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Discurso de Su Santidad a los participantes en el coloquio
internacional «El desafío del secularismo y el futuro de la fe,
en el umbral del tercer milenio», organizado por el Consejo Pontificio
de la Cultura y la Pontificia Universidad Urbaniana (2 de diciembre de 1996).
JUAN PABLO II
DIOS NO ES EL RIVAL DEL HOMBRE, SINO EL GARANTE DE SU
LIBERTAD Y LA FUENTE DE SU FELICIDAD
Señores cardenales; ilustres profesores; amadísimos hermanos y
hermanas:
1. Me alegra acogeros al término del Congreso internacional
dedicado al tema: «El desafío del secularismo y el futuro de la fe,
en el umbral del tercer milenio». Saludo cordialmente a cada uno de
vosotros, en particular a los señores cardenales Paul Poupard, Presidente
del Consejo Pontificio de la Cultura y Jozef Tomko, Prefecto de la Congregación
para la Evangelización de los Pueblos y Gran Canciller de la Pontificia
Universidad Urbaniana, que han organizado el congreso. Asimismo, saludo a los
colaboradores, a los expertos y a todos los participantes en los trabajos de
este congreso.
En la carta apostólica Tertio millennio adveniente he
centrado la atención en el hecho de que la época actual, además
de muchas luces, también presenta algunas sombras, especialmente «la
indiferencia religiosa» y «la atmósfera de secularismo y
relativismo ético» (n. 36), y he pedido «que se estimen y
profundicen los signos de esperanza presentes en este último tramo de
siglo, a pesar de las sombras que con frecuencia los esconden a nuestros ojos»
(n. 46). Doy gracias de corazón a la Pontificia Universidad Urbaniana,
que cuenta con la colaboración activa del «Instituto Superior para
el estudio de la increencia, de la religión y de las culturas», por
haber respondido, junto con el Consejo Pontificio de la Cultura, a mi invitación.
Necesidad creciente de la experiencia religiosa
2. Con valentía y lucidez habéis examinado durante
estos días los principales desafíos presentes en nuestro tiempo.
Teólogos, biblistas, filósofos, historiadores, sociólogos,
artistas y hombres de cultura han dialogado con los pastores acerca de la visión
religiosa y secularista del mundo, constatando el callejón sin salida en
que muchos se encuentran hoy y reflexionando sobre el futuro de la fe en Cristo
en el umbral del tercer milenio.
En la cultura, o mejor, en las culturas de este final del siglo XX, a la vez
trágico y fascinante, se manifiestan fenómenos contrastantes,
susceptibles de diversas interpretaciones, pero todos relacionados con el
hombre. Hoy, más que nunca, constatamos que la cultura es del
hombre, la hace el hombre y está destinada al
hombre.
Hace treinta años, la Constitución conciliar Gaudium et
spes lo había subrayado, y los tres decenios ya transcurridos lo han
confirmado con el peso de la historia. Frente al llamado eclipse de lo
sagrado, se ha manifestado una necesidad creciente de la experiencia
religiosa. Muchos fenómenos lo testimonian en todos los lugares del
mundo, donde tengo la alegría de encontrarme con innumerables jóvenes
que miran al futuro con confiada esperanza. La secularización, que parecía
un progreso de la civilización, se presenta hoy como el peligroso
declive que conduce al secularismo, a la mutilación de la parte
inalienable del hombre que afecta a su identidad profunda: la dimensión
religiosa. La Iglesia afronta el desafío de comprender a esta nueva
generación, que el escepticismo de la generación anterior impulsa
a una búsqueda creciente del Absoluto.
3. A este respecto, se han realizado numerosos sondeos en diversos
países y sus resultados parecen contradictorios: junto a una persistente
afirmación de la fe en Dios se constata una preocupante ausencia de práctica
religiosa unida a la indiferencia y a la ignorancia de las verdades de la fe.
Quizá se debería hablar, más bien, de un debilitamiento
de las convicciones que en muchos ya no tienen la fuerza necesaria
para inspirar el comportamiento. De ahí brota una verdadera desertización
espiritual de la existencia, que priva a la persona de sus razones de ser y
de vida, y lo deja sin guía y sin esperanza.
La nostalgia del Absoluto
Las creencias permanecen, pero ya no se perciben como valores capaces de
influir en la vida personal y social. Ya se trate de elecciones diarias o de
orientaciones de la existencia, de ética o de estética, la
referencia habitual, pública, en particular la difundida por los medios
de comunicación social, ya no está inspirada en la visión
cristiana del hombre y del mundo. Como suele decirse, la religión se ha
privatizado, la sociedad se ha secularizado y la cultura se ha vuelto laica.
La cultura cristiana, privada de sus sólidos cimientos internos y, al
mismo tiempo, de sus posibilidades expresivas externas, decae, mientras que la
necesidad del Absoluto, que conserva toda su fuerza, busca nuevos puntos firmes.
Nuestras sociedades, más que de terrenos listos para la siembra, se van
cubriendo de espacios áridos, que esperan la llegada del agua
regeneradora de una fe recuperada.
¿Quién no ve ahora la urgencia de un diálogo renovado
entre fe y cultura, hecho de escucha y al mismo tiempo de propuestas, sobre todo
de testimonio evangélico, que sepa liberar las verdades ocultas, las
fuerzas latentes en el corazón de las culturas? Así, del aparente
desierto de Dios presente en tantos países invadidos por el secularismo
nacerá una nueva generación de creyentes, puesto que la nostalgia
del Absoluto está enraizada en las profundidades del ser humano, creado a
imagen y semejanza de Dios.
Dios es la fuente de nuestra felicidad
4. De este congreso surge con claridad un dato: el desafío
del secularismo en el umbral del tercer milenio es un desafío
antropológico. El futuro de la fe depende en gran medida de la
capacidad de la Iglesia de responder a ese desafío, proponiendo el gran
mensaje del Evangelio de modo adecuado para llegar al corazón mismo de la
cultura de nuestro tiempo, en todas sus diferentes manifestaciones.
El hombre quiere realizarse plenamente. Se ha equivocado al creer que podía
llegar a realizarse plenamente rechazando a Dios. Una visión secularista
del mundo lo ha mutilado, encerrándolo en su inmanencia. «Sin el
misterio decía con razón Gabriel Marcel la vida
resulta irrespirable». La cultura secularista ha alterado las relaciones
sociales. La pretensión de organizar la sociedad con una racionalidad
puramente tecnológica, la primacía del hedonismo individualista y
la marginación de la dimensión religiosa de la cultura, han minado
los cimientos mismos de la civilización.
El gran desafío que afronta la Iglesia consiste en encontrar puntos
de apoyo en esta nueva situación cultural, y en presentar el Evangelio
como una buena nueva para las culturas, para el hombre artífice de
cultura. Dios no es el rival del hombre, sino el garante de su
libertad y la fuente de su felicidad. Dios hace crecer al hombre, dándole
la alegría de la fe, la fuerza de la esperanza y el fervor del amor.
Difundir por el mundo la civilización del amor
5. Queridos hermanos y hermanas, os invito a todos a convertiros
en heraldos de este anuncio lleno de gozo, sobre todo permaneciendo junto a los
jóvenes. Llevadles a Cristo, dadles el Evangelio en toda su lozanía
de buena noticia, siempre nueva y siempre joven. Los dos mil años que han
transcurrido desde la encarnación del Hijo de Dios en el seno de la
Virgen María son un destello en el oscuro cielo del tiempo. Os exhorto a
trabajar, con la audacia del pensamiento y de la inteligencia, por difundir, en
el umbral del nuevo milenio, la civilización del amor, que florecerá
en un terreno regado por la fe: una tierra que hay que hacer fructificar
sabiamente, hombres a los que es preciso amar sin exclusión, y Dios a
quien se ha de adorar con corazón sincero. Al hombre que busca el
Absoluto, y a su inteligencia que busca el Infinito, este nuevo humanismo para
el próximo milenio le dará la respuesta a sus aspiraciones más
profundas. El secularismo las ha ocultado, pero permanecen, y Cristo las colma
plenamente. Éste es el futuro de la fe. Éste es el futuro del
hombre.
A cada uno de vosotros imparto mi bendición afectuosa.
(Traducción de L'Osservatore Romano. Edición semanal en
lengua española, 15-XII-1995, p. 10, revisada; original en lengua
italiana.)
