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Clave
conceptual Caridad: Es
el amor en sentido cristiano ("apape-caritas") que constituye la
esencia misma del Dios revelado por Jesucristo (cf. 1 Jn 4,8). Ésta consiste
en entregar la propia vida (Jn 15,13). La forma perfecta de la caridad es el
don de sí de Cristo sobre la Cruz (Ga 2,20). La Cruz es la "cifra"
y el símbolo del amor: en ella Jesús cumple el doble mandamiento del amor a
Dios y al → prójimo, retomado de la Ley antigua (Torah) (cf. Mc 12,28ss; Dt
6,5; Lv 19,17). Sobre la Cruz, de hecho, Jesús ama totalmente a Dios Padre,
encomendándose en sus manos (Lc 23,44), y al prójimo, → perdonando a sus
enemigos (Lc 23,26). El amor verdadero o caridad consiste en amar con → gratuidad, también a quien no lo merece, el pecador, el malvado, el traidor,
el enemigo (cf. Lc 6,32: Rm 5,11). Este amor divino, único y trascendente, no
es "utópico" para los seres humanos. Se convierte en realidad
cuando el Don del Señor resucitado es derramado en el corazón de los hombres
mediante la potencia del Espíritu Santo (cf. Hch 2; Rm 5,5) y hace posible
abandonarse al amor de Cristo. Tal es la experiencia de los santos y de los mártires
(cf. Hch 7,59-60). La caridad es por tanto una virtud teologal, o sea,
sobrenatural y pneumatológica. San Pablo la considera el más grande de los
dones del Espíritu Santo y la describe así: "La caridad es paciente, es
servicial; la caridad no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe; es
decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuanta el mal; no se
alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree.
Todo lo espera. Todo lo soporta. La caridad no acaba nunca". (cf. 1 Co
13, 4-8). La caridad puede considerarse obra de la → fe (cf. Ga 5,6). Poseer
el amor es signo de una vida nueva que vence a la muerte: "Nosotros
sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a los hermanos.
Quien no ama permanece en la muerte" (1 Jn 3,14). Toda
la tradición cristiana la ha venerado como "reina de las virtudes".
Ella consiste, para s. Agustín, en el amor de la cosas que deben ser amadas
("dilectio rerum amandarum") y concede anteponer la cosas comunes a
aquellas propias ("caritas communia propriis non propria communibus
anteponit"). La caridad es "ordenada": ella hacer amar a Dios
por sí mismo; inspira un recto amor de sí (recordando la propia dignidad
filial); estimula a amar al prójimo en Dios y al enemigo a causa de Dios
("caritas est amicum diligere in Deo et inimicum diligere propter Deum",
s. Gregorio Magno). La caridad ama según la medida desmesurada de Dios
("modo sine modo", s. Bernardo). Para Santo Tomás sólo la caridad
merece verdaderamente el nombre de gracia porque es la única que "hace
gratos a Dios" ("nomen gratiae meretur ex hoc quod gratum Deo facit").
Ella posee la facultad de transformar al amante en el amado, porque suscita
una especie de "éxtasis", un salir de sí mismos para adherir al
amado ("caritatis proprium est transformare amantem in amatum, quia ipsa
est quae extasim facit"). Desarrollo
(integral): Se
trata de toda la actividad humana desplegada a mejorar la condición del
hombre, en cada dimensión: física, social, moral, cultural y espiritual. El
verdadero desarrollo al que los Estados deben propender implica por tanto una
serie de medidas sociales destinadas a asegurar un digno tenor de vida, la paz
civil, la justicia social, el derecho a la instrucción y, sobretodo, la
libertad de pensamiento y de religión. Norma del verdadero → progreso, el
desarrollo integral posee por tanto como criterio el bien de la → persona.
"El hombre vale más por lo que es que por lo que tiene. Asimismo, cuanto
llevan a cabo los hombres para lograr más justicia, mayor fraternidad y un más
humano planteamiento en los problemas sociales, vale más que los progresos técnicos.
Pues dichos progresos pueden ofrecer, como si dijéramos, el material para la
promoción humana, pero por sí solos no pueden llevarla a cabo" (GS 35).
En la Populorum progressio, Pablo VI, describiendo el desarrollo integral como
un proceso de mayor humanización, citaba así los pasos a cumplir: "lograr
ascender de la miseria a la posesión del necesario, la victoria sobre las
plagas sociales, la adquisición de la cultura...El aumento en considerar la
dignidad de los demás, la orientación hacia el espíritu de pobreza, la
cooperación al bien común, la voluntad de paz. Más humanas aún: el
reconocimiento, por el hombre, de los valores supremos y de Dios, fuente y fin
de todos ellos. Más humanas, finalmente, y, sobre todo, la fe, don de Dios,
acogido por la buena voluntad de los hombres, y la unidad en la caridad de
Cristo, que a todos nos llama a participar, como hijos, en la vida del Dios
viviente, Padre de todos los hombres" (PP 21). Esto equivale a la promoción
de un "humanismo plenario", o sea "el desarrollo de todo el
hombre y de todos los hombres" (PP 42). "Un humanismo cerrado,
insensible a los valores del espíritu y a Dios mismo, que es su fuente, podría
aparentemente triunfar. Es indudable que el hombre puede organiza la tierra
sin Dios: pero sin Dios, al fin y al cabo, no puede organizarla sino contra el
hombre. Un humanismo exclusivo es un humanismo inhumano. Luego no hay
verdadero humanismo si no tiende hacia el Absoluto por el reconocimiento de
una vocación, que ofrece la idea de la vida humana. Lejos de ser la norma última
de los valores, el hombre no se realiza a sí mismo sino cuando asciende sobre
sí mismo, según la justa frase de Pascal: 'El hombre supera infinitamente al
hombre' " (PP 42), el verdadero desarrollo de la humanidad conduce por
tanto al encuentro de la Fraternidad de los pueblos (PP 43-75) y se podrá
entonces decir que es el nuevo nombre de la paz (PP 76-80). Doctrina
social: Es
el conjunto del magisterio eclesial sobre la naturaleza y el ordenamiento
moral de la sociedad. Aunque hunda sus raíces en la enseñanza social de la
sagrada Escritura y de los Padres y Doctores de la Iglesia, ella nace como
tal, con la Encíclica Rerum novarum (1891) del Papa León XIII. El texto
leonino dio lugar a un notable desarrollo con Pío XI (Quadragesimo anno),
Juan XXIII (Pacem in terris); Pablo VI (Populorum progressio; Octogesima
adveniens) y sobre todo con Juan Pablo II (Laborem exercens, Sollicitudo rei
socialis; Centesimus annus). Esperanza:
Es
la segunda "virtud teologal" junto a la → fe y a la → caridad. Ésta
no sólo es confianza y una espera en la intervención salvadora de Dios, como
se encuentra a menudo en el AT (cf. p.e. Sal 40,2), sino un don del Espíritu
Santo que mediante su gracia orienta en modo divino la facultad intencional
del espíritu humano. Se trata de la cierta, beata enérgica y deseosa espera
de la gloria futura. La certeza de la esperanza deriva de la fe que
proporciona como anticipo de las realidades separadas (cf. Hb 11,1); la alegría
procede del hecho que la esperanza es un éxtasis del espíritu hacia la
plenitud de la salvación, de la que ya se poseen las primicias (cf. p.e. 2 Co
5,4-10); la energía u operosidad de la esperanza depende de su nexo con la
caridad; la esperanza es una tensión activa, que desea anticipar y apresurar
la llegada del Reino definitivo mediante la "siembra en el Espíritu
Santo" con una existencia de amor (cf. Ga 6,7-8). La existencia misma de
la esperanza es un perseverante extenderse hacia adelante del deseo (cf. Rm
8,25). Las tres virtudes son como tres hermanas: las dos mayores, Fe y Caridad
llevan de la mano a la hermanita, Esperanza, pero ésta arrastra a las otras
dos donde ella quiere (Péguy). Evangelización: Es
el deber principal de la → Iglesia, que remonta al mandamiento del Señor (Mt
28,19; Mc 16,15ss) y a la praxis de los apóstoles (cf. Hch 2-3; 1 Co
9,16...). Es la comunicación del anuncio, de la buena noticia de la victoria
de Cristo sobre el → pecado y sobre la muerte (kerygma o
euanghelion). El
Concilio Vaticano II (LG 17; AG); Pablo VI (Evangelii nuntiandi); Juan Pablo
II (Redemptoris missio) resaltaron el papel prioritario de la evangelización
en el obrar de la Iglesia. A través de ella, la Iglesia da la posibilidad de
adherir personalmente e históricamente al Misterio de la Salvación del género
humano, que Jesucristo ha cumplido una vez por todas en su Pascua. Del anuncio
brota de hecho la → fe en el Espíritu, que conduce a una relación viva con
Cristo, y a través de él, con el Padre (cf. Rm 10,16ss). Fe:
Es
la respuesta de la persona humana a la revelación divina comunicada a través
de la → evangelización. Consiste en aceptar a Jesucristo crucificado y
resucitado como principio de salvación, de redención y de justificación. (cf.
