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Pontificio Consejo para la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes 1° Encuentro
Europeo de Directores Nacionales para la Pastoral de la Carretera Pastoral
de la mobilidad humana, con particular referencia a la carretera
S. E. Mons. Agostino MARCHETTO Secretario del Pontificio Consejo “Un
hombre descendía de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos bandidos
[...]. Un samaritano, que estaba en camino, pasando al lado lo vio y se apiadó
de él” (Lc 10, 30b-33). “El mundo es como una máscara de danza: si se quiere ver todo bien, es necesario no estar fijo en un punto” (Cinua Achebe). Un
signo de los tiempos
Creo que las dos citas iniciales de esta nuestra intervención indican bien la inspiración. Partamos del “no estar fijo en un punto”. La visión del mundo, en realidad, ha estado rediseñada también por el incremento y el desarrollo tecnológico de los medios de transporte. Por milenios la velocidad de locomoción estaba limitada a la simple andadura humana, y el transporte del material estaba restringido a lo que el hombre podía llevar sobre sus hombros. Como sabemos, la invención de la rueda y la utilización de animales domesticados han resultado ser después factores de mayor movilidad, llegándose, poco a poco, al desarrollo actual. En
este sentido, podemos mencionar aquí el Vaticano II que afirma: “es deber
permanente de la Iglesia escrutar los signos de los tiempos e interpretarlos a
la luz del Evangelio, de tal forma que, de un modo adaptado a cada generación,
pueda responder a los perennes interrogantes del hombre sobre el sentido de la
vida presente y futura así como sobre su mutua relación” (G.S., 4). El
fenómeno de la movilidad humana revela, en efecto, grandes valores, que le
convierten, además, en una bella y prometedora realidad de la época contemporánea,
y esto es un signo de los tiempos. Los
hombres que se mueven son, en realidad, personas que se encuentran, se
conocen y se descubren recíprocamente en su propia diversidad, que es al mismo
tiempo unidad, y en la respectiva potencialidad. Riesgo y fortuna para el
hombre de nuestro tiempo, el fenómeno de la movilidad humana comporta
ciertamente peligros de deshumanización, pero implica también posibilidad de
enriquecimiento humano y espiritual, de apertura, de acogida y de renovación
reciproca (cfr. G.S. 24). De este modo, como queda confirmado hoy en día,
la carretera asume para el protagonista de la novela “La paz como un río”
(L. Enger) la función de una escuela de vida en el que él aprende el
significado del sacrificio, de la esperanza y de la llegada de una salvación.
Por otra parte, se ha afirmado también en
el Concilio Vaticano II que el hecho fundamental del hombre es que no puede
realizarse como tal sino a través de la mediación de los demás, por la
palabra, la acción y el amor de los otros. Ninguna opción, ninguna apertura al
futuro es realizable sin una fundamental
dependencia de los otros y sin una profunda solidaridad con los demás (cfr. G.S.
25). Sí,
esto es verdad, - lo sabemos además por experiencia - y
en la medida en que la movilidad humana es posibilidad de encuentro entre
los hombres, también entonces es verdad que puede llegar a convertirse para el
hombre contemporáneo en ocasión de ser más hombre, una persona mejor. La
Iglesia tiene, pues, una palabra que decir, algo propio que ofrecer al
mundo de la movilidad humana, empeñándose a sí misma a fin de que no
falte la ayuda, el consuelo y el necesario apoyo. He aquí la actualidad de la
imagen del Buen Samaritano. Un
nuevo campo de apostolado
Pues
bien, no obstante los dramas y las incongruencias a las que asistimos con gran
pena, el mundo de hoy parece comprometido en un gran proyecto “humanístico”:
realizar sobre la tierra una vida digna del hombre, es decir, un modelo de vida
nuevo. ¿Pero,
en qué punto estamos a este respecto? Ha habido ciertamente grandes conquistas
en la edad contemporánea. Permaneciendo en el tema, se han hecho mucho más fáciles
y seguros los viajes y transportes; se han incrementado vertiginosamente las
relaciones y transportes comerciales; se han aumentado las comunicaciones entre
los hombres, con la práctica abolición de las distancias, gracias a los
mass-media. En expresión posteriormente común, el mundo se ha convertido en
una “aldea planetaria” (McLuhan). Pero también son muchas sus ambigüedades,
pensemos por ejemplo, permaneciendo siempre en nuestro campo pastoral, en el
respeto a la vida en la carretera y en la catástrofe diaria de los accidentes
viales. Pensando
en el primera dificultad de nuestro empeño, en nuestros tiempos de movilidad,
las grandes arterias de carreteras y autopistas asumen, pues, un papel primario
entre los factores de intercambio comercial y de comunicación, y eso mismo vale