(Français)
Le Pape Jean-Paul II souligne, devant les participants du Colloque
International «Le défi du sécularisme et le futur de la
foi, au seuil du troisième millénaire», la nécessité
de proposer l'Evangile en des termes aptes à toucher le coeur même
de la culture actuelle. Face à l'écroulement des convictions
religieuses, au désert spirituel et à l'éclipse du sacré
hérités du sécularisme, se manifeste le besoin croissant
d'expérience religieuse et de points de référence pour
guider la recherche de l'Absolu. Les Chrétiens ont besoin de se convertir
en hérauts de l'Evangile; c'est par notre témoignage que nous
ferons paraître les valeurs cachées au coeur des cultures pour l'avènement
d'une nouvelle génération de croyants.
(English)
Pope John Paul II spoke to those who had taken part in the congress
on "The Challenge of Secularism and the Future of Faith on the
Threshold of the Third Millennium" about the necessity of putting
forward the great message of the Gospel in a way which can get to the heart of
our culture today. The legacy of secularism has been a weakening of religious
convictions and a spiritual wilderness; but, despite the so-called eclipse of
the sacred, there is a growing need for spiritual experience, and for reliable
guidance in the search for the absolute. We Christians need to become heralds of
the Gospel, presenting it as good news for cultures; our witness could release
hidden truths, the latent strength within cultures. In that way, where God seems
to be absent, there could be a whole new generation of believers.
THE DIALOGUE BETWEEN FAITH AND CULTURE
Keynote Address at the University of Santo Tomás in
Manila, on January 14, 1996, in a Colloquium of the Federation or Asian Bishops'
Conferences.
Paul Cardinal POUPARD
Coming to Manila brings back happy memories of my earlier visit here in the
mid-seventies. This fascinating megalopolis, bustling with life and activity,
with its teeming millions, played host to Pope John Paul II last January when he
was greeted by a record breaking, veritable sea of humanity! Warmth and welcome,
ritual and religiosity, music and melody, song and dance, are woven into the
very fabric of Filipino culture and hospitality.
It is no mere coincidence that this Colloquium on the "Dialogue between
Faith and Culture" is being held at the University of Santo Tomas, thanks
to the gracious generosity of the Rector and the Faculty. This University, the
oldest in Asia, founded in the year 1611, and so efficiently managed by the
Dominican Order, has been not only a bastion of Christian orthodoxy and
doctrine, but also through the diversity of its faculties and disciplines, a
meeting point at the confluence of faith and culture. On its spacious parade
grounds, last January the Holy Father addressed the Faculty, Staff and Students
on the role of the university. On that occasion the Pope stated:
"A university, therefore, should not only impart knowledge according to
the proper principles and methods of each area of study and with due freedom of
scientific investigation, it should also educate men and women who will be true
leaders in the scientific, technical, economic and cultural and social fields.
It should thus be a community with a mission to train leaders in the
all-important field of life itself; leaders who have made a personal
synthesis between faith and culture, who are willing and able to assume
tasks in the service of the community and of society in general, bearing witness
to their faith, both in private and in public" (Speeches of His
Holiness Pope John Paul II, Word and Life Publications, Makati, Metro
Manila, 1995, p. 22).
1. Faith and Culture Need to Dialogue
These words of the Holy Father provide us with a point of departure for this
our Colloquium. The exchange, the dialogue, the symbiosis between faith and
culture is what concerns us this morning. It is precisely a synthesis of this
kind that is both necessary and fruitful. My task is to inaugurate this
Colloquium, to set the ball rolling, as it were. Or, if I may be permitted to
change the imagery, to paint a broad enough vista, and offer a sufficiently wide
overall view so as to provide a large enough frame work for the galaxy of
experts to follow, to have sufficient space and creativity to fill in the
landscape with relevant and specific details.
"The question about the relationship between faith and culture is in
one sense as old as Christianity itself. It arose in a particularly acute form
in the first century when the early Church was faced with difficult questions
about the admission of Gentiles into the Christian community ...It continued to
exercise the early Church towards the end of the second century as the Church
made her pilgrim way from a largely Jewish matrix into a Hellenistic culture.
This same question haunts the Church to-day as she makes her painful way from
being a predominantly European reality to being a world Church" (Dermot
Lane, Faith and Culture: The Challenge of Inculturation, Religion and
Culture in Dialogue, a Challenge for the Next Millennium, The Columba Press,
Dublin 1993, p. 11).
Who can deny that this dialogue and synthesis are necessary? "The
synthesis between culture and faith is not only a demand of culture but also of
faith, because a faith that does not become culture is not fully accepted, not
entirely thought out, not faithfully lived" (John Paul II, Post-Synodal
Apostolic Exhortation, Ecclesia in Africa, 1995, n. 78). Like a tree
that cannot bear fruit unless it takes root in the soil where it has been
planted, so too faith needs to be implanted and contextualised in the culture
where it takes root so that it can bring forth fruit. But in order to do this,
faith needs to dialogue with the world wherein it is contextualized. Faith, as a
matter of fact, must both initiate and promote this dialogue. Dialogue demands
the difficult discipline of listening: and not just listening with the ear, but
rather listening with the heart. Listening with the heart calls for compassion,
criticism, challenge, and confrontation. This listening, that is at the core of
the dialogue between faith and culture, is reciprocal. It is precisely in the
reciprocity of this listening that both faith and culture are enriched. When
this listening is absent, dialogue remains sterile and barren. Then, we do not
have so much a dialogue as a monologue of the deaf where everyone is speaking
and no one is listening!
2. The Role of Faith vis-a-vis Culture
Having stated the need for an ongoing dialogue between faith and culture,
what, we may ask, is the role that faith plays in this dialogue? Faith, to my
mind, has a triple role vis-a-vis culture. Its first task is to acknowledge and
admit as well as to accept and appreciate the values that are embodied in
culture. There is something good in the worst of us, just as there is something
bad in the best of us, for we have the strengths of our weaknesses and the
weaknesses of our strengths. Every culture has a deposit of values. Every
culture has its own treasury of traditions. Every culture has riches and values
that need to be cherished and cradled for growth. Such values could be for
example the recognition of a Supreme Being, reverence for life, respect for the
environment. Faith needs to acknowledge and admit the good that is in every
culture, for all good, like truth, has but one Source, God Himself. But faith
also needs to accept and appreciate the good that is embedded in culture. In
fact, no faith is ever born in a void or in a vacuum. It is always conceived in
the womb of culture; there it is born and there too it is nourished and grows.
Paul Tillich perceptively remarks:
"The form of religion is culture. This is especially obvious in the
language used by religion. Every language, including that of the Bible, is the
result of innumerable acts of cultural creativity...There is no sacred language
which has fallen from a supernatural heaven and been put between the covers of a
book..." (Theology of Culture, Oxford University Press, 1959, p.
47).
Is this not what the mystery of the Incarnation teaches us? For Christ was
not born in a void. He took flesh in the womb of Mary; His life was interwoven
into the prevailing social and cultural fabric of His time. As the Word of God
He spoke in human words, a specific language with a particular accent and a
definite cultural heritage. Pope John Paul II has rightly observed: "For
the incarnation of the Son of God, precisely because it was complete and
concrete, was also an incarnation in a particular culture" (Speech
to the University of Coimbra quoted in "Faith and Inculturation" of
the International Theological Commission; cfr. Origins [1989] vol. 18,
n. 47, p. 800). This is not to identify the Word of God in any exclusive way
with any specific or particular culture. While cultures are necessary as a
vehicle or a medium to express God's revelation that is at the core of faith,
revelation always transcends cultures. If we may go back to our analogy of the
incarnation, even though Jesus was born into the Jewish culture of His time, as
the Word of God He surely transcends that culture. Jesus was of Jewish descent
but He embraces the whole of humankind. And so too must it be with faith: it
ought to be local in the manner it expresses itself in a given cultural context
but universal in its theological content. One needs to bear in mind...
"...the cultural framework in which evangelization in Asia is to be
carried out. The religious traditions of very ancient cultures remain powerful
forces in the East...The church esteems these spiritual traditions as "living
expressions of the soul of vast groups of people...While the Church rejects
nothing of what is true and holy in the great religions (Nostra Aetate 2),
she can only hope that one day this preparation for the Gospel will come to
maturity in ways which are fully Christian and fully Asian" (Speeches
of His Holiness Pope John Paul II, Word and Life Publications, Makati, Metro
Manila, Philippines, 1995, p. 87).
