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 Pontifical Council for the Pastoral Care of Migrants and Itinerant People

People on the Move - N° 93,  December 2003, pp. 291-297

La Eucaristía, signo e instrumento 

de la unidad de la comunidad cristiana

S.E. Mons. Renato Ascencio León

Presidente de la Comisión Episcopal

para la Movilidad Humana, (Conf. Ep. Mexicana)

Agradezco la invitación que se me ha hecho para participar, como ponente, a este V Congreso Mundial para la Pastoral de los Migrantes e itinerantes y saludo con especial afecto a todos los participantes.

La migración, fenómeno de nuestro tiempo

La migración constituye uno de los perfiles inconfundibles de la modernización. A lo largo de un trabajo perseverante, se ha avanzado en una mejor conciencia sobre el fenómeno migratorio y en los diversos mecanismos para atenderlo.

La migración no puede separarse del desarrollo; sobre todo, no debe considerarse como un problema sino como lo que es en verdad: un factor de dinamismo que, por su naturaleza social, forma parte sustantiva de los procesos de globalización. Se trata de un fenómeno de carácter universal, si bien, en cada caso presenta manifestaciones específicas.

Por su característica de universalidad, la migración está asociada a la preservación de los derechos humanos como una condición inmanente de las personas, que las acompañan en todo momento, lugar y circunstancia, y que ha sido reconocida por la comunidad internacional como responsabilidad de los Estados.

Los migrantes no pierden sus derechos al transitar de un lugar a otro, ni los dejan como encargados a la jurisdicción de un Estadio para que los hagan valer a su regreso. Por esto es imperativo garantizar la promoción y el respeto irrestricto de los derechos humanos de los migrantes, sean o no indocumentados[1].

No obstante, cada día se nos hacen más cercanas las escenas tristes y lamentables que los diferentes medios de comunicación nos traen en relación a los migrantes. Con cuánta razón el Papa llama: ”vergonzosa plaga de nuestro tiempo” a este doloroso fenómeno que es generado, en la mayoría de los casos, por la pobreza e incluso por la miseria de los países expulsores o por los conflictos bélicos que tienen sus raíces, tantas veces, en la incomprensión y en la intolerancia.

Casi a diario la prensa internacional nos hace cercanas las escenas más tristes y lamentables que podamos imaginarnos: grupos de migrantes que mueren en su intento por llegar a un país en busca del sustento para ellos y su familia; no pocas veces en esos grupos se encuentran mujeres, mujeres embarazadas y niños. ¡Cuántas veces encuentran la muerte en su intento! De la misma manera, nos enteramos de los desplazamientos humanos generados por la violencia fratricida en muchas naciones; miles y miles de personas forman esa población que habita en el país de nadie, en la tierra sin esperanza, sin solución a la vista para su situación, sin ningún derecho y, a veces, sin ayuda.

Vengo, no sólo de un país sino, de una Diócesis que limita exactamente con el País que atrae migrantes de toda la tierra; por nuestra Diócesis pasan miles de personas a los Estados Unidos de América, rumbo al “sueño americano”. Vivimos de cerca la tragedia de quienes desde Centro y Sudamérica, incluso de países del lejano Oriente y Europa, hacen la larga, peligrosa y dolorosa peregrinación en busca de mejores condiciones de vida.

El Santo Padre ha sido especialmente sensible a este fenómeno y ha desplegado su presencia, mediante los recursos diplomáticos, en los diversos organismos internacionales con el fin de generar conciencia y voluntad para que el calvario de millones de personas que se debaten en esa situación sean atendidas con prontitud, reconociéndoles sus derechos humanos.   

¿Cómo enfrentar desde la originalidad de nuestra fe el fenómeno, tantas veces doloroso y dramático, de la movilidad humana en todas sus variantes? ¿Cuál debe ser el motivo inspirador para responder al reto que plantea la movilidad humana desde nuestra fe?

“La emigración humana, nos dice el Papa en su mensaje del día del migrante de este año, se ha convertido en un fenómeno global actual e implica a todas las naciones, ya sean países de salida o de llegada. Afecta a millones de seres humanos, y plantea desafíos que la Iglesia peregrina, al servicio de toda la familia humana, no puede dejar de asumir y de afrontar con el espíritu evangélico de caridad universal[2]” 

¿De dónde sacaremos fortaleza y decisión suficientes para superar el egoísmo y la indiferencia, actitudes tan propias de nuestra cultura actual? “Los cristianos, afirma el Papa, cada vez más arraigados en Cristo, deben esforzarse por superar toda tendencia a encerrase en sí mismos, y aprender a discernir en las personas de otras culturas la obra de Dios. Sólo un amor auténticamente evangélico será suficientemente fuerte para ayudar a las comunidades a pasar de la mera tolerancia en relación con los demás al respeto real a sus diferencias. Sólo la gracia redentora de Cristo puede hacernos vencer este desafío diario de transformar el egoísmo en generosidad, el temor en apertura y el rechazo en solidaridad[3]”.