también para las redes ferroviarias. Se convierten así en un sector vital
intensa y variadamente poblado, y se confirma el vertiginoso e incesante aumento
del tráfico vial a nivel local e
internacional. Consideremos, por ejemplo, algunos números, limitándonos al
sector turístico mundial en el 2001. Los turistas, refiriéndonos sólo a
aquellos internacionales, han alcanzado la cifra de 688.5 millones, de los
cuales 400.5 millones en Europa, estando en primer lugar Francia (75.6 millones,
y un incremento del 1.2% respecto al 2000), siguiéndole España (49.5 millones,
y un incremento del 3.4% sobre el 2000). Según la “Federación Europea de
Seguridad Vial”, cada año los muertos ascienden a 40.000 y a 1.7 millones los
heridos, solamente en los Países de la Unión Europea, mientras, en la misma área
geográfica, los muertos fueron 1.5 millones desde
1970 hasta hoy en día. Pero
ampliemos la visión, dado que son numerosas en realidad las categorías de
“protagonistas” de la carretera a partir de los transportistas de mercancías
de largo recorrido, para llegar a los automovilistas de los servicios públicos,
de autos y autopulman, a los turistas en busca de recreo, de reposo o de
enriquecimiento cultural, a los encargados de la seguridad en el tráfico, a los
distribuidores de carburante, a los talleres mecánicos, a las taquillas de
cobro, al socorro en carretera, a los lugares de comida, etc. He
aquí pues las dos columnas portadoras de nuestra reflexión y de
nuestra acción: la carretera y el ferrocarril. Quisiéramos
insertar aquí el mundo de los “habitantes de la calle”, de quienes no
tienen una morada fija, gente en movimiento por tanto, también objeto-sujeto de
nuestra solicitud pastoral, que Chiara Amirante traducía en poesía así: “Mi
casa es el mundo, mi tierra es el cielo, mi patria el corazón de cada hombre. Y
cada persona que encuentro es mi tesoro, en la oscuridad de las tinieblas allí
mi luz, en el lugar de la humanidad sufriente allí mi corazón”[1]. La
misión de la Iglesia como respuesta a este signo de los tiempos
Partamos
de un punto seguro que resulta clarísimo: los problemas que suscita y la
oportunidad apostólica que ofrece este mundo de la carretera, denso y
articulado, no pueden ser extraños a la preocupación de la Iglesia, y vosotros
sois, a un tiempo, los testigos y actores de ello. Pues bien, gracias también a
este Encuentro, trataremos de implicar a otras Conferencias Episcopales en esta
aventura pastoral. Constatamos
sin embargo que durante los últimos tiempos el “medio” de las autopistas y
de las estaciones ferroviarias ha sufrido una transformación radical. Se han
convertido, para nosotros, en verdaderas “plazas” y areópagos de
evangelización, en los que se satisfacen la mayor parte de las exigencias que,
en general, tiene el hombre, y donde también la Iglesia ha encontrado un
incipiente lugar de trabajo. A lo largo del serpenteo de no pocas autopistas y
en algunas estaciones ferroviarias, existe una capilla o/y un lugar de
oración y meditación religiosa. No pocos en realidad son los pasajeros,
empleados y trabajadores que advierten la exigencia de recogerse, incluso en un
ambiente frenético. Ello resulta, por ejemplo, de las reflexiones e intenciones
que aparecen escritas a veces sobre el apropiado registro de nuestras capillas.
Muchas personas sienten de hecho la necesidad de confiarse a Dios durante el
viaje (signo emblemático de nuestra vida, - como decíamos - ) y de hacerlo
presente en la propia existencia en movilidad. El
Capellán o el Asistente pastoral desarrolla así, en este sector, una misión
delicada e importante, aunque sea difícilmente delineable. Sobre todo se trata
de una presencia, de un testimonio de Cristo muerto y resucitado. Si bien la
relación que los viajantes y pasajeros instauran con el Capellán es, de
ordinario, normalmente breve, ello puede resultar muy significativo ,
especialmente si él es ministro “competente”, es decir, en grado de intuir
las situaciones y los momentos de tensión y dificultad del que encuentra, para
hacérselos momentos de gracia. Sirviéndose también de la ayuda de
voluntarios, el Capellán podrá pues empeñarse en este apostolado, llegando a
establecer un diálogo con el que no es católico o cristiano. Formación
a la responsabilidad, a la solidaridad y a la fraternidad cristianas en ambiente
vial y ferroviario
Partamos,
en nuestra reflexión a este respecto, de las palabras del Papa Pablo VI al
Automóvil Club de Italia: “¡Cuán penoso es constatar que los progresos
hechos en este sector, a parte de toda buena voluntad, son desgraciadamente
descuidados con frecuencia! El hermano mata todavía al hermano, no sólo en los
focos bélicos del mundo, sino también en las carreteras cuando descuida la
severa observancia de las normas relativas a la circulación vial. [...]
