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CONSEJO PONTIFICIO PARA LA FAMILIA
ENCUENTRO DE OBISPOS RESPONSABLES
DE LA PASTORAL FAMILIAR Y DE LA VIDA
DE AMÉRICA LATINA Y EL CARIBE
BOGOTÁ, COLOMBIA, 28 DE MARZO – 1º DE ABRIL DE 2011
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INTRODUCCIÓN
DEL CARD. ENNIO ANTONELLI,
PRESIDENTE DEL CONSEJO PONTIFICIO PARA LA FAMILIA
Bogotá,
Colombia, 29 de marzo 2011
Miércoles de la III Semana deCuaresma
“SITUACIÓN DE LA FAMILIA EN LATINOAMÉRICA Y EL CARIBE,
DESAFÍOS Y OPORTUNIDADES, PRIORIDADES PASTORALES,
ESTRATEGIAS DE COLABORACIÓN”
1. Saludo con un sentimiento de viva fraternidad en el Señor a Sus Excelencias Mons.
Leopoldo Brenes Solórzano, presidente del Departamento de Familia, Juventud y
Vida del CELAM, Mons. Augusto Dias Duarte, responsable de la sección de vida,
Mons. Germán Trajano Pavón Puente, responsable de la sección de familia y a
todos los Señores Obispos presentes, los sacerdotes, los religiosos y los
cristianos laicos. Estoy muy feliz por participar en este cuarto encuentro
organizado por el Pontificio Consejo para la Familia (P.C.F.) y por el
C.E.L.A.M. Es un acontecimiento de comunión eclesial, espiritual y visible; es
una iniciativa de colaboración de las Comisiones episcopales de numerosos países
y de las Comisiones episcopales con el P.C.F. Nos encontramos aquí para
experimentar la presencia del Señor a través de nuestro amor recíproco, según su
promesa: “Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio
de ellos” (Mt 18, 20). Nos encontramos aquí para leer juntos la situación
de la familia en América Latina, para realizar juntos el discernimiento
evangélico, para identificar propuestas de compromiso pastoral y posibilidades
de colaboración.
El Santo
Padre, Benedicto XVI bendice nuestro encuentro y lo acompaña con su oración y
con su mensaje que ahora escucharemos. (Lectura).
2. En primer lugar debemos darnos cuenta lúcidamente de que hemos llegado a un
cambio de época histórico. Estamos dentro de un cambio rápido, amplio
y profundo en diversos ámbitos: científico, teológico, económico, social,
cultural y religioso.
Basta
enumerar sencillamente algunas palabras: biotecnologías
(dan un poder inmenso sobre la vida vegetal, animal y humana); revolución
informática (construye la sociedad de las comunicaciones y del
conocimiento); globalización (comporta interdependencia económica,
transferencia de capitales y de empresas, movilidad de personas, exportación de
ideas y de estilos de vida, multiplicarse de instituciones internacionales);
pluralismo cultural, ético y religioso en un mismo territorio (exige
que se aprenda el difícil arte de convivir con lo diverso); relativismo
(reduce la racionalidad sólo al campo científico y técnico; deja al
subjetivismo de las opiniones libres sobre antropología, ética y religión);
revolución sexual (comprende tanto el comportamiento como la
ideología); secularización (tiende a marginar a Dios de la vida,
especialmente de la vida pública).
