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LAS NUEVAS NACIONES DE AMÉRICA

Juan LOUVIER CALDERÓN

Director del Instituto de Investigaciones Humanísticos de la
Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP)

Nuestra alma tiende al infinito. Pero nosotros nos hallamos limitados en el tiempo y en el espacio en que vivimos. Es por eso que necesitamos aferrar­nos a un conjunto de realidades existenciales para no sufrir lo que hoy se llama «angustia vital», debida a la pérdida de nuestra medida y dimensiones humanas, y a la desorientación con respecto a nuestro origen y nuestro fin.1

Y una de las realidades existenciales más humanas y dinámicas a la que podemos aferrarnos es la que designamos con la palabra «nación».

Por la idea de «nacimiento» que expresa, la nación nos habla de un «encadenamiento de generaciones» en la transmisión de la vida. Por ello Jean Ousset nos dice: “La nación es la sucesión de los hombres de la patria, en el pasado y en el porvenir, así como en el presente. No es el simple total de los que viven. La nación existía antes que ellos, y cuando ellos hubieren muerto los sobrevivirá. La nación se refiere, pues, a aquello que hace la unión o la unidad de un cierto número de generaciones en cierto rincón del planeta y también, a lo que permite decir que, en determinada región, o para determinada clase de hombres, existe verdaderamente una comunidad de muertos y vivos. Por eso, a veces se nos enseña que el espíritu nacional reside primeramente en la conciencia de un «nosotros».2

El desarrollo de la conciencia de un «nosotros» americano, requiere el conocimiento de la herencia que hemos recibido, para usarla responsable­mente en beneficio de las generaciones actuales e incrementarla en beneficio de las generaciones del porvenir. Porque un análisis basado en el pasado nos permite entender el presente y proyectar el futuro; en cambio un análisis que se base sólo en el presente –siempre fugaz y efímero– impide entender el pasado y el presente y cancela las posibilidades de un mejor futuro. En el conocimiento de nuestra herencia, tiene una relevancia extraordinaria el conocimiento que se refiere al porqué y al cómo surgieron a la vida independiente las nuevas naciones de América.

Pero más allá del mero relato histórico sobre este surgimiento, el cual sería imposible abarcar en el corto tiempo del que disponemos, la interpretación y búsqueda de sentido de las causas que dieron origen a la independencia de las naciones del Continente americano nos permitirá un conocimiento más profundo.

Para ello, al abordar el tema de las nuevas naciones debemos tener muy presentes, cuando menos en sus rasgos más generales, las características fundamentales que conformaron su identidad; identidad formada a lo largo de los siglos XVI y XVII, la cual nos permitirá comprender mejor las causas que las llevaron a su independencia, así como a comprender un poco más la personalidad que han construido ya como naciones independientes.

Podemos señalar que fueron tres caminos los que se siguieron en la independencia de las naciones americanas: el primero, fue aquel que partió de una realidad fragmentada hacia una unidad; el segundo fue aquel que siguió un sentido contrario, es decir, que partió de una unidad hacia una fragmentación; y el tercero fue el que, sin rupturas, conservó la estabilidad nacional.


1. Los Estados Unidos de América: de la fragmentación a la integración

No por su actual importancia como potencia mundial, sino por haber sido la primera nación independiente del Nuevo Mundo, debemos iniciar con el caso de los Estados Unidos. La colonización inglesa en las costas de Norteamérica fue realizada bajo dos proyectos: el de las “compañías de comercio” y el del protestantismo puritano, ambos presentes en el surgimiento y en la conformación de la identidad de las “Trece colonias”.

La colonización inglesa en Norteamérica dio inicio en 1620, con la llegada a Massachussets del navío Mayflower con los primeros peregrinos puritanos que buscaban poner distancia de por medio entre ellos y la “política de anulación”, con la cual el Rey Carlos I y el Conde de Strafford buscaban anular toda la influencia que los puritanos y los presbiterianos tenían en el Parlamento y en el Ejército.

Aunque en Inglaterra la “política de anulación” no dio los resultados que buscaba (por el contrario, ayudó a las intrigas de Oliverio Cromwell para enviar al cadalso al Rey en 1649) sí dio por resultado el lanzar como inmigrantes hacia América a muchísimos grupos que se oponían al absolutismo de una Corona que, desde Enrique VIII, había asumido también todo el poder eclesiástico. Incluso entre esos inmigrantes vinieron algunos católicos, especialmente perseguidos en la Inglaterra anglicana, los cuales en honor a María Estuardo, fundaron Maryland en 1634.

Por lo que se refiere a las compañías de comercio, éstas fueron creadas para favorecer la colonización a partir de la política mercantilista de la Corte Inglesa “autorizando a unos cuantos favoritos para realizar transacciones internacionales en beneficio personal de un círculo cortesano3. Así, la compañía “London” fundó la colonia de Virginia, y la compañía Plymouth la colonia de Nueva Inglaterra, pero la acción de las compañías no se limitó a estas dos colonias.

Fuera de una serie de «mercancías enumeradas» que no podían produ­cirse en Inglaterra, tales como el tabaco, el algodón “en rama”, la melaza o las barbas de ballena, todo lo demás, desde el acero hasta los sombreros, debía ser comprado exclusivamente a la Metrópoli por medio de la “Compañía Inglesa de las Indias”, por lo que los colonos de Norteamérica tenían prohibido pasarlos de una colonia a otra, ya fuera “por agua o por tierra”.

Esto nos explica porqué durante todo el período del dominio inglés, las Trece colonias vivieron con muy poca relación entre sí, casi como en «compartimentos estancos» dedicadas exclusivamente a la agricultura, la ganadería y las grandes plantaciones de algodón y tabaco.

