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CONSEJO PONTIFICIO PARA LOS LAICOS
DISCURSO DEL CARDENAL PRESIDENTE JAMES
FRANCIS STAFFORD
Me alegra estar aquí, en Porto San Giorgio, con vosotros, catequistas
itinerantes, venidos de todos los continentes y reunidos en oración de alabanza
y acción de gracias con motivo de la aprobación de los Estatutos del Camino
Neocatecumenal por parte del Consejo pontificio para los laicos. En efecto, el
pasado día 28, entregué a Kiko Argüello, Carmen Hernández y don Mario Pezzi
el decreto de aprobación de los Estatutos, firmado por mí, como presidente del
dicasterio, y por monseñor Stanislaw Rylko, como secretario del mismo, y que
lleva fecha del 29 de junio de 2002, solemnidad de San Pedro y San Pablo.
Ciertamente, se trata de un acto jurídico, pero de profundo significado
eclesial, y es preciso estar muy convencidos de esto. Se equivocaría quien
pensara que esa aprobación de los Estatutos es un mero acto burocrático. Por
el contrario, representa el cumplimiento de un vivo deseo del Santo Padre,
expresado ya desde el encuentro del 24 de enero de 1997 -que vosotros
ciertamente recordaréis- y reafirmado en la carta autógrafa que me dirigió el
5 de abril de 2001, con la que confirmaba al Consejo pontificio para los laicos
el encargo de llevar a término el delicado proceso de discernimiento y aprobación
de los Estatutos como "cita ineludible" para "la existencia
misma del Camino".
Mi breve discurso hoy abordará tres puntos principales: en primer lugar,
el gran don que el Camino Neocatecumenal representa para la Iglesia; en segundo
lugar, el significado del proceso de elaboración de los Estatutos y la
importancia de los Estatutos mismos; y, en tercer lugar, cuatro campos que
exigen atención especial en la vida del Camino, o sea, la relación con los
obispos, los sacerdotes y la parroquia en su conjunto, así como con las demás
comunidades eclesiales, y el respeto escrupuloso de la libertad del
individuo, con énfasis especial en el "fuero interno".
En repetidas ocasiones el Santo Padre había subrayado ya la abundancia de
frutos de conversión, fe madura, comunión fraterna e impulso misionero de las
comunidades neocatecumenales, reconociendo el Camino como "un itinerario de
formación católica, válida para la sociedad y para los tiempos actuales"
(AAS 82 [1990] 1513-1515). Además, no puedo por menos de recordar las
palabras que el Papa os dirigió con ocasión del 30° aniversario de vida del
Camino: "¡Cuánto habéis avanzado con la ayuda del Señor! El
Camino ha experimentado en estos años un desarrollo y una difusión en la
Iglesia verdaderamente impresionantes. (...) Como la semilla evangélica de
mostaza, treinta años después, se ha convertido en un gran árbol, que ya se
extiende a más de cien países del mundo", subrayando asimismo "la
abundancia de los dones que el Señor os ha concedido en estos años a vosotros
y, por medio de vosotros, a toda la Iglesia". Por eso, el Papa, en ese
discurso, insertaba este fecundo desarrollo vuestro en el marco del
florecimiento de carismas y de nuevos modos de expresión de la Iglesia en
cuanto misterio de comunión misionera (cf. Discurso del 24 de enero
de 1997, nn. 1-2).
Con todo, a este estimulante reconocimiento era preciso darle una respuesta
concreta mediante el examen y la consiguiente aprobación de los Estatutos del
Camino. La realidad tan consistente como compuesta, constituida por la presencia
de las comunidades neocatecumenales en numerosísimas diócesis y parroquias de
muchos países diversos, la obra de los catequistas itinerantes y de las
familias en misión, la existencia de más de cuarenta seminarios diocesanos
"Redemptoris Mater" vinculados a la experiencia del Camino, no podía
por menos de contar con una "clara y segura regla de vida" (cf. Juan
Pablo II, carta autógrafa del 5 de abril de 2001, n. 2), que se pudiera
traducir en la elaboración de unos Estatutos. Encomendándose únicamente a la
tradición oral, ¿no se corría el riesgo de indeterminación, dejándolo todo
a merced de eventuales arbitrariedades debidas a la falta de referencias
ciertas, conocidas y respetadas por todos? Hoy las normas de los
Estatutos aprobados por la Santa Sede -como lo dice claramente el decreto-
constituyen líneas-guía firmes y seguras para la vida del Camino.
