SYMPOSIA
EL DIÁLOGO CIENCIA-FE EN EL CONTEXTO DE LAS
CUESTIONES FILOSÓFICAS DE LA FÍSICA ACTUAL
Conferencia pronunciada en el Simposio La cultura y la
esperanza cristiana,
en la Universidad de Sevilla, España, el 14 de marzo de 1998.
Mons. Józef Mirosław
ŻYCIŃSKI
Arzobispo de Lublin, Polonia.
Uno de los fenómenos inquietantes de la cultura actual es
el abismo que existe entre las ciencias humanas y las ciencias naturales. C.
P. Snow describió la forma clásica de este fenómeno en las páginas de Las
dos culturas. Desde que se publicó su trabajo, el fenómeno del abismo
entre las dos culturas se ha profundizado como consecuencia del crecimiento
del ambiente anti-intelectual en la cultura actual. En las versiones radicales
del postmodernismo actual se critica tanto la visión cristiana del mundo,
como la herencia de la Ilustración, en la cual se formaron los principios
fundamentales de la ciencia moderna. Esto ha cambiado de manera esencial el
clima de diálogo entre la ciencia y el pensamiento cristiano. En el pasado,
reiteradamente se criticaba al cristianismo desde la perspectiva de las
ciencias naturales; actualmente, tanto el cristianismo como las ciencias
naturales son objeto de crítica, realizada en nombre de la búsqueda de un
nuevo paradigma científico, de los radicales lemas sociales, o en nombre de
un pluralismo cultural que se comprende de una manera peculiar y en el cual se
desbarata la autoridad de la razón.
Hace medio siglo, cuando se seguían las reglas de la
metodología positivista, la búsqueda de una síntesis holista por parte de
los científicos de la naturaleza era considerada como una empresa intelectual
peligrosa. Criticando la metafísica, los científicos escépticos de la
naturaleza expresaban su aversión hacia los estudios de carácter holístico,
considerándolos como una especie de actividad de reemplazo, propia de los
jubilados que no tienen nada más que decir en la ciencia. En estos círculos
se repetía con sarcasmo el lema: Primero esclerosis, luego síntesis.
Actualmente, en los círculos de los simpatizantes del
postmodernismo, se intenta atemorizar con el análisis y con la física, de la
misma manera que en otro tiempo se atemorizaba con la síntesis y la metafísica.
Todas las disciplinas exactas se presentan como un peligro en el que el
imperialismo del lenguaje y de las reglas de la lógica pueden conducir hacia
la esclavitud del hombre, de acuerdo con el famoso lema que expresó Michel
Foucault, en su discurso en el Collège de France: "La verdad os
esclavizará". En las nuevas propuestas para escapar de la esclavitud, se
intenta practicar una especie de poética de la ciencia; en ella, los
elementos del misticismo privado se unen con la ideología de la New Age,
mientras que, en las propuestas de desarrollar una "nueva física",
o una "nueva biología", los lemas de la contracultura cercanos a la
generación del 1968 reciben una forma radical. Ejemplos de tal actitud los
encontramos en los trabajos de Fritjof Capra o, posteriormente, de David Bohm.
Una forma de protestar contra la poética de estos trabajos –que carece del
más elemental espíritu crítico metodológico– es el giro hacia esquemas
científicos en los que se intenta combinar algunas formas del positivismo
metodológico con la versión fuerte de una metafísica privada. Podemos
considerar como trabajos representativos de tal estilo los de Stephen Hawking.
Los trabajos de Hawking y de Capra indican la Escila y Caribdis de los
actuales intentos filosóficos de explicar la naturaleza. Estos intentos han
ganado tal popularidad que John Brockman ha llegado a escribir acerca del fenómeno
cualitativamente nuevo de la "tercera cultura", que ha de combinar,
en el ámbito de las mismas teorías, elementos físicos, metafísicos e
incluso teológicos en la interpretación de la naturaleza (La tercera
cultura, Tusquets, Barcelona 1996).
Entre Hawking y Capra se extiende, pues, un amplio campo de
interpretaciones, en las que se han de tomar en consideración tanto las
nuevas premisas de las ciencias naturales, como las versiones clásicas de la
metafísica y de la teología, para elaborar una gran síntesis que permitiría
superar el doloroso fenómeno del conocimiento fragmentario de una cultura
atomizada. En esta dirección encontramos numerosas empresas intelectuales
promovidas por Juan Pablo II. En efecto, ya como obispo de Cracovia organizaba
coloquios interdisciplinares, en los que reunía a científicos de la
naturaleza, filósofos y teólogos, con el fin de debatir las grandes
cuestiones de la metafísica. La tradición de estos encuentros la encontramos
hoy en los simposios veraniegos de Castel Gandolfo. Al mismo tiempo, el Papa
–tanto en sus mensajes dirigidos a la Academia Pontificia de las Ciencias,
como en sus encuentros con los medios académicos– subraya el valor de las
investigaciones interdisciplinares, para reaccionar contra los fenómenos de
la atomización de la cultura actual. Esta orientación interdisciplinar de la
investigación no es el resultado de una moda pasajera, sino que es la condición
necesaria para ir descubriendo la plena verdad acerca del mundo y del hombre.
Juan Pablo II puso de relieve este último hecho en el discurso dirigido a los
científicos durante su última peregrinación a Polonia, donde dijo: "El
hombre supera las fronteras de las disciplinas particulares del conocimiento,
para orientarlas hacia la Verdad suprema y hacia la realización definitiva de
su humanidad".
