El 28 de enero de 1979, en el seminario Palafoxiano de Puebla de los Ángeles
tuvo lugar la inauguración de la III Conferencia general del Episcopado latinoamericano, presidida personalmente por el Santo Padre Juan Pablo II. El
Vicario de Cristo tuvo el discurso inaugural, que sin duda marcó el rumbo y el
espíritu decisivo a la histórica Conferencia. En la presentación del Documento
de Puebla, que fue acogido muy positivamente por los participantes, se
testimonia que la presencia personal del Papa fue una gracia, y que su palabra
"en la concelebración en la basílica de Guadalupe, en la homilía en el seminario
de Puebla y sobre todo en el discurso inaugural, ha sido precioso criterio,
estímulo y cauce para nuestras deliberaciones" (Presentación del documento por
la copresidencia y el secretario general).
Este gran hecho de Iglesia representó "un gran paso adelante" de la
Iglesia que peregrina en América Latina.
En el Mensaje a América Latina, aprobado, como el Documento, de forma unánime,
por los participantes, se lee: "Sus palabras luminosas trazaron líneas limpias
y profundas para nuestras reflexiones y deliberaciones, en espíritu de comunión
eclesial".
El Papa mismo, en la carta con la cual manifestaba su satisfacción por los
resultados del Documento de Puebla, fechada el 23 de marzo de 1979, en la
conmemoración de santo Toribio de Mogrovejo, escribe: "Este documento, fruto de
asidua oración, de reflexión profunda y de intenso celo apostólico, ofrece -así
os lo propusisteis- un denso conjunto de orientaciones pastorales y doctrinales
sobre cuestiones de suma importancia. Ha de servir, con sus válidos criterios,
de luz y estímulo permanente para la evangelización en el presente y en el
futuro de América Latina (...). La Iglesia de América Latina ha sido fortalecida
en su vigorosa unidad, en su identidad propia, en la voluntad de responder a las
necesidades y a los desafíos atentamente considerados a lo largo de vuestra
asamblea".
Quisiera tratar, necesariamente a grandes rasgos, acerca de algunos puntos de
especial interés sobre la Conferencia de Puebla. Próximamente, el 14 y 15 de
febrero, en México el Celam tendrá una conmemoración especial, en la cual
intervendré, Dios mediante.
Trataré esta evocación de la Conferencia de Puebla en dos sucesivos momentos y
entregas: en el primero, abordaré la preparación de la Conferencia y el
contenido del discurso inaugural del Santo Padre; luego me referiré al
desarrollo de la Conferencia, en especial al documento que los obispos
elaboraron y Juan Pablo II indicó como útil para la evangelización en América
Latina, y a su difusión y fuerte impacto en la Iglesia, no sólo latinoamericana.
Preparación
Fue tomando fuerza la idea de consultar a las Conferencias episcopales sobre la
posibilidad de proponer al Santo Padre Pablo VI la convocación de una nueva
Conferencia general del Episcopado latinoamericano, a los 10 años de la II
Conferencia general de Medellín. Hechas las correspondientes consultas, con
ocasión de diversas reuniones, y con la positiva acogida del Papa, que nos fue
transmitida por el prefecto de la Congregación para los obispos y presidente de
la Comisión pontificia para América Latina, cardenal Sebastiano Baggio,
procedimos en el Celam a estudiar el tema posible para presentar a la
consideración del Papa. Progresivamente el Episcopado, que había vivido con
tanto entusiasmo el Sínodo sobre la evangelización del año 1974, con su
correspondiente exhortación apostólica
Evangelii nuntiandi, se orientó de
modo que fuera la evangelización el tema central, para que la Iglesia asumiera a
fondo esta misión prioritaria, esencial, de la Iglesia.
La acogida que recibió en muy poco tiempo la exhortación apostólica
Evangelii nuntiandi fue calurosa. Los puntos que se habían tratado eran realmente
capitales y, sin duda, después del Concilio, era el documento de mayor impacto
pastoral. El Celam había celebrado, inmediatamente después del Sínodo, en los
primeros días de noviembre de 1974, su asamblea general en Roma. De hecho, la
gran mayoría de los participantes en esa asamblea habían tomado parte en el
Sínodo, y el Celam había coordinado su participación con varias reuniones. Hay
que recordar que el cardenal Karol Wojtyla, arzobispo de Cracovia, fue el
relator general. Tuvo lugar después, en esa perspectiva evangelizadora, el
Sínodo sobre la catequesis (Catechesi tradendae), el Sínodo sobre la
familia, el primero del Pontificado de Juan Pablo II (Familiaris consortio)
y los Sínodos posteriores con una clara impronta evangelizadora.
