Invitados por el Consejo pontificio para la familia, nos reunimos, del 21 al 24
de noviembre de 2001, en la sala antigua del Sínodo (Ciudad del Vaticano), para
celebrar el vigésimo aniversario de la publicación de la exhortación apostólica
postsinodal Familiaris consortio de Su Santidad Juan Pablo II y para
poner de relieve el alcance de este documento para el futuro de la pastoral
familiar.
Ante todo, situamos la Exhortación en el marco que explica su génesis. Este
documento de Juan Pablo II constituye en cierto modo la charta magna de
la doctrina y de la enseñanza pastoral de la Iglesia por lo que atañe a la
familia y su servicio a la vida. Arroja mucha luz sobre las nuevas cuestiones
que se plantean para el futuro de la familia.
La exhortación apostólica Familiaris consortio fue el fruto doctrinal y
pastoral del Sínodo de los obispos que se reunió en octubre de 1980, el primer
Sínodo del pontificado de Juan Pablo II, centrado en "la misión de la
familia cristiana en el mundo contemporáneo"(1). Ese Sínodo sobre la familia
tuvo lugar después del Sínodo sobre la evangelización(2), del que surgió la
exhortación apostólica Evangelii nuntiandi(3), y después del Sínodo
sobre la catequesis(4), que inspiró la exhortación apostólica Catechesi
tradendae(5). "Fue continuación natural de los anteriores. En efecto, la
familia cristiana es la primera comunidad llamada a anunciar el Evangelio a la
persona humana en desarrollo y a conducirla a la plena madurez humana y
cristiana, mediante una progresiva educación y catequesis" (Familiaris
consortio, 2). Estos tres documentos sinodales hunden sus raíces en la
constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes,
del 7 de diciembre de 1965.
El Santo Padre Juan Pablo II encomendó el texto de las Proposiciones del
Sínodo sobre la familia "al Consejo pontificio para la familia,
disponiendo que haga un estudio profundo de las mismas, a fin de valorar todos
los aspectos de las riquezas allí contenidas" (ib.).
Después de la publicación de la Familiaris consortio se han producido
muchos cambios. La pastoral familiar y también la reflexión teológica sobre
el matrimonio y sobre la vida se han desarrollado mucho, siguiendo las
orientaciones del Magisterio de la Iglesia. Los movimientos de espiritualidad
conyugal se han multiplicado y diversificado.
Desde los tiempos del Sínodo de 1980 ya eran evidentes las amenazas que se cernían
sobre la familia y las cuestiones planteadas con respecto a ella. Por desgracia,
esas amenazas se han intensificado. La cuestión se ha desplazado del problema
del divorcio al de las "parejas de hecho", del problema del modo de
tratar la infecundidad femenina al del "embrión humano", creado
"a la medida", del problema del aborto al de la manipulación de los
embriones humanos, del problema de la píldora anticonceptiva al de la píldora
que es también abortiva. La legislación del aborto se ha difundido prácticamente
en casi todo el mundo. Se ha llegado a poner en duda el bien de la familia,
contraponiéndole otros "modelos", incluido el homosexual, otros
"estilos de vida" que excluyen el compromiso, la permanencia, la
fidelidad. Se ha insistido hasta el paroxismo en la exaltación del individuo,
de sus intereses y de su placer.
También el rostro de la familia ha cambiado, evolucionando hacia una creciente
"privatización", hacia una reducción a las dimensiones de familia
nuclear. Más grave en la actualidad es la ceguera que afecta a gran parte de la
opinión pública, por la que muy frecuentemente no se reconoce ya que la
familia fundada en el matrimonio es la célula fundamental de la sociedad, un
bien del que no se puede privar. La familia, como afirma el Santo Padre en el
mensaje que dirigió a nuestra asamblea, está sometida a una agresión violenta
por parte de ciertos sectores de la sociedad moderna. Se presentan
"alternativas" posibles a la familia calificada como
"tradicional". A las parejas efímeras, que no quieren comprometerse
formalmente en el matrimonio, ni siquiera civil, se les otorgan los derechos y
las ventajas de una auténtica familia, eximiéndoles de sus deberes propios.
