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Pontifical Council for the Pastoral Care of Migrants and Itinerant People
People
on the Move
N° 105, December 2007
MENSAJE PONTIFICIO
PARA LA 94ª JORNADA MUNDIAL
DEL MIGRANTE Y DEL REFUGIADO
Queridos
hermanos y hermanas:
El tema de
la Jornada Mundial del Emigrante y el Refugiado invita este año a
reflexionar en particular sobre los jóvenes migrantes. En efecto, las
crónicas diarias hablan con frecuencia de ellos. El amplio proceso de
globalización del mundo lleva consigo una necesidad de movilidad que
impulsa también a muchos jóvenes a emigrar y a vivir lejos de sus
familias y de sus propios países. Como consecuencia de esto, la juventud
dotada de los mejores recursos intelectuales abandona a menudo los
países de origen, mientras en los países que reciben a los migrantes
rigen normas que dificultan su efectiva integración. De hecho, el
fenómeno de la emigración va aumentando siempre más y abarca un gran
número de personas de todas las condiciones sociales. Por consiguiente,
con razón, las instituciones públicas, las organizaciones humanitarias y
también la Iglesia católica dedican muchos de sus recursos para atender
a estas personas en dificultad.
Los jóvenes
migrantes son particularmente sensibles a la problemática constituida
por la denominada “dificultad de la doble pertenencia”: por un lado,
sienten vivamente la necesidad de no perder la cultura de origen,
mientras, por el otro, surge en ellos el comprensible deseo de
insertarse orgánicamente en la sociedad que los acoge, sin que esto, no
obstante, implique una completa asimilación y la consiguiente pérdida de
las tradiciones ancestrales. Entre esa juventud están las jóvenes, más
fácilmente víctimas de la explotación, de chantajes morales e incluso de
toda clase de abusos. ¿Qué decir de los adolescentes, de los menores no
acompañados, que constituyen una categoría en peligro entre los que
solicitan asilo? Estos chicos y chicas terminan con frecuencia en la
calle, abandonados a sí mismos y víctimas de explotadores sin escrúpulos
que, más de una vez, los transforman en objeto de violencia física,
moral y sexual.
Si
observamos más de cerca el sector de los migrantes forzosos, de los
refugiados, de los prófugos y de las víctimas del tráfico de seres
humanos, encontramos, desafortunadamente, muchos niños y adolescentes. A
este respecto, es imposible callar ante las imágenes desgarradoras de
los grandes campos de prófugos y de refugiados, presentes en distintas
partes del mundo. ¿Cómo no pensar que esos pequeños seres han llegado al
mundo con las mismas, legítimas esperanzas de felicidad que los otros?
Y, al mismo tiempo, ¿cómo no recordar que la infancia y la adolescencia
son fases de fundamental importancia para el desarrollo del hombre y de
la mujer, y requieren estabilidad, serenidad y seguridad? Estos niños y
adolescentes han tenido como única experiencia de vida los “campos” de
permanencia obligatoria, donde se hallan segregados, lejos de los
centros habitados y sin la posibilidad de ir normalmente a la escuela.
¿Cómo pueden mirar con confianza hacia su propio futuro? Es cierto que
se está haciendo mucho por ellos, pero es verdad también que es
necesario dedicarse aún más a ayudarles, mediante la creación de
estructuras idóneas de acogida y de formación.
Desde esta
perspectiva, precisamente, se plantea la siguiente pregunta: ¿cómo
responder a las expectativas de los jóvenes migrantes? ¿Qué hacer para
satisfacerlas? Desde luego, hay que contar, en primer lugar, con el
apoyo de la familia y de la escuela. Pero, ¡cuán complejas son las
situaciones, y numerosas las dificultades que encuentran estos jóvenes
en sus contextos familiares y escolares! En las familias se han olvidado
los papeles tradicionales que existían en los países de origen y se
asiste con frecuencia a un choque entre los padres, que han permanecido
anclados a la propia cultura, y los hijos, aculturados con gran rapidez
en los nuevos contextos sociales. No hay que descuidar, sin embargo, el
esfuerzo que los jóvenes deben realizar para insertarse en los
itinerarios educativos vigentes en los países que los acogen. El mismo
sistema escolar, por tanto, debería tener en cuenta su situación y
prever, para los jóvenes inmigrados, caminos específicos formativos de
integración, apropiados a sus necesidades. Será muy importante, también,
tratar de crear en las aulas un clima de respeto recíproco y diálogo
entre todos los alumnos, sobre la base de los principios y valores
universales que son comunes a todas la culturas. El empeño de todos –
docentes, familias y estudiantes – contribuirá, ciertamente, a ayudar a
los jóvenes migrantes a afrontar del mejor modo posible el desafío de la
integración y les dará la posibilidad de adquirir todo aquello que puede
ser provechoso para su formación humana, cultural y profesional. Esto
vale aún más para los jóvenes refugiados, para los que habrá que
preparar programas adecuados, tanto en el ámbito escolar como en el del
trabajo, con el objeto de garantizarles una preparación,
proporcionándoles las bases necesarias para una correcta integración en
el nuevo mundo social, cultural y profesional.
