
nacional, para después proyectarse sobre el plano internacional. "Cáritas"
es un instrumento de la diakonía de la Iglesia allá donde desarrolla su propia
labor. Este carácter instrumental significa que ésta no es ni el origen, ni el
fin de la caridad. La diakonía debe, de hecho, facilitar la actuación de la
caridad de parte de los fieles. Todo esto posee implicaciones significativas
para "Cáritas" a diferentes niveles.
Antes
de todo, es importante que "Cáritas" de cada distrito eclesiástico
se ponga en relación con la red internacional de "Cáritas". Esta
inserción debe favorecer una comunión y una colaboración que respete y ayude
el crecimiento de cada "Cáritas" local. Es necesario evitar que la
estructura internacional tome la delantera sobre las exigencias de la "Cáritas"
del lugar y que se impongan modelos que le son extraños. Hay que salvaguardar
la autonomía y la especificidad de la iniciativa local. A veces se corre el
riesgo que la dependencia económica se transforme en la dependencia de otros
modelos.
La
colaboración con la red "Cáritas" sirve, además, para evitar que
las organizaciones caritativas de la misma naturaleza, operen paralelamente a la
"Cáritas" local. En este sentido, es oportuno subrayar de nuevo el
papel de coordinación que ejercita el Ordinario local. El resultado es que el
desarrollo de las estructuras caritativas debe articularse en armonía con el
desarrollo de la vida eclesiástica.
Es
conveniente, asimismo, destacar que la acción de "Cáritas" no
pretende sustituir la labor de las demás instituciones públicas y
organizaciones privadas, y por ello no puede abarcar todas las necesidades.
Pero, aun así, es un signo fuerte de la solicitud de la Iglesia en su servicio
al hombre.
Es
necesario prestar atención a la realidad especifica que presentan algunos
territorios. La presencia de la Iglesia Católica, junto a otras confesiones y
religiones, se percibe también como un signo. Es evidente el doble desafío:
por un lado, la necesidad de manifestar los signos de caridad, al ser parte de
la misión eclesial; por el otro, el riesgo que tales signos se comprendan como
acción de proselitismo de parte de la Iglesia Católica. La Iglesia puede vivir
plenamente su convicción de fe. La ayuda que presta no conoce diferencias étnicas
o religiosas. El campo caritativo puede, por consiguiente, dar pie a una
fraterna y sincera colaboración. Mediante sus obras de caridad, la Iglesia Católica,
manifiesta también en el tejido social, la salvación conquistada por Cristo.
2.
La dimensión formativa
Por
lo que se refiere a la formación de quienes operan en el sector
socio-caritativo, no se puede renunciar a un recorrido de formación cristiana.
De hecho la diakonía proviene de una vida de fe. De esta manera es posible
evitar la burocratización de la caridad y el encomendar la caridad a los solos
"profesionales". La principal intención, no es la de construir
organizaciones perfectas, sino el de vivir la vocación cristiana. La Iglesia no
pretende tener funcionarios, sino personas que entren en la dinámica del don de
sí mismos. La actividad caritativa debe llevarse a cabo de persona a persona.
Hoy en día, la persona sufre a menudo a causa del aislamiento. En las regiones
donde se impuso el comunismo, el hombre se encontró ante un Estado que lo
despersonalizaba, porque la estructura era más importante que la persona. Por
ello es necesario promover en los agente de las organizaciones caritativas, un
convencimiento profundo de su propia identidad cristiana, para que puedan vivir
como servicio su misión. Esto implica que la actividad caritativa no pueda
prescindir de la actividad pastoral, sino que se desarrolla en conexión con ésta.
El trabajo social posee un corazón pastoral, y el trabajo pastoral se enriquece
de la experiencia de la caridad.
Otro
elemento, que hay que poner de relieve es el gran valor formativo de la
actividad caritativa. Esto vale, especialmente, allá donde años de régimen
obligaron la población a vivir en la indiferencia, el miedo y la pasividad. Hay
que transformar al hombre en un ser activo y responsable, despojándole del
miedo a ser protagonista de la sociedad. El trabajo caritativo representa una
excelente ocasión para formar al hombre. Por tanto, para la actividad
caritativa es necesario contar con una formación, como también la actividad
misma es formación.
El
ámbito en que dicha formación llega a ser apremiante es el de la familia, que
en ciertas sociedades vive una fuerte crisis. En propósito hay que reafirmar
que éste es uno de los sectores de empeño que aguardan a la Iglesia, tanto en
el presente como en el futuro, tal y como el Santo Padre lo recuerda en
repetidas ocasiones.
Misión
importante de las organizaciones caritativas, bajo la guía de los respectivos
pastores, es el cuidado de los voluntarios. Es necesarios reflexionar sobre la
formación de base de dichos voluntarios, bajo la guía del magisterio social de
la Iglesia. La formación se favorece por el reciproco intercambio de información
y por las visitas.
3.
La colaboración con las grandes agencias católicas internacionales
Por
lo que se refiere a la colaboración con las organizaciones y las agencias católicas
internacionales, es imprescindible tener en cuenta los 70 años de comunismo y
todas sus consecuencias a nivel antropológico y comunicativo; ésto ha impedido
un desarrollo orgánico. La apertura de fronteras, junto a muchos aspectos
positivos, ha puesto a la población en contacto con los aspectos negativos de
la sociedad occidental. Hoy, como recuerda a menudo el Santo Padre, es necesario
respirar con los dos pulmones, aquel del oriente y aquel del occidente. Hay que
manifestar un mutuo intercambio de dones.