3. Rasgos de la revolución sexual.
Ejercicio
lúdico de la sexualidad genital (con los únicos límites de excluir la
violencia y tomar precauciones para prevenir las enfermedades y los
nacimientos). Privatización de la familia (reducida a lugar de
afectos y gratificaciones individuales). Aumento de los singles,
muchos de los cuales por elección (en Europa ya son el 29% de los hogares; se
prevé que pronto llegarán al 40%; en Suecia ya son el 50%). Aumento de los
divorcios y de las separaciones (en Europa son la mitad de los
matrimonios. Se difunden también los llamados “divorcios grises” de quienes
tienen más de sesenta años). Diversa tipología de convivencias irregulares:
convivencias de hecho; convivencias homosexuales; convivencias intermitentes;
familias reconstituidas (Cf. Benedicto XVI “hijos huérfanos por demasiados
padres”); familias monoparentales por elección (mujeres que quieren tener un
hijo, pero no marido). Matrimonio considerado obsoleto y destinado a desaparecer
(Cf. Time). Propuesta de matrimonio como contrato a tiempo y autorización
del divorcio exprés difundido en cada vez más numerosas naciones. En el futuro,
el sexo separado de la función reproductiva, confiada cada vez más a la
tecnología. Posibilidad de poli-amor y de la poli-familia (Cf. Attali,
Amours). Ideología del gender (el sexo biológico no tiene importancia, como no
tiene importancia el color de los cabellos. Sólo cuenta el género, es decir, la
orientación sexual que se elige y se construye y que se puede cambiar:
heterosexual masculina, heterosexual femenina, homosexual, lésbico, bisexual,
transexual, flexible. Simone de Beauvoir: “No se nace mujer, se hace mujer”.
Batalla cultural y política por los derechos sexuales y reproductivos y contra
la homofobia).
4. Crisis de la natalidad.
En Europa dos
tercios de las familias no tienen hijos (excluidos por motivos de
costo económico o de ritmos laborales, pero también por motivos fútiles, como
libertad de viajar, disponibilidad de más tiempo libre, mantenimiento de la
forma física). En Italia los hijos únicos son el 50% (dificultad de educación,
riesgo de fragilidad psicológica). Cada año, en el mundo, hay 50 millones de
abortos (más víctimas de cuantas provocó la segunda guerra mundial).
Se difunde la fecundación artificial (eliminación de muchos
embriones; mercantilización de óvulos y esperma; un solo donante anónimo puede
tener muchos hijos, con el consiguiente peligro de incesto en el futuro).
5. Envejecimiento de la población.
En Europa el
índice medio de fecundidad por mujer es de 1.56, muy por debajo de la cuota de
reemplazo generacional que es de 2.1 hijos por mujer. Se
prevé un rápido envejecimiento de la población con graves consecuencias
económicas, sociales, culturales (por ejemplo, disminución de fuerzas
productivas, aumentos de costes para las pensiones, sanidad y asistencia
social). Ya ahora, la sociedad europea da la impresión de ser vieja, estática,
sin proyectos estratégicos compartidos, sin ideales, sin la alegría de vivir.
Me parece que también en América Latina y el Caribe se asiste a la misma
tendencia, con una acelerada caída del índice de la natalidad.
6. Revolución sexual y secularización de la vida.
Parece que
proceden al mismo ritmo y que tienen vínculos no superficiales
entre sí. Voltaire: “nuestra esperanza se fundamenta en la lujuria. Ahoguemos el
cristianismo en el fango”. Miguel de Unamuno: “la agonía de la familia es la
agonía del cristianismo”. Juan Pablo II: “Como va la familia, así va la Iglesia
y la sociedad” (Angelus, 5.10.1997). La cultura actualmente dominante
acusa a la Iglesia de estar atrasada, de ser enemiga de la libertad y de la
alegría de vivir, porque desaprueba las relaciones sexuales fuera del
matrimonio, la contracepción, el aborto, el divorcio, la homosexualidad. En
Europa, aunque permanecen vivas la necesidad de espiritualidad y la devoción
popular, la religión se considera poco importante para la vida, y la práctica
dominical es muy escasa. No son pocos los jóvenes que se alejan de la Iglesia y
se convierten en religiosamente indiferentes o no creyentes, cuando renuncian a
darse una disciplina en su comportamiento sexual. Me parece que en Latinoamérica
y el Caribe, junto con la difusión cada vez mayor del secularismo y la
pretendida laicidad de las instituciones y de la educación también se asiste al
mismo fenómeno de paulatino alejamiento de la Iglesia, incrementado, por otra
parte, por la agresividad del proselitismo de las sectas y de los nuevos grupos
pseudo-religiosos.