Oficializar las "uniones de hecho", incluidas las parejas
homosexuales, que a veces pretenden hasta un derecho de adopción, plantea
problemas muy graves, especialmente de orden psicológico, social y jurídico.
Estas dificultades son precisamente las que nos impulsan a profundizar en el
mensaje que constituye el núcleo de la Familiaris consortio: la
"buena nueva sobre la familia", tal como procede del plan de Dios,
"ab initio", desde sus orígenes. La familia cristiana, cuando
es fiel a sí misma, testimonia su dinamismo y la esperanza que entraña.
¡Familia, sé lo que eres!
La exhortación apostólica Familiaris consortio subrayó la identidad de
la familia, fundada en el matrimonio. Es una comunidad de vida y de amor
conyugal. En una fidelidad sin reservas, el hombre y la mujer se entregan el uno
al otro y se aman con un amor abierto a la vida. La familia no es producto de
una cultura, resultado de una evolución; no es un modo de vida comunitario
vinculado a cierta organización social. Es una institución natural, anterior a
cualquier organización política o jurídica. Se funda en una verdad que ella
no produce, porque fue querida directamente por Dios.
"¡Familia, sé lo que eres!". Con esta exclamación Juan Pablo II
invitó a las familias del mundo entero a volver a encontrar en sí mismas su
verdad y a realizarla en medio del mundo. Hoy, en un mundo minado por el
escepticismo, el Santo Padre impulsa a las familias a redescubrir esta verdad
sobre sí mismas, añadiendo: "¡Familia, cree en lo que eres!"(6).
La familia, "arquitectura de Dios", plan inviolable de Dios, es también
"arquitectura del hombre", compromiso del hombre en el designio
divino. A la luz de nuestra experiencia, hemos examinado de nuevo las cuatro
tareas que la Familiaris consortio asigna a la familia: la formación
de una comunidad de personas, el servicio a la vida, la participación en el
desarrollo de la sociedad y la misión evangelizadora.
La formación de una comunidad de personas
En la Familiaris consortio se aprecia con plena claridad la identidad que
da a la familia el fundamento de su misión específica. Como comunidad de vida
y de amor conyugal, el matrimonio, fundamento de la familia, es una comunión de
personas. Esta se abre a una comunión más amplia, la comunión familiar entre
todos los miembros de la familia. En cierto modo se puede decir, a la luz del
misterio de Cristo, que la familia, fundada en el sacramento del matrimonio, al
constituirse, se convierte en el símbolo humano del amor de Cristo y de la
Iglesia (cf. Ef 5, 32).
El servicio a la vida
El don de la persona a la persona brota y se realiza en el don de la vida al
hijo. La Familiaris consortio profundiza la doctrina de la Iglesia, que
no separa el amor y el compromiso recíproco de los cónyuges de la misión
procreadora encomendada a ellos, la cual sólo encuentra su lugar adecuado en el
matrimonio.
La Familiaris consortio presenta una visión renovada de la sexualidad en
el marco de la comunión, alma y cuerpo, de los cónyuges. A la luz de una
antropología que se niega a separar alma y cuerpo, el acto sexual se muestra ya
como expresión del don total de la persona a la persona. Por este motivo se
subraya que la anticoncepción, obstáculo voluntariamente opuesto al nacimiento
de la vida, altera la relación de amor auténtico entre los cónyuges.
En cambio, ese obstáculo no existe en los métodos naturales, que respetan el
cuerpo y están abiertos a la vida. Hemos constatado los progresos realizados en
los últimos años en este campo. El valor altamente científico de los métodos
naturales(7) se reconoce cada vez más. Por otra parte, pueden resolver también
los problemas de infecundidad. Además, estos métodos constituyen una pedagogía
para un amor que respeta la peculiaridad femenina, e implican un diálogo auténtico
en la pareja. Esos métodos son diversos y es preciso verlos cada vez más como
complementarios. Los métodos naturales son valiosos, cuando justos y graves
motivos exigen distanciar los nacimientos. Sin embargo, su utilización no puede
justificarse moralmente cuando se recurre a ellos con una mentalidad hedonista,
cerrada a la vida.
