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XIII JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO
HOMILÍA DEL CARDENAL LOZANO BARRAGÁN, ENVIADO ESPECIAL DEL PAPA, EN
YAUNDÉ (CAMERÚN)
Viernes 11 de
febrero de 2005
Queridos hermanos y hermanas en Cristo:
Al designarme como su enviado especial para las celebraciones de la XIII Jornada
mundial del enfermo, el Santo Padre Juan Pablo II quiso estar representado de
modo oficial y público, manifestando así su unión y su particular solicitud
hacia los enfermos y los que los asisten, con el fin de proporcionarles el
consuelo celestial del alma.
Doy gracias a Dios, Señor de la vida, que me ha concedido la oportunidad de
celebrar la Eucaristía en este memorable santuario mariano de Mvolyé, en el
corazón del continente africano, diez años después de la Jornada celebrada en
1995 en el santuario mariano de María, Reina de la paz, en Yamusukro (Costa de
Marfil). La elección de África una vez más para la celebración de este
acontecimiento no sólo pone de manifiesto la atención particular que la Iglesia
católica presta a los problemas de este continente, sino también la voluntad de
aportar su contribución material, espiritual y moral ante los graves desafíos
que vive el continente africano, especialmente en el ámbito sanitario.
Expreso mi gratitud a todos los agentes pastorales de la Iglesia en Camerún, a
todas las autoridades civiles y políticas, a los organizadores de esta Jornada y
a todos los que participáis en esta celebración, por el espíritu de acogida, tan
arraigado en las tradiciones africanas, que nos habéis mostrado desde nuestra
llegada y, sobre todo, por la atención que prestáis a los problemas sanitarios.
El acontecimiento que celebramos hoy coincide con el aniversario de la
institución del Consejo pontificio para la pastoral de la salud, realizada por
el Papa Juan Pablo II el 11 de febrero de 1985. Este dicasterio pontificio tiene
como objetivo dar una respuesta a los últimos interrogantes de la existencia
humana, en particular a los problemas del sufrimiento, la enfermedad y la
muerte, a los que la Iglesia responde de modo vivo mediante la acción del
Espíritu Santo Consolador, que nos lleva a Cristo, muerto y resucitado. En este
sentido, el Consejo pontificio para la pastoral de la salud "sale al encuentro
de los heridos de la vida, para ofrecerles el amor de Cristo" (Mensaje del Papa
Juan Pablo II para la XIII Jornada mundial del enfermo, n. 5: L'Osservatore
Romano, edición en lengua española, 8 de octubre de 2004, p. 5) y manifiesta
"la solicitud de la Iglesia para con los enfermos, ayudando a los que prestan
servicio a los enfermos y a los que sufren" (Pastor bonus, 152). En pocas
palabras, el Consejo pontificio para la pastoral de la salud está al servicio de
la difusión del evangelio de la esperanza cristiana, tema del Mensaje del Papa
para esta Jornada, entre el personal sanitario y las personas que sufren. La
Jornada mundial del enfermo, por deseo del Santo Padre, ha sido puesta bajo el
patrocinio de María, Nuestra Señora de Lourdes, cuya memoria celebramos hoy,
invocándola como Consoladora de los afligidos y Salud de los enfermos.
Asimismo, quiero atraer vuestra atención hacia el hecho de que celebramos esta
Jornada en el marco del año litúrgico que el Santo Padre ha querido dedicar al
misterio de la Eucaristía, en la cual Jesús ofrece su cuerpo y su sangre,
dándonos así su vida, prenda de salvación para la humanidad. Cristo mismo nos
invita a imitarlo: "Haced esto en conmemoración mía" (Lc 22, 19-20). En
él todas las personas comprometidas en el campo de la pastoral de la salud
encuentran la fuerza necesaria para trabajar con fe, amor, generosidad, entrega
y altruismo, proporcionando consuelo, paz y esperanza a los enfermos y a las
personas que sufren.