7. Necesidad de una renovación de la pastoral ordinaria.
Al cambio de época histórico, anteriormente delineado, debe corresponder una
pastoral renovada. Renovación en la dirección, felizmente sintetizada por el
documento de Aparecida: “Discípulos y misioneros”.
Renovación en
la dirección indicada por Juan Pablo II: “ Una pastoral de la santidad, como
medida alta de la vida cristiana ordinaria, es decir, una pastoral de la
espiritualidad de comunión y de testimonio misionero (RM 32; 90; CFL
32; NMI 31; 40; 43; 54).
Intensa
relación personal con Cristo para compartir su apasionado amor salvífico por
todos los hombres y por todo lo humano (Cf. RH 10; 13). El mismo Papa,
próximo beato, dio espléndido testimonio (Totus tuus, viajes apostólicos,
sufrimiento).
Renovación en
la dirección indicada por el florecimiento de Movimientos eclesiales y
Nuevas Comunidades, que se han de valorar e integrar en la pastoral
ordinaria (Juan Pablo II, Discurso de Pentecostés, 1998).
8. Renovación en la perspectiva eclesiológica de la Iglesia Sacramento.
El Concilio Vaticano II ha puesto de relieve esta perspectiva. El
Hijo de Dios “comunicando su Espíritu, constituye místicamente como cuerpo suyo
a sus hermanos, que reúne de todas las naciones” (LG 7). La Iglesia es
comunión con las personas divinas y entre los creyentes, comunión espiritual y
visible, santa visibilidad de lo invisible, santa iglesia de pecadores, comunión
misionera en y por el mundo (Cf. LG 8).
La Iglesia
“de Cristo ha sido enviada a revelar y a comunicar la caridad de Dios a todos
los hombres y a todos los pueblos” (AG 10).
La Iglesia
coopera con Cristo Salvador manifestando y transmitiendo su
presencia y su amor salvífico en muchos modos complementarios entre sí:
Eucaristía y Sacramentos, Evangelio anunciado y vivido, ministerio de los
pastores y variedad de carismas, signos milagrosos, testimonio de santos
extraordinarios y de santos ordinarios, amor recíproco en las familias
cristianas y en las comunidades eclesiales, animación cristiana de las
realidades terrenas, oración, acción, sacrificio.
Los
cristianos son Iglesia en la medida en que están unidos a Cristo de forma
espiritual y visible, según una gradualidad que desde los grandes santos
desciende hasta los pecadores, que conservan algunos vínculos de pertenencia.
Viven la Iglesia, comunión y misión, en la medida en que, recibiendo a Cristo en
la Eucaristía, se asocian a su sacrificio pascual y comparten su amor salvífico
universal.
9. En la perspectiva de la Iglesia, sacramento general de salvación, luz del
mundo, ciudad sobre el monte, luz en el candelabro, sal de la tierra (Cf. Mt
5, 13-16), cuerpo visible de Cristo en la historia (1Co 10,17; 12,
27), no es esencial el número (aunque importante) de los
creyentes, sino su autenticidad, (comunión con Cristo y entre
ellos, compartir su amor, responsabilidad misionera): “Este pueblo mesiánico,
por consiguiente, aunque no incluya a todos los hombres actualmente y con
frecuencia aparezca una grey pequeña, es, sin embargo, para todo el género
humano, un germen segurísimo de unidad, de esperanza y de salvación. Cristo, que
lo instituyó para ser comunión de vida, de caridad y de verdad, se sirve también
de él como un instrumento de la redención universal y lo envía a todo el
universo como luz del mundo y sal de la tierra” (Concilio Vaticano II, Lumen
Gentium 9).
