STUDIA
EL DIÁLOGO FE-CULTURA EN CENTROEUROPA
Discurso inaugural en el encuentro de centros culturales católicos
centroeuropeos, celebrado en Munich del 13 al 14 de mayo de 1996.
Mons. Karl LEHMANN Obispo de Mainz
Esbozo en forma de tesis algunas ideas que pueden servir para abrir la
discusión sobre el tema del diálogo fe-cultura en Centroeuropa. No
me detengo en puntos particulares, sino que me limito a dar unas pautas
generales que abran perspectivas para el diálogo.
1. La relación fe-cultura en Centroeuropa es irreductible a
un denominador simple, pues contiene numerosas tensiones y contradicciones
que constituyen un escollo para su interpretación. Pero la urgencia de
esta interpretación queda acentuada por su misma dificultad.
2. Por cultura entiendo el modo en que el hombre configura
la naturaleza a su mundo; y este proceso de dar forma al mundo es al mismo
tiempo una autoformación del hombre (le confiere una segunda
naturaleza). Con frecuencia se distingue entre cultura subjetiva (la
formación y las costumbres) y cultura objetiva (el conjunto de
obras y creaciones culturales), aunque se trata de una diferenciación
meramente metodológica.
En el ámbito filosófico de habla alemana se distingue entre
cultura y civilización. Por civilización se entiende la
totalidad de las instituciones que tienen como finalidad aliviar la existencia
humana; en cambio, cultura designa más bien los trabajos del
hombre que suponen una elevación y una autoexpresión a través
del arte, de la religión y de las humanidades; así como las
instituciones que sirven a este fin (la escuela, el teatro, las bibliotecas).
Pero esta diferencia entre civilización y cultura, además de ser
menos neta fuera del ámbito germánico, parece que se va
difuminando en la actualidad. En cambio se plantea la cuestión de si
sigue siendo significativo el sentido tradicional del término cultura
en la civilización técnica de un mundo único, o si
la cultura pertenece ya más bien a los fenómenos caducos de la
historia.
3. La situación cultural la determina el espíritu del
tiempo y de la sociedad. Pero este espíritu muda a menudo la concreción
de su rostro. Hoy los cambios se suceden con rapidez. En el ámbito
centroeuropeo se podrían caracterizar, en mi opinión, con las
claves siguientes:
a) Secularización. Los modos de vida, antes
imbuidos de religiosidad, pierden su enraizamiento último en el
fundamento trascendente de Dios, así como el hábitat de un
contexto eclesial. Es discutible si el proceso supone la extinción de
contenidos que eran, en origen, sustancialmente cristianos, o si se trata más
bien de una transformación de los mismos, de una evolución o
desarrollo de sus virtualidades. Hoy el término de secularización
no se refiere tanto a un traspaso al poder del estado de las propiedades (y
bienes culturales) de la Iglesia, sino a una transformación de la
mentalidad y de la conciencia colectiva, que pasa a comportarse como si Dios no
existiera. La tendencia a la secularización está cada vez más
presente en la cultura; al menos desde tiempos de la Ilustración, aunque
su influjo se inicia con la Edad Moderna. No existen indicios de que sea posible
provocar un giro epocal para frenar o corregir de manera decisiva esta dinámica.
En este sentido, la dinámica de la secularización parece
irreversible. Más adelante consideraremos qué implicaciones
tiene esto para la religiosidad en general.
b) Funcionalización. La realidad ya
no se comprende desde el mundo en su totalidad o desde el ser en general, sino
que se concibe desde los fines u objetivos que corresponden a parcelas
sectoriales. Lo que está en primer plano no es tanto el significado
propio de la realidad en sí, sino su finalización en aras de un
propósito racional. Los distintos ámbitos (como la economía,
el deporte, el arte, la religión o la medicina) se independizan y se
autoexcluyen según determinaciones precisas. Se reprime vigorosamente si
no llega a eliminarse la pregunta por la totalidad del mundo. La
religión aparece como una parcela sectorial más, que podría
servir, por ejemplo, para clarificar algunas situaciones límite del
hombre; o bien, como un servicio para satisfacer necesidades religiosas; si es
que no se le da un interés social completamente marginal. De este modo,
la religión, abandonada a sí misma, pierde su encuentro y su
confrontación originaria con el mundo cultural. La misma religión
padece de esta funcionalización, y se la considera equivalente e
intercambiable con el resto de las manifestaciones culturales.
c) Pluralismo. La libertad religiosa, garantizada
constitucionalmente en la democracia moderna, engendra un pluralismo
religioso e ideológico para el que todas las religiones o ideologías
tienen el mismo valor y están una junto a la otra, cada una con su
pretensión individual. Se trata de una pluralidad que no equivale a una
multiplicidad cualquiera, porque es fundante e inabrogable. La religión
aparece como un asunto predominantemente privado, y se reprime al
menos de hecho su carácter público. Todo lo cual provoca una
situación que se acentúa además por el alto grado de
subjetivismo e individualismo de la sociedad. De manera que el enfrentamiento no
se da sólo entre visiones de la vida o creencias religiosas
irreconciliables; a menudo encontramos también tensiones insolubles a
nivel del individuo, que tiende hacia el sincretismo, haciendo un bricolaje
con una multiplicidad de fragmentos de diversas religiones y cosmovisiones. Se
da así incluso una propensión al politeísmo.
Esta divergencia fundamental, esta antinomia, no se percibe como molesta o
inoportuna, sino que se valora como una expresión de libertad. El individualismo
vacía la convivencia humana de unas normas comunes mínimas, y se
manifiesta especialmente en el ámbito de la cultura, sobre todo en el del
arte, en el que desaparecen casi todos los criterios: en la práctica,
todas las barreras que podía haber impuesto un respeto a la religión,
han sido ya transgredidas en nombre de la libertad del arte.
Estos tres elementos fundamentales secularización,
funcionalización y pluralismo se refuerzan mutuamente y dan lugar,
en su conjunto, a una importante crisis de sentido, tanto a nivel
individual como social, que, sin embargo, se quiere más bien minimizar.
4. La crisis de sentido afecta al diálogo fe-cultura y lo
hace difícil. La Iglesia y la religión aparecen como partes del
sistema social, guiadas por sus propios intereses, a las que se les da trato de
asociaciones. La celebración de los grandes aniversarios históricos
(como por ejemplo los 450 años de la muerte de Lutero) ofrecen a la
religión la oportunidad de un reconocimiento; sin embargo, no hay que
olvidar que en estos casos no importa demasiado la dimensión espiritual o
religiosa auténtica, por lo que esta vía lleva a archivar la
religión como una pieza de museo. Aparece así como uno más
de los monstruos históricos que irrumpen como cuerpos extraños en
nuestro tiempo. Un diálogo auténtico, que admita al menos
hipotéticamente el problema de una exigencia de sentido para el
mundo actual, es posible sólo raras veces.
Antes dijimos que desaparece en gran medida la pregunta por el mundo en su
totalidad; pero hay que añadir que, a pesar de la fragmentación de
los ámbitos vitales que difícilmente permite un sistema
global sí existe una cierta comunión de intereses. La
política es, en este sentido, uno de los pocos «paréntesis»
que tienen una función englobante del sistema, especialmente por lo que
respecta a la opinión pública. No nos referimos a la política
de los partidos, sino al criterio que determina en la práctica qué
es lo relevante para la configuración de la sociedad, el cual está
en estrecha relación con la situación política, con los
programas de los partidos y con las luchas políticas. Este enfoque domina
también el diálogo con la cultura, de manera que, en el fondo, la
política impone su dominio sobre la cultura. Los artistas, por ejemplo,
están, por desgracia, muy influidos y son ellos mismos los que se
dejan influir por la política de partidos (como se revela en los
apoyos de escritores y artistas durante las campañas electorales), y la
consecuencia es una notable pérdida de independencia en la creación
artística.
5. Las condiciones actuales de nuestra civilización
dificultan así el diálogo fe-cultura en Centroeuropa. Entre otros
elementos hay que añadir una brusca ruptura en la transmisión
de la herencia cultural, y, por tanto, también en la transmisión
de la tradición religiosa. Desde 1968 se ha ido derruyendo
progresivamente, en sucesivos embates, la transmisión viva de la tradición
entre generaciones, de manera que hoy podemos hablar de una verdadera fractura
en la tradición y de una ruptura en su transmisión. Y dado que los
personajes y contenidos bíblicos, así como los temas religiosos,
determinan de modo decisivo nuestra herencia cultural, esta ruptura ha
debilitado enormemente nuestra posibilidad de tomar conciencia de esta herencia,
la posibilidad de comprenderla, de conservarla y de preservarla. En cambio, en
su lugar han aparecido otro tipo de bienes culturales, como se aprecia, por
ejemplo, en la música.
