SYMPOSIA
LA CULTURA Y LA ESPERANZA CRISTIANA
La esperanza, don del Espíritu Santo que vivifica a las
culturas
Universidad de Sevilla, 12-14 de marzo de 1998
Con motivo del año 1998, dedicado al Espíritu Santo y a
la virtud teologal de la esperanza en el marco de la preparación al Gran
Jubileo del año 2000, el Consejo Pontificio de la Cultura organizó en la
Universidad de Sevilla un Simposio sobre "La cultura y la esperanza
cristiana", del 12 al 14 de marzo de 1998. El interés del evento
suscitó una participación masiva: 650 inscritos, que abarrotaban el salón
de actos de la Escuela Superior de Ingenieros el día de la inauguración, y
una asistencia aproximada de 450 personas durante el resto de las sesiones.
Entre los presentes había estudiantes, maestros, catedráticos, sacerdotes,
religiosas, seminaristas, delegados de pastoral universitaria de diversas diócesis
y jóvenes pertenecientes a diversos movimientos. Los comentarios positivos
que circulaban revelan que el Simposio sirvió para ampliar horizontes y para
avivar la conciencia de una presencia eficaz de la Iglesia en el mundo de la
cultura. Cabe destacar la labor del Servicio de Asistencia de Religiosa de la
Universidad de Sevilla, dirigido por D. Juan del Río Martín (delegado
episcopal para el encuentro), que, aparte de una organización perfecta, ha
sabido suscitar la colaboración de múltiples instituciones culturales y
universitarias de la ciudad de Sevilla, y coordinar la admirable labor de una
multitud de voluntarios.
Tras la lectura del telegrama del Santo Padre para impartir
la Bendición Apostólica e invocar la asistencia del Espíritu Santo sobre
los participantes, el Rector Magnífico de la Universidad, D. Miguel Florencio
Lora, pronunció las palabras de apertura. Siguió la prolusión del Cardenal
Paul Poupard, sobre "La esperanza cristiana: un nuevo horizonte para
la cultura moderna". Destacó el Cardenal que en este momento histórico
de transición entre dos milenios, la cultura se caracteriza por un pluralismo
extremo que genera relativismo, confusión y un desasosiego caracterizado por
la pérdida del sentido de la existencia. En este contexto, se dan dos
respuestas antitéticas al problema de Dios: la indiferencia religiosa y la
adhesión a los nuevos movimientos religiosos; es el llamado "retorno de
lo sagrado" o la "religiosidad salvaje", y el amplio fenómeno
de la New Age.
Ante estos desafíos —prosiguió el Cardenal— la
respuesta cristiana ha de ser hacer visible, concreta y creíble la
experiencia cristiana auténtica, que es lo que posibilita el encuentro
personal con Cristo. Es ésta la experiencia que transforma a las culturas, al
dar a cada uno un criterio con el que discernir los elementos de la propia
tradición cultural. En este proceso, la comunidad cristiana es el lugar
privilegiado para verificar la gracia que cada uno ha encontrado en la propia
vida y para constatar su profundidad, su solidez, su autenticidad. Quien se ha
encontrado con Cristo en la Iglesia, sólo al final de un período de formación
más o menos prolongado podrá dar el sí plenamente humano, libre, confiado,
sereno y maduro en que consiste la fe adulta. En vísperas del tercer milenio
—concluyó— la humanidad está a la espera de esta manifestación radiante
de esperanza cristiana por parte de los hijos de Dios.
Después del Cardenal, el filósofo español Julián Marías,
de la Real Academia Española, reflexionó sobre "La razón contemporánea,
entre la desesperanza y la esperanza". Comenzó destacando que el
horizonte de la muerte es inevitable y decisivo, clave de toda religión. El
hombre es moriturus, tiene que morir. Por ello, admitir que el hombre
se aniquila con la muerte implicaría que Dios ama al hombre "solamente
un rato", y que el hombre no verá nunca a Dios. Pero entonces, al estar
destinada a perecer, nada de la vida humana tendría sentido.
Como causas del descenso de la esperanza en la inmortalidad
señaló el afán de seguridades y la escasez de amor profundo. Otro factor
que influye es una noción de visión beatífica que no dice nada a la mayoría
de las personas y la interpretación de la otra vida como un
"estado". El filósofo continuó haciendo un intento sugestivo de
imaginar filosóficamente la vida perdurable. Para ello es necesario el uso de
la razón. Hoy sabemos qué es vida humana y persona. Es posible, pues,
imaginar algo verosímil y atractivo, sin dogmatismo, y con la seguridad de
que la realidad será inmensamente superior a lo que imaginemos.
La vida perdurable tiene que ser nuestra vida —afirmó—,
la de cada cual, con el conjunto de sus proyectos, vínculos y trayectorias
auténticas. Debe incluir las diversas edades de la persona, su condición
sexuada, la continuidad de la propia vida, y hasta una cierta cotidianeidad.
Hay que esperar también una intensificación del valor y del amor a lo
creado, iluminado por la luz de Dios. Frente a una concepción amorfa y
abstracta, se han de salvar la historia y la inmensidad de las formas de vida.
Y el conocimiento de Dios aparecerá como una empresa inagotable.
Es esencial, pues, la conservación de los atributos de la
vida humana de modo transfigurado. Si Dios pusiera al hombre sin más en el
paraíso, ya no sería él mismo, sino otra realidad. Porque el hombre hace
su vida, y en ella elige libremente quién pretende ser, para
siempre. Quidquid latet apparebit.
La sesión del viernes 13 por la mañana la abrió el P.
Carlos Valverde, S.I., de la Facultad Teológica "San Dámaso" de
Madrid, con una conferencia titulada "Hacia un hombre distinto",
que publicamos inmediatamente después de esta noticia. Para el P. Valverde,
no parece exagerado decir que el peor enemigo del humanismo cristiano es hoy
el capitalismo. No cabe duda de que el capitalismo ha aportado grandes
beneficios a una parte de la humanidad, pero —aparte de las injusticias que
ha cometido y comete— ha despertado tal ansia del dinero que éste ha
llegado a convertirse en el dios de este mundo. El dinero se puede considerar
como uno de los elementos decisivos en la aparición del hombre postmoderno,
el llamado "cuarto hombre" (tras el hombre pagano, el cristiano y el
moderno). El hombre postmoderno no tiene ni verdades ni valores y carece de
una esperanza trascendente, que es, sin embargo, un componente esencial de la
persona.
Frente al capitalismo, la Iglesia no propone un sistema
económico-social diverso, porque no es ésa su misión; sino que propone una cultura,
"la cultura del amor y de la vida", en frase de Juan Pablo II. Esta
cultura ofrece un modo distinto de ser persona: el modo del Evangelio, siempre
nuevo.
En la parábola del padre bueno —llamada del hijo pródigo—
(Lc 15, 11-32) podemos ver el enfrentamiento de dos concepciones distintas de
la existencia: la de la razón, encarnada en el hijo mayor, y la del amor,
encarnada en el padre. La modernidad ha sido la cultura de la razón; podemos
decir que ha entrado en una crisis irreversible. Ante el tercer milenio, es
hora de iniciar una cultura distinta, la cultura del amor, del ágape
cristiano. El sujeto de esa cultura será el "quinto hombre". Podrá
parecer utópica esta propuesta —concluyó el P. Valverde—, pero para
progresar hay que avanzar tendiendo siempre hacia la utopía.
Tras el P. Valverde, Mons. Javier Martínez, Obispo de Córdoba,
disertó sobre "La evangelización de la cultura, obra del Espíritu".
Toda cultura —afirmó— tiene un punto sintético de valoración, una
especie de clave de bóveda que puede ser más o menos consciente en cada
persona, y que define efectivamente el valor de cada cosa en esa cultura. Esta
clave se convierte en principio de conocimiento y de acción, de forma que
establece el nexo y la proporción entre cada circunstancia particular de la
vida y su significado total. No se trata de un principio filosófico
abstracto, sino de un verdadero centro vital, como observaba agudamente Santo
Tomás de Aquino: "la vida del hombre consiste en el afecto que
principalmente le sostiene, y en el cual encuentra su mayor satisfacción".
A partir de esta inteligencia se puede entender la relación
constitutiva de la experiencia cristiana a la cultura, y también lo que
significa para la Iglesia "evangelizar la cultura". El encuentro con
Cristo —esto es, con el cuerpo de Cristo que es la comunidad creyente,
animada por el Espíritu Santo— es un hecho absolutamente determinante en la
vida, y, por ello, es por sí mismo generador de cultura. Por la fe en
Jesucristo, el bautismo y la comunión con la Iglesia, nace una nueva
criatura, un sujeto nuevo que somete a crítica toda su experiencia, toda su
cultura, a partir de ese hecho determinante y nuevo.
Subrayó Mons. Martínez el carácter no ideológico de la
experiencia cristiana, y, por tanto, de la cultura que propiamente brota de
ella. La novedad que supone en la historia la aparición de esa comunidad
nueva que es la Iglesia, no radica en un esquema ideológico nuevo en oposición
a tantos, sino en la iniciativa de Dios, que suscita una novedad fuera de
todos los esquemas.
Al hombre de nuestro tiempo, hastiado de ideologías y de
falsas promesas, Mons. Martínez terminó recordándole algunos rasgos propios
de la cultura cristiana, que muestran la correspondencia profunda entre el
hecho cristiano y las exigencias del corazón humano: el valor sagrado de toda
persona humana en tanto que persona, el reconocimiento de toda la realidad
como signo del Misterio —es decir, de Dios, y, por tanto, de un Amor
infinito—; la razón como apertura, y la libertad como adhesión a ese Amor;
y el don de sí como norma suprema del obrar y como realización plena de la
existencia humana.
La sesión de tarde del viernes 13 se inició con una
ponencia de D. Eudaldo Forment, Catedrático de Metafísica de la Universidad
de Barcelona, sobre "El pluralismo cultural y la unidad en la fe".
Frente a la opinión de que la fe se opone a las culturas, el Prof. Forment
defendió una neta distinción entre fe y cultura que no implica oposición ni
conflicto entre ambas. La Iglesia ha tomado como modelo de evangelización de
la cultura la encarnación del Verbo, que asumió todo lo que es propio del
hombre menos el pecado. Por ello, lejos de oponerse a lo cultural, lo ayuda,
lo fomenta, y lo lleva a su plenitud.
Para un naturalismo secularista, lo natural y lo cultural
no necesitan del don divino. Es una postura optimista ante lo natural y lo
cultural, que son considerados absolutamente autónomos. Se desemboca así en
un separatismo entre la cultura humana y el Reino de Dios. A grandes rasgos es
ésta la postura de la modernidad, caracterizada por un olvido de lo
sobrenatural. La actitud antitética sería un sobrenaturalismo
trascendentalista o escatologista, que deforma igualmente la postura
cristiana. Para esta tendencia, el cristianismo está orientado a lo eterno de
tal modo que lo natural y lo cultural serían ajenos e incompatibles con el
fin último sobrenatural. Es una postura pesimista ante la bondad de lo
natural, que elimina la esperanza. Podemos verla reflejada en el actual
movimiento postmoderno. Frente a estas posturas unilaterales, la Iglesia
afirma la bondad de lo cultural —aunque esté debilitado por el mal— y la
legítima autonomía de las culturas.
Las relaciones entre la fe y la cultura pueden considerarse
a la luz de tres principios generales formulados por Santo Tomás. El primero
es que la gracia no anula la naturaleza, sino que la perfecciona. De ahí
nacen la suavidad y la armonización con que la gracia se adapta siempre a las
culturas. El segundo principio sostiene que lo sobrenatural no sólo no es
opuesto a lo natural, sino que lo exige como sujeto al que perfeccionar. El
cristianismo lo incorpora todo, de todo se sirve, menos del mal. La fe no
destruye pues a las culturas, ni las sustituye por otra cultura distinta. Pero
la fe no es del mismo orden que la cultura; trasciende todas las culturas y no
se identifica con ninguna determinada. Por último, el tercer principio afirma
que lo sobrenatural restaura a lo natural en su misma línea. Lo cual implica
que la cultura, para llegar a su plenitud, necesita ser fecundada por la fe,
por más que sin el cristianismo puedan lograrse valores culturales auténticos.
