MISCELLANEA
OBISPOS DE URUGUAY EN VISITA “AD LIMINA”
S.E.
Mons. Nicolás
Cotugno Fanizzi, SDB, Arzobispo
de Montevideo, y Presidente de la Comisión para los No-creyentes y la Cultura
de la Conferencia Episcopal en representación de los Obispos de Uruguay en Visita
Ad Limina al Dicasterio de la Cultura, Fr. Fabio Duque Jaramillo, ofm y
Mons. Herminio Vázquez Pérez, Subsecretario y
Oficial respectivamente del mismo Consejo, se encontraron para dialogar
sobre la Pastoral de la Cultura en la Iglesia en Uruguay.
La
República Oriental del Uruguay, es la más pequeña del continente. Como
ideologías predominan el liberalismo y la masonería, dos rostros del espíritu
del siglo pasado. A diferencia de casi todos los países latino-americanos, no
quedaron etnias indígenas autóctonas.
Desde fines del siglo XIX y principios del XX se fue
gestando una controversia ideológica, que polarizó antagónicamente la cultura
y la fe. Esto produjo un laicismo confesional, desde el poder político, que
degeneró en una animadversión, hasta la intolerancia religiosa. Se prescindió
del aspecto religioso de la cultura, alimentando una fuerte dosis de
anticlericalismo. El cauce principal de este laicismo confesional fue el sistema
educativo primario y secundario de sesgo jacobinista francés. A nivel
universitario, la élite intelectual mayoritariamente fue formada en las ideas
filosóficas del positivismo.
Hablar
de religión para los uruguayos es poco claro. Hay quien cree en Dios pero no
practica, otros se confiesan agnósticos o ateos, o son indiferentes. Si se
pregunta por la importancia que dan en su vida a Dios, casi todos los que no se
declaran ateos, lo consideran muy o bastante importante. La falta de formación
religiosa ofrece como resultado respuestas contradictorias. Sin embargo, perdura
un fondo religioso a pesar del secularismo prolongado y la escasez de clero. La
acogida al Papa en sus viajes a Uruguay en 1987 y 1988 y el recorrido de la
imagen de la Virgen de los Treinta y Tres (Patrona de Uruguay) por todas las diócesis
del país en 1992 son dos hechos sobresalientes y positivos que ponen de
manifiesto el arraigo entre sus gentes de la religiosidad popular.
Los
valores éticos, que consolidan la convivencia sobre la justicia y la verdad, se
encuentran en un estado de confusión y relativismo, tanto en la conciencia como
en las decisiones de muchos uruguayos.
Hoy
en día, el aspecto religioso y especialmente la dimensión social del
catolicismo, son tópicos que integran el acervo temático de la opinión pública,
dentro de un sano pluralismo. El ambiente actual en el Uruguay muestra una
apertura tal que interpela a la Iglesia, porque se convierte en un gran desafío
esperanzador frente a la Nueva Evangelización. Como tal este reto exige la
responsabilidad de los pastores y agentes de evangelización y una preocupación
por la formación de lacios.
Es
importante resaltar algunos momentos significativos de la historia de la Iglesia
en Uruguay:
–
1797: surgió la primera provincia Eclesiástica.
–
1828-1917: el país fue católico de hecho y de derecho.
–
1917: la separación entre Iglesia y Estado, que más bien fue contraposición.
En
el Uruguay se pueden percibir con claridad 2 etapas: una primera que la podríamos
denominar de la cristiandad al laicismo y una segunda que iría del laicismo a
la laicidad. El laicista niega el valor de la laicidad. La laicidad comprende la
percepción de los valores autónomos, la valorización del mundo en cuanto tal,
del mundo como es: creación, derechos humanos, aspecto religioso, etc.
La
Iglesia estuvo presente en el nacimiento de las instituciones educativas del país,
pero con la separación entre la Iglesia y el Estado, este utilizó la educación
para fortalecer su ideología. La Iglesia no ha dejado de estar presente en la
actividad educativa y hoy la Universidad católica quiere inyectar en la
sociedad la visión humanista y abrirla a la trascendencia.
El
Gobierno está interesado en la promoción de la cultura autóctona y acepta que
en el Uruguay la cultura tiene profundas raíces católicas, al mismo tiempo
favorece la libertad cívica y
religiosa. Sin embargo, no son desconocidas las carencias y los males de la
sociedad como la constatación de que Uruguay tiene el primado de suicidios, y
con ello, ha tocado fondo. Ahora busca con urgencia superar esa falta de amor a
la vida. A mejorar la vida de este pueblo, ha contribuido en mucho la visita del
Santo Padre quien propició un cambio radical en todo.
