 |
Pontifical Council for the Pastoral Care of Migrants and Itinerant People
People
on the Move
N° 105, December 2007
V
Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe*
Extracto del Documento Final
Peregrinación - Santuarios - Turismo
21. La presencia cotidiana y esperanzada de
incontables peregrinos nos ha recordado a los primeros seguidores de
Jesucristo que fueron al Jordán, donde Juan bautizaba, con la esperanza
de encontrar al Mesías (cf. Mc 1,5). Quienes se sintieron
atraídos por la sabiduría de sus palabras, por la bondad de su trato y
por el poder de sus milagros, por el asombro inusitado que despertaba su
persona, acogieron el don de la fe y llegaron a ser discípulos de Jesús.
Al salir de las tinieblas y de las sombras de muerte (cf. Lc
1,79), su vida adquirió una plenitud extraordinaria: la de haber sido
enriquecida con el don del Padre. Vivieron la historia de su pueblo y de
su tiempo y pasaron por los caminos del Imperio Romano, sin olvidar
nunca el encuentro más importante y decisivo de su vida que los había
llenado de luz, de fuerza y de esperanza: el encuentro con Jesús, su
roca, su paz, su vida.
65. Esto nos debería llevar a contemplar los
rostros de quienes sufren. Entre ellos, están las comunidades indígenas
y afroamericanas, que, en muchas ocasiones, no son tratadas con dignidad
e igualdad de condiciones; muchas mujeres, que son excluidas en razón de
su sexo, raza o situación socioeconómica; jóvenes, que reciben una
educación de baja calidad y no tienen oportunidades de progresar en sus
estudios ni de entrar en el mercado del trabajo para desarrollarse y
constituir una familia; muchos pobres, desempleados, migrantes,
desplazados, campesinos sin tierra, quienes buscan sobrevivir en la
economía informal; niños y niñas sometidos a la prostitución infantil,
ligada muchas veces al turismo sexual; también los niños víctimas del
aborto. Millones de personas y familias viven en la miseria e incluso
pasan hambre. Nos preocupan también quienes dependen de las drogas, las
personas con capacidades diferentes, los portadores y víctima de
enfermedades graves como la malaria, la tuberculosis y VIH - SIDA, que
sufren de soledad y se ven excluidos de la convivencia familiar y
social.
No olvidamos tampoco a los secuestrados y a los que
son víctimas de la violencia, del terrorismo, de conflictos armados y de
la inseguridad ciudadana. También los ancianos, que además de sentirse
excluidos del sistema productivo, se ven muchas veces rechazados por su
familia como personas incómodas e inútiles. Nos duele, en fin, la
situación inhumana en que vive la gran mayoría de los presos, que
también necesitan de nuestra presencia solidaria y de nuestra ayuda
fraterna. Una globalización sin solidaridad afecta negativamente a los
sectores más pobres. Ya no se trata simplemente del fenómeno de la
explotación y opresión, sino de algo nuevo: la exclusión social. Con
ella queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la
que se vive, pues ya no se está abajo, en la periferia o sin poder, sino
que se está afuera. Los excluidos no son solamente “explotados” sino
“sobrantes” y “desechables”.
231. Hace más de cuarenta años, el Concilio
Vaticano II reconoció la acción del Espíritu Santo en el movimiento por
la unidad de los cristianos. Desde entonces, hemos recogido muchos
frutos. En este campo, necesitamos más agentes de diálogo y mejor
calificados. Es bueno hacer más conocidas las declaraciones que la
propia Iglesia Católica ha suscrito en el campo del ecumenismo desde el
Concilio. Los diálogos bilaterales y multilaterales han producido buenos
frutos. También es oportuno estudiar el
Directorio
ecuménico y sus indicaciones respecto a la
catequesis, la liturgia, la formación presbiteral y la pastoral. La
movilidad humana, característica del mundo de hoy, puede ser ocasión
propicia del diálogo ecuménico de la vida.