La dinámica
salvífica, según el Concilio y según la misma Escritura, es pocos para muchos,
mejor para todos. A través de pocos, Cristo, único Salvador, va al
encuentro de muchos y los atrae hacia sí. Muchos, aunque no entren plenamente en
la Iglesia, se orientan y se acercan a Él, se disponen a la salvación de formas
diversas, según su historia y en la medida que sólo Dios puede juzgar (Cf. LG
15, 16).
10. En esta perspectiva, el primer objetivo concreto de la pastoral es el de hacer
crecer en toda parroquia núcleos de cristianos y de
familias cristianas con una sólida espiritualidad y una consciente
responsabilidad apostólica. Para iluminar y calentar, es necesario, en primer
lugar, encender el fuego.
No existe
peligro de elitismo y sectarismo, porque la
auténtica comunión está abierta a la misión, al diálogo y al anuncio, a la
acogida y a la propuesta, a la amistad y a la colaboración, para que todos se
sientan valorados, amados por la Iglesia y por Dios a través de ella (Cf. la
espiritualidad del Movimiento de los Focolares que lleva el amor recíproco y la
unidad a una intensidad nueva y maravillosa y, al mismo tiempo, alimenta el
diálogo ecuménico, interreligioso y cultural, y la animación cristiana de las
realidades terrenas).
Viceversa,
una pastoral que, temiendo realizar discriminaciones, se limita a ofrecer un
mínimo igual para todos, termina uniformando la comunidad hacia abajo y
empobreciendo a todos. La oferta debe tener en cuenta la diversa disponibilidad
y la situación de los destinatarios.
Más aún, no
se debe olvidar nunca que todos los cristianos están llamados a la santidad y a
la misión (Cf. RM 90) y que, por tanto, es necesario proponer a todos con
convicción “este alto grado de la vida cristiana ordinaria” más allá de “una
ética minimalista y una religiosidad superficial”, poniendo en práctica “una
verdadera y propia pedagogía de la santidad” (Nuevo Millennio Ineunte,
30). Es necesario indicar a todos la cima de la montaña; pero cada uno debe ser
ayudado a subir según su propio paso.
Por tanto,
una pastoral dirigida a todos, pero diferenciada, cuidando en primer
lugar a los pocos para llegar a través de ellos a todos. “Se es misionero ante
todo por lo que se es, en cuanto Iglesia que vive profundamente la unidad en el
amor, antes de serlo por lo que se dice o se hace” (Juan Pablo II,
Redemptoris Missio, 23).
11. Renovación de la pastoral de la familia y de la vida.
América
Latina ya cuenta con muchas iniciativas y experiencias muy válidas. Lo reconocía
con agrado el Papa Benedicto XVI en el encuentro promovido por el P.C.F. y el
C.E.L.A.M. que se celebró en Roma (1-3 de diciembre de 2005). Pero el mismo Papa
nos invita a no subestimar el cambio histórico en acto. En el
libro-entrevista “Luz del mundo”, afirma:
“Hasta el día de hoy, el derecho eclesiástico ha presupuesto que quien contraía
matrimonio sabía qué cosa era el matrimonio. En la confusión actual de opiniones
y en un clima completamente cambiado, es más fácil creer que corresponde
mayormente a la normalidad romper un matrimonio. Entonces es necesario
preguntarse cómo reconocer su validez o cómo es posible realizar una sanación”
(Benedicto XVI, Luz del mundo, páginas 202-203). En otras palabras:
hoy día, cuando la visión cristiana del matrimonio con los valores de unicidad,
fidelidad, indisolubilidad, apertura a la vida, no se comparte en la sociedad
civil y en la mentalidad difundida, ya no se puede presumir la validez del
matrimonio celebrado en la Iglesia; en muchos casos está en riesgo no sólo
su fructuosidad, sino su misma validez. Es necesario
preguntarse, pues, cómo preparar a los novios y cómo acompañar pastoralmente a
los cónyuges, de tal forma que su matrimonio se celebre válidamente y se viva
coherentemente y con perseverancia. No se puede conformar con la conservación de
lo existente. Los obispos y todos los agentes pastorales están invitados a tomar
conciencia de la situación actual de profundo y peligroso cambio. Están
invitados a preguntarse si no sería oportuno introducir, con la necesaria
prudencia y gradualidad, pero también decididamente, una seria preparación al
matrimonio de tipo catecumenal, ya solicitada por Juan Pablo II en
la Familiaris Consortio (FC 66), que supla, de alguna manera, la
falta de una incisiva iniciación cristiana. También están invitados a
preguntarse si no sería oportuno obligar a las parroquias a que introduzcan en
sus programas pastorales anuales iniciativas de apoyo espiritual y encuentros de
formación permanente para las familias. A este respecto, es
significativo que en el reciente congreso internacional “La familia cristiana
sujeto de evangelización” (Roma 25-27 de noviembre de 2010), todos los
participantes han considerado que las pequeñas comunidades de familias son
prácticamente necesarias en el contexto actual de individualismo y disgregación.
