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CONSEJO
PONTIFICIO PARA LA FAMILIA
CONCLUSIONES
DEL CONGRESO TEOLÓGICO-PASTORAL
"LOS HIJOS, PRIMAVERA DE LA FAMILIA
Y DE LA SOCIEDAD"
Vaticano, 11-13 de octubre de 2000
Los participantes en el congreso teológico-pastoral,
organizado por el Consejo pontificio para la familia, en el marco del jubileo
de las familias del año 2000, nos reunimos, en número de cerca de cinco mil,
en la sala Pablo VI, en el Vaticano, para estudiar el tema: "Los
hijos, primavera de la familia y de la sociedad" (1). Además de los
presidentes de las comisiones episcopales para la familia y para la vida, la
mayor parte de los congresistas estaba constituida por matrimonios procedentes
de los cinco continentes, designados para este evento por Conferencias
episcopales, movimientos, asociaciones y grupos pro-familia y pro-vida. Al
concluir nuestros trabajos hemos creído oportuno manifestar algunas
conclusiones y recomendaciones, que han obtenido la aprobación de la
asamblea.
Somos conscientes de la profunda fuerza de la familia fundada en el
matrimonio, comunión de amor y de vida, en el umbral del tercer milenio. El
Santo Padre, con el lema que escogió para el III Encuentro mundial con las
familias, nos invitó a centrar nuestras reflexiones en "Los hijos,
primavera de la familia y de la sociedad". Con profunda gratitud al Papa,
hemos escuchado su orientación y hemos reflexionado, durante estos días, en
las "alegrías y esperanzas, tristezas y angustias" (Gaudium et
spes, 1) que atañen a los hijos, don preciosísimo (cf. ib., 50)
para la familia y para la sociedad.
Vivimos en una época de crecientes y sistemáticos ataques contra la familia
y contra la vida. Con todo, en este marco es preciso evitar a la vez un
pesimismo paralizante y un optimismo ingenuo e irreal. La tendencia a poner en
duda la institución familiar, su naturaleza y misión, su fundamento sobre el
matrimonio (unión de amor y de vida entre un hombre y una mujer) se ha
generalizado, por decirlo así, en determinados ambientes muy influyentes,
marcados por una mentalidad secularizada. Esa tendencia se puede observar en
algunas organizaciones políticas nacionales e internacionales; también está
presente en importantes medios de comunicación social; altera la vida económica
y profesional de muchos e impide la percepción de la realidad del matrimonio
en nuestros hijos.
La situación global de la infancia en el mundo dista mucho de ser
satisfactoria. Muchos niños sufren el mal de las guerras, la miseria, las
enfermedades, el trabajo infantil, la abominable explotación sexual, los
secuestros, incluso con la finalidad de proporcionar órganos para
trasplantes. La fecundidad ha disminuido en muchas regiones, especialmente
donde abunda la riqueza. La plaga del divorcio se extiende en países de larga
tradición cristiana. El aborto hiere profundamente el alma de los pueblos y
la conciencia de las personas. Las "uniones de hecho" constituyen un
grave problema social, cada día más difundido. Se corre el riesgo de que ese
estado de cosas lleve a nuestros hijos a dudar de sí mismos y de su futuro, y
contribuya a su desconfianza sobre su capacidad de amar y de asumir los
compromisos matrimoniales.
Esta crisis pone de manifiesto una enfermedad del espíritu que se ha
alejado de la verdad y una antropología equivocada. Además,
refleja un relativismo y un escepticismo sin precedentes. Demuestra que el
hombre siente la tentación de cerrarse a la verdad sobre sí mismo y sobre el
amor. Frente a este peligro, es preciso reafirmar nuestra esperanza en el
futuro, dejándonos guiar por el realismo que brota del Evangelio y por una
profunda confianza en Dios, sin ocultar la gravedad de los males que amenazan
a las generaciones jóvenes. Precisamente al corazón desilusionado del hombre
deseamos llevar un mensaje de esperanza, dirigiendo nuestro pensamiento a los
que van a construir el mundo del tercer milenio: nuestros hijos.
Nuestros trabajos se agruparon en dos campos principales: uno teológico
y otro pastoral. Aprovechamos ampliamente los recursos de la antropología, la
sociología y las ciencias humanas.