Las
sectas, como en toda América Latina, están ganando terreno; una de las causas
es la falta de testimonio, unida a una experiencia cada vez más profunda de
descristianización, producto de la desacralización mal entendida. El
sentimiento religioso profundo del pueblo encuentra en los Nuevos Movimientos
Religiosos su canalización, ante la inactividad de los católicos. Hay urgencia
de una pastoral de evangelización y no sólo de conservación. Sólo la
evangelización tiene perspectivas, porque la pastoral de conservación durará
hasta que muera el último quienes hoy frecuentan la Iglesia. La pastoral de
conservación no es misionera porque no llama a la fe a quienes se encuentran
fuera de la comunidad eclesial.
La
Iglesia está llamada a proponer una visión positiva de la realidad, que al
mismo tiempo sea atrayente porque llena las grandes expectativas que se
encuentran en el corazón del hombre. De esta manera las personas pueden tener
la libertad de escoger y asumir los valores de una cultura. Es muy valiosa la
defensa que se hace de la libertad para escoger, pero junto a este respeto es
urgente que aparezcan las propuestas que desde esta perspectiva se convierten en
un desafío.
La
manida tolerancia es importante cuando se trata de respetar a las personas, pero
no se puede confundir con la tolerancia de las ideas que nos colocarían al
margen de la Verdad. El Dios del cristianismo ama al pecador pero no al pecado y
este es el primer principio de la auténtica tolerancia. El cristiano por
tolerar al otro está dispuesto incluso a ofrendar su vida, pero siendo testigo
de la Verdad.
Algunas
posiciones de los gobiernos de América Latina vienen identificadas con
posiciones de la Iglesia a nivel institucional, corriendo el riesgo de una
manipulación por parte de los gobernantes del mensaje evangélico que la
Iglesia transmite. Es importante velar para que la Iglesia no sea identificada
con el poder temporal y civil, frente al cual tiene una palabra, siempre y
cuando, conserve su independencia.
La
Iglesia no ha inventado el Evangelio, la Iglesia lo ha recibido. Inventar como
revelado lo que no es, sería traicionar al mismo hombre, por tanto la
coherencia del católico es sólo consecuencia de su condición.
La
Universidad, por ser ámbito privilegiado para la inculturación del Evangelio,
necesita una atención particular de tal manera que el universitario pueda
fundamentar su vida en la fe encontrando el sentido a sus problemas vitales.
El
anuncio de Jesucristo a de ser explícito y prioritario en todos los ámbitos.
El diálogo entre ciencia y fe, entre fe y culturas es parte integrante de una
pastoral de la cultura.
A
veces los pastores no se dan cuenta del alcance e importancia de la Pastoral de
la cultura, como una pastoral transversal que llega al corazón del hombre. Esta
pretende hacer llegar al Evangelio
a la vida misma del hombre.
El
concepto de cultura, debe ser revisado y asumir aquel propuesto por el Vaticano
II que se podría resumir en: todo y sólo aquello que ayuda a que la persona
sea plenamente humana. No es por tanto sólo las expresiones culturales, o
exclusivamente el aspecto artístico, académico o universitario.
A
partir de las tradiciones y valores que subyacen en el pueblo uruguayo y
considerando su pasado, hay que privilegiar el paso del Secularismo a la
Secularidad es decir, de una sociedad laicista (negación del valor de la religión)
a la percepción de los valores autónomos.
A
pesar del tradicional laicismo presente en su cultura, se está dando un retorno
a lo sagrado a través de la religiosidad popular (devociones a María y a los
Santos), en los enormes valores de auténtica fe y devoción, ayudando a superar
el complejo a ser y a declararse públicamente católico.
La
secularización vivida por la República de Uruguay desde hace 84 años puede
ser entendida como aspecto positivo en función de una nueva evangelización,
que lleva sin embargo a los católicos a una responsabilidad mayor y a una
conversión en favor de sus conciudadanos. La secularización puede aportar la
destrucción de falsas ideas que habiendo sido calificadas como cristianas, son
difíciles de sostener desde una visión estrictamente evangélica y que han
desfigurado una auténtica presentación de la persona de Jesucristo y su
mensaje. La ignorancia religiosa fruto de las condiciones históricas, pueden
servir para proclamar la novedad de la fe que respetando los auténticos valores
culturales los asume, purificando todo lo que no esté al servicio del hombre.
El anuncio del Evangelio libera de esclavitudes, incluso nacionales, que impiden
a la persona humana su pleno desarrollo.
Hoy
más que nunca, es necesario proclamar el Evangelio a todos los hombres y a
todas las culturas.

LES
ÉVEQUES D’HAÏTI EN VISITE
AD LIMINA APOSTOLORUM
Les
Évêques d’Haïti
sont venus au Conseil Pontifical de la Culture, le 15 septembre 2001, dans le
cadre de leur visite ad limina. Au
cours de l’entretien, deux grands thèmes ont été abordés par les évêques,
celui de l’inculturation et celui de la situation de profonde crise économique
de la société haïtienne.