Besides accepting and appreciating what is good in culture, the role of
faith is to criticise and construct culture. Faith judges culture for its forms
and formulations are made by culture even as its religious substance makes
culture possible. "In fact there is a risk of passing uncritically from a
form of alienation from culture to an overestimation of culture. Since culture
is a human creation and is therefore marked by sin, it too needs to be "healed,
ennobled and perfected"" (Pope John Paul II, Redemptoris Missio
[1990], n. 54). Faith needs to challenge and confront culture. Today, there
is a growing emphasis on personal choice and moral freedom so much so that our
modern culture frowns on any value or doctrine that checks, controls or corrects
the abuse of personal choice and freedom. "The gradual transformation by
which sin becomes immorality, immorality becomes deviance, deviance becomes
choice, and all choice becomes legitimate, is a profound redrawing of the
landscape...The change has been revolutionary" (Jonathan Sacks, The
Persistence of Faith, Weidenfeld and Nicolson, London, 1991, p. 50). To act
thus is surely not liberty but licence, not freedom but a fraud. Unfortunately,
liberty today has several masks and masquerades and if one is not discerning one
can mistake the wood for the trees. It is precisely untruths like these that
have to be challenged, exposed and condemned, for an untruth that is repeated
often, with the passage of time, comes to be regarded as the truth! "The
morally admirable person, as Rabbi Sacks remarks, is no longer the one committed
to values or to service; but the person whose motto is "I did it my way!"
Personal autonomy comes to mean that one is not answerable to anyone"
(Donal Murray, "To Serve the People Faithfully", in The Furrow,
Maynooth, Ireland, vol. 46, n. 11 [1995], p. 609). Like the salt of which
the Gospel speaks that preserves from corruption, faith needs to preserve
culture from self-destruction. Like light that dispels the darkness, faith needs
to dispel the darkness that can, and at times does enshroud culture.
3. The Challenge of Faith and some Disvalues in Modern Culture
a. Individualism
Faith has the prophetic duty of combating individualism, consumerism and
secularism that are so characteristic of modern culture. We live in an instant
age -- instant coffee, instant copying, instant communication. The pace at which
modern culture at times rushes and races leaves us breathless! It often leaves
us clinging not just to our hats but to our heads as well! There was a time when
our own little village was the world. No one knew what went beyond the confines
of his or her tiny village. Today, the whole wide world itself has fast become a
little village. It is sadly strange, but tragically true, that even though
technically our wide world is fast shrinking into a little village, given the
instant telecasting and transmission of events via the mass media, jet travel
and the marvels of computer communication, we are at the same time becoming
self-centred and individualistic. We boast of having conquered outer space. But
the inner space deep within us, remains to a large extent unexplored. We live
like so many islands afloat in the ocean of life beaten and battered by wave
after wave of trends of thought and conduct that have left us indifferent and
immune to the suffering and struggles of others. Our togetherness at times is at
best mere juxtaposed isolation! "Each one for himself and the devil takes
the hindmost" seems to be the order of the day. It is such selfish and
self-centred disvalues that are at times embedded in culture that have to be
challenged, criticised, confronted and condemned.
b. Consumerism
There is next the menace of consumerism that has become part and parcel of
modern culture. Like a raging forest fire, it devours all in its wake, and us as
well, so that far from being the masters of what we possess, we are in turn
reduced to being its slaves. Instead of possessing, we are possessed by the
things we own. The craving to have and want, even what we do not need, like a
cancerous growth eats into us. While the affluent waste, the poor in want have
to scrape and scrounge through waste bins at times looking for left over scraps
of food. How can we ever lull our conscience to sleep every night, if we know
for sure, that millions of our brothers and sisters go to bed hungry while
millions of others die of starvation? Is it not unjust that 80% of the world's
wealth and resources should be owned and hoarded by 20% of its population? The
wealthy oppress the weak. If only we could learn a lesson from Nature. Look at a
tree. The deep roots nourish the broad trunk which in turn breaks forth into
branches that yield flowers and fruits. The strong and the sturdy form the base
that support and bear the weight of the weak and the feeble. Alas the structure
of our society seems so topsy-turvy. The weak and the feeble are pushed to the
base and are expected to bear the burden of the strong and the sturdy! A
structure that is so lop-sided is bound to collapse. No wonder there is so much
unrest in society, so much revolt and rebellion as the weak and the feeble
crushed beneath find the burden unbearable. A society that is so lopsidedly
structured is bound to prove oppressive...Strength is given us not to exploit
but to be expended in service. We have divided the world into classes and
categories: some belong to the first, others to the second and still others to a
third world. Possibly, there might be categories and grades lower than these!
And what is the prime criterion for this discrimination and classification? Mere
material affluence and well-being. Are human beings higher or lower in the
social stratum mainly because they pertain to different economic levels? Is the
stature of a person to be gauged by the size of his or her pocket? Are mere
material affluence and wealth the principal criterion in our comprehension and
appreciation of people and nations?
c. Secularism
A third disvalue that seems to take grip of modern culture is secularism. We
have given such importance to the world as to have forgotten its Maker. We
notice the cycle of seasons and the order in the universe and this cosmic
harmony does not seem to inspire us to turn in wonder to the Creator. The
challenge to faith today stems not so much from antagonism and opposition as
from religious indifference. Indifference is far worse than opposition. When we
oppose someone or something, we at least acknowledge the presence of the other
whom we oppose. When we are indifferent, however, we just ignore and deny
altogether the reality and existence of the other. The whole of creation sings
of the glory of God. "Great is your name, Lord, its majesty fills the
earth!" (Psalm 8, v. 1).
4. The Marriage Between Faith and Culture
A critique of modern culture does not mean its condemnation but rather its
appreciation and correction as and where necessary. We must be wary lest we
throw out the baby with the bath water! One has only to read the first chapters
of the Book of Genesis to listen to the leit-motif that repeatedly reminds us
that God saw all that He had made and found it to be good. Both faith and
culture need to dialogue and the goal of this dialogue must be the promotion of
integral human and social development. In other words, the goal of this dialogue
ought to be the promotion of values that will enrich both the individual as well
as society itself. The marriage between faith and culture must be geared to and
generate well being. Without knocking the wind off the sails of the speakers who
are to follow, I would like to single out three areas of of human and social
life, particularly, though not exclusively, relevant to the Asian context, where
the marriage of faith and culture can promote this integral human and social
development that is the theme of this Colloquium. These areas express some of
the concerns that emerged at the conclusion of the Sixth FABC General Assembly
that was held here in January 1995. These three areas are: 1. The Promotion of
Life and the Human Family; 2. The Promotion of Ecology and the Environment; 3.
The Promotion of a Culture of Peace.
a. The Promotion of Human Life and Family
At the aforementioned FABC Assembly held here last January, the Asian
Bishops with a serious measure of pastoral concern stated:
"The Asian Family is now under siege, anti-life and anti-family
attitudes and values, policies and practices are being brought to bear, with
tremendous pressure on the Asian family. Materialistic and consumeristic ways of
living are destroying truly human values in the family. Euthanasia and abortion,
sterilization and contraception, sex determination and genetic manipulation are
being promoted. Together we must follow the divine law as taught by the Church
to protect and promote the family as the sanctuary of life."
The virus of death has gradually begun to infect Asia, the birth place and
the cradle of some of the world's greatest religions. No credo or tenet of any
faith would even so much as hint at destroying life. Human life comes from God
and to Him it must return. He is its sole origin and end. We are not the owners
of life but merely its trustees. Life has been bequeathed to us by God. Over
thirty years back, the Second Vatican Council in an exhortation that was as
prophetic as it is relevant even today, devoting an entire chapter to culture in
the second part of its Pastoral Constitution on The Church in the Modern World,
had stated:
"Whatever is opposed to life itself, such as any type of murder,
genocide, abortion, euthanasia, or wilful self-destruction, whatever violates
the integrity of the human person, such as mutilation, torments inflicted on
body or mind, attempts to coerce the will itself; whatever insults human
dignity, such as subhuman living conditions, arbitrary imprisonment,
deportation, slavery, prostitution, the selling of women and children; as well
as disgraceful working conditions where people are treated as mere instruments
of gain rather than as free and responsible persons; all these things and others
like them are infamies indeed. They poison human society, and they do more harm
to those who practise them than to those who suffer from the injury. Moreover,
they are a supreme dishonour to the Creator" (Gaudium et Spes, n.
27.)
