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Pontifical Council for the Pastoral Care of Migrants and Itinerant People
People
on the Move
N°
96 (Suppl.), December 2004
PASTORAL DEL TURISMO:
UN DESAFÍO ACTUAL PARA NUESTRO TIEMPO
S.E. Mons.
Rubén
Oscar FRASSIA
Vicepresidente de la Comisión Episcopal
para la Migración y el Turismo, Argentina
Aprovechando este espacio que generosamente me han concedido los organizadores
de este VI Congreso Mundial de la Pastoral del Turismo en Bangkok para
expresarme en relación al Turismo, quisiera, antes de comenzar con esta relación,
presentarles brevemente a mi tierra de origen, la Argentina.
La República Argentina está ubicada en el extremo austral de América del Sur.
Es un basto triángulo apoyado en la Cordillera de los Andes que cuenta con una
superficie continental de 2.800.000 Km., casi nueve veces el territorio de
Italia. Es el más extenso de los países de habla hispana. Lo pueblan 36.2
millones de habitantes, de los cuales 11.5 millones (el 32%) se concentran en la
Capital Federal y en el conglomerado urbano que rodea a esta Capital. El 85% de
la población es de ascendencia europea, en especial española e italiana,
urbana en casi el 90%, con un grado de alfabetización del 96.5% y una esperanza
de vida de 73 años.
Nuestro país está excepcionalmente bien dotado para el turismo. Por su extensión
de norte a Sur (3.800 Km.), por su diversidad geográfica y climática, por las
distintas formas como el hombre se asienta en las diferentes regiones, la
Argentina posee una gran variedad de paisajes naturales y culturales. En términos
turísticos, presenta una muy rica oferta de productos que abarcan desde el
tango hasta una rica variedad de fauna, pasando por la pesca, el ecoturismo, el
turismo religioso, arqueológico, étnico, cultural, la gastronomía, los sitios
del Patrimonio Mundial, los Parques Nacionales, los centros de deportes
invernales, entre muchas otras propuestas.
Para señalar lo principales centros turísticos podemos mencionar, en el
Noroeste del país, las provincias de Salta y Jujuy, con su rico patrimonio histórico,
cultural y religioso; más al sur, sobre la cordillera de los Andes, encontramos
la zona de viñedos, comprendiendo Mendoza y San Juan. En el Noreste se sitúa
la provincia de Misiones, en la zona denominada “triple frontera”, donde se
encuentran las cataratas del Iguazú y las reducciones jesuíticas. En la zona
central está la Ciudad de Buenos Aires, ciudad portuaria y de tango, rica en
oferta hotelera, gastronómica, cultural y artística; sobre la costa atlántica
se encuentran las conocidas playas de Mar del Plata. Un poco más al norte se
hallan las Sierras de Córdoba y Rosario de la Frontera. En el sur se localiza
una región que es particularmente conocida en el mundo: la Patagonia. Se
caracteriza por sus bellos paisajes, lagos, montañas y bosques, destacándose
la ciudad de San Carlos de Bariloche, el Glaciar Perito Moreno y Ushuaia, la
ciudad “más austral del mundo”.
El gobierno nacional le asigna al turismo un carácter estratégico para
impulsar un crecimiento socioeconómico sostenible. El turismo es hoy, en la
Argentina, política de estado.
En tal sentido la Secretaría de Turismo de la Nación ha encarado la elaboración
de un Plan Nacional de Desarrollo Turístico Sustentable con el principal
objetivo de hacer de la Argentina un destino turístico de excepción en cuanto
a la calidad, jerarquía y originalidad de su propuesta, posicionándolo en un
lugar importante frente a los principales mercados emisores del mundo.
No se ha logrado todavía la necesaria coordinación de una política
consensuada entre la Nación, las Provincias, los Municipios y la Empresa
Privada. Es necesario reconocer que la potencialidad de la Argentina para
desarrollar su turismo está inadecuadamente aprovechada, debido principalmente
a la ausencia de programas técnicamente bien planteados.
Habiendo hecho esta breve y general descripción de la realidad turística de la
Argentina, quisiera ahora compartir con ustedes una reflexión nacida de mi
actividad en la Comisión Episcopal para las Migraciones y el Turismo de la
Argentina sobre cómo experimento la relación del Turismo con el hombre de
nuestro tiempo.
Hablar sobre turismo significa hablar sobre la movilidad humana. Tiene como
centro al hombre, por lo tanto, la misión del turismo puede vincularse con la
misión de la Iglesia, ya que el “hombre es el primer camino que la Iglesia
debe recorrer en el cumplimiento de su misión” (JUAN PABLO II, Centesimus
Annus, N°. 53).
Este hombre no se puede bastar a sí mismo, es necesario que se abra a la
trascendencia, que inevitablemente está dada por su apertura hacia lo otro. Así,
lo propio de la persona humana es la relación, la apertura y la receptividad.