Le
Président de la Conférence épiscopale, Mgr Hubert Constant, a évoqué le
souci des évêques, face aux problèmes causés par une religiosité populaire
principalement tournée vers le vaudou, de l’inculturation de l’évangile.
Mgr Frantz Colimon a expliqué comment lui est venue l’idée de prendre les mélodies
de chants vaudous en changeant les paroles par celles d’un psaume à une époque
où il était encore impensable de battre des mains – et encore moins de
danser – dans une église. L’idée fondamentale est de tenir compte de la réelle
recherche de Dieu sous-tendue dans la piété populaire, et de la « christianiser »
comme l’ont certainement fait en leur temps les premiers chrétiens, plutôt
que la rejeter. Le peuple s’exprime dans une culture, et il est louable de le
laisser s’exprimer selon ses propres modes d’expression, sans minimiser
toutefois un nécessaire discernement. L’évangélisation vient donner à la dévotion
populaire un contenu de vérité.
Le
Cardinal Poupard a insisté sur le discernement,
et redisant que c’est en premier lieu aux évêques d’opérer ce
discernement. Une des grandes erreurs est de considérer la religion populaire
comme de la superstition, et de la rejeter en bloc. Certes, il s’agit de
lutter contre la superstition ; mais il faut promouvoir la piété
populaire et l’imprégner du levain de l’évangile. Un des drames de
l’Occident est d’avoir méprisé la dévotion populaire, et d’avoir ainsi
fait de la foi plus une connaissance qu’une vie. L’Occident périt d’avoir
perdu son humanité et nous offre le spectacle d’une indifférence tranquille
qui est, au fond, le rejet des valeurs chrétiennes. La réflexion sur la
culture de l’Occident demande de réfléchir sur « l’apostasie
silencieuse », qui est une forme d’a-théisme.
Les
évêques ont, par ailleurs, fait part de leurs soucis face à la situation économique
dramatique du pays. Certes, les jeunes qui reçoivent une instruction ont
tendance à se démarquer de l’interprétation mythique des événements –
tout a une cause surnaturelle – donnée par le vaudou, mais le chômage et la
pauvreté ne permettent pas une véritable évolution des mentalités, et
souvent s’accompagnent d’une regrettable régression.

CONSEIL
DE L’EUROPE :
Colloque
sur l’identité européenne
Le
Conseil de l’Europe a entrepris une série de colloques sur L’identité européenne, dont le premier s’est tenu au Palais
de l’Europe, à Strasbourg, les 17 et 18 avril 2001 – cf. Cultures et foi, vol. IX, 2001, n. 2, p. 142. Le second a été
consacré, les 20 et 21 septembre 2001, aux exigences et aux formes d’un passage
des identités culturelles à une identité politique, avec notamment le défi
des identités religieuses, spirituelles et culturelles dans une Europe aux
multiples visages, où se côtoient petits et grands États, aux histoires
contrastées.
Une
première séance de travail sur le dialogue interreligieux et interculturel a
été présidée par l’Archevêque de Strasbourg, Mgr Joseph Doré,
Membre du Conseil Pontifical de la Culture. La seconde séance a traité
principalement de la mémoire commune aux fondements de la construction européenne.
Puis, dans un troisième temps, les participants ont réfléchi sur les rôles
et les responsabilités des petits et grands États dans la construction de
l’identité européenne. Enfin, une table ronde a abordé le rôle des médias
dans la promotion d’une opinion publique européenne, à partir de l’expérience
concrète et limitée de la chaîne de télévision franco-allemande Arte.
Pour
qu’une identité européenne se dessine, les différents acteurs appelés à
s’y reconnaître – des individus aux peuples – doivent être en mesure
d’estimer que, dans leur diversité même, ils vérifient suffisamment de
traits à la fois spécifiques et communs pour se reconnaître les mêmes caractéristiques
fondamentales, les mêmes appartenances. Ce processus ne peut aboutir que si se
vérifie un vouloir commun que le politique n’est pas seul à pouvoir assumer
et assurer comme tel. L’histoire du processus actuel de construction de
l’Europe a commencé avec la création de la Communauté Européenne du
Charbon et de l’Acier, donc par l’économique. Dès ce premier « moment »,
l’unification à ce niveau oscille manifestement entre deux extrêmes :
les particularismes nationaux, voire régionaux, avec leur poids d’histoire
qui les diversifie entre libéralisme ou ersatz du collectivisme, et la nouveauté
sans cesse plus influente de la mondialisation. Aussi, une économie qui n’est
pas finalisée par le social ne peut-elle, à elle seule, être facteur d’unité
pour les peuples de l’Europe.