Sería difícil indicar en la época moderna otro
pontificado en el que el diálogo con el mundo de la ciencia fuera tan intenso
como el llevado a cabo por Juan Pablo II. (Cf. la antología: Robert J.
Russell – William Stoeger – George V. Coyne [ed.], John Paul II on
Science and Religion: Reflections on the New View from Rome, Vatican
Observatory, Vatican City 1990.) Una manifestación muy significativa de esta
apertura es el mensaje dirigido a la Academia Pontificia de las Ciencias, del
22 de octubre de 1996, referido a la teoría de la evolución. Este mensaje
aporta una importante clarificación para las controversias en que se ven
envueltos los filósofos y los teólogos desde que Charles Darwin formuló su
teoría de la selección natural. Sin vincularse con el darwinismo, que es una
de las formas posibles del evolucionismo, Juan Pablo II determina el horizonte
interpretativo en el que pueden cooperar de modo constructivo el pensamiento
cristiano y las diversas formas del evolucionismo. Al calificar el
evolucionismo como "teoría metacientífica", y no "científico-natural",
Juan Pablo II indica que no se refiere a una de las versiones existentes de la
teoría de la evolución, sino que habla del evolucionismo como de un
paradigma interpretativo. Dentro de este paradigma, el filósofo teísta puede
tratar los miles de millones de años de la evolución cósmica como la
revelación del Logos divino, cuya presencia no se revela en las lagunas de
nuestro conocimiento, sino en la descripción matemática de la naturaleza, en
sus simetrías, o en la posibilidad de realizar previsiones efectivas.
1. Poesía en vez de metodología
La física actual, sobre todo en sus ramas más
desarrolladas, entre las cuales se encuentran las teorías cuánticas de
campos y la cosmología relativista, no puede ser cultivada según las
prescripciones radicales de la metodología ofrecida en el pasado por el
positivismo lógico. Al abandonar las estrechas reglas del positivismo se ha
llegado a suavizar radicalmente las anteriores reglas de la metodología. En
la práctica esto llevó a un estilo de investigación que ya se practicaba en
los estudios de la llamada "físico-teología". Este último modo de
tratar las cosas inspiraba en otro tiempo las discusiones de los científicos
en las cuales el uso del cálculo diferencial y la pregunta sobre las
condiciones de la gravitación iban unidos con las consideraciones sobre la
perfección de la máquina del mundo y sobre el papel de Dios en la naturaleza
matematizada. En estos análisis, los nuevos descubrimientos de la física se
juntaban con una filosofía arriesgada, y también con el comentario ideológico
que expresaba la convicción de sentido común dominante en la época. Los
trabajos, muy diferentes en cuanto a estilo y contenido, en los cuales se
juntan elementos de física, filosofía y hasta de teología, llevan ahora
apellidos como Davies, Wheeler, Barrow, Sagan, Gribbin, Penrose y Tipler. En
estos trabajos, con mucha frecuencia encontramos propuestas innovadoras de
unir la física, la meditación, la estética, la filosofía y la mística.
Los autores de estos trabajos con gusto abordan discusiones sobre la creación
ex nihilo, sobre la naturaleza del tiempo, sobre la necesidad de las
categorías finalistas en la física, y sobre Dios como fin de los procesos de
la evolución cósmica.
Los autores citados representan una diversidad de estilos
tan enorme, que puede ser injusto formular opiniones generales sobre la metafísica
propuesta por ellos. No obstante, al mirar el asunto desde el punto de vista
estadístico, se nota una regularidad interesante: los representantes de la
"nueva" física, cuando filosofan, no huyen de
"soluciones" rápidas a cuestiones filosóficas complejas. Como
consecuencia negativa de este interesarse por la metafísica a manera de
aficionados, suelen aparecer trabajos en los cuales, al mismo tiempo que se
concentra la atención en las digresiones y analogías referidas a la
naturaleza, se resuelven de modo definitivo, en un mismo párrafo, las
cuestiones de la existencia de Dios, del alma, el problema del sentido de la
vida, etc. Por el modo de filosofar de algunos de estos científicos, parece
que estuvieran pagando las deudas intelectuales pretéritas de los filósofos
que resolvían ex cathedra cuestiones científicas complejas acerca de
la naturaleza, sin tomarse antes la molestia de entender su carácter. Si esta
postura la encontramos acompañada además por una autoridad científica
antecedente, por un estilo sugestivo y por una cierta elegancia, nos vemos
abocados a una situación en la cual un uso paraintelectual de la metáfora se
ofrece como el equivalente moderno de los análisis racionales propios de las
grandes preguntas de la filosofía clásica. Los trabajos que anuncian esta
temática hablan ya en sus títulos de "nueva física" o de
"nueva biología". Esta terminología expresa una especie de
conveniencia, puesto que en cada una de las disciplinas que se están
desarrollando han de coexistir teorías viejas y nuevas. La "nueva"
física, desde los tiempos de la revolución de Planck y Einstein, se
desarrolla sin cesar, mientras que las controversias en torno a sus múltiples
problemas están lejos de tener soluciones unívocas.