En el misterio de la Eucaristía, sobre todo en el Viático, encontramos la
respuesta práctica a todos los problemas relacionados con la salud, puesto que
en la cruz se realizó la salvación del mundo. Al celebrar hoy esta liturgia
eucarística, momento culminante de la Jornada mundial del enfermo, hacemos
presente en África la realidad de la curación de la enfermedad con la
omnipotencia del Salvador.
En efecto, la Iglesia "reconoce el rostro de Cristo en los rasgos de toda
persona que sufre" (Mensaje del Papa
Juan Pablo II para la XIII Jornada mundial del enfermo, n. 5). Cristo se identifica con el personaje descrito en la primera
lectura, tomada del libro de Isaías: "No tenía apariencia ni presencia; lo
vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado por los hombres, varón de
dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se oculta el rostro;
despreciado y desestimado" (Is 53, 2-3).
También hoy, queridos hermanos y hermanas, en nuestra sociedad se dan numerosos
casos de personas abandonadas, despreciadas, las cuales necesitan nuestra
compasión y nuestra solidaridad, nuestra mirada de bondad y benevolencia;
necesitan experimentar el amor que Cristo les tiene mediante nuestra presencia
consoladora y la asistencia médica.
En la segunda lectura, san Pablo nos exhorta a aceptar el sufrimiento con total
abandono y plena confianza en el Padre, seguros de la victoria, de modo que nada
nos pueda separar del amor de Cristo (cf. Rm 8, 31-35): "Si Dios está
con nosotros, quién estará contra nosotros?". Eso implica que a nadie se le deje
solo en su soledad y en sus necesidades.
A este respecto, conserva toda su pertinencia la afirmación del Papa Juan Pablo
II en la exhortación apostólica postsinodal
Ecclesia in Africa: "África
es un continente en el que innumerables seres humanos -hombres y mujeres, niños
y jóvenes- están tendidos, de algún modo, al borde del camino, enfermos,
heridos, indefensos, marginados y abandonados. Tienen necesidad imperiosa de
buenos samaritanos que vengan en su ayuda" (n. 41). Con su solicitud y sus
palabras eficaces, Jesús cura al enfermo y le asegura su reinserción en la
sociedad: "Levántate, toma tu camilla y anda" (Jn 5, 8).
Desde luego, los profesionales de la salud no tienen, como Jesús, el poder de
devolver la salud a los enfermos con la sola fuerza de la palabra, pero poseen
los conocimientos y el arte de la curación, que les confieren una competencia
particular para responder a las necesidades vinculadas a la salud del enfermo.
En este sentido, ejercen su profesión dentro de instituciones médicas para curar
las enfermedades humanas, poniéndose así al servicio de la vida.
Son numerosos los obispos, los sacerdotes, los religiosos y las religiosas que
asisten a los enfermos en la Iglesia en África y algunos lo hacen sin tener ni
siquiera una formación médica específica; todos lo hacen con un corazón
rebosante de caridad, amor, compasión y delicadeza. Como el buen samaritano (cf.
Lc 10, 29-37), se detienen al lado de las personas que sufren y están
heridas, para prestarles su asistencia. Lo que cuenta es contribuir a formar
"personas que estén de pie, personas que caminen", es decir, personas sanas de
cuerpo y de espíritu, que se beneficien de la vida en abundancia que brota de
Cristo. Ayudan a los enfermos a configurarse a Cristo doliente, muerto y
resucitado, a unir su sufrimiento al sacrificio de Cristo para la salvación del
mundo, y a experimentar el consuelo espiritual, fruto de la esperanza cristiana.
Como dijo el Santo Padre, "en Cristo está la esperanza de la verdadera y plena
salud; la salvación que él trae es la verdadera respuesta a los interrogantes
últimos del hombre" (Mensaje del Papa
Juan Pablo II para la XIII Jornada mundial del enfermo, n. 6).