El Santo Padre iba acariciando la idea también de la dinámica visión de la nueva
evangelización que, en su primera formulación, tuvo como marco la asamblea del Celam en Haití, en marzo de 1983, en la cual ofreció su original mensaje.
La II Conferencia general del Episcopado latinoamericano, celebrada en Medellín,
tuvo como tema el Concilio, recientemente clausurado (7 de diciembre de 1965):
"La Iglesia en la actual transformación de América Latina, a la luz del
concilio Vaticano II" (24 de agosto-5 de septiembre de 1968), y fue
inaugurada personalmente por el Santo Padre Pablo VI, en Bogotá, con ocasión del
Congreso eucarístico internacional, en la visita a América Latina. Fue
iluminador su discurso inaugural en la catedral de Bogotá, y no en Medellín para
evitar desplazamientos.
Los tiempos estaban maduros para una nueva asamblea, cuya preparación se
encomendó al Celam, con la convocación de Pablo VI el 12 de diciembre de 1977,
con el tema: "La evangelización en el presente y en el futuro de América
Latina".
El Santo Padre Juan Pablo II se refirió expresamente a esto en el discurso
inaugural de Puebla: "La Conferencia que ahora se abre, convocada por el
venerado Pablo VI, confirmada por mi inolvidable predecesor Juan Pablo I y
reconfirmada por mí como uno de los primeros actos de mi pontificado, se conecta
con aquella, ya lejana, de Río de Janeiro, que tuvo como su fruto más notable el
nacimiento del Celam. Pero se conecta aún más estrechamente con la II
Conferencia de Medellín, cuyo décimo aniversario conmemora. En estos diez años,
¡cuánto camino ha hecho la humanidad! y, con la humanidad y a su servicio,
¡cuánto camino ha hecho la Iglesia! Esta III Conferencia no puede desconocer
esta realidad. Deberá, pues, tomar como punto de partida las conclusiones de
Medellín, con todo lo que tienen de positivo, pero sin ignorar las incorrectas
interpretaciones a veces hechas y que exigen sereno discernimiento, oportuna
crítica y claras tomas de posición" (28 de enero de 1979: L'Osservatore
Romano, edición en lengua española, 4 de febrero de 1979, p. 6).
Es hermoso el homenaje que Juan Pablo II hace de la
Evangelii nuntiandi,
definiendo ese documento "testamento espiritual" de Pablo VI, "telón de fondo de
la Conferencia", "en el cual puso toda su alma de pastor, en el ocaso de su
vida". Estas palabras me llevan a evocar la que sería la última audiencia que
Pablo VI concedería a la presidencia y al secretario general de Puebla. Entonces
fueron percibidas como una admonición sus palabras de mayo de 1978, cuando lo
invitamos a que la inaugurara personalmente, y expresó: "Esta Conferencia la
veré desde el paraíso". Así lo experimentamos al recibir la noticia en Bogotá,
en la última reunión previa de la presidencia de Puebla, el 6 de agosto de 1978,
cuando fue llamado a la casa del Padre.
Todo estaba preparado para inaugurar la Conferencia en Puebla el 12 de octubre
en la basílica de Guadalupe y luego en el seminario de Puebla de los Ángeles.
La Santa Sede aprobó las distintas modalidades del Reglamento de la Conferencia,
el criterio para la participación por Conferencias episcopales, los invitados,
con y sin derecho a voto, los expertos, religiosos, religiosas, laicos. Quedaba
bien claro que era una Conferencia de los obispos, convocada por el Papa,
a quien se sometería el documento, y de ningún modo los obispos podían relegar
su responsabilidad. Concretamente, sobre los expertos, se dispuso que solamente
serían aprobados los que tuvieran el placet de las mismas Conferencias.
En relación con teólogos que no resultaron invitados, se invocó este
criterio, absolutamente lógico.