La educación continúa la obra de la procreación
Esta misión de paternidad y maternidad responsable, abierta a la vida,
comprende la misión educativa, la formación integral de los hijos. Asumir la
responsabilidad de la venida al mundo de un nuevo ser humano significa
comprometerse a educarlo. La Familiaris consortio (cf. nn. 38, 39 y 40)
presenta esta educación como "participación" de los padres "en
la obra creadora de Dios" (n. 38), como un verdadero "ministerio"
de la Iglesia.
En la familia es donde los hijos reciben de los padres los principios básicos
en torno a los cuales se va organizando su personalidad. Según el ejemplo que
reciben de sus padres, los niños modelan su propia actitud frente a la vida y
sus exigencias. Con sus relaciones de hermanos y hermanas se inician del mejor
modo posible en la vida social.
La familia, más que cualquier otra institución, puede asumir muy bien la
educación sexual de los hijos(8). En el clima de confianza y de verdad que existe
entre padres e hijos, esta formación puede garantizarse de la mejor manera
posible, con delicadeza, y siempre en función de lo que el niño puede entender
en su actual nivel de maduración.
La comunidad educativa debe tener, de modo general, la preocupación de actuar
de acuerdo con los padres. Esto es particularmente verdadero e importante en
este campo sensible y delicado de la educación sexual, en el que una educación
sexual escolar inoportuna puede producir mucho daño
.
La familia, célula fundamental de la sociedad
El documento Familiaris consortio subrayó la función que desempeña la
familia en el desarrollo de la sociedad (cf. nn. 42-48). Eso resulta hoy mucho más
evidente. Cuando sirve a la vida, cuando forma a los ciudadanos del futuro,
cuando comunica sus valores humanos, que son fundamentales para la nación,
cuando introduce a los hijos en la sociedad, la familia desempeña una función
esencial: es patrimonio común de la humanidad. Tanto la razón natural
como la Revelación divina contienen esta verdad. Como decía el Vaticano II, la
familia constituye "la célula primera y vital de la sociedad"(9).
Así pues, la familia tiene una dimensión de bien común universal. Representa
la primera comunidad humana y humaniza la sociedad. Tiene derechos y deberes. En
este campo es donde, a petición de la misma exhortación apostólica Familiaris
consortio(10), la Carta de los derechos de la familia, publicada por la
Santa Sede en 1983, como complemento de la exhortación apostólica, ocupa un
lugar eminente y constituye un valioso instrumento de diálogo(11).
Este tema de la participación de la familia en la vida y en el desarrollo de la
sociedad ha sido abundantemente tratado en la enseñanza del Papa Juan Pablo II.
El Santo Padre ha subrayado en repetidas ocasiones el valor social e histórico
de la familia, frente a los movimientos culturales que no son favorables a ella.
Ningún tema relativo a la Iglesia ocupa hoy tanto a los parlamentos como el
tema de la familia y de la vida. Se encuentran por doquier proyectos en debate
al respecto, aunque no siempre con vistas a una mejora. La Iglesia no considera
esta lucha por los derechos de la familia en la sociedad como un dominio
privado, pero desde siempre se ha comprometido en este desafío. Ha asumido su
responsabilidad frente a la humanidad.
En estas relaciones de la familia con la sociedad se insertan las problemáticas
"políticas de población". Es verdad que la población del mundo ha
aumentado. Sin embargo, no se debe a un alto grado de fecundidad, sino a la
disminución de la mortalidad y al aumento extraordinario de la esperanza de
vida. Las últimas estadísticas de la población mundial, publicadas por la
División de la Población de la ONU, muestran que la "explosión demográfica"
es un mito. Por tanto, en nombre de tal mito algunas instituciones
internacionales, apoyadas por ciertas Organizaciones no gubernamentales, se
sintieron autorizadas a imponer "políticas demográficas", moralmente
inaceptables, a numerosos países pobres, con el pretexto de remediar su
pobreza. Ahora, desde el punto de vista científico, no se puede establecer una
correlación entre la situación demográfica de una población y la pobreza que
la aflige.
