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Pontificio Consejo para la Pastoral de los
Emigrantes e Itinerantes
Encuentro sobre la Pastoral del Turismo y
de Peregrinaciones
en Medio Oriente y África del Norte
La Pastoral del Turismo en la misión
evangelizadora de la Iglesia
S.E. Mons. Agostino MARCHETTO
El objetivo fundamental de nuestro encuentro es el de
proceder a un intercambio de experiencias que nos permita conocer las
actividades de los diferentes Países en relación con la Pastoral del Turismo y
nos permita, así, establecer algunas líneas de colaboración en aquellos
aspectos que nos son comunes, con visión de futuro. Sí, porque la Pastoral del
Turismo no es algo nuevo o que quede por inventar. Al contrario, el turismo ha
sido uno de los fenómenos del mundo moderno que la Iglesia ha seguido con mayor
atención y casi con espíritu profético. El turismo, en efecto, arrancó en un
espacio muy importante para la vida del cristiano y, creo poder afirmar, lleno
de significado teológico, es decir el tiempo libre, que es lo mismo que decir
tiempo de descanso, de reposo. El turismo recordaba, además, una práctica
religiosa también importante y presente en toda la historia de la Iglesia, la
Peregrinación; en algunos momentos, de hecho, el turismo se presenta casi como
una versión secularizada de la Peregrinación. La disposición de un mayor
tiempo libre, por otra parte, creó la imagen de un espacio de libertad, de un
tiempo que el hombre podía organizar en plena autonomía, y, en consecuencia,
hizo que se pensara – y se considere – como tiempo particularmente humano.
He señalado de forma bastante poco sistemática algunos
de los temas que deben entrar en nuestra consideración del turismo, para
aceptarlo, primero, y para
formular, después, los principios de nuestra respuesta pastoral. En el curso de
mi intervención, todavía, debo limitarme necesariamente a presentar aquellos
aspectos más relevantes y más significativos en la realidad concreta de los Países
aquí representados.
I. Historia reciente del turismo
A inicios del tercer milenio, podemos decir con razón que
el turismo ha alcanzado su fase de pleno desarrollo, capaz de vencer hasta el
trauma del 11 de septiembre. El fenómeno, de hecho, constituye actualmente una
realidad mundial, con un movimiento de unos 715 millones de turistas
internacionales, según los datos correspondientes a 2002, publicados por la
Organización Mundial del Turismo, y constituye una de las principales
actividades económicas mundiales. Hay que tener en cuenta, además, que, según
la misma OMT, el cálculo del turismo interior, es decir los desplazamientos por
turismo en el interior de los Países respectivos, puede obtenerse multiplicando
por diez la cifra anterior. El resultado nos parecerá inverosímil. Pero bastará
pensar, incluso en nuestros mismos países, los desplazamientos durante los
fines de semana, con motivo de las vacaciones escolares o de las fiestas
religiosas y populares, para que la cifra nos parezca casi razonable.
Todo este movimiento ha sido hecho posible por la evolución
en la reglamentación del tiempo de trabajo, que ha consolidado y ampliado un
mayor tiempo de descanso. Pero fue sobre todo con la introducción de las
vacaciones pagadas – por primera vez
en 1936 – cuando se ofreció una oportunidad insospechada para el turismo.
Tras el paréntesis de la Segunda Gran Guerra, la consecuencia de la
generalización de las vacaciones pagadas fue la explosión del turismo de masas
en los años 60 y siguientes.
El turismo de masas se basa fundamentalmente en la
capacidad de organizar y desplazar grandes grupos de personas según programas
preestablecidos. Los diferentes factores que entran en consideración, y que no
voy a detallar ahora, hacen que el turismo de masas se desarrollara
preferentemente como turismo de descanso en playas, con una fuerte concentración,
con escasas actividades alternativas y con poco contacto con la realidad del País
visitado. El turismo de masas, en sus inicios, resultó extremamente agresivo
para el medio ambiente, para la cultura de las comunidades locales e incluso
para la economía de los Estados de destino. A lo largo de los años se
ensayaron, también, modelos diferentes, manteniendo siempre las características
de origen. De este modo, el turismo de masas sigue representando una parte
dominante, abriendo nuevos destinos y causando, aún, graves perjuicios, más
tal vez en los aspectos sociales (relaciones laborales, explotación sexual...)
y culturales (erosión cultural, folklorización de costumbres
tradicionales...), que en los medioambientales.
