DOCUMENTA
Conferencia inaugural del 1er Encuentro de centros
culturales católicos del sur de Europa, pronunciada en Barcelona el
30 de mayo de 1996.
PAUL Cardenal POUPARD
LA MISIÓN DE LOS CENTROS CULTURALES CATÓLICOS
EN
LA EUROPA CONTEMPORÁNEA
Es para mí un honor, como Presidente del Consejo Pontificio de la
Cultura, dar inicio a los trabajos de este Primer Encuentro de Centros
Culturales Católicos que nos reúne en la ciudad de Barcelona.
Quiero expresar mi agradecimiento ante todo a la Fundación Maragall
y a su Presidente, Don Antoni Matabosch, por esta feliz iniciativa. Se prolonga
así, con un encuentro sectorial, la fructífera experiencia del
encuentro celebrado en Chantilly en octubre de 1993.
A nadie se le escapa la trascendencia que hoy tiene el diálogo
fe-cultura. Todos Vds. habrán meditado, muchas veces, aquel severo diagnóstico
que realizó el Papa Pablo VI en la Evangelii nuntiandi: «la
ruptura entre Evangelio y cultura es, sin duda alguna, el drama de nuestro
tiempo» (nº 20). Esta constatación realista la ha asumido el
Papa Juan Pablo II como uno de los mayores desafíos de su Pontificado,
consciente de que «el diálogo de la Iglesia con las culturas de
nuestro tiempo es un campo vital, donde se juega el destino del mundo en este
ocaso del siglo XX» (Carta autógrafa por la que se crea el
Consejo Pontificio para la Cultura, 20 de mayo de 1982: AAS 74 [1982]
683-688). Por ello, sólo tres años y medio después de ser
elevado a la Cátedra de Pedro, constituyó un nuevo Dicasterio de
la Curia Romana, el Consejo Pontificio para la Cultura, como un servicio nuevo y
original, «capaz de dar a toda la Iglesia un impulso común en el
encuentro, continuamente renovado, del mensaje salvífico del Evangelio
con la pluralidad de las culturas».
Es de notar que la creación del Consejo Pontificio para la Cultura no
responde a motivos únicamente prácticos. El Papa ha sido siempre
bien consciente del profundo significado teológico del proceso que él
mismo ha querido impulsar. De hecho, en la misma carta de creación del
Consejo, hace una afirmación que luego ha sido repetida muchas veces a lo
largo de su Pontificado: «La síntesis entre cultura y fe, no es sólo
una exigencia de la cultura, sino también de la fe. Una fe que no se hace
cultura, es una fe que no ha sido ni plenamente acogida, ni totalmente pensada,
ni fielmente vivida».
En efecto: la fe tiene que hacerse cultura; el hacerse cultura
pertenece a su misma dinámica interna. No basta con hacer sólo una
adaptación externa del mensaje revelado que facilite su transmisión
a las diversas culturas. Se trata de lograr que la fe desarrolle la plenitud de
sus potencialidades. Se trata de acoger la fe con todo el corazón, de
pensarla con todas las luces de nuestra inteligencia, y de vivirla en todas las
dimensiones de nuestra vida, dando al mundo un testimonio creíble y fiel
de una existencia según el Evangelio.
I. LUCES Y SOMBRAS DE LA CULTURA MODERNA
Ahora bien: a la síntesis lograda entre cultura y fe, no se llega
nunca sin superar muchas tensiones, tensiones a veces dramáticas, cuyo
origen último hay que encontrarlo en la fuerza con que la herida del
pecado penetra la vida y la historia del hombre (cf. Gaudium et spes, nº
37). Por eso, en el diálogo fe-cultura la primera tarea es un serio
discernimiento de los aspectos positivos y negativos de la cultura que nos
rodea, de los obstáculos que amenazan con impedir la evangelización,
y de los puntos de anclaje en los que puede apoyarse la transmisión del
Evangelio. ¿Cuáles son las luces y sombras de la cultura en este fin
de siglo?