Rm y Ga, passim). Suscita la invocación del Nombre de Jesús y todo un vivir
en Cristo, que implica un conocimiento sobrenatural de Dios: "Sólo Dios
conoce a Dios enteramente" (cf. CIC 152). "El Misterio de la Santísima
Trinidad es el Misterio central de la fe y de la vida cristiana. Sólo Dios
puede dárnoslo a conocer revelándose como Padre, Hijo y Espíritu
Santo" (CIC 261). " 'Nadie puede decir: ¡Jesús es el Señor! sino
con el Espíritu Santo' (1 Co 12,3). 'Dios ha enviado a nuestros corazones el
Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbà, Padre!' (Ga 4,6). Este conocimiento
de fe no es posible sino en el Espíritu Santo. Para entrar en contacto con
Cristo, es necesario primeramente haber sido atraído por el Espíritu Santo.
El es quien nos precede y despierta en nosotros la fe. Mediante el Bautismo,
primer sacramento de la fe, la Vida, que tiene su fuente en el Padre y se nos
ofrece en el Hijo, se nos comunica íntima y personalmente por el Espíritu
Santo en la Iglesia" (CIC 683). La fe es también inicio de la vida
eterna en nosotros (Santo Tomás), en cuanto infunde el conocimiento de las
realidades invisibles (cf. Hb 11,2) y sobre todo, anticipa la comunión filial
escatológica con Dios en el Espíritu de Cristo. Fraternidad/Hermandad:
Es
la relación ontológica existente entre aquellos que poseen una generación
común (fraternidad/adelphotês) que suscita una peculiar relación de amistad
(fraternidad/philadelphia). Existe una doble fraternidad, humana y cristiana.
Percibir el nexo existente entre estas dos realidades, distintas pero no
separados, es del todo iluminante para comprender la relación entre
ecclesiología y → doctrina social, entre "naturaleza" y gracia,
entre Iglesia y sociedad civil. La doctrina cristiana proclama la fraternidad
universal entre todos los hombres, prescindiendo de su religión, raza, nación,
lengua, etc., en virtud del común origen en Dios Padre creador: la "ley
de solidaridad humana y de caridad, sin excluir la rica variedad de las
personas, las culturas y los pueblos, nos asegura que todos los hombres son
verdaderamente hermanos" (CIC 361). "Así, pues, a los que creen en
la caridad divina les da la certeza de que abrir a todos los hombres los
caminos del amor y esforzarse por instaurar la fraternidad universal no son
cosas inútiles. Los esfuerzos, concebidos a fin de realizar la fraternidad
universal no son vanos" (GS 38). Todo lo que se hace sobre esta tierra,
en vista de la fraternidad entre los hombres, se manifestará en la gloria de
Cristo en su venida (GS 39). La fraternidad universal entre los hombres
constituye la misión de los laicos en el mundo (AA 14). GS 91 propugna que
los fieles y cada iglesia "ajusten mejor el mundo a la superior dignidad
del hombre, tiendan a una fraternidad universal más profundamente arraigada
y, bajo el impulso del amor, con esfuerzo generoso y unido, respondan a las
urgentes exigencias de nuestra edad". Sólo una conciencia de esta
fraternidad puede garantizar la verdadera → paz entre las naciones (GS 78).
Pero esta fraternidad, inscrita en la naturaleza misma del ser humano está,
por así decirlo, escondida, o mejor dicho, ofuscada por el pecado (y por las
estructuras de pecado) existentes en el mundo. Los seres humanos, subestimando
la paternidad divina, no reconocen tampoco la unión ontológica que los une y
sus conciencias no perciben plenamente el afecto solidario que debería brotar.
La humanidad, hoy como siempre, se encuentra en una encrucijada entre la
fraternidad y el odio (GS 9). Usando una imagen evangélica (cf. Mt 5,14ss)
decimos que la fraternidad universal y creatural entre los hombres es aquella
"casa" que existe, pero que yace en las tinieblas. Se necesita de
una "luz" superior - divina - para que la belleza de la casa
aparezca. Esta luz es precisamente la Iglesia: la fraternitas christiana.
Consta de un orden diferente y se radica, no tanto en la gracia natural de la
creación, cuanto en el don del Espíritu del Hijo (GS 32); ella nace del
libre e inaudito diseño de Dios, de entrar en la historia de los hombres (AG
3). Tal fraternidad se nutre de la paternidad divina revelada por Cristo y
comunicada en su Espíritu Santo (UR 7). El evangelio de la fraternidad
cristiana representa por tanto, respecto a la fraternidad humana el papel de
fermento (AG 8); ella es un faro, un signo de aquello que debería extenderse
escatológicamente a todos (GS 92; AG 7). "La Iglesia, en virtud de la
misión que tiene de iluminar a todo el orbe con el mensaje evangélico y de
reunir en un solo Espíritu a todos los hombres de cualquier nación, raza o
cultura, se convierte en señal de la fraternidad que permite y consolida el
diálogo sincero" (GS 92). La fraternidad cristiana se vive en la → caridad; la fraternidad universal en cambio se fundamenta en la
→ solidaridad
social. Gratuidad:
Es
el carácter de aquello que nace, de modo incondicional y libre, de una
iniciativa sobreabundante. Es gratuito el amor de Dios (creación, elección),
plenamente revelado en Cristo (redención) y proprio también de los
cristianos (cf. → caridad). Existe también una posible perversión de la
gratuidad. -
El amor por la verdad exige que se mencione también el lado oscuro de la
gratuidad. Corruptio optimi pessima. Así como la gratuidad evoca la libertad,
la iniciativa y la sobreabundancia en el bien, así la gratuidad del mal, el
odio, la crueldad, el sadismo son una respuesta trágica del perverso giro del
más grande amor. Se encuentra en esto un signo inequívoco de la existencia
del demonio ("me han odiado sin razón [dôrêan]", Jn 12,25). Iglesia:
Es
la comunidad, la comunión (koinonia), al mismo tiempo espiritual y visible,
de aquellos que acogen con → fe → la evangelización; comparten la misma
→ esperanza en el Reino y participan a la misma
→ caridad. Se entra a formar
parte de la Iglesia a través del Bautismo, que sella la conversión.
Principio de la comunión íntima con Dios - conocido y amado como Padre - es
el Espíritu Santo: Espíritu filial de Jesucristo. El principio visible de
unidad de los fieles de una Iglesia particular es el Obispo; en cambio, sobre
el plano universal de la comunión de todos los fieles, el fundamento de
unidad es el Romano Pontífice. Éste es el sucesor de Pedro y cabeza de la
comunidad cristiana de Roma que "preside en la caridad" (San Ignacio
de Antioquía). El principio sacramental de la unidad de la Iglesia es la
Eucaristía: celebración memorial del misterio pascual, en donde los
bautizados, unidos a sus legítimos pastores, se unen a Cristo y entre ellos,
mediante los signos del pan y del vino consagrados. El Credo profesa la
Iglesia una, santa, católica y apostólica. El Espíritu de Amor, donado por
Cristo a su Iglesia, la transforma necesariamente en una (cf. UR 4,3) y santa
(cf. LG 39,1). Así el Espíritu de Verdad la hace católica y apostólica,
manteniéndola fiel a la tradición (Parádosis) de los apóstoles y a su misión
de difundir, a todos los hombres y en todos los tiempos, toda la plenitud (Plêrôma)
de verdad y santidad que se encuentra en Jesucristo. Esta prerrogativa de
indefectibilidad se concede a la Iglesia concreta guiada por el Papa y por los
Obispos en comunión con Él, en donde subsiste la única Iglesia de Cristo (cf.