La importancia de un Estatuto fue siempre captada muy claramente por los
iniciadores del Camino, los cuales, juntamente con algunos colaboradores, han
trabajado de forma incansable, en diálogo con nuestro dicasterio, para cumplir
el objetivo marcado por el Santo Padre con vistas al bien de la Iglesia y
especialmente del Camino Neocatecumenal mismo. Más de cinco años han sido
necesarios para el estudio de los diversos y sucesivos borradores de Estatutos,
sometidos al Consejo pontificio para los laicos. El diálogo ha sido intenso, a
veces incluso difícil, pero siempre ha estado guiado por un elevado sentido de
responsabilidad y caridad eclesial. Durante estos años, el Consejo pontificio
para los laicos ha actuado siempre en estrecha colaboración con los otros
dicasterios de la Curia romana directamente implicados en la cuestión, por razón
y en el ámbito de sus respectivas competencias.
La Congregación para la doctrina de la fe nos ha enviado diversas
observaciones, que han sido debidamente incorporadas al texto definitivo. En
estos años han sido numerosos los contactos con prelados y Conferencias
episcopales de todo el mundo para la valoración de la experiencia del Camino en
ámbito local, diocesano y nacional; asimismo, numerosos patriarcas, cardenales
y obispos han escrito al Santo Padre para impulsar el examen y la aprobación de
los Estatutos. Por nuestra parte, hemos realizado repetidas consultas con
expertos en el campo canónico y no hemos dejado de considerar con atención
otros numerosísimos testimonios y observaciones procedentes de personas que
conocen de cerca la experiencia del Camino. Este largo proceso de elaboración y
examen de los Estatutos ha sido, al mismo tiempo, ocasión providencial y tiempo
fuerte de discernimiento de la propuesta y de la experiencia del Camino
Neocatecumenal por parte de la Santa Sede, y se concluye con esta "garantía
ulterior de la autenticidad de vuestro carisma" (cf. Juan Pablo II, Discurso
del 24 de enero de 1997, n. 4; carta autógrafa citada, n. 2), como es la
aprobación de los Estatutos.
Los iniciadores del Camino y los que les han ayudado durante este proceso pueden
atestiguar el esmero con que el Consejo pontificio para los laicos ha cumplido
el mandato del Santo Padre en el ámbito de su competencia, así como la atención
y el respeto con que ha actuado para que se respetara íntegramente la realidad
del Camino según las líneas propuestas por sus iniciadores. En efecto, nuestro
dicasterio no tiene derecho a elaborar e imponer normas a las diversas
realidades, las cuales gozan de la libertad de expresar en los Estatutos
sometidos a la consideración de la Santa Sede el carisma, las finalidades, la
pedagogía, el "estilo" y las modalidades específicas de proceder y
actuar que les son propios. Por consiguiente, también en el caso del Camino, la
intervención de la autoridad eclesiástica se ha limitado a verificar y
asegurar la conformidad de los Estatutos con la doctrina y la disciplina de la
Iglesia, para que la experiencia del Camino pueda dar frutos aún mayores
"de radicalismo evangélico y de extraordinario impulso misionero que
produce en la vida de los fieles laicos, en las familias y en las comunidades
parroquiales, y la riqueza de vocaciones suscitadas a la vida sacerdotal y
religiosa" (Decreto del Consejo pontificio para los laicos, 29 de
junio de 2002), asegurando asimismo que estos frutos buenos se arraiguen cada
vez más en la tierra fecunda de la Iglesia católica.
Al mismo tiempo, la Santa Sede ha insistido mucho en algunos aspectos
fundamentales, hacia los que ahora quisiera atraer vuestra atención. Las
relaciones de los cristianos entre sí se rigen por la gran ley que nos dio san
Pablo: "Sed sumisos los unos a los otros en el temor de Cristo"
(Ef 5, 21). Este principio doctrinal y moral, arraigado en la dignidad de
todo bautizado, rige las relaciones entre todos los cristianos. En la última
parte del quinto capítulo de su carta, san Pablo aplica este principio a la
relación particular existente en el ámbito de la Iglesia.