12. En la perspectiva de la Iglesia como Sacramento, debemos adquirir plena
conciencia de la sacramentalidad de la familia cristiana, fundada en el
matrimonio sacramento primordial de la creación (Juan Pablo II,
Mulieris Dignitatem, 7; Gravissimam Sane, 6; Catequesis
20.02.1980, n. 3), elevado por Jesús a sacramento de la nueva y eterna
alianza (cfr. Familiaris Consortio, 13; 19), para reflejar y
revelar la unidad trinitaria de Dios y expresar el amor y la presencia de Cristo
esposo de la Iglesia.
En la
Conferencia general del episcopado latinoamericano, celebrada en Puebla,
Juan Pablo II afirmó sin titubeos: “La futura evangelización depende en gran
parte de la Iglesia doméstica” (Discurso 28.1.1979) y en el documento
conclusivo los Obispos escribieron: “Nos complace abordar el tema de la familia
como sujeto y objeto de evangelización” (n. 569).
La familia
cristiana es, pues, no sólo objeto, sino también sujeto de evangelización;
no sólo comunidad salvada, sino también comunidad Salvadora, en cuanto recibe y
transmite el amor de Cristo (Familiaris Consortio, 49); y, por tanto,
realmente pequeña iglesia, mejor “pequeña iglesia misionera” (Angelus
4.12.1994). La familia cristiana, como la Iglesia, evangeliza según una dinámica
sacramental, sobre todo con su misma vida, en la medida en que se conforma al
Evangelio, y después con eventuales actividades específicas. Evangeliza con su
ser y actuar y, por tanto, de forma propia, peculiar e insustituible (Cf.
Familiares Consortio, 50).
13. El primer objetivo concreto de la pastoral familiar debería ser la
formación en todas las parroquias de un núcleo de familias ejemplares
y conscientes de su misión en la Iglesia y en la sociedad civil. Todas serán
sujeto de evangelización con su testimonio. Algunas podrán animar también,
después de adecuada preparación específica, la pastoral familiar a nivel
parroquial y eventualmente a nivel diocesano. Sin parejas de
esposos animadores es prácticamente imposible desarrollar una
actividad incisiva en los principales capítulos de la pastoral familiar que hoy
es indispensable afrontar:
· educación al amor y valoración de la sexualidad;
· preparación de los novios al matrimonio;
· apoyo a las familias y a su formación permanente;
· cercanía a las convivencias irregulares y a las familias incompletas;
· compromiso civil de las familias en defensa de sus derechos;
· dignidad de la persona y respeto de la vida humana.
