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CONSEJO PONTIFICIO PARA LA FAMILIA
CONFERENCIA
DEL CARDENAL ENNIO ANTONELLI
PRESIDENTE DEL CONSEJO PONTIFICIO PARA LA FAMILIA
La misión educativa de la familia hoy
Santiago de Compostela - 4 de septiembre de 2010
1. Saludo
Saludo con fraterna amistad en el Señor y con gran alegría a S. E. el Arzobispo
Mons. Julián Barrio Barrio y a todos los que participáis en este encuentro. El
tema sobre el que reflexionaremos juntos esta tarde es de importancia
fundamental para las personas, para la sociedad y para la Iglesia. “La misión
educativa de la familia hoy”: es una misión bastante difícil y al mismo tiempo
más necesaria que nunca para la formación humana y cristiana. Debemos sostenerla
no sólo con la reflexión y el compromiso, sino sobre todo con la oración. Que el
Señor bendiga con su gracia la familia “escuela de humanidad y de vida
cristiana”. Lo pedimos por intercesión de la Virgen María y de Santiago, primer
evangelizador de España, defensor de la fe en el medioevo y constructor de la
conciencia nacional y europea.
2. Crisis de la familia en la sociedad de hoy
A partir de la revolución industrial, el trabajo productivo de bienes y de
rédito, confiado sobre todo al hombre, se concentra en la fábrica y es
retribuido con dinero, mientras el trabajo doméstico no retribuido se deja a la
mujer. De esta forma, el hombre se aleja de la familia y abdica de su
responsabilidad educativa de los hijos, privándolos del papel decisivo de la
figura paterna. Por su parte, la mujer se siente económica y socialmente
discriminada. Siente la tentación de homologarse al modelo masculino y de buscar
también la propia afirmación personal en el trabajo extra doméstico, en la
profesión y en la carrera. Percibe la familia como un obstáculo a su
éxito personal, llegando a veces a renunciar al matrimonio y a los hijos. Muchas
mujeres, al contrario, renuncian al trabajo o a un nivel profesional más alto,
para dedicarse a los hijos y a la familia, sufriendo también ellas, con
frecuencia, la incompatibilidad entre familia y trabajo.
Con la difusión de la economía de servicios y con la revolución informática, se
multiplican para las mujeres las oportunidades de trabajo y, por tanto, de
independencia financiera. Sin embargo, la separación entre trabajo y familia
permanece muy grande; y las exigencias y los tiempos de uno difícilmente se
concilian con los de la otra. Algunos incluso consideran la familia como un
obstáculo a la eficacia productiva del sistema y al desarrollo social, mientras
el “single” es juzgado más funcional, porque es capaz de ofrecer más movilidad,
más disponibilidad de tiempo y de energías, más propensión al consumo.
En la cultura dominante se ha consolidado el proceso de privatización de la
familia, considerada sobre todo como lugar de gratificación afectiva,
sentimental y sexual de los adultos. Se da publicidad al bienestar individual
como ideal de vida, desacreditando los vínculos estables del matrimonio y de la
paternidad, promoviendo el ejercicio puramente lúdico de la sexualidad. No se
tiene en cuenta la importancia de la relación estable de pareja y del bien
prioritario que representan los hijos. No se concibe la familia como una pequeña
comunidad, sujeto de derechos y deberes, sino como un conjunto de individuos que
viven temporalmente bajo el mismo techo por convergencia de intereses; no como
una riqueza para la sociedad, que se ha de valorar, sino como un conjunto de
necesidades y deseos individuales, a los que se ha de proveer según las
posibilidades.
En este contexto, que adquiere proporciones cada vez más preocupantes, se
encuadra la triple crisis del matrimonio, de la natalidad y de la educación. El
número anual de divorcios en la Unión Europea es igual a la mitad de los
matrimonios. Las personas solas son ya 55 millones, que corresponden al 29% de
las familias, y se prevé que pronto llegarán al 40%. Se multiplican las formas
de convivencia: familias monoparentales, familias reconstruidas, convivencias de
hecho, convivencias homosexuales. Y no falta quien considera la familia, fundada
en el matrimonio, un residuo histórico del pasado y auspicia su desaparición en
un futuro no muy lejano. En la Unión Europea 2/3 de las familias no tienen
hijos; el índice medio de fecundidad por mujer es de 1,56, por debajo de la
cuota de reemplazo generacional (2,1 por mujer). La insuficiencia de la
educación se evidencia en la amplia difusión entre los jóvenes de actitudes
negativas y comportamientos sociales equivocados. Muchos de ellos, aunque
económicamente acomodados, crecen pobres de ideales y de esperanza,
espiritualmente vacíos, con el solo interés por la afición deportiva, por las
canciones de moda, por la ropa de firmas prestigiosas, por los viajes
publicitados, por las emociones del sexo. Para vencer el aburrimiento y la
inseguridad, se reúnen con frecuencia en grupos y se hacen transgresivos:
prepotencia, vandalismo, droga, robos, estupros, delitos. Los hijos que crecen
con un solo padre tienen más probabilidad de delinquir respecto a los que viven
con su padre y su madre juntos. Una cuarta parte de los hijos con padres
separados presenta problemas permanentes de equilibrio psíquico, de rendimiento
escolar y de adaptación social, en una medida mayor respecto a los hijos de
padres unidos, porque los niños tienen necesidad vital de ser amados por padres
que se quieren.