La Eucaristía motivo inspirador de la unidad

La Eucaristía constituye, por su misma naturaleza, una fuente inagotable de gracia que nos impulsa al amor comprometido con nuestro prójimo; la Eucaristía es inigualable escuela de amor al prójimo porque nos habla del amor, el respeto y la estima que Dios tiene por cada hombre y cada mujer, al grado de dársele en alimento. La Eucaristía, vivida y compartida, es el motivo inspirador más profundo para lograr la tan deseada unidad y solidaridad, indispensable para salir al encuentro del hermano que sufre. La Eucaristía nos vincula íntimamente a Cristo y es a partir de El como podremos dar una respuesta al clamoroso fenómeno de la migración humana.

“Ecclesia de Eucharistia”

El Jueves Santo pasado (17.04.03) el Santo Padre nos ha obsequiado una hermosa encíclica sobre la Eucaristía. El título expresa la íntima esencia de la naturaleza y relación de la Eucaristía y la Iglesia: «Ecclesia de Eucharistia». En efecto, no es la Iglesia la que hace la Eucaristía, sino la Eucaristía la que hace a la Iglesia. “La Iglesia vive de la Eucaristía. Esta verdad no expresa solamente una experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en síntesis el núcleo del Misterio de la Iglesia. Esta experimenta con alegría cómo se realiza continuamente, en múltiples formas, la promesa del Señor: «He aquí que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo» ; en la sagrada Eucaristía, por la transformación del pan y el vino en el cuerpo y en la sangre del Señor, se alegra de esta presencia con una intensidad única. Desde que, en Pentecostés, la Iglesia, Pueblo de la Nueva Alianza, ha empezado su peregrinación hacia la patria celeste, este divino Sacramento ha marcado sus días, llenándolos de confiada esperanza[4]”. 

La Iglesia Cuerpo de Cristo

Esta expresión consagrada por el Apóstol Pablo puede darnos una magnífica pista de meditación para nuestro tema. Todo parece indicar, según los estudiosos, que fue a partir de la Eucaristía como Pablo llegó a concebir la idea de la Iglesia como Cuerpo de Cristo. El texto fundamental para esta idea aparece en la Primera Carta a los Corintios – la primera gran catequesis apostólica sobre la Eucaristía – en el fragmento en el que Pablo advierte a la comunidad sobre el terrible peligro de la idolatría: “Así pues, queridos míos, huid de la idolatría. Hablo a gente entendida, juzgad por vosotros mismos. La copa de bendición que bendecimos ¿no es comunión con la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? Es un único pan y uno el cuerpo que formamos aún siendo muchos, porque todos compartimos el mismo pan[5]” .

El Apóstol hace una profunda reflexión teológica que descansa sobre el significado de la comunión y participación de los cristianos en la Cena del Señor. La palabra clave – koinonia – es el motivo literario y se refiere a la comensalidad religiosa y participativa de los fieles en el banquete eucarístico.

En la Cena del Señor los creyentes se unen y participan en el misterio de la Sangre y el Cuerpo de Cristo, lo que equivale a decir que participan en su muerte. En este momento de su catequesis el Apóstol no destaca el milagro de la transformación del vino y el pan en la Sangre y Cuerpo de Jesús, sino más bien, la participación de aquellos que celebran el rito eucarístico, que consiste en beber la copa y comer el pan, es decir, que participan en el misterio de la muerte de Cristo. Es evidente que el Apóstol Pablo entiende esto como un acontecimiento salvífico. Y los creyentes tienen parte en él mediante el sacramento.

En seguida el Apóstol pasa al tema de la relación de la Eucaristía y la comunidad de los creyentes: “Siendo un solo pan, nosotros formamos un solo cuerpo, porque todos participamos de un único pan”. Eso es lo que hace la Eucaristía de la Iglesia, consuma la unidad, alimenta la caridad, inflama la esperanza de los creyentes para que éstos sean en el mundo los testigos del amor invencible de Dios que se manifiesta en el misterio pascual de Cristo. La aportación teológica original paulina está en esta hermosa frase: somos muchos, somos una variedad de creyentes extendidos por toda la “oikuméne” pero que podemos llegar a formar una única unidad gracias a que todos participamos de un mismo pan, el Pan Eucarístico.

Comer juntos, en paz y en comunión fraternal, el mismo pan, es un gesto que crea vínculos tan profundos que deben llegar a formar, y de hecho forman, una unidad profundísima entre los creyentes.  Es la participación en la Eucaristía la fuente y la plenitud de la unidad que Cristo pide al Padre para los suyos[6].

