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Pontifical Council for the Pastoral Care of Migrants and Itinerant People
People
on the Move
N°
99, December 2005
Mensaje PONTIFICIO
para la 92a
Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado
“Migraciones: signo de los tiempos”
Queridos hermanos y hermanas:
Hace cuarenta años se concluía el Concilio Ecuménico Vaticano II, cuya rica
enseñanza abarca numerosos campos de la vida eclesial. En particular, la
Constitución pastoral Gaudium et spes realizó un atento análisis de la
compleja realidad del mundo contemporáneo, buscando los modos más adecuados
para llevar a los hombres de hoy el mensaje evangélico. Con ese fin, acogiendo
la invitación del Beato Juan XXIII, los Padres conciliares se esforzaron en escrutar los signos de los tiempos, interpretándolos a la luz del Evangelio,
para brindar a las nuevas generaciones la posibilidad de responder adecuadamente
a los interrogantes perennes sobre el sentido de la vida presente y futura, y
sobre el planteamiento correcto de las relaciones sociales (cf. Gaudium et
spes, n. 4). Entre los signos de los tiempos reconocibles hoy se pueden
incluir seguramente las migraciones, un fenómeno que a lo largo del siglo recién
concluido asumió una configuración, por decirlo así, estructural, transformándose
en una característica importante del mercado del trabajo a nivel mundial, como
consecuencia, entre otras cosas, del fuerte impulso ejercido por la globalización.
Naturalmente, en este «signo de los tiempos» confluyen diversos componentes.
En efecto, comprende las migraciones internas y las internacionales, las
forzadas y las voluntarias, las legales y las irregulares, también sujetas a la
plaga del tráfico de seres humanos. Y no se puede olvidar la categoría de los
estudiantes extranjeros, cuyo número aumenta cada año en el mundo.
Con respecto a los que emigran por motivos económicos, cabe destacar
el reciente hecho de la «feminización» del fenómeno, es decir, la
creciente presencia en él de la mujer. En efecto, en el pasado, quienes
emigraban eran sobre todo los hombres, aunque no faltaban nunca las
mujeres; sin embargo, entonces ellas emigraban sobre todo para acompañar
a sus respectivos maridos o padres, o para reunirse con ellos donde se
encontraban ya. Hoy, aun siendo todavía numerosas esas situaciones, la
emigración femenina tiende a ser cada vez más autónoma: la mujer cruza
por sí misma los confines de su patria en busca de un empleo en el País
de destino. Más aún, en ocasiones, la mujer emigrante se ha convertido
en la principal fuente de ingresos para su familia. De hecho, la presencia
femenina se da sobre todo en los sectores que ofrecen salarios bajos. Por
eso, si los trabajadores emigrantes son particularmente vulnerables, entre
ellos las mujeres lo son más aún. Los ámbitos de empleo más frecuentes
para las mujeres son, además de los quehaceres domésticos, la asistencia
a los ancianos, la atención a las personas enfermas y los servicios
relacionados con el hospedaje en hoteles. En estos campos, los cristianos
están llamados a manifestar su compromiso en favor del trato justo a la
mujer emigrante, del respeto a su feminidad y del reconocimiento de sus
derechos iguales.
No se puede por menos de mencionar, en este contexto, el tráfico de seres
humanos, sobre todo de mujeres, que prospera donde son escasas las oportunidades
de mejorar la propia condición de vida, o simplemente de sobrevivir. Al
traficante le resulta fácil ofrecer sus «servicios» a las víctimas, que con
frecuencia no albergan ni la más mínima sospecha de lo que deberán afrontar
luego. En algunos casos, hay mujeres y muchachas que son destinadas a ser
explotadas, en el trabajo, casi como esclavas, y a veces incluso en la industria
del sexo. Al no poder profundizar aquí el análisis de las consecuencias de esa
migración, hago mía la condena que expresó Juan Pablo II contra «la
difundida cultura hedonista y comercial que promueve la explotación sistemática
de la sexualidad» (Carta a las Mujeres, 29 de junio de 1995, n. 5). En
ella halla todo un programa de redención y liberación, del que los cristianos no
pueden desentenderse.
Por lo que atañe a la otra categoría de emigrantes, la de los que piden asilo
y de los refugiados, quisiera destacar que en general se suele afrontar el
problema constituido por su ingreso, sin interrogarse o eliminar también acerca de las
razones que los han impulsado a huir de su País de origen. La Iglesia
contempla este mundo de sufrimiento y de violencia con los ojos de Jesús, que
se conmovía ante el espectáculo de las muchedumbres que andaban errantes, como
ovejas sin pastor (cf. Mt 9, 36). Esperanza, valentía, amor y también
«creatividad de la caridad» (Carta ap. Novo millennio ineunte, 50)
deben impulsar el necesario compromiso, humano y cristiano, para socorrer a
estos hermanos y hermanas en sus sufrimientos. Sus Iglesias de origen deben
manifestarles su solicitud con el envío de agentes pastorales de su misma
lengua y cultura, en diálogo de caridad con las Iglesias particulares de
acogida.
Por último, a la luz de los actuales «signos de los tiempos», merece
particular atención el fenómeno de los estudiantes extranjeros. Su número,
también gracias a los «intercambios» entre las diversas Universidades,
especialmente en Europa, registra un aumento constante, con los consiguientes
problemas, también pastorales, que la Iglesia no puede descuidar. Esto vale de
modo especial para los estudiantes procedentes de los Países en vías de
desarrollo, para los cuales la experiencia universitaria puede constituir una
ocasión extraordinaria de enriquecimiento espiritual.
A la vez que invoco la asistencia divina para quienes, impulsados por
el deseo de contribuir a la promoción de un futuro de justicia y paz en
el mundo, trabajan con empeño en el campo de la pastoral al servicio de
la movilidad humana, envío a todos, como prenda de afecto, una especial
Bendición Apostólica.
Vaticano, 18 de octubre de 2005
Benedictus PP XVI
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