LG 8,2). Justicia:
Es
la virtud moral y social por lo que se cumple aquello que es recto y se da a
cada uno lo que le corresponde. En la Biblia la justicia (tsedaka-dikaiosyne),
en cuanto atributo de Yhwh, es siempre fuente de → Salvación. El Señor
manifiesta su justicia librando a los oprimidos y protegiendo a los débiles,
haciéndose "abogado de la viuda y del huérfano". Los israelitas
están llamados a hacer lo mismo, conformándose a la Ley del Señor (Torah) y
observando sus mandamientos que representan el Derecho (Mishpat). Éste consta
de condivisión y hospitalidad, de equidad salarial y de rectitud judicial, y
hasta de ausencia de rencor y de benevolencia hacia el enemigo (cf. Dt 6,25;
Es 23,4-5; Lv 19,13ss). Los profetas (especialmente Is) acentuaron que sólo
en la escuela de Yhwh se aprende la justicia: "Con toda mi alma te anhelo
en la noche, y con todo mi espíritu por la mañana te busco. Porque cuando tú
juzgas a la tierra, aprenden justicia los habitantes del orbe" (Is 26,9).
"Mas en esto se alabe quien se alabare: en tener seso y conocerme, porque
yo soy Yahveh, que hago merced, derecho y justicia sobre la tierra, porque en
eso me complazco" (Jr 9,23). "Lavaos, limpiaos, quitad vuestras
fechorías de delante de mi vista, desistid de hacer el mal, aprended a hacer
el bien, buscad lo justo, dad sus derechos al oprimido, haced justicia al huérfano,
abogad por la viuda" (Is 1,16-17). Y solamente las → obras de justicia
son el verdadero culto que agrada a Dios (cf. Is 58,1-8; Ez 18,5-9). Quien
acoge el amaestramiento del Señor es así descrito: "el que anda en
justicia y habla con rectitud; el que rehusa ganancias fraudulentas, el que se
sacude la palma de la mano para no aceptar soborno, el que se tapa las orejas
para no oír hablar de sangre, y cierra sus ojos para no ver el mal. Ese morará
en las alturas, subirá a refugiarse en la fortaleza de las piedras, se le dará
su pan y tendrá el agua segura" (Is 33,15-16). Pero la promesa del
verdadero cumplimiento de la justicia, precursora de paz, concierne un futuro
mesiánico: cuando "He aquí que para hacer justicia reinará un rey"
(Is 32,1) y "Al fin será derramado desde arriba sobre nosotros espíritu.
Se hará la estepa un vergel, y el vergel será considerado como selva.
Reposará en la estepa la equidad, y la justicia morara en el vergel; el
producto de la justicia será la paz, el fruto de la equidad, una seguridad
perpetua. Y habitará mi pueblo en albergue de paz, en moradas seguras y en
posadas tranquilas. La selva será abatida y la ciudad hundida" (Is
32,1.15-19). La misión del Mesías consiste, de hecho, principalmente en
llevar el Derecho y la Justicia: "He aquí mi siervo a quien yo sostengo,
mi elegido en quien se complace mi alma. He puesto mi espíritu sobre él:
dictará ley a las naciones. No vociferará ni alzará el tono, y no hará oír
en la calle su voz. Caña quebrada no partirá, y mecha mortecina no apagará.
Lealmente hará justicia: no desmayará ni se quebrará hasta implantar en la
tierra el derecho y su instrucción atenderán las islas. Así dice el Dios
Yahveh, el que crea los cielos y los extiende, el que hace firme la tierra y
los extiende, el que da aliento al pueblo que hay en ella, y espíritu a los
que por ella andan. Yo, Yahveh, te he llamado en justicia, y te así de la
mano, te formé, y te he destinado a ser alianza del pueblo y luz de las
gentes, para abrir los ojos ciegos, par sacar del calabozo al preso, de la cárcel
a los que viven en tinieblas" (Is 42,1-7). Jesús
es consciente que inaugura la Justicia mesiánica (cf. Lc 4,16-21). En el sermón
de la montaña, predica una justicia nueva (Mt 5-7) que cumple y radicaliza
espiritualmente la Torah. Ella se actúa en la conversión del corazón humano
transformado en filial con respecto a Dios, y por tanto libre del temor, de la
concupiscencia, de la hipocresía y del rencor, hecho capaz de confiarse en
Dios y de → gratuidad y caridad hacia el → prójimo. En el NT la justicia de
Dios se identifica con Cristo mismo, "al cual hizo Dios para nosotros
sabiduría, justicia, santificación y redención" (1 Co 1,30). La
misericordia de Cristo lo ha llevado a condenar en sí mismo el pecado para
salvar a los pecadores (cf. 2 Co 5,17ss). La renovada condición del pecador
justificado mediante la fe y el don de la gracia lo habilita para vivir a
servicio de la justicia (Rm 6,13). Libertad/Liberación:
En
la Biblia el campo semántico que abarca este vocablo es considerablemente
amplio. Puede designar la "libertad de" (la autonomía o
independencia socioeconómica, a diferencia de la esclavitud; cf. p.e. Es
21,2); la "libertad de" (la capacidad de elección, el libre
arbitrio que concierne sobretodo una vida más o menos conforme al deseo
divino; cf. p.e. Dt 30,15-20; Si 15,14-20); o "la libertad para" (como
la del joven esposo dispensado del servicio militar para dedicarse a la mujer
y a la casa; cf. Dt 24,5). La libertad es de todos modos siempre teo-céntrica:
es Dio el autor y el garante de la libertad. En cuanto Creador pone al hombre
en estado de libertad y responsabilidad (Gn 2,16-17), en cuanto Redentor (Go'el),
Él libra a su pueblo de la opresión de la esclavitud egipcia o del exilio
babilónico (cf. p.e. Ex 3,8; Is 14,3). La posición liberadora de Yhwh hacia
su pueblo debía suscitar por parte de los Israelitas una actitud liberadora
hacia los oprimidos (cf. p.e. Jr 34,17). Pero los profetas anuncian una
liberación más radical, la eliminación de la muerte (cf. Is 25,8) y la
redención para los corazones abatidos (Is 61,1-3). En el NT Jesucristo es el
portador de la verdadera libertad (cf. Lc 4,1-4). Él mismo manifiesta su
suprema libertad mediante la autoridad (exousia) y la franqueza (parrhêsia)
de su enseñanza (cf. Mc 1,22; 8,32), pero sobre
todo, según el IV Evangelio, en la libre entrega a la muerte por amor
al Padre y a los hombres (cf. Jn 10,18). Jesús dispone del poder único de
donar su vida. En esto está su libertad y majestuosidad (cf. Mt 26,53; Jn
18,36). Tal prerrogativa cristológica ahonda sus raíces en la intimidad
filial de Jesús con el Padre, en el Amor en el que permanece y del que rinde
testimonio (cf. Jn 15,9-13). Los fieles también podrán participar de la
divina libertad de amar sin condiciones, en la gratuidad total (cf. Lc
6,32ss), después de haber sido amados y perdonados primero (1 Jn 4,10),
liberados del pecado y del miedo a la muerte (cf. Hb 2,14-15), colmados por el
Espíritu de libertad (cf. 2 Tm 1,7). La
Iglesia con su → Doctrina social enseña el valor y la necesidad de la
libertad socio-política y económica, pero su mensaje no puede reducirse a
este tipo de liberación. "La libertad, traída por Cristo en el Espíritu
Santo, nos ha devuelto la capacidad, de la que el pecado nos había privado,
de amar a Dios por encima de todo y de permanecer en comunión con él.
Estamos libres del amor desordenado de nosotros mismos, que es la fuente del
desprecio del prójimo y de las relaciones de dominio entre los hombres"
(CDF, Libertatis conscientiae 53). Obras:
El
AT propone muchos textos en los que se enumeran las obras buenas que Dios pide
a los hombres. Muchas de las obras de justicia están contenidas en los códices
de santidad de la Torah (cf. Ex 19-23; Lv 17ss e Dt 12ss). Un
buen resumen se encuentra en el espléndido "Testamento de Tobit" (cf.