2. Física y mística en la formulación de Capra
La corriente que promueve la humanización poética –en
sentido amplio– de la física, se encuentra representada por los trabajos de
Fritjof Capra, entre los cuales destacan El Tao de la Física y Punto
crucial. Su autor, en una conversación con Renée Weber, reconoce que el
primero de estos dos libros ha sido acogido por los físicos con escepticismo,
y que antes de que la editorial inglesa Wildwood House tomara la decisión de
publicarlo, había sido rechazado por otras doce editoriales ("The Tao of
Physics Revisited": The Holographic Paradigm, Shambhala, Boston
1982, 216).
Al hablar sobre la génesis de sus intereses intelectuales,
Capra nos dice que sus encuentros juveniles con Heisenberg le despertaron el
interés por la poesía de Rabindranaz Tagore y por el pensamiento del
Oriente. Lo demás lo completó la revolución cultural del 1968,
experimentada por él entre la Sorbona parisiense y los centros de la
contracultura de California. Los campus universitarios, en los cuales se
exhortaba a diario a buscar modos alternativos de pensar, constituían un
ambiente favorable para buscar nuevos modelos de interpretación, también en
la física. El efecto de esas fascinaciones, búsquedas y consideraciones es
el libro publicado en 1972, titulado El Tao de la física, cuyo
contenido atrae la atención de muchos filósofos y críticos de la cultura.
En cambio, la mayoría de los físicos valora este trabajo de manera lacónica:
lo que en él es posible aceptar no aporta nada nuevo, ni a la física ni a la
filosofía, y lo que aparece en él como algo nuevo está sumamente lleno de
controversias.
Capra expresa su fascinación por el pensamiento del
Oriente, incluso cuando en la tradición a la cual él hace referencia
predominan generalidades triviales. Así, por ejemplo, describe su encuentro
con Krishnamurti en 1969 como un gran acontecimiento intelectual. Cuando este
famosísimo protegido de la Sociedad de teosofía visitó la Universidad de
Santa Cruz para dar unas conferencias, Capra pudo escuchar fascinado diversas
variaciones sobre el tema, tales como: deja de pensar, abandona lo que sabías
antes, vacíate, para encontrar la plenitud. En estos comentarios, Capra
descubrió los contenidos profundos que luego inspiraron sus logros
posteriores. Entretanto, hay que advertir que la observancia de estas
indicaciones causa ciertos problemas a los científicos de la naturaleza. ¿Cómo
se puede cultivar la física olvidando el contenido de los estudios anteriores
y dejando de pensar? Capra se dirigió a Krishnamurti con sus dudas, se las
presentó y oyó como respuesta: "Primero eres hombre y luego físico,
cultiva la física, pero sé consciente de que fuera de ella existe otra
realidad mucho más amplia y que los conceptos de la ciencia tienen carácter
aproximativo".
Es difícil polemizar con el consejo de Krishnamurti, pero
también es difícil tenerlo por algo particularmente innovador. La mayoría
de los científicos de la naturaleza conoce los límites de los conceptos
científicos, aunque para esto no tengan por qué utilizar la sabiduría del
Oriente. Puede sorprender que antes del mencionado encuentro en Santa Cruz,
Capra no fuese consciente de que antes de ser físico hay que ser hombre. Y es
dudoso que, para superar tal ignorancia, el mejor modo sea "dejar de
pensar". La aversión a pensar y a la precisión cartesiana hacen que
Capra se valga de los conceptos de modo impreciso, y esto es quizá lo que
conecta con la intuición de las personas que aprecian el misterio y la ambigüedad.
Esto tiene lugar, por ejemplo, en expresiones del tipo siguiente: "la
forma es el vacío y el vacío es la forma", "el modo de captar la
realidad es una ilusión... pero tiene carácter aproximado" (ibid.,
238). La crítica programática a la tradición racional de Occidente, y,
sobre todo, el menosprecio del cuidado cartesiano del "ergo"
–relaciones elementales de las implicaciones lógicas–, conducen a Capra a
construir tesis que pueden parecer simpáticas a un cierto tipo de
destinatarios, pero tienen un punto débil; a saber, que no se derivan de las
premisas que son consideradas como justificadas.
En los trabajos de Capra hay muchas tesis de este estilo.
Se dice, por ejemplo, que los físicos que practican el budismo Zen realizan
en seis horas el trabajo que sus colegas realizan en diez; que los físicos
que aprecian la intuición –como Einstein, Bohr o Bohm– han de estar
comprometidos políticamente; que el paradigma de la nueva ciencia conduce a
cuestionar las estructuras conseguidas hasta ahora, tanto en la ciencia como
en la vida social e incluso en la religión; que la organización jerárquica
de la vida académica mostraba hasta ahora claras analogías con la jerarquía
religiosa, la cual tomaba en consideración las relaciones entre Dios, los arcángeles
y los arzobispos. Sin precisar en qué consisten las mutuas relaciones entre
los ángeles y el episcopado, Capra subraya que en dicha jerarquía no se
entendían las reglas del feminismo, ya que tanto Dios como el Papa y los
obispos son de sexo masculino. Cuando Renée Weber advierte que María es una
mujer, recibe la siguiente explicación: "Hay que ver qué cosa más
curiosa! María procede de la religión prepatriarcal. María es una diosa
antigua, ya que Dios era mujer antes de ser hombre" (ibid., 237).