I.Contribuciones doctrinales y teológicas
A. Contribuciones antropológicas y jurídicas
Hemos dirigido nuestra atención a la maternidad
y a la paternidad humanas. Ambas, dentro de la comunión conyugal,
fundan su realidad y su dignidad en la paternidad divina. Las funciones de
padre y madre son complementarias e inseparables. Presuponen que entre los
hijos y los padres se entablan relaciones interpersonales específicas. Cada
niño tiene derecho a nacer de un padre y de una madre, unidos entre sí por
el amor conyugal.
La maternidad implica, desde el inicio, una apertura especial hacia la nueva
persona, en la que la mujer se encuentra mediante un don sincero de sí (2).
La maternidad está íntimamente vinculada a la estructura personal del ser
humano y a la dimensión personal del don (3). La contribución materna es
decisiva para poner los fundamentos sólidos de una nueva personalidad humana;
en la maternidad, la dignidad de la mujer se realiza en el don sincero de sí
a los hijos. La tarea del padre, muy a menudo subestimada, es de gran
importancia para la formación de la personalidad de los hijos y para las
opciones decisivas que atañen a su futuro. La presencia paterna en el hogar
es un elemento imprescindible de la educación, pues "la paternidad y la
maternidad suponen la coexistencia y la interacción de sujetos autónomos"(4).
Este influjo recíproco del padre y de la madre se manifiesta en la
complementariedad de las funciones paterna y materna en la educación de los
hijos.
La familia constituye una realidad natural anterior a cualquier organización
política y a cualquier institución jurídica. Por consiguiente, los poderes
políticos(5) deben reconocer la originalidad y la identidad de la familia
fundada en el matrimonio. La familia, puesta entre lo privado y lo público,
no debe reducirse a una especie de unión contractual arbitraria entre las demás,
que se puede hacer o deshacer a capricho. El matrimonio da lugar al nacimiento
de una comunidad totalmente original, formada por un hombre y una mujer, que
afecta al presente y al futuro de la sociedad. Por desgracia, durante el
congreso se constató que, tanto a nivel nacional como internacional, hoy se
tiende a debilitar el matrimonio y la familia que brota de él, en vez de
fortalecerlos. A la familia, considerada como una unión precaria de
individuos, se la está haciendo cada vez más frágil.
La difusión de la droga, la promiscuidad sexual y otros estilos de vida
contrarios al Evangelio, que se ofrecen a los hijos como una liberación o
como si fueran expresiones de modernidad, son, en realidad, una trampa para
muchos y a menudo producen desconcierto entre los padres. Eso se convierte en
una seria dificultad para el descubrimiento de su identidad moral. Es
necesario profundizar en la misión educadora de la familia. A todo
esto se añade con frecuencia una desoladora carencia afectiva y educativa por
parte de muchos padres. Nuestros hijos, con la gran necesidad que tienen de
afecto y serenidad, corren el peligro de buscar su profundo deseo de felicidad
siguiendo caminos equivocados y alienantes. Es necesario prevenir este peligro
mediante una atenta y esmerada entrega a la educación. Se trata de afrontar
el problema central de los valores y, en primer lugar, los vacíos producidos
por la ausencia de una formación en la fe.
B. Consideraciones teológicas y espirituales
Hemos recurrido ampliamente a las ciencias humanas para captar mejor
las aspiraciones profundas del niño. Pero es la ciencia de la fe la que
permite iluminar más profundamente la realidad maravillosa de nuestros hijos.
Los hijos ocupan un lugar privilegiado en la familia, en la ecclesiola,
es decir, en la pequeña iglesia que es la familia cristiana. Por eso, una
parte sustancial de nuestro trabajo consistió en poner de relieve las líneas
fundamentales de una evangelización de la infancia: una tarea
difícil y urgente en un mundo en el que las estructuras educativas tienen a
menudo muchas carencias. Debemos ayudar a los más jóvenes a convertirse en
amigos de Jesús y a crecer en la gracia de su bautismo. Los padres, con el
testimonio de su entrega recíproca y del don de sí a sus hijos, muestran la
belleza del amor conyugal, paterno-materno, en el que resplandece un reflejo
del amor infinito de la santísima Trinidad.