Concluyó el Prof. Forment recordando que la Iglesia ejerce
su servicio a las culturas y a los hombres en un clima de diálogo cordial y
fecundo, respetando y valorando la pluralidad y la diferencia de culturas,
pero tendiendo siempre a unir, no a dividir.
La sesión de la tarde concluyó con una mesa redonda sobre
la "Unidad y pluralidad en la Iglesia", presidida por el Sr.
Arzobispo de Granada, Mons. Antonio Cañizares.
Dña. Adele Fornaro, del Movimiento de los Focolares
(responsable mundial de la rama juvenil femenina), resaltó que la unidad es
un don del Espíritu Santo que desciende de lo alto cuando vivimos el
mandamiento nuevo del amor recíproco. El amor cristiano es imagen de la mutua
inhabitación de las divinas personas en la Trinidad. Es una experiencia
nueva, pero que requiere ser experimentada de modo concreto para poder captar
su novedad.
Dña. Adele resaltó también cómo se ha vivido el valor
de la obediencia eclesial desde dentro del movimiento de los focolares. La
fundadora, Chiara Lubich, ha visto siempre a la jerarquía de la Iglesia no sólo
como una autoridad a la que hay que obedecer, sino como un instrumento a través
del cual se revela la voluntad de Dios. Por ello, incluso cuando la jeraquía
contradice nuestros propios proyectos, sus indicaciones son siempre fuente de
alegría.
Por su parte, el P. Juan-Antonio Martínez Camino, S.I.,
Secretario de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe, destacó que
no hay pluralidad sin unidad. El pluralismo, si no quiere degenerar en
fragmentación caótica, no debe confundirse con un relativismo carente de
referencias a la identidad humana. ¿Bastan la homogeneización de la técnica
moderna o el puro juego del diálogo social para ofrecer la referencia de
unidad que necesita un pluralismo verdadero? Parece que no. La Iglesia es un
pueblo unificado por la verdad misma de Dios y del hombre. Su unidad no es
transferible directamente a la ciudad terrena, pero es capaz de actuar como
signo e instrumento de una unidad radical de los hombres con Dios y entre
ellos. Esta unidad de fondo es la que posibilita una pluralidad democrática
verdadera. El P. Martínez Camino terminó subrayando que "no todas las
opiniones son igualmente respetables, aunque las personas siempre lo
sean".
Concluyó el turno de intervenciones D. Juan del Río Martín,
Director del Servicio de Asistencia Religiosa de la Universidad de Sevilla,
subrayando que la santidad de la Iglesia y de sus miembros es el único camino
de realización de la unidad en la diversidad. La Iglesia es un auténtico
espacio de esperanza para las culturas, y el futuro del cristianismo y de sus
instituciones pasa por la cultura. La fe crea cultura, ella misma es cultura.
La esperanza es fuente de inspiración y norma de acción en medio de la
pluralidad de culturas. Cuando en una vida hay esperanza, en esa vida hay
también sentido, y esa vida suscita entonces la pregunta, el interrogante. La
esperanza tiene que estar en nuestros corazones y en nuestras vidas para que
la gente nos pida razones de ella. La esperanza humana no trasciende los límites
del tiempo, pero la esperanza cristiana se proyecta hacia la eternidad,
integrando y orientando las esperanzas del hombre hacia su fin último. En
palabras de Juan Pablo II, "cuando la esperanza se desvanece, las
culturas mueren".
En la mañana del sábado 14 de marzo, Mons. Józef
Miros_aw _yci_ski, Arzobispo de Lublin (Polonia), trató de "El diálogo
ciencia-fe en el contexto de las cuestiones filosóficas de la física
contemporánea". Señaló que los descubrimientos de las ciencias
naturales han cambiado radicalmente el horizonte de nuestra cosmovisión. En
los últimos años han tenido lugar transformaciones profundas en las
interpretaciones cosmológicas de la naturaleza. Pero los trabajos de Davies,
Hawking, Hartle o Penrose manifiestan que se pueden dar interpretaciones filosóficas
muy distintas a un mismo formalismo matemático. Ante estos desafíos, Juan
Pablo II, en su carta del 1 de junio de 1988 dirigida al P. George Coyne,
S.I., Director del Observatorio Astronómico Vaticano, subraya su gran deseo
de que el diálogo entre ciencia y fe continúe, se profundice y se amplíe.
En la actualidad abundan intentos poco serios de unificar
la ciencia con filosofías de corte oriental (cf. la obra de Capra). Otros ven
en la ciencia el único conocimiento fiable frente a las
"supersticiones" religiosas (p. ej. Hawking); pero estas
posiciones se basan en prejuicios filosóficos y no en la ciencia como tal. No
obstante, existe también una visión cristiana del diálogo ciencia-fe; es la
postura de quienes integran los datos de las ciencias en una visión armónica
que revela la presencia del Logos divino como fundamento de un cosmos en
evolución, especialmente en la cosmogénesis y en la antropogénesis.
La ponencia de clausura corrió a cargo del Sr. Arzobispo
de Sevilla, Mons. Carlos Amigo Vallejo, O.F.M., sobre los "Signos de
esperanza en la cultura contemporánea". Destacó el Prelado que en
nuestra cultura la militancia atea ha dejado paso al desinterés por lo teológico,
como si este soslayar lo trascendente fuese una exigencia de la ciencia y del
progreso. Sin embargo, una seria responsabilidad intelectual no debería
tolerar que se echase por tierra de este modo la sabiduría del espíritu.
Enemigo de la verdadera cultura es el poder político o
económico cuando llega a anular la iniciativa privada, la tradición y el espíritu
genuino de un pueblo. Cuando la ideología suplanta a la tradición, aparece
una cultura politizada, ajena al pueblo al que dice representar, y que
desemboca en una antropología secularizada.
Como elementos fundamentales que constituyen a la cultura
destacó la humanización como desarrollo del hombre; la libertad como
asimilación personal del pensamiento; la formación de la conciencia como
cultura moral; la educación como ofrecimiento al hombre de todas las
dimensiones que le ayudan y perfeccionan; el diálogo como respeto a la
pluralidad y enriquecimiento recíproco.
Por último, comentando el nº 45 de Tertio millennio
adveniente, señaló algunos de los signos de esperanza presentes en
nuestra cultura: el interés por la justicia y el reconocimiento de los
derechos humanos, la promoción de la solidaridad y la cooperación universal,
una nueva preocupación moral, la defensa de la vida, la protección de la
naturaleza, la promoción de la mujer, el desarrollo de la ciencia, la
renovación de la Iglesia...
Clausurando el Simposio, el Cardenal Poupard recordó que
en la evangelización es el Espíritu Santo el que tiene la iniciativa; es él
el agente, es él el que impulsa, es él el que anima. Por ello, el objetivo
primario de los cristianos en la preparación del Gran Jubileo del 2000 será
sintonizar con "Aquél que construye el Reino de Dios en el curso de la
historia y prepara su plena manifestación en Jesucristo". He ahí la
clave; ir a donde él lleve, seguir la inspiración que él marque, ver la
realidad a la luz de lo que él ilumine.
"Esta perspectiva grandiosa —afirmó— nos llena
necesariamente de gozo. Más allá de las tensiones, de los conflictos, de los
signos de muerte, hay un motivo profundo de esperanza. El mismo Dios que con
una mirada de ternura sostiene en el ser la realidad entera —desde la más
ínfima de las particulas subatómicas hasta la totalidad del universo—
tiene también en sus manos las riendas de la historia. Y los cristianos
estamos llamados a colaborar en esta empresa sin igual; incorporados a Cristo,
partícipes de su Espíritu, para realizar obras de salvación incluso mayores
—según su palabra— que las que él mismo realizó en su vida mortal. ¿Puede
haber alegría mayor?"
- - -
[Français]
Dans le cadre de l'année 1998 consacrée au Saint-Esprit et à la vertu d'Espérance,
le Conseil pontifical de la Culture a promu du 12 au 14 mars à l'Université
de Séville un Congrès sur "La culture et l'espérance chrétienne".
Parmi les 650 participants, de nombreux étudiants, professeurs, prêtres,
religieux, séminaristes et responsables de la pastorale universitaire des
différents diocèses, ainsi que des jeunes appartenant à divers mouvements.
Relevons l'organisation du Service d'Assistance Religieuse de l'Université et
la collaboration de plusieurs institutions culturelles.
[English]
From 12 to 14 March 1998, in the year dedicated to the Holy Spirit and the
virtue of hope, the Pontifical Council for Culture organized a symposium in
Seville on "Culture and Christian Hope". Some 650
people took part, including students, teachers, lecturers, priests, religious,
seminarians, people from various dioceses involved in university pastoral work
and young people belonging to different movements. The event was remarkably
well organized by the University's pastoral service, with the co-operation of
a number of cultural institutions.
HACIA UN HOMBRE DISTINTO
Carlos VALVERDE MUCIENTES, S.J.
Facultad Teológica "San Dámaso" (Madrid)
1. Situación
Parece que se puede afirmar que los futuros filósofos de
la historia calificarán un día al siglo XX, a pesar del gran progreso científico
e industrial obtenido, como el siglo del desprecio a la persona. En el
fondo, las grandes guerras de este siglo, los campos de concentración y de
exterminio, los genocidios de Camboya o de África, la eterna guerra de los
Balcanes, las matanzas en Argelia, el terrorismo, y tantos otros factores, lo
que significan es el predominio de ideologías, de razas, de religiones, de
nacionalismos —en suma, de valores abstractos— sobre el valor y el respeto
a toda persona. Se ha sacrificado la persona a valores materiales, o a ideas e
idealismos abstractos, utópicos y bárbaros.
En el mundo occidental, pasadas las conmociones de este
siglo, y eclipsadas las ideologías, ha subido, de manera irresistible, otro
poderoso factor dominante e inhumano y, en cierta manera, más destructivo del
verdadero humanismo que las guerras, porque aquéllas pasan, pero este factor
permanece: me refiero al sistema económico-social neocapitalista, en el que
vive una gran parte de la humanidad. Puedo equivocarme; pero estoy persuadido
de que el peor enemigo que tiene hoy el humanismo cristiano es el capitalismo.
Él ha creado y ha llevado a los altares de la adoración a un dios refulgente
y cuasi-omnipotente al que se sacrifican todos los demás valores y todas las
personas: el dinero.
El capitalismo nació con la Revolución industrial,
iniciada a finales del siglo XVIII, y se desarrolló en el XIX, con los
trastornos sociales y humanos que todos conocemos. Pero ha sido en la segunda
mitad del siglo XX cuando ha alcanzado las cotas más altas de creación y de
apropiación de riqueza; y cuando se ha extendido —como una envolvente marea
negra— sobre las sociedades que un tiempo fueron cristianas, el ansia de
dinero, para poder disfrutar de todas las delicias que con él se obtienen.
Hoy se habla mucho de la postmodernidad. No entraré en una
descripción detallada de lo que esa palabra significa, porque se ha hecho
muchas veces y es conocido su significado. Todos sabemos que es real una
situación de desencanto de la razón, de desconfianza, y aún desprecio,
hacia la verdad, de eclipse de las tablas de valores verdaderos y objetivos,
de la sonrisa irónica ante los intentos de explicar el mundo, el hombre y
Dios, ante "los grandes relatos", o ante quien propone un humanismo
que sea fundamentalmente válido para todos. En el ambiente de las sociedades
que un día, todavía no lejano, se regían por los principios y los valores
cristianos, predomina hoy el escepticismo, el relativismo, el subjetivismo, y,
sobre todo, el hedonismo: vale lo que me agrada; o mejor: todo vale si me
agrada. Se desprecia la metafísica porque se ignora.