Semejante estilo de argumentación hace que la visión de
un nuevo paradigma de los trabajos de Capra sea considerada por los científicos
de la naturaleza como "simplicista, ingenua, programáticamente
antirracional". Utilizando adjetivos parecidos, Stephen Jay Gould escribe
lo siguiente, refiriéndose a Punto crucial: "Este libro me
irritaba cada vez más por sus analogías fáciles, la desconfianza respecto a
la razón, el uso de ideas de moda. Bajo un punto de vista, me siento más
cercano a los racionalistas cartesianos –por lo menos tenemos fundamentos
comunes de discordia– que a la ecología californiana de Capra. Quizá
porque soy un holista neoyorkino" ("Utopia, Limited": An
Urchin in the Storm, W. Norton, New York 1987, 225).
Para hacer justicia, hay que reconocer que en los trabajos
de Capra hay muchas tesis razonables: la crítica del dualismo cartesiano y
del estilo de pensar de tipo mecanicista, la atención a la ecología, y la
acentuación de los aspectos de la realidad que están más allá de la física.
Estos son elementos indudablemente positivos. No obstante, para calificar como
positivos estos elementos, no es necesario construir una física taoísta.
Basta una reflexión crítica sobre las relaciones entre física y filosofía,
sobre los límites del método científico, o sobre la recepción social de
los descubrimientos de la ciencia. Del hecho de que el físico, al salir del
instituto, escuche con gusto a Mozart, no se puede extraer como conclusión la
sugerencia de que entramos en una nueva época de la física mozartiana. El
punto débil de los bestseller de Capra reside en que los comentarios ideológicos
predominan decididamente sobre las conclusiones justificadas.
3. Metafísica y mística en Hawking
Stephen Hawking y Roger Penrose han demostrado
conjuntamente en 1970 un teorema muy importante, referente a las
singularidades en los modelos cosmológicos. Este logro les introdujo en el círculo
de los clásicos de la cosmología actual, ya que desde entonces, en los
trabajos que tratan de los estadios iniciales de la evolución del universo,
se citan siempre las relaciones expresadas en el teorema de Hawking-Penrose.
La unión en los estudios e investigaciones, en los intereses y logros, no les
llevó, sin embargo, a compartir idénticas opiniones filosóficas. Los
trabajos publicados por ellos en los años ochenta en el campo de la filosofía
cosmológica, muestran que Hawking representa la posición cercana al
positivismo; en cambio, Penrose se pronuncia claramente a favor del
platonismo.
En los dos autores encontramos la expresión de la fe en la
racionalidad de la naturaleza y en la racionalidad del método científico.
Tal fe es un fenómeno natural en el cosmólogo. Sin su aceptación, no se
podría emprender ninguna discusión acerca del universo como un todo,
considerado en la perspectiva de veinte mil millones de años de evolución cósmica.
No obstante, la concepción de la racionalidad es en los dos casos
radicalmente diferente. Cuando en el año 1983 Hawking publicó junto con
Hartle sus ideas sobre la creación cuántica del universo, las vinculó a una
interpretación atea. En su opinión, si un fenómeno físico se puede
describir por medio del formalismo matemático, entonces Dios resulta
innecesario, y se puede hablar de su expulsión de la imagen del mundo por el
desarrollo de las ciencias experimentales. En esta opinión se ve que Hawking
identifica infundadamente el Dios del teísmo cristiano con el Dios de Samuel
Clarke, el Dios que en las polémicas del siglo XVIII se introducía para
rellenar los huecos de la ignorancia científica. El Dios de Clarke aparecía
como el proverbial deus ex machina cuando en las teorías de la física
no se sabía explicar científicamente cuestiones importantes. Leibniz prevenía
frente a una tal teología ingenua, que remienda los huecos de la ignorancia
científica mediante la hipótesis de Dios, indicando las simplificaciones,
tanto metodológicas como teológicas, de esta teología. Sus oponentes decían
en cambio que Dios nos deja los huecos cognoscitivos para que, gracias a ellos
y a través de ellos, podamos con más facilidad descubrir su presencia en el
universo; y que las fronteras del conocimiento iban a formar el terreno en
donde se descubriría la presencia de Dios. Aunque en la teología actual
nadie considera seriamente esta interpretación, Hawking escribe como si no
existiera la correspondencia en que Leibniz critica el enfoque de Clarke.
De manera parecida a los positivistas de finales del siglo
XIX, Hawking admite la posibilidad de que la física actual esté llegando a
su fin y que, después de encontrar la teoría de unificación, conoceremos
todas las leyes que rigen la naturaleza. En un artículo dedicado a esta
problemática, titulado "¿Está a la vista el fin de la física teórica?",
aprueba la posibilidad de elaborar "una teoría completa, coherente y
unificada de las interacciones físicas, la cual describiría todas las
posibles observaciones". Formulaciones igualmente radicales se pueden
encontrar en los trabajos de muchos otros autores, quienes sugieren que la
Teoría física del Todo aportará la solución científica para la totalidad
de los problemas que atormentan al hombre. En las soluciones de estos autores
concernientes a la futura unificación, o a la denominada Teoría del Todo
(TOE, por "Theory of Everything"), aparecen aserciones categóricas
de este tipo: "Por primera vez en la historia disponemos de una teoría
racional y científica de toda la existencia" ("scientific theory of
all existence"), gracias a la cual "todos los fenómenos naturales
pueden ser puestos en un esquema descriptivo" (Paul C. W. Davies, Superforce,
Heinemann, Londres 1984, 5ss).