What a beautiful world will be ours when faith and culture join hands and
promote this vision of respect and reverence for life. The promotion of life is
indeed the promotion of the family since the family is the very sanctuary of
life.
b. The Promotion of the Environment and Ecology
The second area where faith and culture need to harness their energies and
pull in the same direction is the promotion of environment and ecology. The book
of Genesis states that having created the earth He has entrusted it to man and
woman. They were to till and subdue it. Creation must not be viewed as an act
once and for all posited by God so that now God is enjoying an unending holiday.
That view of creation is far too static. A dynamic view of creation sees
creation as an on-going process through which God continues to sustain the
universe fashioned by Him, a fact that is necessary because of the very
contingency of all that is created, and He sustains it through you and me. It is
in this sense that we are co-creators with God working together with Him to
bring to fulfilment what He has begun.
"God, in effect, does not produce; He labours, and His creative act is
love. It is the same for man: production debases him to the level of an object,
while in labour he is the creating subject, free and responsible, knowing and in
solidarity with others" (Paul Cardinal Poupard, The Church and Culture,
Central Bureau, CCVA, 1994, 3835 Westminster Place, St. Louis, MO 63108, p. 37).
This is indeed an awesome responsibility! And collaborating with God in the
on-going process of creation demands that we use creation and not abuse it; that
we promote the environment and not pollute it; that we preserve ecology and not
destroy it. "The earth must be seen and preserved as the essential
life-base for all, not a merchandise for corporate business or conquest. The
earth is our Mother" (S. Arokiaswamy, Asia: The Struggle for Life in
the Midst of Destruction, FABC Papers No. 70, p. 26). Promoting environment
and ecology, therefore, is promoting the earth and every form of life.
c. The Promotion of a Culture of Peace
The promotion of a culture of peace is what must engage the attention of
both faith and culture. To cite just one instance, one has only to watch
television to see for oneself the relentless projection of crime, murder, rape,
robbery, war and violence on the screen. Human life seems so dispensable as "trigger-happy
heroes" fire indiscriminately. And these programmes are broadcast day after
day for hours together, invading and intruding into the privacy of the home and
family, and threatening to hurl us down from the very brink of morality on which
we are precariously perched. Who can deny or doubt the devastating impact
particularly on youth of what they see on the television screen? It is so easy
to translate what is seen on the screen to the street. And yet television can be
such a powerful medium if used positively for the promotion of all that is good,
true and beautiful; for forging bonds of understanding and love; for breaking
down barriers that divide and keep us apart; for fostering values that will make
our world a better and happier place to inhabit and help us live in peace and
harmony with all? We need to conscientize viewers to watch these programmes with
discernment and discretion and to lodge their protests with agencies that peddle
trash or triviality. Addressing the Plenary Assembly of the then Pontifical
Council for Dialogue with Non-Believers, on the search for happiness, Pope John
Paul II observed:
"...Happiness is equated with individualism in the affluent societies
marked by secularism and religious indifference...For many people, happiness is
no longer connected with the fulfilment of a moral duty, nor with the search for
a personal relationship with God...The living and true God, whom Jesus revealed
to us, is not a solitary God. Among the divine Persons everything is made a
gift, sharing, communication, in an eternal expression of love. All God's
happiness and joy are the happiness and joy of mutual giving" (Quoted in
Paul Cardinal Poupard, What will give us Happiness?, Veritas, Dublin,
1992, pp. 127-128).
It cannot be otherwise for the Christian. Sharing the faith must also be a
sharing of joy, the joy of having found meaning and beauty in a personal
relationship with God, the joy of giving and receiving, the joy that springs
from sharing, the joy of living according to God's Law, which is Love. "I
love and am beloved, and I am happy" remarked Samuel Taylor Coleridge, the
English Romantic poet. Happiness, it has been said, is the art of making
bouquets with the roses within one's reach. And God is surely among those roses
for He is everywhere! Or if I may quote the Filipino playwright, Paul Dumol: "Tranquillity
at home and peace with God are part of the Filipino's idea of happiness..."
5. Conclusion
During the course of this Colloquium, several topics and themes will be
dealt with by a galaxy of experts. The speakers will dwell on the impact that
various religions have on culture and the social implications of the link
between faith and culture. Faith and culture need each other: the former to find
a vehicle to express its content; the latter to find the substance for its very
existence. It is my sincere hope and prayer that the painstaking efforts of so
many who in different ways have contributed to this Colloquium may bear fruit in
that the participants, and through them many others, through this happy marriage
between faith and culture, may open themselves to the fullness of life and love
that is ultimately rooted in God Himself. I would like to end with what I stated
in the Foreword of my book, The Church and Culture:
"Nobody can live without love. And love is like a magnet hidden in the
heart of various cultures inviting them to go beyond their finiteness by opening
themselves up to Him who is their source and end and who alone can give them the
fullness they call for" (loc. cit., p. xi.)
That is precisely the experience that Jesus came to share when He said: "I
have come that they may have life and have it to the full" (John 10:10).
(Français)
Le Cardinal Paul Poupard appelle à une authentique écoute
entre foi et culture, à un dialogue respectueux qui allie stimulation,
critique voire confrontation. Si la Foi doit reconnaître et accepter les
valeurs de chaque culture, elle doit aussi opérer un discernement
constructif. L'individualisme, le consumérisme et le sécularisme
requièrent une riposte sérieuse. La promotion de la vie et de la
famille, de l'écologie et de l'environnement, de la culture de la paix,
sont trois secteurs importants permettant une alliance entre la foi et la
culture, qui ouvre des perspectives de vie et d'amour en Dieu.
(Español)
El Cardenal Paul Poupard apela a una escucha auténtica entre
la fe y la cultura, en un diálogo que una la compasión y la crítica,
y asuma con decisión los desafíos. La fe ha de reconocer y aceptar
los valores de cada cultura, pero tiene también un papel crítico,
ejercido de forma constructiva; en este sentido, tiene que hacer una crítica
seria de los antivalores del individualismo, del consumismo y del secularismo.
Es importante la promoción de la vida y de la familia; de la ecología
y del medio ambiente; y de una cultura de la paz. En estas tres áreas se
precisa una alianza entre la fe y la cultura, que abra nuevas perspectivas de
vida y amor, enraizadas en el mismo Dios.
LA INTELIGENCIA Y LA CULTURA
Conferencia pronunciada en el Paraninfo de la Universidad de
Sevilla, como acto central de la Semana de Santo Tomás de Aquino,
el 25 de enero de 1996.
Paul Cardenal POUPARD
Quisiera comenzar haciendo referencia al libro del Papa Juan Pablo II, Cruzando
el umbral de la Esperanza. El capítulo cuarto se titula: «¿Hay
de verdad un Dios en el Cielo?» La pregunta es muy interesante, sobre todo
si se observa cómo se la plantea al Papa el periodista que edita el
libro, Vittorio Messori. Le dice literalmente: «Santidad, situándonos
en una perspectiva sólo humana si eso es posible, al menos momentáneamente,
¿puede el hombre, y cómo, llegar a la convicción de que Dios
verdaderamente existe?» (Plaza y Janés, Barcelona 1994, p. 49). La
actualidad de la pregunta es innegable, y es muy interesante la respuesta que da
el Papa. El Santo Padre sostiene con un gran énfasis que «la
respuesta a la pregunta An Deus sit? no es sólo una cuestión
que afecte al intelecto; es, al mismo tiempo, una cuestión que abarca
toda la existencia humana [...], más aún, es una cuestión
del corazón humano (las raisons du coeur de Blas Pascal)»
(p. 52).
Ahora bien, sin quitarle al tema, en lo más mínimo, su carácter
existencial, el Papa afirma también que el pensamiento humano, la
especulación humana, está en condiciones de decir algo válido
sobre Dios, tal y como recuerda la Constitución conciliar Dei Verbum
sobre la Divina Revelación en su número tres. A fin de cuentas, ya
el Libro de la Sabiduría y la Carta a los Romanos indican
este camino. Y por ello, el mismo Santo Tomás, no abandona la vía
de los filósofos, sino que inicia la Summa Theologiae con la
pregunta: An Deus sit?, ¿existe Dios? (cfr. I, q. 2, a. 3).