1. Una cultura de indiferencia
En los aspectos negativos, no quisiera insistir demasiado. Se ha hablado,
con razón, de una cultura en crisis y de un agotamiento del pensamiento
de Occidente. Se habla de postmarxismo y de postmodernidad e, incluso, de una
Nueva Edad Media. Y, en neto contraste con la confianza ciega en el progreso
tecnológico de pocos años atrás, se generalizan la desilusión
y el desencanto. Todo esto es bien conocido, y me basta con mencionarlo. Pero
hay un aspecto en el que sí me querría detener: el de la
indiferencia religiosa.
Hace poco más de treinta años, cuando comenzaba el Concilio
Vaticano II, el gran desafío que se le planteaba a la Iglesia era el ateísmo.
Todos los obispos eran bien conscientes de la fuerza del marxismo ateo, y se
preguntaban qué hacer, cómo abrir nuevas vías de diálogo,
cómo fortalecer el testimonio de los creyentes en medio del mundo. En
este contexto, en 1965, el Papa Pablo VI creó el Secretariado para el
Diálogo con los No-Creyentes, que luego pasó a ser, en 1988,
Consejo Pontificio.
Pues bien: en estos treinta años que nos separan del Concilio, la
situación cultural ha sufrido un cambio radical. Como símbolo de
esta transformación se podría tomar la decisión del Papa
Juan Pablo II, el 25 de marzo de 1993, de integrar el Consejo Pontificio
para el Diálogo con los No-Creyentes en el Consejo Pontificio de
la Cultura. Es significativo que de este modo el término «no
creyentes» desaparece incluso del nuevo nombre del Dicasterio. El detalle
es importante y merece una explicación.
La decisión del Papa de fundir en uno los dos Consejos no responde a
una necesidad meramente administrativa. De hecho, desde el Concilio Vaticano II,
la formulación negativa «no creyentes» se había ido
haciendo cada vez más incómoda, y en los últimos tiempos el
diálogo con los «no creyentes» en sentido estricto se había
ido haciendo cada vez más inviable.
Por un lado está la caída en bloque del marxismo-leninismo
soviético. Al caer el comunismo, desaparecía también de la
esfera internacional el principal posible interlocutor oficialmente ateo. Pero
es que además hoy en día apenas si existe nadie que acepte ser
llamado «ateo» o «no creyente». La denominación
parece casi ofensiva. Es cada vez más difícil encontrar a nadie
que se sienta orgulloso de su propio ateísmo, y que quiera dialogar
seriamente con la Iglesia en calidad de no creyente. Parece que todo el mundo
quisiera ser llamado creyente, por vaga o descomprometida que su creencia sea.
¿Quiere esto decir que el problema de la increencia ha desaparecido?
Por supuesto que no: el problema sigue estando ahí, pero de un modo
diverso. Hoy la increencia está presente en la cultura, pero de modo
difuso, en forma de apatía o de indiferencia. No existe virulencia contra
la idea de Dios, pero sí un desinterés que se transmite a través
de los modos de vida que moldean las costumbres y las mentes de las nuevas
generaciones. Como por ósmosis, la gente absorbe hoy una mentalidad que
no reniega de Dios, pero que afronta la vida como si Dios no existiera. Éste
es el drama de nuestro tiempo: no el rechazo de Dios, sino el olvido de Dios; no
el ateísmo, sino la indiferencia, y una indiferencia que se transmite a
través de la cultura. El gran problema con el que la Iglesia se enfrenta
en este fin de siglo es, pues, de naturaleza cultural. Y precisamente por ello
el Santo Padre ha constituido, para dialogar con todo el mundo de la increencia
una increencia transformada en indiferencia el Consejo Pontificio de
la Cultura.
2. Signos de esperanza en la cultura moderna
Sin embargo, en la cultura de hoy también existen signos de esperanza
y puntos de partida para un nuevo anuncio del Evangelio. Después de señalar
el problema de la indiferencia, quisiera referirme ahora a algunos fenómenos,
netamente positivos, que también caracterizan a la cultura moderna. Son,
entre otros, el retorno de lo sagrado, la nueva apertura de las ciencias, el
debate sobre los fundamentos éticos del estado laico, y un nuevo interés
por la religión en el campo de las artes.