A la crisis del matrimonio, de la natalidad y de la educación corresponde la
crisis de la sociedad europea, que parece más bien cansada y decadente. La
opinión pública es sensible sobre todo al mercado y a los derechos individuales.
Faltan ideales, esperanza, proyectos compartidos. Faltan la alegría de vivir y
la confianza en el futuro. Con el progresivo envejecimiento de la población se
presentan también graves problemas económicos: disminuyen las fuerzas
productivas y aumentan los gastos de jubilación, sanidad y asistencia. En el
2050 por cada 100 trabajadores habrá 75 jubilados y cada trabajador deberá
proveer aproximadamente a ⅔ del sustento de un jubilado.
Para el desarrollo son necesarios el equilibrio demográfico y la formación del
llamado capital humano. Es preciso tratar las cuestiones de la familia partiendo
de la perspectiva de los hijos. Si se privilegiaran los niños y su bien,
cambiaría la visión del divorcio, de la procreación artificial, de la pretensión
de adopción por parte de singles y parejas homosexuales, de la prisa por
la carrera profesional, y de la organización del trabajo, se descubriría de
nuevo que la familia fundada en el matrimonio es en realidad una riqueza para la
sociedad, un sujeto de interés público que no se puede equiparar con otras
formas de convivencia de carácter privado.
3. La familia institución de la gratuidad
Los bienes pueden ser instrumentales, en cuanto queridos en función de otra
cosa, o pueden ser gratuitos en cuanto queridos en sí mismos como un fin. Del
primer tipo son las cosas útiles, los servicios, la tecnología, la riqueza; del
segundo tipo son la contemplación de la naturaleza, la poesía, la música, el
arte, la fiesta, la amistad, la oración. Tanto los bienes instrumentales como
los bienes gratuitos son necesarios para la vida y la felicidad del hombre y se
han de perseguir de forma ordenada según la jerarquía de valores, en el momento
oportuno.
Las personas nunca se deben reducir a meros instrumentos, aunque se puedan
obtener muchos beneficios de ellas. Sólo el amor gratuito está a la altura de su
dignidad. Es lícito e incluso necesario, buscar en los otros la propia utilidad,
pero sería egoísmo ciego y grave desorden moral reducir a esto la relación con
ellos. Los otros son un bien en sí mismos y debo buscar su bien con la misma
seriedad con la que busco el mío; debo responsabilizarme, según mis
posibilidades, de su crecimiento humano, afrontando también el sacrificio y
llevando el peso de sus límites y pecados, como hizo Jesús con todos los
hombres.
Como el mercado es la institución típica del intercambio de bienes
instrumentales, así la familia es la institución paradigmática de la gratuidad y
del amor. En una familia auténtica cada uno considera a los otros no sólo como
un bien útil para la propia vida, sino también como un bien en sí mismos, un
bien insustituible, sin precio. Si existe una atención preferencial es hacia los
más débiles, hacia los niños, enfermos, discapacitados, ancianos.
El amor hace compartir en la familia la vida cotidiana, el presente y el futuro,
la totalidad de la vida. Integra en la relación entre los cónyuges el compromiso
del matrimonio, el afecto recíproco y la atracción sexual. Lleva a los
progenitores a donar a los hijos los bienes materiales y espirituales,
dedicándose a su cuidado y educación.