Para el Papa, el intento filosófico de Santo Tomás de llegar a
Dios, es válido y hasta provechoso, y lo defiende con las siguientes
palabras:
«Pienso que es injusto considerar que la postura de Santo Tomás
se agote en el solo ámbito racional. Hay que dar la razón, es
verdad, a Étienne Gilson cuando dice con Tomás que el intelecto es
la creación más maravillosa de Dios; pero eso no significa en
absoluto ceder a un racionalismo unilateral. Tomás es el esclarecedor de
toda la riqueza y complejidad de todo ser creado, y especialmente del ser
humano. No es justo que su pensamiento se haya arrinconado en este período
posconciliar; él realmente, no ha dejado de ser el maestro del
universalismo filosófico y teológico. En este contexto deben
ser leídas sus quinque viae, es decir, las cinco vías que
llevan a responder a la pregunta An Deus sit?».
Como se ve, la respuesta del Papa a la pregunta de Messori es rica y
matizada. Pone de manifiesto el carácter vital de la cuestión, y
al mismo tiempo mantiene el valor que la tradición siempre le ha
reconocido al intelecto humano, reconociéndole la capacidad de llegar
hasta Dios, de llegar hasta el Dios verdadero, incluso si nos situamos, como
dice Messori, «en una perspectiva sólo humana». La respuesta
del Papa es, pues, muy equilibrada. Por ello, se experimenta una cierta sorpresa
cuando se lee la pregunta que da inicio al capítulo siguiente. Messori,
con la incisividad propia del periodista, «vuelve a la carga» diciéndole
al Papa:
«Permítame una pequeña pausa. No discuto, es obvio, sobre
la validez filosófica, teorética, de todo lo que acaba de exponer;
pero ¿esta manera de argumentar tiene todavía un significado
concreto para el hombre de hoy? ¿Tiene sentido que se pregunte sobre Dios,
Su existencia, Su esencia?» (p. 53; el nuevo capítulo al que da
inicio esta pregunta se titula: «"Pruebas", pero ¿todavía
son válidas?»).
Estas preguntas, situadas en su contexto, me parece que introducen
maravillosamente nuestro tema. Lo que en ellas se pone en cuestión es el
alcance de la inteligencia humana. Se pone en cuestión, de modo
radical, la capacidad de la inteligencia humana de llegar a Dios. Y para ello se
apela al «hombre de hoy», un hombre que quizás no ve siquiera
el sentido de plantearse una pregunta que trasciende su existencia concreta para
elevarse hasta el conocimiento del Creador.
1. La espiritualidad de la inteligencia en los clásicos y la
crisis de lo racional.
Debo decir que a mí esta puesta en duda de la capacidad de la
inteligencia humana me ha impresionado siempre, y de modo profundo. Para los clásicos,
estaba fuera de toda duda la dignidad de la inteligencia, esta facultad
maravillosa del hombre, cuyo carácter espiritual parecía a todos
casi evidente. Con el cristianismo, se va aún más lejos, y se
descubre la inteligencia como imagen creada del Verbo eterno del Padre. Los
grandes teólogos de la Edad Media exaltan la inteligencia, y al
contemplar hoy retrospectivamente sus obras nos da la impresión de que
caen en un intelectualismo excesivo. Sin embargo, tiene toda la razón el
Papa cuando dice que no ceden a un «racionalismo unilateral», porque
este aprecio del intelecto no significa el más mínimo desprecio
por el resto de las dimensiones que configuran la totalidad de la persona
humana. En la inteligencia, simplemente, se ve algo sublime, algo que es
espiritual de modo indudable, algo cuya espiritualidad se puede intuir casi, y
experimentar incluso, en la maravilla de nuestra vida intelectiva.
Hay que precisar, que este carácter espiritual de la inteligencia, en
el que la Escolástica pone tanto énfasis, no es reduccionista. La
espiritualidad no viene reducida a la inteligencia, aunque es la inteligencia el
primer paso, el primer peldaño, para llegar a descubrir el nivel
espiritual del hombre, así como el mejor aval para concebirlo de modo
correcto. En la inteligencia, el hombre medieval «toca» casi con la
mano el nivel espiritual; ello le llena de gozo, y en consecuencia le hace
exaltar sobremanera las excelencias de la inteligencia. Pero al mismo tiempo, es
siempre bien consciente de que la inteligencia es una mera facultad del alma,
una simple «potencia operativa». Es más, la inteligencia no es
ni siquiera la única facultad espiritual del alma; está también
la voluntad, unida a la inteligencia en intimísima relación. Pero
una vez admitido que en el hombre hay una facultad de orden espiritual, lo que
queda elevado al nivel espiritual es todo el hombre, en su alma y en su cuerpo,
porque una potencia operativa espiritual sólo puede inherir en un alma
espiritual, y el alma es forma del cuerpo en unidad de sustancia. De este modo,
la exaltación medieval de la inteligencia, no es en el fondo más
que una exaltación de la espiritualidad del hombre.
Es delicioso comprobar cómo se refleja esta concepción del
hombre en los escritos de los místicos españoles del Siglo de Oro,
como Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz. Santa Teresa habla con
toda naturalidad de las «potencias del alma», refiriéndose a la
inteligencia y a la voluntad, y cuenta cómo Dios «toca» estas
potencias cuando viene a su encuentro en la experiencia mística.
Permitidme que os cite, por el encanto especial que tienen, las palabras con que
Santa Teresa describe en el Libro de la Vida lo que ella llama «oración
de unión»:
«Paréceme este modo de oración unión muy conocida
de toda el alma con Dios, sino que parece quiere Su Majestad dar licencia a las
potencias para que entiendan y gocen de lo mucho que obra allí.
«Acaece algunas y muy muchas veces, estando unida la voluntad [...],
vese claro y entiéndese que está la voluntad atada y gozando; digo
que "se ve claro", y en mucha quietud está sola la voluntad, y
está por otra parte el entendimiento y memoria tan libres, que pueden
tratar en negocios y entender en obras de caridad.
«[...] La memoria queda libre, y junto con la imaginación deve
ser; y ella, como se ve sola, es para alabar a Dios la guerra que da y cómo
procura desasosegarlo todo. A mí cansada me tiene y aborrecida la tengo,
y muchas veces suplico a el Señor, si tanto me ha de estorbar, me la
quite en estos tiempos» (cap. 17, n. 3-5: Efrén de la Madre de Dios
y Otger Steggink [ed.], Obras completas, 8ª ed., BAC, Madrid 1986,
pp. 96-98).
Creo que apenas habrá quien no se sienta como «ganado» por
estas palabras tan simpáticas de la Santa de Ávila. La concepción
del hombre que en ellas se trasluce no peca de reduccionista, porque el hombre
no queda reducido a sus «potencias»; antes bien, el alma es todo un
castillo interior delicadísimo, con infinidad de estancias o moradas, en
las cuales la luz amorosa de la presencia divina sabe arrancar un sinfín
de dulcísimos destellos. Es todo un mundo interior el que subyace a lo
que experimentamos en el ejercicio cotidiano de nuestra facultad intelectiva; y
este mundo, aunque invisible a los sentidos, e incluso a nuestra vida interior
cotidiana, es completamente real. Cito de nuevo a la Santa de Ávila, y
esta vez tomando las palabras de su obra cumbre, las Moradas del castillo
interior. Dice así en su primer capítulo:
«Estando hoy suplicando a nuestro Señor hablase por mí
[...] se me ofreció lo que ahora diré para comenzar con algún
fundamento, que es considerar nuestra alma como un castillo todo de un diamante
o muy claro cristal, adonde hay muchos aposentos, ansí como en el cielo
hay muchas moradas. Que si bien lo consideramos, hermanas, no es otra cosa el
alma del justo sino un paraíso adonde dice El tiene sus deleites.
«[...] No es pequeña lástima y confusión que por
nuestra culpa no entendamos a nosotros mesmos ni sepamos quién somos. ¿No
sería gran ignorancia, hijas mías, que preguntasen a uno quién
es y no se conociese ni supiese quién fue su padre, ni su madre, ni de qué
tierra?
«Pues si esto sería gran bestialidad, sin comparación es
mayor la que hay en nosotras cuando no procuramos saber qué cosa somos,
sino que nos detenemos en estos cuerpos, y ansí, a bulto, porque lo hemos
oído y porque nos lo dice la fe, sabemos que tenemos almas; mas qué
bienes puede haver en esta alma u quién está dentro en esta alma u
el gran valor de ella, pocas veces lo consideramos, y ansí se tiene en
tan poco procurar con todo cuidado conservar su hermosura; todo se nos va en la
grosería del engaste u cerca de este castillo, que son estos cuerpos»
(cap. 1, nº 1-2: loc. cit., pp. 472-473).