1) El retorno de lo sagrado
En primer lugar, un fenómeno que hasta hace poco no se podía
ni sospechar: el retorno de formas de lo sagrado en una sociedad que parecía
casi totalmente secularizada. En las últimas décadas han florecido
de modo extraordinario las sectas, los nuevos movimientos religiosos y grupos
sincretistas de diverso tipo. Se trata de un fenómeno sin duda
ambivalente. Muchos de estos movimientos coartan la libertad de sus miembros,
hasta el punto de hacer peligrar su salud mental. Otros como la New
Age se caracterizan por una espiritualidad sincretista e
individualista. De todos modos, el fenómeno merece atención: cada
vez se afirma y se difunde más un notable interés por todo lo
religioso y lo sagrado.
Me viene a la memoria la siguiente broma de Michel Serres, de la Academia
Francesa. «Hace diez años dice, para dar un poco de
diversión a mis alumnos, les hablaba de religión, porque lo que
les interesaba era la política; ahora, en cambio, cuando quiero que se
diviertan un poco, les hablo de política, porque lo que les interesa es
la religión». Esto es signo de una situación cultural que ha
cambiado profundamente: se va abriendo camino un fuerte deseo de espiritualidad
auténtica, de una vida más profunda, capaz de superar el horizonte
cerrado y chato de la sociedad secularizada. Son muchos los que están
cansados de la superficialidad, saciados de la comodidad, aburridos del
materialismo y de sus modelos de vida. Son muchos los que se dan cuenta de la
falsedad de los ídolos que se les ofrecen según la ley de mercado
y que sienten el dolor del vacío espiritual. Esta trasformación de
la cultura contemporánea es un desafío para los cristianos: abre
caminos para un anuncio del Evangelio y prepara para una mejor acogida de la fe.
2) Una nueva apertura de las ciencias
En segundo lugar, se da una apertura parecida en otro campo, que hasta ahora
también parecía contrario cuando no hostil a la religión:
el campo de las ciencias naturales. Frente al predominio del pragmatismo y del
empirismo, tanto en la metodología científica como en los
presupuestos filosóficos, hoy se va difundiendo una epistemología
más humilde. Son muchos los científicos que se dan cuenta de los límites
de una ciencia limitada a lo observable como único criterio de verdad.
Por ello se detienen con atención y respeto en las dimensiones que van más
allá de lo empírico, y se interesan cada vez más por todo
lo espiritual y religioso. Surgen además cuestiones nuevas en cosmología,
en biología y en las ciencias humanas, que suscitan en los especialistas
nuevos interrogantes.
Por otra parte, crece también la sensibilidad de los científicos
ante el problema de su responsabilidad ética. Hoy ya nadie cree en una
ciencia neutra que pueda prescindir de las cuestiones morales. No se trata sólo
de usar con responsabilidad ciertos instrumentos científicos; al científico
también se le considera responsable de los fines de su investigación,
de la metodología empleada y de las consecuencias que su trabajo tiene
para la sociedad, porque todo esto puede tener un influjo decisivo para la
humanidad entera. De manera que, tanto en las ciencias como en la tecnología
aplicada, se discuten cada vez más las implicaciones éticas.
Todo esto nos hace vislumbrar que el cientificismo decimonónico esa
soberbia pretensión del espíritu humano de dar respuesta científica
y definitiva a todos los grandes interrogantes de la humanidad está
en pleno proceso de disolución. El materialismo y el ateísmo,
aunque se presenten bajo ropaje «científico», ya no convencen a
casi nadie. Todo lo cual crea nuevos espacios para el misterio, para el asombro,
para lo sagrado; en definitiva, para las cuestiones fundamentales de la vida,
que no tienen solución si se elimina la trascendencia.
3) Los fundamentos éticos del estado
En tercer lugar, el debate sobre la responsabilidad no se limita únicamente
al campo de la ciencia. Se extiende a un ámbito mucho más amplio:
el de los fundamentos de la convivencia social, del orden público, y del
mismo estado. Es un fenómeno candente de nuestra época: el estado
laico, que hasta ahora se consideraba el garante definitivo del orden público
y de la libertad de los ciudadanos en la sociedad secularizada, se encuentra en
un impasse. Muchos catedráticos de derecho político, políticos
responsables, pero también los ciudadanos de a pie, se preguntan: ¿cuáles
son los fundamentos éticos y morales sobre los que se asienta el estado
moderno?