La Iglesia
considera con especial atención el mundo de los migrantes y pide a los
que han recibido en sus países de origen una formación cristiana que
hagan fructificar ese patrimonio de fe y de valores evangélicos para que
se pueda dar un testimonio coherente en los distintos contextos
existenciales. Por esto, precisamente, invito a las comunidades
eclesiales de llegada a que acojan cordialmente a los jóvenes y a los
pequeños con sus padres, tratando de comprender sus vicisitudes y de
favorecer su integración.
Existe,
además, entre los migrantes, como ya lo escribí en el Mensaje del año
pasado, una categoría que se ha de tener especialmente en cuenta, a
saber, la de los estudiantes de otros países que, por motivos de estudio
se encuentran lejos de casa. Su número aumenta continuamente; son
jóvenes que necesitan una pastoral específica porque no sólo son
estudiantes, como todos, sino también migrantes temporales. A menudo se
sienten solos, bajo la presión del estudio, y a veces oprimidos por las
dificultades económicas. La Iglesia, con materna solicitud, los mira con
afecto y procura realizar intervenciones específicas, pastorales y
sociales, que tengan en cuenta los grandes recursos de su juventud. Es
preciso, igualmente, ayudarles a abrirse al dinamismo de la dimensión
intercultural, enriqueciéndose al estar en contacto con otros
estudiantes de culturas y religiones distintas. Para los jóvenes
cristianos, esta experiencia de estudio y de formación puede ser un
campo útil para madurar su fe, estimulada a abrirse a ese universalismo
que es elemento constitutivo de la Iglesia católica.
Queridos
jóvenes migrantes: preparaos a construir, con vuestros coetáneos, una
sociedad más justa y fraterna, cumpliendo escrupulosamente y con
seriedad vuestros deberes con vuestras familias y con el Estado.
Respetad las leyes y no os dejéis llevar nunca por el odio y la
violencia. Procurad, más bien, ser protagonistas, desde ahora, de un
mundo donde reinen la comprensión y la solidaridad, la justicia y la paz.
En particular a vosotros, jóvenes creyentes, os pido que aprovechéis el
tiempo de vuestros estudios para crecer en el conocimiento y en el amor
a Cristo. Jesús quiere que seáis verdaderos amigos suyos y por esto es
necesario que cultivéis constantemente una íntima relación con Él en la
oración y en la dócil escucha de su Palabra. Él quiere que seáis sus
testigos y por eso es preciso que os comprometáis a vivir con valor el
Evangelio, traduciéndolo en gestos concretos de amor a Dios y de
servicio generoso a los hermanos. La Iglesia también os necesita y
cuenta con vuestra aportación. Podéis desarrollar una función
providencial en el actual contexto de la evangelización. Originarios de
culturas distintas, pero unidos todos por la pertenencia a la única
Iglesia de Cristo, podéis mostrar que el Evangelio está vivo y es
apropiado para cada situación; es un mensaje antiguo y siempre nuevo;
Palabra de esperanza y de salvación para los hombres de todas las razas
y culturas, de todas las edades y de todas las épocas.
A María,
Madre de toda la humanidad, y a José, su castísimo esposo, ambos
prófugos con Jesús en Egipto, les encomiendo cada uno de vosotros,
vuestras familias, los que trabajan, de distintos modos, en vuestro
amplio mundo de jóvenes migrantes, los voluntarios y los agentes de
pastoral que os acompañan con su disponibilidad y su apoyo de amigos.
Que el
Señor esté siempre cerca de vosotros y de vuestras familias, para que,
juntos, podáis superar los obstáculos y las dificultades materiales y
espirituales que encontráis en vuestro camino. Acompaño estos votos con
una especial Bendición Apostólica para cada uno de vosotros y para las
personas que os rodean.
Vaticano, 18 de
octubre, 2007
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