A esta situación de desencanto se ha llegado por múltiples
factores filosóficos y culturales, ya muy examinados y conocidos. Pero tengo
la impresión de que no se ha dado la importancia que tiene, en esta gravísima
crisis de valores humanos y cristianos, al materialismo sofocante, inducido
precisamente por el capitalismo triunfante y arrollador de esta segunda mitad
del siglo XX. El capitalismo ha logrado vencer al comunismo como sistema económico-social
y ha quedado triunfante y dueño absoluto del campo. Ya no tiene enemigos. Un
ingenuo profesor norteamericano, de origen japonés, Francis Fukuyama, ha creído
que con el capitalismo como sistema económico y con la democracia liberal
como sistema político, ha llegado nada menos que "el final de la
Historia", y ha aparecido nada menos que "el último hombre" (The
End of History and the Last Man, 1992). En el neoliberalismo capitalista
habría hallado el hombre, al fin, la liberación y la satisfacción de todas
sus aspiraciones. ¡Dios no le tenga en cuenta semejante ingenuidad!
Consideran los economistas que el constituyente esencial
del capitalismo es la obtención del "máximo beneficio". Pues bien,
el capitalismo, como casi todos los grandes y poderosos de la historia, es
maquiavélico; y, con tal de obtener ese fin, considera justificados todos los
medios. No negaré que el capitalismo ha aportado considerables beneficios
materiales a una parte de la humanidad, sobre todo por la industrialización.
Pero ciertamente ha despertado también en las multitudes tal ansia de ganar y
tener dinero que ha hecho imposible para muchos la objetivación, la estima y
la práctica de los valores espirituales, que son los más humanos. No es mi
propósito repetir ahora las graves denuncias hechas contra el capitalismo,
sea por los marxistas, sea por los Papas. La última la hizo Juan Pablo II
en su viaje a Cuba. Sí quiero dejar constancia de que una de las causas
principales del caos moral en el que vivimos, y de la crisis humanista y
postmoderna, es, a mi juicio, el capitalismo. La vieja y peligrosa utopía de
la Ilustración: "Tenemos derecho absoluto a ser felices en este
mundo"; completada con la respuesta del capitalismo naciente: "Y lo
seréis teniendo mucho dinero", está hoy en el subconsciente, y aún en
la conciencia colectiva de los pueblos, de las familias y de los individuos.
Es de las pocas proposiciones universales que no se ponen en duda, ni se exige
su verificación. Los medios de comunicación social, dominados por el gran
capital, se encargan de que no se nos olvide.
Es muy significativo, a este propósito, que Jesucristo no
anunció otra antinomia radical con Él más que el dinero: "No podéis
servir a Dios y al dinero" (Mt 6, 24). Pero he aquí que en las
sociedades contemporáneas se sirve mucho más al dinero que a Dios. Al
dios-dinero, refulgente e irresistible, se le sacrifican las personas, las
familias, los hijos; por su adoración hay personas que pierden la fama y la
honra, y se corrompen en negocios y desfalcos escandalosos; a él se le
entregan las horas ordinarias y las extraordinarias, las que se deberían
dedicar a la entrañable convivencia familiar para transmitir a los hijos los
valores morales, culturales y religiosos. Por el dinero los hermanos oprimen a
los hermanos en los precios insoportables de las viviendas, en la carestía
siempre en alza de los medios necesarios para la vida, en la creación
ininterrumpida de nuevas y falsas necesidades. Esto, para no hablar de la
explotación de pueblos subdesarrollados a los que se les compran las materias
primas a precios bajos, y a los que se les vende armamento convencional o
elementos bacteriológicos y minas unipersonales para que se hagan la guerra.
Pero, con tal de obtener dinero, todo vale. En suma, que el capitalismo,
queriendo crear una "sociedad del bienestar" ha creado, para muchos
millones de personas, una "sociedad del malestar".
2. El cuarto hombre
Ha aparecido así lo que Gianfranco Morra, profesor de
sociología en Bolonia, ha llamado el cuarto hombre. Después del
hombre griego, educado en la σωφρoσύvη
y en la καλoκ_γαθία, apareciσ
el hombre cristiano modelado por el Evangelio. Fue el segundo hombre. En el
siglo XVIII se desplaza al modelo cristiano de persona y aparece el tercero,
el hombre ilustrado, el hombre cuya divinidad era la razón, de la que decía
"nec decipit ratio nec decipitur unquam": la razón, ni se
engaña, ni nos engaña nunca; es infalible. El hombre racional, liberado de
supersticiones y prejuicios religiosos, morales y políticos. Ese modelo,
vigente hasta la mitad de nuestro siglo, ha hecho crisis en su segunda mitad,
y ha dado paso al hombre postmoderno, el cuarto hombre.
El hombre postmoderno es hedonista y consumista como le
enseña el sistema. Relativista y escéptico, prefiere un pensamiento débil y
fragmentario que no le comprometa a nada. Se ríe de la verdad y de los
ideales como mandaba Nietzsche. Cree que lo que le apetece y le agrada es
natural, y confunde lo bueno con lo agradable. Es un ser invertebrado,
fragmentado y hasta nihilista. Afirma, además, que vive esta derelicción sin
aquella "existencia trágica" con que la vivían, o decían que la
vivían, los existencialistas de mediados de siglo, sino que se encuentra así
muy a gusto. Pone su esencia no en el ser, sino en el poseer y en el acumular
dinero, como ya lo denunció acertadamente Marx, en el siglo pasado. Desprecia
lo religioso porque lo ignora, pero se cree en el derecho de hablar de ello,
por cierto con una frivolidad irritante.
Augusto del Noce escribía en 1986: "En la sociedad
presente se debería hablar de absolutización del momento económico, en el
que tienden a desaparecer la nociones del bien y del mal y se sustituyen por
las del éxito y el fracaso. Se está formando la sociedad más desacralizada
que la historia haya conocido jamás" ("L'ora di una nuova laicità":
Il Sabato, Roma, 25-10-1986). Tatiana Goritcheva, una mujer rusa
convertida del marxismo al catolicismo, escribe: "Cuando llegué a Europa
caí súbitamente en la cuenta de que aquí la palabra espíritu prácticamente
no existe ya, no tiene consistencia. El espíritu se ha convertido en algo
irreal [...] A la crisis del espíritu en Europa, la acompaña una crisis de
energía" (AA.VV., La Filosofia di Karol Wojtyla, Bolonia 1983,
95).
La familia deja de ser el hogar entrañable y cálido en el
que hay tiempo y sosiego para la convivencia gozosa entre padres, hijos y
hermanos, y para la transmisión de valores. Se convierte en un ámbito con
frecuencia estrecho e insoportable, para breves intervalos en el trabajo fuera
de casa. No puede ser fecunda, porque hay que mantener un nivel económico que
permita disfrutar de todos los placeres que ofrece el dinero. Los hijos ya no
son la alegría del hogar y el regalo de Dios; son una carga y un obstáculo;
por eso es mejor evitarlos o estrangularlos en el seno materno. La mujer, con
frecuencia, no quiere ser virgen, pero tampoco madre, porque entonces no puede
ganar su dinero y vivir con independencia de su marido.
La sociedad se ha convertido en un inmenso y complicadísimo
tejido de producción y comercio cuya célula es la empresa, movido todo por
un círculo vertiginoso: trabajar para producir, producir para consumir,
consumir más para producir más; y todo para ganar más dinero. Los estados
valoran el éxito de su gestión por el crecimiento del Producto Interior
Bruto, por el aumento del consumo, por la capacidad adquisitiva; es decir, por
valores materiales y económicos, no por la elevación de la sociedad hacia un
humanismo mejor. Los planes de estudio y formación para niños y adolescentes
están orientados, prevalentemente, hacia la formación técnica y productiva,
no hacia la humanización.
Los creadores de la nueva Europa democrática, después de
la Guerra Mundial, fueron tres grandes católicos: Konrad Adenauer, Robert
Schumann y Alcide De Gasperi, que se inspiraban además en las enseñanzas
sociales de Pío XII. No pudieron prever las consecuencias catastróficas para
la persona y para el cristianismo que el sistema neoliberal capitalista iba a
traer.
3. ¿Y la esperanza?
Antes que Ernst Bloch, ya Gabriel Marcel había hecho muy
finos análisis de la esperanza, y la había considerado como un componente
estructural de la persona. Salía al paso, con ello, a la filosofía
desesperanzada y trágica de Jean-Paul Sartre y de Martín Heidegger. Para
Marcel el ejercicio de la esperanza significa una confianza serena en la
realidad y en la persona. La verdadera esperanza se da, sobre todo, en el amor
personal, cuando es mucho más que erotismo. Quien espera, no dice sólo
"yo espero"; dice también "en tí" y "para
nosotros", porque lo que se espera atañe siempre al que espera y a aquél
de quien se espera. Es un modo de profunda apertura al otro y de intercomunión
humana; de la relación yo-tú que siempre es creadora. La esperanza me
indica, además, que puedo triunfar de todas las decepciones sucesivas, y que,
por ello, vale la pena estar siempre en actitud de búsqueda de mejores
valores humanos. La esperanza mira siempre al futuro y lo encuentra abierto.
La desesperanza lo encuentra cerrado.
La esperanza, si es verdadera, es también un impulso hacia
la trascendencia. Sea o no sea consciente de ello, la persona, cuando espera,
busca ser más, o, mejor, más ser. Las limitaciones estructurales de nuestro
ser y la fuerza gravitatoria que experimentamos hacia la plenitud, nos llevan
a esperar en un Tú absoluto y plenificante, un Tú del cual se puede renegar,
pero no se puede desesperar. "Desde el momento en el que me abismo, de
alguna forma, ante el Tú absoluto —escribe Marcel— que, en
condescendencia infinita, me ha hecho salir de la nada, parece que me prohibo
para siempre desesperar, o más exactamente, que atribuyo implícitamente a la
desesperación posible, un carácter tal de traición que no podría
entregarme a ella sin pronunciar mi propia condenación" (Homo viator,
Paris 1944, 63). La esperanza es, en último término, la respuesta del ser
contingente al amor del Ser absoluto, un signo de nuestra dependencia de Él
que nos hace libres, y de la plena seguridad en Él. Pertenece a la estructura
óntica de la persona, pertenece al ser, no al tener. Por eso la esperanza
referida al Ser absoluto da sentido y plenitud a la existencia.
Esto supuesto ¿qué esperanza última puede tener el
cuarto hombre que vive absorbido por el tener y no cree en un Absoluto
trascendente? Y si no se tiene una esperanza final y plenificante ¿vale la
pena vivir, y vivir honestamente? Sin esperanza ¿hay persona? El cuarto
hombre tiene falsas necesidades, pero no esperanza en el sentido humano,
divino y elevador de esta palabra. Marcel escribe: "Sólo los seres
enteramente liberados de las ataduras de la posesión bajo todas sus formas,
se hallan en disposición de conocer la divina ligereza de la vida en
esperanza" (ibid., 82). El afán de tener y de acumular es egoísta
y se cierra en sí mismo y en sus intereses económicos. No sin un deje de
tristeza reconoce Marcel que "esta liberación, esta exención está
llamada a quedar como el privilegio de un pequeño número de elegidos. Los
hombres, en su inmensa mayoría, están destinados, según todas las
apariencias, a permanecer enredados en las inextricables redes del tener"
(ibid. Cuanto se ha escrito sobre la esperanza, con valoraciones críticas
y sugerentes ideas personales, lo ha sintetizado P. Laín Entralgo, La
espera y la esperanza, Madrid 1958).
De ahí el taedium vitae de muchos contemporáneos
nuestros que se han afanado tanto por acumular y, al final, experimentan el
vacío existencial del que habló Viktor Frankl como característico de las
sociedades capitalistas; es decir, la falta de sentido de la vida (cf. Ante
el vacío existencial, Barcelona 1980; El hombre en busca de sentido,
Barcelona 1982; La presencia ignorada de Dios, Barcelona 1981). Ya
Kierkegaard advirtió que "el hombre estético", el que vive sólo
de los placeres de los sentidos, es, en el fondo, un desesperado. Y remedando
al Evangelio podríamos preguntar: ¿de qué le sirve al hombre poseer todo el
mundo si su vida no tiene sentido?