“La Eucaristía, dice el Papa, crea comunión y educa a la comunión”. Y San Pablo escribía a los fieles de Corinto manifestando el gran contraste de sus divisiones en las asambleas eucarísticas con lo que estaban celebrando, la Cena del Señor[7].

Consecuentemente, el Apóstol les invitaba a reflexionar sobre la verdadera realidad de la Eucaristía con el fin de hacerlos volver al espíritu de comunión fraternal. San Agustín se hizo eco de esta exigencia de manera elocuente cuando, al recordar las palabras del Apóstol: «vosotros sois el cuerpo de Cristo, y sus miembros cada uno por su parte[8]», observaba: «Si vosotros sois el cuerpo y los miembros de Cristo, sobre la mesa del Señor está el misterio que sois vosotros mismos y recibís el misterio que sois vosotros[9]». Y, de esta constatación, concluía: «Cristo el Señor (...) consagró en su mesa el misterio de nuestra paz y unidad. El que recibe el misterio de la unidad y no posee el vínculo de la paz, no recibe un misterio para provecho propio, sino un testimonio contra sí»”[10] .

En varias ocasiones el Apóstol Pablo hace alusión al tema del “Cuerpo de Cristo”[11] . Tal vez Pablo toma del mundo cultural de su tiempo esta idea. El busca subrayar la unidad y la pluralidad de una grandeza, tal como es la Iglesia, permaneciendo siempre una realidad compuesta. Somos muchos pero formamos un único cuerpo por la simple razón de que participamos de un único pan. Es pues en base de la comensalidad eucarística que los creyentes llegan a la unidad “horizontal” propia del tejido comunitario de la Iglesia. Pero no es eliminada la referencia a Cristo, la “relación vertical”. Al contrario, lo que esta en cuestión no es cualquier forma de comensalidad participativa, de cualquier forma de convivencia, antes bien, la comensalidad eucarística que es participación en la muerte de Cristo: “la copa de bendición que bendecimos ¿no es comunión con la Sangre de Cristo? El pan que partimos ¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo?[12] .

Lo que fundamenta, pues, la unidad de los cristianos, lo que establece la más estrecha solidaridad que los lleva a alegrarse con los que se alegran y a llorar con los que lloran[13], no es una mera convivencia amistosa, sino la participación de los creyentes en la misma realidad salvífica de la muerte de Cristo, significada y causada por la Cena del Señor.

Con cuanta razón ha escrito G. Barbaglio en su comentario a la Primera de los Corintios: “No hay quien no vea cómo este desarrollo teológico, típicamente paulino, se ponga en alternativa al sacramentalismo individualista de los corintios. La Eucaristía no se consuma, como experiencia salvífica al interno del «yo» espiritual del creyente particular, sino que pone todo bajo el signo de una comprometida solidaridad eclesial”[14].

La teología de los santos padres aceptaba, sin vacilación alguna, el estilo del lenguaje paulino. Su unanimidad es impresionante: «por medio de un solo Cuerpo, el suyo propio, santifica a los fieles en la comunión misteriosa, haciendo de ellos un mismo cuerpo con El y entre ellos mismos»[15]. Ya en edad media, en un texto atribuido a San Alberto Magno se lee: «No es posible encontrar ninguna otra razón de que se llamara a la Iglesia y fuera realmente el Cuerpo de Cristo más que el hecho de que, al darle su propio cuerpo, Cristo la transforma en sí mismo, para que se haga Cuerpo suyo y todos sean miembros suyos»[16]

No debe extrañarnos, pues, la enseñanza constante y unánime del magisterio invitándonos a valorar la Eucaristía como el lugar privilegiado del encuentro de los hermanos entre sí y de todos ellos con Cristo, “porque si la sagrada liturgia ocupa el primer puesto en la vida de la Iglesia, el misterio eucarístico es como el corazón y el centro de la sagrada liturgia, por ser la fuente de la vida que nos purifica y nos fortalece, de modo que vivamos no ya para nosotros, sino para Dios, y nos unamos entre nosotros mismos con el estrechísmo vínculo de la caridad”[17].

En la participación plena, consciente y activa de la Eucaristía, encontremos el motivo de inspiración más precioso para salir al encuentro de los hermanos, para buscar por todos los medios la unidad y la caridad que deben ser la savia que alimente el tejido eclesial. No en vano, en los distintos documentos en los que se habla de la necesidad de salir al encuentro de los “cristos migrantes” que van por el mundo llevando a cuestas su dolor y sus esperanzas, se hace hincapié en la necesidad de que las parroquias se conviertan en lugares de acogida como un reflejo fiel de la vivencia eucarística.

La participación en la Eucaristía no sería real, algo esencial le faltaría, si no desembocara en el amor comprometido al prójimo, sobre todo a los más pobres y desamparados.