La familia es sujeto y objeto de evangelización. Reconocemos la tarea de los
pastores de la Iglesia, cuyo papel es tan importante en la construcción y en
la guía del pueblo de Dios. En plena armonía con ellos, los padres podrán
cumplir mejor su deber de evangelizar a sus hijos. De ellos depende, en gran
parte, la realidad de la evangelización de la familia en el tercer milenio.
Arraigada en el bautismo, la familia es escuela de vida cristiana adulta. En
ella los cristianos ejercen, de manera privilegiada, un sacerdocio bautismal.
Pasando por los sacramentos de la iniciación, la vida de la persona se
inserta plenamente en la vida de la Iglesia y se ponen los cimientos de toda
vida cristiana. Cristo actúa mediante los sacramentos y nos pide que
colaboremos en la preparación de nuestros hijos a estos eventos eclesiales de
vida.
La familia es el lugar privilegiado de transmisión de la fe y es también
escuela de oración. Los niños están llamados a progresar en la fe, a crecer
en la gracia. El bautismo, la confirmación y la Eucaristía son momentos
importantísimos de la vida familiar. El bautismo de los niños manifiesta de
modo particular la gratuidad de la gracia de la salvación. A los padres
corresponde el deber de alimentar la vida que Dios les ha confiado(6):
una vida que, dotada de una fuerza especial por el Espíritu Santo en la
confirmación, llega a su culmen eclesial en la Eucaristía. La familia,
mediante la fuerza de los sacramentos, renueva en Cristo las fuentes del
compromiso, del testimonio y de la vida apostólica en la vida de la Iglesia.
El domingo, día del Señor, está totalmente marcado por la memoria
agradecida y activa de los gestos salvíficos de Dios(7). La palabra de Dios
no puede faltar en la vida de la familia. Por consiguiente, la reunión en
torno a la palabra de vida, en la que la familia, iglesia doméstica, se
encuentra plenamente en la liturgia de la comunidad cristiana, resulta una
ocasión privilegiada.
En este Año jubilar 2000, hacemos un llamamiento unánime a la evangelización,
al perdón recíproco, a la conversión y a la reconciliación sacramental.
Sin la conversión de los corazones, las dificultades, a las que están
expuestas las familias, se acentuarán y las primeras víctimas serán
naturalmente los niños, pues son los eslabones más débiles y más
vulnerables de la cadena familiar. El perdón dentro de la familia y entre las
familias renueva el espíritu cristiano del amor fraterno. El perdón mutuo, y
la humilde petición de perdón a Cristo y a la Iglesia en el sacramento de la
reconciliación, son evento de gracia y salvación, en el que se realiza el
itinerario de santificación de la familia, que va junto con la vida de
oración. Es evidente que la vida de oración implica un aspecto personal
muy importante, y exige igualmente un aspecto eclesial. En efecto, la familia
es una ecclesiola, el primer lugar de evangelización, el santuario doméstico,
en el que todos oran juntos. A través de las dificultades y pruebas, se
descubre y se frecuenta a Cristo como maestro y como amigo. Mediante el
testimonio gozoso de oración y de vida cristiana, la familia se transforma en
levadura espiritual para las comunidades cristianas. La oración en familia es
un aspecto central de vitalidad, que contribuye a su estabilidad. La oración
de los niños, en su pureza y sencillez, invita a una reflexión orante que
puede encontrar inspiración en el "caminito" recorrido por santa
Teresa del Niño Jesús. Los hijos deben encontrar en los padres la ayuda
principal para que, al final de la adolescencia, sean capaces de hacer una
opción madura de vida cristiana.
II. Situaciones concretas
Estas contribuciones doctrinales han proporcionado la claridad necesaria para
el análisis de las situaciones concretas y los planes de acción. Ese análisis
ha constituido el segundo eje de nuestros trabajos.
La promoción humana y la evangelización de la infancia no pueden realizarse
salvo en el marco de la cultura de la vida, en la construcción de la
civilización del amor. Quedamos gratamente sorprendidos al constatar el número
y la diversidad de las iniciativas en este ámbito. Fue una ocasión que nos
hizo percibir la acción multiforme del Espíritu Santo que actúa en los
corazones, en las familias.