Psicológicamente es fácil de explicar que en las
generaciones sucesivas de investigadores se oigan de nuevo las nostalgias
positivistas por un sistema ordenado de conocimiento, en el que para cada
pregunta se pueda conseguir una respuesta inequívoca y racionalmente
justificada. El racionalismo de Hawking encuentra su justificación adicional
en la fascinación personal hacia las matemáticas y en la aversión hacia la
mística poetizante al estilo de Capra. Ya durante sus estudios en Cambridge,
el futuro creador de la física de los agujeros negros era llamado por sus
colegas el "cerebro perfecto". La enfermedad posterior y las
limitaciones que la acompañan favorecían que la sensibilidad se dirigiera
hacia la belleza del formalismo matemático, y no hacia la percepción del
misterio o de la estética de la naturaleza.
Las fórmulas metafísicas acerca de la contingencia o
armonía del mundo no se dejan traducir a un lenguaje matemático, y por eso
fueron consideradas como una forma de poesía de la naturaleza carente de
valor cognoscitivo. La apertura básica hacia la mística de la naturaleza,
característica de la ciencia actual, es considerada por él como rasgo
característico de la postura intelectual de personas que, al no haber
completado sus conocimientos matemáticos, prefieren refugiarse en un
comentario retórico lleno de vagas generalidades (cf. Renée Weber, Dialogues
with Scientists and Sages: The Search for Unity, Routledge, Londres 1986,
210). Hawking dirige acusaciones de "misticismo chapucero" no
solamente a Bohm, Capra o a simpatizantes de la física
"alternativa", sino que también dirige una crítica clara contra la
"religión cósmica" de Einstein, junto con su componente característico
que se refiere a la mística de la naturaleza. Ironías del destino: una de
las paredes de su despacho universitario está adornada con una cita de
Einstein, en la que el autor de la teoría de la relatividad afirma: "La
más bella sensación que podemos experimentar tiene carácter místico. Ella
constituye la fuerza de cada arte y ciencia verdaderos. El hombre para quien
es extraño este sentimiento, en cierto sentido está muerto. Ese sentimiento,
ese conocimiento, constituye la esencia de la verdadera religiosidad" (ibid.,
203).
No se puede responder a las reflexiones de Einstein con la
simple sugerencia de Hawking, de que su autor se escondía en la poesía
porque no entendía las matemáticas. La belleza matemática de las ecuaciones
de campo aparecía en la perspectiva cognoscitiva de Einstein como manifestación
de una belleza más fundamental, que podemos percibir en la relación
suprarracional con la naturaleza. Las condiciones biológicas han sido causa,
en el caso de Hawking, de que la relación del investigador con el cosmos se
quedara reducida a la componente racional. El drama de la enfermedad
experimentada limitaba por necesidad la sensibilidad al aspecto estético de
la naturaleza. En consecuencia, en Hawking encontramos una concepción filosófica
de la naturaleza que es distinta de la de Einstein o Dirac. Además, no es fácil
emplear medios eficaces para reaccionar frente a las diferencias existentes.
Una valoración inequívocamente escéptica de esta situación la expresó,
entre otros, Paul A. M. Dirac, quien –en una entrevista para Newsweek–
puso de relieve al mismo tiempo el papel de la belleza en la ciencia:
"Hay que tratar de imaginarse qué es el universo, como hacemos accesible
para nosotros la belleza de un cuadro o de la música; no se puede describir.
Si no se siente, hay que reconocer simplemente que nos falta sensibilidad para
ello. Nadie es capaz de explicárnoslo" (H. F. Judson, "Where
Einstein and Picasso Meet": Newsweek, 17-11-1980, 23).
A la hora de formular semejantes valoraciones, el factor
subjetivo de los sentimientos juega un papel importante. Los sentimientos
difieren en cada uno de los investigadores y pueden experimentar una notable
evolución en el tiempo. La naturaleza que fascinaba a Einstein con la
hermosura de la descripción matemática, aparece para Hawking despojada de
belleza; para Monod era sobre todo el juego cósmico del azar y la necesidad;
para Leibniz o Whitehead el campo de la intrigante armonía de los
acontecimientos. La unidad de interpretación, que se presenta en la comprensión
de la fórmula E=mc2, desaparece en el momento que intentamos
determinar los aspectos filosóficos y estéticos de la teoría de Einstein.
Los trabajos de Drees, Penrose o Davies, populares en la
actualidad, mani-fiestan que al mismo formalismo matemático que describe la
creación cuántica del universo, se pueden asociar interpretaciones filosóficas
profundamente distin-tas de aquellas que propone Hawking. La cuestión abierta
consiste en preguntar-se: ¿Cuál de las propuestas alternativas aparece como
la más justificada? Induda-blemente, sería un error metodológico atribuir
el mismo peso a las propuestas físicas de Hawking que a la ingenua filosofía
que él asocia a estas propuestas.
4. La visión cristiana de la integración cognoscitiva del cosmos
Una visión de gran integración intelectual, que tiene en
cuenta tanto las reflexiones teológicas como los nuevos descubrimientos de
las ciencias experimentales, ha quedado desarrollada detalladamente en la
carta de Juan Pablo II del 1 de junio de 1988, dirigida al Padre George Coyne,
con motivo de los 300 años de la publicación de los Principia de
Newton. El Santo Padre subraya en este documento que su gran deseo es:
"Que el diálogo entre ciencia y fe
continúe y que se profundice y amplíe. En este proceso tenemos que superar
cualquier tendencia regresiva hacia un reduccionismo unilateral, los temores
y el aislamiento impuestos por nosotros mismos. Es de particular importancia
que cada disciplina enriquezca a las otras y las inspire, para que, por un
lado, se realicen en el grado más pleno llegando a ser lo que pueden ser,
y, por otro, contribuyan a nuestra visión de quiénes somos y quiénes
llegamos a ser" (Robert J. Russell – William R. Stoeger – George V.