Todos los miembros de la familia se educan recíprocamente. Los cónyuges se
educan uno al otro; los padres educan a los hijos y también los hijos educan a
los padres. Sin embargo, la responsabilidad de los padres con los hijos es
peculiar. Una buena relación educativa lleva consigo ternura y afecto,
discernimiento y autoridad. El clima de amor y de confianza, el ejemplo y la
experiencia concreta, el ejercicio cotidiano, confieren a la educación familiar
una especial eficacia, que hace interiorizar y asimilar los valores, las normas,
las enseñanzas como exigencias vitales de crecimiento personal. Los hijos son
acompañados en la superación del narcisismo infantil, en su apertura a los
otros, en el modo de afrontar los desafíos y las pruebas de la vida, en su
desarrollo de personalidades equilibradas, sólidas y fiables, constructivas y
creativas.
La familia, en la medida en que está unida y abierta, alimenta en todos sus
miembros, y especialmente en los hijos, las llamadas virtudes sociales: el
respeto de la dignidad de toda persona, la confianza en sí mismos, en los otros
y en las instituciones, la responsabilidad del bien propio y de los demás, la
sinceridad, la fidelidad, el perdón, el compartir, la laboriosidad, la
colaboración, la elaboración de proyectos, la sobriedad, la propensión al
ahorro, la generosidad hacia los pobres, el compromiso hasta el sacrificio, y
demás virtudes, preciosas para la cohesión y el desarrollo de la sociedad.
Las virtudes sociales influyen positivamente también en la economía. Hoy las
empresas son cada vez más inmateriales y relacionales, más que capital físico,
exigen recursos humanos: conocimiento, ideas nuevas, iniciativa, gusto por el
trabajo, capacidad de proyectar y trabajar juntos, compromiso en favor del bien
común, confianza. El mercado, institución del intercambio utilitario, tiene
necesidad de energías morales, de confianza, gratuidad y solidaridad, que son
generadas especialmente por la familia, institución del don. Esta es la
enseñanza de Benedicto XVI en su última encíclica Caritas in Veritate:
“También en las relaciones mercantiles el principio de gratuidad y la lógica del
don, pueden y deben tener espacio en la actividad económica ordinaria”
(Benedicto XVI, CV 36). La hipertrofia del utilitarismo, que conduce a
buscar la máxima ganancia a cualquier costo, termina haciendo daño al bien común
de la sociedad y perjudica la misma felicidad individual, que, en realidad,
depende más de la cualidad de las relaciones que del aumento del beneficio.
4. Sostén cultural y político a la familia
Las familias fundadas en el matrimonio ofrecen a la sociedad bienes esenciales,
mediante la generación de nuevos ciudadanos y el incremento de las virtudes
sociales. Tienen derecho, por tanto, a un adecuado reconocimiento cultural,
jurídico y económico. Hace treinta años Juan Pablo II lanzaba este llamamiento:
“Las familias deben ser las primeras en procurar que las leyes y las
instituciones del Estado no sólo no ofendan, sino que sostengan y defiendan
positivamente los derechos y deberes de las familias. En este sentido deben
crecer en la conciencia de ser protagonistas de la llamada política familiar y
asumir la responsabilidad de transformar la sociedad; de otro modo las familias
serán las primeras víctimas de aquellos males que se han limitado a observar con
indiferencia” (Juan Pablo II, Familiares Consortio, 44).
Este llamamiento no cayó en el vacío; está recibiendo una respuesta cada vez más
vigorosa en las actividades de las asociaciones familiares. Actividad
multiforme: animación cultural en las escuelas, en las parroquias, en las
diócesis, en los medios de comunicación (prensa, radio, televisión, internet);
organización de acontecimientos con repercusión en la opinión pública; proyectos
y experiencias piloto de ciudad amiga de las familias; presión a los
responsables de las instituciones municipales, regionales, nacionales,
internacionales, en favor de una administración y una política favorable a las
familias; promoción de encuentros de estudio y de propuestas; seguimiento de las
actividades parlamentarias; formación de políticos, de agentes de la cultura y
de la comunicación social, motivados y competentes.
Por parte de la Iglesia, es necesario que la acción pastoral en los diversos
niveles (nacional, diocesano, parroquial) motive con fuerza a las familias a
adherir en masa a las asociaciones familiares de compromiso civil, coherentes
con el Evangelio, para que tengan peso en la opinión pública y en la política.
Las asociaciones familiares de inspiración cristiana piden que la familia no sea
vista como un conjunto de individuos y de necesidades individuales, sino que sea
considerada como una preciosa y necesaria riqueza para la sociedad, que se ha de
sostener y valorar. Se prodigan para que la maternidad y la paternidad sean
revaloradas culturalmente como funciones importantes para la maduración de las
personas, para la felicidad de hombres y mujeres y para el bien de los hijos y
de la sociedad. Reivindican disposiciones para incentivar la estabilidad de las
parejas, la natalidad y la responsabilidad educativa.