La familia "iglesia doméstica"
La Exhortación nos ha reafirmado en la convicción de que la familia cristiana
es "una iglesia en miniatura", una "iglesia doméstica" (cf.
Familiaris
consortio, 49).
La proclamación del evangelio de la familia se realiza en la Iglesia. Es aquí
donde la familia lo ha recibido. Esta proclamación implica crecimiento en la
fe, enriquecimiento en la catequesis, estímulo a una vida marcada por una
entrega de sí y una solidaridad efectiva.
Pero también hay un anuncio del Evangelio a los no cristianos, a los no
creyentes, y la familia cristiana está llamada, también allí, a un fuerte
compromiso misionero. Todo ello se lleva a cabo principalmente con el testimonio
de vida que los hogares cristianos, alegres, cordiales, acogedores y abiertos,
dan en su entorno, irradiando el espíritu del Evangelio.
Es el gran mensaje de la Familiaris consortio, su envío a la misión, de
algún modo, para la pastoral familiar.
La pastoral familiar
Esta pastoral se ha desarrollado mucho. Como dijo Juan Pablo II a nuestro
congreso, "después de la publicación de la Familiaris consortio se
ha acentuado en la Iglesia el interés por la familia y son innumerables las diócesis
y parroquias en las que la pastoral familiar ha llegado a ser un objetivo
prioritario"(12). A través de los testimonios que se han presentado a lo largo
de nuestro congreso, hemos visto cómo se está llevando a cabo esta pastoral de
la familia. Esos testimonios, procedentes de todos los continentes, demuestran
que muchísimos hogares cristianos están animados por el amor de la verdad
sobre la familia. Atestiguan con entusiasmo la buena nueva que los impulsa.
Manifiestan en su entorno el auténtico rostro de la familia. Como dice el Santo
Padre: "En su humildad y sencillez, el testimonio de vida hogareña
puede convertirse en un medio de evangelización de primer orden"(13).
Una de las principales preocupaciones de la pastoral de la familia consiste en
ayudar a los matrimonios jóvenes, a los que a veces asalta la duda de si serán
capaces de vivir la fidelidad conyugal durante toda la vida. También se ha
tomado una conciencia cada vez mayor de la necesidad de la ayuda pastoral a los
divorciados que se han vuelto a casar. Los criterios que da al respecto la Familiaris
consortio son claros y deben respetarse. La Iglesia no tiene el poder de
modificar lo que hunde sus raíces en la enseñanza del Señor. Pero los
divorciados que se han vuelto a casar por lo civil no deben sentirse fuera de la
Iglesia, excluidos. Como dice el Santo Padre: "La Iglesia, instituida
para conducir a la salvación de los hombres, sobre todo a los bautizados, no
puede abandonar a sí mismos a quienes -unidos ya con el vínculo matrimonial
sacramental- han intentado pasar a nuevas nupcias. Por lo tanto, procurará
infatigablemente poner a su disposición los medios de salvación" (Familiaris
consortio, 84). Todos "ayuden a los divorciados, procurando con
solícita caridad que no se consideren separados de la Iglesia, pudiendo y aun
debiendo, en cuanto bautizados, participar en su vida" (ib.).
Esta buena nueva de la familia ha sido ilustrada, de modo espléndido, en los
Encuentros mundiales del Santo Padre con las familias. Ya se han celebrado tres:
en Roma, el año 1994, con ocasión del Año internacional de la familia; en Río
de Janeiro, el año 1997; y de nuevo en Roma, en el año 2000, con motivo del
Jubileo de las familias. Invitamos a las familias del mundo entero a la próxima
cita mundial, que tendrá lugar en Manila (Filipinas), en enero del año 2003.
Resoluciones
Al concluir nuestra reflexión sobre la situación actual de la familia y de la
pastoral familiar en el mundo, veinte años después de la publicación de la
exhortación apostólica postsinodal Familiaris consortio, deseamos
formular algunas resoluciones.