La
création d’une monnaie unique est un moyen de progresser vers une unité au
plan des fonctionnements économiques, qui peut permettre une avancée de
l’unification au plan social. L’Euro est à la fois moyen et signe puissant d’une volonté
politique d’unité. Mais il déclenche immédiatement un autre niveau
d’action, le champ du juridique, pour définir les modes de fonctionnements et
formuler les principes de régulation. La construction d’une Europe unie
demande l’édification d’un ensemble juridique de dispositions adoptées de
concert, et l’obligation d’avoir à en répondre devant des juridictions
reconnues. Cependant, dans un ensemble si complexe d’États aux législations
si diverses, le politique, pour éviter le piège de l’arbitraire, se trouve
dans l’obligation de fournir un fondement à la loi, aux yeux de ceux qui sont
appelés à l’appliquer. Seule une éthique est capable de proposer les critères
susceptibles de fonder le droit, et de favoriser ainsi l’accord des individus
et des États.
La
référence éthique ouvre sur un autre ordre de réalité, non sans
implications sur l’ordre économique, social et juridique, celui du spirituel.
Les premiers « pères de l’Europe » l’avaient pressenti, c’est
l’Europe spirituelle qui rendra possible une unité politique véritable.
Certes, le domaine du spirituel est lui-même extrêmement diversifié, car
l’homme est plus qu’un être de nature : il est « esprit dans le
monde », créateur de culture. C’est à travers une culture particulière
que les peuples s’expriment, et dans la rencontre des richesses culturelles
des autres peuples qu’ils s’estiment, se respectent, et construisent un
espace de concorde et de paix.
Les
cultures sont multiples et diverses, comme le sont les arts et les religions.
Dans le contexte culturel actuel, souvent marqué par l’indifférence
religieuse, les religions, par leur prétention au « vrai », peuvent
apparaître aux yeux de certains comme un danger ou tout au moins un obstacle
sur la voie de la construction européenne. Cependant, le regard du politique
tourné vers l’avenir, se doit de prendre en compte les enseignements de
l’histoire pour mieux le garantir. Dès lors, la seule question valable pour
celui qui veut construire l’Europe, est de savoir quelle contribution spécifique
la religion est susceptible d’apporter à la cause de l’unité, et donc à
celle de l’unification des peuples européens.
La
diversité des religions implantées aujourd’hui en Europe s’accompagne
d’une grande diversité de courants à l’intérieur même de chacune
d’entre elles. Ainsi, le christianisme qui est majoritaire – plus de 78% des
européens se disent chrétiens – est lui-même diversifié entre
catholicisme, orthodoxie et protestantisme, ces deux derniers à leur tour fort
diversifiés de l’intérieur. Le Judaïsme – 0,33 % – est implanté en
Europe de très longue date. L’Islam – 4,49 % –, présent anciennement en
Espagne et dans les Balkans, et récemment plus massivement ailleurs, offre des
visages très divers suivant les provenances d’origine de ses membres. Enfin,
un certain rayonnement croissant des religions extrême-orientales se fait
sentir, principalement le bouddhisme. A ce constat, il faut encore ajouter :
le sentiment religieux, loin de disparaître, se retrouve aussi sous un certain
nombre de formes de comportements, y compris en diverses associations sectaires.
Corrélativement, les formes d’opposition à la religion, notamment les
antagonismes anciens entre mentalité laïciste et tradition catholique,
s’expriment de manière totalement différente, sans toutefois disparaître.
L’athéisme argumenté se retrouve davantage du côté des sciences du vivant
et des neuro-sciences ou dans le domaine législatif et judiciaire, comme en
France, par exemple, où toute référence à une idée de nature et surtout de
Créateur est exclue de la sphère publique.
Ce
qui porte certains hommes de religion à l’intolérance et plus encore à
l’intégrisme et au fanatisme, c’est l’obligation morale qu’ils se font
d’obliger l’autre à reconnaître, si nécessaire par le recours à la
violence, ce qu’ils tiennent pour l’Absolu. Or, derrière cette forme d’extrémisme se cache une
carence : l’ignorance que l’objet de la foi déborde infiniment les
capacités de la connaissance d’un être créé, et donc limité, dont la manière
de concevoir le rapport à cet Absolu
est nécessairement relative. D’un point de vue général, la juste attitude
religieuse demande l’ouverture de l’esprit au Créateur, dans la fidélité
aux doctrines, aux prescriptions et aux rites, tout autant que l’acceptation
d’un dialogue courtois et franc avec ceux qui ne partagent pas la même
croyance. L’hostilité à l’égard des « autres » – autrement
dit, l’intolérance – est une caractéristique non pas de la religion, mais
d’une déviance ou d’un détournement de la religion.
Ainsi,
les religions elles-mêmes sont constamment préoccupées par ce qui peut les
corrompre de l’intérieur, sous peine de perdre leur authentique sève intérieure.