5. Eclipse de Dios en Europa
La Europa de hoy se presenta como el continente más secularizado. Es muy escasa
la participación en las celebraciones religiosas (en particular la Misa del
Domingo). Muchísima gente considera la religión poco relevante para la vida. Se
difunden el ateísmo y el nihilismo, negación de Dios y de la dignidad
trascendente del hombre (cfr. Fides et Ratio, 90). Se acusa a la Iglesia
de ser antimoderna, enemiga del progreso, de la libertad y de la alegría de
vivir, porque desaprueba las relaciones sexuales fuera del matrimonio, la
contracepción, el aborto, el divorcio, la homosexualidad.
A la crisis religiosa se asocia un pesado degrado ético: individualismo y
subjetivismo, egoísmo que tiende a la ganancia, al poder y al placer; mentira,
conflictividad, violencia, desorden económico, corrupción política, ejercicio
exclusivamente lúdico de la sexualidad y la amplia crisis de la familia a la que
me he referido (divorcio, convivencias irregulares, aborto, contracepción,
disminución de los nacimientos, carencia educativa).
El desafío es, sin duda, duro y peligroso; pero puede ofrecer la oportunidad de
una elección de la fe y de la vida cristiana más personal, consciente, libre,
contracorriente, valiente. De hecho, vemos un florecer de movimientos,
asociaciones, nuevas comunidades, núcleos comprometidos de cristianos y de
familias cristianas en muchísimas parroquias. Son un don del Espíritu Santo, que
responde a las necesidades de nuestro tiempo, y un fuerte motivo de esperanza
para el futuro, energías nuevas para la nueva evangelización. Constituyen una
referencia válida para los cristianos mediocres, para las familias en crisis y
para los no creyentes.
Por lo demás, a pesar de la secularización, en la gente permanece una necesidad
difundida de espiritualidad y la devoción popular continúa prosperando en varios
Países de Europa: lo indican elocuentemente las peregrinaciones a santuarios,
más llenos que nunca.
En un tiempo de crisis de las ideologías y de desconfianza en las doctrinas, el
atractivo de la santidad vivida permanece intacto. En la carta apostólica
Novo Millennio Ineunte, como conclusión del Gran Jubileo, Juan Pablo II
afirmaba: “Los hombres de nuestro tiempo, quizás no siempre conscientemente,
piden a los creyentes de hoy no sólo que les hablen de Cristo, pero, en cierto
sentido, que se lo hagan ver” (NMI, 16). Bajo esta perspectiva indicaba
como prioritario y decisivo, el testimonio de las familias cristianas
ejemplares. “¡Cada familia es una luz! (...). En la Iglesia y en la sociedad, ha
llegado la hora de la familia. Esta está llamada a desempeñar un papel de
protagonista en la tarea de la nueva evangelización” (Discurso al Encuentro
Mundial de las Familias; 8.10.1994, n.6). “¡Iglesia santa de Dios, tú no
puedes realizar tu misión en el mundo, sino a través de la familia y su misión!”
(Discurso a las familias neocatecumenales, 30.12.1988).
6. La familia cristiana evangelizada y evangelizadora
La Iglesia tiene la misión de evangelizar con la vida y la palabra. Jesucristo
la ha querido como luz del mundo, ciudad sobre el monte, luz en el candelabro,
sal de la tierra (cfr. Mt 5,13-14), su cuerpo (cfr. 1 Co 12,27),
es decir, su expresión visible, su sacramento, para continuar manifestando su
presencia en la historia, comunicar a todos su amor, atraer a sí a los hombres y
prepararlos a la salvación eterna.. La sacramentalidad de la Iglesia comprende
tanto la santidad objetiva de los bienes salvíficos (Evangelio, sacramentos,
eucaristía, ministerios, carismas), como la santidad subjetiva de los creyentes,
en el grado en que estos acogen el amor de Cristo, lo viven, lo llevan consigo y
lo manifiestan a los otros. Cooperando con la gracia del Espíritu Santo, la
Iglesia consiente a Cristo actuar en ella y a través de ella en el mundo. No
sólo lo anuncia, sino que en cierto modo lo hace también ver, pues ella
evangeliza con lo que es y vive, no sólo con lo que hace y dice.
Dentro del sacramento general de la salvación, que es la Iglesia, la familia
cristiana es sacramento particular de la comunión con Dios y entre los hombres.
