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Pontifical Council for the Pastoral Care of Migrants and Itinerant People
People
on the Move
N° 96, December 2004
MENSAJE DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
PARA LA 91a JORNADA MUNDIAL
DEL
EMIGRANTE Y DEL REFUGIADO (2005)
(tema: la integración intercultural)
Queridos hermanos y hermanas:
1. Se aproxima la Jornada del Emigrante y del Refugiado. En el Mensaje anual,
que suelo enviaros con esta ocasión, quisiera referirme, esta vez, al fenómeno
migratorio desde el punto de vista de la integración.
Muchos utilizan esta palabra para indicar la necesidad de que los emigrantes se
inserten de verdad en los países de acogida, pero el contenido de este concepto
y su práctica no se definen fácilmente. A este respecto, me complace trazar su
marco recordando la reciente Instrucción «Erga migrantes caritas Christi»
(cf. nn. 2, 42, 43, 62, 80 y 89).
En ella la integración no se presenta como una asimilación, que induce a
suprimir o a olvidar la propia identidad cultural. El contacto con el otro
lleva, más bien, a descubrir su «secreto», a abrirse a él para aceptar sus
aspectos válidos y contribuir así a un conocimiento mayor de cada uno. Es un
proceso largo, encaminado a formar sociedades y culturas, haciendo que sean cada
vez más reflejo de los multiformes dones de Dios a los hombres. En ese proceso,
el emigrante se esfuerza por dar los pasos necesarios para la integración
social, como el aprendizaje de la lengua nacional y la adecuación a las leyes y
a las exigencias del trabajo, a fin de evitar la creación de una diferenciación
exasperada.
No trataré los diversos aspectos de la integración. En esta ocasión, sólo
deseo profundizar con vosotros en algunas implicaciones del aspecto
intercultural.
2. De todos es conocido el conflicto de identidad que a menudo se verifica en el
encuentro entre personas de culturas diversas. En ello no faltan elementos
positivos. Al insertarse en un ambiente nuevo, el inmigrante con frecuencia toma
mayor conciencia de quién es, especialmente cuando siente la falta de personas
y valores que son importantes para él.
En nuestras sociedades, marcadas por el fenómeno global de la migración, es
preciso buscar un justo equilibrio entre el respeto de la propia identidad y el
reconocimiento de la ajena. En efecto, es necesario reconocer la legítima
pluralidad de las culturas presentes en un país, en compatibilidad con la
tutela del orden, del que dependen la paz social y la libertad de los
ciudadanos.
En efecto, se deben excluir tanto los modelos asimilacionistas, que tienden a
hacer que el otro sea una copia de sí, como los modelos de marginación de los
inmigrantes, con actitudes que pueden llevar incluso a la práctica del apartheid.
Es preciso seguir el camino de la auténtica integración (cf. Ecclesia
in Europa, 102), con una perspectiva abierta, que evite considerar sólo las
diferencias entre inmigrantes y autóctonos (cf. Mensaje para la Jornada
mundial de la paz de 2001, n. 12).
3. Así surge la necesidad del diálogo entre hombres de culturas diversas en un
marco de pluralismo que vaya más allá de la simple tolerancia y llegue a la
simpatía. Una simple yuxtaposición de grupos de emigrantes y autóctonos
tiende a la recíproca cerrazón de las culturas, o a la instauración entre
ellas de simples relaciones de exterioridad o de tolerancia. En cambio, se debería
promover una fecundación recíproca de las culturas. Eso supone el conocimiento
y la apertura de las culturas entre sí, en un marco de auténtico entendimiento
y benevolencia.
Además, los cristianos, por su parte, conscientes de la trascendente acción
del Espíritu, saben reconocer la presencia en las diversas culturas de «valiosos
elementos religiosos y humanos» (cf. Gaudium et Spes, 92), que pueden
ofrecer sólidas perspectivas de entendimiento mutuo. Obviamente, es preciso
conjugar el principio del respeto de las diferencias culturales con el de la
tutela de los valores comunes irrenunciables, porque están fundados en los
derechos humanos universales. De aquí brota el clima de «racionabilidad cívica»
que permite una convivencia amistosa y serena.
Los cristianos, si son coherentes consigo mismos, no pueden pues renunciar a
predicar el Evangelio de Cristo a todas las gentes (cf. Mc 16, 15).
Obviamente, lo deben hacer respetando la conciencia de los demás y practicando
siempre el método de la caridad, como ya recomendaba san Pablo a los primeros
cristianos (cf. Ef 4, 15).
4. La imagen del profeta Isaías que he recordado varias veces en los encuentros
con los jóvenes de todo el mundo (cf. Is 21, 11-12) podría utilizarse
también aquí para invitar a todos los creyentes a ser «centinelas de la mañana».
Como centinelas, los cristianos deben ante todo escuchar el grito de ayuda que
lanzan tantos inmigrantes y refugiados, y luego deben promover, con un
compromiso activo, perspectivas de esperanza, que anticipen el alba de una
sociedad más abierta y solidaria. A ellos, en primer lugar, corresponde
descubrir la presencia de Dios en la historia, incluso cuando todo parece estar
aún envuelto en las tinieblas.
Con este deseo, que transformo en oración al Dios que quiere reunir en torno a
sí a todos los pueblos y a todas las lenguas (cf. Is 66, 18), envío a
cada uno con gran afecto mi bendición.
Vaticano, 24 de noviembre de 2004
Joannes Paulus PP II
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