Coyne (ed.), Physics, Philosophy and Theology: A Common Quest for
Understanding, Vatican Observatory, Vatican City 1988, M7).
A principios de siglo, Claude Bernard aconsejaba que el biólogo
que llega a su laboratorio deje no solamente su abrigo en el guardarropa, sino
también sus concepciones del mundo. Esta sugerencia era adecuada desde el
punto de vista metodológico. Sin embargo, en su realización resultó que es
mucho más fácil dejar el abrigo en el guardarropa que las convicciones
metacientíficas. Estas últimas se forman en mutuo contacto con los
descubrimientos científicos, llevan a plantear nuevas preguntas y no se dejan
separar de las numerosas cuestiones esenciales para nuestra filosofía de la
vida. En la metodología tradicional se ponía de relieve la necesidad de
aislar la ciencia de la religión, para evitar la ingenua físico-teología o
pseudo-explicaciones simplistas, que tienen como paradigma el nombre de Samuel
Clarke (es otro problema el hecho de que se le atribuyan a Clarke, por lo
general, opiniones mucho más ingenuas de las que él defendía en realidad).
Actualmente, la conciencia de la diferencia epistemológica entre teología y
física debería ir acompañada por el diálogo entre ellas, formando una
imagen íntegra y coherente del mundo. Como subraya el Santo Padre en la carta
dirigida al P. Coyne:
"La gente, si quiere crecer y
madurar, no puede vivir más tiempo en grupos mutuamente separados, limitándose
a cultivar intereses totalmente diferentes, dentro de los cuales realizarían
la valoración y evaluación de su mundo. La sociedad dividida se inclina a
una visión fragmentaria del mundo. Por el contrario, la sociedad de
intercambio anima a sus miembros a ampliar sus perspectivas parciales y a
crear una visión nueva y unificada. Como ya hemos subrayado, la unidad que
buscamos no es identidad. La Iglesia no propone a la ciencia que se haga
religión, ni a la religión que se haga ciencia" (ibid., M8).
El mensaje de Juan Pablo II a la Academia Pontificia de las
Ciencias del 22 de octubre de 1996, concreta esas palabras en la imagen
evolutiva de la naturaleza. El Papa subraya que la Academia Pontificia de las
Ciencias constituye el "senado científico" de la Iglesia, que tiene
como vocación el servicio a la verdad, el cual hace posible un diálogo
sincero y auténtico entre la Iglesia y la ciencia actual. En el umbral del
tercer milenio, el cristiano no puede ignorar el papel excepcional de la
ciencia en las transformaciones de la civilización actual. Ha de buscar
respuestas constructivas a las preguntas acerca de las relaciones entre la
visión científica y religiosa del mundo, que preocupan a muchas mentes. En
estas preguntas es difícil evitar la referencia a la problemática de la
evolución. Juan Pablo II, al hacer referencia a las anteriores declaraciones
de Pío XII, subraya que no se puede tratar ya a la teoría de la evolución
únicamente como una hipótesis. Las investigaciones científicas,
desarrolladas independientemente entre sí, en diversas disciplinas, conducen
a una conclusión común: muestran el universo en evolución como una
realidad, y las diversas teorías de la evolución intentan explicar esa
realidad. La variedad de tales teorías depende tanto de los diferentes
supuestos científicos (por ejemplo, en la determinación de los mecanismos de
la evolución), como de los distintos supuestos filosóficos, que inspiran una
visión unitaria del mundo.
En la visión del Papa, la fe optimista en las capacidades
intelectuales del hombre surge de la convicción de que la sabiduría del
Creador es el fundamento último de la sabiduría y de la creatividad humanas,
y que el Creador comparte con sus criaturas la riqueza de sus dones,
conduciendo al mundo en evolución hacia la plenitud divina. La fe del Papa en
la razón y en las posibilidades cognoscitivas del hombre, sorprende por su
optimismo en un panorama intelectual de fin de siglo en el que domina el
pesimismo. El Santo Padre subraya que el cristiano, al someter a crítica las
diversas teorías propuestas sobre la evolución, ha de guiarse utilizando las
reglas para interpretar los textos bíblicos, y que se encuentran explicitadas
en el documento de la Pontificia Comisión Bíblica sobre "La
interpretación de la Biblia en la Iglesia", del 23 de abril de 1993.
Este documento pone de relieve, entre otras cosas, que no se puede interpretar
literalmente el relato bíblico de la creación. Por lo tanto, hay que
rechazar las formas de interpretación que propugnan el llamado creacionismo
científico o las diversas versiones del fundamentalismo. La interpretación
del Papa seguramente desilusionará a todos aquellos que estimaban más su
versión privada del tradicionalismo que la verdad objetiva. El cristiano que
aprecia más los esquemas intelectuales cómodos que la obligación de una búsqueda
continua de la verdad, introduce de esta manera un abismo dramático entre su
perspectiva intelectual y Cristo, Verdad personificada.