No hay que pasar por alto que la cultura se asemeja cada vez más
a un mero entretenimiento, y que para muchas personas su relación con
los bienes culturales obedece a una conducta consumística. Hay una
verdadera «industria de la cultura»: los bienes culturales especialmente
los de moderna creación se producen y se tiran, se usan y se
gastan. Su valor intrínseco es escaso. Además, esta tendencia se
ve reforzada por una fortísima trivialización de la
cultura, que no sólo persigue un mayor acercamiento de la cultura a la
vida cotidiana que en sí sería loable sino que cae,
con frecuencia, en la banalidad. No es sorprendente que esta banalización
vaya a la par con un achatamiento de la profundidad del ser humano y de la misma
realidad, y que desaparezca en gran medida la relación con la
trascendencia.
Hay que recordar también que la relación con la cultura
tiene lugar, en grandísima medida, no en el encuentro inmediato con
el patrimonio cultural, sino, más bien, a través de los medios
de comunicación. El lugar de la cultura lo ocupa, muchas veces, la
televisión, convirtiéndose, para muchos, en el único sucedáneo
que la suple. Y aunque la investigación científica todavía
no proporciona datos seguros sobre el efecto de estos medios, podemos partir de
la base de que a pesar de la existencia de algunas emisiones de gran
valor, que son tremendamente estimulantes desde el punto de vista cultural
los medios de comunicación refuerzan el carácter consumístico
de la cultura y una cierta banalización. A esto se añade el
claro perjuicio que sufre la función educativa de la televisión
(que en Alemania tienen, por ejemplo, las cadenas públicas) debido a su
interés por aumentar los índices de audiencia. Por parte de las
televisiones privadas, en los últimos años ha crecido mucho la
comercialización, y una trivialización de los temas y del estilo.
Con lo cual se pierde por desgracia la ocasión de aprovechar el enorme
potencial del medio televisivo para una promoción intensiva de la riqueza
del patrimonio cultural.
Los temas y las materias que la televisión introduce en el debate
social actual son determinantes y constituyen un potente factor de la actual
cultura de masas; pero la televisión, por su parte, contribuye muy poco a
clarificarlos. Sería ésta la función de ciertas cadenas
especializadas de televisión, de emisiones especiales de radio o de
ciertas publicaciones escritas. A pesar de la progresiva disminución de
los hábitos de lectura que va creando nuevos analfabetos en las
nuevas generaciones, sobre todo (aunque no exclusivamente) entre los hijos de
los inmigrantes no obstante, la importancia del libro y del periódico
está destinada a perdurar todavía durante mucho tiempo. Pero el
desarrollo vertiginoso de todo el campo de las telecomunicaciones pone de
manifiesto que la futura sociedad de la información está
amenazando ya desde ahora una genuina cultura de la lectura. Ya hace tiempo
que la comercialización creciente ha convertido toda la cultura en
mercancía. La mercancía está a merced de la demanda, y
es intercambiable con las nuevas mercancías que van apareciendo. Cuando
las ventas disminuyen, se la desecha, independientemente del valor intrínseco
que pueda tener.
En esta situación global el diálogo fe-cultura se enfrenta con
dificultades cada vez mayores. Ello es indudable por lo que respecta a su papel
en la vida social y en la política cultural. La constante privatización
del fenómeno religioso hace que la religión se vuelva en
cierto modo invisible, porque queda completamente reducida al ámbito
privado. Es verdad que la religión aparece a veces públicamente
cuando sirve a una interpretación o instrumentalización política;
pero a costa de perder, por este uso funcional, su alma.
Sin embargo, en medio de este proceso por el que la religión es
excluida de la esfera pública, aparece simultáneamente otro fenómeno
singular. A la religión no se la quita simplemente de en medio. Más
bien vuelve a aparecer en la sociedad, pero en una multiplicidad de formas
altamente dudosas. Se manifiesta a menudo en formas individualistas y
subjetivistas, a las que antes hicimos referencia con el apelativo de un
nuevo sincretismo. La religión se convierte en una mescolanza a la carta
según las necesidades personales. Con frecuencia esta religiosidad
subjetivista carece de contacto con una comunidad y se distancia de su vínculo
natural con una ética. Pierde de este modo el necesario apoyo de una
comunidad y de una institución que la sustente, y además padece
por la disminución del control social que en una comunidad grande
se da de forma natural perdiendo en transparencia, razonabilidad y
fiabilidad. De este modo la religión se enmohece y se acerca a la
superstición. Es impresionante la renovación y difusión de
cultos satánicos, de antiguos ritos precristianos y también de símbolos
cristianos alterados (como las misas negras). La experiencia nos enseña
que estos arrebatos religiosos, que surgen casi siempre en círculos
alejados de la Iglesia, tienen una vida breve y no dejan secuelas; sin embargo,
como en ellos se suelen mezclar temas de sexo, de dinero o de estructuras
autoritarias, contribuyen a sepultar aún más la estima de la
sociedad por la religión. Esto se aplica en primer lugar al
comportamiento de numerosas sectas.
En estas circunstancias el diálogo fe-cultura sufre toda una serie de
perjuicios extras. La fe cristiana tiene que insistir mucho más que
hasta ahora en una crítica ideológica que desenmascare estas
realidades por medio de un serio discernimiento de espíritus. El
cristianismo tiene que llevar a cabo una profunda crítica religiosa de
estos fuegos fatuos, orlados de una religiosidad dudosa, que dormitan bajo capa
de una sociedad pretendidamente liberal y secular. Si no se hace así ni
siquiera la fe bíblica escapará a la confusión. La Iglesia
tiene que cuidar mucho más su propia herencia cultural, reaccionando con
mayor dureza contra la cursilería que se ha introducido, por ejemplo, en
el folclore o en las peregrinaciones. Nos hace falta una amplia cultura
religiosa de masas, para la cual contamos con bastantes buenos puntos de
arranque.
7. Los elementos negativos no acaban con las esperanzas para el diálogo
fe-cultura. Al contrario; con este retrofondo, el diálogo puede adquirir
una cualidad completamente nueva, aunque bajo determinadas condiciones.
Hoy ya no existen muchas instituciones públicas que cuiden del
patrimonio cultural de modo efectivo. La Iglesia tendría que entrar en
una relación más estrecha con los centros de cultura, y, en
particular, con los que se encargan de conservar la cultura. Lo mismo vale para
las ciencias culturales de las universidades, tanto a nivel de la docencia como
de la investigación. La fe tiene que salir en ayuda del
patrimonio cultural con el apoyo social de la Iglesia, para que se tome
conciencia de él y se logre evitar su desaparición. A lo largo de
los siglos la Iglesia ha sido un transmisor de cultura potente y eficaz, y esta
función perdura hasta el día de hoy. Sería necio escatimar
recursos en este tema. Partiendo de una cultura de inspiración cristiana
es posible todavía instaurar un diálogo que lleve a muchos
alejados a un encuentro con la fe. El diálogo no tiene una función
de mera custodia.
La Iglesia ha de promover también el diálogo fe-cultura
comisionando obras a los creadores de cultura. No sólo para construir
iglesias o para decorar artísticamente los espacios interiores, sino
también en el campo de las artes plásticas, de la música,
del teatro, e incluso del cine. No hay que excluir prácticamente ningún
sector. Si la Iglesia se caracterizaba antiguamente por un amplísimo
mecenazgo, hoy no puede renunciar a pesar de contar con medios más
modestos a seguir comisionando obras de arte. Y tiene que tener también
el valor de acercarse a artistas reconocidos que quizás en su obra
precedente hayan tratado poco, o apenas, los temas cristianos. El diálogo
exige vencer la timidez a hacer nuevas experiencias, afrontando los riesgos tal
y como son. Por supuesto, hay que saber distinguir entre una provocación
auténtica, verdaderamente inteligible, y el simple escándalo
sensacionalista. Pero hay muchos ejemplos de cómo expresar eficazmente la
novedad básica del cristianismo por medio de formas insólitas.