Elevamos por tanto, una vez más, nuestra voz firmemente para invitar y exhortar
a todos los hombres de buena voluntad a fin de que contribuyan a hacer de tal
manera que la tradición civil y cristiana, inspirada en los valores del
Evangelio, de la fraternidad, la amabilidad, el respeto mutuo, la ayuda recíproca
entren más a fondo y se vuelvan finalmente visibles también en este sector,
sometido, como cualquier otro de la vida humana, a las precisas normas de la Ley
de Dios y de la conciencia moral. Animamos a las Autoridades y a las
Asociaciones que, como la vuestra, se dedican a tan noble objetivo; e invitamos
a no perder el ánimo, confiados en que la innata nobleza del hombre sabrá
afirmarse siempre más en la educación vial”[2]. Pues
bien en medidas más o menos amplias, todos somos usuarios de la carretera y del
ferrocarril, mucho más que en el pasado, gracias a la mecanización y a
multiformes exigencias. Las vías de comunicación serán en adelante un factor
de influencia incluso de nuestra psicología, antes que del sistema de vida. Es
preciso un maduro conocimiento, pues, de todo lo que este fenómeno comporta, de
los riesgos y peligros, así como de las posibilidades de bien, de manera que la
carretera se convierta en un lugar
de ejercicio concreto de la responsabilidad, de la solidaridad y de la
fraternidad cristianas bajo la luz de las virtudes sociales - amabilidad, cortesía,
adaptación - y sobre todo caridad hacia el prójimo, amor cristiano que
previene, socorre, ayuda. Ahora bien, a la movilidad del mundo moderno debe
corresponder la movilidad de caridad pastoral de la Iglesia, de todos nosotros. Leemos
también en otro documento cuanto sigue: “La movilidad como tal no puede ser
considerada enemiga de la fe; y la Iglesia se esfuerza prudentemente en
valorizar aquellas virtualidades que la hacen instrumento de evangelización”[3].
A tan noble fin mira pues nuestra acción pastoral, en respuesta a la fuerza con
que este problema, en sus diferentes dimensiones, implica hoy a la Iglesia e
interpela a todos los componentes eclesiales. Para
esta empresa os hemos convocado pues, justo para escucharos en vuestras
experiencias, realizaciones y dificultades, para ponerlas en común
y ayudar también a otros a realizar la importancia de estas
“agoras”, nuevas y antiguas, para el anuncio de la Buena Nueva. Comenzamos
aquí hoy con vosotros, como Pontificio Consejo, un nuevo camino. Deberemos
crear e inventar muchas cosas - pienso - para responder
a los retos que el mundo de la movilidad humana nos presenta hoy en día.
Apreciamos mucho vuestra respuesta positiva (y
aquellas subyacentes de las Conferencias Episcopales a las que pertenecéis
o que representáis), a nuestra llamada, a nuestra cita, convencidos como
estamos de que daréis indicaciones útiles, fruto - lo repito - de vuestra
experiencia pastoral, para el
futuro desarrollo de la misión común. Estoy
seguro de nuestro enriquecimiento mutuo a través del diálogo y del compartir. Después
de todo, hemos de pensar también que recorrer la carretera, cualquiera que sea,
intentando conocer sus principales
“habitantes”, es una idea oportuna para iniciar nuestro renovado viaje
pastoral. Reside aquí la primera necesaria “acogida”, realidad clave para
la pastoral de los Migrantes e Itinerantes que nos compete. Termino
citando la sentencia que considera el “movimiento” como el nuevo “credo”
de la humanidad de hoy. Pues bien, buscaremos
la forma de hacer vivir este movimiento en fe, caridad y esperanza
cristianas. Resumiendo,
repito aquí las cuestiones que nos ocuparán en estos días, como os lo proponía
en la carta de convocación: Educación
vial, asociaciones
de inspiración cristiana, profesionales
de la carretera, capillas
y servicios religiosos en las autopistas, conexión
con el ferrocarril, posible
empeño con los sin morada fija (los “habitantes de la calle”). [1] Chiara Amirante, Stazione Termini. Storie di droga, aids, prostituzione, v. recensión en People on the Move, N. 90 del 2003). [2] Pablo VI, “'Las precisas normas de la Ley de Dios y de la conciencia moral en el uso de la carretera”, (30/XI/1972); Insegnamenti di Paolo VI, X (1972), pp.1220-1222. [3] Cf. Chiesa e mobilità umana, n. 7. |