Tb 4,5-19): se exhorta a recordarse del Señor, a practicar la limosna, a
custodiar la castidad, a amar a los hermanos en la humildad, a dar justa y
tempestiva retribución, a vivir en la sobriedad y en la generosidad hacia los
hambrientos y los desnudos, en la piedad hacia los difuntos, en la constante búsqueda
del crecimiento en la sabiduría, en la continua bendición e invocación del
Señor. Es en el corazón de este admirable texto en donde aparece la regla de
oro: "No hagas a nadie lo que no quieres que te hagan" (Tb 4,15). La
Doctrina eclesial, inspirándose casi a la letra en esta enseñanza, elaborará
la doctrina de las siete obras de misericordia, espiritual y corporal. Son
obras de misericordia espiritual: instruir a los ignorantes, aconsejar a los
dudosos, consolar a los afligidos, confortar a los desolados, perdonar a los
enemigos, sufrir con paciencia a los molestos. Son obras de misericordia
corporal: dar de comer a los hambrientos, dar techo a quien no lo tiene,
vestir al desnudo, visitar a los enfermos y a los presos, enterrar a los
muertos, dar limosna a los pobres (cf. CIC 2447). El
NT ofrece una doble enseñanza respecto a las "obras". Por una parte
éstas son deseadas por Dios y de Él recibirán la recompensa en cuanto
merecedoras; por otra, las obras de la ley no son una garantía de la salvación,
que depende únicamente de la gracia divina revelada en Jesucristo y acogida
mediante la → fe. Expondremos estos dos baluartes doctrinales intentando
después una síntesis que busque su unidad. 1.
Las obras buenas (kala erga) son merecedoras y deseadas por Dios. Jesús
enseña a sus discípulos a cumplir las obras buenas para que los hombres
puedan reconocer en ellas la gloria de Dios Padre (cf. Mt 5,16). Por esto,
deben realizarse en la más pura → gratuidad, sin buscar la gloria de los
hombres (Mt 6,1), sino sólo para agradar al Padre que ve en el secreto y
recompensará en al más allá. Con respecto a esto, no se excluye por parte
de Jesús la perspectiva de la "recompensa" (misthós). Así la
tradición interpretará la invitación evangélica a amontonarse tesoros en
el cielo con las limosnas (cf. Mt 6,19-20) y a "enriquecerse en orden a
Dios" (Lc 12,21), como una exhortación a practicar obras buenas de
generosidad en vista del premio celeste (1Tm 6,18). Jesús mismo con su vida
ha cumplido una serie de Obras buenas (Jn 10,32). Él elogia como "obra
buena" la unción recibida en la casa de Betania (Mc 14,6) y advierte que
el juicio considerará las obras de misericordia (cf. Mt 25,32ss). La
comunidad primitiva considera las obras buenas - casi identificadas con la
limosna - como signo de recta conciencia y de orientación a la salvación (cf.
la discípula Tabita, Hch 9,36; y el centurión Cornelio, Hch 10,1.4). El
mismo epistolario Paulino recomienda perseguir "la paz y la mutua
edificación" (Rm 14,19). "Fijémonos los unos en los otros para estímulo
de la caridad y las buenas obras" (Hb 10,24). Recuerda también que
"la fe actúa por la caridad" (Ga 5,6). La práctica de las obras
buenas atestigua la fiabilidad de una persona (1Tm 5,10) y es estimulada por
la enseñanza de la sagrada Escritura (2 Tm 3,16). 2.
Las obras son incapaces de dar la salvación. Se
conoce la contraposición puesta por San Pablo entre Fe y Obras. Innumerables
textos enuncian con fuerza la desproporción entre la → gratuidad del don de
Dios en Jesucristo y la capacidad de las obras humanas, entendidas como
esfuerzo de cumplimiento de la justicia de la ley. Rm y Ga poseen este leit-motiv: "Porque pensamos que el hombre es justificado por la fe, sin
las obras de la ley" (Rm 3,28). "Quiero saber de vosotros una cosa
sola: ¿recibisteis el Espíritu por las obras de la ley o por la fe en la
predicación?" (Ga 3,2). "Él nos salvó, no por las obras de
justicia que hubiésemos hecho nosotros, sino según su misericordia, por
medio del baño de regeneración y de renovación del Espíritu Santo" (Tt
3,5). Para Pablo la ley enseña y prescribe las obras buenas queridas por Dios,
pero sin dar la capacidad al corazón humano, herido por el pecado, de
cumplirlas. Por tanto ella "condena" al hombre a la consciencia del
propio egoísmo y cumple así de pedagoga: desvela la verdad del bien moral
objetivo y del mal subjetivo intrínseco del corazón humano (cf. Rm 7; Ga
3,19ss). Sólo la gracia del Espíritu concedida mediante la fe en Cristo
muerto y resucitado permitirá cumplir las obras de la fe. 3.
Las obras son fruto y signo de la gracia. Una
vez aceptada la doctrina paulina de la prioridad de la gracia para la → justificación, es necesario sostener que la Fe y la Gracia dan cumplimiento a
las Obras y a la Ley, sin abolirlas y sin oponerse a ellas (DS 1559). De
manera que las obras buenas sean como el fruto de un corazón renovado e
inhabitado por la gracia filial del Espíritu de Cristo. La conversión
transforma al corazón humano y lo convierte en capaz de dar aquellos frutos
de bondad que Dios espera (cf. Lc 6,44-45) y que brotan del Espíritu (cf. Ga 5,22). Probablemente
el compendio más repleto de la "sinergia" entre gracia y obras se
encuentra en estos versos: "Pues habéis sido salvados por la gracia
mediante la fe; y esto no viene de vosotros, sino que es un don de Dios;
tampoco viene de las obras (ouk ex ergôn), para que nadie se gloríe. En
efecto, hechura (poiêma) suya somos: creados en Cristo Jesús en orden a las
buenas obras (epi ergois agathois) que de antemano dispuso Dios que practicáramos"
(Ef 2,8-10). Aquí
brilla contemporáneamente la total gratuidad de la → salvación como don de
gracia y la imprescindible fidelidad debida a esta gracia mediante una vida
fecunda en obras buenas. En esta perspectiva se pueden conciliar Pablo y
Santiago. St exhortaba: "¿De qué sirve, hermanos míos, que alguien
diga: "Tengo fe", si no tiene obras? ...Así también la fe, si no
tiene obras, está realmente muerta" (St 2,14.17). Los ejemplos de
Abraham y de Raab demuestran que ya en el AT la fe en el Señor implicaba en
modo intrínseco la obediencia práctica de las obras: "la fe cooperaba (synergei)
con las obras" (St 2,22). Las obras demuestran externamente la verdad
interior de la fe: "yo te probaré por las obras mi fe" (St 2,18).
Así que "el hombre es justificado por las obras y no por la fe
solamente" (St 2,24). Con la terminología agustiniana podemos decir que
la "primera justificación/primera resurrección" (citada en Rm
3,28: el paso de la muerte del pecado a la vida filial) depende exclusivamente
de la confiada fe en la iniciativa divina (gratia praeveniens), mientras la
"segunda justificación/resurrección" (citada en St 2,18: que
concierne la salvación y la retribución escatológica) se atribuye a la fe
que actúa mediante la caridad (gratia cooperans). Pecado:
"En
su significado esencial, el pecado es negación de aquello que Dios es - como
creador - con relación al hombre y de aquello que Dios quiere, desde el
principio y para siempre, para el hombre. Al crear al hombre y a la mujer a su
imagen y semejanza, Dios quiso para ellos la plenitud del bien, o sea la
felicidad sobrenatural que brota de la participación a su vida misma.