Por otra parte, la doctrina calvinista de la predestinación, que los puritanos profesaban con el mismo rigor con el que Calvino la expuso en su “Institutio Christianae Religionis”, llevó a los colonos ingleses a segregar completamente a los indígenas. Según Calvino, el influjo del Espíritu Santo supone la elección a priori que Dios hizo de los hombres; unos para ser salvados y otros para la eterna condenación. A los predestinados a la vida eterna los auxilia con medios externos e internos. Quien no tiene los externos, tampoco tiene los internos y está predestinado a la condenación. Dicho de otro modo, las riquezas materiales son signo de elección divina.

Las primitivas condiciones materiales en las que vivían los indígenas de Norteamérica, nómadas o seminómadas, eran, pues, para los puritanos una señal clara de que eran rechazados por Dios y por tanto los colonos debían apartarse de ellos. Consecuencia de esa mentalidad fue el ver el mestizaje como algo totalmente inaceptable, y la razón por la cual en las Trece colonias no hubo mestizaje ni biológico ni cultural. La famosa frase “el mejor indio es el indio muerto” fue también otra consecuencia de esa mentalidad.

Siempre es más fácil y cómodo despreciar al próximo que preocuparse por él y asumir el reto de elevar su nivel de vida. La marginación de los indígenas en las Trece colonias fue el camino fácil que evitó el mestizaje biológico y cultural, y la razón por la cual entre las colonias y la Metrópoli las diferencias quedaron limitadas a dos puntos importantes: las restricciones mercantiles por un lado y la amplitud del espacio físico por el otro. El millón y medio de colonos que habitaban la amplia geografía de las colonias al iniciar el siglo XVIII, hacía del todo innecesarias las leyes e instituciones que en Inglaterra regulaban las herencias y la libre transferencia de la propiedad de la tierra, siempre en beneficio de los grandes terratenientes del partido «whig». Desde luego que los esclavos negros, trasladados desde África en grandes cantidades para trabajar en las plantaciones sureñas no contaban como colonos y la única consideración que recibían era como instrumentos de producción.

Pero, tal como lo expresaba una frase popular, Inglaterra no era tanto un Estado mercantilista como «una isla rodeada de contrabandistas». Los mismos ministros de la Corona, si bien habían jurado defender las leyes, participaban del contrabando (…) Las colonias de Norteamérica también habían perfeccionado el arte del contrabando. Los colonos hacían caso omiso de la Ley de Melazas, atraían las naves inglesas a los bancos de arena, donde encallaban, y entraban y salían de las Antillas, donde compraban ron y azúcar a su antojo. El nivel de vida aumentaba en Norteamérica cada vez que se defraudaba a un agente del rey, cada vez que se evadía un impuesto.4

Cuando las tropas inglesas vencieron a los franceses en el Canadá, eliminando así probables amenazas sobre las Trece colonias, el Rey Jorge III dispuso que éstas deberían pagar nuevos impuestos para sostener las tropas británicas acantonadas en Norteamérica. Decretó primero un «impuesto del timbre», el cual, aunque era de poca monta, causó mucho malestar. Posteriormente vino el impuesto sobre el té, el cual fue rechazado por los colonos, y de las protestas pasaron a la rebelión.

La Independencia de los Estados Unidos fue causada antes que otra cosa por las interferencias del Rey que afectaban los intereses mercantiles de las Trece colonias, y aunque la Declaración de Independencia del 4 de Julio de 1776 redactada por Jefferson dice: “Todos los hombres son creados iguales, y poseen ciertos derechos inalienables”, por la mentalidad puritana la Nueva nación, continuó la práctica de la esclavitud de los negros a lo largo de todo su primer siglo de vida independiente, incluso incrementándose el número de esclavos hasta alcanzar los dos millones al iniciar el Siglo XIX.

En el aprecio a su libertad política recién conquistada, en los Estados Unidos de América se fueron abriendo paso dos presupuestos tomados de las circunstancias que permitieron su independencia: el primero, que la existencia de grandes extensiones de tierra a disposición era garantía para evitar restricciones a las libertades económicas como las implementadas en Inglaterra, y el segundo… que todo tiene un precio.

Mientras la libertad recién conquistada permitía el establecimiento con singular éxito de industrias antes prohibidas en su suelo, y “La Riqueza de las Naciones” de Adam Smith era leída con avidez, el Gobierno de los Estados Unidos se lanzó a comprar todos los territorios posibles, los fértiles y los desérticos, los habitables y los inhabitables. Empezaron por reclamar a los ingleses los territorios hasta entonces totalmente olvidados de Kentucky (1792) y Tennessee (1796); después, en 1803 compraron a los franceses el inmenso territorio de Louisiana que abarcaba los actuales estados de Montana, Wyoming, las dos Dakotas, Minnesota, Iowa, Nebraska, Kansas, Missouri, Oklahoma, Arkansas, y Lousiana. Poco después, en 1819 compraron a España la Florida y sus, en esa época, inhabitables pantanos.

Las Trece colonias costeras se habían convertido casi de la noche a la mañana en un inmenso territorio vacío que era necesario llenar. Hábilmente establecieron entonces una política que propiciara la inmigración de europeos, ofreciéndoles tierras sin mayores trámites. Los conflictos europeos favorecieron enormemente la inmigración y un río de europeos empezó a arribar a “la tierra de las oportunidades”. Los inmensos territorios ya no estaban tan vacíos y la corriente de inmigrantes europeos, que no cesaba, pronosticaba que los Estados Unidos podían convertirse rápidamente en una potencia.

La estrategia de crecer en territorio y en población de origen europeo, requería ahora de nuevos espacios, y ahí estaba otro gran territorio casi vacío que pertenecía a México, en ese tiempo recién independiente. Pero México se negó reiteradamente a vender.