Plus encore, elles sont appelées à s’interroger, voire à s’enrichir de ce
qui, dans les autres expressions religieuses, constitue une expérience différente
de la recherche de l’Absolu. Les
catholiques, pour leur part, ont montré le chemin, avec la Déclaration du
Concile Vatican II Nostra Aetate sur
les relations de l’Église avec les religions non-chrétiennes. Dans la suite
de ce texte qui invite au respect des consciences et au dialogue, les gestes se
sont multipliés au niveau officiel, aussi étonnants qu’inattendus, en
particulier de la part du Pape Jean-Paul
II : visite à la Synagogue de Rome ; discours aux Jeunes
musulmans à Casablanca le 19 août 1985 ; rencontre de prière des représentants
des religions venus à son invitation à Assise le 27 octobre 1986, et de
nouveau le 24 janvier 2001.
Le
dialogue interreligieux ainsi conçu et déjà mis en œuvre, invite l’Europe
à retenir certains éléments de cette expérience. Tout dialogue suppose différents
partenaires qui respectent l’autre comme autre, accueillent l’identité de
l’autre et donc sa différence, accordent à l’autre confiance en sa capacité
de compréhension et en sa volonté de transparence. Le professeur Sergueï Averintsev,
Membre de l’Académie des Sciences de Moscou, dans une intéressante réflexion
sur la voie difficile du dialogue, soulignait avec humour le changement radical
de notre civilisation en matière de brassage des
cultures : alors que Montesquieu,
dans ses Lettres Persanes,
s’interrogeait : « Ah !
Monsieur est Persant ! Comment peut-on être Persan ! », il
est évident pour tout Européen aujourd’hui que son voisin peut être Persan, d’Afrique noire ou Arabe, et même adepte
d’une religion orientale.
Corrélativement,
le dialogue demande à chacun d’être authentique avec soi-même, la fidélité
à soi interdisant l’oubli de sa propre identité qui déboucherait sur le
monologue. Ainsi que l’affirmait le Professeur Averintsev,
« l’idée de prévenir la possibilité de l’intolérance en éliminant
nos sentiments les plus nobles est à mon avis simplement contraire à la nature
humaine ». Le discours démagogique dont souffrent tant de nos démocraties
occidentales n’est-il pas un des pires ennemis de la construction européenne ?
et déjà nationale ?
Enfin,
le dialogue requiert un lieu d’échange qui devienne lieu d’entente. Mais il
faut en même temps être clair. Avoir même dénominateur commun
n’est pas la même chose qu’être du même avis, car les numérateurs
restent différents. C’est précisément cette différence qui est la matière
propre du dialogue comme tel et qui doit devenir le terrain d’une entente
constructive, sous peine d’en faire un lieu de tension, voire
d’opposition larvée.
Ainsi,
du dialogue approfondi entre les peuples d’Europe pourra naître un espace
d’entente et de convivence entre des identités culturelles riches et
diversifiées. Ce dialogue peut être promu par les autorités politiques, mais
doit s’étendre aux différentes composantes de la société. Plus que par des
slogans scandés en chœur, c’est par l’éducation du désir et par
l’encouragement à la curiosité – entendue comme attitude positive ouvrant
la possibilité d’enrichir et d’élargir sa propre compréhension de la foi,
comme moteur de la rencontre de l’autre différent de soi –, que les européens
arriveront à former, non seulement une communauté de valeurs, mais un ensemble
de peuples unis dans leur riche diversité.

LA ORDEN DE LOS HERMANOS MENORES:
UNA PRESENCIA SECULAR EN LA INCULTURACION
Desde
sus primeros años de fundación, y con figuras descollantes como San
Buenaventura, el Beato Duns Scoto, Alejandro de Hales y otros, la Orden de los
Hermanos Menores ha estado presente en la vida universitaria. La dimensión
franciscana de los estudios ha hecho posible el reconocimiento ya desde la edad
media de una escuela propia. Los principios de la espiritualidad franciscana,
enraizados en una plena comunión con la Iglesia, no
han cesado de dar frutos a lo largo de los siglos en los ambientes culturales en
los cuales los hermanos menores han realizado su ministerio. La imagen popular,
que en general se tiene del franciscano, no puede llevarnos a pensar en una
presencia extraña de los seguidores de Francisco de Asís en las Universidades
tanto católicas, como estatales y en los centros de investigación que se
extienden en el Universo Mundo.