El Santo Padre nombró la presidencia de Puebla: los cardenales Sebastiano Baggio, prefecto de la Congregación para los obispos; Aloísio Lorscheider, o.f.m.,
arzobispo de Fortaleza, presidente del Celam; Ernesto Corripio Ahumada,
arzobispo de México; y el secretario general, Alfonso López Trujillo, arzobispo
coadjutor de Medellín. El Celam comenzó una intensa y dinámica preparación. Se
elaboró primero el documento de trabajo, basado en una primera vuelta de
sugerencias de los Episcopados y, luego de recoger el parecer de los
Episcopados, publicados fielmente, se elaboró el documento de trabajo,
muy completo.
Camino de Puebla
No faltaron, en la etapa de preparación, sorpresas y dificultades.
Como decía, de forma sorprendente, el Papa Pablo VI, que había convocado la
Conferencia y seguido muy de cerca diversos aspectos con un interés estimulante,
murió dos meses antes de la fecha prevista para la inauguración de Puebla. Había
acogido con gran esperanza este acontecimiento eclesial, que bien sabía era de
enorme importancia. Incluso los contrastes y relativas tensiones lo demostraban.
Algunos difundieron la idea de que se pretendía dar un paso atrás, sepultando la
Conferencia de Medellín. Tal conjetura la lanzaron con especial vigor a ciertos
medios de comunicación. Temían, sin duda, una reflexión profunda y una
aclaración sobre las mencionadas interpretaciones que hacían de las conclusiones
de Medellín, sobre todo de la conclusión sobre la paz y sobre conceptos como la
pobreza, a la luz de los criterios que imponía el análisis marxista sobre la
conflictualidad de la lucha de clases.
Varios países experimentaban la praxis de movimientos, sobre todo de sacerdotes
guiados acríticamente por esta ideología, que fue una tormenta: no se puede
ocultar el desgarramiento y las laceraciones que causaban, el debilitamiento
eclesial, la ausencia de una visión eclesial convergente.
No pocas vocaciones,
sacerdotales y religiosas, fueron esterilizadas, y la simpatía con la violencia
guerrillera condujo a algunos a un tipo de compromiso político que interpelaba
dramáticamente algunas comodidades. No faltaba la generosidad y el dolor
provocados por evidentes fenómenos de injusticia, pero la bruma se esparcía en
el campo teológico y penetraba algunos ambientes como un mito de esperanzas
mesiánicas. Se trataba del impacto de una forma reductora de teología de la
liberación, sobre la cual la
Evangelii nuntiandi había dado criterios
oportunos, que eran objeto de contestación y rechazo por no pocos. A logros
innegables, a una dinámica pastoral renovada, se unía una posición ambigua, la
creciente desconfianza sobre la doctrina social de la Iglesia, presentada como
carente de profundidad y de un "pathos" revolucionario, que era catalogada como
concesión a los poderosos. De esto eran bien conscientes los obispos; y las
reuniones previas con Episcopados, en las cuatro zonas en que fueron
distribuidos, ponían de relieve esta situación eclesial.
A la luz de una verdadera evangelización debíamos examinar el presente y
encaminarnos hacia el futuro. Sentimos la respetuosa compañía del Papa, de la
Curia romana, como una ayuda experimentada y como una expresión de diálogo y de
comunión. Se acuñó la idea-fuerza de comunión y participación, que
inspiró e iluminó la elaboración de los documentos previos, de consulta y de
trabajo, como la realización de las Conferencias.
La coherencia de una fe compartida y a la base de una evangelización exigente,
era un cometido evidente que debía dar una respuesta decisiva sobre
todo en la cristología y en la eclesiología.
Después de Pablo VI, el Papa Juan Pablo I convocó de nuevo la Conferencia de
Puebla y preparaba su discurso inaugural. Pero inesperadamente fue llamado por
el Señor.
La Providencia había hilvanado los acontecimientos: convocada por tercera vez
la Conferencia de Puebla, el Santo Padre Juan Pablo II, decidió inaugurar
personalmente la Conferencia, dando así inicio a la cadena formidable de sus
viajes apostólicos por el mundo.
Pablo VI había inaugurado la Conferencia de Medellín, en su primera y única
visita a América Latina, con ocasión del Congreso eucarístico de Bogotá.