Es un dato de hecho, que lo confirma también la experiencia histórica:
el estado moderno tiene unos presupuestos éticos y morales, un tejido ético
de la sociedad con el que convive pacíficamente, que él mismo no
puede crear, porque lo tiene que presuponer y salvaguardar. En la cultura
europea este tejido ético no es otro que la moralidad cristiana, que
durante siglos ha sido el fundamento patente del orden público. Pero el
estado moderno laico quiere ser neutral en todo lo referente a la verdad y al
orden moral objetivo. Para muchos, el estado se basaría en un relativismo
individualista, matizado quizás por un cierto principio de reciprocidad
entre los individuos. Pero esta «moral mínima» no basta para
dar fundamento a una convivencia social, para realizar el bien común y
para asegurar los derechos humanos y la justicia. Sin unos valores objetivos,
comúnmente aceptados y protegidos por el estado de derecho, la
convivencia social degenera en arbitrariedad y en juegos de poder. Pero la
fuente última de una moralidad verdadera, de un tejido ético vivo,
no son sino las grandes tradiciones religiosas.
Esta constatación no pretende reanimar el «fantasma» de un
estado confesional. El Concilio Vaticano II ha reconocido en la libertad
religiosa y de conciencia una conquista de nuestra cultura, fruto del mensaje bíblico
y de la dignidad inalienable de toda persona humana. Pero hay un desafío
con el que se enfrenta la sociedad y todo ciudadano consciente de su
responsabilidad: el de buscar la verdad, con sinceridad y sin prejuicios, en el
campo cultural, ético y religioso, dejándose guiar por los valores
objetivos que el Creador ha impreso en la naturaleza humana. El debate sobre
estos temas, es un signo positivo; y a los cristianos nos impele a un compromiso
mayor para difundir la visión cristiana del mundo y de la sociedad.
4) Un nuevo interés por la religión en el campo de las
artes
Un último signo de esperanza, al que quiero aludir brevemente, es un
nuevo interés por la dimensión religiosa del mundo y de la
existencia humana que aflora en el campo de las artes: en la literatura, en la
pintura, en la música y en el cine. Este interés no adopta la
forma de una escuela o corriente propiamente dicha. De hecho, en el fragmentado
mundo del arte contemporáneo, tan caracterizado por el individualismo,
casi no existen escuelas o corrientes definidas. Por ello, el acercamiento a los
fenómenos religiosos se sitúa más bien a nivel personal,
según el grado de interés o de compromiso de los distintos
artistas, autores o directores de cine.
En todo caso, al lado de la cultura superficial de los medios de comunicación
de masas, existen intentos patentes de revalorizar la dimensión religiosa
auténtica, que en cambio antes parecía totalmente excluida del
canon temático del arte contemporáneo. Se trata con frecuencia de
ensayos individuales, casi experimentales, que reflejan en el mundo artístico
las corrientes culturales presentes en la sociedad. Sin embargo, demuestran que
en la cultura contemporánea vuelven a resurgir los interrogantes más
profundos del hombre, una nueva búsqueda de sentido, de lo religioso y de
lo sagrado. Para los cristianos se trata de un desafío fenomenal: el
patrimonio cultural y artístico de los siglos cristianos nos impulsa a
comprometernos también hoy en un diálogo abierto y sincero con el
arte contemporáneo, proponiendo una experiencia de fe que sea siempre
creadora de cultura.
II. LOS CENTROS CULTURALES CATÓLICOS
Vemos, por tanto, que en nuestra cultura contemporánea existen luces
y sombras, obstáculos y puntos de anclaje para una nueva evangelización.
Pero ¿cómo realizar de manera concreta el diálogo de la fe
con esta cultura moderna? Es aquí donde entran los centros culturales católicos.
1. El por qué de una iniciativa
Algunos centros culturales católicos existen desde hace mucho tiempo.
Una de las primeras iniciativas del Consejo Pontificio de la Cultura, después
de su reestructuración en la primavera de 1993, fue precisamente la
promoción de estos centros culturales católicos dispersos por el
mundo. A ello nos movió la consideración de que la penetración
de la fe en la cultura contemporánea ha de hacerse de manera
diversificada y capilar. Por un lado, vemos que a través de los medios de
comunicación controlados por las diversas instancias de poder,
estatales o privadas se va imponiendo progresivamente una cultura
dominante. Pero, por otra parte, se observa asimismo una diversificación
cada vez mayor, un multiplicarse de iniciativas originales propias de una
sociedad en que no sólo se respeta la libertad de los individuos, sino
que además se ofrecen espacios cada vez mayores para la creatividad y la
realización personales.