4. La cultura
Soy consciente de que he acentuado los aspectos sombríos y
negativos del capitalismo, y de que este sistema ha tenido y tiene muchos
valores positivos en la industrialización y en el progreso material, como ya
he dicho. Lo he hecho conscientemente. En cuanto podemos conjeturar el futuro,
el capitalismo es inamovible por muchos años y acaso siglos. Denunciar sus
contradicciones y los gravísimos perjuicios que está causando a la
humanidad, a las personas y a los valores religiosos y morales, me parecía
una obligación en un congreso en el que queremos hablar de cultura. Sólo si
se diagnostica y se reconoce sinceramente una enfermedad hay esperanza de
curación. Lo malo es que, en este caso, la sociedad capitalista, gravemente
enferma, no se reconoce todavía como tal. José Luis Pinillos acaba de
escribir, y ojalá tenga razón, que "en los últimos años se va cayendo
en la cuenta de que la Posmodernidad no es una Modernidad que se haya vuelto
loca sino, más bien, una Modernidad que ha comenzado a tomar conciencia de su
locura" (El corazón del laberinto, Madrid 1997, 338).
Al llegar aquí se podría preguntar: entonces ¿qué
sistema propone la Iglesia como alternativa o superación de los
"mecanismos perversos" —así los llamó Juan Pablo II (cf. Sollicitudo
rei socialis, nº 35)— de los que está formado el capitalismo? Pues
bien: la Iglesia ni tiene ni puede tener un sistema económico-social que
proponer como alternativa al capitalismo. La Iglesia no tiene autoridad más
que en lo que atañe a la fe y a la moral. La economía como tal cae fuera de
su misión y de su ámbito doctrinal. La Iglesia —dice también Juan Pablo
II— "no propone sistemas o programas económicos y políticos, ni
manifiesta preferencias por unos o por otros, con tal de que la dignidad del
hombre sea debidamente respetada y promovida y ella goce del espacio necesario
para ejercer su ministerio en el mundo" (ibid., nº 41). Buscar
soluciones técnicas a las contradicciones de un sistema económico es tarea
de economistas, sociólogos y políticos, no de la Iglesia en cuanto tal.
Pero si no puede ofrecer soluciones técnicas, sí puede
ofrecer, y es lo más importante, una cultura, es decir, un modo de ser
persona. La revelación divina no ha pretendido enseñarnos ciencias de la
naturaleza, ni ciencias económicas. Eso lo ha dejado a la libre investigación
de los hombres. La palabra de Dios nos ha enseñado a ser personas. El Papa
dijo en Cuba, el 25 de enero de este año, refiriéndose al neoliberalismo y
al neocapitalismo: "La Iglesia, maestra en humanidad, frente a estos
sistemas, presenta la cultura del amor y de la vida". La proposición
del Papa es perfecta y programática: la Iglesia sí puede proponer al mundo
de hoy, y es su más verdadera vocación, un conjunto de valores humanos que
ayuden a las personas a ser más plenamente personas. Creo que no exagero si
digo que, aún a pesar de errores y pecados, ha sido la institución creadora
de la más alta cultura que ha habido en la historia. Sabiéndolo o sin
saberlo, la humanidad entera es deudora a la fe cristiana de muchos de los más
elevados valores culturales humanos. Sería fácil demostrarlo, pero demasiado
largo. Si somos capaces de renovar, recrear y ofrecer a los hombres nuestra
admirable cultura cristiana, entonces obligaremos al capitalismo a doblar su
altiva cerviz ante los verdaderos y eternos valores humanos.
Lo que los hombres queremos decir con el vocablo cultura ha
sido inacabablemente discutido. No es éste el sitio de entrar en diálogo con
Freud, que consideraba la cultura como el conjunto de creaciones sociales que
reprimen la libido y así posibilitan la vida humana; ni con Marx, que
estimaba la cultura como un producto superestructural determinado por la
infraestructura económica; ni con Ortega y Gasset, que pensaba que la cultura
es aquello que el hombre hace cuando siente que naufraga en el mar de la vida,
para poder sobrevivir; ni con tantos otros. (Puede verse, entre la inmensa
bibliografía, E. D'Ors, La ciencia de la cultura, 1963; O. N. Derisi, Filosofía
de la cultura y de los valores, 1963.)
El Concilio Vaticano II dijo: "Con la palabra
cultura se indica, en sentido general, todo aquello con lo que el hombre afina
y desarrolla sus innumerables cualidades espirituales y corporales, procura
someter el mismo orbe terrestre con su conocimiento y trabajo, hace más
humana la vida social, tanto en la familia como en toda la sociedad civil,
mediante el progreso de las costumbres e instituciones; finalmente, a través
del tiempo, expresa, comunica y conserva en sus obras, grandes experiencias
espirituales y aspiraciones, para que sirvan de provecho a muchos, e incluso a
todo el género humano" (Gaudium et spes, nº 53).
De manera más sencilla, creo que podemos llamar cultura a todo
aquello que ayuda a que la persona sea más plenamente persona, entendida ésta
como es, es decir, una simbiosis de cuerpo y espíritu, toda ella cuerpo, toda
ella espíritu. Así, la cultura viene a perfeccionar la naturaleza. No
hay contraposición entre ambas, como quisieron ver Rousseau y muchos de sus
seguidores, hasta los postmodernos de nuestros días. Ni hay contraposición
entre naturaleza y espíritu, como han querido muchos alemanes desde Hegel. Ni
entre naturaleza e historia, como creyó la escuela histórica alemana del
siglo pasado. Hay naturaleza humana, como es evidente, y hay historia, espíritu
y cultura. Entre ellas se da complementariedad, porque la persona es una y única.
Cuando se habla de cultura, este concepto debe utilizarse referido
exclusivamente a las personas. Los animales ni tienen ni pueden tener cultura,
sólo tienen naturaleza. Por eso no tienen historia. Pero la persona es una
unidad dual, o una dualidad unida en una sola esencia.
Mario Bunge ha dicho que las actividades culturales son
actividades sociales llevadas a cabo por individuos, ya sea solos o, más a
menudo, en relación y cooperación con otros. La cultura constituye pues un
"subsistema" de la sociedad —el más importante— en la cual hay
que tener en cuenta, naturalmente, los subsistemas de la economía, la política
y otros. Pues bien, hablemos de un nuevo subsistema cultural que oponer al
economicismo capitalista.
5. Hacia un nuevo subsistema cultural
En la imposibilidad de exponer aquí todos los componentes
de una antropología y de una sociología auténticamente cristianas y
humanas, que, de alguna manera, corrijan el antihumanismo capitalista, me
detendré únicamente en dos elementos que considero fundamentales: 1º)
recuperar el verdadero concepto de persona; 2º) predominio del amor verdadero
sobre todos los otros valores. Sin ellos, cualquier intento de crear cultura,
es decir, de perfeccionar a la persona, me atrevo a calificarlo de vano y de
fracasado.
1º El verdadero concepto de persona
Es aquí donde radica toda la problemática teórica y práctica
acerca de la cultura y del humanismo. La verdadera aporía en que se encuentra
hoy la humanidad está en el concepto de persona, en la antropología. Hay
tantos conceptos de persona, tantas antropologías, cuantos filósofos o
cuasi-filósofos. Tot capita quot sententiae. No los enumeraré porque
el elenco es demasiado largo y hay para todos los gustos, desde los
estructuralistas de los años sesenta y setenta, que dijeron que el hombre es
una invención de la Ilustración, hasta los que ahora lo clasifican dentro de
la especie de los ordenadores. Puesto que en toda la primera parte he dedicado
una atención casi exclusiva al capitalismo, analizaré ahora, brevemente, no
lo que piensa el capitalismo de la persona —porque el capitalismo piensa
poco— sino lo que la persona es o puede llegar a ser, a pesar del sistema
capitalista del que no hay manera, hoy por hoy, de liberarnos.
El marxismo era una ideología totalizante. Quiero decir
que proponía una explicación completa y coherente del mundo, del hombre y de
Dios. Era una filosofía de la naturaleza, una antropología, una teoría económica,
una sociología, una teoría del estado, una religión y hasta una mística.
Por ello sedujo tanto. Y además imponía por la fuerza toda esa cosmovisión.
El capitalismo no es una Weltanschauung, una cosmovisión o una ideología.
Le tiene sin cuidado lo que cada uno piense o cómo cada uno interprete la
realidad. El capitalismo es sólo una economía. Es un sistema de producción
y mercado orientado hacia la consecución del máximo beneficio. Pero esta
realidad, cuando ha alcanzado el enorme desarrollo que ahora tiene, ha
provocado una inversión del paradigma de lo que es y de lo que debe ser la
persona. Ha hecho de la persona, como ya he dicho y hablando en general, una máquina
de producir y de consumir. La persona interesa como productor y como
consumidor.
Ya hace muchos años Herbert Marcuse denunció el hecho de
que el hombre y la mujer de hoy salen a la calle, fundamentalmente, a comprar
o a consumir sus horas libres en los grandes espectáculos de masas, o a hacer
proyectos de compras y anteproyectos de más compras. La gente se reconoce a sí
misma en su mercancía, encuentra su alma en su automóvil, en su video, en su
antena parabólica, en el deporte, en los viajes de turismo y de placer, en
los espectáculos. Los individuos han llegado a ser unidimensionales,
propensos al mimetismo absoluto. Con los productos de consumo acallan su
conciencia desgraciada y su falta de libertad que antes acallaban con la
religión. Y cuando aparecen "herejes" de esta sociedad,
frecuentemente entre los jóvenes, los mayores se escandalizan, procuran
convertirlos y casi siempre lo consiguen.
La persona cristiana, si quiere vivir como cristiana, tiene
que ser "hereje" de esta sociedad, y evitar la seductora tentación
de "convertirse". La persona cristiana cree en Dios, es decir, se
siente inevitable y gozosamente religada a Alguien que es su fundamento, su
razón suficiente, su fin; Alguien que es su Esperanza y su Amor y que, por
tanto, es compañía cercana y seguridad cierta. Alguien que, porque le ama,
le indica con sus mandatos cuál debe ser su comportamiento como persona y cuáles
son los valores humanos. Salvo loables excepciones, sin fe en Dios no hay
humanismo pleno, porque si el hombre se apoya sobre el hombre se apoya sobre
algo muy endeble y contingente. La razón apoyada sólo en la razón acaba con
frecuencia en lo irracional. "Estoy convencido —escribe el Cardenal
Joseph Ratzinger— de que la destrucción de la Trascendencia es la mutilación
radical del hombre, de la que brotan todas sus frustraciones" (Iglesia,
Ecumenismo y Política, Madrid 1987, 231). En ese proceso de toma de
conciencia de su plenificante religación con Dios, la persona descubre a
Jesucristo, Dios-hombre, "El que tenía que venir" (Mt 11,
3) como Maestro. En su persona y en su palabra, contenida en el evangelio, y
transmitida fielmente por la Iglesia, a pesar de todos los avatares de la
libertad y de la debilidad humana, encuentra "el camino, la verdad, y la
vida" (Jn 14, 6), cuanto necesita para vivir como persona.
Por todo ello, la persona cristiana tiene una conciencia
muy clara de que no es sólo un complejo biológico, como los animales, ni su
cerebro es un ordenador muy perfecto, sino además, y sobre todo, es un espíritu
encarnado, un espíritu que se expresa hacia el mundo en el cuerpo. Y el
cuerpo humano recibe toda su dignidad por estar trascendido por un espíritu
que le eleva sobre todos los demás seres. Un espíritu tan bello y tan rico
que es capaz de distanciarse del mundo para objetivarlo, entenderlo y así
admirar su belleza y su dolor. Porque es inteligente, es libre, capaz de
autodeterminarse y de elegir los valores libremente. La fe le enseña y le
ayuda a elegir bien, que es la manera de ser más libre. Un espíritu que
sabe, con alegría, que es inmortal, y por eso vive en esperanza. El cristiano
ama este mundo como el que más; se siente hijo de la tierra y quiere
mejorarla siempre; pero es consciente, al mismo tiempo, de que es peregrino
sobre la Tierra y de que la felicidad total sólo se encuentra detrás del
horizonte de esta vida. Por ello, no se deja engañar por los fulgores del
dinero, ni por las seducciones que le prometen una felicidad que no le van a
dar. Acepta que el dolor es un componente inevitable de la vida humana,
procura aliviarlo, y sabe, al mismo tiempo, que tiene un sentido y un valor.
