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MANIFIESTO FINAL DEL CONGRESO "LA
FAMILIA, ESPERANZA DE LA SOCIEDAD"
Gratitud y esperanza
Al finalizar el congreso nacional "La familia, esperanza de la
sociedad", promovido por el Consejo pontificio para la familia, y
organizado por la Conferencia episcopal española con la archidiócesis de
Madrid, las familias participantes en el mismo queremos expresar la gratitud
que rebosa en nuestros corazones:
Gratitud al Padre eterno, "de quien toma nombre toda familia en el cielo
y en la tierra", por el pontificado de Juan Pablo II, el Papa de la
familia; gratitud a los obispos españoles, que nos han regalado este año la
estupenda instrucción pastoral: "La familia, santuario de la vida
y esperanza de la sociedad". Renovamos nuestra fe en la familia, el máximo
bien social, y mostramos nuestra gratitud a todos los que contribuyen
calladamente a que la familia continúe siendo generadora de la civilización
de la justicia, la vida y el amor. Nuestra esperanza está en la familia.
La familia de fundación matrimonial responde al bien de la persona
Reconocemos que la familia es la comunión de personas que brota del
matrimonio natural, alianza indisoluble entre un varón y una mujer,
comprometidos públicamente en el proyecto de formar un hogar donde pueda
germinar el don de la vida de los hijos. La fidelidad renovada a este
compromiso -conforme al plan del Creador, válido para toda la humanidad-
contribuye al bien de los cónyuges, de los hijos y de la entera sociedad.
Jesucristo, plenitud de lo humano, vigoriza el amor de los cónyuges
cristianos y en el sacramento del matrimonio les regala la capacidad de
entregarse el uno al otro con la misma caridad con que él ama a su esposa, la
Iglesia. Esta buena nueva del amor de los esposos cristianos, como participación
y testimonio del mismo amor total de Cristo, es la fuente de la nueva
evangelización en el ámbito del matrimonio y de la familia para beneficio de
toda la sociedad.
La familia, verdadera "ecología humana"
Reconocemos, además, que la familia es como la célula del entero organismo
social. La familia sana hace posible la salud y el vigor de toda la comunidad
civil. La familia enferma, por el contrario, desintegra y desvertebra el
conjunto de la sociedad. La familia armónica es como el hábitat o ecosistema
del ser humano: la cuna, casa y escuela de la vida humana.
Donde acaba la familia comienza la soledad y la marginación. La familia, por
su amor a cada persona concreta, es el más importante bien social. La
familia, como corazón de la sociedad, se halla en la entraña del bien común
que debe ser protegido y promovido.
Falta de políticas familiares justas
Denunciamos la falta de políticas familiares justas y adecuadas en nuestra
sociedad española. La causa de ello son graves errores y reduccionismos
antropológicos: una concepción individualista y relativista que no
comprende el nexo entre libertad y comunión en la verdad del bien de las
personas; una concepción materialista, que se preocupa casi exclusivamente
por el bienestar material y excluye de la vida social la búsqueda de los
valores y dimensiones de trascendencia.
Afirmamos que la familia ha de ser reconocida en su verdadera identidad
antedicha y, por tanto, como sujeto social básico, como sociedad en cierto
modo soberana. La familia posee unos derechos inalienables, que la sociedad y
sus instituciones deben reconocer y defender. Conforme al principio de
subsidiariedad o de subjetividad social, que se opone tanto al estatalismo
como a la inhibición de los gobernantes, se han de crear las condiciones para
que la familia despliegue su mismo ser y cumpla así su irreemplazable
misión humanizadora en beneficio de toda la sociedad.
Necesidades y derechos de la familia
Las condiciones para que la familia pueda existir y actuar requieren la creación
de un marco jurídico y socio-económico justo. Hoy en día, por desgracia,
ese marco resulta muy precario. Este marco requiere:
- legislaciones familiares congruentes con su verdadera identidad,
sin asimilar al matrimonio y a la familia otras realidades que no lo son;
- políticas fiscales verdaderamente familiares, conforme al nivel
de los países más desarrollados de la Unión europea;
- una política de viviendas decorosas para todas las familias, a
precios asequibles, evitando la actual especulación;
- una política social de ayudas a las familias con especiales
dificultades, como la viudedad, la separación conyugal, la discapacidad,
ancianidad o enfermedad de alguno de sus miembros, favoreciendo la tutela de
las familias numerosas así como la reagrupación de las familias de
emigrantes;
- una política laboral que permita a los matrimonios jóvenes
afrontar el futuro con sosiego, a las mujeres ser madres y cuidar de sus hijos
pequeños, a los padres dedicar tiempo a la convivencia familiar;
- una política sanitaria que favorezca la atención de los
familiares enfermos tanto hospitalaria como a domicilio;
- y, en fin, una política solidaria con las familias pobres
del tercer mundo y con las personas sin familia,
marginadas de nuestra sociedad, expuestas a degradaciones inhumanas como
la prostitución, la drogadicción o el alcoholismo.