5. La evolución en la concepción evolutiva de la naturaleza
En el período del último medio siglo, bajo el influjo del
desarrollo de las ciencias naturales, se han efectuado profundas
transformaciones en las interpretaciones filosóficas de la naturaleza. Hay
que recordar que, todavía en los años sesenta, algunos representantes del
materialismo dialéctico cuestionaban la teoría de la expansión del
universo, considerándola como una manifestación del idealismo en la física
y en la radioastronomía. En cambio, entre los autores que aceptaban la teoría
de la expansión pero que deseaban evitar la embarazosa pregunta acerca del
origen absoluto del universo, gozaba de gran popularidad la teoría del estado
estacionario, formulada por F. Hoyle, T. Gold y H. Bondi en 1948. Para evitar
las preguntas metafísicas unidas a la hipotética creación del universo
antes del Big Bang, estos autores sugerían que el proceso de la creación de
la materia de la nada es un proceso físico normal que se realiza
continuamente. La teoría del estado estacionario quedó falsificada en la práctica,
cuando en el año 1965 se descubrió la radiación de fondo, que constituye el
residuo del primitivo Big Bang. Desde este descubrimiento, la atención de los
cosmólogos está centrada en la búsqueda de los mecanismos físicos de la
creación que serían capaces de explicar, sobre la base de las leyes de la
cosmología cuántica, la formación del substrato físico. Como trabajos clásicos
pertenecientes a este contexto explicativo se encuentran los de R. Brout, F.
Englert, E. Gunzig, S. W. Hawking, J. B. Hartle y A. Vilenkin. La idea
principal de estos trabajos consiste en la descripción cuántica de la
emergencia de partículas elementales mediante las fluctuaciones del vacío cuántico,
la curvatura espacio-temporal, etc. En los intentos de estos autores, se
pretende describir y explicar la creación del universo ex nihilo,
manteniendo el mismo significado que tiene el término "nada" en la
metafísica clásica.
Independientemente de las dificultades científicas que
aparecen en las descripciones físicas del mecanismo de la creación, las
principales controversias surgen a la hora de las interpretaciones filosóficas
de dichos mecanismos. En todas las formulaciones propuestas se supone, por lo
menos implícitamente, que el estadio inicial de la evolución del universo se
puede describir mediante fórmulas matemáticas. Empleamos para este estadio
las reglas de la lógica, conocidas por nosotros. Suponemos la vigencia de las
leyes universales de la cosmología cuántica. Ninguno de estos supuestos
tiene un carácter trivial. Suponen que, junto con la emergencia de las partículas
físicas, existe ya la realidad abstracta de las relaciones estables,
estructuras ordenadas y referencias mutuas. A esta última realidad se le podría
otorgar brevemente el nombre de logos. Su existencia es tal que sin el
reconocimiento de su carácter real, no podríamos explicar racionalmente la génesis
de los procesos naturales concretos y la aparición de las partículas físicas
accesibles a la observación. Así pues, la realidad de los condicionamientos
abstractos aparece como ontológicamente primaria, de la cual, después de
determinar las condiciones específicas, surge el mundo de los objetos físicos;
esta última expresión hay que entenderla en el sentido tradicional. Puede
ser que con el desarrollo de las ciencias experimentales también el "vacío
físico", que ahora se describe en los términos abstractos de la matemática,
se acerque más a nuestras categorías cognoscitivas, como ha sucedido para
nuestra generación con el "átomo divisible", cuya naturaleza
despertó tantas controversias a finales del siglo XIX. En cambio,
actualmente, a esa realidad fundamental del logos abstracto, en los
comentarios filosóficos acerca de la creación original, se la compara con
las ideas platónicas, se le otorgan nombres como "mente de Dios",
"Logos cósmico", "campo de racionalidad" o "campo
formal".
Llama la atención el desplazamiento de los acentos en la
interpretación filosófica del cosmos evolutivo. Hace aún 20 años, al
demostrar el importante teorema de Hawking y Penrose, se acentuaba
principalmente el estadio de la singularidad inicial, intentando identificarlo
con el momento de la creación del universo y buscar mecanismos físicos de la
creación. Actualmente, se pone de relieve que la descripción física de esos
procesos y mecanismos requiere, por lo menos de modo implícito, aceptar unos
supuestos referidos a la estructura óntica del mundo. Si la naturaleza
evolucionara de una manera totalmente irracional y sus procesos siguieran las
mismas reglas lógicas que aparecen en nuestros sueños, entonces no sería
posible cultivar las ciencias naturales en su forma actual. Podríamos
solamente mirar a la naturaleza como si fuera una obra de arte dadaísta; pero
no sería posible formular leyes universales de la naturaleza ni tampoco
utilizarlas en el ámbito de la técnica. Por tanto, la existencia misma de la
ciencia moderna tiene implicaciones profundas, tanto metafísicas como teológicas.
