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Pontifical Council for the Pastoral Care of Migrants and Itinerant People
People
on the Move
N°
102, December 2006
MENSAJE
PONTIFICIO PARA LA 93ª JORNADA MUNDIAL DEL EMIGRANTE Y DEL REFUGIADO
“La familia
migrante”
¡Queridos hermanos y hermanas!
Con ocasión de la próxima Jornada Mundial del Migrante y el Refugiado, con la
mirada puesta en la Santa Familia de Nazaret, icono de todas las familias, querría
invitarlos a reflexionar sobre la situación de la familia migrante. El
evangelista Mateo narra que, poco tiempo después del nacimiento de Jesús, José
se vio obligado a salir de noche hacia Egipto llevando consigo al niño y a su
madre, para huir de la persecución del rey Herodes (cfr Mt 2, 13-15).
Comentando esta página evangélica, mi venerado Predecesor, el Siervo de Dios
Papa Pío XII, escribió en 1952: “La familia de Nazaret en exilio, Jesús,
María y José, emigrantes en Egipto y allí refugiados para sustraerse a la ira
de un rey impío, son el modelo, el ejemplo y el consuelo de los emigrantes y
peregrinos de cada época y País, de todos los prófugos de cualquier condición
que, acuciados por las persecuciones o por la necesidad, se ven obligados a
abandonar la patria, la amada familia y los amigos entrañables para dirigirse a
tierras extranjeras” (Exsul familia, AAS 44, 1952, 649). En el drama de
la Familia de Nazaret, obligada a refugiarse en Egipto, percibimos la dolorosa
condición de todos los migrantes, especialmente de los refugiados, de los
desterrados, de los evacuados, de los prófugos, de los perseguidos. Percibimos
las dificultades de cada familia migrante, las penurias, las humillaciones, la
estrechey
la fragilidad de millones y millones de migrantes, prófugos y refugiados. La
Familia de Nazaret refleja la imagen de Dios custodiada en el corazón de cada
familia humana, si bien desfigurada y debilitada por la emigración.
El tema de la próxima Jornada Mundial del Migrante y el Refugiado La
familia migrante se sitúa en continuidad con los del 1980, 1986 y 1993,
y pretende acentuar ulteriormente el compromiso de la Iglesia no sólo a favor
del individuo migrante, sino también de su familia, lugar y recurso de la
cultura de la vida y principio de integración de valores. Muchas son las
dificultades que encuentra la familia del migrante. La lejanía de sus
componentes y la frustrada reunificación son a menudo ocasión de ruptura de
los vínculos originarios. Se establecen nuevas relaciones y nacen nuevos
afectos; se olvida el pasado y los propios deberes, puestos a dura prueba por la
distancia y la soledad. Si no se garantiza a la familia inmigrada una real
posibilidad de inserción y participación, es difícil prever su desarrollo armónico.
La Convención internacional sobre la protección de los derechos de todos los
trabajadores migrantes y de sus familiares, entrada en vigencia el 1 de julio de
2003, pretende tutelar los trabajadores y trabajadoras migrantes y los miembros
de las respectivas familias. Se reconoce, por tanto, el valor de la familia
también en lo que atañe a la emigración, fenómeno ahora estructural de
nuestras sociedades. La Iglesia anima la ratificación de los instrumentos
legales internacionales propuestos para defender los derechos de los migrantes,
de los refugiados y de sus familias, y ofrece, en varias de sus Instituciones y
Asociaciones, aquella advocacy que se hace cada vez más necesaria. Se
han abierto, para tal fin, centros de escucha para migrantes, casas para su
acogida, oficinas de servicios para las personas y las familias, y se han puesto
en marcha otras iniciativas para satisfacer las crecientes exigencias en este
campo.