Según la enseñanza de Juan Pablo II, la familia, en cuanto realidad natural,
encuentra su fuente y su modelo en la Trinidad divina. “La imagen divina se
realiza no sólo en el individuo, sino también en aquella singular comunión de
personas que se establece entre un hombre y una mujer, unidos hasta tal punto en
el amor que vienen a ser una sola carne. Está escrito, de hecho, a imagen de
Dios los creó, macho y hembra los creó” (Gn. 1,27) (Mensaje en la
jornada de la paz 1994, n. 1) “El «nosotros» divino constituye el modelo
eterno del «nosotros» humano, de aquel «nosotros» que está formado en primer
lugar por el hombre y la mujer, creados a imagen y semejanza de Dios” (Juan
Pablo II, Gravissimum sane, 6). Cada comunión de personas, fundada en el
amor es, pues, en cierto modo, un reflejo de Dios amor, uno y trino. Pero la
familia lo es de forma específica, de tal modo que merece la calificación de
sacramento primordial de la creación. Desde el inicio de la historia “se
constituye un primordial sacramento, entendido como signo que transmite
eficazmente en el mundo visible el misterio invisible escondido en Dios desde la
eternidad. Este es el misterio de la Verdad y del Amor, el misterio de la vida
divina, de la que el hombre participa realmente” (Catequesis,
20.02.1980, n. 3).
El matrimonio, que es realidad sacramental en virtud de la misma creación, ha
sido elevado por Jesucristo a sacramento de la nueva y eterna alianza (cfr. Juan
Pablo II, FC 19), “representación real (...) de la misma relación de
Cristo con la Iglesia” (cfr. FC 13). El Señor Jesús, esposo de la
Iglesia, comunica a los cónyuges su Espíritu, su amor por la Iglesia, madurado
hasta el sacrificio supremo de la cruz (cfr. FC 19), de forma que su amor
recíproco esté alimentado por su mismo amor nupcial, sea elevado a caridad
conyugal y prefigure las bodas eternas del amor y de la alegría, cuando el Señor
será “todo en todos” (1Co 15, 28) En la familia cristiana el sacramento
de la nueva alianza lleva a cumplimiento el sacramento primordial de la
creación; perfecciona la participación y la manifestación de la comunión
trinitaria.
La familia cristiana “pequeña Iglesia” (o Iglesia doméstica) no es un modo de
hablar, una metáfora, para sugerir una vaga semejanza. Se trata, en cambio, de
una actuación de la Iglesia, específica y real, de una comunidad salvada y
salvadora, evangelizada y evangelizadora, como la Iglesia. Escuchemos una vez
más a Juan Pablo II: “(Los cónyuges) no sólo reciben el amor de Cristo,
convirtiéndose en comunidad salvada, sino que están también llamados a
transmitir a los hermanos el mismo amor de Cristo, haciéndose así comunidad
salvadora” (FC 49). La familia cristiana participa, por tanto, de la
sacramentalidad de la Iglesia y también ella es sacramento de la presencia de
Cristo. Como la Iglesia, evangeliza en primer lugar con lo que es y después con
lo que hace y dice, participa en la misión evangelizadora comprometiendo “a sí
misma en su ser y obrar, en cuanto comunidad íntima de vida y amor (FC
50). Su ser en Cristo comunidad de vida y de amor se refleja en todo su actuar:
prestación de ayuda recíproca, procreación generosa y responsable, educación de
los hijos, contribución a la cohesión y desarrollo de la sociedad, compromiso
civil, servicio caritativo, compromiso de apostolado y participación en las
actividades eclesiales (cfr. FC 17).
La familia cristiana ha sido desde siempre el primer camino de transmisión de la
fe y también hoy tiene grandes posibilidades de evangelización. Puede
evangelizar en la propia casa con el amor recíproco, la oración, la escucha de
la Palabra de Dios, la catequesis familiar, la edificación mutua. Puede
evangelizar en su ambiente, mediante las relaciones con los vecinos, parientes,
amigos, colegas de trabajo, escuela, compañeros de deporte y diversión. Puede
evangelizar en la parroquia mediante la fiel participación en la Misa del
Domingo, la colaboración en el camino catequístico de los hijos, la
participación en encuentros de familias, movimientos y asociaciones, la cercanía
a familias en dificultad, la animación de itinerarios de preparación al
matrimonio. Puede evangelizar en la sociedad civil dándole nuevos ciudadanos,
incrementando las virtudes sociales, ayudando a las personas necesitadas,
adhiriendo a asociaciones familiares para promover una cultura y una política
más favorable a las familias y a sus derechos (cfr. FC 44).