John Quincy Adams, quien fue Secretario de Estado del Presidente James Monroe, y después el sexto presidente de los EU, escribe en sus memorias: “El primer acto del Gobierno mexicano después de declarar su independencia, fue reclamar los límites como se habían fijado en el tratado de las Floridas y nosotros consentimos en ello. Pero al principio de mi administración nombré al Sr. Poinsett Ministro en México, y Clay le dio instrucciones para la compra de Texas. México declinó la propuesta, que dos años después fue renovada y rechazada entonces con resentimiento. Jackson (se refiere a su sucesor, el presidente Andrés Jackson) sin embargo tenía tal ambición por Texas, que desde el primer año de su administración puso a trabajar una doble máquina: negociar con una mano a fin de comprar Texas; instigar con la otra mano al pueblo de aquella provincia para que hiciera una revolución en contra del gobierno de México. Houston era su agente para la rebelión, y Antohy Buttler, un agiotista originario de Mississipi, para la compra.5

La independencia de Texas en 1836 con su posterior anexión a los Estados Unidos, y la guerra contra México en 1847 (calificada por el Gral. Ulises S. Grant como “una de las más injustas que alguna vez se ha hecho por una nación fuerte contra otra más débil6, pero con la cual los EU se apropiaron de los territorios de California y Nuevo México mediante una venta forzada por las bayonetas) son manifestación clara e inequívoca del espíritu de la “Doctrina Monroe” y del “Destino Manifiesto”, otra de las diversas vías que los Estados Unidos siguieron para caminar de la fragmentación a la integración, y transformarse de colonias agrícolas costeras en una potencia económica y militar de primer orden.


2. Las naciones iberoamericanas: de la integración a la fragmentación

La identidad de las naciones iberoamericanas fue resultado de la fusión de los pueblos y culturas indígenas con los españoles y su cultura, pues la principal característica de la obra que España realizó en América durante los siglos XVI y XVII, fue trabajar por la integración de los indígenas y no por su marginación. A pesar de los innegables abusos que muchos conquista­dores realizaron con los indígenas, esta característica integracionista es del todo evidente, y solo los espíritus enfermos de resentimiento pueden negarla.

Ya desde el año 1493, en las instrucciones dadas en Barcelona por los Reyes Católicos a Cristóbal Colón antes de partir a su segundo viaje, señalaban: “Deseando los monarcas el aumento y acrecentamiento de la fe católica, mandan y encargan al dicho almirante que procure por atraer a los moradores de aquellas islas a la fe católica (…) Tratar bien y amorosamente a los indígenas y promover el contacto y la familiaridad mutuos y mostrarse severos contra los que estorbaren esa amigable concordia”.

Sin la menor duda es bastante larga la lista de los que, con sus abusos e incluso no pocas crueldades, “estorbaron esa amigable concordia” que pedían los Reyes. Pero también es cierto que la lista de quienes se entregaron en cuerpo y alma a “promover el contacto y la familiaridad mutuos” es aún más larga, y en ella destacan en primerísimo lugar los frailes misioneros que a pulso se ganaron el título de “protectores de los indios”. La razón de ello fue la mentalidad católica presente en la Corona y en el pueblo español del siglo XVI; mentalidad que aparece nítidamente reflejada en los hechos y en muchos documentos. Cito como ejemplo una de las instrucciones dadas por la Corona al gobernador de La Española, Nicolás de Ovando en 1501: “Deseamos que los indios se conviertan a nuestra santa fe católica, y sus ánimas se salven, porque este es el mayor bien que les podemos desear.

Por otra parte, debemos tener presente que de los catorce millones de habitantes que tenía la América precolombina, la mayoría de ellos estaban asentados en los territorios conquistados y civilizados por España: sólo en el Perú con tres millones y en la Nueva España con cuatro millones, se concentraba la mitad de la población indígena, territorios estos que además albergaron a las culturas precolombinas más desarrolladas: la Maya, la Azteca y la Inca.

La identidad de las Naciones iberoamericanas forjada en los siglos XVI y XVII fue una identidad nueva y original en la cual están presentes muchos elementos de las culturas indígenas, de la cultura española y la fe católica; no es pues, española ni indígena, sino indo-hispano-católica. Juan Pablo II recordaba lo anterior en el hipódromo de Santo Domingo el 12 de Octubre de 1984 con las siguientes palabras: “Los hombres y pueblos del nuevo mestizaje americano, fueron engendrados también por la novedad de la fe cristiana. Y en el rostro de Nuestra Señora de Guadalupe está simbolizada la potencia y arraigo de esta primera evangelización.

Por extender el Evangelio a todas partes, la España del Siglo XVI no se quedó en las costas de las tierras que descubría, ni limitó su acción a los lugares donde encontró el oro que, sin duda, también buscaba. Y así como la formación de la identidad de la América Española es, por su característica integracionista, sumamente compleja, las causas que llevaron a su Independencia también los son.

Es del todo cierto que las condiciones del mundo en el inicio del siglo XVIII eran ya muy diferentes a las de los dos siglos precedentes y la necesidad de una apertura de Las Españas a una modernidad verdaderamente racional se hacía cada vez más evidente. Pero la modernidad que campeaba ya en Europa, aunque se autodefinía como “racional”, de hecho traicionaba a la razón al reducirla a la mera experiencia sensible. Era pues la Modernidad «ilustrada», miope y poco racional pero radicalmente secularizante, la que imponía sus dictados en las élites intelectuales y políticas en Europa, haciendo surgir especialmente en Francia el «despotismo ilustrado» y con él, el «regalismo» que buscaba hacer de la Iglesia un instrumento al servicio del Rey, ocultando hipócritamente su intolerancia a la autoridad del Papa.