Reconociendo
la necesidad de una constante renovación al interior de la Orden y queriendo
ayudar a los hermanos que se encuentran sirviendo a la Iglesia en el ambiente de
la enseñanza superior, el gobierno general de la Fraternidad convocó el Primer
Congreso de Rectores de Universidades y de Directores de Centros de Investigación
de la Orden en el mundo. El encuentro de los hermanos tenía como fin reafirmar
la centralidad que los estudios han tenido en la vida y la conciencia de la
Orden. Este centralidad, no ha estado exenta de polémicas que han querido
contraponer la vida revelada por el Señor a San Francisco y la vida de la
doctrina, de la sabiduría adquirida a través de un estudio serio y de la
utilización de los instrumentos necesarios. Sin embargo una y otra vez la Orden
ha insistido en la urgencia de la formación intelectual y en la necesidad de ir
creciendo en esta conciencia como expresión de fidelidad a la propia vocación
franciscana. Los grandes maestros de nuestra orden son el testimonio de que los
estudios no son un obstáculo frente a las opciones evangélicas y por el
contrario son indispensables en el momento de una evangelización profunda. Ya
el gran Buenaventura de Bagnoregio, había marcado el camino de los hermanos
menores que hace imposible separar la ciencia de la santidad de vida en la
construcción del edificio que es la Orden. El Santo fraile cardenal afirmaba:
“No creas que basta la lectura sin amor, la especulación sin devoción, la
investigación sin capacidad de maravillarse, la prudencia sin la gloria, la
habilidad sin la piedad, la ciencia sin la caridad, la inteligencia sin la
humildad, el estudio sin la gracia divina, el espejo sin la sabiduría
divinamente inspirada” (Itinerario de la mente hacia Dios, Prólogo 4).
Fray
Giacomo Bini, Ministro General de los Hermanos Menores, se dirigió a los
convocados insistiéndoles en la formación intelectual como una dimensión
constitutiva de la formación franciscana, que va más allá de los resultados
académicos y puede conducir a los hermanos a una dimensión de la vida de fe y
a una auténtica experiencia de Dios. El P. Bini, presentó así a todos la
manera como él entiende los estudios:
–
Instrumento indispensable para la realización de uno mismo, de educación, de
construcción de la propia identidad profunda.
–
Camino de conversión, de liberación de falsos ídolos y culturas que se
ofrecen abundantemente en el “mercado” propagandístico de hoy en día, pero
que no dan luz al camino del hombre y no sacian su hambre de verdad.
–
Camino de minoridad. Lejos de un estéril orgullo, el estudio asume la forma de
“docta ignorantia”, ya que, mientras más uno se encamina en la investigación,
más se da cuenta de no saber nada; mientras más entrevé la profundidad, más
consciente es de los propios límites.
–
Instrumento de servicio del diálogo, en la construcción de las relaciones
nuevas. A través del estudio, de hecho, se aprende a dialogar también sin
palabras, aprendiendo a confrontarnos, a acogernos, a respetarnos.
Cerca
de 40 hermanos venidos de 27 entidades la Orden se hicieron presentes en el
encuentro para vivir, del 18 al 28 de septiembre de 2001, intensamente los tres
momentos programados. Cuando fueron convocados los Rectores y Directores de las
Universidades y Centros de Investigación de la Orden fueron motivados a partir
de la urgencia que representa para la Iglesia, en el inicio del nuevo milenio,
la evangelización de la cultura. Se trata por tanto, de encontrar las formas
nuevas a través de las cuales la Iglesia, y en esta oportunidad la Orden
Franciscana, puedan dar su contribución para alcanzar y transformar a través
del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los focos de
interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de
vida de la humanidad.
El
trabajo estuvo articulado en tres etapas bien determinadas y concatenadas. La
primera tenía como objetivo escuchar a la Iglesia. Para el efecto se escogió
como lugar la ciudad de Roma y los participantes fueron recibidos en la
Congregación para la Educación Católica por el Cardenal Prefecto S. Em. Zenon
Grocholewski y algunos de sus colaboradores y en el Consejo Pontificio de la
Cultura por el Cardenal Presidente S. Em. Paul Poupard y sus colaboradores. Los
frailes pudieron escuchar lo que la Iglesia espera de ellos como presencia en la
enseñanza superior al comenzar el nuevo milenio. La misión de los hermanos en
el campo de la educación superior es insustituible no sólo como lugar de
formación de élites sino también como un “laboratorio de fe” en diálogo
con la cultura. Su presencia es una avanzadilla intelectual de la fe, abierta a
todos los campos del saber humano, buscando apasionadamente la Verdad con la
sapiente guía de la fe. Los hermanos menores por vocación desde la
Universidad, tienen la tarea de estudiar los graves problemas contemporáneos y
de elaborar proyectos de solución que hagan concretos los valores religiosos y
éticos con una visión cristiana del hombre. Una Universidad franciscana no
puede renunciar a proclamar el Evangelio de Cristo, cooperado con un mal
entendido respeto por una falsa libertad de la conciencia individual. La razón
de ser de la presencia franciscana en los Centros de Estudios Superiores mira a
un único fin: anunciar a Jesucristo al hombre de hoy y a sus culturas. La
experiencia secular de la Orden es una grande responsabilidad, que lleva a
extraer del tesoro de la experiencia las cosas nuevas y antiguas para ponerlas
al servicio de la misión en la Iglesia. Es indispensable sin embargo, poder
discernir que lo viejo no es bueno por ser viejo, ni lo nuevo por el hecho de
ser nuevo. El subjetivismo no se puede convertir en la medida y el criterio de
la Verdad y las ideologías no pueden envilecer la pureza de la fe, llevando a
asumir pensamientos, actitudes y obras contrarias al Evangelio. Como expresión
del carisma franciscana los organismos visitados invitaron a los hermanos a amar
a la Iglesia, que ha reconocido en esta fraternidad un camino serio de vida auténticamente
evangélico y a renovar el deseo vehemente de San Francisco, expresado
abiertamente en la Regla bulada: Dejarse llenar del Espíritu del Señor y de su
santa operación.