En este diálogo la Iglesia tiene que mantenerse alerta para no
ignorar ciertos puntos de enganche para la fe que hasta ahora han permanecido
latentes o apenas utilizados porque parecen contener elementos atrevidos,
provocativos o escandalosos. Me viene por ejemplo a la memoria la brutal fuerza
expresiva con que a menudo se visualiza en las Iglesias la violencia de la
crucifixión. Pero pienso también en cómo afrontar las auténticas
preguntas fundamentales de la existencia humana, como el dolor y el sufrimiento,
la pérdida de los seres queridos y la muerte. A este respecto, el
arte puede suscitar y profundizar en el espacio eclesial la experiencia de lo
humano. Si no seguimos el camino de lo humano en las grandes creaciones artísticas
e interrumpimos demasiado pronto el diálogo, corremos el riesgo de
truncar dimensiones importantes de la existencia humana y privar también
al cristianismo de la fuerza que necesita para penetrar en el mundo y en la
cultura.
8. Para este tipo de encuentro, y para un nuevo diálogo, hacen
falta algunas estructuras. El cometido del diálogo no se puede dejar
simplemente a la improvisación. La Iglesia necesita personas adecuadas, y
también dada una cierta extrañeidad entre fe y cultura
una mediación estable con unos foros públicos en los que llevar a
cabo el diálogo. Por ello, en Centroeuropa han ido surgiendo en las décadas
pasadas, a pesar de muchas dificultades, una serie de instituciones, que hoy son
imprescindibles para el anhelado encuentro fe-cultura.
a) En primer lugar están las academias católicas,
que gracias a su libertad representan un puente de especialísima
importancia para el diálogo con la cultura moderna, por lo que su
trascendencia no se puede sobrevalorar. Éste sería de por sí
el tema de toda una ponencia, aunque seguramente saldrá a lo largo del
encuentro, dado que estamos reunidos precisamente en una academia que ha
realizado este diálogo de forma ejemplar desde hace cuatro siglos.
b) La formación de adultos tiene en conexión
con muchas instituciones, como museos capitulares, archivos, visitas a talleres
artísticos, etc. muchas posibilidades de promover este importante
diálogo.
c) Una casa editorial independiente, de inspiración
cristiana, tendría una importancia fundamental, de lo cual falta o
se ha perdido una justa valoración y toma de conciencia por parte
de la Iglesia.
d) En muchas diócesis hay a lo largo del año ocasiones
para este diálogo que se repiten periódicamente; por ejemplo, el «miércoles
de ceniza para los artistas». En las casas de formación de
Centroeuropa hay también exposiciones periódicas, con las
correspondientes visitas guiadas y simposios.
e) Para la Iglesia es irrenunciable procurarse expertos profesionales
u honorarios que sean de utilidad en estos ámbitos, así como
proveer a su formación, tanto inicial como permanente.
9. Muchos son los aspectos que quedan por tratar. Mi exposición
no ha querido ser sino un incentivo para el diálogo. En el actual diálogo
fe-cultura hay que saber reconocer con cautela las dificultades existentes, pero
es claro que no hay ningún motivo para caer en la resignación. Tal
y como corresponde a la naturaleza de la fe y a la naturaleza del arte, el ámbito
del diálogo entre ambos ofrece siempre nuevas sorpresas. Por ello es
bueno que exista un Consejo Pontificio de la Cultura, que suscite y aliente este
diálogo, y que recuerde cómo este intercambio no pertenece sólo
al pasado, sino que forma parte también hoy, y con vistas al
futuro de la misión fundamental de la Iglesia. Una Iglesia falta de
cultura, o ajena a ella, se autodestruiría. La fe no puede prescindir
nunca de una inculturación que proteja todo lo que es digno de
ser conservado, y que lo reproponga de nuevo en toda su frescura, que se
atreva a experimentar lo nuevo y a transmitirlo: nova et vetera.
(Français)
Mgr Karl Lehmann relève que la crise du sens qui affecte le
dialogue foi-culture en Europe Centrale est due à trois facteurs: une sécularisation
qui paraît irréversible, une «fonctionalisation» qui présente
la religion comme une approche supplémentaire, un pluralisme qui renvoie
la religion dans la sphère privée. S'ajoutent une brusque rupture
dans la transmission de l'héritage culturel, une banalisation et une
mercantilisation de la culture, et l'apparition de nouvelles formes syncrétistes
de religiosité. Aussi l'Eglise doit-elle défendre le patrimoine
culturel, développer un discernement critique des succédanées
de religiosité, et utiliser les points de rencontre avec la foi, comme
l'expression artistique, trop souvent ignorés.
(English)
Bishop Karl Lehmann argues that the dialogue between faith and
culture in Central Europe is affected by a crisis of meaning brought on by three
factors: an apparently irreversible process of secularization, a sort of
functionalization which makes religion appear to be just one among many sectors
of existence, and a pluralism which consigns religion to the purely private
realm. In addition, an abrupt halt in the transmission of the cultural heritage,
a banalization of culture, and the appearance of new syncretistic forms of
spirituality are all contributing to the decline of religion. In this context,
the Church must come to the aid of cultural heritage, implement a serious
discernment of pseudo-religions, and be open to using points of contact with
faith, like artistic expression, rarely tapped.
CHRISTIANITY AND CULTURE IN CENTRAL EUROPE
Between Culture and the Christian Heritage
Raimund LÜLSDORFF
Since the second Vatican Council the concept of "Evangelization"
has become, as it were, a key word to describe the Church's vocation in the
world. At the same time "Evangelization" means proclaiming the message
of salvation to people in the sense of penetrating and perfecting the
temporal sphere of things through the spirit of the Gospel (AA 2).
In recent years the theme of the "evangelization" of the world has
certainly been discussed more intensively, and to some extent more critically.
People ask to what extent the autonomy of the temporal sphere should be
protected from culture, society and politics; in view of the concept of "re-evangelization"
which is also in vogue, there seem to be good grounds for doubt about whether
there ever was a culture permeated by the Gospel.
The 1975 Apostolic Exhortation Evangelii nuntiandi reminds us that
the evangelization of the temporal sphere (which, in this context, can
essentially be identified with culture) is for us a permanent commitment.
"What matters is to evangelize man's culture and cultures (not in a
purely decorative way as it were by applying a thin veneer, but in a vital way,
in depth and right to their very roots).... The split between Gospel and culture
is without a doubt the drama of our time, just as it was of other times.
Therefore every effort must be made to ensure a full evangelization of culture,
or more correctly of cultures. They have to be regenerated by an encounter with
the Gospel" (no. 20).
But if one considers the early days of the Church in terms of an "evangelization
of culture", one is bound to be brought quickly down to earth. "I saw
a beast emerge from the sea; it had seven heads and ten horns, with a coronet on
each of its ten horns, and its heads were marked with blasphemous titles.... For
forty-two months the beast was allowed to mouth its boasts and blasphemies and
do whatever it wanted" (Apoc 13.1,5). With these words the last
book of the Bible, the Apocalypse of Saint John, describes nothing other
than the greatest and most significant exponent of cultural policy of 1900 years
ago: the Roman Empire. Apocalyptic images and expressions depict the most
glaring contrast imaginable between Christianity and culture. According to Apoc
19.20, in the end the beast was not evangelized, but "thrown alive into the
lake of burning sulphur".
A good 200 years later, quite different tones are to be heard in the Vita
Constantini of Eusebius of Caesarea. We read that, at the great festive
banquet on the occasion of Constantine's celebration of twenty years' rule on
the 25th. July 325,
"no bishop was missing from Caesar's table. What happened there beggars
description, for bodyguards and imperial guard kept watch with drawn swords
around the outer court of Caesar's palace; but the men of God were able to
wander around between them and get right to the heart of the palace. There some
of them lay on the same cushion at table as Caesar, while the others reclined on
couches on either side. It would have been easy to take this for an image of
the Kingdom of Christ..." (Vita Const. III,15 in: BKV²
I,105).
The line of convergence or even congruence between Church and State, which
began with Constantine, has continued in the Eastern Church's self-
understanding. But such tendencies are also not unknown in the Western Church.
In competition with Constantinople, but precisely because of that in formally
far-reaching agreement, the kingdom of the Franks took on a more and more
theocratic character from the Merovingian domination throughout the Carolingian
period and the time of Otto. It was no accident that Charlemagne wanted his
close acquaintances to call him "King David", or that we speak of the "Holy
Roman Empire", with the later addition of "German Nation". This
sacral understanding of the State has direct consequences for culture, art and
science, in which there is a fusion of what is spiritual and what is worldly.