En este contexto cultural, la Iglesia mantiene un testimonio público
multidireccional digamos, «de arriba a abajo» que hace
sentir su voz en los foros públicos de toda índole, defendiendo
los valores cristianos y proponiendo respetuosamente la fe en Cristo Salvador.
Este testimonio, de todo punto necesario, no se limita de forma exclusiva a
ninguna de sus manifestaciones particulares, sino que requiere una amplia acción
de todo el pueblo cristiano que penetre capilarmente en todos los ámbitos
de la cultura, sin omitir ninguno.
En nuestra sociedad, que dispone de medios técnicos e intelectuales
muy poderosos, no son ya las grandes estructuras las que determinan el progreso,
sino pequeñas células creativas, dotadas de medios modernos, en
conexión unas con otras, formada cada una de ellas por pocas personas.
Esta estructura de las sociedades libres, que se va imponiendo cada vez más,
y que es plenamente conforme con el principio de subsidiariedad en el que
insistió la Quadragesimo anno, es para los cristianos como un
signo de los tiempos, que les impulsa a sostener estas iniciativas que permiten
un contacto permanente entre las manifestaciones de la cultura y el Evangelio.
Muy probablemente, el futuro de la nueva evangelización del siglo XXI
está, en gran parte, en los centros culturales católicos. Estos
pequeños centros son los únicos que pueden desbrozar y roturar el
terreno de una cultura que, aunque cerrada al Evangelio en tantos aspectos,
puede abrirse y recibir, con un nuevo frescor y una nueva fecundidad, una
semilla evangélica que dará frutos de originalidad insospechada.
Para ello es necesario penetrar en la tierra dura, romperla, abrirla,
reducirla a polvo, terrón por terrón, en cada uno de sus puntos.
Ello requiere un trabajo manual, artesano; no existe una maquinaria lo
suficientemente potente como para realizarlo de modo uniforme. La Iglesia tiene
necesidad de un sinfín de pequeños centros, de pequeñas
iniciativas, de la más diversa índole, de todo tipo, cada una en
un ámbito, cada una ejerciendo su influjo en un determinado aspecto o
corriente de nuestra cultura. De este modo, si cada uno de estos centros
culturales católicos sabe mantener en su labor la sal evangélica,
entonces la acción callada de cada uno será fecunda como el
fermento, hasta que toda la masa del mundo se ensanche y adquiera la forma de
una civilización nueva: la civilización del amor.
2. El elenco de centros culturales católicos y los primeros
encuentros internacionales
Desde estos presupuestos, el Consejo Pontificio de la Cultura organizó
en octubre de 1993 un primer encuentro internacional de centros culturales católicos,
en Chantilly, cerca de París. Asistieron los directores de más de
treinta centros de África, América, Asia y Europa. Fue una
experiencia tremendamente enriquecedora, que hizo nacer en todos nosotros el
deseo de promover encuentros de este tipo, para facilitar la conexión de
los diversos centros dispersos por las distintas áreas culturales del
mundo, y el intercambio de información y de noticias útiles.
Por todo ello, nada más terminar el encuentro de Chantilly, el
Consejo de la Cultura se puso en contacto con todas las conferencias episcopales
del mundo, preguntando qué centros operan en la actualidad en el
territorio de cada conferencia episcopal. Nos interesaba saber, sobre todo, los
nombres, direcciones, y el tipo de actividad de cada centro. Como fruto de estas
pesquisas, hemos publicado, en 1995, un primer elenco internacional, en el que
se recogen las direcciones de más de setecientos centros culturales católicos
de todo el mundo. Está en preparación una segunda edición,
corregida y aumentada, que incluirá las nuevas noticias que nos van
llegando de todas las partes del mundo.
Dentro de poco saldrá además un elenco de los centros
culturales católicos italianos. Ello se debe, no sólo al gran número
de centros culturales católicos presentes en Italia; sino, además,
a que hemos recibido respuestas individualizadas de la mayor parte de los
obispos italianos, que han servido para completar la respuesta inicial de la
conferencia episcopal, con lo que, en el caso de Italia, disponemos de una
información mucho más completa y actualizada que del resto de los
países.