Juan Pablo II, en el primer viaje de su pontificado, estuvo entre nosotros como
un regalo de la Providencia y fue la ocasión de su visita pastoral a México. Su
decisión personal, determinada y comprometida, haría posible lo que se
consideraba de difícil realización. No había relaciones diplomáticas con México,
en donde la Iglesia no era reconocida, y un desplazamiento al comienzo de su
pontificado incluso hacía pensar a algunos que su presencia en Puebla no era,
por tanto, aconsejable. Hubo una gran sintonía entre la decisión del Papa y el
vehemente deseo del Celam y de los Episcopados.
Puntos centrales del discurso inaugural
He expresado la muy positiva acogida que tuvo en la asamblea el discurso de Juan
Pablo II.
La claridad, el vigor profético de su contenido fueron un rumbo y una pauta para
las sesiones, del todo en coincidencia con la distribución del trabajo por
comisiones y con una muy estudiada dinámica de trabajo. Se hizo frecuente entre
los obispos hablar de los tres pilares, o "del trípode" que el Santo Padre
desarrolló: la verdad sobre Cristo, sobre la Iglesia y sobre el hombre. Esto
ponía de relieve lo central de una opción de fe radical y comprometida, en
proyección evangelizadora, que debía ser -hay que repetirlo- fundamental.
Primero subrayó de qué tipo de Conferencia se trataba: de pastores, no
de políticos, sino de personas entregadas al cuidado pastoral de la comunidad.
Este criterio central permitiría que el estudio de la realidad, con fenómenos
preocupantes, se hiciera a la luz de la fe, con la explícita e inequívoca
entrega al Señor y a su Iglesia, la Iglesia de Cristo, con toda la fuerza
del genitivo. De esta manera se recordaba la más estrecha unidad entre un
enfoque cristológico y eclesiológico, en la base de la concepción del hombre,
con una genuina antropología cristiana, lo que arrojaba luz sobre graves
ambigüedades y errores presentes. Como pastores, era una Conferencia cuya
responsabilidad competía a los obispos, convenientemente asesorados, pero no
suplantados. Su misión y acción debía ser regida por el Evangelio y no
sustituida por una "praxis" ideológica y política, bien diferente de la
caridad pastoral; eran responsables de la grey, de la comunidad como tal.
El enfoque iba mucho más allá de la discusión sobre la teología de la
liberación, aunque la cuestión estuviera bien presente. Si de hecho preocupantes
desviaciones habían terminado en una censurable visión eclesiológica, que dio
luego cauce a una cristología equívoca, era necesaria la confesión auténtica del
Señor, su pleno señorío. Debía estar bien presente el criterio de no
distorsionar la verdad de Cristo, para entender la Iglesia como pueblo de Dios,
en relación con el reino de Dios, aunque no del todo identificada con él, y no
con una Iglesia popular.
El "trípode" se inspira en el número 78 de la
Evangelii nuntiandi: "El
Evangelio que nos ha sido encomendado es también palabra de verdad (...). La
verdad acerca de Dios, la verdad acerca del hombre y de su misterioso destino",
completado con la verdad sobre la Iglesia.
La verdad sobre Jesucristo es el primer deber de los obispos, maestros de la fe.
Esta es la única "praxis" adecuada (cf. I). Denuncia sin rodeos las "relecturas
del Evangelio (...). Ellas causan confusión al apartarse de los criterios
centrales de la fe de la Iglesia". "En algunos casos se silencia la divinidad de
Cristo o se incurre en formas de interpretación reñidas con la fe de la Iglesia.
Cristo se presenta solamente como un profeta". "En otros casos se
pretende presentar a Jesús como comprometido políticamente, como un luchador
contra la dominación romana o contra los poderes, e incluso implicado en la
lucha de clases. Esta concepción de Cristo como político, revolucionario, como
el subversivo de Nazaret, no se compadece con la catequesis de la Iglesia" (cf.
I, 4).
En cuanto a la verdad sobre la misión de la Iglesia, denuncia las
interpretaciones en que "se advierte el malestar sobre la naturaleza y misión de
la Iglesia", la interpretación secularista sobre el Reino, que llegaría por el
cambio estructural socio-político y la suplantación de la Iglesia
"institucional" u "oficial" por la "Iglesia popular que nace del pueblo y se
concreta en los pobres". Estaríamos en el terreno dominado por las ideologías (cf.
I, 8).