The attempts of the Popes to acquire worldly power and cultural prestige were no
different; in political terms, such endeavours reached their peak with Innocent
III, from the cultural point of view with the Renaissance Popes.
This fusion of Church and State, which was striven for by both sides, is
past history in Germany at the end of the 20th century, barely 200 years after
secularization. If we speak of Church and culture in Germany, the word "Kulturkampf"
must inevitably be part of our vocabulary. You will understand if I, as a deacon
of the Archdiocese of Cologne, make mention of the so-called "Cologne
affair", the arrest of Archbishop Clemens August von Droste zu Vischering
in 1837. The division between Church and State, between Christian heritage and
culture, has gone on continuously since then, though quietly and unobtrusively.
In our own day the Karlsruhe judgement on crucifixes has caused a furore: I must
say no more on that case, about which so many people have already commented. But
it also simply highlights a development which, to some extent, similarly emerges
from the realm of sects and ideologies: religion has become a private affair,
which the State tolerates as long as it does not challenge its principles. And
so, in contrast with former decades and centuries, the encounter with other
religious and pseudo-religious movements within our culture is becoming a matter
which, more and more, concerns only the Church, and which the State avoids.
This would correspond to the situation of the early Church, were one not
faced constantly in western culture with the Christian heritage. Concepts,
institutions and even ideals have to a large extent survived; however, their
Christian origin has become obscure. We need only look at the commandment to
love our neighbour: everybody, at least verbally, approves of it, but its
Christian roots in the Good News have faded into oblivion - there is even
disagreement about the need for such roots.
Despite these tendencies, nothing is solved by sharp divisions like the one
which was precipitated during the persecutions of the early days in the Apocalypse.
The Church will betray its task and its original self-understanding if it
presents itself almost as a lifebuoy in the sea of life. The Dogmatic
Constitution on the Church described it as "a kind of sacrament or sign of
intimate union with God, and of the unity of all mankind" (Lumen
gentium 1). Through the Church everything in heaven and on earth is to be
brought to Christ and in Him find its culmination. Were she to stand aloof from
the world, the Church would be acting contrary to her mission. Today we are
faced with the great task of reuniting western culture with its original roots,
the heritage of Christianity; the only question is just how this can be
achieved.
The difficulty arises from the fact that not only does the absolute
separation between Church and culture turn out to be unacceptable, but also the
theocratic conception of State and culture is clearly incapable of bringing
about the Kingdom of God on earth. The tension between Church and world is to be
resolved neither in pure opposition nor in identity; it is evidently a constant
element in Christian existence. According to the Gospel of John, Jesus does not
ask the Father to take his disciples from the world, even though they are not of
the world, but simply to protect them from the evil one. That seems to be
something which is not limited to a particular time, but valid for ever. In the
same way Paul's warning against conforming oneself to the world is obviously not
meant just for the Romans. And to this day what is God's belongs to Him, but the
same is true of Caesar, of the Chancellor, the President or any other ruler.
There is no category which can embrace the "unity in distinction" of
culture and Christian heritage.
At the beginning I quoted the Apocalypse from the end of the first
century after Christ and the Life of Constantine form the beginning of
the fourth. About half way between these two works, towards the end of the
second century after Christ, there appeared a Christian apology which has come
down to us as the Letter of Diognetus. The verses which are probably
most often quoted from this letter also deal with the relationship between
Christianity and the world:
"To put it briefly, Christians are to the world exactly what the soul
is to the body. The soul is spread through all the parts of the body, as
Christians are spread throughout the cities of the world. And while the soul
lives in the body, it is not of the body. Christians, likewise, live in the
world, but they are not of the world. The soul is invisibly kept in the visible
body; with Christians, too, people know that they are in the world, but their
religion remains invisible.... While the soul is locked inside the body, it also
holds the body together. Christians, too, are held in the world as in a prison,
but they hold the world together" (Letter of Diognetus 6,1-4.7).
These verses save my judgement of the key formula for our problem: culture
and Christian heritage must mutually pervade and enrich each other. They are
capable of this, since they differ like soul and body, but for that very reason
are ordered to each other. Thus, on the one hand, Gospel and culture differ in
their essence and objective. But, on the other hand, at least according to the
Platonic notion of the world which lies at the basis of the Letter of Diognetus,
in the end they serve the same end, that of using created means and images to
refer to the divine original. In this respect culture depends entirely on
enlightenment through the Gospel, if it is not to miss its final goal.
Christianity rightly understood is thus the entelechial principle of
culture, which leaves its impression and forms it just as the soul does the
body: Christianitas forma culturae. For its part culture provides the Gospel
with patterns, forms and styles of expression, in which it can take shape.
Already Basil of Caesarea led his young pupils, by choosing judiciously, to make
use of the wisdom to be found in pagan culture, literature and music. Just 1500
years after Basil's death, in 1879, Leo XIII, in his Encyclical Aeterni
Patris, was similarly encouraging regarding the use of philosophy. This
rules out any basic separation between Christianity and culture, just as, of
course, the separation of soul and body is nothing less than the death of the
person. But the relationship between the Christian message and a culture should
not be one of identity; on the level of images - in the realm of anthropology -
this would be pure materialism, and on the level of things - in the realm of
ideologies - it would be typical fundamentalism.
If we take Christianity seriously in its role as the "Soul" or
formal principle of culture, we should concern ourselves not with this soul's
uniformity but rather with its unity. In the case of Germany, the motherland of
the Reformation, as long as Christianity is split and various Christian churches
and communities separately claim the right to represent Christ, culture is like
the "dípsychos" of the letter of Saint James. One could even
say that, since there are many more than the two great Christian churches in
Germany, in this respect society is like a "polýpsychos", thus
as something inwardly divided. The implications of ecumenism are not, therefore,
restricted to Christians; ecumenism is essentially a service to culture and
society. As the Apostolic Exhortation Tertio millennio adveniente
indicates, the hint of a step towards the unity of Christians must be enough.
The description of Christianity as the "soul of culture" is in
tune with this postulate of Evangelii nuntiandi: "Though
independent of cultures, the Gospel and evangelization are not necessarily
incompatible with them; rather they are capable of permeating them all without
becoming subject to any one of them" (no. 20). Christianity does not need
to find a way around culture, but a way into culture: to illuminate it, not to
eliminate it. This sort of interpenetration can only be helpful to both
principles: culture retains an orientation in its striving after values and
ideals, and the Christian heritage becomes richer in forms which finally bring
to expression the goodness, truth and beauty which culminate in God. In this way
the autonomy of earthly realities is also safeguarded, in the way called for in
Gaudium et spes, precisely and only because it is something embraced and
supported by God.
In this respect, by my remarks I should like to argue that culture and the
Christian heritage in central Europe should be neither kept apart nor considered
identical. Anyone who gives up, resigned to being unable to make a Christian
impression on culture, is ultimately being disloyal to his or her calling as
synergós tou theou in bringing the world together in Christ.
Anyone who aims at congruence between culture and Christianity may lose sight of
legitimate autonomy of both spheres, and this can have disastrous consequences.
In this sense it strikes me that it is worth reflecting on the oft-repeated
assertion that the rate of abortion is highest precisely in particularly
Catholic countries. I have not been able to check this assertion. But if, like
Churchill, I say that one can criticize only the statistics one has falsified
oneself, nevertheless I think this state of affairs is quite within the bounds
of possibility. Is the danger that Christianity will become an empty shell not
really greatest where it formally dominates public life, without necessarily
having to concern itself with people's inner convictions? Identifying
Christianity and culture too closely prepares fertile ground for a confusion of
Christian spirituality with external structures. Of course the Good News must
assume some form; but when it ossifies in forms, it degenerates into dead
ritual. For example, a society which effectively gives an unmarried mother only
the choice between abortion and being ostracized, is hardly an evangelized
society, but one which is in need of being evangelized.
(Français)
Selon Raimund Lülsdorff , la religion chrétienne a
toujours balancé entre deux extrêmes : celui de la persécution
religieuse et celui de l'absorption par le pouvoir temporel. Pourtant, tant la séparation
absolue de l'Eglise et de l'Etat, que la fusion théocratique de l'Eglise
et de la culture, sont inacceptables. La Lettre à Diognète
décrit les chrétiens comme l'âme du monde, et le
christianisme comme l'âme de la culture. Selon cette analogie, l'action de
l'âme est discrète, mais effective. le christianisme doit être
capable d'influencer avec efficacité la culture, sans se lier trop étroitement
au pouvoir politique, ni le nier. Il doit imprégner la culture sans se
soumettre à elle.