El elenco de centros culturales católicos es un instrumento que
facilita la organización de encuentros de los diversos centros a todos
los niveles: internacional, continental y regional. Del 14 al 15 de mayo de este
año, tuvo lugar en Munich un encuentro de centros culturales
centroeuropeos, venidos de Austria, Alemania, Italia (Alto Adigio), Polonia,
Eslovenia y Eslovaquia. El tema general fue «El diálogo
fe-cultura en la Europa cristiana», con un énfasis especial en
la herencia cristiana de Europa y en las actuales políticas culturales.
El encuentro ha suscitado tanto interés, que ya se ha fijado un nuevo
encuentro para otoño del año que viene. El tema será «La
cultura política y los valores cristianos», prestando especial
atención a la situación de la Europa del este.
Otro encuentro previsto es el que tendrá lugar en Roma, este mismo año,
del 21 al 23 de octubre. Éste será de ámbito nacional, y
asistirán representantes de doce centros culturales católicos del
norte, centro y sur de Italia. Hay que hacer notar que en este momento toda la
Conferencia Episcopal Italiana está insistiendo en llevar a cabo un «proyecto
pastoral de dimensión cultural»; de manera que el proyecto de
los centros culturales católicos suscitado por el Consejo Pontificio de
la Cultura les ha sido especialmente propicio.
3. Una toma de conciencia sinodal
Todos estos encuentros, y los encuentros futuros que irán multiplicándose
poco a poco, constituyen la vertiente práctica de un gran proyecto del
Consejo Pontificio de la Cultura. Pero esta actividad requiere también un
esfuerzo de reflexión, de clarificación. Ello es necesario, porque
el proyecto conlleva una novedad mucho mayor de lo que parece. Cuando pedíamos
a las conferencias episcopales que nos hicieran un elenco de los centros
culturales católicos, lo primero que nos preguntaban era qué
entendíamos nosotros por centro cultural católico. Podrá
parecer chocante, pero es una realidad. A nivel de conferencias episcopales, prácticamente
se ha ignorado el papel de los centros culturales católicos en la
pastoral, porque falta hasta el concepto mismo de «centro cultural católico».
A este respecto, decidimos que convenía emplear un concepto de centro
cultural católico lo más amplio posible, para evitar que, por
utilizar un concepto demasiado restringido, quedasen eliminados del elenco por
no satisfacer una serie de condiciones predeterminadas centros culturales
católicos auténticos. Queríamos conocer centros de todo
tipo, conscientes además de que el tipo de actividad de un centro
cultural católico puede variar enormemente en función de la
cultura concreta en que esté inserto por ejemplo, es muy difícil
parangonar un centro cultural canadiense con uno de la Costa de Marfil. En todo
caso, nuestra iniciativa sirvió al menos para remover la cuestión
y para hacer aflorar en las conciencias de muchos la misma idea de centro
cultural católico y de su importancia.
Este proceso que hemos puesto en marcha explica que ya haya sido posible, en
muy poco tiempo, dar un paso de gigante. Y es que el concepto de centro cultural
católico ha entrado ya, como fruto maduro del Sínodo de los
Obispos, en el magisterio pontificio. Ha sido en la reciente Exhortación
Apostólica postsinodal Ecclesia in Africa, del 14 de septiembre
de 1995. En el nº 103, la exhortación cita literalmente la proposición
26 del Sínodo de los Obispos, con estas palabras:
«"Los centros culturales católicos ofrecen a la
Iglesia singulares posibilidades de presencia y acción en el campo de los
cambios culturales. En efecto, estos son unos foros públicos que
permiten la amplia difusión, mediante el diálogo creativo, de
convicciones cristianas sobre el hombre, la mujer, la familia, el trabajo, la
economía, la sociedad, la política, la vida internacional y el
ambiente"». Y al texto de la proposición, añade el Papa
Juan Pablo II: «Son así un lugar de escucha, de respeto y de
tolerancia».