1. La comunidad familiar debe considerarse en la unidad de sus miembros y
no de modo separado, respetando su identidad, como bien precioso para la
sociedad y para la Iglesia(14). Invitamos vivamente a las personas que se preparan
para el matrimonio a reflexionar, con la ayuda de los pastores y de los laicos
que las acompañan, sobre su proyecto de vida. Conviene estimular a los futuros
esposos a descubrir las riquezas del amor que llevan en sí, para que capten
claramente las dimensiones de totalidad, fidelidad y castidad conyugal. Esta
reflexión profunda debe llevarlos a realizar bien el carácter definitivo de su
compromiso mutuo.
2. Alentamos a los pastores a presentar claramente a los fieles que se
preparan para el matrimonio la enseñanza de la Iglesia en materia de moral
conyugal como se halla expuesta en la encíclica Humanae vitae y en la
exhortación apostólica Familiaris consortio, y recogida en la Carta
a las familias. Esta enseñanza debe ser objeto de un intercambio con los
futuros cónyuges. Debe llevarlos a manifestar claramente la apertura del futuro
matrimonio a la acogida de la vida.
3. Exhortamos a los padres cristianos a tomar en serio su misión de
educadores de sus hijos, por medio de una catequesis integral. Es preciso que se
den cuenta de que se trata de una educación a través de la cual deben
transmitir a sus hijos el patrimonio humano y espiritual que ellos mismos han
recibido. Deben preocuparse de mantener en su hogar un clima cristiano de
libertad, de respeto mutuo y de rigor moral. Los padres, con la oración diaria
en familia y con las primeras explicaciones sencillas dadas a los hijos, los han
de iniciar progresivamente en las verdades de la fe.
4. Los padres deben saberse y sentirse responsables de la educación sexual
de sus hijos(15). Esta responsabilidad permanece, incluso cuando la educación
sexual se imparte en otras comunidades educativas. Ante todo con el testimonio
de su amor conyugal y de su respeto mutuo han de invitar a sus hijos a descubrir
la belleza del amor responsable, en el marco de la verdad y de la formación en
la libertad auténtica. Los padres deben preocuparse de educar a sus hijos desde
pequeños en los valores humanos de generosidad, entrega, respeto a los demás,
dominio de sí mismos y templanza(16). Han de saber responder sin subterfugios a las
preguntas que les plantean sus hijos en materia de sexualidad. Las respuestas
deben ser claras, sencillas, adaptadas a lo que el niño es capaz de comprender
y asimilar. Los padres, siempre dispuestos a escuchar, han de ser los
confidentes de sus hijos, y cada uno de los padres desempeña a este respecto un
papel específico.
5. Nos dirigimos a los políticos y a los legisladores, exhortándolos a
defender los valores de la familia en las instancias locales y regionales, así
como en los Parlamentos(17). Que se escuche la voz de las familias del mundo entero,
garantía del futuro de las naciones. Los derechos de las familias han de
proclamarse y reconocerse claramente. Las familias mismas deben saber
organizarse, en el ámbito político, para lograr que se reconozca su peso real
frente a las minorías que militan contra la familia y contra la vida. Es
preciso que en todas las naciones se entable un auténtico diálogo sobre las
cuestiones fundamentales del derecho de las familias, de la educación familiar
y de la contribución que el Estado debe dar a esta educación familiar.
6. Es necesario encuadrar la situación contemporánea de
la familia y de la vida en una "visión integral del hombre y
de su vocación" (Humanae vitae, 7; cf. Familiaris consortio,
32) en una auténtica antropología. Las complejas problemáticas actuales, que
se refieren a la ética de la vida humana, atestiguan que se ha oscurecido el
nexo estrechísimo, querido por Dios mismo, entre la familia y la procreación.