La llegada de la francesa Casa de Borbón al Trono español en 1700, marca también la llegada de «la modernidad ilustrada» a España, y con ella un cambio radical en la política española, tanto para la Península como para “Los Reinos de Indias”. Como explica Caturelli “La España oficial abandona (a los Reinos de Indias). Y digo que los abandona en el estricto sentido del término que quiere decir «dejar» (en poder de otro) o, mejor aún, dejar alguna obra ya emprendida como misión. Paradójicamente, alguien que sólo observara las apariencias, podría sostener que ahora la España borbónica se ocupa mucho más de sus «dominios» que antes (…) El intento heroico del imperio espiritual que somete el bienestar somático al dominio del espíritu ha sido, poco a poco, abandonado; de ahí que sea posible «ocuparse» con aparente mayor empeño del pueblo español y de los pueblos de Indias habiéndolos abandonado. Pero semejante abandono enmascara un abandono todavía mayor: el abandono de Sí misma.7

El regalismo de los Borbones españoles fue astutamente alentado por varios personajes de la Corte que pertenecían a una sociedad secreta nacida en ese mismo siglo XVIII y que desde entonces profesa un odio tremendo a la Iglesia Católica: la Francmasonería. El Primer Ministro Pedro Pablo Abarca de Bolea, Conde de Aranda, Caballero Comendador de la Orden del Espíritu Santo y… uno de los principales dirigentes de la masonería española, en Abril de 1767 arrancó al regalista Carlos III el decreto para expulsar a la Compañía de Jesús de todos los territorios de la Corona española.

Más de cinco mil jesuitas súbditos de la Corona (dos mil en España y tres mil en América) y que conformaban una de las élites que más beneficio había procurado a los pueblos iberoamericanos, sin razón alguna se encontraron de repente en el destierro en Italia e en Rusia. Este acto arbitrario y despótico del «ilustrado» Rey Carlos III desató uno de los nudos más firmes que unían a Madrid con la América española y abrió las puertas de la Independencia. Como protesta por la expulsión de los jesuitas, los mineros de Guanajuato llevaron a cabo la primera huelga que registra la historia de México, y en San Luis de la Paz las protestas por la expulsión desembocaron en una revuelta sangrienta donde, además, la población quemó el Pendón real.

La expulsión de los jesuitas fue un rayo que sacudió a toda la América española. Las innumerables escuelas y colegios así como las misiones en Paraguay y las Californias que los jesuitas atendían con especial celo, truncaron sus tareas y quedaron abandonadas. El desaliento y la inquietud cundió entre las demás ordenes religiosas, hostigadas también por el regalismo de la Corona que veía en los Superiores de las Ordenes un obstáculo fuera de sus dominios y por tanto fuera de su control. El impulso evangelizador que caracterizó a la obra de la Corona durante los siglos XVI y XVII, quedó paralizado en el XVIII.

Pero el «despotismo ilustrado» de los reyes borbónicos no se limitó al regalismo. Aunque los “Reinos de Indias” siguieron llamándose así, de hecho dejaron de ser considerados como «provincias de España» para convertirse en «colonias de España»; dejaron de ser «integrantes» de la Corona para convertirse en «propiedad» de ella. El establecimiento de «las intendencias» en 1778 y del «ejército» en 1761, así como la supresión de la autonomía de los «cabildos», obedecieron a ese propósito. Por ello, en estricto sentido, el periodo verdaderamente colonial de la América española se limitó al último siglo del dominio de España en América, pues para los reyes borbónicos el fin del Estado se reducirá a las estrategias del poder y del bienestar material.

Fue la propia monarquía, al adoptar las ideas de la ilustración, la que rompió con los fundamentos tradicionales en que se apoyaba. Al desvincularse de la religión, y al acentuar su propio absolutismo, destruyó las bases seculares de su imperio –que era ético-religioso y no pudo reemplazarlas por ningún principio que despertara el entusiasmo o la adhesión de sus súbditos (…) La justicia dejó de ser la principal inspiradora de la acción gubernativa; y el buen tratamiento de los indios quedó subordinado a las conveniencias políticas o económicas.8

Iberoamérica perdió el respeto y se sintió abandonada. Piénsese un instante en la abyección de Carlos IV, temeroso y estúpido, permitiendo la entrada de tropas francesas en España, poco después del Tratado de Fointanebleau (1808) para terminar abdicando la Corona (…) La fecha de aquel tratado coincide con el segundo intento de Inglaterra de apropiarse del Virreinato del Río de la Plata, derrotada en las calles de Buenos Aires por el heroísmo de los criollos, cada vez más conscientes de sí mismos.9

Cuando Carlos IV se arrepiente de la abdicación que por la fuerza le arrancó su propio hijo Fernando y reclama reasumir el Trono, éste afirma que la abdicación de su padre es válida y que ahora el rey es él, Fernando VII. Padre e hijo buscan el apoyo de Napoleón colocándolo así como árbitro de su disputa, y el Emperador francés, ni tardo ni perezoso, apresó a ambos enviándolos como prisioneros fuera de España: Carlos IV a Nápoles, y su hijo Fernando VII a Bayona. En el trono español el “árbitro” Napoleón colocó a su hermano José Bonaparte, el tristemente célebre “Pepe botellas”.

Ante una España que se vuelve contra sí misma, “las provincias de ultramar vinieron a ser más hispánicas que España10. En Buenos Aires, Cornelio Saavedra se presenta acompañado de un grupo consciente de la importancia de los acontecimientos en la Península, ante el Virrey Cisneros y le dice: “No queremos seguir la suerte de la España, ni ser dominados por los franceses; hemos resuelto «reasumir» nuestro derecho, y conservarnos por nosotros mismos. El que a Vuestra Excelencia dio autoridad, ya no existe; por consiguiente, tampoco Vuestra Excelencia la tiene ya.11

Cornelio Saavedra era uno de los capitanes que más destacó en la lucha contra los ingleses en 1807, pero además era doctor en Teología por la Universidad de Córdoba y doctor en Derecho por la Universidad de Santiago de Chile. Por ello conocía bien tanto la Doctrina de Santo Tomás como la Doctrina de Francisco Suárez sobre el «sujeto» de la autoridad (el Rey en éste caso) según las cuales “El Rey «tiene» la potestad recibida y es él el primer servidor del bien común. Inmediatamente ha recibido la autoridad «del pueblo» que ha tenido la autoridad «in habitu», ya que es el depositario de ella según la naturaleza; claro es que, mediatamente, siempre el origen absoluto de la potestad es Dios-creador. En consecuencia, si el Rey desaparece, para los tomistas es por completo natural y necesario que otro sujeto asuma la potestad; para los suaristas, la potestad «vuelve al pueblo» el cual debe, a su vez, transferirla a un nuevo sujeto de la misma. Como se ve, no existe ninguna diferencia esencial entre ambas doctrinas.12 Por esto Saavedra dice al Virrey que “hemos resuelto «reasumir» nuestro derecho y conservarnos por nosotros mismos.”