1) Un contexto de cambio
Dada la importancia de estas palabras de la Exhortación Apostólica,
quisiera detenerme un poco en ellas. Se comienza destacando el contexto
cultural, ese contexto en que los centros culturales católicos ofrecen
posibilidades estupendas de presencia y de acción de la Iglesia: es un
contexto de cambio, de alteraciones profundas del tejido social, propias de
un momento histórico de transición manifiesta. En este contexto,
es natural que la Iglesia vea con esperanza el surgir de una serie de centros
que por su pequeñez y su espontaneidad gozan de una gran movilidad, se
adaptan a los cambios de la sociedad en la que están inmersos, y son
capaces de influir en ella de forma decisiva.
2) Foros públicos de diálogo creativo
En segundo lugar, el Papa y los obispos hablan de unos foros públicos
en los que se lleva a cabo un diálogo creativo. Los centros
culturales católicos son un punto de encuentro entre la fe y el mundo de
la cultura real, un lugar de escucha de los interrogantes concretos de los
hombres, un lugar de reflexión sobre los grandes desafíos
culturales de nuestro tiempo, y un lugar de búsqueda creativa de
respuestas, inspiradas por un espíritu de fe. La nota predominante es la
del diálogo: un diálogo que se hace a la luz del día,
abiertamente, en público; y un diálogo que está dispuesto a
buscar soluciones nuevas, poniendo en juego un máximo de creatividad
humana y cristiana.
3) Instrumentos para la difusión de convicciones cristianas
En tercer lugar, estos centros son un instrumento poderoso para la
difusión de convicciones cristianas de todo tipo. Se trata de centros
en los que, en último término, se da un eficaz testimonio de fe.
El carácter católico podrá estar más o menos explícito.
Pero sólo en la medida en que marque realmente la actividad del centro,
podrá éste ser un lugar en que se proponga con éxito el
mensaje cristiano al mundo de la cultura, y en el que a su vez los cristianos
encuentren respuestas inculturadas pensadas según la fe católica
a los problemas candentes que plantean desafíos para la Iglesia.
En otras palabras, en centros de este tipo se ha de realizar idealmente la
encarnación de la fe en la cultura contemporánea. Si son fieles a
esta misión, servirán de faro luminoso en medio de la cultura, y
mostrarán como en una maqueta el modelo maravilloso de una civilización
construida según los fundamentos del Evangelio; y al mismo tiempo, servirán
para infundir ánimos a tantos católicos que sufren los embates de
una sociedad secularizada, ofreciéndoles la posibilidad de enriquecerse
con reflexiones profundas, que den una respuesta nacida de la fe y, al mismo
tiempo, de lo más excelente de la cultura ambiente.
4) Lugares de escucha, de respeto y de tolerancia
Por último, al texto de la proposición del Sínodo, el
Papa añade una frase importante: los centros culturales católicos
son «un lugar de escucha, de respeto y tolerancia». Se insiste
así en el espíritu y en el modo de actuar que les debe
caracterizar. En este sentido, me viene inmediatamente a la mente el texto de la
primera carta del Apóstol Pedro; el Apóstol pide a los cristianos
que estén siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que les pida razón
de su esperanza; pero con dulzura y respeto (1 Pe 3,15).
No se trata de un detalle banal. Es importante, y aún esencial, que
la cultura cristiana fraguada en los centros culturales católicos sea una
respuesta generosa y sencilla, nacida del amor. Sólo esta actitud evangélica
puede preservarnos de una autodefensa que, en el fondo, manifieste incomprensión
e intolerancia. El amor tiene un modo particular de hacer las cosas; no sólo
hace el bien, sino que hace las cosas bien. El amor es como un bálsamo de
suave perfume, es como el vino y el aceite que el buen samaritano derrama sobre
las heridas del hombre que yace exangüe a la vera del camino (cf. Lc
10,30-35). Pues bien, es este amor, el amor cristiano, el que se ha de derramar,
gracias a las «alcuzas» de aceite reconfortante que son los centros
culturales católicos, sobre las heridas abiertas de la civilización
enferma, sobre las heridas de las culturas en busca de sentido, y abiertas a un
mensaje de esperanza.
CONCLUSIÓN: la fe en el Amor, creadora de cultura
Llegados al fin de esta ponencia, quisiera resaltar una vez más el
potente dinamismo de la fe cristiana, un dinamismo que es principio y fundamento
de la existencia y de la fecundidad de los centros culturales católicos.