Vale la pena remontarse a esta concepción cristiana de la persona
humana, antes de considerar el cambio de perspectiva que se produce en la Edad
Moderna. En la Edad Media, los términos rationale y spirituale
son prácticamente equivalentes, porque lo racional es espiritual y
viceversa. Así, no hay ningún problema en llamar rationale
lumen a la iluminación del Espíritu. En cambio, hoy en día,
no sólo se aprecian grandes diferencias de significado, sino que el término
«racional» se ha cargado de connotaciones negativas. Lo «racional»,
lo «conceptual» y «abstracto» dan la impresión de
referirse a un conocimiento viciado, a un conocimiento que no llega a la
realidad de las cosas porque trata de aferrarla con conceptos abstractos,
inadecuados para la riqueza de lo real. Lo conceptual parece puramente teorético,
como una malla que al tratar de aprehender lo real lo deforma irremisiblemente.
Frente a lo racional tendría la primacía el conocimiento
experiencial, concreto, sensible; el conocimiento por connaturalidad que se
manifiesta en los sentimientos íntimos; el conocimiento místico o
suprarracional al que se llega por el amor humano o por la experiencia
religiosa. De estos niveles de conocimiento, lo racional quedaría
irremisiblemente excluido. La situación podríamos resumirla
diciendo que en nuestro modo de pensar corriente la razón está
siempre bajo sospecha, como un acusado en el banquillo al que se le exige que dé
pruebas de su inocencia.
2. El conocimiento científico y la búsqueda sapiente
de sentido.
La consecuencia de todo esto, a poco que reflexionemos, es bien curiosa.
Vivimos en una cultura altamente sofisticada, en la que todo está
estudiado, pesado, medido. El conocimiento científico que hemos logrado
de la realidad se refleja en un avance tecnológico poderosísimo,
que pone en nuestras manos posibilidades infinitas de control de nuestro
entorno. En la sociedad moderna, no hay actividad humana que se realice sin una
complejísima labor de planificación previa, que revele y sopese
los pros y los contras de todas y cada una de las maniobras previstas. Hemos
llegado a tener compañías de seguros ¡hasta para morirnos! Y
bien, en esta sociedad en que la razón ocupa un puesto tan primordial, yo
diría incluso que central, parece que el hombre se sintiera impotente
para dar, con su entendimiento, con ese entendimiento que tanto hace trabajar a
diario, un pequeño salto metafísico, una ligera elevación
que le permita el acceso a los niveles más profundos de la realidad.
Existe un párrafo de la Constitución Gaudium et spes
del Concilio Vaticano II, que, con toda delicadeza, invita precisamente a los
hombres de nuestro tiempo a prestar atención a los niveles profundos de
la realidad, niveles que se revelan especialmente cuando se toma en consideración
la constitución de la persona humana. Son estas las palabras del
Concilio:
«No se equivoca el hombre cuando se reconoce superior a las cosas
corporales y se considera algo más que una partícula de la
naturaleza o un elemento anónimo de la ciudad humana. Por su
interioridad, es superior al universo entero; a estas profundidades retorna
cuando se vuelve a su corazón, donde le espera Dios, que escruta los
corazones [cf. 1 Re 16,7; Jer 17,10], y donde él solo decide su propio
destino ante los ojos de Dios. Así, pues, al reconocer en sí mismo
un alma espiritual e inmortal no es víctima de un falaz espejismo,
procedente sólo de condiciones físicas y sociales, sino que, al
contrario, toca la verdad profunda de la realidad» (nº 14).
En el fondo, somos bien conscientes de que la realidad tiene niveles
profundos. Por ejemplo, confiamos mucho, y con razón, en el poder de la
ciencia. Algunas de sus conquistas más sobresalientes pertenecen al
patrimonio de nuestra cultura moderna, y ello nos llena de legítimo
orgullo. Es más, algunos desarrollos de la ciencia, de naturaleza
especialmente teórica, y por ello más admirables, nos han
permitido liberarnos para siempre de viejos tópicos, propios de la
natural ingenuidad humana, y conocer más de cerca la colosal complejidad
de las cosas, en la cual, a pesar de todo, nuestro entendimiento es capaz de
hacer alguna luz, conociendo con certeza algo válido y demostrable sobre
nuestro mundo, desde sus remotos orígenes, hasta la más pequeña
partícula subatómica. Sin embargo, al mismo tiempo, se constata
que a esta relación con el mundo que la ciencia promueve, le falta algo,
porque no acierta a conectarse con la más intrínseca realidad de
las cosas. De hecho, estamos cayendo en la cuenta de que la moderna cosmovisión
científica «es más una fuente de desintegración y de
dudas que de integración y sentido». Así lo constababa hace
poco más de un año el Presidente de la República Checa,
Vaclav Havel, en un artículo aparecido en un periódico español:
«Pese a que en la actualidad sabemos inconmensurablemente más sobre
el universo que nuestros antecesores, parece cada vez más claro que ellos
sabían algo que a nosotros se nos escapa» («El doloroso parto
de una nueva era», Diario El Mundo, Madrid, 23-IX-1994).
De manera que, en este final de siglo, el progreso de la ciencia, por un
lado, nos hace mirar con optimismo las virtualidades de la inteligencia humana;
pero, por otra parte, se va haciendo cada vez más evidente que
necesitamos cultivar urgentemente una sabiduría superior, que vaya más
allá de la ciencia, que humanice nuestra vida, y que responda a la
plenitud de las exigencias de nuestra naturaleza espiritual. La Constitución
Gaudium et spes, ya citada, expresaba esta tensión paradójica
propia de nuestro tiempo en su número quince, que, por su interés,
reproduzco en su integridad:
«Tiene razón el hombre, partícipe de la luz de la mente
divina, al creerse, por su inteligencia, superior al universo de las cosas. Con
el ejercicio infatigable, siglo tras siglo, de su propio ingenio, ha progresado
grandemente en las ciencias empíricas y en las artes técnicas y
liberales, y en la era actual ha obtenido éxitos extraordinarios, sobre
todo en la investigación y dominio del mundo material. Siempre, sin
embargo, supo buscar y encontrar una verdad más profunda, ya que su
inteligencia no se limita exclusivamente a lo fenoménico, sino que es
capaz de alcanzar con verdadera certeza la realidad inteligible, a pesar de que,
como consecuencia del pecado, se encuentre parcialmente débil y a
oscuras.
«Hay que añadir que la naturaleza intelectual de la persona
humana se perfecciona, y se debe perfeccionar, por la sabiduría, que
atrae suavemente a la mente humana hacia la búsqueda y el amor de la
verdad y del bien. Guiado por ella, el hombre por medio de las cosas visibles es
llevado a las invisibles.
«Nuestra época, mucho más que los siglos pasados, tiene
necesidad de esa sabiduría para humanizar todos los descubrimientos que
el hombre va haciendo. Está en peligro el destino futuro del mundo si no
se logra preparar hombres dotados de mayor sabiduría. Y nótese a
este propósito que muchas naciones, más pobres, ciertamente, que
otras en recursos económicos, pero más ricas en esta sabiduría,
pueden ofrecer a las demás un servicio incalculable.
«Finalmente, por un don del Espíritu Santo, el hombre llega por
la fe a contemplar y gustar el misterio del plan divino».
3. Hacia la superación de los irracionalismos.
El Concilio parte de las potencialidades humanas de la razón, y
termina aludiendo a su capacidad de ser elevada por el Espíritu Santo
para comprender los mismos misterios divinos. Ahora bien, ¿cómo
asume el hombre de hoy estos desafíos que tiene planteados en cuanto
persona inteligente? ¿Cómo se plantea la cuestión del sentido
de su vida? ¿Qué es lo que se considera hoy como «nivel
profundo» de la realidad, y de qué modo se intenta hoy vivir a ese
nivel?
Un análisis pormenorizado de estas importantes cuestiones desbordaría
por completo el marco de mi intervención. Pero querría resaltar al
menos un aspecto que sin duda está presente; a saber, una especie de «vagabundeo
espiritual». El hombre de hoy con frecuencia está embarcado en
una búsqueda de experiencias dadoras de sentido, pero en su travesía
carece de «puntos de anclaje», de espacios en que sea seguro
para él «echar el ancla» y ganar en estabilidad, porque desconfía
de los puntos de apoyo que le han llegado por medio de la tradición. Se
siente impulsado por una verdadera hambre de lo divino y de lo recóndito,
pero ésta le lleva con frecuencia a un sentimentalismo fideísta,
e, incluso, a lo que se ha dado en llamar «religiosidad salvaje».
