La carta de los agentes pastorales. Una síntesis de ética
hipocrática y moral cristiana
Tengo el honor más que el peso de presentar La carta de los
agentes sanitarios. Pensando en el modo mejor para hacerlo, me ha parecido
oportuno, porque es más útil, recorrerla a vuelo de pájaro.
De esta manera resulta más clara la preocupación que empapa a todo
el texto, esto es, ayudar a cada agente sanitario a cumplir su servicio en favor
de la vida humana desde su inicio hasta su término natural. Un servicio
plenamente humano y específicamente cristiano. De este modo, esta
presentación desea hacer ver - y es muy importante captarlo
inmediatamente - que la Carta es prácticamente una síntesis
de la ética hipocrática y de la moral cristiana. Para lograr esta
intención bastante ambiciosa, iniciaré subrayando el origen divino
de toda vida humana y su retorno al mismo Dios. Después de esto describiré
la figura del agente sanitario como servidor de esta vida y, por consiguiente
también y sobre todo, del Autor de la misma. Finalmente, seguiré
la línea de la existencia humana: el generar, el vivir y el morir, como
puntos de referencia para reflexiones ético-pastorales.
1. Dios: alpha y omega de la vida humana
Cuando no había ningún hombre que trabajara el suelo e hiciera
subir de la tierra el agua para los canales y regara toda la superficie del
suelo, "Jahvéh Dios formó al hombre con polvo del suelo,
e insufló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un
ser viviente" [1]. De este gesto creador de Dios, la Iglesia deduce su
enseñanza que cada alma espiritual es creada directamente por Dios y es
inmortal, esto es, con la muerte ella no muere en el momento de su separación
del cuerpo; más áun, la Iglesia enseña también que
esta alma se unirá nuevamente al cuerpo en el momento de la resurrección
final. La vida del ser humano, de cada ser humano, no es producida por los
padres o por un laboratorio del hombre. Indiscutiblemente, la vida tiene un
origen divino [2]. En este sentido una frase el libro de Job es muy
significativa: "Si él (el Señor) retirara a sí su
soplo, si recogiera a sí su espíritu, a una
expiararía toda carne, el hombre al polvo volvería" [3]. No
es menos significativa la frase de Ezequiel sobre la resurrección: "Infundiré
mi espíritu en vosotros y viviréis" [4]. Realmente
sin el "soplo vivificador" de Dios el hombre volvería
simplemente a la nada. Pero entonces, si Dios anima el cuerpo, es decir le dá
la vida, lo más justo es que El y sólo El se atribuya el derecho
inalienable e inviolable d e disponer de la vida de cada ser humano desde su
concepción hasta su muerte natural. Juan Pablo II no titubea un
instante para proclamar, con una cierta solemnidad, este derecho divino: "La
vida humana es sagrada porque desde su inicio, comporta «la acción
creadora de Dios» y permanece siempre en una especial relación con
el Creador, su único fin. Sólo Dios es el Señor de la vida
desde su comienzo hasta su término: nadie y en ninguna circunstancia,
puede atribuirse el derecho de matar de modo directo a un ser humano inocente"
[5]. He aquí el contenido central de la moral cristiana sobre la
sacralidad y la inviolabilidad de la vida humana, de toda vida humana, de la
vida humana de cada uno. He aquí porque Jahvéh, al revelar sus
diez mandamientos de la Alianza, pone - y esto merece una atención
particular - el mandamiento «no matar» en el corazón de la
Alianza. Dios mismo se hace, no solamente
Juez de cada violación del mandamiento como defensa de la vida,
sino también y sobre todo Defensor del mandamiento colocado como
cimiento de la convivencia social [6]. Por tanto, con razón la moral
cristiana siempre ha proclamado y defendido y sigue proclamando y defendiendo
también hoy el valor incomparable de la vida de cada persona humana. Pero
también la ética hipocrática, expresada en su siempre
actual "Juramento", proclama y defiende desde hace más de dos
mil quinientos años este mismo valor de cada vida humana. No por nada, el
señor cardenal Fiorenzo Angelini, identifica en esta ética
permanentemente válida cuatro presupuestos: "Un profundo respeto de
la naturaleza en general; una concepción unitaria integral de la vida
humana, o mejor, del ser humano; una rigurosa relación entre ética
personal y ética profesional; una visión generalmente participada
del ejercicio del arte médico" [7]. En fin, así como para la ética
hipocrática también para la moral cristiana, la vida de cada ser
humano es un valor que no se discute, sino que se defiende y se cuida: en una
palabra, hay que ponerse a su servicio. Si este imperativo es válido para
todos, vale ante todo y sobre todo, para los agentes sanitarios. Esto es lo que
quiere decirnos la Carta que, repito, tengo el honor de presentar a esta
grande y honorable asamblea.