Porque vive del amor que Dios le tiene, quiere vivir para
amar a los demás. Pero ha entendido que el amor no es sólo ni principalmente
_ ρoς, sino ante todo _γάπη,
es decir, donaciσn generosa de sí y de cuanto
tiene para el bien de los hermanos. Por eso vive con austeridad como quien
sabe que "no tenemos aquí una ciudad permanente sino que buscamos la
futura" (Heb 13, 14) y pone su riqueza en dar y en darse, que es
la mejor manera de ser. Forma una familia unida, estable y fecunda y la
convierte en una escuela del amor. Colabora al bien común porque se siente
hermano de todos. Obedece a las leyes, mientras no vayan contra la ley natural
que es ley de leyes, pero las desobedece si contradicen a la ley natural o a
otras leyes divinas, porque "hay que obedecer a Dios antes que a los
hombres" (Hch 5, 29). Acepta con alegría y asombro el haber sido
elevado a la altísima dignidad de hijo adoptivo de Dios por la Redención de
Jesucristo. Y procura conformar su vida entera con esa realidad. Sabe que
"bajo el cielo, no nos ha sido dado otro nombre en el que podamos ser
salvos" (Hch 4, 12).
Estos y otros elementos del humanismo cristiano que aquí
no podemos ni enumerar, son los que han de conformar las nuevas
personalidades, testigos y mensajeros de una nueva cultura más humana porque
es más divina. Es una tarea de educación lenta pero progresiva. El
que tiene la posibilidad de educar tiene la posibilidad de crear una sociedad
mejor. Cuando Rousseau propuso un modelo nuevo de sociedad, en su Contrato
social, a continuación, el mismo año de 1762, publicó un tratado pedagógico,
Emilio o sobre la educación. Certera intuición. Las sociedades no se
transforman por la revolución impaciente, sino por la educación paciente. El
mito de la revolución está ya desenmascarado, porque las revoluciones
suprimen unos males e instauran otros iguales o peores. Puerorum educatio,
renovatio mundi, decía el P. Juan Bonifacio, famoso educador jesuita del
siglo XVI.
2º Predominio del amor
Todo el empeño de los ilustrados del siglo XVIII y de sus
discípulos y seguidores en el XIX y en el XX, fue lograr que los hombres
todos fueran racionales. En el siglo XX han sido tantos y tan enormes los
irracionalismos, que ya nadie cree que los hombres podamos reconciliarnos en
la razón. Tanto más que, en realidad, y como he escrito muchas veces, la razón
no existe. Lo que existe es la persona que razona; y la persona es un complejo
de sentimientos, afectos, temores, prejuicios, pulsiones subconscientes,
lenguaje, herencia genética, etc., que hacen imposible que seamos
perfectamente racionales. Los pensadores de la escuela de Frankfurt han
denunciado el fracaso de la razón, convertida en este siglo en instrumento de
dominio. Y es que podemos decir con Gabriel Marcel que "lo humano no es
verdaderamente humano más que allí donde está sostenido por la armadura
incorruptible de lo sagrado. Si falta esa armadura se descompone y
perece" (Homo viator, Paris 1944, 132). Pero lo que querían los
ilustrados era que el hombre no se apoyase más que en el hombre, la razón en
la razón.
Fracasado este intento, y supuesto que no podemos pensar
tampoco en una reconciliación de todos en la misma religión, no queda más
camino que buscar la reconciliación de los hombres en el amor. He aquí cómo
la historia nos está llevando, al final, al encuentro con el Evangelio. El
capitalismo como creador de humanismo está fracasado. Es un inhumanismo, como
hemos visto. La sola razón como medio único de progreso cultural humano está
también fracasada. Aún está inédito el esfuerzo por conseguir una cultura
que brote del hontanar fecundo del amor. Y, sin embargo, ése es el proyecto
proclamado en el Evangelio. He ahí la tarea más esperanzadora de la Iglesia
en el Tercer Milenio: educar en el amor y difundir el amor. La supremacía de
la razón comenzó el día en que Descartes dijo: "pienso, luego
soy", porque dio la prevalencia al pensamiento, a la razón, sobre la
realidad. Todo hubiera sido distinto en el mundo occidental si Descartes, en
lugar de decir: "pienso, luego soy", hubiera dicho "amo, luego
soy". La supremacía no la hubiera tenido la razón sino el amor. Pero
esa ocasión, desgraciadamente, se perdió.
Es conocida la expresión de San Agustín: "Dos amores
fundaron dos culturas; a saber, el amor propio hasta el desprecio de Dios, la
terrena; y el amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo, la
celestial". El planteamiento agustiniano sigue siendo hoy válido. Hoy
sigue habiendo dos culturas paralelas a las de San Agustín: la del dinero y
la razón por un lado, la de Dios y el amor por otro. Sería conveniente un
contraste dialéctico, no violento, entre las dos; para que, mediante una
lenta Aufhebung, surja una síntesis que asuma, purifique y eleve todo
lo bueno que hay en ambas culturas. Porque también el término amor necesita
ser purificado y mejor comprendido. El amor cristiano no es el erotismo. Es la
actitud de ayuda y servicio incondicional de todos a todos. En la evolución
biológica, el paso de una especie a otra se verifica por una mutación genética
imperceptible. Podemos esperar que en el siglo XXI se dé, en el proceso
evolutivo y dialéctico de la humanidad, una mutación cultural que inicie el
predominio del amor bien entendido, y así aparezca una nueva y mejor
humanidad.
El capítulo 15 del evangelio de San Lucas, en el que va
integrada la parábola llamada del hijo pródigo, se ha leído siempre en
clave de la misericordia de Dios para con los pecadores que se arrepienten.
Esa lectura es, sin duda, correcta, pero me parece que la parábola admite
otra lectura de alcance mucho más profundo. Si no me equivoco, Cristo ha
querido proponer ahí, además de la imagen del Dios Padre y Amor que
comprende y perdona, dos modos de vivir, de desarrollar la propia persona, dos
antropologías y dos culturas: la cultura de la razón frente a la cultura del
amor. El hijo mayor de la parábola, que vuelve del campo y se encuentra con
el festín organizado por su padre, encarna la cultura de la razón. Cuando
recrimina al Padre por haber recibido tan festiva y gozosamente al hijo menor,
"ese hijo tuyo —dice— que ha devorado tu hacienda con
meretrices", mientras que a mí, que "hace tantos años que te sirvo
sin dejar de cumplir nunca una orden tuya, nunca me has dado un cabrito para
comerlo con mis amigos", cuando se rebela así contra la conducta de su
padre, hay que reconocer que tenía toda la razón. No había derecho. La
actuación del padre no era razonable. Lo razonable hubiera sido que aceptase
la propuesta del pródigo: "no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame
como a uno de tus jornaleros", al menos hasta que hubiese restituido lo
que se llevó. El hijo mayor tenía razón. No tenía amor.
El padre, en cambio, encarna la cultura del amor. Razones
propiamente dichas, no tenía, para acoger a aquel hijo con tanto derroche de
benevolencia y magnanimidad. Pero tenía amor, y el amor va mucho más allá
de las razones. La clave para entender aquel amor está en aquellas palabras:
"este hijo mío". Ante un hijo no valen las razones, sólo vale el
amor. Y cuando ha escuchado la invectiva del hijo mayor contra su actuación,
con la dura y despectiva expresión: "ese hijo tuyo", el
padre le invita a pasar de la razón al amor y le recuerda: "este
hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo
hemos encontrado". Quiere decirle: es tu hermano, y para la relación con
un hermano siempre es mejor amar que tener razón".
¡Admirable lección de Jesucristo, que sólo algunos
cristianos sabios, "los pocos sabios que en el mundo han sido", han
aprendido y puesto en práctica! En ella se nos invita a que, en lugar de
tener por guía de nuestros comportamientos a la sola razón, pasemos a
realizar nuestra persona como Dios realiza la suya, en el amor. Son dos
culturas, la de la razón y la del amor, dos modos de actuar y de ser
personas, el modo humano y el modo divino.
Las consecuencias humanas y humanizadoras de una vida
guiada por este amor son sorprendentes para los demás y para uno mismo. Son
siempre atractivas y siempre nuevas, mucho más en el capitalismo, donde
impera el egoísmo, el "yo antes que tú", o "yo más que tú".
Alcanzan una plenitud de sentido las palabras de Jesucristo: "Os doy un
mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros, que como yo os
he amado así os améis también los unos a los otros. En esto conocerán
todos que sois discípulos míos, si os tenéis amor los unos a los
otros" (Jn 13, 34-35). Es el comienzo de los "nuevos cielos y
la nueva tierra" de que habla el Apocalipsis. Este amor vivido descubre
la infinita e inagotable belleza de ser persona, y de vivir en el amor
verdadero, que tiene esa prerrogativa, misteriosa, de que cuanto más es la
persona para los demás, más se realiza a sí misma.
La modernidad ha sido, o ha pretendido ser, la cultura de
la razón, hasta el extremo de que su más grande pensador, Hegel, hizo del
Absoluto una Idea. Esa cultura ha desembocado en la técnica puesta al
servicio del dinero y del poder. Ahora ha entrado en una crisis profunda e
irreversible: es el cuarto hombre, al que hemos aludido, que ya no cree en la
razón. Le vuelve la espalda y se lanza alocadamente en busca del amor, pero
confunde el amor con el sexo, para desembocar al fin en el tedio y en el vacío.
En los umbrales del Tercer Milenio, no queda más que una
alternativa: la progresiva instauración de la cultura del amor que tantas
veces han pedido los últimos Papas. Una de las cosas más insensatas que se
han dicho en filosofía es que el Absoluto es Idea o Razón, aunque lo haya
dicho la potencia intelectual de Hegel. San Juan ha dicho, mucho más modesta,
pero mucho más acertadamente, que "Dios es amor" (1 Jn
4, 8). Y cuando dice “amor” no dice, en el original griego, como ya hemos
hecho notar, _ρoς, sino _γάπη; es
decir, no amor posesivo y sensual, sino amor oblativo, gratuito, magnánimo;
servicio y ayuda desinteresada, acogida, comprensión, perdón; la profunda
alegría de dar.
Está por elaborar una verdadera antropología basada en el
amor. En el siglo pasado, Feuerbach, a pesar de su ateísmo y de su
materialismo, tuvo intuiciones verdaderas y muy valiosas acerca del amor.
Estas intuiciones han sido desarrolladas y ampliadas por la corriente filosófica
que llamamos personalismo, que parece ser la filosofía que tiene más futuro
y que anuncia más esperanza. Algunos de sus pensadores son admirables. Pero,
sea por la desconfianza ambiental hacia todo lo constructivo y metafísico,
sea por el positivismo y el nihilismo imperante, sea porque interesa más
tener dinero que ser personas, no se ha hecho gran caso a esa llamada al
verdadero amor. Pienso que ésta es la hora, y que la misión más urgente de
la Iglesia —y la Iglesia somos vosotros y yo— al comenzar el Tercer
Milenio es poner en presencia de los hombres una nueva cultura: la del
verdadero amor. Esa cultura no vendrá de arriba abajo. Tiene que nacer de la
base, de personas y comunidades que se decidan a vivir como cristianos. La
presencia del amor verdadero siempre es nueva y siempre es atractiva.
Cuando el Papa nos convoca a una Nueva Evangelización creo
que, con esa expresión, entiende la urgencia de presentar ahora el núcleo más
hondo del Evangelio de Dios: el amor. Durante el segundo milenio el Evangelio
se propagó en Europa por la fuerza de la espada y de las leyes y, a veces,
por la violencia de la que hoy nos avergonzamos. Hubo amor en muchas personas
de la Iglesia y, a veces, hasta el heroísmo; pero hubo también coacción
externa, comprensible por las circunstancias. La evolución del pensamiento
humano es muy lenta, y siendo tan nítidas las palabras del Evangelio, su
sentido no se había descubierto, ni se ha descubierto todavía en la plenitud
de su valor humano y humanizador. Esperamos que el milenio próximo sea el
milenio del amor. ¡Ojalá las personas que conozcan el final del Tercer
Milenio, cuando vaya a comenzar el año 3000, puedan volver la mirada atrás y
agradecemos a nosotros haber iniciado esta nueva andadura humana!
6. Hacia el quinto hombre. ¿Utopía?
Sé que esta propuesta puede ser tachada de poco realista,
idealista y utópica. Puede que lo sea. Pero en una sociedad sin ilusiones,
que no vive más que de lo útil y lo confortable, urge despertar las utopías.