Muy semejantes son los argumentos que en México, el otro extremo de la América española, esgrimen Manuel Abad y Queipo (en el Memorial de 1808), Fray Melchor de Talamantes, el Lic. Francisco Primo de Verdad y el Ayuntamiento de la Ciudad de México, para ocupar el vacío dejado por el Rey y proclamar, desde Septiembre de 1808, la Independencia de la Nueva España. En su discurso ante el Congreso de Angostura (1819) Simón Bolívar dice en el mismo sentido: “La excelencia de un Gobierno no consiste en su teoría, en su forma, ni en su mecanismo, sino en ser apropiado a la naturaleza y al carácter de la Nación para quien se instituye.

Quienes se opusieron a los movimientos de Independencia en Iberoamérica fueron los «ilustrados» y los «regalistas», es decir los que estaban en la línea de la ruptura con la identidad indo-hispano-católica de los pueblos iberoamericanos. Es importante resaltar que Bolívar y San Martín no lucharon por la Independencia de Venezuela o de Argentina sino por la Independencia de Hispanoamérica; por ello los dos compartían la idea fundamental de una «unión en federación» de los antiguos virreinatos, idea ya advertida por Bolívar desde el “Manifiesto de Cartagena” de 1812 y reiterada en la propuesta de 1823 al Libertador de México Agustín de Iturbide, para formar “La Gran Colombia” que automáticamente hubiera hecho de Hispanoamérica una gran potencia en todos los órdenes. De haberse concretado, la “Doctrina Monroe” no hubiera pasado de ser un bonito juego de palabras.

Pero la masonería, las intrigas de Mister Poinsset y, sobre todo, la miopía de los «ilustrados» y su nefasto «espíritu de partido» que buscaría a toda costa el exterminio de «los otros», desencadenaron a lo largo y lo ancho de la Hispanoamérica que nacía a la vida independiente, innumerables guerras civiles y divisiones de todo tipo. El sueño bolivariano de la Gran Colombia tuvo tan amargo despertar que hizo exclamar al Libertador: “he arado en el mar”.

Refiriéndose a Bolívar, Salvador de Madariaga al concluir su libro sobre el Libertador venezolano, pone en sus labios el epílogo: la espada no teje ni borda, y cuando quise «rehacer en tres años» lo que España había hecho en tres siglos, la abigarrada maraña de hilachas humanas de aquel «diseño roto», transfigurada en hidra demagógica, me devoró el corazón y me arrojó a la sepultura.13 El decreto del Congreso mexicano (19 de Mayo de 1823) que declaraba nulos el Plan de Iguala, los Tratados de Córdoba y la elección de Iturbide, finalmente arrojó al paredón al Libertador de México. Las “Tres garantías”, Religión, Unión e Independencia, fueron también «fusiladas» moralmente.

Así, las élites que realizaron la Independencia en Hispanoamérica fueron rápidamente desplazadas de una u otra forma, y sustituidas por otras élites impregnadas hasta la médula de ese ilustrado «espíritu de partido» que exigía la exclusión y, de ser posible, la eliminación del otro. Los ritos masónicos, escocés y yorquino, fueron pieza clave en éste proceso. En lugar de “la Gran Colombia”, los cuatro virreinatos americanos se desintegraron en dieciséis repúblicas; a su vez en el interior de cada una de ellas se realizaron procesos de desintegración y división, y la división las debilitó y empobreció, lo mismo en lo material como en lo espiritual. El “nacionalismo”, que es una desviación enfermiza del genuino «amor a la Patria», y por tanto es fuente de celos, odios y guerras, también clavó sus garras en las nuevas naciones. Así, Hispanoamérica recorrió exactamente el camino inverso que siguieron las Trece colonias inglesas.

Para agravar esta situación, el Rey Fernando VII, quien no se resignaba a haber perdido los Reinos de Ultramar que su padre y su abuelo habían previamente degradado a meras colonias, amenazó a la Santa Sede con separar de Roma a la Iglesia de España si nombraba obispos para las nuevas naciones, y como España también era hija de la Iglesia, el Papa se abstuvo de nombrarlos. Iberoamérica se fue quedando prácticamente sin obispos en el momento que más los necesitaba.

Las nuevas élites directivas que se hacen del poder en la Iberoamérica desgarrada, reniegan de sus raíces indígenas, de sus raíces hispanas y de sus raíces cristianas, para caer en una burda y ramplona copia de lo que estaba de moda en otras latitudes. Lo que es meramente imitado será siempre una mala copia, pero será mucho peor si lo que se imita conlleva una traición contra la propia identidad.

En este sentido, el caso de México es especialmente patético: el Partido liberal y la masonería yorkina se lanzaron a copiar a los Estados Unidos hasta en el nombre; y sus enemigos, el Partido conservador y la masonería escocesa se lanzaron a copiar a Francia. “Cuando un país imita a otro sin pensar en sus propias características, de hecho las está ignorando, está tratando de sustituir su personalidad propia por otra ajena. México, en mayor o menor medida, siempre tuvo personalidad propia, pero muchos, a pesar de tenerla enfrente, de plegarse a ella o formar parte de ella, no quisieron nunca reconocerla.14 Una interminable sucesión de guerras civiles, cuartelazos, motines, anarquía política y económica, intervenciones militares extranjeras y la pérdida de la mitad del territorio, fueron algunas de las consecuencias del desprecio de las élites a nuestra identidad nacional.