2. La figura de los agentes sanitarios
La actividad de los agentes sanitarios es la expresión de un
servicio profundamente humano y cristiano, justamente porque no es únicamente
técnica, sino también y sobre todo de entrega y amor a un
semejante, al prójimo. En efecto, al preocuparse por la vida de los demás,
los agentes sanitarios cumplen una acción realmente humana y cristiana de
profilaxis, de terapia y de rehabilitación de la salud humana como tutela
de la vida. Por esto la modalidad primera y emblemática de este darse al
cuidado constituye su presencia vigilante y solícita al lado de los
enfermos [8]. Por esto el servicio médico-sanitario se caracteriza
por una relación interpersonal muy particular: es un encuentro entre una
confianza y una conciencia. Se trata de la relación de «confianza»
de parte de una persona que necesita cuidado porque está afectada por la
enfermedad y, por consiguiente, por el sufrimiento, y de «conciencia»
de parte de una persona capaz de ocuparse de esta necesidad, mediante un
encuentro de asistencia, de cuidado y de sanación. Para el agente de la
salud el enfermo nunca es, o por lo menos no debería ser, un simple caso
clínico que hay que examinar "científicamente", sino que
es siempre una persona particularmente necesitada, por estar enferma, de simpatía
y, quizás, de empatía, en el sentido etimológico de los términos. "No
bastan la capacidad científica y profesional, se precisa también
la participación personal en las situaciones concretas del paciente
individual", esto es, se necesita: "disponibilidad, atención,
comprensión, comparticipación, benevolencia, paciencia, diálogo"
[9]. Para comprender mejor y con precisión la Carta es muy importante
tener en cuenta que esta entrega total del agente sanitario al servicio de cada
hombre enfermo encuentra su verdadero "objetivo" fundamento y su más
exigente "subjetivo", es decir que implica el fundamento en la visión
integral del mismo enfermo. Efectivamente, si analizamos hasta el fondo, la
enfermedad y el sufrimiento son fenómenos de la vida humana que plantean
interrogantes que trascienden la ciencia y la tecnología médica,
justamente porque se refieren a la esencia axiológica de la condición
existencial del hombre en la tierra. Desde este punto de vista el agente de la
salud, si es cristiano, esto es secuaz del Buen Samaritano, pero incluso si no
es cristiano, es decir, secuaz del humanísimo "laico" Hipócrates,
fácilmente entenderá que su profesión es una misión,
una vocación. Su actividad médico-sanitaria constituye entonces
una respuesta a una llamada trascendente que se delínea en el rostro
sufriente e invocador del paciente que ha sido confiado a sus cuidados. Su
amoroso cuidado a un enfermo, caracterizado por la simpatía y la empatía,
se convierte en un servicio semejante a la narración de la parábola
del Buen Samaritano y a lo que requiere el juramento del médico
hipocrático. Es por esto que profesión, vocación y
misión se encuentran en la figura de cada agente sanitario y a la luz
de la visión cristiana de la vida y de la salud, este "es
ministro de aquel Dios, que en la Escritura es presentado como «amante de
la vida» [10]. Servir a la vida es servir a Dios en el hombre: volverse
colaborador de Dios en la recuperación de la salud del cuerpo enfermo y
dar alabanza y gloria a Dios en la acogida amorosa de la vida, sobre todo si está
débil y enferma" [11]. No hay que maravillarse, pues, si la
Iglesia "ha mirado siempre a la medicina como un soporte importante de la
propia misión redentora cuando se confronta con el hombre. En efecto, en
el servicio al espíritu del hombre no puede efectuarse plenamente, si no
poniéndose como servicio a su unidad sicofísica. La Iglesia sabe
bien que el mal físico aprisiona el espíritu, así como el
mal del espíritu somete el cuerpo" [12]. La figura del agente
sanitario es, y por consiguiente debería ser cada vez más, la
imagen viva del Cristo-Buen Samaritano. "Médicos, enfermeros, los
demás agentes de la salud, voluntarios, son llamados a ser la imagen viva
de Cristo y de su Iglesia en el amor hacia los enfermos y los que sufren:
testimonios del «evangelio de la vida»" [13].