Durante los años 80 y 90 ha habido una fuerte reacción a
este tipo de turismo y una consiguiente apertura a nuevos modelos. Dos factores
impulsaron esta reacción. En primer lugar fue una reacción de la misma
industria turística, al ver que con este fenómeno de masas se iban agotando
los recursos disponibles (por ejemplo las playas) a causa de la degradación.
Pero, por otra parte, un factor decisivo fue la generalización de un nuevo tipo
de turista, más interesado por los aspectos culturales de su viaje, con una
mayor conciencia ecológica y con un mayor deseo de ocupar su viaje con
actividades complementarias, como deporte, aventura, conocimiento del entorno,
de la historia, de las gentes. Para responder a estos nuevos intereses, la
industria turística ha ido creado nuevos modelos, nuevos tipos de turismo, que
la publicidad de las agencias ofrece hoy como “ecológico”,
“personalizado”, “exótico”, “étnico”, “solidario”, etc.
Tal vez será exagerado hablar de un cambio en el turismo.
Como decía, el turismo de masas sigue siendo un segmento importante del fenómeno
actual, y la masificación resulta, además, un momento casi ineludible de
cualquier nuevo modelo que se crea. El turismo de invierno, por ejemplo, en el
Centro de Europa, ha alcanzado grados de masificación casi insoportables. Lo
mismo podría decirse del turismo cultural. Basta recordar como ejemplo la
ciudad de Florencia, en Italia, o la Catedral de París, con sus más de diez
millones de visitantes al año. Como también serviría de ejemplo, en otras
proporciones, la famosa Paris-Dakar.
Pero, en parte por atender a las exigencias de una mayor
conciencia social, y en parte por asegurarse una expansión siempre mayor, la
industria turística está adoptando códigos de conducta más aceptables. Las
mismas agencias turísticas en sus asociaciones, así como las Organizaciones
internacionales del sector, están indicando nuevos parámetros para un turismo
que sea más respetuoso con el medioambiente, más adecuado al desarrollo de los
Países, en definitiva, más humano. Cabe destacar en este sentido, la adopción
del “Código de Ética Mundial para el Turismo”, aprobado por las Organización
Mundial del Turismo en 1999, y la “Declaración para un turismo responsable en
los destinos”, publicada con motivo de la Cumbre de Johannesburgo en agosto de
2002.
En estos documentos, que deben leerse en el contexto del
actual debate sobre la globalización y sobre las exigencias de un desarrollo
sostenible, el punto central de atención es la comunidad de acogida. Es una
nueva forma de considerar la aportación del turismo al desarrollo de los Países
receptores.
El turismo, en efecto, es considerado un factor de primera
importancia para el desarrollo. Durante los años de expansión del turismo de
masas, muchos Gobiernos vieron en el turismo una vía rápida al desarrollo, ya
que la explotación turística requiere relativamente pocas inversiones, emplea
fuerza laboral relativamente sin gran preparación y aporta réditos inmediatos.
Estas circunstancias resultaban atrayentes para muchos gobiernos, aunque en
realidad todos estos “beneficios” fueran más sustanciosos para los Países
de las agencias turísticas, que no para los pueblos receptores. De todas
formas, en la actualidad el turismo es la principal exportación para un tercio
de los Países en vías de desarrollo, ocupando un lugar importante en el 83 %
de ellos. En esta visión tenemos que pensar, también, nuestra presencia aquí.
La nueva “conducta” de la industria turística quiere
corregir la línea de actuación, vigente hasta ahora, favoreciendo una mayor
formación de los trabajadores, una más justa utilización de los recursos
propios de los Países (agricultura, artes tradicionales...), una presencia más
respetuoso y relacional de los turistas, y, en definitiva, una mayor participación
de la comunidad receptora en la planificación, explotación y participación en
los beneficios de la actividad turística. Son valores implícitamente
cristianos, religiosos. Así, de forma muy significativa, la Organización
Mundial del Turismo ha propuesto, como tema de la Jornada Mundial del Turismo
2003, el siguiente lema: “El turismo, elemento motor en la lucha contra la
pobreza, en la creación de empleo y en la armonía social”. Es un tema
humanamente importante y cierto.
Estas palabras encierran un futuro optimista, tal vez utópico,
para el desarrollo del turismo. Seguramente en los próximos años – y esto
nos interesa –, a pesar de las
dificultades presentes y futuras, los resultados estadísticos anunciarán
nuevos logros económicos para el turismo mundial. Seguramente resulta mucho más
incierto que estos resultados signifiquen realmente una mayor participación de
los Países receptores en los beneficios del turismo y, más incierto aún que,
gracias al turismo, aumente considerablemente la armonía social.