Muchas iniciativas recientes están orientadas a hacer que se reconozca la
dignidad de la madre, muy a menudo víctima de una sociedad despiadada o de un
contexto desfavorable. El feminismo de la década de 1970 hoy parece haber
disminuido; tiende a ser sustituido por un feminismo auténtico, que
quiere hacer valer los derechos de la mujer como madre; exige también el
reconocimiento de la contribución imprescindible de la madre al bien común
y, al mismo tiempo, exige que se ayude a la maternidad. En suma, el nuevo
feminismo requiere que se reconozca la importancia de la mujer, por sí misma,
en la sociedad. «Los recursos personales de la femineidad no son ciertamente
menores que los recursos de la masculinidad; son sólo diferentes. Por
consiguiente, la mujer -como por su parte también el hombre- debe entender su
"realización" como persona, su dignidad y vocación, sobre la base
de estos recursos, de acuerdo con la riqueza de la femineidad, que recibió el
día de la creación y que hereda como expresión peculiar de la "imagen
y semejanza de Dios"»(8) .
Cuando en las familias, la madre en particular no dispone de una ayuda
adecuada a su tarea educativa ni de una orientación espiritual, y tampoco
de recursos materiales, entonces, por desgracia, se multiplican los casos de
aborto y de abandono de los hijos. Muchas mujeres conciben hijos de padres
diversos, y luego no son capaces de educarlos. Así los niños quedan
abandonados a sí mismos. Los datos demuestran claramente que esos niños se
ven sometidos a atropellos y explotación, cayendo en las redes tenebrosas de
la prostitución infantil, de la pornografía y de la execrable pederastia.
Incluso las penosas condiciones de la vida familiar causadas por las guerras y
la miseria están en el origen de graves e irreversibles deficiencias en la
educación de los niños que, sin la protección y la guía de la familia, son
abandonados en la calle y explotados por delincuentes. Así ellos mismos se
convierten en delincuentes e incluso en criminales; las muchachas a menudo van
a parar a las calles y acaban en el mundo de la prostitución. Por
consiguiente, se hallan expuestas al peligro de embarazos precoces y de
contagio de diversas enfermedades de transmisión sexual, entre ellas también
el sida. Situaciones de este tipo son frecuentes en los países pobres, pero
no faltan tampoco en los ricos. En ambos casos la raíz principal es la misma:
la crisis moral que afecta a muchas familias y las situaciones difíciles en
las que viven los padres.
Los aspectos legales de esta problemática son de una importancia excepcional.
Hace falta un compromiso decidido de reconocimiento legal de los derechos
del niño. En primer lugar, el derecho a la vida del niño no nacido,
al que se oponen el aborto y la eliminación de embriones, cualquiera que sea
el fin que se busque con esa destrucción. Es necesario también poner freno,
mediante oportunas medidas legales, tanto a nivel nacional como internacional,
a las gravísimas ofensas a la dignidad de los niños: esas ofensas son
la explotación sexual (como, por ejemplo, el así llamado "turismo
sexual infantil") y las violencias de toda índole que sufren estas
personas humanas más débiles, a las que se niega la tutela de sus derechos
humanos más fundamentales. ¿No se trata de auténticos delitos contra la
humanidad, que, como tales, por consiguiente deberían ser reconocidos y
castigados, no sólo en el lugar en que se producen, sino también en los países
de donde proceden los autores de esos delitos?
Hemos sabido, con emoción, que se están llevando a cabo iniciativas en ámbitos
sumamente diferentes, pero todas encaminadas a salvar al niño del abandono
cuando ambos padres han fallecido o cuando los niños son "huérfanos de
padres vivos"(9). La adopción por parte de matrimonios puede ser
un testimonio concreto de solidaridad y amor(10). En su gratuidad y
generosidad, la adopción es un signo que indica que el mundo debería saber
acoger a los niños. Las parejas estériles que eligen la adopción son un
signo elocuente de caridad conyugal ejemplar(11). Por desgracia, muchas
parejas tienen la tentación de recurrir a técnicas inmorales de procreación
artificial, que se insertan en una mentalidad de "niño a toda
costa" y de "derecho al niño", que están en contraste con la
Revelación divina sobre la procreación como don de Dios, y sobre la
sexualidad matrimonial como cooperación con Dios creador(12). La paternidad
responsable conlleva una profunda relación con el orden moral establecido por
Dios(13). También es preciso aludir a intentos recientes de legalizar
adopciones por parte de personas homosexuales, que deben ser rechazados enérgicamente.