Esto se debe a un prejuicio positivista y cientificista, por el cual se rompe la
íntima unidad antropológica entre la familia y el servicio a la vida, como si
la procreación fuera un problema que tocara sólo a los científicos en sus
laboratorios. La procreación se fragmenta en una casuística compleja, con lo
que se corre el peligro de perder una visión integral de la persona, de la
familia y de la vida. Pedimos al Consejo pontificio para la familia que
realice un estudio especial sobre esta cuestión, poniendo aún más de relieve
que la familia fundada en el matrimonio, según el proyecto de Dios creador, es
el sujeto de la procreación.
7. La apertura del amor conyugal a la vida es un aspecto urgente que es
preciso volver a descubrir. La mentalidad anticonceptiva, denunciada hace veinte
años por la Familiaris consortio, afecta también hoy, por desgracia, a
muchas de nuestras comunidades. Es necesario redoblar los esfuerzos de presencia
y de acción efectiva favorable a la familia y a la vida: en la sociedad
(leyes y políticas familiares), en la cultura (pensamiento, literatura, medios
de comunicación social) y sobre todo en las comunidades cristianas (renovación
del espíritu de apertura a la vida).
8. Uno de los principales frutos de la Familiaris consortio ha sido
la renovación de la pastoral de la familia en el ámbito de las Conferencias
episcopales, las diócesis, las parroquias y los movimientos apostólicos en
toda la Iglesia. En este sentido, durante los últimos veinte años el progreso
ha sido notable.
9. A pesar de todo lo que se ha realizado, queda aún mucho por hacer. Son
todavía muchas las diócesis en las que la pastoral familiar carece de
estructuras adecuadas. Los pastores manifiestan con mucha frecuencia la urgencia
de la formación de agentes pastorales. En este sentido, el trabajo de los
Institutos de estudio sobre el matrimonio y la familia, y de los Centros de
procreación responsable, resulta sumamente válido. Pedimos que se les preste
mayor atención, para que, en profunda sintonía con el magisterio de la Iglesia
y con una buena inserción en la realidad intelectual, científica, social, política
y jurídica de nuestros países, se desarrolle adecuadamente su función
formativa de agentes eficaces de pastoral familiar.
10. Hoy, más que nunca, se plantea el grave problema de las familias
refugiadas, que reciben asilo en locales improvisados, o en campos de prófugos
más equipados; a menudo les falta incluso lo más necesario y se ven indefensos
frente a las autoridades que las acogen. Pueden verse sometidas a presiones en
el ámbito de la llamada "salud reproductiva", que incluye el recurso
al aborto, a la esterilización o a la anticoncepción "de
emergencia". La Santa Sede ha publicado recientemente un documento(18) sobre
este tema, en el que invita a las Iglesias locales a interesarse por estas
familias, a hacer que se respeten sus derechos y a asegurarles ayuda y defensa
si las necesitan.
11. Las parroquias deben ser el lugar privilegiado de la pastoral familiar
en el conjunto de la pastoral de la Iglesia. Los cursos de preparación para el
matrimonio y las catequesis familiares son medios educativos importantes que,
con frecuencia, no se utilizan suficientemente. Urge fortalecer la colaboración
de los matrimonios y de las personas bien preparadas procedentes de las
parroquias y de los movimientos apostólicos. En este sentido, recomendamos
especialmente a los obispos, a los párrocos y a los responsables de las
organizaciones católicas, que se robustezca el espíritu de solidaridad y
complementariedad, en beneficio de una pastoral familiar eficaz.
12. Los Centros de orientación familiar están resultando de gran utilidad
como punto de referencia para la pastoral familiar. Entendidos como unidades
locales fundamentales de ayuda a las familias en los diversos campos: social, jurídico, ético, pastoral, de la procreación responsable, etc., son
un valioso apoyo para la pastoral familiar.
Conclusión
Miramos al futuro con determinación y con esperanza.
Miramos al futuro con determinación porque, como miembros de la Iglesia de
Cristo, comprometidos, en diversos niveles, en la pastoral familiar de esta
Iglesia, nos sentimos responsables, frente a Dios y frente a los hombres, de la
salud de la familia, de su vitalidad, de su equilibrio y de su futuro. Esta
responsabilidad no puede limitarse únicamente a los aspectos privados, domésticos
o espirituales de la familia; se ha de extender también al campo social y político.