Providencial y afortunadamente esa pérdida de identidad en las élites no se trasladó al pueblo, y gracias a que el pueblo permaneció fiel a su identidad indo-hispano-católica, ésta no se extinguió. El divorcio entre la élites y el pueblo es un drama que a la fecha continúa afectando la armonía de las Nuevas naciones.

Para solucionar este divorcio se requiere de un conocimiento sobre nuestra identidad y nuestro origen, conocimiento que debe estar basado en la historia, no en leyendas, pero como atinadamente señala Alberto Methol Ferré “las «historias nacionales» empiezan a escribirse aquí, por lo común, desde el último tercio del siglo XIX, con la «organización nacional». Es el momento de victoria del liberalismo no sólo anticlerical, sino anticatólico. En esas historias nacionales, la Iglesia hace el papel del «malo», de la inercia histórica, de lo residual. Domina una historia política y militar, a la que luego se incorporan perspectivas económicas y sociales. Pero lo religioso queda en un sorprendente esfumado. La Iglesia no remedia esta ausencia (…) Nuestras Iglesias conocen muy poco su propia historia (que va más allá de una historia institucional eclesiástica). (…) Ese desconocimiento de sí misma, por parte de la Iglesia, se veía agravado: las interpretaciones vigentes de las historias nacionales, en grado mayor o menor, estaban repletas de estereotipos contrarios a la Iglesia (…) Por ejemplo: «La Iglesia está siempre aliada a los poderosos». Esta proposición era difundida por los anticlericales –poderosos que controlaban el Estado y habían expulsado a la Iglesia de múltiples actividades sociales.15

Por lo que se refiere a las naciones asentadas en las islas del Caribe, islas que vieron surgir las primeras comunidades iberoamericanas y las últimas en obtener su independencia, señalaré solo las diferencias más relevantes con respecto a la Iberoamérica continental. Antes de la llegada de los españoles, las islas caribeñas albergaban a unos pocos miles de indígenas, los cuales llevaban una vida de despreocupada ociosidad. De ahí la casi nula existencia de una cultura prehispánica en las islas.

El aislamiento en el que vivieron desde tiempos inmemoriales los protegió de enfermedades epidémicas, pero esa especie de “cuarentena” forzosa los privó también de desarrollar anticuerpos ante ese tipo de enfermedades. La llegada de los españoles significó el fin de esa cuarentena, y cuando las epidemias hicieron su aparición en las islas, la mortandad entre los indígenas caribeños fue tan grande que prácticamente desaparecieron.

Por ello, la cultura y el mestizaje en La Española, Cuba y Puerto Rico, de hecho casi no tiene raíces indígenas. A cambio, especialmente en estos lugares, la raíz española se mezcló con la de los Africanos llevados a América por los traficantes de esclavos ingleses, portugueses, franceses y holandeses. España, si bien no se dedicó al tráfico de esclavos, si fue cómplice de este inhumano comercio.

Por otra parte, durante el siglo XVII los barcos de guerra de Inglaterra, Francia y Holanda, adversarios de España, protegieron y alentaron a los piratas y bucaneros que hicieron de la Isla de “La Tortuga” su base de operaciones para atacar no sólo a los barcos españoles sino también frecuentemente las ciudades costeras del Caribe. Las incursiones de los piratas franceses llegaron a dominar el occidente de la Isla de La Española y en 1697, con la “Paz de Riswick”, España cedió finalmente a Francia la mitad de la Isla, misma que fue convertida en una colonia de esclavos negros. Haití permaneció en esas condiciones bajo dominio francés hasta que, tras el desastre de la flota francesa en Trafalgar, hizo que Napoleón la abandonara y en 1809 Toussaint, el “Bonaparte negro” proclamó su independencia.

Algo semejante ocurrió con la Isla de Jamaica, invadida por los Ingleses en 1655 y oficialmente cedida en 1670 a Inglaterra, que nombró gobernador de la Isla al célebre pirata Morgan; obviamente la totalidad de los españoles residentes en Jamaica salieron de la isla y emigraron a Cuba. El traslado en pocos años de más de medio millón de africanos, hizo de Jamaica el mayor mercado de esclavos del Continente. No fue sino hasta 1962 cuando Inglaterra declaró a Jamaica estado independiente.

Al momento de los movimientos independentistas en el Continente, en Santo Domingo, la parte de la Española que permaneció bajo dominio español, José Núñez de Cáceres proclamó la unión de la Dominicana a La Gran Colombia, pero esa independencia duró sólo nueve semanas pues una
invasión de los antiguos esclavos de Haití, canceló su libertad. Durante 22 años la Dominicana estuvo bajo dominio de Haití. En 1846 los dominicanos lograron arrojar a los haitianos de su suelo, pero ante la inestabilidad y debilidad en la que quedaron, en 1861 la Dominicana solicitó volver a unirse a España de la cual se separó definitivamente en 1898.

Por lo que se refiere a Cuba y Puerto Rico, ambas permanecieron bajo dominio español a lo largo de todo el siglo XIX , pues a pesar del intento de independencia que en Cuba realizó en1868 Carlos Manuel de Céspedes, y del realizado por José Martí en 1895, no fue sino hasta la guerra de los EU con España y el “Tratado de París” de 1898 cuando estas dos islas se independizaron de España. Cuba fue gobernada por los EU durante cuatro años (hasta 1902) y Puerto Rico es, hasta la fecha, un “estado asociado” de los EU.

El camino de la integración a la fragmentación que Hispanoamérica siguió durante el siglo XIX y buena parte del XX, le ha llevado a una grave postración política y económica. Reemprender el camino en sentido contrario, es decir, de esta fragmentación a una nueva integración (que no debe circunscribirse sólo a lo económico) no será una vuelta al pasado, ni una cancelación de los legítimos avances que se han conseguido, sino recobrar la identidad y el sentido común. La verdadera tradición no es peso que ata sino raíz que nutre.