Cometiendo el pecado, el hombre rechaza este don y contemporáneamente quiere
ser él mismo 'como dioses, conocedores del bien y del mal' (Gn
3,5), es decir, decidiendo el bien y el mal independientemente de Dios, su
creador...El pecado provoca la ruptura de la unidad originaria de la que
gozaba el hombre en el estado de justicia original: la unión con Dios como
fuente de la unidad interior de su propio 'yo', en la recíproca
relación entre el hombre y la mujer (comunión de persona), y, por último,
en relación con el mundo exterior, con la naturaleza" (MD 9). Comúnmente
el pecado designa la transgresión libre y voluntaria del orden establecido
por Dios (cf. 1 Jn 3,4). El pecado "original" conduce a la
ignorancia existencial de la paternidad de Dios, que conduce al egocentrismo y
a la sumisión a la concupiscencia. Esto posee características existenciales
como la vulnerabilidad, el miedo, la soledad, el egoísmo. Con el pecado
entran en el mundo el sufrimiento, la miseria, la muerte. El hombre en el
pecado vive en la "carne", abandonado a sí mismo, y obligado a
defender con fuerza la frágil vida que posee. Comienza así el sometimiento a
la concupiscencia (cf. Ef 2,1-3), que alcanza por propagación a todos (DS
1512-1513). El pecado ha debilitado y herido la naturaleza humana, pero no la
ha destruido. La dignidad humana ha sido preservada en el libre arbitrio que
tiende al bien y subsiste también después del pecado, aunque éste sea
"attenuatum et inclinatum" (cf. Trento, DS 1521,1525,1555). Pero el
pecado, como muerte del alma, incapacita a cumplir el bien e impone la
esclavitud del diablo (cf. CIC 407). Con los Padres (cf. p.e. Orígenes,
Ireneo) podemos decir que el pecado, sin eliminar la "Imagen" (Eikôn)
de Dios en el Hombre, ha desnaturalizado la "Semejanza" (Homoiôsis).
Gracias a la conversión y a la justificación, se le da al hombre la
posibilidad de "no pecar más" (cf. 1 Jn 3,6.9), o sea, de no estar
más sometido a la tiranía de las pasiones egoístas. El Espíritu restablece
así la "semejanza" del hombre con Dios. El
magisterio reciente subraya que junto al pecado personal existen también
estructuras de pecado. Éstas "se fundan en el pecado personal y, por
consiguiente, están unidas siempre a actos concretos de las personas, que las
introducen, y hacen difícil su eliminación. Y así estas mismas estructuras
se refuerzan, se difunden y son fuente de otros pecados, condicionando la
conducta de los hombres. 'Pecado' y 'estructuras de pecado',
son categorías que no se aplican frecuentemente a la situación del mundo
contemporáneo. Sin embargo, no se puede llegar fácilmente a una comprensión
profunda de la realidad que tenemos ante nuestros ojos, sin dar un nombre a la
raíz de los males que nos aquejan" (RP 16 = SRS 36). Si la misión
sacerdotal de la Iglesia consiste en perdonar los pecados, su mandato profético
la lleva a denunciar la estructura de pecado, y su misión social la impulsa a
crear nuevas estructuras de bien común (HM,
25). Perdonar/Perdón:
Es
el acto con el que se condona el →
pecado mediante la
→ caridad, alcanzando
así la → reconciliación. El perdonar debería implicar estos elementos: la
comprensión, la expiación y el olvido. La comprensión reconoce que el
pecador ha sido engañado y extraviado. No pude darse un perdón verdadero sin
el previo juicio de misericordia, que distingue al pecador del pecado (cf. Jn
8,10ss) y compadece la situación de pecaminosidad como una "muerte"
existencial (cf. Lc 15,24.32). Dios perdona, porque conoce el corazón del
hombre y su falibilidad. Por esto Él espera con indómita esperanza la
conversión del pecador (cf. Sb 11,23): así hace el Padre del hijo pródigo (Lc
15,20b). Jesús sobre la cruz reza: "Padre perdónales, porque no saben
lo que hacen" (Lc 23,34). La expiación consuma la malignidad en el amor
y hasta puede llegar a transformar el sufrimiento padecido en intercesión por
el pecador. "Él ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por
nuestras culpas. Él soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus
cardenales hemos sido curados. Todos nosotros como ovejas erramos, cada uno
marchó por su camino, y Yahveh descargó sobre él la culpa de todos nosotros...Mas
plugo a Yahveh quebrantarle con dolencias. Si se da a sí mismo en expiación,
verá descendencia, alargará sus días, y lo que plazca a Yahveh se cumplirá
por su mano. Por las fatigas de su alma, verá luz, se saciará. Por su
conocimiento justificará mi Siervo a muchos y las culpas de ellos soportará.
Por eso le daré su parte entre los grandes y con poderosos repartirá sus
despojos, ya que indefenso se entregó a la muerte y con los rebeldes fue
contado, cuando él llevó el pecado de muchos, e intercedió por los rebeldes"
(Is 53,5-6.10-12). Jesús, verdadero siervo de Yhwh y Cordero de Dios (cf. Jn
1,29), mediante su intercesión de amor ha expiado todos nuestros pecados (cf.
1 Jn 2,2). El olvido indica que el corazón de quien ha perdonado debe estar
totalmente libre de cualquier resentimiento, hastío o rencor. El Señor se
"echó a la espalda" los pecados de los hombres (Is 38,17); él
arroja definitivamente la deuda que pesa sobre los pecadores (cf. Mt 18,27;
Col 2,14). Humanamente esto significa poseer una disposición natural a
perdonar las faltas padecidas (cf. Mt 18,21-22). El perdón no es fruto del
empeño o del esfuerzo humano, sino es obra de la → caridad, "que no
toma en cuenta el mal" (1 Co 13,5). Por consiguiente, esto es posible sólo
por obra del Espíritu Santo que conforma al amor misericordioso de Cristo (Ef
4,32). La
→
Iglesia recibió de Cristo el
mismo poder divino de perdonar los pecados (cf. Mc 2,10). Ante todo, lo hace
mediante el Bautismo (cf. Mt 28,20), pero especialmente con el sacramento de
la Penitencia (cf. Jn 20,23). La Eucaristía es también la festiva celebración
de los redimidos y el memorial de la remisión de los pecados en la sangre de
Cristo (cf. Mt 26,28). Persona:
Aunque
el término persona no aparece como tal en las Escrituras, la noción es de
matriz judeocristiana y encierra lo esencial de la antropología bíblica: se
trata del hombre como ser indivisiblemente corpóreo y espiritual (corpore et
anima unus, GS 14); creado a imagen de Dios, o sea, dotado de inteligencia,
libre arbitrio, y capacidad de relacionarse con el prójimo y con Dios. El carácter
de persona hace al hombre único e irrepetible y lo colma de dignidad. De
hecho él es la sola "única criatura terrestre a la que Dios ha amado
por sí mismo" (GS 24). Siendo Dios Amor personal e incluso tri-personal,
la naturaleza teomorfa de la persona hace que ella no pueda "realizarse"
plenamente sino a través de un sincero don de sí"
(ib.). La unicidad de la persona humana posee su fundamento en la
unicidad del Hijo unigénito de Dios, verdadera y perfecta imagen de Dios (cf.
Col 1,15). Pobreza/pobre:
La
pobreza material es la condición de privación de bienes, de éxito, de
seguridad. El AT no considera obviamente tal situación envidiable, puesto que
la → prosperidad es considerada como signo visible de la bendición divina (cf.