Es evidente que ese no es el lugar para una verdadera educación, para un
crecimiento personalizante. "No puede constituir una verdadera familia la
unión de dos hombres o dos mujeres, y mucho menos se puede atribuir a esa unión
el derecho a la adopción de hijos privados de familia"(14). En materia
de acogida y adopción, el gran principio que se ha de aplicar es siempre el
bien superior del niño, que debe prevalecer sobre otras consideraciones.
Al referirnos a la vida familiar, hemos analizado las relaciones entre
generaciones, "en la biología de la generación está inscrita la
genealogía de la persona" (Carta a las familias, 9). Se dio gran
relieve a la contribución de los abuelos en la educación de sus nietos. Los
abuelos comunican con especial ternura una experiencia de vida y de fe, y a
menudo son hoy un factor importantísimo de evangelización, particularmente
cuando la misión de los padres de transmitir la fe falla por diversos
motivos. En la transmisión de los valores, especialmente de los religiosos,
la función de los abuelos resulta hoy de importancia fundamental frente al
peligro de un vacío de la educación a este respecto.
III. Recomendaciones
Los hijos son un don precioso para la familia y para la humanidad, en todas
las dimensiones de su existencia humana y cristiana, y son esperanza del
porvenir de la sociedad y de la Iglesia. Teniendo esto en cuenta ofrecemos las
siguientes recomendaciones.
Nos dirigimos ante todo, con insistencia, a las autoridades políticas,
nacionales e internacionales: no transforméis al niño en una "mónada"
abstracta, aislada, sin puertas ni ventanas, cuyos derechos no guardan relación
con su situación real de dependencia y tutela. En la familia es donde los
derechos de los niños se respetan mejor, de acuerdo con los principios de
solidaridad y subsidiariedad. El modo más eficaz de proteger al niño y sus
derechos es proteger en primer lugar a la familia fundada en el matrimonio.
A veces sucede que la familia es ofendida por legalizaciones realmente
inicuas, y con gran frecuencia resulta víctima de políticas fiscales
injustas y de políticas de vivienda alejadas de un realismo social.
Recomendamos que se intensifiquen las instancias a las instituciones públicas
para evitar ambigüedades en la definición de niño y de familia. En
particular, por lo que respecta a la definición legal de niño, es necesario
que se reconozcan los derechos del niño en el período de la vida prenatal.
A ese reconocimiento nos invita también la Convención internacional sobre
los derechos de la infancia, en la que se afirma que, por su debilidad,
el niño necesita una protección especial, tanto antes como después del
nacimiento. Por consiguiente, desde el momento de su concepción, el ser
humano debe gozar de esa protección. También la falta de un verdadero
derecho de familia plenamente garantizado por la ley exige la necesidad de una
normativa múltiple para proteger los diversos derechos del niño. Además, es
preciso intensificar los esfuerzos para que se reconozca a la familia, fundada
en el matrimonio, su papel social imprescindible para el bien común.
Nos preocupa la dramática devaluación de la maternidad en nuestras
sociedades. Todo da a entender que el valor y la dignidad de la mujer se basan
en su profesión remunerada, y que, si no es así, no goza de mucha
consideración social. La función de la madre, en cuanto tal, se debe
reconocer a causa del servicio real y eficaz que presta a la sociedad. La
maternidad no es un simple trabajo comparable a tantas profesiones laudables y
dignas; es mucho más: una vida vivida al servicio de una tarea
vocacional de suma importancia para las mismas personas, para la familia y
para la sociedad entera. Reconocer la función de la mujer en la sociedad no
debe considerarse una conquista, cuando va en detrimento de la misión materna
(cf. Laborem exercens, 19; Mulieris dignitatem, 18).
Es preciso fortalecer la conciencia y la importancia de la función paterna
en la tarea educativa de la familia. Consolida e integra la función materna
en plena colaboración con vistas a la madurez de los hijos. Las estructuras
educativas deben apoyar esa función, pero nunca pueden sustituirla
adecuadamente. La función del padre es central en la vida familiar. Disminuir
la tarea específica del padre equivale a destruir en los hijos su identidad
de futuros cónyuges y padres. El miedo a transmitir la vida encuentra en la pérdida
de la función de padre un cómplice y un colaborador.