(Español)
Según Raimund Lülsdorff , la religión cristiana
ha oscilado siempre entre los extremos de la persecución religiosa y la
absorción por parte del poder político temporal. Pero tanto la
separación absoluta de Iglesia y estado como la fusión teocrática
de Iglesia y cultura son inaceptables. La Carta a Diogneto describe a
los cristianos como alma del mundo, y al cristianismo como el alma de la
cultura. Según esta analogía, la acción del alma es callada
y discreta, pero efectiva. El cristianismo debe ser capaz de incidir
eficazmente en la cultura sin renegar del poder político, pero sin
ligarse tampoco demasiado estrechamente a él. Debe permear la cultura,
pero nunca someterse a ella.
LE MONASTÈRE ET LA VIE MONASTIQUE,
ICÔNES DE LA JÉRUSALEM CÉLESTE
Intervention pour la Conférence Internationale «Monastères
- Centres spirituels et culturels de la Russie» organisée par le
Russian Institute for Cultural Research et la Russian Academy of
Sciences. Moscou, 2-6 Septembre 1996.
Luca PELLEGRINI Conseil Pontifical de la Culture
Beaucoup parmi nous ont certainement éprouvé cette quiétude
des sens et des émotions, que seuls peuvent donner le silence et la paix
d'un monastère. Arrivés sur le seuil, une fois ouvert l'imposant
portail, nous voici introduits dans le cloître. Après nous être
approchés du puits, avoir visité l'église et nous être
retirés dans notre cellule, nous goûtons un temps «différent»,
tout en traversant des espaces à l'ordonnancement logiquement structuré.
Le moine nous invite à jouir de cette réalité renouvelée,
à contempler cette représentation quotidienne d'un mystère,
tandis qu'il nous invite délicatement à réfléchir
sur l'image à laquelle renvoie ce petit univers dont les espaces et le
temps, précisément, sont icône et recherche.
Monachica vita et quae in ea peragitur contemplatio, res est sacra
(Giustiniano, Novellae, 133). Le monachisme se comprend à travers
les catégories de «mystère» et de «res sacra».
Il est fait pour témoigner de la recherche inassouvie d'une vie renouvelée
sous le signe du Christ et transformée par sa présence parmi nous
(cfr. A. Silvestrini, Introduzione, in La testimonianza della vita
religiosa nelle Chiese orientali, Città del Vaticano 1994, pp. 1-5).
C'est la nouvelle communauté des citoyens de la «civitas Dei»
que les communautés monastiques entendent réaliser: la cité
de Dieu, la Jérusalem de la foi, incarné dans cette petite cité
des hommes, qu'est le monastère.
Ici, l'espace se sacralise, pour reproposer cette symphonie secrète
liée aux espaces fréquentés par le Sauveur dans «sa»
Jérusalem, la Jérusalem historique: le Temple, le Cénacle,
le Mont des Oliviers, le Golgota, le Sépulcre. Ainsi, le temps sanctifié
dans son déroulement devient sanctifiant, parce que modelé sur le
temps saint du Triduum Pascal vécu par Jésus à Jérusalem:
entrée dans la ville, prière et souffrance, cène, silence
de la mort, descente aux enfers, résurrection à la vie, ascension
au ciel. L'espace et le temps du moine, fixés par la Règle qui
trouve dans les conseils évangéliques sa source normative, représentent
analogiquement l'espace et le temps de la Jérusalem historique de Jésus-Christ,
figure et anticipation de la Jérusalem nouvelle, celle du ciel, qui émerge
de la résurrection et dans la résurrection nous est promise. Voici
donc le moine. Dans sa vie quotidienne, il revit le passé de l'histoire
du salut en ce qu'elle a de central. Il en fait mémoire, chaque heure et
chaque jour, dans son «ora et labora», anticipant ainsi les
temps et les modes de la Jérusalem céleste, dont il est l'icône
dans sa propre vie. De fait, à travers une vie terrestre semblable à
celle du ciel, le moine tente de réduire la disproportion entre la Jérusalem
de la terre et celle du ciel, disproportion effectivement diminuée par la
force, la profondeur et l'intensité de la vie monacale, dans sa référence
à un modèle, son existence en un espace et des temps bien codifiés,
en y incarnant une tension eschatologique et une dimension prophétique.
Le moine sait et il est conscient de la vérité des paroles de
l'auteur de la lettre aux Hébreux: «... nous n'avons pas ici-bas de
cité définitive, mais nous cherchons la cité future» (Hb.
13, 14). C'est une maturation lente et progressive qui, de l'aspect transitoire
des choses humaines, porte à la profondeur du sens de la cité de
Dieu, à laquelle sont liées une intelligence et une vraie création
de formes d'art et de civilisation chrétiennes comprises comme faisant
partie du dessein de salut de Dieu.
Certes, le moine est soumis à la stabilité dans son «hortus
conclusus», mais c'est l'ensemble de la communauté qui se fait
dynamique dans son pèlerinage en esprit: dans le monastère, la
communauté reste attachée au lieu qui est, par excellence, celui
de la recherche de Dieu, de la véritable et ultime stabilité,
celle qui est en Dieu. Il est intéressant de relever une image que les
saints Pères ont souvent développé dans un sens marial: la «mater
Dei», c'est le nouveau paradis, terrestre et céleste en même
temps, coeur nouveau de la création, lieu et mode de la présence
divine dans l'univers. La Vierge conserve en son sein l'Arbre de la Vie, dont le
fruit est la vie même, «ipsum quoque lignum vitae Christum Deum
et hominem Dominum paradisi caelestis» (Rupert de Deutz, In Cant.
IV, CC 126, 86). Le monastère exerce pour les moines une
fonction maternelle, semblable à celle de la Mère de Dieu vis à
vis du Fils de Dieu et des fils dans le Fils: c'est le centre de la vie, il
assure protection, bonheur et salut. Petite portion de l'Église, il en
assume les fonctions de «mater et magistra», icône de la
cité sainte. C'est l'«hortus conclusus», le nouvel
Eden, jardin clos par la Trinité, comme le fut Marie (cfr. Cantique
des cantiques, 4, 12-13), selon la toute-puissance du Père, la
sagesse fortifiante du Fils et l'immense miséricorde de l'Esprit (Thomas
de Perseigne, In Cant. VII, PL 206, 458). L'Eden, détruit
par le péché, réapparaît dans l'image d'une cité
nouvelle, dont le monastère est, à son tour, l'icône la plus
proche et la plus sûre.
Jérusalem, donc, signe pour l'homme et pour le croyant, lieu privilégié
de la rencontre et de l'union entre Dieu et l'humanité, est aussi signe
du mystère, cité qui dépasse la dimension historique et géographique,
pour devenir l'aire salvifique et eschatologique que le monachisme a interprété,
grâce à une culture et à un art spécifiques, tout en
cherchant à la réaliser par analogie dans le concret et le
transitoire de l'histoire et des diverses cultures.
«Je vis la cité sainte, écrit saint Jean au chapitre 21
de l'Apocalypse, la Jérusalem nouvelle, descendre du ciel, d'auprès
de Dieu, toute prête comme une fiancée parée pour son époux...
Voici la demeure de Dieu parmi les hommes!... Et Celui qui siégeait sur
le trône dit: "Voici que je fais toutes choses nouvelles"».
Voici donc le monastère, icône de la Jérusalem nouvelle, que
nous nous apprêtons à découvrir dans cette nouvelle optique
de foi et de culture. Et comme la gloire de Dieu illumine la cité
nouvelle, il n'y aura plus pour cela de nuit, et rien d'impur n'y entrera (Cfr.
Ap. 21, vv. 23, 25 e 27), ainsi le monastère vit et vibre sous la
lumière nouvelle, et les moines qui l'habitent avec des temps nouveaux,
marqués par des heures nouvelles, celles de la louange et de l'adoration,
se tournent vers le coeur de leur foi, le mystère du Christ, pour
habiter un nouvel espace sacré et devenir ainsi ces bienheureux «...
qui auront part à l'arbre de la vie et pourront entrer par les portes
dans la cité» (Ap. 22, 14).