3. La fidelidad ético-moral frente a la sacralidad e
inviolabilidad de la vida
Una profesión, misión y vocación como la del agente
sanitario requiere, obviamente, una sólida preparación y una
continua formación ético-religiosa en materia moral en general y
en materia de bioética en particular. Frente a casos clínicos cada
vez más complejos, dadas las posibilidades biotecnológicas, todos
los agentes sanitarios, pero particularmente los médicos no pueden y no
deben ser dejados solos y con el peso de responsabilidades insostenibles. Sobre
todo, si pensamos que muchas de estas posibilidades se encuentran aún en
fase experimental y tienen una gran relevancia socio-sanitaria en el ámbito
de la salud y de la sanidad [14]. Ciertamente está en juego la verdadera
humanización de la ciencia y de la tecnología médica, es
decir, incluso en el campo de la medicina se debe construir "la civilización
del amor y de la vida, sin la cual la existencia de las personas y de la
sociedad pierde su significado más auténticamente humano"
[15]. Aquí está la principal intención de la presente Carta:
garantizar la fidelidad ética del agente sanitario para que, en sus
elecciones y en sus comportamientos al servicio de la vida, construya aquella
civilización del amor y de la vida, auspiciada por el Autor de la Evangelium
vitae. Es por esto que la Carta tiene en cuenta, como referencia de
reflexiones ético-religiosas y pastorales, el camino de la existencia
humana: el generar, el vivir, el morir [16].
3.1 La responsabilidad frente a la dignidad de la procreación
humana
La generación de un nuevo ser humano es, al mismo tiempo, un
acontecimiento humano y altamente religioso, en cuanto implica el amor unitivo
de los cónyuges como gesto de colaboración con Dios Creador. De
aquí resulta bien evidente que los agentes de la salud están
llamados a ayudar a los cónyuges-padres "a procrear con
responsabilidad, favoreciendo las condiciones, removiendo las dificultades y
tutelándola de un tecnicismo invasivo y no digno del procrear humano"
[17]. En este servicio, la moral distingue justamente entre manipulación
terapéutica y manipulación que altera el
patrimonio genético humano. "Ninguna utilidad social o científica
y ninguna razón ideológica podrán motivar jamás una
intervención sobre el genoma humano que no sea terapéutico, es
decir, que esté finalizado al desarrollo natural del ser humano! [18]. La
razón de este "no absoluto" la encontramos en la dignidad misma
de la procreación humana ya que el nuevo ser humano que nace de la unión
conyugal "trae consigo al mundo una particular imagen y semejanza de Dios
mismo: en la biología de la generación está inscrita
la genealogía de la persona" [19]. La concepción y la
generación de un nuevo ser humano no son un proyecto de las leyes de la
biología, sino un acontecimiento de cooperación conyugal para la
continuación de la creación divina. A este punto la Carta
indica que la colaboración procreadora de parte de los cónyuges
no es sólo el criterio de la diferencia antropológica y moral
entre métodos naturales y medios artificiales, sino también el
criterio de valoración en materia de procreación artificial. "La
dignidad de la persona humana exige que ésta venga a la existencia como
don de Dios y fruto del acto conyugal, propio y específico del amor
unitivo y procreativo entre los esposos, acto que por su misma naturaleza
resulta insustituible" [20]. Es por esto que es mucho más justo el
llamamiento a la responsabilidad de parte de los agentes sanitarios para que
favorezcan esta concepción humana y cristiana de la sexualidad, haciendo
accesible a los cónyuges y en primer lugar a los jóvenes, los
conocimientos necesarios para tener un comportamiento responsable y respetuoso
de la dignidad peculiar de la sexualidad humana, en general, y del acto conyugal
en particular [21]. Ante todo, los agentes sanitarios deberían ayudar a
los cónyuges a captar la diferencia antropológica y moral entre
asistencia natural y sustitución artificial en materia de procreación.