En la protección de la familia por parte del Estado, el interés verdadero de
este último coincide con el de la familia y el del niño. Efectivamente, la
familia es el primer lugar donde se forma, en todos los niveles, el capital
humano, es decir, ese recurso prodigioso que es la persona humana educada
en el sentido de responsabilidad y del trabajo bien realizado. Es lo que el
Papa Juan Pablo II afirma en la encíclica Centesimus annus: «La
primera estructura fundamental a favor de la "ecología humana" es la
familia, en cuyo seno el hombre recibe las primeras nociones sobre la
verdad y el bien» (n. 39).
La dignidad de todo niño se convierte también en un apremiante llamamiento a
las comunidades cristianas, y especialmente a las parroquias, para que sigan
de cerca a las familias con niños discapacitados. Toda la comunidad
cristiana ha de reconocer el don de estos niños como herencia de Cristo en la
cruz, para que a esas familias se las apoye y ayude con caridad cristiana. Es
necesario y urgente que una pastoral especializada enseñe valientemente a ver
en todo niño un don de Dios.
El llamamiento a la conversión, por más fundamental que sea, no puede
separarse del compromiso educativo y político. Hay que estimular a todas las
instituciones educativas cristianas para que revisen y mejoren su función en
la doble perspectiva de los padres y los hijos. Los pedagogos actuales
subrayan de forma unánime que la educación integral de los niños es
inseparable de la educación continua de los padres. La pobreza de las
familias condiciona y dificulta la calidad de la educación; por eso, los
proyectos para mejorarla deben considerar también el nivel económico de las
familias. Sin embargo, las dificultades económicas condicionan ciertamente
las posibilidades de una buena formación, pero no pueden ser motivo para
impedir a las familias pobres tener hijos y beneficiarse de las aportaciones
educativas cualificadas transmitidas por los valores cristianos.
Conclusión
Hemos terminado el congreso con el alma llena de esperanza, en el marco
y con el espíritu del gran jubileo del año 2000. Ciertamente las familias,
en el umbral del tercer milenio, tienden a ponerse más bien a la defensiva,
comprometidas como están a luchar en ciertos países y en diversos frentes,
para mantener su reconocimiento social. Sin embargo, en esta familia -que
algunos quisieran marginar como algo superado- es donde el niño viene al
mundo y donde al nacer encuentra las mejores condiciones para su desarrollo.
Los niños constituyen la primavera, algo que florece, algo nuevo; son
portadores de una promesa: la renovación del mundo en la familia y a
través de ella. Nuestros hijos, primavera de la familia y de la sociedad,
siguen siendo signo de esperanza para el mundo y para la Iglesia.
NOTAS
(1) Este congreso teológico-pastoral se inscribe en el marco del gran
jubileo del año 2000 y del Encuentro mundial de las familias, y es continuación
de los dos anteriores Encuentros mundiales del Santo Padre con las familias:
el primero se desarrolló en Roma, en 1994, y el segundo en Río de Janeiro,
en 1997. El tema del congreso que precedió el primer Encuentro fue:
"La familia, corazón de la civilización del amor"; y el del II
Encuentro, de 1997: "La familia, don y compromiso, esperanza de la
humanidad".
(2) Cf. Gaudium et spes, 24.
(3) Cf. Mulieris dignitatem, 18.
(4) Gratissimam sane, 16.
(5) Cf. Carta de los derechos de la familia, Preámbulo, B y D.
(6) Cf. Catecismo de la Iglesia católica, nn. 1250-1251.
(7) Cf. Carta apostólica Dies Domini, del 31 de mayo de 1998.
(8) Mulieris dignitatem, 10.
(9) Gratissimam sane, 14.
(10) Cf. Evangelium vitae, 93.
(11) Cf. Catecismo de la Iglesia católica, nn. 2373-2379.
(12) Cf. ib., n. 2377.
(13) Cf. Humanae vitae, 10.
(14) Juan Pablo II, Ángelus del 20 de febrero de 1994.
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