1. La vie monastique entre «déjà et pas encore»
C'est dans la tension, jamais relâchée, entre la mémoire
historique du passé, revécue dans la liturgie et la tradition, et
la prophétie que cette liturgie incarne, que la communauté
monastique, consciente de soi, marche vers son modèle, la Jérusalem
nouvelle. Dans l'histoire transitoire du monastère s'incarne tant l'idéal
de la communauté primitive de Jérusalem, tant celle de la
communauté des saints de la Jérusalem nouvelle, en une harmonie de
temps méticuleusement réglés et des structures bien ordonnées.
Depuis les siècles d'or de la spiritualité monastique, on découvre
que la règle fondamentale qui oriente l'intelligence et la vie du moine,
c'est l'intimité de l'Évangile avec l'histoire de l'Église,
c'est l'orientation de la totalité de sa propre existence vers la «historia
salutis». L'hagiographie monastique met toujours la vie du moine en
relation, d'un côté, avec le tracé historique du salut, décrit
dans la Bible, et de l'autre, avec la réalité que devient désormais
le Paradis réouvert avec la mort et la résurrection du Christ. Le
moine, «vir Dei, homo Dei», devient celui qui, par
libre choix, en adoptant une Règle, décide de revenir à
une vie apostolique pure, celle de la Jérusalem historique, dans laquelle
le «labora» détermine les devoirs, visualise les
finalités, et à une vie qui dans l'«ora», la prière
et la liturgie, prend comme modèle la dimension de la louange pérenne
que les saints et les justes offrent à Dieu dans la Jérusalem céleste.
Cette vie béatifique, communion et union avec Dieu, a besoin, chez le
moine, d'espaces et de temps particuliers, ceux inspirés par les images
de la Jérusalem céleste, que l'on tire des textes sacrés de
la Bible. L'art clunisien est le meilleur réceptacle de cette recherche.
Un épisode de la reconstruction de Cluny dans la seconde moitié du
XIe siècle révèle l'archétype fondamental de la
conception de la nouvelle planimétrie. Saint Pierre, apparu en songe à
l'ancien abbé de Baume, Gunzo, retiré à Cluny, l'invite à
convaincre l'abbé Hugues de reconstruire l'église, et celle-ci
devra reproduire tel quel le modèle du temple de l'Apocalypse,
avec les mêmes dimensions et les mêmes détails
architectoniques (cfr. La Gerusalemme celeste. Immagini della Gerusalemme
celeste dal III al XIV secolo, a cura di M. L. Gatti Perer, Vita e Pensiero,
Milano 1983, pp. 97-101). Le monastère, surtout pour l'ordre cistercien,
est l'anticipation la plus évidente qui soit de la Jérusalem céleste:
lieu de contemplation, d'attente et de désir. Mais il est aussi figure et
icône de la cité mystique, habitée par les saints, dans la
mesure où les moines y conduisent une vie qui en est inspirée,
surtout dans la liturgie et la prière, dans le silence et la communauté,
et dans une expérience mystique vraiment centrée sur le mystère
de l'«escaton», des temps futurs, où le monastère
sera le Paradis réouvert dans la gloire et dans la joie, «porta
caeli». Voici encore saint Bernard qui affirme comment les moines sont
la partie la plus resplendissante du corps de l'Eglise, qui est tout entier
resplendissant, parce qu'ils ont choisi la voie la plus directe et la plus sûre.
De fait, le moine fait profession de «vie apostolique»; est animé
de l'idéal de la communauté primitive de Jérusalem. La
fondation de Clairvaux, en 1115, évoque la fondation des églises
aux temps apostoliques, et grâce à l'ordre monastique, l'Eglise
rejoint et ritualise, en image et dans son style de vie, le temps des apôtres
et des martyrs.
D'autre part, la vie monastique est une «vie angélique» qui
annonce la Jérusalem céleste. Saint Bernard transpose sur la vie
monastique la mystique du pèlerinage aux Lieux Saints: le moine, pèlerin
de la Jérusalem céleste, possède la réalité
des biens dont la Jérusalem terrestre n'offre que la figure. Bref, écrira
saint Bernard, l'ordre monastique est tout à la fois celui qui a été
le premier dans l'Église, bien plus, celui par lequel l'Église a
commencé, et celui qui, plus qu'aucun autre sur la terre, est semblable
aux ordres angéliques, le plus approchant de la Jérusalem céleste
notre mère (cfr. B. Jacqueline, «Saint Bernard et le gouvernement
monastique», Les amis des monastères, n. 83 [juillet 1990]
pp. 20-21).
Écrivant, entre 1123 et 1127, une lettre à l'évêque
Alexandre de Lincoln pour qu'il concède au moine Philippe, en route pour
les Lieux Saints, de s'arrêter et se reposer dans le monastère de
Clairvaux, Bernard précisait ainsi sa conviction:
«Il est donc devenu, non seulement un spectateur attentif, mais aussi
un habitant dévot et un citoyen à tous les effets de Jérusalem.
Non point de cette Jérusalem terrestre, proche avec le Mont Sinaï de
l'Arabie, qui se trouve en situation de servitude avec ses fils, mais de celle
qui est libre, là-haut dans le ciel, et qui est notre mère (Gal.
4, 25-26). Si vous voulez le savoir, c'est précisément Clairvaux.
C'est elle, vraiment, qui est Jérusalem, dans la mesure où elle
est reliée à celle qui est aux cieux par toute la dévotion
de son esprit, par l'imitation de la bienheureuse intimité [avec le
Seigneur], par une certaine parenté avec l'Esprit. Celle-là, comme
il l'assure, est son repos dans les siècles des siècles: il l'a
choisie pour demeure, parce qu'en elle se trouve non point encore la vision,
mais certainement l'attente de la paix véritable, celle dont on dit: "la
paix de Dieu qui surpasse toute intelligence" (Fil. 4, 7).
[Factus est ergo non curiosus tantum spectator, sed et devotus habitator, et
civis conscriptus Jerusalem, non autem terrenae huius, cui Arabiae mons Sina
conjuncutus est, quae servit cum filiis suis; sed liberae illius, quae est
sursum mater nostra (Gal. IV, 25-26). Et, si vultis scire, Clara-Vallis
est. Ipsa est Jerusalem. ei quae in coelis est, tota mentis devotione, et
conversationis imitatione, et cognatione quadam spiritus sociata. Haec requies
ejus, sicut ipse promittit, in saeculum saeculi: elegit eam in habitationem
sibi; quod apud eam sit, etsi nondum visio, certe expectatio verae pacis, illius
utique de qua dicitur: Pax Dei, quae exsuperat omnem sensum (Ph. IV, 7)]»
(Saint Bernard, Epistulae 64, PL, 182, 169).
Un mouvement qui, dans la spiritualité monastique, se fait vertical
et horizontal: un mouvement de Dieu vers les hommes et des hommes vers Dieu,
mais aussi une rencontre entre les hommes pour chercher ensemble la porte à
laquelle frapper, le Christ de la foi. L'abbaye du Mont-Saint-Michel, dans le
Nord de la France, suggère immédiatement le rapport entre le
monastère, avec son emplacement spécifique et son architecture,
avec la Jérusalem céleste. Dans le texte de l'Apocalypse la cité
sainte est placée sur une montagne, elle descend du ciel pour se placer
au-dessus de toute autre cité (Ap. 21, 10). En même temps,
les croyants s'avancent vers la montagne, Jérusalem: la montée du
pèlerin est un autre lieu classique de l'Écriture. Ici encore,
l'ordre de Cîteaux nous fournit une multitude d'exemples en ce sens:
l'abbaye se présente au visiteur comme réalité différente
du paysage qui l'abrite, même si elle s'y est profondément insérée.
C'est la Cité Sainte, partie de la Jérusalem nouvelle, au milieu
du désordre ou du désert qui l'entoure. L'idéal qui conduit
le moine à construire de tels endroits et ensuite à y vivre, est
l'idéal du renouvellement, pour rétablir l'idéal d'une
forme primitive de vie dégradée par le péché, mais
rachetée par le Christ. Dans cette perspective, l'abbaye est considérée
comme une réalisation dans la forme et dans le temps, de son modèle
le plus visible et le plus proche, la Jérusalem de l'Apocalypse.
Le monachisme assume donc pleinement les thèmes bibliques de la «peregrinatio»,
de la «civitas Dei», du «mons» et de l'«hortus»,
en les intégrant dans la dimension spatiale du monastère, avec son
architecture et l'emplacement des divers édifices, et dans la dimension
temporelle de la vie des moines. Pour ces deux dimensions, le centre, non idéal
mais réel, c'est le mystère du Christ, présent ici-bas dans
l'Eucharistie et assis là-haut à la droite du Père, dans la
Jérusalem céleste.