Actualmente, se está trabajando mucho por la integración de las
familias de los inmigrantes, no obstante quede aún tanto por hacer. Existen
dificultades efectivas relacionadas con algunos “mecanismos de defensa” de
la primera generación inmigrada, que pueden llegar a constituir un obstáculo
para una subsiguiente maduración de los jóvenes de la segunda generación. Es
por tanto necesario predisponer acciones legislativas, jurídicas y
sociales para facilitar dicha integración. En estos últimos tiempos ha
aumentado el número de mujeres que abandonan el País de origen en busca de
mejores condiciones de vida, en pos de perspectivas profesionales más
alentadoras. Pero no son pocas las mujeres que terminan siendo víctimas del tráfico
de seres humanos y de la prostitución. En las reunificaciones familiares las
asistentes sociales, en particular las religiosas, pueden llevar a cabo un
beneficioso servicio de mediación, digno de una creciente valorización.
En cuanto al tema de la integración de las familias de los inmigrantes, siento
el deber de llamar la atención sobre las familias de los refugiados, cuyas
condiciones parecen empeorar con respecto al pasado, también por lo que atañe
a la reunificación de los núcleos familiares. En los territorios destinados a
su acogida, junto a las dificultades logísticas, y personales, asociadas a los
traumas y el estrés emocional por las trágicas experiencias vividas, a veces
se suma el riesgo de la implicación de mujeres y niños en la explotación
sexual como mecanismo de sobrevivencia. En estos casos, es necesaria una atenta
presencia pastoral que, además de prestar asistencia capaz de aliviar las
heridas del corazón, ofrezca por parte de la comunidad cristiana un apoyo capaz
de restablecer la cultura del respeto y redescubrir el verdadero valor del amor.
Es preciso animar, a todo aquel que está destruido interiormente, a recuperar
la confianza en sí mismo. Es necesario, en fin, comprometerse para garantizar
los derechos y la dignidad de las familias, y asegurarles un alojamiento
conforme a sus exigencias. A los refugiados se les pide que cultiven una actitud
abierta y positiva hacia la sociedad que los acoge, manteniendo una
disponibilidad activa a las propuestas de participación para construir juntos
una comunidad integrada, que sea “casa común” de todos.
Entre los migrantes existe una categoría que debemos considerar de forma
especial: los estudiantes de otros Países, que se hallan lejos de su hogar, sin
un adecuado conocimiento del idioma, a veces carentes de amistades, y a menudo
dotados con becas insuficientes. Su condición se agrava cuando se trata de
estudiantes casados. Con sus Instituciones, la Iglesia se esfuerza por hacer
menos dolorosa la ausencia del apoyo familiar de estos jóvenes estudiantes,
ayudándolos a integrarse en las ciudades que les reciben, poniéndolos en
contacto con familias dispuestas a acogerles y a facilitar el conocimiento recíproco.
Como he dicho en otra ocasión, la ayuda a los estudiantes extranjeros es “un
importante campo de acción pastoral. Sin lugar a dudas, los jóvenes que por
motivos de estudio abandonan el propio País se enfrentan a numerosos problemas,
sobre todo al riesgo de una crisis de identidad” (L’Osservatore Romano,
15 de diciembre de 2005).
Queridos hermanos y hermanas, pueda la Jornada Mundial del Migrante y el
Refugiado convertirse en una ocasión útil para sensibilizar las comunidades
eclesiales y la opinión pública acerca de las necesidades y problemas, así
como de las potencialidades positivas, de las familias migrantes. Dirijo de modo
especial mi pensamiento a quienes están comprometidos directamente con el vasto
fenómeno de la migración, y aquellos que emplean sus energías pastorales al
servicio de la movilidad humana. La palabra del apóstol Pablo: “caritas
Christi urget nos” (2 Co 5, 14) los anime a donarse, con
preferencia, a los hermanos y hermanas más necesitados. Con estos sentimientos,
invoco sobre cada uno la divina asistencia, y a todos imparto con cariño una
especial Bendición Apostólica.
Vaticano, 18 de octubre de 2006
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