El
mensaje que el Santo Padre dirigió a los frailes en esta oportunidad, quiso
partir de la experiencia de fe simple e iluminada de Francisco, que lo impulsó
a prometer “obediencia y respeto al señor Papa Honorio y a sus sucesores canónicamente
elegidos y a la Iglesia romana”. Desde esta perspectiva el sucesor de Pedro
llama a los hermanos a prestar atención a la formación intelectual como una
exigencia fundamental de la evangelización. La “pura y santa simplicidad”
amada y saludada por el Poverello, pertenece, no a quien rechaza o se
desinteresa de la “verdadera Sabiduría del Padre” que es el Verbo
encarnado, sino a quien indaga con corazón orante los senderos de la sabiduría
revelada y hace cuanto de él depende para encarnarla en su vida, rechazando la
sabiduría del mundo, que “quiere y busca hablar mucho y hacer poco”. El
Santo Padre finalmente invitó a los hermanos a hacer memoria del pasado para
poder alzar una mirada de largo alcance hacia el futuro. El grande patrimonio de
la “Escuela Franciscana” ofrece la posibilidad de convertirse en inspirador
de las líneas operativas concretas acerca de la formación intelectual y de la
promoción de los estudios en la Orden. Las instituciones de enseñanza superior
de la Orden están llamadas a ser Centros de Investigación en donde se promueve
el encuentro fecundo entre el Evangelio y las diversas expresiones culturales de
nuestro tiempo.
Una
vez que los hermanos escucharon a la Iglesia, se comenzó la segunda etapa del
Congreso en Sicilia, en la isla de Formica, cerca a Trapani, donde Fray
Eligio Gelmini, con los jóvenes de las Comunidades del “Mundo X” se
prodigaron para que los hermanos atendidos magníficamente, pudiesen dedicar
unos días a reflexionar en el patrimonio espiritual e intelectual de la Orden.
Era importante hacer memoria del pasado para poder ser fieles en el presente al
hombre. No se trata de repetir pero si de encontrar en la riqueza teológica,
filosófica y cultural las líneas de inspiración del proyecto cultural de los
frailes menores para el Tercer Milenio. La fidelidad al Evangelio pasa por la
fidelidad al hombre, sólo la Verdad permite esta fidelidad y sólo afrontar
desde la Verdad al hombre llevará a los hermanos a vivir auténticamente su
misión que deriva estrictamente de su vocación. Los hermanos mirando al
interior de su experiencia y encontrando la riqueza de sus ya casi ocho siglos
de historia, quisieron reconocer la necesidad de una mirada serena pero
profunda, que desde la espiritualidad pudiese ofrecer pistas de reflexión y de
acción para responder en la diversidad de lugares en los que se encuentran a
los diferentes problemas que afrontan. Reflexionando sobre la evangelización de
la cultura a la luz de la espiritualidad franciscana y haciendo un análisis de
la experiencia del mismo san Francisco y de las interpretaciones falseadas de su
personalidad en relación con la preparación intelectual de los hermanos, se
quiso llegar a temas necesarios para afrontar la forma de ser fraile menor desde
la Universidad.
El
rostro humano de Dios, la pasión de san Francisco por el hombre y la visión
franciscana del mundo analizados desde la propia espiritualidad
fueron los temas que acapararon la atención de los hermanos en este
momento. Igualmente con nuevas perspectivas se analizaron la innovación, la
pluralidad y la rupturas en el mundo contemporáneo y la importancia que para
hoy representa la unión entre Ciencia y Santidad.