14. Precisamente sobre estos capítulos concretos de la pastoral familiar
invito a los participantes en este encuentro a concentrar su atención de modo
preferencial. Obviamente, el panorama de las cosas a considerar es más
amplio y la libertad de diálogo y de propuesta es total. Sin embargo, me
parece que nuestro encuentro será fructífero si logramos converger en algunos
objetivos bastante concretos. Por lo tanto, presento a su amable consideración
algunas preguntas:
a) ¿A nivel de base, qué tanto se puede contar con parejas de
esposos, ejemplares e idóneos, para la animación pastoral? ¿Cómo
prepararlas espiritualmente, doctrinalmente, metodológicamente?
b) ¿Cómo promover en las familias, en las escuelas y en las
parroquias una auténtica educación de los niños, de los adolescentes y de
los jóvenes al amor cristiano en general y al amor nupcial en
particular? ¿Cómo hacer comprender que la Iglesia no deprime, sino que exalta la
sexualidad y la alegría de vivir mientras la educación sexual, entendida como
información sobre la anatomía, sobre la fisiología y sobre la prevención de los
embarazos y de las enfermedades, dirigida al placer sexual, conduce a la
banalización del sexo y en definitiva a la tristeza? ¿Cómo hacer comprender que
los desórdenes sexuales, en cuanto instrumentalización de la persona humana, no
son insignificantes para la relación con Dios y con los demás?
c) ¿A qué objetivos tender en la preparación al
matrimonio de los novios que no han recibido una suficiente iniciación
cristiana? ¿Qué comporta construir itinerarios de tipo catecumenal, según la
indicación de la Familiaris Consortio en el n. 66? ¿Es posible proponer
itinerarios diferenciados en la misma comunidad eclesial, según las necesidades
de los novios y la disponibilidad de las parejas de esposos animadores? ¿Es
posible establecer un mínimo de tiempo en la duración igual en cada diócesis de
una misma Conferencia Episcopal, tendiendo, sin embargo, a una preparación más
completa, comprometedora y prolongada?
d) ¿Qué formas podría asumir el sostén pastoral a la
formación permanente de las familias? ¿La enseñanza de los métodos
naturales para la regulación de la fertilidad se ha difundido capilarmente? ¿Qué
tipo de apoyo se puede dar a las mujeres embarazadas para prevenir el aborto?
¿Cómo sostener el derecho-deber de los médicos, de los agentes sanitarios y de
los farmacéuticos a la objeción de conciencia contra el aborto? ¿Qué actitud
pastoral se ha de tener con las convivencias irregulares, en particular con los
divorciados que viven una nueva unión? ¿Cómo conciliar verdad y misericordia,
según las indicaciones de Juan Pablo II en Reconcilatio et poenitentia 34
y en Familiaris Consortio 34?
e) ¿Cómo resaltar, en el debate público, que la
familia, fundada en el matrimonio, produce grandes beneficios a la sociedad y
que, por tanto, tiene derecho a un sostenimiento cultural, jurídico,
económico, social y político, a diferencia de otras formas de convivencia? ¿Cómo
promover el crecimiento de las asociaciones familiares de inspiración cristiana
para tutelar eficazmente los derechos de las familias y la sacralidad de la vida
humana? ¿Cómo preparar políticos y opinion leadersfieles a la doctrina social y bioética de la Iglesia?
f) ¿Qué formas de colaboración se pueden
desarrollar entre los responsables de la pastoral familiar en los países de
América Latina? ¿Cómo intensificar la relación y la colaboración con el Consejo
Pontificio para la Familia?
15. Conclusión
La exigencia
de concreción me ha impulsado a someter a su atención todas estas preguntas. Me
doy cuenta, sin embargo, de que es necesario también un análisis profundo de la
situación y una reflexión teológica sobre los valores y los criterios de
orientación. Sobre todo es necesario que nosotros, como familia de Dios, estemos
unidos, también en estos días, en el amor recíproco y que invoquemos
insistentemente en la oración el don del Espíritu Santo para todas las familias
de América Latina: “Si el Señor no construye la casa, en vano se fatigan los
albañiles” (Sal 127, 1).
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