La utopía es muy peligrosa cuando se quiere hacer realidad por la violencia.
Eso fueron las dictaduras nazista y las marxistas. Pero es extraordinariamente
fecunda y estimulante cuando es el horizonte y la estrella refulgente hacia la
que tendemos. El mérito principal del libro del marxista Ernst Bloch, Das
Prinzip Hoffnung [La esperanza como principio], es haber destacado el
valor de la utopía como algo que "todavía no" se ha alcanzado y
que acaso no se alcance nunca, pero que sirve de estímulo para luchar.
Unamuno, en su época, se dolía amargamente de la vulgaridad y de la
indolencia de sus coetáneos, y se propuso inquietarles y lanzarles "a la
santa cruzada de ir a rescatar el sepulcro de don Quijote del poder de los
bachilleres, curas, barberos, duques y canónigos que lo tienen ocupado"
(Vida de Don Quijote y Sancho, Prólogo). Hoy no hay que convocar a
ninguna cruzada, pero sí hay que despertar la conciencia de todos,
principalmente de los jóvenes, drogada por el capitalismo, para que se
subleven y se nieguen a un conformismo estéril.
Urge la aparición del quinto hombre. Será el nuevo
cristiano, que sin renegar de ninguno de los valores conquistados hasta ahora
por el esfuerzo humano, se niegue a pactar con el aburguesamiento egoísta al
que nos impulsa la sociedad capitalista, crea en la verdad de Jesucristo, y se
esfuerce por traducirla en su vida contra la corriente materialista, hedonista
y escéptica que nos ahoga. El Espíritu Santo está haciendo surgir acá y
allá personas y comunidades que quieren anteponer el amor al dinero. Son la
esperanza de una humanidad mejor. Todo lo grande suele empezar por lo
imperceptible. Dios, que es grande en lo grande, es máximo en lo pequeño. En
lo pequeño aparecerá su grandeza, como apareció en aquella pequeña joven
que se llamó María de Nazaret.
- - -
[Français]
Selon Carlos Valverde, le pire ennemi de l'humanisme chrétien est
l'idolâtrie de l'argent suscitée par le capitalisme, élément décisif de
l'apparition de l'homme post-moderne. Face au capitalisme, l'Église propose
une culture de l'amour et de la vie plutôt qu'un système économique et
social différent. La modernité, culture de la raison, est entrée en une
crise irréversible. Avant le troisième millénaire, il est l'heure de
promouvoir une culture différente qui applique la nouveauté de l'Évangile:
une culture de l'amour, de l'agape chrétien.
[English]
For Carlos Valverde, Christian humanism's worst enemy is the worship of
money generated by capitalism, a decisive factor in the rise of postmodern
man. The alternative to capitalism which the Church puts forward is not a
socio-economic system, but rather a culture of love and life.
Modernity, which was the culture of reason, has entered upon an irreversible
crisis. It is time to initiate a new culture before the Third Millennium, a
culture which would put into practice the originality of the Gospel: a culture
of love and of Christian agape.
CONSCIENCE NOUVELLE EN ROUMANIE
RAPPORT ÉGLISE DÉMOCRATIE ÉDUCATION
6-7 mars 1998, Sumuleu-Ciuc (Roumanie)
Les Centres Culturels Catholiques de l'archidiocèse
catholique romain d'Alba Julia (Roumanie) ont organisé du 6 au 7 mars 1998 un
congrès sur le thème "Conscience nouvelle en Roumanie. Rapport Église
Démocratie Éducation" au Centre d'études Jakab Antal de Sumuleu-Ciuc.
Cette rencontre est la première initiative commune de ces centres de création
récente, depuis les changements inaugurés en Roumanie en 1989. Le congrès a
réuni avec le patronage du Conseil Pontifical de la Culture et sous la présidence
de Mgr Jakubinyi, Archevêque du lieu, plus de quatre-vingt personnes:
directeurs et collaborateurs des Centres Culturels Catholiques diocésains,
personnalités de la vie politique, sociale, culturelle et universitaire de
Roumanie, mais aussi fidèles prompts à soutenir l'action de l'Église
catholique et de tous les hommes de bonne volonté pour offrir une
contribution valide à la société, en vue de dépasser les suites de la
dictature communiste.
Vendredi 6 mars
Le congrès commence par la Messe concélébrée et présidée
par l'Archevêque. Après le salut inaugural de l'Abbé Elekes Directeur du
Centre Jakab Antal et modérateur de la Rencontre, est donnée lecture
du Message envoyé par le Cardinal Poupard, Président du Conseil
pontifical de la Culture, et transmis par l'Abbé Kovács du même Dicastère.
Le Cardinal souligne l'impérieuse nécessité pour la Roumanie d'enter
radicalement la démocratie sur son patrimoine modelé par les valeurs chrétiennes,
dans le respect de la liberté religieuse entendue comme droit de vivre, célébrer
et annoncer sa foi. Toute nouvelle liberté est une conquête en même temps
qu'un défi. Elle est aussi un devoir de conversion personnelle permanente.
C'est seulement en un tel dialogue que pourront renaître les valeurs sans
lesquelles la liberté se réduit en un libéralisme. Pour cette mission de
nouvelle évangélisation et de renouvellement de la société, la
contribution des Centres Culturels Catholiques est fondamentale.
Au cours de sa conférence, Madame Szegô, Professeur émérite
de philosophie de l'Université Babes-Bolyai, a exprimé la conviction que la
démocratie est l'unique choix possible. Quarante années de communisme
appesantissent certes la démocratisation roumaine. La destruction morale, la
perte du sens des valeurs, le manque de liberté personnelle et religieuse ont
conduit à forger une personnalité qu'il faut aujourd'hui entièrement
retravailler, pour renouveler la mentalité comme la conscience. La démocratie
doit se baser sur le respect de l'incontestable dignité de la personne. Ses
points de référence sont les valeurs universelles qui peuvent et doivent
rapprocher les cultures et les nations. La liberté et la démocratie ne
peuvent se réaliser sans référence à Dieu, sans une culture, une mentalité
et une moralité enracinées dans la Révélation de l'amour du Père du Ciel.
Analysant le rapport Église-État, le Pr. Kötô, Président
de la Section pour la culture et l'éducation de l'Union Démocratique des
Hongrois en Roumanie, souligne la difficulté à dépasser les limites de
l'"État national". Celle-ci influe sur les rapports entre l'État
et l'Église catholique, et freine la mise en oeuvre pour les communautés
catholiques de la liberté promise. A côté de l'Église orthodoxe qui jouit
du statut de "religion d'État", l'Église catholique et les autres
confessions chrétiennes jouissent de la liberté prévue par la Constitution
"dans les limites de la loi" (art. 29, 3). Les huit dernières années
ont démontré les difficultés suscités par la discrimination et les limites
imposées dans la restitution des biens ou dans le domaine éducatif et législatif.
L'Abbé Rencsik présente une analyse détaillée du
rapport juridique entre l'Église et l'État où il n'y a pas de changement
significatif. L'incertitude juridique persiste et long sera le chemin avant
d'obtenir effectivement l'égalité entre citoyens, la liberté religieuse, la
liberté d'enseignement religieux dans les écoles, le libre accès aux médias
prévus par la Constitution. Une double constatation s'impose: le primat de la
personne responsable pour fonder la démocratie et la réciprocité nécessaire
et loyale entre État et Église.
M. Markó, Président de l'Union Démocratique des Hongrois
en Roumanie, membre du Parlement, présente le processus de démocratisation
sur le plan politique. Il relève l'importance de l'exemple concret, de
l'ouverture aux autres, du dialogue et de la tolérance. Il est urgent de créer
une nouvelle mentalité pour asseoir la démocratie sur des bases solides.
L'intégration européenne influe sur la situation roumaine. Les changements
en cours en Europe se font sentir jusqu'en Roumanie et donnent espoir aux chrétiens
et à tous ceux qui œuvrent à la construction d'une société nouvelle. Les
exigences de la géographie politique ne permettent pas d'illusions mais représentent
le cadre dans lequel s'intégrer. La globalisation avec ses lois préparées
de l'extérieur à l'intention des roumains ou l'intégration pure et simple
ne sauraient résoudre l'ensemble des problèmes. L'Église catholique, la
société et la politique roumaines doivent assumer leurs responsabilités spécifiques
dans le processus de transformation.
L'après-midi, les travaux se sont poursuivis en cinq
groupes de travail, ce qui a permis un contact plus direct et d'affronter les
questions avec sincérité et ouverture. Ces cinq groupes étaient: 1.
changement de mentalité et religion, 2. changement de mentalité et génération,
3. démocratie et ses obstacles, 4. chrétien et citoyen, 5. formation de la
personnalité et responsabilité dans l'éducation. Les discussions et
confrontations furent particulièrement animées et ont dépassé les horaires
prévus. La première journée s'est conclue par une soirée en commun.
Samedi 7 mars
Après la célébration eucharistique présidée par l'Abbé
Kovács du Conseil pontifical de la Culture, la seconde journée a été
consacrée aux problèmes de l'éducation. Le système éducatif roumain
actuel doit relever de nombreux défis qui aggravent la situation déjà précaire
de l'enseignement religieux dans les écoles, reconnu par la Constitution mais
toujours plus difficile à mettre en pratique. Mgr Vencser, Directeur de la
Section pour les Projets ecclésiaux pour l'Europe du Centre-Est des Conférences
épiscopales d'Autriche et d'Allemagne, a insisté sur le fait qu'on ne peut
renoncer à l'école catholique, même en l'absence de l'aide financière de
l'État. Sa relation s'est articulée autour de cinq points: 1. l'école
catholique doit non seulement enseigner mais éduquer, unissant l'humanum au
christianum, 2. l'Église ne peut se permettre ni dilettantisme ni médiocrité,
3. il convient de prévoir une stratégie à long terme de l'éducation, 4. il
y a un double besoin de professeurs préparés et de l'aide des familles, 5.
le financement de l'école religieuse ne peut être laissé au hasard.
Mme Gyímesi, Professeur de Langue et Littérature
Hongroise à l'Université Babes-Bolyai, en a appelé à l'exemple du Christ qui
enseignait avec autorité. La parole est efficace et nous sommes
responsables de son usage. Nous sommes tenus de transmettre la foi parce que
celle-ci est l'arche de salut face aux flots du déluge actuel. La modernité
ne nous rend pas heureux, mais Dieu seul. Chaque personne compte et il faut éduquer
aussi bien les élites que les handicapés: éduquer à être responsable de
soi, capable de choix et d'action, de maturité et de liberté authentique.
Les éducateurs ne seront crédibles que si leur vie témoigne de ce qu'ils
enseignent: ils doivent représenter le bien. La foi et la culture chrétiennes
doivent s'affirmer, hier face au communisme, aujourd'hui face à la société
de consommation.
Les travaux en groupes ont approfondi les sujets pour présenter
un compte-rendu final. Le Pr. Bokelmann, Professeur émérite de l'Université
de Münster, a tiré les conclusions et indiqué les points cruciaux des
travaux qui feront l'objet d'une synthèse adressée ultérieurement aux
Autorités ecclésiastiques et civiles compétentes.
La rencontre marque le début d'un long parcours et met en
lumière l'importance de l'apport des Centres Culturels Catholiques pour la
nouvelle évangélisation et le renouvellement de la société. Conscients
d'une telle responsabilité, les directeurs du Centre Jakab Antal ont
proposé d'organiser d'autres rencontres destinées à poursuivre les travaux
commencés et maintenir l'esprit de la présente rencontre. Une commission
chargée de suivre le programme garantira que les travaux du Congrès ne
restent pas lettre morte.
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[English]
The Catholic cultural centres of the Roman Catholic archdiocese of Alba Iulia
(Romania) organized a seminar on "A new Outlook in Romania.
Relations between the Church, democracy and education", at the
"Jakab Antal" house of studies in _umuleu-Ciuc, 6-7 March 1998. This
was the first joint venture organized by these centres, which have been
founded since the fall of the communist dictatorship in December 1989.