La
última etapa estuvo marcada por el encuentro con los científicos y con el
mundo. A Milán se desplazaron los hermanos para entrar en contacto con
realidades que no son ajenas a su misión y que deben ser escuchadas para poder
ofrecerles una respuesta desde la fe. En el marco del centenario de la fundación
de la Sociedad Italiana de Física, en el Centro Cultural del Mundo X
“Angelicum”, se encontraron los físicos italianos y los rectores
franciscanos para dialogar sobre los desafíos que el mundo científico lanza a
la Iglesia en general y a los franciscanos en particular. En las intervenciones
los ponentes subrayaron la importancia del binomio amor y conocimiento en la
vida del hombre. El conocimiento, representado por la ciencia, puede dar un
soporte a la tarea del amor, representado en este caso por el espíritu
franciscano. El conocimiento, es decir, los resultados de las ciencias, tienen a
su vez necesidad de amor, porque sólo así podrán ser de utilidad para el
hombre. En el ambiente flotó una pregunta: ¿de qué manera el conocimiento
científico ayuda a la fe? Conocer bien el mundo es un bien en sí mismo, hay un
gozo profundo detrás de cada descubrimiento científico. El científico
mientras más conoce, más se da cuenta que no sabe nada. Es justo ir en búsqueda
de la ciencia, con la condición de no olvidar la sabiduría. Existe un nexo
profundo entre la tradición intelectual franciscana y la ciencia, que nace del
apego a lo concreto y singular a la naturaleza, que ha sido patrimonio de los
franciscanos. Al respecto se recordó a Rogerio Bacon, el franciscano de Oxford,
que puede ser considerado como el precursor del empirismo. San Francisco,
sin haber sido un científico, ofreció una visión unitaria de la creación. A
pesar de la brevedad del encuentro queda en la memoria una imagen que habla más
que muchas palabras, ver juntos a los más eminentes profesores de física
italianos y a los frailes menores es más elocuente que muchos discursos que se
puedan hacer sobre el diálogo entre la ciencia y la fe.
El
día siguiente los hermanos encontraron al mundo laico, la jornada se tituló:
“Milán que vive en el mundo” y fue presidida por el alcalde de Milán, con
la presencia de Rectores de Universidades nacionales y extranjeras y de los
Centros Culturales Católicos y laicos, Editores, Directores de Museos y de
Teatro, empresarios y representantes de la Diócesis, los estudiantes y los
amigos. Era necesario un encuentro donde estuviesen presentes el mayor número
posible de tendencias que facilitan un diálogo y que exigiendo la identidad
pueden favorecer la fecundidad de un encuentro en medio de posiciones en
ocasiones encontradas. Es lograr crear un espacio donde se pueda comenzar
dialogando y donde el hombre de hoy pueda volver a escuchar el Evangelio, que
acogiéndolo tiene el poder de transformar la vida de los hombres. El Congreso
que pretendía ser una escuela de diálogo, una ocasión de escucha y una taller
de evangelización se mostró lleno de gratas sorpresas. Los frutos que se
esperan en el futuro serán los testigos de su verdadero éxito.
La
mejor manera de presentar las conclusiones son las palabras que el Padre General
dirigió a los rectores, poniendo de manifiesto las exigencias para las
Universidades y Centros de Estudio de la Orden:
–
Es necesario que venga custodiado y cultivado el rico patrimonio del pensamiento
franciscano. Los grandes maestros del pensamiento franciscano no son sólo una
“gloria de familia” sino un patrimonio para la Iglesia y la humanidad. Es un
deber de la Orden poner a disposición de los hombres de hoy estas riquezas, que
la historia ha confiado.
–
Es urgente favorecer la asimilación de los valores franciscanos, entre los que
se deben destacar los siguientes:
•
La fraternidad. Cada uno de los centros académicos de los hermanos
menores debe tener en gran consideración la familiaridad, no reduciendo el
lugar al exclusivo aspecto académico, que se puede convertir en árido e
infecundo. No es propio de los menores dar mayor importancia a los títulos, a
los grados y a los honores que a las personas.
•
La libertad que nace de la responsabilidad y de la conciencia de los
derechos de los demás. Es necesario educar a los jóvenes en el respeto a los
demás, ya desde la Universidad.
•
El sentido de la justicia. En una “contra-cultura de la apatía” los
centros franciscanos deben ser instituciones donde los jóvenes sean educados en
el sentido de la justicia.
•
La paz. Ante el incremento de la violencia, el hermano menor que en la
Universidad desarrolla su actividad evangelizadora está llamado a educar/formar
en una cultura de la paz, a la civilización del amor.
•
Amor por la Vida y por la Verdad. Toda la actividad académica e
intelectual de los centros – enseñanza, investigación publicaciones –
deben estar al servicio de la Vida y de la Verdad.
En
conclusión y síntesis los frailes se proclaman a sí mismos como hombres
capaces de pensar, amar y comunicar el “gaudium veritatis” de San Agustín.
Sólo así podrán tener un influjo en la realidad en la cual viven, de lo
contrario se tendrán que contentar con contarla o sufrirla.
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