Dt 15,4). La Ley del Señor aseguraba al pobre (forastero, huérfano, viuda)
el derecho de ser juzgado con imparcialidad (cf. Lv 19,10), de beneficiarse de
los racimos de las cosechas (Lv 23,22), de gozar de préstamos sin intereses (Lv
25,36), de preservar un mínimo vital (Lv 24,12); en una palabra, de la
generosidad de los Israelitas (Dt 15,11). Los profetas resaltan y acentúan
las exigencias de justicia y fraternidad contenidas en la Torah. Así, el
socorrer a los necesitados equivale al verdadero ayuno (Is 58,6-7) y la
compasión al verdadero culto (Os 6,6). Jesús es en todo el verdadero
heredero de la tradición veterotestamentaria. Él enfatiza que donando al
pobre se presta a Dios (cf. Pr 19,17; Mt 19,21); que la pobreza espiritual es
la justa actitud para la salvación (cf. los anawîm, de So 2,3; Mt 5,3). Pero
ambas acentuaciones son, por así decirlo, connotadas cristológicamente en el
sentido que Jesús mismo es el verdadero y perfecto Pobre; aquel que no tiene
donde reclinar la cabeza (cf. Lc 9,58); que se ha hecho pobre para
enriquecernos con su humildad filial (cf. 2 Co 8,9), entregando a todo sí
mismo en misericordia (Flp 2,6ss). Después de Cristo - por excelencia el
Pobre del Señor (cf. Mt 11,29) - es su madre, María,
a quien el NT presenta como el emblema de la pobreza humana beneficiada
por la riqueza divina: el Magnificat exalta el inclinarse de Dios sobre la
"humildad de su sierva" y canta su justicia que cambia las suertes:
"A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada"
(Lc 1,48.53). La
victoria sobre la indigencia. La ideal descripción de la primera comunidad
cristiana dice así: "La multitud de los creyentes
no tenía sino un solo corazón y una sola alma. Nadie llamaba suyos a
sus bienes, sino que todo era en común entre ellos...No había entre ellos
ningún necesitado, porque todos los que poseían campo o casas los vendían,
traían el importe de la venta, y lo ponían a los pies de los apóstoles, y
se repartía a cada uno según su necesidad" (Hch 4,32-35). Se quiere
documentar la posibilidad de vencer la pobreza material mediante la pobreza
espiritual y la comunión. El verdadero compartir cristiano depende de estas
condiciones: la consciencia de no poder servir al mismo tiempo Dios y Mamona,
al ser el apego al dinero "raíz de todos los males" (Mt 6,24; 1 Tm
6,10); un nuevo estilo de vida marcado por la sobriedad (nêpsis) que sabe que
todo es don de Dios (cf. 1 Co 4,7), y que "nosotros no hemos traído nada
al mundo y nada podremos llevarnos de él. Mientras tengamos comida y vestido,
estaremos contentos con eso" (1 Tm 6,7-8);
la consciencia de ser "miembros los unos de los otros" (Rm
12,5), y por tanto de tener una recíproca deuda de caridad y de condivisión
fraterna (cf. Rm 13,8); la certeza escatológica de que aquello que se hace al
pobre se hace a Cristo mismo (cf. Mt 25,32ss). El
voto de pobreza. La pobreza es también junto a la obediencia y a la castidad,
uno de los tres votos profesados por aquellos que abrazan la vida consagrada.
Testimonia ante todo "Dios como verdadera riqueza del corazón humano"
y contesta proféticamente la sociedad del consumo y de la opulencia que clama
atrozmente con la miseria de tantas poblaciones. La vida de los religiosos
tenderá por tanto a "el amor preferencial por los pobres, y se
manifestará de manera especial en el compartir las condiciones de vida de los
más desheredados" (VC 90). Progreso:
Se
trata de la evolución y del crecimiento de los conocimientos, de las técnicas
y de las capacidades del hombre. Criterio del verdadero progreso es el →
desarrollo integral de la
→ persona. El progreso de la ciencia y de la técnica,
que no tuviese cuenta del primado de la persona humana y su dignidad,
contradiría el verdadero desarrollo: "Tanto la investigación científica
de base como la investigación aplicada constituyen una expresión
significativa del dominio del hombre sobre la creación. La ciencia y la técnica
son recursos preciosos cuando son puestos al servicio del hombre y promueven
su desarrollo integral en beneficio de todos; sin embargo, por sí solas no
pueden indicar el sentido de la existencia y del progreso humano. La ciencia y
la técnica están ordenadas al hombre, que les ha dado origen y crecimiento;
tienen por tanto en la persona y en sus valores morales el sentido de su
finalidad y la conciencia de sus límites" (CIC 2293). Al respecto se
observará que es necesario protegerse tanto de un ingenuo optimismo sobre el
progreso humano, cuanto de un pesimismo acerca de las capacidades destructoras
que la moderna técnica ha puesto a disposición del género humano (armamentos,
manipulaciones genéticas, diagnóstico prenatal...); más que nunca se impone
una sana crítica del progreso que reconduzca al hombre a su justa colocación
de "Dominador vicario de Dios" sobre la tierra (cf. Gn 1,26-28;
2,25). La señoría gozada por el hombre legítima la operosidad y la
inventiva técnico-científica; su vicariedad con respecto a Dios lo
salvaguarda de la tentación idólatra de omnipotencia. La tierra y la
naturaleza han sido encomendadas al hombre por el Creador, para que las domine,
las cultive y obtenga beneficio, pero no son un depósito de potencialidades
que hay que aprovechar de manera insensata. El sano progreso tiene su justo
medio entre el tecnicismo (que absolutiza el poder humano y reduce en materia
bruta al mundo subhumano) y el ecologismo (que absolutiza la naturaleza y
contesta la superioridad del hombre). Notamos,
en fin, que la idea misma de progreso debe mucho a la concepción teológica
del tiempo, tomada de la noción bíblica de la Historia de la salvación.
Pero el progreso es una realidad inmanente, aun cuando la esperanza escatológica
es de orden trascendente y meta-histórico. "No obstante, la espera de
una tierra nueva no debe debilitar, sino más bien avivar la preocupación de
cultivar esta tierra, donde crece aquel cuerpo de la nueva familia humana, que
puede ofrecer ya un cierto esbozo del siglo nuevo. Por ello, aunque hay que
distinguir cuidadosamente progreso terreno del crecimiento del reino de
Cristo, sin embargo, el primero, en la medida en que puede contribuir a
ordenar mejor la sociedad humana, interesa mucho al reino de Dios" (GS 39
= CIC 1049). Prójimo:
En
la Biblia es el conciudadano, el vecino, aquel que concretamente comparte la
existencia. En el precepto de Lv 19,17 equivale a un miembro del pueblo
hebraico. Aunque ya en el AT se perfila una dilatación del amor al prójimo.
También hay deberes de justicia y de solidaridad humana hacia el forastero (cf.
Ex 22,10) y hasta hacia el enemigo (cf. Ex 23,4). La lectura profética y
sapiencial desarrolla la conciencia de pertenecer a un único género humano (cf.
Sb 11,23; Mal 2,10). Pero es con el NT que se cumple la plena universalización
del amor al prójimo. Jesús, no sólo hace su mandamiento antiguo, sino que
lo une directamente al más grande precepto del amor de Dios (cf. Mc
12,28-31). Él no sólo ratifica la regla de oro de no hacer a los demás lo
que uno no quiere que le hagan (cf. Tb 4,15; Rm 13,8-10), sino que la cambia
al positivo, pidiendo hacer a los demás lo que se quiere para sí mismo (cf.