3. El Brasil y Canadá: independencia sin ruptura

Nuestra revisión a las nuevas naciones de América estaría incompleta si no analizamos a los dos países que, en diferentes circunstancias, nacieron a la vida independiente sin ruptura ni desgarramientos significativos. En el sur del Continente, el Brasil, y en el norte, Canadá.

La famosa “línea alejandrina” con la cual el Papa Alejandro VI solucionó la disputa entre las Coronas Portuguesa y Española sobre el Descubrimiento del Nuevo Mundo, dejó a los portugueses la exploración, conquista y evangelización de los territorios que existieran hacia el oriente de esa línea situada “a cien leguas de las islas Azores” y que por el Tratado de Tordesillas (1494) fue corrida otras doscientas leguas más. La primera expedición colonizadora de las Indias portuguesas estuvo compuesta por trece navíos ampliamente pertrechados, y llegaron a las costas de Brasil el Domingo de Pascua del año 1500, celebrándose una misa en la Bahía de la Vera Cruz. Inexplicablemente, diez días después la expedición zarpó de regreso a Portugal.

No fue sino hasta 1530 que los portugueses iniciaron un tímido poblamiento con la fundación del Puerto de San Vicente. Pasarían aún otros diecinueve años para que Martín de Sousa emprendiera un poblamiento más enérgico a partir de la fundación de la ciudad de Bahía (1549). Los indígenas del Brasil (tupies en la costa, chavanes en el interior y guaraníes en el sur) vivían en condiciones similares a la de los caribes en medio de selvas interminables.

Un gran pensador e historiador brasileño, José Pedro Galvao de Sousa escribía: “Cuando Martín de Sousa llega al litoral de lo que hoy es el Estado de Sao Paulo (…) ahí funda la villa de San Vicente, «célula mater» de la gran nación que se va a constituir. Traza el plano de la ciudad, hace erigir una capilla, manda construir dos fortines, surgen las primeras edificaciones, y por último, como símbolo de la autonomía municipal, indica desde luego que el régimen de los Consejos de los Municipios portugueses serán también para el Brasil. En las ciudades más importantes, gran poder tendrán los llamados «Senados de Cámara», enfrentando a los gobernadores y llegando a levantar su voz en la cara de la Metrópoli.

El Brasil, en cuanto unidad política ya constituida, no era propiamente una colonia, utilizándose este término para designar la ocupación y el fomento de las regiones sin cultivo. La parte del Continente Americano que integraba al Reino de Portugal lo fue como Algarbe de la Península Ibérica.16

De las posesiones que Portugal tenía en el África negra trasladaron al Brasil a miles de esclavos para trabajar las feraces tierras; pero lo mismo en la América española que en Brasil, la esclavitud tuvo en la Iglesia un poderoso freno que aminoró las crueldades de ese “negro baldón de la humanidad”. El mestizaje de portugueses y españoles con los negros, la vida de tantos religiosos como San Pedro Claver “el esclavo de los esclavos”, que dedicaron su vida a aliviar la de los negros, o las facilidades que las leyes lusitanas e hispánicas daban a los negros para alcanzar su libertad, son manifestaciones de condiciones más humanas para la terrible realidad de la esclavitud en la cual, como recordaba Juan Pablo II en Senegal, “participaron bautizados que no vivieron su fe.”

Pero a diferencia de la independencia de Hispanoamérica, el Brasil surgió como Nación independiente en paz, sin antagonismo con su identidad y sin el traumatismo de la ruptura. Las tropas de Napoleón originalmente entraron a España con el consentimiento del inepto Carlos IV para invadir Portugal, y cuando los estandartes franceses eran ya visibles desde Lisboa, el Rey de Portugal Juan VI abordó el barco que lo trasladó a Río de Janeiro donde quedó instalada la Corte Portuguesa.

Tras el ocaso de Napoleón en Europa y el regreso de Juan VI a Lisboa, éste dejó en Río de Janeiro a su hijo Don Pedro, quien fue proclamado “Emperador de Brasil” el 12 de Octubre de 1822. “La continuidad monárquica y dinástica, perdida en la América española, aseguró al Brasil sesenta años de paz interior, orden, equilibrio político y estabilidad económica.17

Antes del Descubrimiento de América, en el Norte del Continente y a semejanza del Brasil, los inmensos territorios del Canadá se encontraban también casi inhabitados, pero no a causa de las impenetrables selvas sino del clima polar que por largos meses persiste en las tundras canadienses. Las tribus indígenas que la habitaban, algonquines y athabascos, así como otros pequeños grupos indígenas eran todos nómadas, viviendo de la caza, la pesca y la recolección de frutos.

Las costas del Canadá en el Océano Pacífico fueron exploradas por los españoles en los primeros años del siglo XVI, pero sin realizar alguna acción de poblamiento, pues Mesoamérica y Sudamérica consumían todas sus energías. Fue el francés Jaime Cartier el primer europeo quien, tras la exploración del río San Lorenzo, fundó en sus márgenes Nueva Francia en 1534. Pero, a semejanza de lo ocurrido con los portugueses sobre el Brasil, también los franceses demostraron muy poco interés por Canadá durante más de setenta años.

No fue sino hasta 1628 en que, con la fundación de Québec por Samuel Champlain, la colonización francesa en Canadá recibió un impulso más enérgico. La vida de las poblaciones francesas en Canadá durante el siglo XVII tuvo dos características relevantes: la evangelización de los pocos indígenas que la habitaban y las guerras contra los ingleses que buscaban apoderarse del territorio de los franceses. La victoria de los ingleses en Québec en 1754 y los tratados de 1759 establecieron el dominio definitivo de Inglaterra en todo el Canadá. De inmediato los ingleses decretaron la exclusión de la Iglesia Católica, provocando un gran descontento entre la población francesa, la cual era obviamente mayoría. No fue sino hasta 1774 cuando Inglaterra accedió a permitir la libertad religiosa mediante el “Acta de Québec”. Al estallar la guerra de Independencia de las Trece colonias, los canadienses permanecieron fieles al Rey Jorge III.