No es, pues, algo velado el hecho de que el Papa, como luego el Documento de
Puebla, afrontó una forma bien discutible, conocida y reconocida como evidente
en la Conferencia de Puebla. Podemos decir que en la
Evangelii nuntiandi
y en el discurso inaugural del Papa estaba ya en germen lo que luego expresaría
la Congregación para la doctrina de la fe en las Instrucciones sobre la
teología de la liberación (Libertatis nuntius y Libertatis conscientia).
En una lectura deformada y parcial, se ha dicho de la fecunda y completa
enseñanza del Papa Juan Pablo II que en la dimensión social es abierto, mientras
que en su magisterio doctrinal es conservador. Ya desde este discurso se observa
con claridad que hay total y necesaria complementariedad, en una verdadera
unidad, en la que es la fe la que lleva a un genuino compromiso con el hombre,
con la humanidad, con los pobres, como los contempla el Evangelio. Como los ama
el mismo Señor.
El Papa afirma: "La actitud del cristiano que quiere servir de verdad a los
hermanos más pequeños, a los pobres, a los más necesitados, a los marginados:
en una palabra a todos los que reflejan en su vida el rostro doliente del Señor"
(I, 4).
Por eso, desde Cristo, y desde la Iglesia, o mejor, desde la Iglesia de Cristo,
se entiende la tercera verdad sobre el hombre. Se trata del hombre, no de la
concepción inadecuada de la civilización actual, que ha conculcado los valores
humanos, sino del hombre cuyo "misterio sólo se esclarece en el misterio del
Verbo encarnado" (Gaudium et spes, 22). Este texto del Concilio será
muchas veces citado por Juan Pablo II. Una verdadera antropología cristiana no
se deja contaminar por otros humanismos (cf. I, 9).
Todo esto ha de conducir a una firme unidad de pastores que debe ser aún más
estrecha y sólida. Una unidad con los sacerdotes, religiosos y el pueblo fiel.
La enorme contribución de los religiosos a la evangelización requiere una
comunión indisoluble de miras y de acción con los obispos, buscada lealmente,
una colaboración dócil y confiada con los pastores. Por eso, su deseo y firme
recomendación es: "En esa línea grava sobre todos, en la comunidad eclesial, el
deber de evitar magisterios paralelos, eclesialmente inaceptables y
pastoralmente estériles" (II, 2).
Las mencionadas verdades, que son cemento de la comunión, abren el tema que el
Papa desarrolla con amplitud, tocando aspectos de decisiva importancia, bajo el
título de "defensores y promotores de la dignidad".
Ante la dignidad conculcada de muchas maneras en América Latina, recuerda las
relaciones entre "la evangelización y la promoción humana o liberación,
considerando en campo tan amplio e importante lo específico de la presencia de
la Iglesia" (III, 1).
Esto explica el celebre aparte, inspirado por la
Evangelii nuntiandi, que
se torna en criterio central: "Ella (la Iglesia) no necesita, pues, recurrir a
sistemas e ideologías para amar, defender y colaborar en la liberación del
hombre" (III, 2). "No a través de la violencia, de los juegos de poder, de los
sistemas políticos, sino por medio de la verdad sobre el hombre" (III, 3) se
debe buscar el remedio a los sufrimientos.
Respecto de la cuestión sobre la propiedad, en fiel interpretación de santo
Tomás, de la encíclica
Populorum progressio, el Papa acuña, sobre la
función social de la propiedad, la formulación novedosa y expresiva de la
hipoteca social que la grava, con la cual se trabaja por la sociedad humana,
"evitando que los más fuertes usen su poder en detrimento de los más débiles",
preocupación bien presente a los largo de la enseñanza del Papa. Se refiere a
las múltiples y variadas formas de violaciones humanas: "El derecho a nacer, el
derecho a la vida, a la procreación responsable, al trabajo, a la paz, a la
libertad y a la justicia social" (III, 5). Ofrece un amplio y preocupante
panorama, que lo lleva a clamar por el respeto del hombre, por el camino
del Evangelio. Es una liberación auténtica.