En lo que se refiere a esta última, deberían poner en claro que es
ilícita la fertilización in vitro con embryo trasfer no
solamente heteróloga sino también homóloga. Obviamente este
juicio moral concierne solamente a los modos de la fecundación y, de
ninguna manera al ser humano en cuestión, que debe ser acogido siempre
como don de Dios y educado con gran amor [22]. El servicio a la vida de los
agentes sanitarios inicia, pues, promoviendo el máximo respeto por la
originalidad del generar humano.
3.2 La responsabilidad de la salud y del vivir humano
Bajo la sabia y amorosa protección de Dios, desde la fecundación
comienza el maravilloso proceso de una nueva vida humana. A los agentes
sanitarios y, en particular, a los ginecólogos y comadronas corresponde "vigilar
con solicitud el admirable y misterioso proceso de la generación que se
realiza en el seno materno, con el fin de seguirle el mormal desarrollo y de
favorecerle el feliz éxito de dar a la luz la nueva criatura" [23]. Particularmente,
deben recordar la especial dignidad de cada vida humana: la dignidad de persona,
creada a imagen y semejanza de Dios. Los agentes sanitarios deben tener presente
ante todo que cada persona es una unidad de cuerpo y alma, por lo que a a través
del cuerpo se llega a la persona misma en su realidad concreta. "Cada
intervención sobre el cuerpo humano no se limita solamente a los tejidos,
órganos y sus funciones, sino que involucra también los diversos
niveles de la persona misma" [24]. De esto se deduce que el cuerpo, al ser
una realidad típicamente personal ya que revela a la persona en su relación
Dios, con los demás y con el mundo, es fundamento y fuente de exigencia
moral. No se puede disponer del cuerpo como si fuera un objeto propio, como una
cosa o un instrumento del cual somos propietarios y árbitros. Es por esto
que no todo lo que es técnicamente posible puede ser considerado
moralmente admisible [25]. La finalidad intrínseca de la profesión
de los agentes sanitarios es la afirmación del derecho del hombre a su
vida y a su dignidad. Les corresponde el deber, pues, de la tutela profiláctica
y terapéutica de la salud y de la curación de la vida de las
personas. "La enfermedad y el sufrimiento, en efecto, no son experiencias
que pertenecen exclusivamente al substrato físico del hombre, sino al
hombre en su inseguridad y en su unidad somático-espiritual" [26]. A
este punto se plantea el problema de la imposibilidad de curar al enfermo. De
manera que el agente sanitario está siempre obligado a practicar todos
los cuidados proporcionados, pero puede interrumpir lícitamente los
cuidados desproporcionados [27]. Aquí es muy importante el problema de la
humanización del dolor mediante la analgesia y la anestesia. Aunque para
el cristiano el dolor tiene un elevado significado penitencial y salvífico,
la misma caridad cristiana exige que los agentes sanitarios alivien el
sufrimiento físico [28]. Es aquí que se plantea de manera
urgente el problema del derecho fundamental del enfermo al cuidado pastoral y al
sacramento de la
Unción de los enfermos. Cada agente sanitario tiene el deber de
crear las condiciones para que, a quien se lo pide, tanto expresa que implícitamente,
se le asegure una adecuada asistencia religiosa. En efecto, "la experiencia
enseña que el hombre, necesitado de asistencia, sea preventiva, sea terapéutica,
manifiesta exigencias que van más allá de la patología orgánica
que padece. El espera del médico no solamente un cuidado adecuado -
tratamiento que, por lo demás, antes o después terminará
fatalmente por revelarse insuficiente - sino el apoyo humano de un hermano, que
sepa participarle una visión de la vida, en la cual también
encuentre su sentido el misterio del sufrimiento y de la muerte. Y de dónde
podría obtener, si no de la fe, tal pacífica respuesta a los
interrogantes supremos de la existencia?" [29].