La baja natalidad es la peor pobreza de la sociedad española
Denunciamos con pena la bajísima natalidad que padece nuestra sociedad española,
cuya tasa se sitúa entre las inferiores del mundo entero. Este triste
invierno demográfico pone de relieve la falta de esperanza que aqueja a
muchas personas: no se quiere dar vida con amor generoso, porque se
valora más tener cosas y disfrutar de comodidades.
Pero, además, hay que deplorar un hostigamiento y conjura contra la vida:
no se crean las condiciones favorables a la paternidad y maternidad; se llega
a la aberración de considerar el crimen del aborto como un derecho de la
libertad individual. Afirmamos, en cambio, que las personas son el bien más
valioso de la sociedad. Los hijos traen la primavera, la promesa de futuro, la
esperanza y la alegría a la sociedad.
El derecho de los padres a educar a sus hijos y la necesaria
colaboración de la sociedad
Reconocemos que la familia es la primera y principal escuela de humanidad:
es la mejor e imprescindible transmisora de los valores, educadora en las
virtudes, lugar donde se aprende a amar y guía en la búsqueda de la verdad.
Los padres son los primeros responsables de la educación de sus hijos. Se ha
de facilitar este derecho-deber educativo de los padres, para que puedan
elegir los centros docentes y definir su ideario, en el respeto a su libertad
de enseñanza, incluyendo la enseñanza religiosa.
Afirmamos que los padres son también los primeros responsables de la educación
afectivo-sexual de sus hijos. Denunciamos la perversa infiltración en los ámbitos
educativos de la "ideología del género", que pretende diseñar la
sexualidad y su ejercicio al margen de los referentes de la antropología
adecuada e integral.
Con diversos eufemismos, como "libertad sexual, sexo seguro, salud
reproductiva", los organismos públicos, nacionales (centros docentes
estatales, ayuntamientos, gobiernos autonómicos) e internacionales
(Organización de las Naciones Unidas, Parlamento europeo), propagan la
promiscuidad sexual en formas aberrantes. De este modo se contribuye a una
banalización de la sexualidad y, por tanto, a la destrucción de la persona
misma.
Cultura familiar y medios de comunicación
La promoción de una verdadera cultura familiar se realiza mediante todas las
formas de expresión de los valores humanos: científicos, éticos,
relacionales, estéticos, lúdicos, etc., que elevan a las personas y
comunidades a los niveles más altos y creativos de humanidad.
Los medios de comunicación social, de vital importancia en nuestra sociedad,
pueden favorecer en gran medida la cultura familiar, el bien de la fidelidad y
la esperanza que genera el verdadero amor. En cambio, hemos de rechazar con
firmeza la exaltación de la pornografía y la promoción de las patologías
de la sexualidad, contrarias a la dignidad de la persona, que contaminan las
conciencias y pervierten el respeto mutuo que ha de reinar en la convivencia.
Solidaridad con las familias rotas y denuncia de la violencia doméstica
Queremos expresar nuestra cercanía a las familias desunidas y rotas, cuyos
miembros sufren con frecuencia la falta de confianza y apoyo. La violencia doméstica
es, en realidad, la dolorosa excepción: una degeneración de la atmósfera
de acogida cordial propia de la inmensa mayoría de nuestros hogares. En
cambio, el que no tiene un hogar normalmente malvive en la intemperie y el
desamor.
La resolución jurídico-social de los conflictos familiares, mediante la
mediación por parte de especialistas competentes y esforzados, no ha de ser
una mera facilitación del divorcio, sino una verdadera orientación familiar,
dirigida a rehacer el entramado familiar y a recuperar una convivencia estable
y respetuosa.
Necesidad y urgencia de un foro o plataforma nacional de las
asociaciones familiares
Por último, animamos a potenciar el asociacionismo familiar en sus variadas
formas, para que sean las familias mismas quienes adquieran el protagonismo e
iniciativa en la construcción de una sociedad verdaderamente humana. Para
ello instamos con urgencia a la consolidación de un foro o plataforma
nacional de las asociaciones familiares que integre otras plataformas
similares a nivel autonómico y local y que agrupe a todas las personas y
asociaciones de diverso tipo que reconozcan la verdad de la familia y deseen
trabajar por su bien.
La familia es esperanza de la sociedad porque el compromiso de fidelidad que
la origina y anima es un proyecto de custodiar la vida de las personas en el
verdadero bien de la comunión. El futuro de nuestra sociedad está en su
mano, puesto que la familia es promesa de plenitud humana, gestación
del porvenir de vida y amor que todos queremos.
Madrid, 18 de noviembre de 2001
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