La fe no es algo estático, sino una fuerza, un impulso, una tensión,
por la que el creyente se adhiere, sí, a la Buena Nueva, pero sobre todo
a Jesucristo, el Hijo de Dios, el Salvador nacido de la Virgen María.
La fe es también beatificante. Su dinamismo intrínseco no
tiene nada de la tensión enervante del estrés. Es un camino que
conduce a la felicidad, al ensanchamiento del corazón, al remanso de paz
del que se funde espiritualmente con el amado. El creyente es el que acepta un
testimonio de Dios en la oscuridad de la inteligencia, pero ese testimonio es
una declaración de amor. El creyente no es sólo el que ha visto y
oído, sino el que ha experimentado la ternura del Señor Jesús
reposando la cabeza sobre su pecho. Es el que ha sentido dilatarse su yo al
encontrar en el Señor un amigo, un amigo que se abre plenamente, dándolo
todo a conocer (cf. Jn 15,15). Es el que ha conocido al esposo, que despierta al
amor, inflama de amor, y da capacidad de vivir en el amor.
«Hemos conocido el amor» (1 Jn 4,16): éste es el motor que
desde la aparente quietud de un consuelo gozoso, encierra en sí el mayor
potencial de transformación que la humanidad pueda imaginar. El amor,
cuando es verdadero, cuando lleva el sello de autenticidad que sólo Dios
puede dar, tiene el ímpetu de un caudaloso río de aguas mansas,
que todo lo arrolla a su paso, sin que exista obstáculo que pueda
detenerlo. Porque el que experimenta el amor, el que ha gozado de su dulzura,
que es la única que puede llevar a su plenitud las aspiraciones humanas,
nunca dejará de seguirlo y perseguirlo hasta alcanzar la felicidad
completa (cf. Paul Poupard, Felicidad y fe cristiana, Herder, Barcelona
1992).
Por ello, herederos de «las riquezas inescrutables de Cristo» (Ef
3,8), conscientes de la fuerza y de la perenne novedad del Evangelio, vayamos al
encuentro de los hombres de nuestro tiempo para proponerles un horizonte de
esperanza y de futuro inspirado en la Buena Nueva. Por el mero hecho de existir,
y por la pluralidad de sus iniciativas, los centros culturales católicos
manifiestan y despliegan la perenne fecundidad de la verdad inculturada: la
verdad, vivida en la fe, es fuente de esperanza y fuente creadora de una nueva
cultura.
(Français)
La Conférence du Cardinal Paul Poupard à Barcelone
«La Mission des Centres cul-turels catholiques dans l'Europe
contemporaine» commence par l'analyse de la situation culturelle
actuelle. Celle-ci est caractérisée par l'indifférence
religieuse, mais comporte des signes positifs comme le retour du sacré,
une ouverture nouvelle des sciences de la nature, la découverte des
fondements éthiques de l'Etat, un intérêt renouvelé
pour la religion à travers les arts. C'est en ce contexte que se situe le
projet du Conseil Pontifical de la Culture de promouvoir les Centres culturels
catholiques. Cette initiative a suscité une réflexion sur leur
nature, qui a eu un écho dans l'Assemblée pour l'Afrique du Synode
des Evêques, et l'Exhor-tation Apostolique Ecclesia in Africa qui,
en son nº 103, donne pour la première fois dans un Document du
Magistère Pontifical, une définition descriptive des Centres
culturels catholiques.
(English)
Cardinal Paul Poupard began his talk in Barcelona on "The
Mission of Catholic Cultural Centres in Europe Today" with an analysis
of the current cultural situation. One notable aspect is religious indifference,
but we need also to appreciate a series of positive signs: a renewed awareness
of the sacred, a new openness in the natural sciences, an attempt to discover
the ethical foundations of the state and a new interest in religion in the field
of the arts. This is the context in which the Pontifical Council for Culture is
working to promote Catholic cultural centres throughout the world. This
initiative led to reflection on the nature of these centres, not least in the
special assembly for Africa of the Synod of Bishops. The Apostolic Exhortation
Ecclesia in Africa (no. 103) is the first instance in papal teaching of
a descriptive definition of Catholic cultural centres.