[Español]
Los centros culturales católicos de la Archidiócesis romano-católica de
Alba Iulia (Rumanía) han organizado un coloquio sobre "Nueva
conciencia en Rumanía. Relación entre Iglesia, democracia y educación",
en la Casa de estudios "Jakab Antal" de _umuleu-Ciuc, 6-7 de marzo
de 1998. Se trata de la primera iniciativa común de estos centros, creados
recientemente, tras la caída de la dictadura comunista en diciembre de 1989.
THE GOSPEL AS GOOD NEWS FOR AFRICA TODAY
Keynote Address at the Symposium: The Gospel as Good
News
for African Cultures. February 16, 1998 – Nairobi, Kenya.
Bishop Peter K. SARPONG
Catholic Bishop of Kumasi
1. Preamble
The accounts of the life and work of our Lord Jesus Christ
as recorded by the four evangelists draw our attention to quite a few basic
truths about discipleship of the same Lord. St. Mark in Chapter 3, verse 4 of
his version clearly defines who an apostle is. Jesus, he writes,
"appointed twelve; they were to be his companions and to be sent out to
proclaim the message, with power to drive out devils". The apostle,
therefore, is chosen to know Jesus intimately and to savour his goodness. He
then has to proclaim that goodness.
This was made even more explicit when Jesus, about to leave
his disciples, told them: "Go, therefore, make disciples of all nations;
baptise them in the name of the Father and of the Son and of the Holy Spirit,
and teach them to observe all the commands I gave you. And look, I am with you
always; yes to the end of time" (Matt. 28:19-20). Here is yet another
truth. In carrying out this work of proclaiming the Good News the disciple is
assured of the perpetual presence of the Lord with him inspiring him and
supporting him.
The third truth confirmed by the Lord in the Acts of the
Apostles is that the proclamation of the Good News is bearing witness to Jesus
himself, and that this must reach every part of our globe: "You will be
my witnesses not only in Jerusalem but throughout Judaea and Samaria, and
indeed to the earth's remotest end" (Acts 1:8)
The fourth truth is that it is the duty of a disciple of
the Lord to see to it that all hear the Good News and that in the process of
proclaiming the Lord Jesus Christ and his goodness, one cannot but deliver
people from the shackles of iniquity and oppression. The Good News, therefore,
has power and irresistibly urges those who receive it to share it with others.
One cannot accept it without passing it on as it were.
Often when the Lord healed a sick person of an infirmity
and forbade him to tell others, the healed person would do just what the Lord
had told him not to do. This happened to the man with leprosy, the story of
the healing of whom we find in Mark 1:41-45. The Lord had told him "Mind
you, tell no one anything". Yet "the man went away, but then started
freely proclaiming and telling the story everywhere."
All this is a clear indication that the Lord's Gospel has a
liberating mission for all human beings and the Lord intends it as such.
2. John the Baptist
His own preaching of this Gospel of liberation from sin,
resulting from a true conversion of hearts, was preceded by that of John the
Baptist, who "went through the whole Jordan proclaiming a baptism of
repentance for the forgiveness of sins... . "Produce fruit in keeping
with repentance, and do not start telling yourselves, `We have Abraham as our
Father'"" (Lk. 3:1-4,7). He went on to advise those who had two
tunics to share with those who had none and anyone who had something to eat to
do the same. The tax collectors were to exact no more than the appointed rate.
Soldiers were to stop intimidating people, extorting money and be content with
their pay (Lk. 3:3-14).
The Gospel is indeed Good News of repentance, justice and
compassion.
3. Core of Christ's Message
Jesus' own words are clear on this. When he began to
proclaim the message of God he talked of a Kingdom of God. "The time is
fulfilled, and the Kingdom of God is close at hand. Repent , and believe the
Gospel" (Mk. 1:14-15). Matthew recalls the same thing in only slightly
different words, "From then onwards Jesus began his proclamation with the
message, "Repent, for the Kingdom of Heaven is close at hand""
(Matt. 4:17).
Hence Jesus could justifiably sum up his whole mission in
the words of Isaiah when he went to his own town of Nazara. "He went into
the synagogue on the Sabbath day as he usually did. He stood up to read, and
they handed him the scroll of the prophet Isaiah. Unrolling the scroll he
found the place where it is written: "The Spirit of the Lord is on me,
for he has anointed me to bring the good news to the afflicted. He has sent me
to proclaim liberty to captives, sight to the blind, to let the oppressed go
free, to proclaim a year of favour from the Lord"... This text is being
fulfilled today even while you are listening" (Lk. 4:16-19).
4. The Kingdom of God
The Gospel then is a message about the Kingdom. The preface
of the Feast of Christ the King makes it clear that God the Father anointed
Jesus Christ, his only Son, as Eternal Priest and Universal King. As priest,
he offered his life on the cross and redeemed the human race by his perfect
sacrifice of peace. As King, he claims dominion over all creation so that he
may present to his Almighty Father "an eternal and universal Kingdom: a
Kingdom of truth and life, a Kingdom of holiness and grace, a Kingdom of
justice, love and peace".
Jesus founded the Church to be at the service of this
Kingdom. The Kingdom, in the words of Pope Paul VI, is so important "that
by comparison everything else becomes the rest which is given in addition.
Only the kingdom, therefore, is the absolute reality and it makes everything
else relative" (E.N. 8). The Church serves the Kingdom as its sign and
instrument and as a means to it. She is there to preach, promote, establish
and nurture the Kingdom and, by the character and quality of her life, to tell
the world what the Kingdom is all about.
This Kingdom of God is the reign of Christ in our hearts
and comes into being whenever and wherever human beings love one another and
accept one another's burden with the spirit of compassion, concern, generosity
and sensitivity.
5. Good African Values
A look at the African culture and life with special
reference to the concept of the ideal African family reveals that its values
could come in useful in the announcing of the Good News of Christ in Africa.
The African family is based on the clan or lineage system. Its members are
believed to be relatives, irrespective of the degree of relationship or length
of distance separating them. But the clan is not closed in on itself.
Strangers, even slaves and prisoners, can be absorbed into it.
The cardinal value of the African family is religiosity,
common allegiance to some spiritual overlord. The African family exhibits the
values of collectivity and togetherness. Ownership of property is corporate.
Succession, inheritance, status and rank are determined by one's lineage.
Kinship terms do not refer only to biological relationships but equally
importantly to sociological relationships. My father's brother is my father
and his children are my sisters and brothers. My father's brother treats me as
my natural father would.
In my language there is no word for "paternal"
uncle or cousin different from that for "father" or
"brother". In the family, individualism has no place, the
significant principles being related to solidarity and the collective
consciousness. There is a spirit of sharing and caring. Both blessings and
difficulties are handled collectively. There is love and affection especially
for the sick, the disabled and the aged. In the course of the years members of
the family may disperse. They may not even know one another; but let there be
a common danger to be expelled or a common good to be achieved or maintained
or a common duty to be performed or a right to be enjoyed or a blessing to be
shared, and members of the lineage will flock together from everywhere and
nowhere almost automatically. The family provides a point of reference for the
individual; it gives security to the individual, it gives him dignity.
Theologically the family is a gift of God.
In the family there are checks and balances to control
authority and regulate life in general. There are mechanisms to reconcile
members who may be at loggerheads and tend to disrupt the unity that should
exist among family members. Support is offered to the downcast, punishment is
meted out to the aberrant. A dominant value in the family is love for life.
Everybody wants to communicate life.
6. Counter Values
In spite of the fact that in the ideal situation the
African family exhibits the qualities of the Kingdom of God, however,
attention must be drawn to the warning note sounded by His Holiness the Pope
to the Church in Africa, namely, that in our attempt to build up the Church as
Family, we should try to avoid "all ethnocentrism and excessive
particularism" and "instead to encourage reconciliation and true
communion between different ethnic groups, favouring solidarity and the
sharing of personnel and resources among particular Churches without undue
ethnic consideration" (EIA No. 63).
The Pope's words are particularly apt and opportune today
in Africa because, whereas members of an ethnic group may cater well for
themselves, they may exclude others from their consideration. Members from
other ethnic groups are not treated with the same respect as those belonging
to it. One protects and supports one's people against others even when one's
people are wrong. How often do Africans not lie or resort to violence to
protect their people?
Community solidarity, which creates strong social, economic
and religious bonds is often turned in on itself so that outsiders receive no
justice and no compassion. While providing for the welfare of close relatives
and friends and ethnic comrades, one may refuse to see beyond one's group and
to work sufficiently for the common good. The love of children when
absolutized becomes a disvalue since it regards childless people as cursed and
is one of the main causes of polygynous alliances. The commendable emphasis on
personal rather than impersonal values is unfortunately often interpreted as
loyalty to one's relatives at any price. Magnanimity is a value. But this is
often understood to mean engaging in the most cruel inhuman activities to gain
honour. Too much dependence on the family can easily result in parasitism and
engender laziness.
For all its excellent qualities that have convergences in
the Gospel, therefore, African sociocultural life is full of serious
ambiguities and could be counterproductive to the Good News, if not well
directed.
7. Dominant Worldly Values
In this connection four worldly values that are clean
contrary to the values of the Good News, but which appear to be on the
ascendancy in Africa, need to be mentioned.
The Lord deplored prestige as a value which is
opposed to the aspirations of the Kingdom. "As he was teaching, he also
said to them, "Beware of those teachers of the Law who enjoy walking
around in long robes and being greeted in the market place, and who like to
occupy reserved seats in the synagogues and the first places at feasts. They
even devour the widow's and orphan's goods while making a show of long
prayers. How severe a sentence they will receive"" (Mk. 12:38-40).
Unfortunately not infrequently, many an African ethnic
group has sought to gain or maintain its pride through the most ruthless acts
of brutality.
Jesus condemned power for the sake of power. For him
power must be for service. "Jesus then called to him and said, "As
you know, the so-called rulers of the nations act as tyrants and their great
ones oppress them. But it shall not be so among you: whoever would be great
among you must be your servant, and whoever would be first among you shall
make himself slave of all. Think of the Son of Man who has not come to be
served, but to serve and to give his life to redeem many"" (Mk.
10:42-44).
Alas, Africa is unceasingly subjected to the humiliation of
witnessing individuals and their fellow tribesmen not only seeking power by
all means, foul or fair but, also trying to keep it for as long as possible.
A cursory look at the African scene reveals that
megalomania and tyranny are some of the principal causes of the bloody
conflicts raging over her face.
Jesus often had to denounce the false solidarity of
the scribes and the pharisees who at the last minute assembled in the palace
of the high priest to conspire together against him (Matt. 26:3-5). He minced
no words in condemning them for their unholy alliance that made them
collectively impose senseless hardships on the simple people, scandalise them,
deceive them with meaningless regulations and oppress them without qualms.
"Alas for you, scribes and pharisees" (Matt. 23:1 ff). "The
teachers of the law and the pharisees occupy the seat of Moses. Listen and do
all they say but do not imitate what they do for they themselves do not
practice what they teach. They prepare heavy burdens that are very difficult
to carry, and lay them on the shoulders of the people. But they do not even
raise a finger to move them" (Matt. 23:2-7).
How often, alas, do Africans, in fidelity to a group they
belong to, not heartlessly deprive others of their rights?
Money and Possessions, which result in
unacceptable avarice, have become what amounts to a pathological concern among
African leaders. But the Good News could not be clearer on the harm they do to
the building up of the Kingdom. "Then Jesus said to his disciples,
"Truly I say to you: it will be hard for one who is rich to enter the
kingdom of heaven"" (Matt. 19:23). "Alas for you who are rich;
you are having your consolation now" (Lk. 6:18).
It is obvious that these destructive values account in no
small measure for the violence with its attendant woes that erupts with such
alarming frequency all over Africa.
8. Justice and Peace
Indeed often in view of the avid pursuance of these values
everywhere in Africa one wonders whether the words "justice" and
"peace" can be found in the lexicon of the African.
This is what made His Holiness the Pope join his voice
"to that of the members of the Synodal Assembly in order to deplore the
situations of unspeakable suffering caused by so many conflicts now taking
place or about to break out..." (EIA 117). The Synod Fathers had not only
admitted that: "For some decades now Africa has been the theatre of
fratricidal wars which are decimating peoples and destroying their natural and
cultural resources" (Ibid); but also that the catastrophic
situation has "internal causes such as tribalism, nepotism, racism,
religious intolerance and the thirst for power taken to the extreme by
totalitarian regimes which trample with impunity the rights and dignity of the
person" (Ibid).
