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El Salvador (22-27 Enero del 2001)
Su Santidad Juan Pablo II envió al Arzobispo Presidente del Pontificio Consejo
Cor Unum, S. E. Monseñor Paul Josef Cordes, a El Salvador para que Lo
represente en este País con motivo del gran sufrimiento (muertes, destrozos,
precariedad, etc.) que allí padecieron a causa del enorme terremoto habido la
semana anterior. Mons. Cordes se entrevistó con el Nuncio Apostólico, el
Presidente de la República, la Conferencia episcopal, las Organizaciones de
caridad, familiares y paisanos de las víctimas, etc. El día 24 celebró, en la
Catedral Metropolitana de San Salvador, la Santa Misa por las víctimas del
terremoto (más de 700 contabilizadas hasta el momento), a conclusión de
la cual, dijo estas palabras:
EI Santo Padre fue uno de los primeros quien se ha hecho portavoz del
sufrimiento de vuestro País. Durante la oración del Angelus del 14 de enero El
ha subrayado su paterna cercanía a ustedes y pidió a la Iglesia universal de
hacerse instrumento de comunión y de condivisión con los hermanos golpeados
por el terremoto. Asimismo se apeló también a los responsables de las naciones
para que ayuden a Su País que está viviendo una situación tan dramática.
Las palabras del Santo Padre tuvieron un eco impresionante: las Iglesias
locales, grupos de Caritas, ONG católicas, diferentes gobiernos han ofrecido su
ayuda. Todo eso sirve para enfrentar los primeros y más grandes daños. Esta
ayuda tiene que ser distribuida según criterios de justicia. Me alegro que las
instancias del Estado hayan pedido a la Iglesia católica de distribuir las
ayudas a los más necesitados. A pesar de que esto represente una labor más
fatigante para la Iglesia, es sobre todo un signo de la confianza y de la
credibilidad que la Iglesia católica ha logrado en este País a través la
honestidad de tantos fieles.
Pero la ayuda material no es suficiente. El hombre no vive de sólo pan. Quiere
también ser sostenido por la simpatía, por la proximidad humana y la cercanía
de sus hermanos. No quiere solo cheques, sino también una actitud de compasión
y de participación a sus sufrimientos.
Esta es la razón por la cual el Papa me envío desde Roma: para dar a ustedes
un signo de humanidad. Yo quería esperar unos días antes de venir porque tenía
diferentes compromisos. Pero El insistió: "Vaya Usted pronto". Esto
es una demostración que El no utiliza solo palabras, sino que tiene un corazón
que sufre con ustedes.
El Papa mismo sufre y resiste con un espíritu fuerte contra el dolor. Durante
el pasado Jubileo trabajó corno un joven en el pleno de sus fuerzas. De esta
forma siempre está cerca de aquellos que se encuentran mal, de 1os miserables,
de los enfermos. El Papa tiene un corazón para los pobres, los marginados, los
que fueron golpeados por la desgracia. Y también nos da un ejemplo, para que no
olvidemos la esperanza en Dios.
Por cierto, se pregunta en frente de estos acontecimientos: ¿Porqué? ¿Porqué
Dios permite este dolor? Yo también me lo he preguntado. Dios tal vez lo
permite por una mentalidad nuestra que puede ser 1lamada fatalismo, o sea una
inactividad que no asume la responsabilidad, a la cual el Señor nos
llama.
Y sin embargo hoy, rezando el Oficio de las Lecturas, he leído una homilía de
Juan Crisóstomo, uno de 1os más grandes padres de la Iglesia. Esta lectura me
ha dado una respuesta que también quiero presentar a ustedes.
"El apóstol Pablo pregunta: ¿Es que el alfarero no es dueño de hacer de
una misma masa unas vasijas para usos nobles y otras para usos despreciables?
(Rm 9, 19). ¡No creas que Pablo diga esto para negar la libertad de la voluntad
del hombre¡ No: quiso mucho mas expresar que Dios en sus disposiciones es
libre... Pablo no quiere explicar el motivo de las decisiones de Dios. Inclínate
en cambio en humilde adoración y pórtate como el barro: como éste se adapta a
las manos del alfarero, así tu adáptate a la voluntad de Dios... aún si no
comprendes el misterio de su sabiduría".
Tenemos que aceptar nuestra condición de hombres con humildad. Pero también
sin resignación. Ayer le pregunté al Arzobispo Fernando: ¿Qué tal con el
alma del pueblo? ¿Está muy deprimido? ¿Está triste o pasivo? Y me contestó
claramente que no. El pueblo de El Salvador nunca pierde su energía. Esto me lo
confirmaron hoy los responsables de las comisiones diocesanas para la
emergencia. Y esto me alegró mucho. Por eso: ponen juntas vuestras energías
para la reconstrucción. Y no pierdan la confianza en Dios quien nos quiere - aún
si no siempre lo comprendemos.
Concluyendo, agradezco a ustedes que han venido a esta celebración. Quiero
agradecer a los pastores y a cuantos en la Iglesia están ayudando a la población
de este País en un momento de tanto sufrimiento. A mi regreso a Roma diré al
Papa que la Iglesia de El Salvador ha reaccionado al terremoto y tiene la fuerza
de superar este momento de prueba.
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