Para evangelizar no es suficiente estar bautizados; no es suficiente tampoco ser
practicantes el Domingo, si no se tiene un estilo de vida coherente con el
Evangelio. Se necesita una robusta espiritualidad. “Los desafíos y las
esperanzas que está viviendo la familia cristiana – afirma Juan Pablo II –
exigen que un número cada vez mayor de familias descubra y ponga en práctica una
sólida espiritualidad familiar en la trama cotidiana de la propia existencia” (Discurso,
12.10.1988). La sólida espiritualidad de la que habla el Papa, se ha de entender
como relación encendida con Cristo vivo y presente, en virtud del Espíritu;
relación cultivada con la escucha de la Palabra, la participación en la
Eucaristía, la frecuencia del sacramento de la Penitencia; relación vivida
concretamente en las relaciones y actividades cotidianas, tanto dentro como
fuera de la familia, en actitud permanente de conversión; relación de la cual se
toma algo más de amor y unidad, generosidad y valor, sacrificio y perdón,
alegría y belleza.
Para tener familias de “sólida espiritualidad”, evangelizadas y evangelizadoras,
se precisa una seria preparación al matrimonio, como camino teórico y práctico
de seguimiento del Señor Jesús y de conversión. “La preparación al matrimonio -
afirma Juan Pablo II – ha de ser vista y actuada como un proceso gradual y
continuo. En efecto, comporta tres momentos principales: una preparación remota,
una próxima y otra inmediata” (FC 66), respectivamente destinadas a niños
y adolescentes, a los novios, a los próximos esposos. Además, Juan Pablo II
desea que la preparación próxima, la de los novios, tienda a convertirse cada
vez más en “un itinerario de fe” (FC 51), semejante a “un camino
catecumenal” (FC 66). Esta indicación merece ser tomada en seria
consideración, tratando de ofrecer, al menos, oportunidades diferenciadas,
cursos breves o itinerarios prolongados, según la necesidad y la disponibilidad
de las parejas. De esta forma se podrán tener familias más estables (la
apropiada preparación al matrimonio disminuye un 30% las probabilidades de
divorcio), familias capaces de testimoniar la fe, de realizar servicios en favor
de otras familias, de animar actividades catequísticas, caritativas, culturales
y sociales.
Es necesaria una seria preparación al matrimonio, pero no es suficiente. Juan
Pablo II recomendaba también el acompañamiento de las parejas después del
matrimonio, “el cuidado pastoral de la familia regularmente constituida” (FC
69). También esta indicación debe entrar cada vez más en la pastoral
ordinaria de la comunidad eclesial mediante una variedad de iniciativas:
propuesta de la oración en familia con subsidios adecuados para escuchar juntos
y vivir la Palabra de Dios; encuentros periódicos entre familias para construir
una red de amistad y solidaridad, humana y espiritualmente significativa;
pequeñas comunidades familiares de evangelización; implicación sistemática de
las familias en el itinerario de iniciación cristiana de los hijos desde el
bautismo, la confirmación y hasta la comunión eucarística; promoción de
asociaciones, de movimientos y de nuevas comunidades eclesiales, realidades
preciosas para la formación espiritual, el apostolado y la misma pastoral
ordinaria; apoyo a las asociaciones familiares de compromiso civil (FC
22).
7. Conclusión
En la medida en que son adultos en la fe, los cristianos comparten el amor
salvífico de Cristo por todos los hombres y por todo lo que es auténticamente
humano, y lo expresan mediante la oración, el sacrificio, el testimonio, el
anuncio del Evangelio, la animación de las realidades terrenas. En cuanto cooperadores del Salvador, pueden de diversas formas lograr y
disponer de la salvación, incluso aquellos que en la tierra no llegan a la plena
adhesión a Cristo y permanecen fuera de los confines visibles de la Iglesia. Las
comunidades eclesiales y las familias cristianas, valoradas por Él como
sacramento, es decir, como signo suyo e instrumento, pueden tener una eficacia
mucho más amplia de cuanto se puede verificar empíricamente. La perspectiva
sacramental implica la evangelización, entendida como irradiación y permite
mantener firme la confianza, a pesar de las dificultades y los aparentes
fracasos. “La noche es obscura – afirmó Pablo VI – pero no se debe tener miedo
de la noche, mientras existen fuegos encendidos que iluminan y calientan”.
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