9. New Forms of Social Ills
The types of injustices that have been mentioned can be
termed as culturally structural injustices. They are a tip of the iceberg.
Many others such as acrimonious fights within the same family for leadership
positions, the disposal of abnormal babies born with one deformity or another,
the discrimination against strangers even when they are absorbed in the
family, have not even been broached. And yet new forms of atrocious phenomena
have reared their monstrous heads in Africa today. In fact Africa today is
fast losing her cultural identity. It is beset with almost insurmountable
problems too well known to warrant full enumeration.
Many Africans suffer starvation. The majority of African
nations lack basic health requirements. The infant mortality rate in Africa is
unacceptably high. The illiteracy rate leaves a great deal to be desired. The
situation of man-made hostilities has created a refugee situation whereby
Africa has more than half of the world's homeless. The crippling poverty that
has gripped Africa today is frightening.
The love for life is giving way gradually to what Pope John
Paul II calls the Culture of Death. Human life appears not be respected any
more as is evidenced by the incredible massacre of human beings in Algeria,
Sudan, Sierra Leone, Liberia, Burundi, Rwanda, Kenya, Republic of Congo, just
to name a few, that has become daily news.
The African woman toils and struggles to win the bread for
the family. But she is generally not respected or in any case treated on equal
terms with men. Hence the Pope had no choice but to deplore and condemn,
wherever they are still found in Africa, "the customs and practices which
deprive women of their rights and the respect due to them" (EIA 121).
We were all elated when the evil system of Apartheid
finally gave way to common sense. It can only be described as tragic that one
of the first laws that liberated South Africa has enacted is to legalise
abortion. It is reported to be on the verge of legalising euthanasia.
Political crime may have ceased in South Africa but social crime has quickly
replaced it and indeed surpassed it in intensity, magnitude and cruelty.
However, in deciding to give up power, President Mandela
has given a unique example of political wisdom which one hopes other African
leaders would imitate to save our continent.
Africans were happy when they gained political independence
form their colonial masters. Little did they realise that the leadership of
African countries would, in the main, soon turn out to be corrupt, power drunk
oppressive and discriminating. The words "bribery and corruption",
"nepotism", "intimidation" have become so common that they
have lost their odium. Everywhere in Africa fundamental human rights are
flouted. The phenomenon of devil worship is fast gaining ground, competing
with some of the barbaric and sadistic practices of some traditional secret
societies.
The youth in Africa are fast losing their sense of identity
and purpose. For fulfilment in life, many of them have recourse to drugs,
alcohol and other forms of illusory satisfaction. In search of greener
pastures, millions of African youth flock from the villages into the cities in
search of non-existent jobs and from the cities to every part of the world,
especially Europe and America, where they are not wanted and where many of
them become criminals.
Rural dwellers continue to be held in contempt, treated
unjustly and looked down upon by urban dwellers and yet in most cases they
produce the materials that are the mainstay of the national economy.
We cannot talk about Africa today without mentioning,
however casually, the AIDS pandemic. Prostitution, armed robbery and other
types of crimes are causing pandemonium in many African cities and plunging
citizens on to the verge of despair. The phenomena of child combatant and
street children are destroying the African young girl and boy. We could go on,
but to what purpose? We all know it all.
10. Civilisation of Love
There is no doubt that this gloomy picture has only one
cause: sin. Sin in turn is expressed in various ways, notably pride,
selfishness and greed. And this is where the Gospel comes in. It is an
emancipating news. It is a Gospel of Life and life is a direct antithesis of
hatred, which is death. The Gospel, therefore, should help Africans to build
what Pope Paul VI calls the Civilisation of Love in order for them to truly
live.
Love, that weapon against which there can be no defences,
is the only key to the solution of the manifold problems of injustice and
slavery to sin in Africa. The Good News of Jesus Christ creates the
Civilisation of Love because it preaches the truth, and the Civilisation of
Love thrives on truth, and truth is not co-existent with victory for, as a
sage has rightly observed: "victory cannot tolerate truth, and if that
which is true is spread before your very eyes, you will reject it, because you
are victor. Whoever would have truth itself, must drive hence the spirit of
victory; only then may he prepare to behold the truth".
It is my belief that much of the scourge of Africa stems
form the African's desire, nay craze, to be victorious by all means. Yet the
Good News does not talk about victory. It utilises the power of Christ himself
Christ is the Truth whose power lies in the cross, and unless we are prepared
to follow the Truth right up Calvary rather than pursue victory, we cannot be
disciples of the One who said, "I was born for this, I came into the
world for this, to bear witness to the truth; and all who are on the side of
truth listen to my voice". (Jn. 18:37) "If anyone wants to be a
follower of mine, let him renounce himself and take up his cross daily and
follow me".
The Good News makes it clear that the transformation of a
person into a thing is evil and that the refusal to respond to one afflicted
is a denial of his humanity and turning him into a corpse. The Gospel compels
us to heed the Word of the Lord: "I give you a new commandment, that you
love one another as I have loved you" (Jn. 13:34). The Gospel reminds us
of what the spokesman of God said years before the coming of the Messiah.
"Is not this the sort of fast that pleases me – it is the Lord Yahweh
who speaks – to break unjust fetters and undo the thongs of the yoke, to let
the oppressed go free, and break every yoke, to share your bread with the
hungry, and shelter the homeless poor, to clothe the man you see to be naked
and not turn from your own kin?" (Isaiah 58:6-7). Jesus would say the
same in other words: "so long as you did it to the least of your brothers
you did it to me".
11. Evangelisation
Evangelisation, the proclamation of the Good News of
Christ, and human progress therefore converge. It is the acknowledgement and
acceptance of the liberating mission and grace of Christ which he has
entrusted to the care of his Church.
Christ liberates us form all forms of bonds. He it is who
restores us to our former dignity and sets us on the course of salvation. He
makes us members of His universal family, the Church, which is His Body. That
family is not restricted to any ethnic group, race or continent. It extends
the length and breadth of our globe. Accepting Christ, therefore, means being
part of one global community without boundaries, after the fashion of the Most
Blessed Trinity, the source of true love, unity and peace. It means accepting
everybody as your brother and sister, helping them when they need help, and
treating them justly and living in peace with them. This is the Gospel, the
Good News of which Africa today is in dire need.
12. The Need for the Gospel
Africa needs that Good News today to destroy the pernicious
spirit of vendetta that is becoming her daily bread and butter. We have become
incapable of forgiving, let alone of forgetting. That group has disgraced us;
that group has deprived us of our power; that group is in our way to becoming
rich; that group has banded together against us. They are our enemies and
therefore deserve nothing less than annihilation. We need the Good News to
liberate Africa by giving her the power of reconciliation and forgiveness.
"You have heard how it was said: "You will love your neighbour and
hate your enemy." But I say this to you, "Love your enemies and pray
for those who persecute you"" (Mt. 5:43-44).
Africa needs that Good News to give joy to her millions of
shelterless, displaced, miserable citizens. Africa today needs the Good News
to open her eyes to see and accept the best in humanity and reject evil.
Africa needs the Good News to bring consolation to her afflicted citizens.
Africa needs the Good News to bring liberty to her many captives and to free
those millions of Africans incarcerated in the innumerable towers of Babel
dotted around her face; the edifices of arrogance, hedonism, falsehood,
wickedness, hatred, violence and intolerance. Africa today needs the Good News
to be the voice of the voiceless in the uncountable situations of abject
poverty, the strength of the powerless, and the dignity of the downtrodden.
Africa needs the Good News to be the leg of her lame, the ear of her deaf and
the mouth of her dumb.
Africa needs the Gospel to make the life of her women and
youth meaningful and worth living. She needs the Gospel to show us the only
human way to get rid of the scourge of AIDS.
In short, Africa, indeed the whole world, needs the Good
News for the human community cannot long survive without fidelity to what is
essentially human and criticism of what is fundamentally anti-human. Without
criticism, charity recedes into ruthlessness, peace dissolves into rivalry and
love yields to hostility.
Therefore Africa needs the Church to rid her of political
deceit, of the horrors of torture and of the menace of vote rigging and naked
intimidation. We need it to fulfil the wish of the Holy Father that Africa be
endowed with holy politicians and saintly Heads of States who place the good
of their people over and above their personal interests.
Under the judgement of the enduring values of the Good News
of Jesus Christ, Africa must critically examine her traditions, customs and
cultural heritage with a view to arriving at true freedom. We need the Good
News to affirm and confirm the many lofty and wholesome values in African
life.
But we need the Good News also to challenge those aspects
of our traditions and cultures that are debasing and obsolete. We rely on the
Good News to purify, animate, unite, guard and guide our cultures on the path
to salvation.
Africa needs the Good News to strengthen her with the power
of Christ, to be able to rid herself of the menace of obsession with the
spirit world, especially witchcraft and magical beliefs and operation of
secret societies and devil worship.
The Good News must help Africa to expose all those forces,
personal and political, which undermine the values of friendship, communality,
the fear of God and compassion, prophetically denounce them and, through the
instrumentality of moral rather than material force, to disarm and dismantle
them. Africa should listen to the Good News, which proclaims without
compromise the dignity and worth of every human person and places everything
under the judgement of God's Kingdom.
We need the Good News to remind us of the unsurpassable
value of the gift of life on account of which Jesus said, "I came that
they may have life and have it abundantly" (Jn. 10:10). Africans must not
only accept but vigorously preach the Gospel of Life as passionately advocated
by the Holy Father in the recent encyclical bearing that name.
Africa needs the Gospel to create a vibrant Church which
unashamedly witnesses to Jesus Christ the Saviour; a Church which directed by
the same Good News becomes a revolutionary community which never rests until
the principles of the same Gospel of Jesus Christ are everywhere realised,
extended and solidified.
We need the principles of the Good News to form small
Christian communities in which there is harmony that radiates to others
outside them. Directed by the imperatives of the Good News, these small
Christian communities must be open to the world.
13. Conclusion
In short, Africa needs the Good News to resolve the many
contradictions in which she is entangled at all levels: cultural, political,
economic, social, religious and moral. For only one Person can rescue Africa
from the chains of domination. He is our Lord Jesus Christ, the subject,
object and final goal of the Gospel, the Good News. He is the only Saviour of
mankind "who has given himself up for our sins to rescue us from the evil
world that surrounds us according to the Will of God who is our Father. To Him
be glory forever and ever. Amen" (Gal. 1:1).
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[Français]
Mgr Peter Kwasi Sarpong souligne au cours du Congrès de Nairobi les
valeurs incarnées par l'idéal de la famille africaine. Elles aident
l'annonce de la Bonne Nouvelle: religiosité, solidarité et amour de la vie.
Dans le même temps, l'Auteur présente les contre-valeurs: recherche violente
du pouvoir et du prestige, les injustices dues à une fausse solidarité
ethnique, l'empressement sans frein pour les richesses de la part des
gouvernants. En un tel contexte, l'Évangile est vraiment une Bonne Nouvelle
qui permet de discerner le bien et le mal au sein des traditions africaines.
Seul le Christ peut libérer de l'emprise de la magie, de la haine et de la
mort. Le remède contre les injustices et l'esclavage du péché est la
civilisation de l'amour.
[Español]
El Obispo Peter Kwasi Sarpong resaltó en el Simposio de Nairobi que el
ideal de familia africana encarna muchos valores que facilitan el anuncio de
la Buena Nueva: religiosidad, solidaridad, amor a la vida. Pero al mismo
tiempo están presentes una serie de contravalores: la búsqueda violenta de
poder y de prestigio, las injusticias derivadas de una falsa solidaridad con
la propia etnia, el afán desmedido de riqueza por parte de los gobernantes.
En este contexto, el Evangelio es realmente una Buena Nueva que ayuda a
discernir lo bueno de lo malo en las tradiciones africanas. Sólo Cristo puede
liberar de la sumisión a la magia, del odio y de la muerte. El remedio para
las injusticias y la esclavitud del pecado presentes hoy en África es la
civilización del amor.
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