Con ello no pongo en cuestión las posibilidades con que
cuenta el turismo. Este fenómeno, en efecto, posee características
sustanciales para ser instrumento de mutuo conocimiento y aprecio entre las
personas, para facilitar el diálogo entre culturas y religiones, para reforzar
la paz y la solidariedad entre las naciones. De aquí nuestro interés y nuestra
convocación en Beirut. Pero estas condiciones solamente producirán fruto si
todos los implicados en el mundo del turismo así lo deciden y trabajan para
ello. Todo depende de la acción conjunta de los operadores y trabajadores del
sector, de los turistas y de las comunidades de acogida. Y este es, en resumen,
el objetivo que suscitó el interés de la Iglesia por el fenómeno turístico y
animó una práctica pastoral que, ahora, cuenta con muchos años de historia y
ha dado abundantes frutos.
II. Iglesia y Turismo
Nuestra Iglesia ha seguido con solicitud pastoral el largo
proceso del desarrollo turístico, percibiendo, desde primera hora, que constituía
un reto importante para su misión evangelizadora y que introducía claras
exigencias de renovación. Lo expresaba ya Pablo VI en 1964, diciendo: “La
Iglesia no puede ni debe desentenderse de un fenómeno tan amplio y tan
complejo; ella es consciente de que el turismo exige al servicio pastoral no
anclarse en actitudes tradicionales, sino crear nuevas formas que respondan al
ansia apostólica que a ella le comunica el mismo Salvador divino”.
La preocupación pastoral de la Iglesia se ha expresado en
numerosísimas intervenciones del Magisterio Pontificio, en especial a través
de los Mensajes que Su Santidad Juan Pablo II ha dirigido en los tres últimos años
con motivo de la Jornada Mundial del Turismo. Enseñanza que ha sido recogida en
dos documentos principales, quiero decir el
“Directorio General para la Pastoral del Turismo”, publicado en 1969, y más
recientemente, las “Orientaciones para la Pastoral del Turismo”, publicadas
por nuestro Pontificio Consejo en el 2001. Sobre la base de estos textos deseo
resumir ahora las líneas principales de una Pastoral del Turismo, para
confirmarnos en la importancia de nuestro encuentro. Empezamos con
a) los valores humanos del turismo
Tal fenómeno es apreciado, en primer lugar, como un modo
de emplear el tiempo libre. Ante todo es, pues, un espacio temporal que no está
sujeto a las obligaciones laborales y a los compromisos de la vida cotidiana. En
un mundo en que este ámbito laboral, y las obligaciones personales, están
profundamente dominadas por la técnica, el tiempo libre es considerado, pues,
por la Iglesia como un medio para “recuperar el déficit de humanidad”, en
expresión feliz de Juan Pablo II. Para ello se exhorta a la lectura, a la
reflexión sobre la vida personal, incluso al ejercicio físico recuperador.
Ocupa también un lugar importante el diálogo con las otras personas, la vida
familiar, el conocimiento de otros culturas y de otras gentes. El turismo
extiende el círculo de estas relaciones hacia otros Países, hacia culturas y
religiones diferentes, ofreciendo con ello la oportunidad de conocer mejor el
origen y el modo de ser de personas que muchas veces, por la emigración, forman
ya parte de la sociedad del propio turista.
Desde esta perspectiva, el fenómeno se valora como
instrumento de conocimiento y de diálogo entre las culturas y los pueblos, que
abre y estimula la cooperación y la solidariedad. Para un turismo de rostro
humano, es, sin embargo, primordial que en el destino esté una comunidad, con
su cultura y con sus realidades sociales, y que el turista no se limite a gozar
del paisaje o de los monumentos artísticos, ni mucho menos que se encierre en
un mundo artificial, ajeno a la realidad que le rodea, a pesar de que esta es
– preciso es reconocerlo – la tendencia dominante hoy en día.
Para ello es importante, por otra parte, que el País de
acogida, la comunidad local, se haga una idea correcta de lo que para él supone
el turismo, que valore bien la aportación que puede hacer a su desarrollo y los
peligros que puede suponer para su identidad cultural y social. Si es preciso,
la comunidad local debe hacer valer unos derechos que pueden llegar a imponer al
turismo ciertas condiciones y ciertos límites.
La calidad de la acogida se funda en la conciencia de la
propia identidad. Si la comunidad local, incluyendo sus autoridades, los
trabajadores, la sociedad en general, actúa en plena conciencia de su cultura,
de su patrimonio, de sus valores, sólo entonces está en grado de ofrecer una
acogida auténtica, enriquecedora para todos.