Aunque saciado suficientemente en sus necesidades materiales gracias a una
calidad de vida siempre creciente siente sin embargo una sed de algo más
que no sabe cómo apagar, y que, llegado a un cierto punto, le hace
sentirse como una olla a presión que puede saltar en cualquier momento.
No quiero detenerme en describir los diversos modos en que se produce esta búsqueda
del hombre de hoy. Cualquiera de Vds. podría hacer, desde su punto de
vista, y desde su experiencia personal, una ilustración de este fenómeno,
que nos enriquecería a todos con nuevos datos y con una visión más
completa y matizada del problema. Por mi parte, lo único que quiero
decir, es esto: ante este fenómeno de insatisfacción y de búsqueda
de algo más, ¿no es hora de que empecemos a pensar con la cabeza?
Me explico. Creo que uno de los problemas más serios del momento
actual es un cierto irracionalismo, que nos puede bloquear a la hora de buscar
las soluciones que nuestra cultura necesita en este momento de crisis. No quiero
pedir con esto la vuelta a un racionalismo desfasado; pero sí a un uso
serio de la razón. La razón, con la cual nacemos equipados al
nacer, es una facultad maravillosa, perfectamente adaptada a la solución
de los problemas humanos, con tal de que la sepamos usar como se debe, y
tributarle el respeto que se merece. No ganamos nada con humillarla.
Ciertamente, es necesario un sano realismo a la hora de aceptar los límites
humanos de nuestra capacidad de comprensión de las cosas, en especial de
aquéllas que más nos desbordan, y de las cuales nuestro
conocimiento humano será siempre confuso, aunque no por ello falso: un
conocimiento puede ser confuso, en el sentido de poco preciso, sin dejar por
ello de ser verdadero. Sin embargo, esta humildad ante los límites de
nuestras capacidades, no debería impedir en nosotros la actitud de un
sano realismo ante el mundo, un sentirnos capaces de afrontar la realidad tal y
como es, sin complejos pesimistas, y sin sueños idealistas. ¿Qué
sentido tiene, me pregunto, en este momento de la historia, seguir insistiendo
en la endeblez de nuestro pensamiento? Y no sólo porque no sea
productivo, sino porque, ante todo, no es verdad que nuestro pensamiento sea
un pensamiento débil. La inteligencia humana es capaz de mucho. Soy
consciente de hallarme ante un auditorio plural; pero me atrevo a proponer, con
todo respeto, la siguiente afirmación: la inteligencia humana es capaz,
incluso, de atisbar, como causa suprema de la creación, como fundamento último
de su ser y de su armonía, la majestad infinita de Dios.
Pero no es éste el punto último al que quería llegar.
La capacidad de la inteligencia humana de llegar a Dios que para los católicos
es un dogma de fe, dogma definido en el Concilio Vaticano Primero (Dei
Filius, cap. 2: Denzinger, nº 3004 y 3026) y reafirmado en el Concilio
Vaticano Segundo (Dei verbum, nº 6: Denzinger, nº 4206)
es, si queréis, sólo un caso particular de las posibilidades del
intelecto humano. Lo verdaderamente importante y creo que en esto sí
que podemos alcanzar todos un consenso a pesar de la pluralidad de opiniones
es que reconozcamos, sin reduccionismos, que la razón humana es mucho más
potente de lo que una cultura ambiente superficial parece inclinarnos a pensar.
En este momento histórico, es importante advertir que no es legítimo
deslegitimizar a cada paso cualquier intento razonable de elevarse por encima de
la chata consideración empírica de las cosas. Bien está
que exijamos rigor; pero, ¿no es verdad que nos hemos deleitado demasiado incluso
a nivel de las élites intelectuales de nuestro siglo en exaltar un
espíritu de sospecha, de desmitologización, de relativismo, que
llevado a sus últimas consecuencias, es absurdo en sí mismo? Después
del largo período que hemos pasado de deconstructivismo, de disolución,
de escepticismo, ¿no habrá llegado ya la hora de empezar a
construir, de empezar a edificar, de empezar a poner cimientos sólidos? ¿O
preferimos seguir profundizando y enfangándonos cada vez más en la
pura negatividad? Ante nosotros se abren dos opciones: abrazar con toda la
mente, con todo el corazón, con todas nuestras fuerzas, un espíritu
constructivo, o seguir abrazados a ese cadáver que es el espíritu
deconstructivo, ese espíritu que nos hace hijos espirituales de
Mefistófeles, quien, en la obra cumbre de la lengua alemana, el Fausto
de Goethe, se define a sí mismo como espíritu de contradicción:
«Ich bin der Geist, der stets verneint!» (Johann Wolfgang Goethe, Faust.
Erster Teil. Insel, Frankfurt am Main 1974, p. 64); es decir: «Soy el espíritu
que siempre dice que no». ¿Es éste el espíritu que
queremos seguir?
4. Los niveles profundos de la realidad y la felicidad del hombre.
Quisiera recapitular en este punto el tema central que he querido
desarrollar a lo largo de esta ponencia. En efecto, mi objetivo puede parecer
modesto, pero no ha sido más que éste: tratar de mostrar que en la
realidad que nos circunda y en la que estamos inmersos, existen niveles
profundos, y que nuestra inteligencia es capaz de captarlos. Vivimos en un mundo
en que los medios de comunicación de masas, y especialmente los
audiovisuales, tienen un influjo cada vez más preponderante. A la hora de
valorar este influjo, hoy se tiende a no dramatizar, constatando simplemente que
los medios de comunicación se limitan a transmitir y a reforzar los
valores y la mentalidad que ya existen en una sociedad determinada. De todos
modos, hay que reconocer que, de hecho, nuestra cultura se caracteriza por una
enorme superficialidad, e, incluso, por la pérdida progresiva de una sana
racionalidad. Y con esto no me refiero a la pérdida de la moral, a la
degeneración del tejido ético de nuestra sociedad, que es también
manifiesta; es ya a nivel noético, a nivel de los valores cognoscitivos,
que se observa una preocupante regresión.
Se suele decir, y es verdad, que «una imagen vale por mil palabras».
Ahora bien, ¿no es verdad que en el mundo que nos hemos fabricado vivimos
inmersos en un mar de imágenes banales? ¿No es verdad que la
sociedad en su conjunto anda cada vez más a la caza de experiencias de
todo género, y en cambio se olvida de cultivar sus dimensiones más
elevadas? ¿No es verdad y de esto sois bien conscientes todos los que
formáis parte del rico mundo universitario que el nivel cultural de
la sociedad experimenta un descenso lento, pero constante? Ante esta realidad,
dramática para la cultura, yo me atrevería a decir: es cierto que
una imagen vale más que mil palabras; pero hay veces que un concepto, un
término bien acuñado, vale más que mil imágenes,
porque capta lo esencial; y en nuestro mundo de hoy, estamos llegando a perder
los conceptos, lo cual es muy peligroso.
Hace unos años, el Consejo Pontificio para el Diálogo con los
No Creyentes que yo presidía promovió un estudio sobre el tema «felicidad
y fe cristiana», que se trató en la Asamblea Plenaria del Consejo en
el año 1991. Uno de los resultados principales a los que llegamos fue
precisamente éste. Constatamos que hoy, cada vez más, el mundo de
la imagen tiende a «bloquear» las mentes, impidiendo de hecho una
verdadera búsqueda de la felicidad que arranque de las necesidades más
profundas y auténticas del hombre:
«Hoy, cada vez más, el campo de batalla de los valores está
localizado en el mundo de las imágenes, más bien que en el de las
ideas. [...] En esta perspectiva, el conflicto de imágenes de la
felicidad es de una importancia vital para la transmisión de la misma fe.
Si el dato puramente banal ocupa la mente humana, y lo hace usando imágenes
atrayentes, resulta difícil que se verifique aquella "escucha"
de la que proviene la fe. [...] El verdadero peligro de este momento histórico
es que la gente, al quedar prisionera de semejante superficialidad, no se dé
cuenta de las necesidades fundamentales del corazón humano»
(Cardenal Paul Poupard, Felicidad y fe cristiana. Herder, Barcelona
1992, p. 65.)