Los primeros catequistas en la Iglesia son los obispos, sucesores de los Apóstoles,
consagrados por Dios y asistidos por el Espíritu Santo para ser buenos pastores
de su grey, al frente de las diversas Iglesias particulares y, por consiguiente,
encargados de la delicada y apremiante responsabilidad de anunciar el Evangelio
de Cristo, de ser dispensadores de los misterios divinos, de enseñar la verdad
de la fe y la doctrina segura, y de presidir a todos los fieles, reunidos en la
unidad de la caridad. Así pues, a los obispos, unidos al Santo Padre en el
Colegio apostólico, debéis hacer siempre referencia respetuosa y obediente.
Nada se ha de hacer sin el obispo. El Estatuto se da a los obispos -como se dice
en el decreto- como "apoyo importante" en su "paternal y
vigilante acompañamiento de las comunidades neocatecumenales" (cf. Decreto
del Consejo pontificio para los laicos, 29 de junio de 2002). El Estatuto es un
instrumento al servicio de la comunión y por eso es "instrumento al
servicio de los obispos" (cf. art. 5 de los Estatutos). Nos complace
recordar y aplicar aquí lo que decía el Santo Padre en su carta encíclica Redemptoris
missio, cuando, en el número 72, pedía a los obispos cordialidad y
magnanimidad en la acogida de las nuevas realidades presentes en las diócesis y
a aquellas un auténtico espíritu de humildad al proponer y seguir su camino,
insertándose en el entramado vivo y multiforme de las comunidades cristianas.
Es verdad que la aprobación de los Estatutos por parte de la Santa Sede es una
invitación y una garantía para que la experiencia del Camino siga desarrollándose
en muchas nuevas diócesis, quedando claro que, como dicen los Estatutos mismos,
toca a cada obispo "autorizar la actuación del Camino Neocatecumenal en la
diócesis" (art. 26) para que proceda en las parroquias donde ha sido
expresamente invitado. Por consiguiente, el Estatuto pone en manos del obispo
una gran responsabilidad. "Sed sumisos los unos a los otros en el temor de
Cristo": este principio rige las relaciones entre los obispos y todos
los que pertenecen al Camino.
La Santa Sede también se ha preocupado de precisar en los Estatutos la
importancia que conviene dar a la figura del párroco; de valorar la presencia,
en la comunidad neocatecumenal, del presbítero y su función de gobernar, enseñar
y santificar; así como de destacar el respeto debido a la vocación de los clérigos
y a la disciplina de los religiosos que recorren el Camino.
Ha sido muy bien acogida la fuerte afirmación de la salvaguardia del
"fuero interno" de las personas, que no tiende a restringir el
"camino" de conversión según la pedagogía propia de la comunidad,
sino a garantizar la libre opción de las personas, valorando al mismo tiempo
cada vez más el sacramento de la penitencia, según lo que recientemente indicó
el Santo Padre en el motu proprio "Misericordia Dei". Fueron
muchas las observaciones incorporadas al texto y en todo ello debo reconocer que
los iniciadores del Camino acogieron con obediencia e inteligencia lo que se les
propuso, que según ellos corresponde a la verdadera naturaleza y praxis del
Camino mismo.
De modo particular, quiero subrayar aquí el aspecto fundamental que representa
vuestra plena apertura de espíritu y efectiva disponibilidad a insertaros en
las comunidades cristianas parroquiales y diocesanas no sólo al servicio de los
que recorren el "Camino", sino también de toda la comunidad,
ofreciendo los dones y los talentos que el Señor os ha dado y, al mismo tiempo,
apreciando y valorando todo lo que el Espíritu suscita en la vida de los fieles
a través de diversos itinerarios de formación cristiana y de modalidades de
expresión de su misterio de santidad y comunión. San Pablo "pone como
culmen de sus exhortaciones, que describen una vida impregnada por el Espíritu,
la petición dirigida a todos los creyentes de ser sumisos los unos a los
otros...Además, los deberes se presentan como deberes recíprocos:
"Sed sumisos los unos a los otros en el temor de Cristo"" (C.S.