En este contexto, aparece particularmente importante la
opinión de Michal Heller, quien afirma que necesitamos una disciplina llamada
teología de la ciencia. Acentos cualitativamente nuevos aparecen en su
reflexión teológica acerca de la concepción cuántica de la creación del
universo propuesta por Hartle y Hawking. Al comentar el modelo que, en la
intención de Hawking, iba a eliminar a Dios del proceso de la creación del
universo, Chris J. Isham escribe que precisamente esta concepción nos muestra
a Dios como el fundamento del ser. Dios aquí no rellena de una manera
espectacular los huecos de la imagen física del mundo, como lo hacía en la
cosmología que se vincula con el nombre de Clarke, sino que se halla
omnipresente en los procesos que poseen rasgos de orden y regularidad. No es
un dios que revele su presencia en el hundimiento de las leyes físicas
conocidas, sino que es la razón de ser de estas leyes, que hace posible una
reflexión racional acerca de interrelaciones de dependencia que tienen carácter
universal y no solamente local. En este contexto, Isham vincula la concepción
de la creación ex nihilo con la versión clásica de la creatio
continua. Muestra metafóricamente al Creador que abarca todo el mundo con
su mano divina, y lo hace de tal manera que no se encuentren huecos
interpretativos como los buscados por los simpatizantes de Clarke (Ch. J.
Isham, "Creation as a Quantum Process": Russell – Stoeger –
Coyne, Physics, Philosophy and Theology, 405).
El desarrollo de las ciencias naturales ha causado también
profundas transformaciones en la interpretación filosófica de la antropogénesis.
Con el progreso en las investigaciones científicas, es imposible hoy en día
tratar la concepción de la evolución de las especies únicamente como una
hipótesis. En cambio, lo que continúa son las discusiones que intentan
determinar los mecanismos de la evolución. Esas discusiones se encuentran
liberadas de las contradicciones metafísicas que en el pasado los críticos
fundamentalistas de la teoría de la selección natural intentaban vincular
con esta última. Independientemente de cómo evoluciona la naturaleza –de
acuerdo con la concepción de Niles Eldredge o de Motoo Kimura y Tomoko
Ohta– el proceso de las transformaciones evolutivas no es únicamente para
un filósofo teísta un juego del azar ciego. La razón óntica que condiciona
el desarrollo racional de los procesos evolutivos está formada por el Logos Cósmico.
Él es para el cristiano el Dios escondido en los procesos cósmicos, y la
realidad trascendental no reducible a ningún conjunto de los procesos físico-biológicos
observados.
A nuestro entender, de la naturaleza en evolución, en
lugar de los misterios pretéritos aparecen otros nuevos. Surge como algo
enormemente intrigante la pregunta acerca de las grandes desproporciones entre
el tiempo de la evolución del cosmos y el tiempo de existencia de la especie
humana. La cosmología relativista nos muestra los procesos cósmicos de hace
veinte mil millones de años. La paleontología muestra los restos de nuestros
antepasados de hace apenas veinte mil años. Esta desproporción despierta la
asombrosa pregunta: ¿por qué el universo, cuando pasaba en su evolución por
las fases leptónica o hadrónica, carecía en esos estadios del observador
humano? ¿Por qué la reflexión racional, propia de la especie homo
sapiens, apareció tan tarde? Los intentos de responder a estas preguntas
se encuentran en el denominado "principio antrópico", el cual, en
su formulación débil, indica que para que pudiera formarse la vida basada en
los compuestos del carbono, era necesario un cosmos viejo y extenso. La
existencia de la reflexión humana exige condiciones específicas; el hombre
no es de ninguna manera el resultado necesario de una evolución que se ha
desarrollado en condiciones arbitrarias.
Los descubrimientos de las ciencias naturales han cambiado
radicalmente el horizonte de esta reflexión. Todavía en el siglo XVII, el
arzobispo anglicano James Ussher, intentaba demostrar que Dios creó el
universo en octubre del año 4004 a. C.. Nuestra generación ha tenido que
multiplicar este valor por cinco millones. El cambio de perspectiva hubiera
podido causar perturbaciones intelectuales, sobre todo cuando, bajo el influjo
del positivismo, las relaciones entre física y teología se intentaban
formular en las categorías de la lucha de clases marxista. En la actualidad,
en el campo de la visión cristiana del diálogo entre ciencia y fe,
percibimos propuestas concretas de una integración intelectual, en la cual el
cosmos en evolución revela la presencia del Logos divino, tanto en los
procesos de la cosmogénesis como en los de la antropogénesis.
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[Français]
Mgr Józef Mirosław Życiński traite
du dialogue science–foi dans le contexte des questions philosophiques liées
à la physique contemporaine. Ces dernières années, les découvertes des
sciences naturelles ont radicalement modifié l'horizon de notre conception de
l'univers, en donnant lieu à une grande variété d'interprétations. D'une
part, on observe quantité de projets visant à fusionner la science avec les
philosophies d'origine orientale. D'autre part, certains considèrent la
science comme la seule connaissance fiable face aux "superstitions"
religieuses. En fait, par l'intégration des données authentiquement
scientifiques dans une vision chrétienne du monde, il est possible de découvrir
le Logos divin, fondement d'un cosmos en évolution, notamment dans le
processus de la cosmogénèse et de l'anthropogénèse.
[English]
Archbishop Józef Miros ław Życiński
considers the dialogue between science and faith in the context of
philosophical questions arising from contemporary physics. In recent years,
the discoveries of natural science have radically altered the horizon of our
vision of the cosmos, giving rise to all sorts of interpretations. On the one
hand, many attempt to unify science with oriental philosophical traditions.
Others see in science the only credible form of knowledge as opposed to
religious "superstitions". Nevertheless, if we integrate authentic
scientific data with a Christian vision, we shall come to see the divine Logos
as the basis of an evolving cosmos, above all in the processes of cosmogenesis
and anthropogenesis.
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