2. Le monastère et la vie monastique: un espace sacralisé
et un temps sanctifié
La vie du moine atteint sa plénitude dans la réalisation complète
du mystère de l'histoire sainte, dont le sommet est la mort, la résurrection
et l'ascension du Christ dans les cieux, et qui siège maintenant dans la
gloire, à la droite du Père. Le moine devient ainsi gardien et témoin
vivant et à un titre particulier de l'«historia salutis»
et il incarne dans le quotidien des espaces traversés et vécus et
dans la division du temps de ses journées, le sommet de cette histoire,
ou la «visibilité» de la rédemption, comme s'il voulait
l'anticiper dans la réalité de sa propre existence qui ne peut
encore la contenir en plénitude, à cause du péché.
Ce rapport du monachisme aussi bien oriental qu'occidental avec l'histoire
sainte le préserve, en outre, de toute contamination philosophique et ascétique
naturelle, pour en faire un phénomène spirituel et culturel unique
dans l'histoire de l'humanité (cfr. B. Calati, «Historia salutis:
saggio metodologico per una spiritualità monastica», in Sapientia
monastica. Saggi di Benedetto Calati, Studia Anselmiana, Roma 1994, pp.
69-101): la vie du moine, dans la sagesse séculaire fixée dans la
Règle, inspirée par les saints Pères fondateurs, est vie «en
image», icône de l'homme nouveau, dont l'ordonnancement social et hiérarchique
reflète celui de la nouvelle Jérusalem. Pour les deux cités,
celle, mystique, du ciel et celle, temporelle, de la terre, recréées
par le monastère, le centre vital et dynamique est le Christ: «Le trône
de Dieu et de l'Agneau sera en son milieu et ses serviteurs l'adoreront» (Ap.
22, 3). Ici, se place l'Eucharistie, en référence directe au
sacrifice du Fils de Dieu pour notre salut et notre libération.
La Jérusalem terrestre, en fait, trouve dans la Pâque de
l'Agneau, dans le Christ crucifié et ressuscité, une nouvelle
signification et de nouveaux points de référence spatio-temporels,
de même que dans le monastère, espace et temps sont renouvelés
par la présence sacramentelle et mystérique du Christ dans
l'Eucharistie. L'église est donc le centre de la vie du monastère:
elle contient l'Eucharistie, lieu, but et source de l'adoration, présence
vraie et réelle de l'Agneau immolé, du Christ Seigneur. Et comme
dans la Jérusalem céleste, autour du livre et de l'Agneau, se
trouvent «vingt-quatre vieillards revêtus de blancs manteaux avec des
couronnes d'or sur la tête» (Ap. 4 ,4), et les fameux «quatre
vivants», ainsi les moines, dans leurs habits spécifiques, se réunissent
en prière d'adoration, de jour et de nuit, communautaire et personnelle,
chorale et silencieuse, autour de l'Eucharistie et de l'Évangile, dans
une riche alternance d'actes liturgiques à l'impressionnante
signification, dont la tradition orientale s'est vraiment faite gardienne
attentive, soigneuse, et fidèle. L'autel est le centre idéal à
partir duquel tout l'espace est engendré. Comme la cité de l'Apocalypse
est déterminée par la centralité du Seigneur Dieu
tout-puissant et de l'Agneau, ainsi l'église du monastère est
tout-entière engendrée par l'autel et tendue vers lui, dont la
signification est liée au culte des martyrs et des saints et à la
présence du Christ immolé. Dans l'abside, enfin, parfaitement
exaltée par la lumière, se résout la tension symbolique
suggérée par le «ciborium», pour donner
libre-cours à la liturgie céleste.
À ce propos, Jean-Paul II écrit dans sa Lettre Apostolique
Orientale Lumen:
«...l'Eucharistie est également ce qui anticipe l'appartenance
des hommes et des choses à la Jérusalem céleste. Elle dévoile
ainsi pleinement sa nature eschatologique: en tant que signe vivant d'une telle
attente, le moine poursuit et porte à sa plénitude dans la
liturgie l'invocation de l'Église, l'Épouse qui implore le retour
de l'Époux dans un "marana tha" sans cesse répété
non seulement par les paroles, mais par l'existence tout entière»
(n. 10). Et le Saint-Père de continuer: «Dans l'action sacrée,
la corporéité est, elle aussi, appelée à la vision
louange, et la beauté, qui est l'un des termes privilégiés
en Orient pour exprimer la divine harmonie et le modèle de l'humanité
transfigurée (cfr. Clément d'Alexandrie, Le Pédagogue,
III, 1, 1: Sch 158, 12), se révèle par tout: dans les
formes du sanctuaire, dans les sons, dans les couleurs, dans les lumières,
dans les parfums. Le temps prolongé des célébrations,
l'invocation répétée, tout exprime une identification
progressive de la personne tout entière avec le mystère célébré.
Et la prière de l'Église devient ainsi déjà une
participation à la liturgie céleste, anticipation de la béatitude
finale» (n. 11).
Le monastère, comme la cité mystique, lieu de rencontre et de
prière, est bien délimité par ses murailles plus ou moins régulières,
par ses portes d'entrée, par l'emplacement topographique de ses édifices.
Lieu de la défense, de la sécurité, de l'intégrité
intérieure et de l'intimité avec Dieu, c'est l'espace vers lequel
s'oriente et s'ordonne tout l'être. Enfin, lieu de la paix, il assure la
nourriture du corps et de l'âme, comme une mère pour son fils.
Portion de Paradis. Pour saint Bernard, Cluny est dans la «gloire» du
Tabor et de la Résurrection.
Pour cela, le monastère n'est pas la simple somme de personnes qui
vivent ensemble, en mettant en pratique leurs convictions dans des comportements
préétablis, mais bien un tissu de relations entre personnes, dont
chacune reçoit une fonction précise, mais pour le bien de la
communauté et non de l'individu. Relations vécues en un lieu, le
monastère, qui assure la vie, ou protège sous la garantie d'un
gouvernement qui devrait être dicté par la charité ou par
l'amour. Comme la cité sainte, comme la Sion de la Bible, le monastère
n'est pas au-dessus des personnes, mais il est la relation subsistante qui lie
les personnes entre elles et, toutes ensemble, à leur milieu qui nourrit
et rénove. Le monastère acquiert ainsi des fonctions maternelles,
protectrices, fécondes, en lui on naît à une vie nouvelle,
on se prépare à celle de la cité céleste, ou encore
aux réalités ultimes (cfr. G. Ravasi, «La città si
chiamerà jhwh shammah, là è il Signore! Iconografia biblica
della Gerusalemme celeste», La Gerusalemme celeste, op. cit., pp.
33-47).
Et si toutes les architectures chrétiennes, d'Orient et d'Occident, révèlent
leur forte charge symbolique comme images de la cité mystique,
Saint-Georges à Salonique et Santo Stefano Rotondo à Rome en sont
les meilleurs représentants. La simplicité ordonnée et
limpide de la construction monastique est, sans le moindre intermédiaire
et à un degré supérieur, icône de la Jérusalem
céleste. Ainsi, toute la vie des moines se déroule autour de l'église.
Cependant un autre lieu rappelle la cité mystique, c'est le cloître,
carré et ouvert sur les côtés par les arcs du portique,
image, lui aussi, du monde nouveau. Le croisement des allées déterminé
par un arbre ou par un puits, marque le centre par lequel passe l'axe du monde,
qui porte jusqu'au ciel. Plus que l'arbre, bien qu'il soit lui aussi symbole de
la vie dans la littérature vétéro-testamentaire, c'est le
puits qui s'impose comme présence qualifiée et signe de la vie
renouvelée. C'est auprès d'un puits que Jésus rencontre la
Samaritaine, renouvelant ainsi le culte à rendre à Dieu, en esprit
et vérité, et se désignant lui-même comme la source
dont jaillit cette eau qui nous rend capables de la vie éternelle (Cfr.
Gv. 4, 1-26).