Keenan).
Encomiendo estos Estatutos a cada uno de vosotros, a la responsabilidad de cada
uno ante Dios. Todos sois corresponsables de adecuar vuestra actividad a la
regla que se os ha dado, cuyas normas se han de respetar íntegramente. En
efecto, los Estatutos han sido examinados y revisados hasta en sus más mínimos
detalles: cada expresión tiene un sentido. Deben ser siempre para todos y
cada uno de vosotros una guía iluminadora con vistas a un crecimiento fecundo
en la Iglesia y para la Iglesia.
Desde luego, no se puede pedir todo a un Estatuto. Al ser un instrumento jurídico,
no puede constituir una orientación sistemática y profunda en materia
doctrinal, litúrgica y catequética. En efecto, no es casualidad que los
Estatutos del Camino remitan explícitamente al Directorio catequístico
("Camino Neocatecumenal. Orientaciones a los equipos de catequistas")
cuyos diversos volúmenes habéis presentado a las Congregaciones competentes y
que espera el examen y la aprobación conjunta de la Congregación para la
doctrina de la fe, de la Congregación para el culto divino y la disciplina de
los sacramentos, y de la Congregación para el clero. La aprobación de los
Estatutos puede ser un apoyo autorizado y útil para el trabajo de revisión que
se está llevando a cabo actualmente.
Además, la aprobación de los Estatutos ha sido concedida "ad
experimentum" por un período de cinco años, lo cual compromete al Consejo
pontificio para los laicos no sólo a cumplir diligentemente el encargo que le
encomendó el Sumo Pontífice de "seguir acompañando al Camino también en
el futuro" (cf. Juan Pablo II, carta autógrafa citada, n. 3), sino también
a continuar el diálogo con los iniciadores del Camino para discernir y
verificar la aplicación de los Estatutos en la praxis del Camino mismo.
Lo que realmente importa es que estos Estatutos, aprobados por el Consejo
pontificio para los laicos de acuerdo con el deseo del Santo Padre, sean para
vosotros motivo de gratitud, alegría, seguridad y esperanza en vuestro camino,
así como llamada de la divina Providencia a una responsabilidad cada vez mayor
con respecto al don que el Señor os ha dado con vistas a la santificación de
las personas, la edificación de las comunidades cristianas, y un creciente
impulso de "nueva evangelización" hasta los últimos confines de la
tierra para mayor gloria de Dios.
A quien haya conocido el Camino Neocatecumenal le resulta familiar la
representación de la cruz gloriosa, que algunos tienen también en su casa. En
la catequesis para la convivencia del primer escrutinio, Kiko Argüello
proclama: "La cruz gloriosa es el secreto profundo del
cristianismo... La cruz es precisamente el camino de nuestra salvación".
La cruz de Jesús es la que informa el decreto y los Estatutos, cuya aprobación
celebramos hoy. El misterio de la cruz, en el que todo cristiano ha sido
bautizado, es un único misterio, el misterio del amor del Padre y del Hijo.
Hasta el final de su peregrinación terrena, el Hijo se abandonó con amor
obediente a Dios: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu"
(Lc 23, 46).
En estos años, en los que caminaréis juntos en la aplicación de estos
Estatutos, os pido que estéis atentos a todas las sendas que llevan a Dios,
indicadas por el amor obediente de Aquel que murió en la cruz. La aceptación y
aplicación fiel de los Estatutos, así como la obediencia al Santo Padre y a
los obispos de la Iglesia son centrales en la recompensa prometida a los que
siguen el camino marcado por las bienaventuranzas: "Una medida buena,
apretada, remecida, rebosante, será derramada en vuestro regazo" (Lc
6, 38).
El amor obediente exige la pobreza que informa las bienaventuranzas. Mediante el
amor obediente seréis llevados cada vez más al misterio de la plenitud de la
gloria de Dios revelada en la cruz de Jesús. Aquellos de entre vosotros que
caminan por estas sendas benditas serán como niños, como los ángeles, que ven
constantemente el rostro de Dios. Vuestra santa sencillez os desvelará la
indivisible simplicidad de Dios.
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