Otra componente fundamental es
b) la vivencia cristiana del turismo
El fenómeno que consideramos es una actividad humana que
forma parte del mundo que el cristiano debe trasformar a la luz del Evangelio de
Jesucristo. Sea cual sea su participación en el ámbito del turismo, como
agente promotor, como trabajador, como parte de la comunidad de acogida o como
turista, el fiel católico no debe sólo comportarse éticamente, sino que debe
ver en ello un medio para vivir su fe y para ofrecer un testimonio
evangelizador.
Las circunstancias del turismo ofrecen a cada uno según
su papel, posibilidades específicas para vivir aspectos de la espiritualidad
cristiana. Ante todo el tiempo libre, tiempo de descanso y de contacto con la
naturaleza o con el arte, ofrece la oportunidad de una profunda meditación
sobre el don de la Creación y de una respuesta contemplativa y litúrgica por
parte del hombre. Las páginas iniciales del Génesis, la meditación sobre la
Sabiduría o la llamada pascual a la esperanza de unos cielos nuevos y de una
tierra nueva, pueden iluminar el viaje del turista cristiano, ayudándole a
apreciar mejor la naturaleza y a comprometerse más decididamente en la
salvaguardia de la Creación, en perspectiva de Redención.
Es importante que en el turismo el católico no olvide,
pues, el aspecto litúrgico y contemplativo que va unido al tiempo del descanso.
Es un aspecto que, a menudo, las condiciones de trabajo o la avidez para
aprovechar el tiempo disponible por parte del turista, llevan a olvidar fácilmente.
Por eso es importante que las comunidades cristianas en los destinos turísticos
tomen como uno de sus objetivos centrales el de invitar los turistas a sus
celebraciones y a su vida comunitaria en general. Propongámoslo como utopía,
pero sería deseable que el turismo diera ocasión a una “visita eclesial”,
que los turistas tuvieran el deseo y la oportunidad de “convivir” con la
Iglesia del lugar, de experimentar la “catolicidad” de manera palpable,
visible.
Consideramos, como tercer punto,
c) el turismo como instrumento de evangelización, de
pastoral
En esta línea, y atendiendo a las particulares
circunstancias de los Países que Ustedes aquí representan, creo importante
detenernos en el papel que el turismo puede jugar en la misión
“evangelizadora” de la Iglesia. Abordar la Pastoral del Turismo desde este
aspecto, por otro lado, hace más fácil insertarla en el conjunto de la
pastoral ordinaria de la Diócesis, de las Eparquías, de las Parroquias. De
este modo, la Pastoral del Turismo dejará de ser algo marginal, un servicio
puramente fuera de la comunidad local, casi un esfuerzo que se realiza robando
recursos y tiempo a sus propias necesidades.
Sin duda el tema central que deberá presidir la Pastoral
del Turismo en estos vuestro Países es el de la acogida. Para las Orientaciones
la acogida es “el núcleo central de la Pastoral del Turismo” en general.
“Su expresión más profunda” es la acogida de los turistas en la celebración
eucarística. No voy a recordar aquí la riqueza teológica y eclesiológica que
envuelve la celebración eucarística. Me limito a sugerir que es precisamente
de esta riqueza de donde deben derivarse los principios pastorales fundamentales
para la acogida de los turistas, y esto es fundamental, también, para la
aceptación de esta pastoral específica en el contexto territorial de la
ordinaria
Incorporar en el seno la comunidad del lugar, aunque sea
de modo transitorio, a hermanos y hermanas de otra lengua, de otra cultura, de
otros horizontes sociales, pero de una misma fe, significa para ella una
apertura a la universalidad. El esfuerzo que sus miembros tendrán que hacer
para comprender a los visitantes – para comprenderlos no sólo a través de la
diferencia de lengua – es un estímulo para reflexionar sobre la propia fe y
para descubrir nuevas formas de su expresión. Al incorporar a la celebración
comunitaria a los turistas, la comunidad somete a prueba su autenticidad. Ahí
no valen – o no deberían valer – los recursos del “marketing”, tan
usuales en la propaganda turística, que velan la realidad o la adaptan a los
deseos del cliente. También en la celebración en que participan turistas, la
comunidad sigue confesando sus pecados, sigue orando por sus necesidades, sigue
dando gracias a Dios por sus riquezas. De esta forma, la comunidad se descubre
también ante el turista en toda su autenticidad. Y al hacerlo, invita al
turista a la “comunión”, a la “caridad”, para que su visita al País
extranjero sea de veras un acercamiento a los hermanos cristianos y en
humanidad. De esta forma, desde el corazón de su existencia creyente, desde la
Eucaristía, la comunidad local actúa para que también el turista encuentre en
su viaje un modo excepcional de vivir su fe, su “catolicidad”, de forma
concreta.