Los que defienden la familia, sus valores, su función vital en la sociedad,
deben lograr que se escuche su voz en las asambleas locales y regionales, en los
Parlamentos de las naciones, en las instancias internacionales, y dondequiera
que se decida el futuro de la familia. Desde este punto de vista, la Carta de
los derechos de la familia representa un valioso instrumento de referencia y
de diálogo. La pastoral familiar no sería fiel a sí misma y a su misión si
no promoviera el compromiso también en el campo político, para hacer que se
respeten los derechos de la familia. Se trata de un servicio prestado a la
humanidad entera.
Miramos al futuro con esperanza, porque el Señor de la familia y de la vida ya
está actuando. Anima a las familias del mundo entero y les da las energías
necesarias para permanecer fieles a su vocación y a su misión. Las familias de
todas las naciones, testigos del amor y de la fidelidad, constituyen la luz que
ilumina un mundo lleno de perplejidades, dudas y peligros. Rogamos al Señor que
ayude a las familias a permanecer fieles a lo que son, para el bien común de
todos los hombres y para el futuro de la humanidad.
Ciudad del Vaticano, 20 de diciembre de 2001
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Notas
(1) V Asamblea general del Sínodo de los obispos, sobre el tema: "La misión de la familia cristiana en el mundo contemporáneo",
celebrada del 26 de septiembre al 25 de octubre de 1980.
(2) III Asamblea general del Sínodo de los obispos, sobre el tema:
"La evangelización en el mundo contemporáneo", celebrada en octubre
de 1974.
(3) Pablo VI, exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, 8 de
diciembre de 1975.
(4) IV Asamblea general del Sínodo de los obispos, sobre el tema:
"La catequesis, especialmente la que se dirige a los niños y los jóvenes",
celebrada en octubre de 1977.
(5) Juan Pablo II, exhortación apostólica Catechesi tradendae,
17 de octubre de 1979.
(6) Juan Pablo II, Discurso durante el Encuentro con las
familias, 22
de octubre de 2001, n. 3: L'Osservatore Romano, edición en lengua
española, 26 de octubre de 2001, p. 6.
(7) AA.VV. (a cargo de A. López Trujillo y E. Sgreccia), Metodi
naturali per la regolazione della fertilità: l'alternativa autentica.
Atti del Convegno organizzato dal Pontificio Consiglio per la Famiglia.
Roma, 9-11 dicembre 1992, Vita e pensiero, Milán 1994.
(8) Cf. Consejo pontificio para la familia, Sexualidad humana: verdad y significado. Orientaciones educativas en
familia, 8 de diciembre de
1995.
(9) Concilio Vaticano II, declaración Apostolicam actuositatem,
11.
(10) Cf. Familiaris
consortio, 46.
(11) Santa Sede, Carta de los derechos de la
familia, presentada por la
Santa Sede a todas las personas, instituciones y autoridades interesadas en la
misión de la familia en el mundo de hoy, 22 de octubre de 1983.
(12) Juan Pablo II, Mensaje al congreso organizado por el Consejo
pontificio para la familia con ocasión del 20° aniversario de la
"Familiaris consortio", 22 de noviembre de 2001, n. 4: L'Osservatore
Romano, edición en lengua española, 7 de diciembre de 2001, p. 12.
(13) Ib.
(14) Consejo pontificio para la
familia, Familia y derechos del
hombre, 1999, n. 16.
(15) Sexualidad humana: verdad y significado. Orientaciones
educativas en familia.
(16) Cf. Familiaris consortio, 37; Evangelium vitae, 92.
(17) Cf. Carta de los derechos de la
familia.
(18) Consejo pontificio para la pastoral de la salud, Consejo pontificio para
la pastoral de los emigrantes e itinerantes, Consejo pontificio para la familia,
La salud reproductiva de los refugiados. Una nota para las Conferencias
episcopales, Ciudad del Vaticano, 14 de septiembre de 2001.