Citando este párrafo puede parecer que me he salido del tema, desplazándome
del terreno cognoscitivo al volitivo, del tema de la verdad al tema del bien y
de la felicidad. Pero no hay oposición. ¿Puede haber interrelación
más íntima de la que hay entre inteligencia y voluntad, entre la búsqueda
del espíritu y el deseo del alma? El ser humano desea saber, y no puede
querer sino conociendo. Es éste el carácter existencial del
conocimiento al que hacía referencia el Papa al hablar del conocimiento
de Dios. El conocimiento del hombre afecta a su misma existencia. Por
ello es especialmente grave el que en este momento histórico el hombre se
halle bloqueado en su conocimiento a nivel de la imaginación, porque, de
este modo, corre el riesgo de no percibir siquiera dónde está la
felicidad que puede saciarle de veras. Envuelto en el ritmo frenético de
la vida moderna, y en los placeres superficiales que constantemente se le
ofrecen o se le insinúan, el hombre corre el riesgo de pasarse la vida
entera distraído, sin plantearse siquiera los interrogantes que son más
decisivos para la existencia.
De todos modos, esta presentación que he hecho pecaría de
simplista si no fuera completada con otro dato. Es verdad que en nuestro mundo
sufrimos una especie de «embotamiento» intelectual, así como un
hedonismo fácil que tiende a excluir los planteamientos profundos, metafísicos
o religiosos. No obstante, es un hecho cada vez más patente el rebrotar
de los sentimientos religiosos, esa «hambre de lo divino y de lo sagrado»
a la que antes aludía. El tema de Dios y de la religión interesan
cada vez más. Se intenta recuperar la piedad popular y las
manifestaciones religiosas propias de cada tierra. Se hace cada vez más
frecuente el estudio de las llamadas ciencias ocultas, el recurso a la magia o
al espiritismo, al horóscopo o al tarot, a la sabiduría del
Oriente o de sectas herméticas.
¿Qué nos indica todo esto? A mi juicio, dos cosas. Una positiva,
y otra negativa. La positiva es ésta: una vez más, se verifica
aquello del inquietum cor de San Agustín: «Nos hiciste, Señor,
para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti»
(Confesiones, lib. 1,1: CCL 27,1). La secularización de
la modernidad no sólo no ha logrado erradicar la idea y la vivencia de
Dios, sino que, en pocos años, se demuestra que el hombre tiene una
necesidad constitutiva de saciar de algún modo sus deseos de algo más,
de vivir de algún modo en una relación religiosa con un Dios que
le sobrepasa. Es decir, considero como positivo el hecho de que a pesar de un
enorme proceso de secularización que hemos sufrido, la idea de Dios siga
todavía viva, lo cual demuestra la enorme vitalidad de la religión.
Hasta aquí lo positivo. Y lo negativo: el modo de saciar esta
manifiesta hambre de lo divino. Como hemos perdido casi del todo la confianza en
el poder de la razón para ayudarnos a salir del atolladero, corremos el
serio riesgo de salir, como se dice, «por peteneras». Es decir, de
dejarnos llevar por sentimientos exacerbados, o por un subjetivismo atroz que
olvide por completo la sabiduría que nos ha legado la tradición.
Es éste, a mi juicio, el punto delicado, y donde hace falta, más
que nunca, una lucidez a toda prueba, unida a un espíritu abierto que se
atreva a explorar nuevos caminos. Sólo cultivando la inteligencia de este
modo, lograremos salir de la crisis cultural en que nos encontramos.
5. La banalización de la religión en la cultura
actual.
Una última observación, relativa a la religión. Aunque
he tratado de ceñirme al terreno estrictamente intelectual, es indudable
que el tema de la religión está íntimamente relacionado. Y
ahora me pregunto: en esta sociedad que corre el riesgo de caer por el
precipicio de la superficialidad y de la banalidad, ¿qué papel juega
la religión? ¿qué lugar ocupa? Por un lado, es evidente que
la religión ha sufrido, hoy como siempre, pero quizás hoy más
que en muchas épocas, una acerada crítica desde diversas
instancias. La voz de la religión muchas veces resulta molesta, incómoda,
y se ha intentado acallarla, cuando no combatirla desde un ateísmo
militante. Sin embargo, en el momento actual, yo creo que este estado de cosas
ha cambiado ya, y está cambiando radicalmente. Yo diría en este
sentido que la cultura actual simplemente se limita a absorber la religión
como un elemento más, integrándola, banalizándola, y
yuxtaponiéndola al resto de los elementos culturales.
A la religión cada vez se la ataca menos de forma directa. Es más,
se la respeta. Al elemento religioso se le concede incluso un cierto espacio en
los medios de comunicación. De este modo, se logran dos cosas. Por un
lado, se satisface así a aquella minoría de creyentes que cree de
verdad, ofreciéndole lo que le gusta. Por otra parte, a la gran mayoría,
esa gran mayoría de la gente más o menos indiferente, que ni cree
ni deja de creer, que cree en parte, pero se comporta como si no creyese, o que
no cree, pero que se comporta como si creyese en parte, se le ofrece, como un
elemento más de su vida superficial, algún elemento religioso, más
o menos interesante, más o menos curioso, más o menos esotérico,
para que, al menos durante algunos momentos de la jornada, pueda sentir la emoción
de plantearse un poco una serie de cuestiones que animen su existencia, la cual,
sin embargo, sigue su curso superficial.
Perdóneseme lo que voy a decir, pero creo que la imagen es
ilustrativa: la religión es hoy como un boxeador al que la secularización
lo ha dejado «sonado». La religión sigue estando ahí,
pero ya no se la combate, porque no hace falta. A uno que está «sonado»
no hace falta golpearle. ¿Qué quiero decir con esto? Que
necesitamos, urgentemente, salir de ese estado en que nuestra
inteligencia funciona sólo a mitad de rendimiento, que necesitamos hacer
un poco de luz, empezar a pensar, empezar a poner un cierto orden en nuestros
esquemas de pensamiento, en nuestras ideas, y en nuestra misma sociedad.
Necesitamos, en suma despertar. Y en el fondo ¡no se trata de algo tan difícil!
(Français)
Le Cardinal Poupard aborde à l'Université de Séville
le thème de l'intelligence et de la culture. L'homme moderne met en
question la validité d'une argumentation purement philosophique et théorique.
Après l'exaltation de l'intelligence par les classiques, l'époque
moderne regarda la raison avec soupçon. Notre culture est pour une part
hautement sophistiquée et la raison y occupe donc une place importante;
mais d'un autre côté il lui est dénié la possibilité
de pratiquer un saut métaphysique permettant d'atteindre les niveaux les
plus profonds de l'être. Seul le retour à une saine raison
permettra de sortir de notre impasse noétique.
(English)
Cardinal Paul Poupard spoke at the University of Seville on the
theme of "The Intellectual Dimension of Culture". People today
typically ask whether purely philosophical or theoretical arguments have any
meaning. Classical thinkers exalted the spiritual character of the intellect,
but since the Middle Ages reason has been under suspicion. Curiously, on the one
hand we live in a highly sophisticated culture, where reason is central; and
yet, reason is seen as incapable of making a tiny metaphysical switch to the
deeper levels of reality. In view of the insistence on the "weakness"
of our thought, or the temptation of a clever search for meaning which falls
into various forms of irrationalism, only the recovery of a sound rationality
will bring us out of our current intellectual impasse.
Conclusión
Queridos amigos: os he hablado con toda franqueza de cómo veo un
problema que, a pesar de ser simple, tiene una importancia inquietante. Mis
palabras están cargadas, lo sé, de la incisividad que busca el que
quiere provocar una respuesta en su auditorio. He querido situarme en un plano
en el que el diálogo fuera posible, incluso con el no creyente, aunque,
como es natural, en mi discurso se trasluce también mi fe cristiana. Pero
el mensaje que he querido transmitir creo que es válido para todos, y se
podría resumir en las famosas palabras de Blas Pascal: «travaillons
donc à bien penser»: esforcémonos en pensar con corrección...
y se empezarán a arreglar más cosas de las que pensamos. «Travaillons
donc à bien penser», porque, por arduo que pueda parecer,
tenemos el derecho y la obligación de poner los cimientos de una nueva
cultura de la verdad. «Travaillons donc à bien penser»,
y no nos cansemos nunca de dar gracias por el don de nuestra inteligencia
espiritual; que resuene siempre en nosotros aquella exhortación de San
Agustín: «Intellectum valde ama» (Epist. 120,
3, 13: PL 33, 459); «ama mucho la inteligencia»; ámala
mucho.