Como en toda acción pastoral, la Eucaristía es, en
efecto, como la cima y la fuente de la que todo deriva, y de ella surgen las
otras acciones e iniciativas que los miembros de la comunidad irán actuando en
su vida. Así, los trabajadores que atienden a los turistas, especialmente
quienes están en contacto más directo con ellos, podrán expresar esta
“espiritualidad” de la acogida en la atención respetuosa, en la
cordialidad, en la honestidad y en la invitación explícita a la participación
en las celebraciones de la comunidad, si así juzgan oportuno.
En no pocas ocasiones, según las estructuras turísticas
que se hayan desarrollado en el lugar, se ofrecerá o se buscará la ocasión de
celebrar la Eucaristía con respeto en los mismos centros turísticos. Al
hacerlo, ante todo, como es evidente, deben considerarse muy atentamente las
condiciones del lugar y del desarrollo de las celebraciones. Pero, además, debe
hacerse todo lo posible para que en dichas celebraciones no falte nunca la
presencia de la comunidad local, en cuanto sea posible
Sin duda, la “pastoral de la acogida” con que se
responde a la llegada de turistas suscitará otras muchas iniciativas, como en
realidad está ya sucediendo en vuestros Países, y por esto vamos a escucharnos
unos a otros. En unos casos será la adecuación de lugares específicos donde
los turistas puedan transcurrir unos días de reflexión personal o donde puedan
encontrar oportunidades de un contacto más directo con la población local, o
simplemente puedan visitar el lugar de una forma mucho más “fraternal”,
“informal”.
Sin embargo, habida cuenta de la procedencia mayoritaria
de los turistas que visitan vuestros Países, es obligado hacer referencia a un
aspecto que, en mi opinión, constituye un servicio importantísimo de vuestras
Iglesias a la universalidad eclesial, e incluso diría a la humanidad. Me
refiero al hecho que los turistas, que les visitan a Ustedes, tienen la
oportunidad de tomar contacto más directo con el Islam. Como sabéis de sobra,
y por propia experiencia, la convivencia religiosa y cultural con el Islam es
uno de los mayores retos planteados a vuestras comunidades, como lo está
empezando a ser al menos para algunas de las sociedades europeas. No es una
cuestión de fácil solución. Toda convivencia exige el diálogo y la adaptación
por parte de ambos interlocutores. Pero la visita a los Países donde el Islam
informa toda la cultura y la vida social, ofrece por lo menos la oportunidad de
obtener una información y una visión más directas. Ciertamente, la brevedad
de la visita no hará posible que este conocimiento se transmita de una forma
sistemática ni completa, pero hay que tener muy en cuenta la sicología del
turista, su sensibilidad y su acentuada receptividad a cuanto puede constituir
una experiencia valiosa y novedosa. En este sentido, estoy convencido que las
Iglesias locales cuentan con una riquísima tradición que es urgente poner al
servicio de esta misión que se les presenta hoy como una gran oportunidad de
servicio a las Iglesias hermanas de Europa y del mundo.
Por último, es conveniente también evaluar las
posibilidades que se ofrezcan a la Iglesia para desarrollar esta pastoral de la
acogida en colaboración con las autoridades del País y con los responsables de
la industria turística. Es una dimensión que corresponde ante todo a los
laicos. Ellos deben buscar el modo de contribuir a que las decisiones que se
toman en este campo sean impregnadas del sentido cristiano y humano que les enseña
su fe. Pero también la Iglesia como tal, en cuanto sea posible y oportuno,
manifestará su opinión, sus sugerencias, sus críticas, si fuere necesario, a
fin de que el desarrollo turístico proceda en el espíritu plasmado en los
documentos que mencioné al inicio de mi intervención.