Mt 7,12). Los destinatarios de este mandamiento no son solamente los
conciudadanos, sino todos los hombres indistintamente (anthrôpoi). La parábola
del Buen Samaritano es el texto más emblemático de este universalismo (Lc
10,29-37). El amor verdadero al prójimo consiste en acercarse a él y ayudar
al necesitado, dejando de lado cualquier otra consideración de tipo religiosa
o étnica. En verdad, el Extranjero que se ha hecho prójimo de la humanidad, que muere, no es otro que el mismo Señor Jesús. Él ha sido
el primero en demostrar que no se puede amar al Dios invisible sin amar al
hermano (cf. 1 Jn 4,20). Prosperidad:
En
el AT la prosperidad material representa una bendición divina (cf. p.e. Dt
28,12). Existe la conciencia que todo, riqueza y pobreza, proviene del Señor
(Si 11,14). La riqueza es buena cuando es fruto del temor de Dios (Sal
25,12-13) y destinada a ejercer la beneficencia (Sal 112,5). De otra forma, la
abundancia entorpece el corazón, convirtiéndolo en necio y orgulloso (Sal
49,13; Ez 28,5). La sabiduría bíblica lleva a pedir a Dios el poseer lo
justo: lo que basta para estar agradecidos al Señor y no recurrir al robo (Pr
30,8-9). Pero la verdadera prosperidad está en la sabiduría, en el amor a
Dios y en la observancia de su Torah, que vale más que "mil piezas de
oro y de plata" (cf. p.e. Sal 119,72; Sb 7,11). La enseñanza cristiana
se sitúa en continuidad con el Primer Testamento. Jesús estigmatiza a menudo
el peligro de las riquezas que impiden entrar en el Reino (cf. Mt 19,23), que
atontan al corazón, lo cierran a la esperanza de la Providencia, lo ciegan
sobre la verdadera riqueza que se obtiene mediante la limosna y la caridad y
lo insensibilizan al → sufrimiento del → prójimo (cf. Lc 12,15-34;
16,19ss). En el Tercer Evangelio se encuentra una teología de la redención
de las riquezas materiales a través de la caridad: el fiel está llamado a
"enriquecerse en orden de Dios" (Lc 12,21); a hacerse amigos con el
dinero usado con una liberalidad sin prejuicios (Lc 16,9). La perspectiva es
siempre la de la "vida eterna en el mundo venidero" (Lc 18,30). Se
comprende así que en el cristianismo la perspectiva no se demoniza, sino que
debe estar integrada en la búsqueda de la Riqueza verdadera y eterna, la que
el Cordero ha heredado (cf. 1 Tm 6,17-19; Ap 5,12). Cuanto más se cree en la
recompensa eterna, tanto más se vive con sobriedad, justicia y verdadera paz
sobre esta tierra. Reconciliación:
Se
trata de la recuperación de un vinculo de amistad o de alianza que se había
perdido a causa del pecado o de la traición de una de las partes. En
concreto, el restablecer una relación rota generalmente sucede pidiendo y
dando el → perdón. En el NT (sobretodo en la teología paulina) la
reconciliación implica tres niveles: con Dios, consigo mismos, con los demás
y con el mundo. La primera reconciliación concierne a la relación entre la
humanidad y Dios. Éste toma la iniciativa de la pacificación y la realiza
mediante Jesucristo, en el que Dios condena el pecado y justifica a los
pecadores (2 Co 5,18-21). Reconciliación equivale por tanto a justificación
y pacificación con Dios (cf. Rm 5,1s). Desde el momento en que Cristo muere
en la Cruz, Dios ya no ve la humanidad como pecadora y desobediente, sino
solamente al hombre Jesús que en Nombre de todo el género humano cumple el
acto de obediencia y de amor perfecto. Su Sí ha cubierto y tragado todos los
No de los pecadores (cf. 1 Co 15,54; 2 Co 1,20). La dimensión personal de la
reconciliación consiste en el hecho de hacer recibido, después del perdón
de los pecados, no "un espíritu de esclavos para recaer en el temor",
sino "un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar ¡Abbá,
Padre! El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar
testimonio de que somos hijos de Dios" (Rm 8,15-16); "porque no nos
dio el Señor a nosotros un espíritu de timidez, sino de fortaleza" (2
Tm 1,7). La verdadera reconciliación del hombre con sí mismo se da en el
descubrimiento de su propia identidad filial con respecto a Dios. Adopción,
salvación y reconciliación encajan. Pero la reconciliación tiene también
una dimensión "horizontal" y cósmica. Por medio de Jesús terminó
el orden antiguo que establecía la enemistad entre Judíos y Gentiles. El
sacrificio de Cristo abate cada "muro de separación"; el amor
extendido sobre la cruz anula cualquier división entre los seres humanos (cf.
Ef 2,14; Ga 3,28). La paz obtenida mediante la "sangre de su cruz"
(Col 1,20) se extiende a todo el Universo. En este nuevo "eone", que
la Iglesia anticipa en cuanto mundus reconciliatus (Agustín), se puede entrar
"dejándose reconciliar con Dios", acogiendo el Evangelio que es la
"palabra de reconciliación" (2 Co 5,20, → evangelización). Jesús
indica la reconciliación con el propio adversario como prioritaria condición
para presentarse ante el altar de Dios (Mt 5,24). Ésta sella la recuperación
de la comunión mediante el perdón y, por
tanto, ya es en cuanto tal, sacrificio agradable al Padre
(cf. Mt 9,13; Os 6,6). Salvación:
Es
el término con el que se designa la acción y el fruto de la obra de → liberación de → reconciliación cumplida por Dios a través Jesucristo y
comunicada mediante el Espíritu Santo. " La salvación en Cristo,
atestiguada y anunciada por la Iglesia, es autocomunicación de Dios: 'Es el
amor, que no sólo crea el bien, sino que hace participar en la misma vida de
Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo. En efecto, el que ama desea darse a sí
mismo' " (RM 7). Cristo mismo, en cuanto es personalmente alianza entre
Dios y la humanidad, puede denominarse "la Salvación" (cf. Lc 2,30;
1 Co 1,30). Con el Concilio Vaticano II podemos definir a la salvación como
" la íntima unión con Dios y la unidad de todo el género humano"
(LG 1). La salvación en el AT estaba ligada a la → justicia divina, que
libraba a los oprimidos y los introducía en su alianza. En el NT Jesús se
presenta como el Salvador escatológico, venido a librar a la humanidad de
toda forma de mal (cf. Lc 4,18-21; Hch 10,38). Los numerosos milagros y las
curaciones físicas que realiza son signos de su poder salvante que implica
tanto el espíritu cuanto el cuerpo (cf. Mc 2,1-12). La salvación consistirá,
en efecto, en la liberación del pecado y de la muerte. Jesucristo ha vencido
al primero con su Cruz y a la segunda con su Resurrección. Se consigue la
salvación mediante la conversión, suscitada por la → evangelización. La
salvación es, al mismo tiempo, inmanente y escatológica. Como realidad
presente ésta indica la vida de comunión filial con Dios y fraterna con el
prójimo, en la paz, alegría y amor: es el Reino que inicia sobre la tierra (cf.
Rm 14,17). Como dimensión ultraterrena, indica la plenitud del Reino: la
comunión en la gloria, la herencia eterna, la alegría del paraíso, la
resurrección gloriosa del cuerpo (cf., p.e., Mt 19,29; 25,34; Rm 8,23-24). La
→ Iglesia católica dispone de todos los medios para la salvación (cf. LG 8,
UR 3): toda la Revelación mediante la Palabra de Dios (las Escrituras leídas
con la Tradición viviente); los Sacramentos; los vínculos concretos de
comunión de la vida eclesial. Solidaridad:
Es
la virtud moral y social que, nacida de la consciencia de la interdependencia
y corresponsabilidad entre los hombres y las naciones, se realiza en la "determinación
firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien
de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de
todos" (SRS 38). La solidaridad implica, en sí misma, la exigencia de la
→ justicia. Fundamento natural de la solidaridad es la
→ fraternidad
universal y el origen común del género humano en Dios creador; los
cristianos perciben la vocación divina de cada hombre y en la redención
actuada por Cristo, el motivo de ejercer la solidaridad como forma de caridad:
"El principio de solidaridad, designado también con el nombre de 'amistad'
o de 'caridad social', es una exigencia directa de la fraternidad humana y
cristiana". "La ley de la solidaridad humana y de la caridad"
posee un fundamento natural "en la comunidad de origen y en la igualdad
de la naturaleza razonable, propia de todos los hombres" y uno
sobrenatural, en el "sacrificio de redención ofrecido por Jesucristo en
el altar de la cruz...en favor de la humanidad pecadora" (CIC 1939). Debe
existir también una solidaridad entre las naciones que mire a "acabar
con 'los mecanismos perversos' que obstaculizan →
el desarrollo de los países menos avanzados" (CIC 2437-2438). Sufrimiento:
El
sufrimiento y el dolor son una dimensión de la existencia terrena que
interrogan radicalmente al corazón del hombre. ¿Qué sentido tiene sufrir? A
partir de esta pregunta se han determinado las respuestas más variadas. El
modo más tradicional de hablar del dolor es remitiéndose a su causa: el
pecado (cf. Gn 3,16-19). Pero el AT mismo percibe que no se puede poner
"sic et simpliciter" un vínculo causal entre pecado y sufrimiento
de la persona. Existe el drama del sufrimiento inocente. La figura de Job
representa la más audaz contestación de las clásicas y cautas teodiceas,
para las cuales el dolor es el justo castigo de la culpa. El libro del AT se
interrumpe con la afirmación del necesario silencio ante un misterio
indescifrable (cf. Jb 38-42). El NT respeta esta reserva: "Jesús no
explica el sufrimiento, sino que lo llena con su presencia" (Claudel).
Cristo pasó su vida beneficiando y sanando a todos aquellos que sufren (cf.