Por el “Tratado del Escorial” de 1785, España cedió los derechos que tenía en las costas del Pacífico canadiense. Entonces, en 1791 Inglaterra dividió el Canadá en dos grandes regiones: el “Alto Canadá” con la población de habla inglesa, y el “Bajo Canadá” con la población de habla francesa.

Viendo que ésta división podría desembocar en una ruptura (de hecho las tensiones entre los francófonos y los anglófonos persisten hasta el día de hoy), en 1840 con el “Acta de Unión”, Inglaterra estableció la “Confederación de Canadá”, agregándole los territorios de Brunswick, Nueva Escocia, Mantoba y la Columbia Británica. En 1923 Canadá fue ya un Estado autónomo miembro de la Commonwhealth, y finalmente en 1982 y con la anuencia de Inglaterra, Canadá acabó con cualquier dependencia del Parlamento Británico. Su Independencia fue, pues, el resultado de una evolución normal, tranquila y en paz.

Así como un ser humano alcanza una auténtica madurez y un uso pleno de su libertad tras un crecimiento normal, aunque no siempre exento de vicisitudes, el Brasil y Canadá son naciones que llegaron a la vida independiente sin el trauma de una ruptura con sus raíces ni con su identidad.


4. Conclusión

En esta rápida revisión a los orígenes de las Nuevas Naciones de América hemos podido constatar la verdad que encierran aquellas palabras de Jesucristo: “Todo reino dividido en facciones será desolado; y cualquier ciudad o casa dividida en bandos no subsistirá” (Mt 12,25). En efecto, la unidad ha sido la causa del encumbramiento de unas naciones, así como la división lo sido del derrumbamiento de otras.

Debemos pues redescubrir el gran valor de la unidad, simbolizado en el color rojo de nuestro lábaro patrio, y sobre éste valor construir el futuro. La ilustración y las generaciones que se dejaron seducir por ella, despreciaron y pisotearon ese gran tesoro que forma parte fundamental de nuestra identidad nacional, acarreando con ello gravísimos males. Hoy el valor de la unidad empieza a ser reencontrado provocándonos un alegre sobresalto, y la perspectiva de un gran destino para las naciones de América es nuevamente posible. Retomar el camino de la unidad interna en cada nación, y, al mismo tiempo, el de la unidad entre las naciones de América, será la forma de enfrentar con éxito los retos que el proceso globalizador presenta en estos inicios del Tercer Milenio al Continente de la Esperanza.

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Juan Louvier Calderón addresses the theme of the new American nations. He analyses the basic traits of their identity, which was carved out in the 16th and 17th centuries. The research is divided into three areas: the United States of America, the Ibero-American nations and, finally, Brazil and Canada. The author concludes with the conviction that the best way of facing the process of globalisation is to revisit simultaneously the path of unity within each nation and that of unity between all the American nations.

Juan Louvier Calderón se penche sur la thématique des nouvelles nations d’Amérique. Pour cela, il analyse les caractéristiques fondamentales de leur identité, formée au cours des XVIe et XVIIe siècles. L’enquête se développe selon trois zones : les États-Unis d’Amérique, les nations ibéro-américaines et, enfin, le Brésil et le Canada. En conclusion, l’Auteur fait part de sa conviction que le retour au chemin de l’unité intérieure de chaque nation et, en même temps, entre les nations d’Amérique, est le moyen de faire face au processus de globalisation.

Juan Louvier Calderón affronta la tematica relativa alle nuove nazioni d’America. Perciò, analizza le caratteristiche fondamentali della loro identità, formatasi nell’arco dei secoli XVI e XVII. L’indagine viene raggruppata in tre aree: Stati Uniti d’America, nazioni ibero-americane, ed infine, Brasile e Canada. Per concludere, l’Autore esprime la sua convinzione che ritornare sul cammino dell’unità interiore in ogni nazione e, nello stesso tempo, tra le nazioni d’America, sia la forma da tener presente nel processo di globalizzazione.



1   Juan Vallet de Goytisolo, Patrias–Naciones–Estados, Ed. Speiro 1970, p. 3.

2   Jean Ousset, Patria Nación Estado, Ed. Speiro, p. 22-23.

3   John Chamberlain, Las Raíces del Capitalismo, Unión Editorial, Madrid 1993, p. 19.

4   John Chamberlain, op. cit., p. 19.

5   J. Q. Adams, Memories, Vol. XI, p. 348. Citado por R. Orozco Farías, Fuentes Históricas, Mex. 1965, p. 64-65.

6   Ulises S. Grant, Personal Memories, vol. I, p. 53. Citado por R. Orozco Farías, op. cit., p. 118.

7   Alberto Caturelli, El Nuevo Mundo, Edamex-Upaep 1991, p. 410.

8   Ricardo Zorraquín, La organización política argentina en el periodo hispánico, Ed. Perrot, Buenos Aires 1981, p. 46.

9   Alberto Caturelli, op. cit., p. 411.

10  Ibidem, p. 414.

11  Ibidem, p. 417.

12  Ibidem, p. 414-415.

13  Alberto Caturelli, op. cit., p. 421.

14  Abelardo Villegas, La filosofía de lo mexicano, UNAM 1988, p. 16.

15  Alberto Methol Ferré, La ruptura de la cristiandad indiana en: Iglesia y Cultura Latinoamericana, CELAM 1983, p. 153-154.

16  José Pedro Galvao de Sousa, Brasilidad Lusitana e Hispánica, Vertebración 1992, N° Especial, p. 27.

17  Ibidem, p. 27.


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