Son páginas enteras las que Juan Pablo II dedica al tema de la liberación, en
plena convergencia con la
Evangelii nuntiandi, que sería prolijo
reproducir. Una liberación con unos cometidos más amplios, evangélicos, de corte
bien diferente a los que difundía una visión recortada: liberación integral,
profunda, como la anunció Jesús, hecha de perdón y reconciliación; liberación
que no se reduce a la simple dimensión económica, política o cultural; que evita reduccionismos y ambigüedades; que no se nutre de ideologías; que es fiel a la
palabra de Dios y a la tradición de la Iglesia (cf. III, 6). Bien se explica el
renovado influjo que tuvo en los obispos este conjunto de clarificaciones.
Después el discurso se refiere a la doctrina social de la Iglesia, cuyo
"eclipse" se experimentaba por caricaturas de tinte ideológico. La renovada
confianza en la enseñanza social fue una expresa recomendación del Romano
Pontífice y la Conferencia de Puebla representó un renacer esperanzado de la
doctrina social. Ya entonces el Celam invocaba, sin temor, sus principios para
analizar las graves situaciones de tantos países, que eran realmente como un
clamor por el respeto a la dignidad humana, al hombre, imagen de Dios. "Confiar
-expresó el Papa- responsablemente en esta doctrina social, aunque algunos
traten de sembrar dudas y desconfianzas sobre ella, estudiarla con seriedad,
procurar aplicarla, enseñarla, ser fiel a ella, es, en un hijo de la Iglesia,
garantía de la autenticidad de su compromiso en las delicadas y exigentes tareas
sociales y de sus esfuerzos en favor de la liberación o de la promoción de sus
hermanos" (III, 7). De hecho las Conferencias episcopales, servidas por el
Celam, llevaron a cabo, en diferentes zonas, diversos cursos particularmente
intensos sobre la doctrina social y las ideologías, lo cual era muy necesario
para responder a la situación dramática de los países, no sólo ante el
colectivismo marxista, de hecho ante el "análisis marxista", sino en relación
con un capitalismo férreo, que fue denunciado sin ambages como atentatorio
contra la dignidad de los pobres, cada vez más conculcados en sus derechos.
El Papa terminó el discurso con la mención de algunas tareas prioritarias, y
concretamente: la familia y la juventud, así como las vocaciones sacerdotales.
Respecto de la pastoral familiar subrayó, como un anticipo de la exhortación
apostólica
Familiaris consortio, que "el futuro depende en gran parte de
la iglesia doméstica", objeto de tantas amenazas y campañas anticonceptivas que
destruyen la sociedad (IV, a).
Horas antes había celebrado en Puebla una eucaristía, con la multitud agolpada
junto al seminario Palafoxiano. Puso de relieve la urgencia de la pastoral
familiar, para robustecer el sentido de la familia, y los serios retos que se
afrontan contra la integridad familiar: el divorcio, el aborto, el "número
alarmante de niños (...) que nacen en hogares sin ninguna estabilidad", y el
flagelo de la pobreza, e incluso de la miseria, que constituyen condiciones
inhumanas.
Pidió a los gobiernos una política familiar y, como Pablo VI en la ONU, clamó
para "no disminuir el número de los invitados al banquete de la vida" y, en
cambio, "aumentar la comida en la mesa", en contra de las conocidas teorías
hipotéticas neomaltusianas. Entonces, hace cinco lustros, se estaba lejos de
reconocer, como hoy, el mito de la sobrepoblación.
El Papa quería penetrar en cada hogar para decirles una palabra de aliento y
esperanza. Hermoso deseo, con el que abriría después, hace 10 años, su
Carta a
las familias: Gratissimam sane.
La recomendación sobre la juventud, breve pero penetrante, sintetiza su amor,
manifestado durante estos lustros con un corazón abierto a sus esperanzas:
"¡Cuánta esperanza pone en ella la Iglesia! ¡Cuántas energías circulan en
América Latina, que necesita la Iglesia! (IV, c).
Invocando a Nuestra Señora de Guadalupe invitaba a los pastores a iniciar las
sesiones con: "audacia de profetas y prudencia de pastores; clarividencia de
maestros y seguridad de guías y orientadores; fuerza de ánimo de testigos, y
serenidad, paciencia y mansedumbre de padres".
El Sucesor de Pedro culminaba su mensaje con el mismo envío de Cristo a sus
discípulos: "Id, pues, enseñad a todas las gentes" (Mt 28, 19).
Así se daba inicio al intenso trabajo de Puebla e iniciaba su siembra en la
visita apostólica a México.
Card. Alfonso LÓPEZ TRUJILLO