3.3 Asistencia hasta el término natural
Cuando las condiciones de salud se deterioran de manera irreversible y
letal, es decir cuando el hombre entra en el estadio terminal de su existir
terreno, los agentes sanitarios están llamados a proporcionar una
asistencia especial al moribundo. "Nunca como en la proximidad de la muerte
y en la muerte misma es preciso celebrar y exaltar la vida... La actitud frente
al enfermo terminal es frecuentemente la prueba clave del sentido de justicia y
de caridad, de la nobleza de ánimo, de la responsabilidad y de la
capacidad profesional de los agentes de la salud, comenzando por los médicos"
[30]. Es el momento de sustraer el morir al fenómeno de la medicalización,
que se ocupa particularmente del aspecto biofísico de la enfermedad. En
esta fase, el primer cuidado es una presencia amorosa llena de atenciones y de
cuidados, que infunden confianza y esperanza de manera que en vez del rechazo de
la muerte tenga lugar su aceptación. Impotentes ante el misterio de la
muerte, la fe cristiana es la única fuente de serenidad y de paz. Por
tanto, el testimonio de fe y de esperanza en Cristo de parte del agente
sanitario tiene un papel determinante. Realizar una presencia de fe y de
esperanza es para los médicos y enfermeros la forma más elevada de
humanización y de cristianización del morir. En el enfermo
terminal, el derecho a la vida constituye un derecho a morir serenamente y con
la máxima dignidad humana y cristiana. Este derecho excluye toda forma de
obstinación terapéutica y, más aún, todo recurso
para poner fin a la vida [31]. "La eutanasia transtorna la relación
médico-paciente. De parte del paciente porque éste se
relaciona al médico como a aquel que puede asegurarle la muerte. De parte
del médico, porque ya no es más absoluto garante de la vida: y de él
el enfermo debe temer la muerte. El contacto médico-paciente es una
relación de confianza de vida y como tal debe permanecer. La eutanasia es
«un crimen» al que los agentes de la salud, garantes siempre y sólo
de la vida, no pueden cooperar de ningún modo" [32]. Esto mismo vale
para el aborto, incluso si el caso de la salud de la madre, del agravio de un
hijo además, de una grave malformación fetal, de un embarazo
originado por una violencia sexual implican bienes muy importantes. En efecto,
la vida es un bien tan primario y tan fundamental para que podamos ponerla en
comparación, de igualdad o hasta de inferioridad, con ciertos
inconvenientes aunque fueren gravísimos [33]. A este punto la síntesis
de la ética hipocrática y la moral cristiana es incontestable:
tanto la ética hipocrática como la moral cristiana rechazan toda
forma de aborto directo y de eutanasia directa sea activa o pasiva, porque se
trata de un acto de supresión de la vida prenatal y de un acto homicida
que ningún fin puede legitimar [34]. De aquí resulta la
diversidad del derecho para morir con dignidad humana y cristiana. "Este es
un derecho real y legítimo, que el personal de la salud está
llamado a salvaguardar, cuidando al moribundo y aceptando el natural desenlace
de la vida. Hay una diferencia radical entre «dar la muerte» y «consentir
el morir»: el primero es un acto supresivo de la vida, el segundo es
aceptarla hasta la muerte" [35]. Justamente en esta aceptación
de la fin de la vida terrena, cada servidor fiel de la vida vigila sobre este
cumplirse de la voluntad de Dios. De ningún modo se considera como árbitro
de la muerte, así como de ninguna manera se considera, árbitro de
la vida de alguien [36]. Antes bien, es entonces más que nunca consolador
para el moribundo que el agente sanitario dé testimonio de que la plena
participación a la vida divina es el fin al que el hombre que vive en
este mundo está orientado y llamado. Es entonces más que nunca
consolador hacer experimentar al enfermo terminal la presencia sacramental de
Cristo, "Verbo de la vida", mediante la Unción de los
Enfermos. "Todo hombre recibe ayuda para su salvación, si se
siente fortalecido por la confianza en Dios y obtiene nueva fuerza contra las
tentaciones del maligno y la ansiedad de la muerte" [37]. Esto mismo, y más
aún, vale para el encuentro eucarístico como Viático del
cuerpo y de la sangre de Cristo; según las mismas palabras de Cristo, la
Eucaristía nos abre las puertas de la resurrección: "El que
come mi carne y beve mi sangre tiene la vida eterna, y yo lo resuscitaré
en el último día".