Frente a una sociedad individualista y globalizada, estos valores están
notoriamente en crisis, que no se circunscribe a una época de cambios sino que
inevitablemente estamos en el centro de un cambio de época (crisis de la
civilización).
Esta realidad, creo, afecta considerablemente el equilibrio de la persona
humana. Estamos frente a una cultura de la muerte instalada en diferentes ámbitos;
puedo señalar como signos de esta cultura la fragmentación vivida en todos los
niveles de sociedad; la vivencia de lo instantáneo, que produce una acentuación
del vivir sin ningún proyecto que sepa otear un horizonte más amplio; la
exaltación del placer y el consecuente hedonismo; la aceptación de la imagen
virtual como sustituto de lo real, y de la copia como reemplazo de lo original;
etc. Todo esto lleva consigo graves consecuencias en el comportamiento humano y
ocasiona tremendos problemas. La inseguridad mundial debido al terrorismo
aumenta esta ansiedad, llevando al hombre al consumismo.
En este marco, pienso que el turismo puede aportar un bien enorme al hombre. Así,
el turismo puede acercarlo al sentido original de las cosas, a la contemplación
y admiración de la naturaleza como “vestigio e imagen de Dios”, al descanso
como necesaria y oportuna pausa merecida al que ha trabajado y a la ocasión
inigualable de encuentro con uno mismo, con los otros, con la naturaleza y con
Dios.
Esta consideración no es meramente subjetiva. Todo lo contrario, afirmo que es
objetiva y un camino concreto hacia el bien. Desde luego implica, como toda acción
humana, una decisión.
La contemplación, la belleza, la capacidad de admiración, la experiencia del
silencio, la vivencia de la alegría y de la vida lúdica no son para nada
aspectos que puedan ser omitidos para alcanzar un sano equilibrio. Debemos
reconocer que la ansiedad, la angustia y el consumismo llevan inevitablemente a
la depreciación de los otros y de las cosas, trayendo consigo la frustración,
la falta de alegría y la pérdida del sentido de la propia vida.
La pastoral del turismo debería poner el acento no solo en el beneficio que el
turismo acerca a la región, sino que además tendría que esforzarse en
aportar, ayudar y beneficiar al visitante, haciendo más habitable y confortable
esta “gran aldea” que es nuestra tierra y que hemos recibido. La
responsabilidad sobre su cuidado nos compete. Así, habrá que subrayar la
importancia de lo ecológico como salvaguarda de nuestros ambientes, en el
presente y en un futuro no tan lejano.
Lamentablemente, en Argentina con frecuencia se oye que ocuparse del turismo es
una pérdida de tiempo, o peor aún, que constituye una frivolidad, ya que es un
lujo al cual pocos pueden acceder. Pensar así, creo, es entender el turismo
desde una visión reducida, no comprendiendo su alcance social.
Así, se debe procurar que el alcance social del turismo llegue a todos, para
que muchos tengan acceso a gozar y a disfrutar de los atractivos naturales,
culturales y religiosos.
Resta considerar, todavía, un elemento fundamental del turismo: la apertura
hacia la diversidad de culturas, de pensamientos, de razas y de religiones. De
este modo, la apertura es una ayuda para que, sin perder la propia identidad,
aprendamos a convivir, a respetar y a considerar a los otros, en sus diferentes
realidades, sea cual fuere su dimensión. Como decía el Papa Pablo VI, de feliz
memoria: “todo hombre es mi hermano”, puesto que todos somos hijos
del mismo Dios Padre. Teniendo en cuenta esta dimensión podemos desarrollar y
cultivar una verdadera actitud ecuménica.
Juan Pablo II recientemente afirmaba que, ante la inmigración, Europa se
plantea la “capacidad para encontrar formas de acogida y hospitalidad
inteligentes. Lo exige la visión universal del bien común: hace falta ampliar
las perspectivas hasta abarcar las exigencias de toda la familia humana. El fenómeno
mismo de la globalización reclama apertura y participación, si no quiere ser
origen de exclusión y marginación sino más bien de participación solidaria
de todos en la producción e intercambio de bienes” (JUAN PABLO II, Ecclesia
in Europa, N° 101). Estas palabras dirigidas a Europa competen a todas las
naciones.
Por lo tanto, el desafío que nos plantea la Pastoral del Turismo es un reto
tanto para los de afuera de la Iglesia como para los de adentro. Es de desear
que este Congreso Mundial nos ayude a estar convencidos del profundo servicio
encomendado al Turismo y así seamos auténticos mensajeros de la misión que se
nos ha confiado.
Finalmente, el Turismo, una vez que se ha captado su valor y su dimensión en
profundidad, consiste realmente en una actividad “al servicio del encuentro
entre los pueblos”. Deseo que todos los que trabajamos en turismo podamos ser,
entonces, instrumentos y puentes en la construcción de una nueva civilización.
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