El
Occidente aprende del Oriente el testimonio de fe vivido heroicamente; el
Oriente recibe del Occidente el apoyo para su desarrollo. Aun siguen vigentes
las palabras de Tertuliano: "Sanguis martyrum est semen christianorum".
Frente a la secularización avanzada del Occidente, el Oriente ofrece espacios
de gran esperanza. Sin esta reciprocidad, que la relación implica, se crea el
peligro de la dependencia, del paternalismo, de la falta de autonomía y, por
tanto, la privación de un verdadero crecimiento. El conocimiento personal
ofrece una gran ayuda para perseguir dicha reciprocidad.
En
cuanto a la colaboración entre agencias internacionales y organizaciones
locales, hay que concretizar algunas consideraciones. El mero financiamiento no
es una prioridad absoluta. Es necesario pensar en programas a largo plazo, en
proyectos que ayuden las organizaciones locales a ser autosuficientes. Dos
propuestas concretas emergen del encuentro: las organizaciones locales deberían
aprender a trabajar de manera sistemática y organizada; las agencias
internacionales deberían reducir la burocracia y adecuarse a las necesidades de
las Iglesias que sirven, integrándose en el ámbito local eclesial. Un paso
concreto en esta dirección es, también, el aprendizaje de las lenguas eslavas.
La
estructura internacional no se sobrepone a la organización local y no la
substituye; está presente para colaborar. Intenta fortalecerla y reforzarla
para que pueda responder plenamente a sus funciones.
La
colaboración con las redes "Cáritas", y con las otras organizaciones
caritativas a nivel nacional e internacional, ayuda y obtiene la información
necesaria para desarrollar y sustentar los diferentes sectores de la propia
actividad caritativa. Los proyectos se coordinan con la Comisión diocesana o
nacional de la "Cáritas" y con la competente Comisión Episcopal si
ya está formada. De tal manera, estos proyectos tendrán mayores posibilidades
de ser acogidos por otros miembros de la confederación "Cáritas" o
por otras agencias socio-caritativas.
4.
La colaboración con las instituciones publicas
El
cristiano posee una responsabilidad específica hacia la sociedad en la que
vive. Debe existir una distinción entre sociedad y estado. Este ultimo no se
identifica con la sociedad porque la sociedad posee numerosas dimensiones. Hay
que tener este concepto bien presente, porque algunos regímenes tienden a
colocar al Estado sobre el mismo plano de la sociedad, limitando así los
espacios de autonomía de las ciudadanos.
La
Iglesia está en relación con los diferentes miembros de la sociedad y con los
representantes del Estado. Con respecto a la sociedad, la Iglesia tiene el deber
de promover al hombre y su dignidad. La Iglesia sabe servir al hombre en sus múltiples
dimensiones, sin considerar su pertenencia étnica o religiosa. El aprendizaje y
el ejemplo de Juan Pablo II son paradigmáticos.
En
las sociedades de los Países entre Europa y Asia, el papel de la Iglesia
permanece importante para favorecer la reconciliación y para llamar la atención
de los responsables hacia los más débiles. El gran desarrollo económico corre
el riesgo de dejar atrás una larga franja de población. A través de sus
estructuras caritativas, la Iglesia está cerca de los necesitados, que aumentan
de número.
La
Iglesia lleva a cabo esta labor en colaboración con otros elementos de la
sociedad civil sin perder su propia identidad, sus convicciones, su propia
antropología. En particular, corremos el grave riesgo de considerar que uno
debe solamente proveer al bienestar material de las personas. A diferencia de
las otras organizaciones que no son cristianas, el horizonte sobre el que la
Iglesia actúa se centra en el Evangelio.
En
la colaboración efectiva con los otros elementos de la sociedad civil, la
Iglesia jamás pide que se le otorguen privilegios, sólo el poder llevar a cabo
su acción libremente y acorde a su convicción personal. Esto debe quedar claro
también en la relación con el Estado. Colaborar, no significa que la Iglesia
quiera apropiarse de las funciones pertinentes al Estado, ni que desee suplir
las faltas de éste. La Iglesia no renuncia a su propia autonomía. Estas
convicciones se sintetizan, también, bajo el concepto de la subsidiariedad, si
se concibe correctamente: en su proprio campo y en base a sus competencias, la
Iglesia exige poder desarrollar libremente aquello que sabe ser su misión.
Ciertamente
el estilo de presencia de la Iglesia debe ser paciente y respetuoso de la dinámica
propia de las instituciones. Sin pretender lo imposible o correr demasiado con
los tiempos, hay que obtener una participación adecuada a aquello que las
instituciones del Estado son capaces de ofrecer. Está claro que la actividad
caritativa de la Iglesia es también un estímulo para la sociedad civil y para
los organismos gubernativos, para que lleven a cabo, según conciencia, las
labores que le son propias.
En
fin, las organizaciones católicas necesitan de una personalidad jurídica, no
para actuar, sino para adquirir una plena capacidad de acción, en la medida de
su desarrollo. Se trata, entonces, de comenzar a trabajar con confianza, tras
una evaluación serena de las posibilidades reales de acción, en función de
los recursos disponibles, de las necesidades y de las condiciones locales, del
discernimientos de la voluntad de Dios. Se trata, por tanto, de trabajar de
manera que las organizaciones crezcan en el ámbito de la Iglesia local, y como
tales sean reconocidas también en el registro jurídico-civil. Si esto no fuera
posible, de inmediato, hay que buscar una forma de reconocimiento que garantice
a los católicos el obrar conforme a su propia fe y a su propia conciencia.
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