Hch 10,38), en el cuerpo y en el espíritu. Ante al sufrimiento se sitúa como
aquel que desea aliviarlo (cf. Lc 4,1-4). También Él, como Job, no atribuye
el dolor físico a una culpa personal. El único valor positivo del
sufrimiento es el de ofrecer al hombre la oportunidad de convertirse (cf. Lc
13,1-5) y a Dios de cumplir sus obras (cf. Jn 9,3). En la Carta Apostólica
Salvifici doloris, Juan Pablo II ha indagado sobre el significado cristiano
del dolor humano. Él ve en Jesucristo la victoria del amor sobre el
sufrimiento: "En su sufrimiento los pecados son borrados precisamente
porque Él únicamente, como Hijo unigénito, pudo cargarlos sobre sí,
asumirlos con aquel amor hacia el Padre que supera el mal de todo pecado; en
un cierto sentido aniquila este mal en el ámbito espiritual de las relaciones
entre Dios y la humanidad, y llena este espacio con el bien" (SD 17). Los
cristianos pueden participar de los sufrimientos de Cristo (19-24), puesto que
"en la cruz de Cristo no sólo se ha cumplido la redención,
mediante el sufrimiento, sino que el mismo sufrimiento humano ha
quedado redimido" (SD 19). En el Calvario, el Hijo de Dios se hizo "hombre
de dolores" (cf. Is 53) y, en el grito de abandono extremo (Mt 27,46), se
puso a prueba en todo para poder compartir la suerte del último de los
hombres que sufren (cf. Hb 2,18). De tal manera, Jesús ha tomado el último
puesto, que nunca nadie podrá quitárselo (Charles de Foucauld). Desde ese
momento el sufrimiento ha sido, por así decirlo, santificado, glorificado,
porque se ha convertido en expresión del amor divino. Uniendo los propios
sufrimientos a los de Cristo, los cristianos pueden dar un sentido pleno a
cada dolor (cf. Col 1,24). Sabiendo además que Cristo está presente en cada
ser que sufre, ellos harán todo lo posible para servir a su Señor en los
hermanos que padecen (cf. Mt 25,32ss). "Cristo, al mismo, tiempo ha enseñado
al hombre a hacer bien con el sufrimiento y a hacer bien a quien sufre. Bajo
este doble aspecto ha manifestado cabalmente el sentido del sufrimiento"
(SD 30). Trabajo:
En
la revelación divina el trabajo emerge desde las primeras páginas (Gn 1-3)
como una doble realidad. Por una parte, es el reflejo mismo del obrar creativo
divino (Gn 2,2), por otra, implicará fatiga y sudor (Gn 3,17-20). La primera
realidad es la esencial, la segunda es contingente y se debe al pecado
original. El trabajo en sí debería manifestar el dominio del hombre sobre el
cosmos, al que está llamado a someter (Gn 1,28). Para muchos estudiosos, esta
doctrina está a la base del desarrollo técnico industrial del Occidente
cristiano. Por otra parte, el trabajo, como todas las realidades creadas, a raíz
del pecado puede vivirse de manera idolatra. Si el hombre pierde la noción de
vicariedad respecto a su Creador, olvida el fin auténtico del trabajo (la
cultivación de la tierra), así como el gozo del descanso (la santificación
de la creación y el respeto hacia cada trabajador). Bajo el régimen del
pecado, el trabajo se convierte fácilmente en alienante. Puede mutarse también
en un simple instrumento de provecho y, por tanto, de devastación de la
naturaleza y de explotación del hombre (cf. los desastres ecológicos de la
era del tecnicismo y capitalismo). En la Laborem exercens Juan Pablo II
recuerda que "Las enseñanzas de la Iglesia han expresado siempre la
convicción firme y profunda de que el trabajo humano no mira únicamente a la
economía, sino que implica, además y sobre todo, los valores personales"
(n.15), subrayando su necesaria integración en el ámbito del respeto de la
dignidad de la persona, más allá de cada economismo y materialismo. Por
tanto, también las relaciones de trabajo deben someterse a una serie de
derechos-deberes regulables igualmente a través de negociaciones sindicales (nn.
16-23). Cristianamente el trabajo también puede integrarse en una
espiritualidad de la secuela de Jesús trabajador y de su misterio pascual:
"En el trabajo humano el cristiano descubre una pequeña parte de la cruz
de Cristo y la acepta con el mismo espíritu de redención, con el cual Cristo
ha aceptado su cruz por nosotros" (LE 27). Se produce así una redención
de la operosidad humana que se ve conjugada a la fecundidad de la Obra (cf. el
ergon en el IV Evangelio) de Aquel que es Primicia de Resurrección: "la
espera de una tierra nueva no debe amortiguar, sino más bien aliviar, la
preocupación de perfeccionar esta tierra, donde crece el cuerpo de la nueva
familia humana, el cual puede de alguna manera anticipar un vislumbre del
siglo nuevo" (GS 39; LE 27). "Todos estos frutos buenos de nuestra
naturaleza y de nuestra diligencia (industriae nostrae), tras haberlos
propagado por la tierra en el Espíritu del Señor y según su mandato, los
encontraremos después de nuevos, limpios de toda mancha, iluminados y
transfigurados, cuando Cristo entregue al Padre el reino eterno y universal (1
Co 15,28)" (GS 39 = CIC 1050). Voluntariado:
Para
la fe cristiana cada forma de debilidad y sufrimiento humano puede convertirse
en un lugar privilegiado de la presencia del Cristo. A partir de la segunda
posguerra, el voluntariado, o sea, el empeño directo junto a las personas en
dificultad, entra en relación con los nacientes sistemas de welfare state que
institucionalizan una solidaridad entre "desconocidos", mediada a
través del desgrave fiscal y regulada políticamente. Desde los anos '60, la
persistencia de los fenómenos de pobreza impone la cuestión de un renovado
impulso del voluntariado. Este asume connotaciones nuevas y motivaciones más
fuertes. Así, ahora, el voluntariado consiste en poner de manera
continuativa, espontánea y gratuita - preferencialmente asociada - una parte
del propio tiempo libre y de las capacidades personales y competencias, al
servicio de la comunidad, sobre todo de las personas más débiles. Esto se
expresa a través de una actividad concreta, a menudo creativa y anticipadora
de ideas, para una mejor respuesta a las necesidades con servicios adecuados;
tiende a conjugar la intervención directa con la sensibilización de la
sociedad y con la acción política para cambiar las estructuras que producen
malestar e injusticia; quiere trabajar en colaboración con cualquiera que se
mueva en sintonía con sus valores de solidaridad, justicia, paz. En su
evolución, el voluntariado organizado ha asumido formas y características
diferentes. De hecho, hay organizaciones en el área eclesial, canónicamente
reconocidas por la jerarquía, a menudo promovidas por las Cáritas o unidas a
éstas; existe un voluntariado de base, individual u organizado, que hace
referencia a las parroquias; persiste un voluntariado estructurado de molde
tradicional, que reivindica la propia autonomía laical, aun inspirándose en
los principios cristianos, mientras ha nacido un voluntariado innovador y más
atento a la dimensión política de la sociedad humana. En fin, y no por último,
se realizaron programas encaminados a promover el empeño voluntario de
compartir con los pobres como itinerario formativo, propuesto sobre todo a los
jóvenes. Siglas
y abreviaturas: AA
= Vaticano II, Apostolicam actuositatem (1965); AG
= Vaticano II, Ad Gentes (1965); CA
= Juan Pablo II, Centesimus annus (1991) ; CIC
= Catecismo de la Iglesia católica (1992); CDF
= Congregación para la Doctrina de la
Fe; CFL
= Juan Pablo II, Christifideles laici (1987); DeV
= Juan Pablo II, Dominum et vivificantem (1986); DS
= Denzinger-Schönmetzer, Enchiridion symbolorum definitionum et
declarationum; EN
= Pablo VI, Evangelii nuntiandi (1975); HM
= Pontificio Consejo "Cor Unum", el Hambre en el mundo (1996); GS
= Vaticano II, Gaudium et spes (1965); LE
= Juan Pablo II, Laborem exercens (1981); LG
= Vaticano II, Lumen Gentium (1964); MD
= Juan Pablo II, Mulieris dignitatem (1987); PP
= Pablo VI, Populorum progressio (1967); RP
= Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia
(1987); RH
= Juan Pablo II, Redemptor hominis (1979); RM
= Juan Pablo II, Redemptoris Missio (1990); SD
= Juan Pablo II, Salvifici doloris (1984); SRS
= Juan Pablo II, Sollicitudo rei socialis (1987); TMA
= Juan Pablo II, Tertio millenio adveniente (1994); UR
= Vaticano II, Unitatis redintegratio (1964); UUS
= Juan Pablo II, Ut unum sint (1995); VC
= Juan Pablo II, Vita consecrata (1995); VS
= Juan Pablo II, Veritatis Splendor (1993). A
cura de C.L. Rossetti |
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