Qué hermosas palabras nos ha dejado el Santo Padre en el documento Dominicae Coenae: “El auténtico sentido de la eucaristía se convierte de por sí en escuela de amor activo al prójimo. Sabemos que es éste el orden verdadero e integral del amor que nos ha enseñado el Señor: «En esto conoceréis que sois mis discípulos: si tenéis amor los unos para con los otros»[18] . La Eucaristía nos educa para ese amor del modo más profundo; en efecto, demuestra qué valor debe tener a los ojos de Dios todo hombre, nuestro hermano, nuestra hermana, si Cristo se ofrece a sí mismo de igual modo a cada uno bajo las especies de pan y vino. Si nuestro culto eucarístico es auténtico, debe hacer aumentar en nosotros la conciencia de dignidad de hombre. La conciencia de esa dignidad se convierte en el motivo más profundo de nuestra relación con el prójimo”[19]. En efecto, un banquete celebrado, pues, en común es por naturaleza creador de vínculos fraternales, tal es la dinámica de las comidas en la cultura mediterránea, sobe todo el significado que éstas tuvieron, según el Evangelio de Lucas, en la vida de Jesús. El Banquete Eucarístico posee esa virtud en sumo grado porque realiza y consuma eficazmente la unidad que hace posible el misterio de la Iglesia; porque ese pan es el Cuerpo de Cristo en el poder del Espíritu de la Resurrección, de ese Espíritu que incorpora el mundo a Cristo.

Somos un solo cuerpo porque participamos de un único pan. La eucaristía es pues el signo y el instrumento de la unidad y el motivo supremo del amor en la Iglesia. La Iglesia es único Cuerpo de Cristo, lugar viviente de su señorío salvífico conocido, acogido y vivido en la comunidad fraterna de los fieles.

La celebración y la vivencia del misterio eucarístico debe ser por lo tanto, la fuente de inspiración para descubrir en la caridad el rostro sufriente de Cristo en todos nuestros hermanos migrantes, refugiados y desplazados que en la redondez de la tierra sufren la triste consecuencia del egoísmo y de la violencia fratricida.

Sírvanos para concluir las palabras del Papa dirigidas al Alto Comisionado de la ONU para los refugiados, “La Pastoral para los Migrantes, Itinerantes y refugiados. Un reto a la Solidaridad”: «La responsabilidad de ofrecer acogida, solidaridad y asistencia a los refugiados y migrantes, es sobre todo de las Iglesias Particulares. Está llamada a encarnar las exigencias del Evangelio yendo al encuentro, sin distinciones, de éstas personas en el momento de la necesidad y de la soledad; su obligación asume varias formas: contacto personal, defensa de los derechos de cada uno y del grupo, publicación de la injusticias que están a la raíz del mal, educación contra la xenofobia, institución del grupo de voluntariado y de fondos de emergencia, asistencia espiritual. Debe intentarse inculcar también en los migrantes un comportamiento respetuoso y de apertura a la sociedad que los acoge»[20]. La Eucaristía, que hace de muchos un solo cuerpo, es un poderoso motivo evangélico impulsor para afrontar, desde nuestra fe, el reto que nos plantea la movilidad humana.

Que María, Arca de la Nueva Alianza, Madre de la Iglesia, que conoció las penurias de la migración forzada, unida al Hijo de sus entrañas, en compañía del casto Patriarca San José; Ella, modelo de acogida y de respuesta, nos alcance de su Hijo la gracia de saber salir al encuentro de los migrantes, para que, juntos, formemos un solo cuerpo y un solo espíritu[21].
 
[1] Derbez Ernesto, Inauguración Conferencia Regional de Migración en Cancún.
[2] Mensaje del Papa para la Jornada Mundial del Migrante y Refugiado, 2003, n.1.
[3] Ibid. N. 4.
[4] Ecclesia de Eucaristía, n. 1.
[5] 1Cor. 10, 14-17. 
[6] Cfr. Jn. 17,21.
[7] Cfr. Ecclesia de Eucharistia, 40.
[8] 1 Cor. 12, 27.
[9] Sernón 272, PL 38, 1247.
[10] Ibid,, 1248.
[11] Cfr. 1 Cor. 12, 12-26; 6, 15-17.
[12] 1 Cor. 12, 16.
[13] Cfr. Rom. 12, 15.
[14] Le Lettere di Paolo, Vol. I, p. 425, Roma 1980.
[15] Cirilo de Alejandria. In Joh. 11. PG 74, 560.
[16] De euch. dist. 3, tract. 1. c. 5, 5, Ed. Borgnet 38. 257
[17] MF, 1
[18] Jn. 13, 35.
[19] n. 6
[20] o. c., 26-27.
[21] Hech, 4, 32.
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