Les rythmes de la vie monastique, les proportions et l'emplacement des édifices
monastiques sont de vrais catéchismes. Ils se lient de la sorte à
une expérience spirituelle dans laquelle les temps et les lieux se
fondent chaque jour harmonieusement. Selon une perspective typique illustrée
à plusieurs reprises par saint Augustin dans ses Sermones («l'Église
est édifiée maintenant»), l'acte de «descendre» sur
la montagne est un fait qui, pour le moine, devient quotidien. Il s'est produit
dans l'Incarnation et continue à se réaliser, tout en se dévoilant
peu à peu. Cette réalité se réfère à
la construction de l'édifice de l'Église dont le monastère
est une pierre de fondation et dont les moines sont les pierres vivantes. Elle
se réalise dans l'accès à la foi, le baptême, mais
aussi dans la prière et dans la liturgie, nourritures de l'esprit, et
donc dans le développement de la vie chrétienne. Temps sanctifié
et sanctifiant, symbole du jour éternel non plus illuminé par «la
lumière d'une lampe ou du soleil», mais par la foi dans le Christ
Seigneur qui est lumière resplendissante pour tous les hommes (Cfr. Ap.
22,5).
3. Le moine, citoyen du ciel, homme de charité et d'accueil,
d'amitié et de dialogue.
«Le monastère est le lieu prophétique dans lequel la création
devient louange de Dieu et le commandement de la charité vécue de
façon concrète devient un idéal de coexistence humaine, et
au sein duquel l'être humain cherche Dieu sans barrière ni
obstacle, devenant une référence pour tous, les portant dans son
coeur et les aidant à chercher Dieu» (Orientale lumen, n.
9).
Le moine est l'homme de l'accueil, et ce dernier est ordonné à
la recherche de Dieu de la part de ceux qui frappent et à qui il sera
ouvert. Comme le chante Isaïe en son chapitre second, le mont élevé
qui se dresse au centre du monde exerce un pouvoir d'attraction capable
d'attirer vers lui les courants de peuples venus de toute la terre. Sion est la
demeure sainte du Très-Haut. On monte vers la cité sainte, en un pèlerinage
terrestre qui est image du pèlerinage céleste, chemin vers le
futur et vers le haut, c'est-à-dire vers Dieu lui-même. Jérusalem,
dans le texte d'Isaïe comme déjà dans le chapitre 21 de l'Apocalypse,
offre à l'humanité entière un destin de justice, de paix
internationale, sans armes. Caché parmi les bois, posé sur la
montagne, ou encore reposant au fond des vallées, le monastère est
icône de Jérusalem, car il est lui aussi lieu de repos, de paix,
d'accueil, de silence, de prière, lieu de l'esprit.
La prière: elle forge le caractère et les habitudes du moine.
Prière et «peregrinatio» vers le lieu du repos tout au
long du temps. Gabriella Lodolo a justement écrit:
«Le monachisme assume pleinement cette problématique biblique,
en l'appliquant aux moments spirituels de la conversio, du contemptus
mundi, à l'expérience de la conversatio in claustro, où
l'écoute, la fidélité à la parole contenue dans l'Écriture,
dans les enseignements des pères, dans la Regula, dans la communio
même de la familia monastica, conduisent de la crainte à
l'amour, jusqu'à la sainte montagne du Sinaï, sommet de l'âme
et du monde, Paradisus. Cet itinéraire, symbolisé par l'échelle
mystique de Jacob, c'est aussi l'itinéraire de la prière
contemplative, qui se développe dans les quatre moments de la lectio,
de la meditatio, de la oratio, de la contemplatio»
(G. Lodolo, «Il tema simbolico del Paradiso nella tradizione monastica
dell'Occidente latino (secoli VI-XII): lo svelamento del simbolo», in AEVUM,
fasc. II, anno LII [1978], p. 192. Cfr. aussi les p. 177-194, et la première
partie de l'étude, parue dans AEVUM, anno LI [1977], p. 252-288).
Scriptura crescit cum legente, «L'Écriture croît
avec celui qui la lit», aimait à répéter saint Grégoire-le-Grand.
La vie monastique est donc une actualisation de la liturgie céleste:
célébration pascale en train de se réaliser. Dans la prière
s'actualise la charité unitive, cette charité qui nourrit et modèle
le dialogue, pour devenir recherche et fondement de l'unité dans la vérité.
La vie monastique, parce que, plus qu'aucune autre, elle met en condition de réaliser
l'union sponsale avec le Verbe, est le lieu du dialogue, de l'amitié et
de la fraternité, du pèlerinage commun vers le Sabbat éternel.
Le «dialogue de la conversion», comme l'appelle Jean-Paul II dans sa
Lettre Encyclique Ut unum sint, sur l'engagement oecuménique,
celui qui «... surtout tend à avoir une dimension verticale qui
l'oriente vers celui qui, Rédempteur du monde et Seigneur de l'histoire,
est notre réconciliation» (n. 35). Le moine, homme de la réconciliation.
Ainsi l'amitié du moine, «...la spiritualis amicitia,
est le signe prophétique, soit in claustro, soit in saeculo,
de la charitas, de la communio, de l'humanitas» (G.
Lodolo, ibid.). C'est bien la figure du starez russe, le saint
moine ancien, figure dans laquelle se fondent harmonieusement une intense vie
intérieure dont la mystique profonde demeure presque toujours cachée
aux yeux des hommes, et une ardente charité mise au service de ceux qui
sont dans le besoin. Il entend l'appel intérieur à cette charité
vécue et témoignée en une intense paternité
spirituelle. En raison de cet appel, il rayonne la paix et la joie. Comme tous
les saints russes, il lutte pour le triomphe du Royaume de Dieu. Pour la
spiritualité russe:
«À travers l'ascèse, la prière continuelle, le
sacrifice de ceux qui souffrent, la non-résistance au mal, l'humiliation
radicale de la raison et l'amour fraternel, l'existence humaine est transfigurée
et dans l'Église s'anticipe la réalité mystique et
eschatologique de la Jérusalem céleste» (S. Virgulin, «La
spiritualità russa», in The Common Christian Roots of the
European Nations, Le Monnier, Florence 1982, p. 365).
Dans cette cité, l'humanité nouvelle trouvera le repos dans
les promesses de son Seigneur, là justement où la présence
de Dieu devient le repos suave recherché par l'âme du moine dans
son monastère: «Il sera donc appelé d'ici au Sabbat céleste
pour jouir dans l'éternité et goûter combien est doux le
Seigneur. [Vocabitur igitur illic iam caelesti Sabbato, fruitione perenni, et
gustavit quam suavis sit Dominus]» (Pascase Radbert, Vita S. Adhalardi
Abb. Corbeiensis, in Act. SS. Jan., I, 99).
Le belliqueux Frédéric Barberousse lui-même, donnant,
quatre siècle après sa construction, le lampadaire qui aurait dû
inonder de lumière la précieuse Chapelle Palatine
d'Aix-la-Chapelle et la mosaïque aujourd'hui disparue représentant
la Majesté du Christ sur un trône entouré des vingt-quatre
vieillards, était conscient de la convergence de ces thèmes pour
représenter le lieu vers lequel tendait et tend notre pèlerinage
terrestre. Cette oeuvre d'art porte une inscription explicite: «La Jérusalem
céleste est qualifiée par cette image comme vision de paix, là
réside pour nous une sûre espérance de repos. [Coelica
Jerusalem signatur imagine tali visio pacis, certa quietis spes ibi nobis]».
Ensemble, Orient et Occident chrétiens, et les innombrables et
splendides monastères qui s'y sont propagés et y ont fleuri, sont
les gardiens les plus sûrs et les plus courageux de cette indélébile
et commune espérance.
(English)
Luca Pellegrini considers monastic communities as an image of the
heavenly Jerusalem, the incarnation of the city of God among men. Our lasting
dwelling-place is not on earth but in the future. The profound significance of
this is not unrelated to monasticism's particularly fruitful and creative
intellectual and artistic achievements, its contribution to the construction of
a Christian civilization. With their valuable and fruitful witness, the many
monasteries dotted throughout East and West are thus the best guardians of a
common heritage: a splendid and certain hope.
(Español)
Luca Pellegrini considera las comunidades monásticas como
imagen de la Jerusalén celeste que encarnan entre los hombres la ciudad
de Dios. El sentido profundo de que nuestra morada estable no es la terrena,
sino la futura, no es ajeno a una peculiar fecundidad y creatividad del monacato
en el campo intelectual y artístico, por el que colabora a la construcción
de la civilización cristiana. De este modo, los múltiples
monasterios diseminados por Oriente y Occidente son, con su testimonio valiente
y fecundo, los mejores custodios de una herencia común: una esperanza
indeleble y espléndida.
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