Conclusión
Espero haberles demostrado lo que escribe en el prefacio nuestro
Presidente, el señor cardenal Fiorenzo Angelini, que ninguno de los
complejos problemas, planteados por la inseparable relación que existe
entre medicina y moral, puede considerarse actualmente como un terreno neutral
frente a la ética hipocrática y a la moral cristiana. Por esto la
Carta de los Agentes Sanitarios ha respetado rigurosamente la exigencia
de ofrecer una síntesis orgánica y completa de la Iglesia,
arrancando de Pío XII, sobre todo lo que se refiere a la afirmación,
en campo sanitario, del valor primario y fundamental de la vida de cada ser
humano desde su concepción hasta su muerte natural [38]. Concluyo
poniendo a propósito una particular atención al progreso y a la
difusión de la medicina y de la cirugía de los trasplantes que
permiten el cuidado y la sanación de muchos enfermos que hasta hace poco
sólo podían ser terminales. Se trata de un desafío para
amar, de manera completamente nueva, al prójimo por medio de la donación
de órganos para que este siga viviendo. La extracción de órganos
en los trasplantes homoplásticos naturalmente debe realizarse dentro de
los límites que pone la misma naturaleza humana, de donador vivo o cadáver
[39]. En el primer caso la extracción es lícita siempre que se
trate de órganos cuya resección no implica una grave e irreparable
disminución para el donador. En el segundo caso hay que respetar siempre
el cadáver como cadáver humano, incluso si ya no tiene más
la dignidad de sujeto y no tiene el valor de fin de una persona viviente. El
acto médico del transplante hace, pues, posible, el gesto de oblación
del donador como don sincero de sí que de este modo expresa su esencial
llamada humana y cristiana al amor y a la comunión [40]. Aquí
es paradigmática la intención de toda la Carta de los Agentes
Sanitarios sobre el servicio a la vida, esto es, responder a la llamada de
Cristo: "Vade et fac similiter".
P. BONIFACIO HONINGS, O.C.D Consultor de la Congregación
para la Doctrina de la Fe y del Pontificio Consejo para la Pastoral de los
Agentes Sanitarios
Notas
1 Génesis 2, 7; cf. Ibid. 2, 5-6. 2 Catecismo
de la Iglesia Católica, 366; en adelante citaré CIC. 3 Job
34, 14-15. 4 Ezequiel 37, 14. 5 JUAN PABLO
II,
Evangelium vitae 53; en adelante citaré
EV. 6 Cf. Ibidem. 7 FIORENZO
ANGELINI, Quel soffio sulla creta (El soplo sobre el barro), Roma 1990,
p. 377-378. 8 PONTIFICIO CONSEJO PARA LA PASTORAL DE LOS AGENTES
SANITARIOS, Carta de los Agentes sanitarios, Ciudad del Vaticano 1995,
Primera edición, n. 1; en adelante citaré,
Carta. 9 Carta, 2. 10 Sab
11, 26. 11 Cf. Carta, 4. 12 Carta, 5. 13 Citado
en Carta, 5. 14 Cf. Carta, 8. 15 EV,
27, citado en Carta, 9. 16 Cf.
Carta, 10. 17 Carta, 11. 18 JUAN PABLO II,
A la Unión Juristas Católicos Italianos, 5 de diciembre de
1987, en Insegnamenti X/3 (1987) 1295, citado en Carta, 13. 19 Carta,
15. 20 Carta, 22. 21 Cf.
Carta, 20-23. 22 Cf. Carta, 24-30. 23 Carta,
36 24 Carta, 40. 25 Cf. Carta, 44. 26 Carta,
53. 27 Cf. Carta, 64-45. 28 Cf. Carta, 68-71. 29 JUAN
PABLO II, Al Congreso Mundial de Médicos católicos, 3 de
octubre de 1982, en Insegnamenti V/3, 1982, p. 675, n. 6, citado en la
Carta, nota 212. 30 Carta, 115. 31 Cf. Carta,
119; 147-148. 32 Carta, 150. 33 Cf. Carta,
141. 34 Cf. Carta, 139; 147. 35 Carta, 148. 36 Cf.
Carta, 114. 37 Carta, 111. 38 Cf. Carta,
p. 5. 39
Cf. Carta, p. 5. 40 Cf. Carta, 86-91.
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