A ejemplo de Cristo, modelo perfecto de la entrega a los demás, los
profesionales de la salud -directores de hospitales y de centros sanitarios,
médicos, enfermeros y enfermeras, comadronas, investigadores, farmacéuticos,
capellanes, voluntarios, así como el personal paramédico- son los testigos del
amor y de la presencia de Cristo, y al mismo tiempo los artífices de la cultura
de la vida entre las familias probadas por la enfermedad y por sufrimientos de
todo tipo: niños desnutridos, abandonados, huérfanos; hombres y mujeres que han
perdido a miembros de su familia a causa de conflictos armados; personas
ancianas privadas del apoyo familiar; toxicodependientes, enfermos de sida, de
malaria o de tuberculosis.
En nombre del Santo Padre Juan Pablo II, deseo hacer un apremiante llamamiento a
todos los responsables del mundo para que cese el fragor de las armas, que están
en el origen de los grandes sufrimientos y de las enfermedades de las
poblaciones de África. Así pues, trabajemos juntos para construir la paz y
favorecer el desarrollo social, político y económico que África necesita con
tanta urgencia.
Por lo que atañe al sida, en esta ocasión deseo recordar lo que el Papa
recomienda a los profesionales de la salud: "Ofrezcan a los hermanos y hermanas
afectados por el sida todo el alivio moral y espiritual que puedan. A los
hombres de ciencia y a los responsables políticos de todo el mundo suplico con
viva insistencia que, movidos por el amor y el respeto que se deben a toda
persona humana, no escatimen medios capaces de poner fin a este azote" (Ecclesia in Africa, 116).
Para dar una aportación concreta en favor de los enfermos de sida de las
poblaciones expuestas a esta pandemia, así como a otras patologías emergentes,
el Papa Juan Pablo II acaba de crear una fundación llamada "El Buen Samaritano",
que tratará de responder a las numerosas necesidades que las comunidades
cristianas encuentran en este ámbito. Os exhorto a dar vuestra contribución,
como Iglesia en África, a esta institución. África será la principal
beneficiaria de esta fundación; en la Iglesia, como bien sabéis, se da y se
recibe, con espíritu de comunión fraterna. En este sentido, esperamos vuestra
valiosa ayuda con el fin de que se desarrolle la fundación "El Buen Samaritano"
y así pueda ayudar a los enfermos más necesitados en todo el mundo.
Para concluir, deseo rendir homenaje, con admiración, a la valentía y a la
entrega de muchos de ustedes que, con espíritu de abnegación y sacrificio,
trabajan en condiciones muy difíciles, a menudo en centros inadecuados, con gran
escasez de medios, para asistir a sus hermanos y hermanas enfermos. Me dirijo en
particular a las religiosas y a los religiosos que trabajan con heroísmo entre
las personas más necesitadas.
Saludo también con deferencia y doy las gracias a los diversos responsables de
las instituciones, tanto civiles como religiosas, en particular a los
gobernantes y a las Conferencias episcopales, por los progresos realizados en el
campo de la salud y los animo a colaborar y a comprometerse cada vez más en la
formación de un personal cualificado, en la educación para el respeto del valor
sagrado de la vida, en la creación de estructuras adecuadas, en el equipamiento
material de los centros sanitarios y en la organización de la prevención.
Precisamente en el campo de la prevención, y en particular ante el sida,
quisiera recordar con fuerza la eficacia absoluta de la fidelidad conyugal y de
la abstinencia antes del matrimonio. Os invito, además, a trabajar en favor de
la seguridad alimentaria y en la promoción de la previdencia sanitaria, con el
fin de contrarrestar de modo responsable la difusión de las enfermedades y
permitir así a todos el acceso a la asistencia sanitaria básica.
Que la Virgen María de Lourdes, Causa de nuestra alegría y Reina de la paz,
interceda en favor de los pueblos de África, y especialmente de las numerosas
personas enfermas y que sufren, así como del personal sanitario, a fin de que
encuentren en Jesucristo, Esperanza de África, el consuelo del alma y la fuerza
del servicio a los que sufren.
Amén.
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