En este punto, podemos pensar más en concreto, en la
participación de los jóvenes, que ahora buscan en el extranjero la salida a
sus problemas, dejando vuestras comunidades sin la linfa vital de la esperanza,
que las familias cristianas jóvenes representan. El sector turístico podría
ser, en un futuro de paz, una atracción posible y provechosa.
d) Las peregrinaciones
En nuestro encuentro vamos a ocuparnos también, en fin,
de las peregrinaciones. A este respecto me permito recordar los documentos que
nuestro Pontificio Consejo ha publicado sobre “La Peregrinación”,
que se completa con otro sobre “El Santuario”. No voy a entrar en
reflexiones sobre la Peregrinación como práctica religiosa o su importancia en
la historia de la Iglesia. Pienso que todos Ustedes las conocen muy bien y
poseen, sobre todo, una rica experiencia que podría testimoniar de la gracia
que reciben cuantos visitan los Santos Lugares u otros Santuarios de sus Países.
Desde nuestro trabajo en el Pontificio Consejo, creo poder
afirmar que en todo el mundo se está manifestando una nueva “primavera”
para las Peregrinaciones. Es, tal vez, expresión de una rasgo que impregna cada
vez más nuestro mundo, es decir la movilidad, pero es también la manifestación
del anhelo profundo de todo hombre de encontrarse con Dios, a pesar de todo.
“Fecisti nos Domine pro te et inquietum est cor nostrum donec requiescat in
Te” (S. Agustín, Confes.).
Al acoger los peregrinos que visitan vuestros Santuarios,
en particular los que proceden de otros Países, será oportuno tener presente
esta dimensión, que podríamos definir “antropológica - teológica”, que
caracteriza a muchos peregrinos de hoy en día. Es un discernimiento necesario,
puesto que junto a grupos de peregrinos que viven en sentido pleno un viaje
religioso, en otros casos el interés por la historia, por la cultura o por la
belleza del paisaje adquiere una relevancia importante. La sabiduría pastoral
consistirá en dispensar a todos una acogida adecuada, siempre cordial y
respetuosa, para que todos puedan acceder a la riqueza salvadora que se ofrece
en los Lugares Santos y en los Santuarios como mediación. Este tema fue
precisamente objeto de la reflexión del Tercer Congreso Europeo sobre los
Santuarios y las Peregrinaciones, que se celebró en marzo del 2002, en
Montserrat, España, bajo el lema “El Santuario, espacio para una acogida
fraterna y universal”.
En particular, creo que se puede muy bien aplicar también
aquí cuanto decía antes de la acogida, es decir, debe ser siempre
protagonizada por la comunidad local y no solamente por las personas
individualmente. En el caso de los Santuarios, la comunidad local no es un mero
guardián, es, por el contrario, su intérprete, su hermeneuta. Esto constituye
una responsabilidad y una misión que deben ser ejercida, ciertamente, sin
instrumentalizar los Santuarios, pero con una actitud que da pie para plantear
ciertas condiciones al peregrino, que le ayuden a cumplir mejor su visita.
Conclusión
La acogida, en fin, en un contexto islámico que considera
altamente este valor específico del turismo, determina el sentido de la
Pastoral del Turismo en los Países aquí representados. Acogida de Iglesia,
ante todo, que se dirige a todos los visitantes desde su historia de fe concreta
y condicionada por sus circunstancias sociales y culturales. Una acogida que
ofrece, en primer lugar, con los monumentos y los Santuarios también y sobre
todo, aquello que constituye su tesoro y su corazón, es decir la celebración
de la fe, la participación en la Eucaristía, la comunión de la caridad, en un
contexto cultural y litúrgico específico. Una acogida que debe hacerse
evangelizadora y humanizadora, al ayudar a los visitantes a vivir la riqueza de
su tiempo libre, al introducirlos en la convivencia cultural y religiosa, al
abrirles a la comprensión de la historia y a la tradición de otros Países, al
formarlos en la convicción de que todos los pueblos forman una única familia
universal.
En el documento “Orientaciones para la Pastoral del
Turismo”, éste es denominado como uno de los nuevos areópagos de
evangelización del mundo contemporáneo. En verdad, el turismo es como un
espacio abierto a muchas posibilidades evangelizadoras en un mundo global donde,
para algunos, parece no tener “lugar” la fe ni, tal vez, la religión. En
vuestros Países, que tantos critican por dejar demasiado espacio a la religión,
el turismo ofrece una apertura a la universalidad y a la convivencia que debemos
poner al servicio de la construcción del Reino de Dios.
El
turismo tiene vocación de libertad y de paz. La Pastoral del Turismo trabaja
por la libertad verdadera y por la paz en la justicia y en el amor. En esta
perspectiva, también nosotros, aquí en Beirut, en el Medio Oriente, celebramos
hoy el 40 aniversario de la “Pacem in terris”.
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