259. Entre las expresiones de esta
espiritualidad se cuentan: las fiestas patronales, las novenas, los
rosarios y via crucis,
las procesiones, las danzas y los cánticos del folclore religioso, el
cariño a los santos y a los ángeles, las promesas, las oraciones en
familia. Destacamos las peregrinaciones, donde se puede reconocer al
Pueblo de Dios en camino. Allí, el creyente celebra el gozo de sentirse
inmerso en medio de tantos hermanos, caminando juntos hacia Dios que los
espera. Cristo mismo se hace peregrino, y camina resucitado entre los
pobres. La decisión de partir hacia el santuario ya es una confesión de
fe, el caminar es un verdadero canto de esperanza, y la llegada es un
encuentro de amor. La mirada del peregrino se deposita sobre una imagen
que simboliza la ternura y la cercanía de Dios. El amor se detiene,
contempla el misterio, lo disfruta en silencio. También se conmueve,
derramando toda la carga de su dolor y de sus sueños. La súplica
sincera, que fluye confiadamente, es la mejor expresión de un corazón
que ha renunciado a la autosuficiencia, reconociendo que solo nada
puede.
Un breve instante condensa una viva experiencia
espiritual.
260. Allí, el peregrino vive la experiencia de
un misterio que lo supera, no sólo de la trascendencia de Dios, sino
también de la Iglesia, que trasciende su familia y su barrio. En los
santuarios, muchos peregrinos toman decisiones que marcan sus vidas.
Esas paredes contienen muchas historias de conversión, de perdón y de
dones recibidos, que millones podrían contar.
264. La piedad popular es una manera legítima
de vivir la fe, un modo de sentirse parte de la Iglesia y una forma de
ser misioneros, donde se recogen las más hondas vibraciones de la
América profunda. Es parte de una “originalidad histórica cultural” de
los pobres de este continente, y fruto de “una síntesis entre las
culturas y la fe cristiana”. En el ambiente de secularización que viven
nuestros pueblos, sigue siendo una poderosa confesión del Dios vivo que
actúa en la historia y un canal de transmisión de la fe. El caminar
juntos hacia los santuarios y el participar en otras manifestaciones de
la piedad popular, también llevando a los hijos o invitando a otros, es
en sí mismo un gesto evangelizador por el cual el pueblo cristiano se
evangeliza a sí mismo y cumple la vocación misionera de la Iglesia.
268. Como en la familia humana, la
Iglesia-familia se genera en torno a una madre, quien confiere “alma” y
ternura a la convivencia familiar. María, Madre de la Iglesia, además de
modelo y paradigma de humanidad, es artífice de comunión. Uno de los
eventos fundamentales de la Iglesia es cuando el “sí” brotó de María.
Ella atrae multitudes a la comunión con Jesús y su Iglesia, como
experimentamos a menudo en los santuarios marianos. Por eso la Iglesia,
como la Virgen María, es madre. Esta visión mariana de la Iglesia es el
mejor remedio para una Iglesia meramente funcional o burocrática.
269. María es la gran misionera, continuadora
de la misión de su Hijo y formadora de misioneros. Ella, así como dio a
luz al Salvador del mundo, trajo el Evangelio a nuestra América. En el
acontecimiento guadalupano, presidió, junto al humilde Juan Diego, el
Pentecostés que nos abrió a los dones del Espíritu. Desde entonces, son
incontables las comunidades que han encontrado en ella la inspiración
más cercana para aprender cómo ser discípulos y misioneros de Jesús. Con
gozo, constatamos que se ha hecho parte del caminar de cada uno de
nuestros pueblos, entrando profundamente en el tejido de su historia y
acogiendo los rasgos más nobles y significativos de su gente. Las
diversas advocaciones y los santuarios esparcidos a lo largo y ancho del
Continente testimonian la presencia cercana de María a la gente y, al
mismo tiempo, manifiestan la fe y la confianza que los devotos sienten
por ella. Ella les pertenece y ellos la sienten como madre y hermana.
413. Para lograr este objetivo, se hace
necesario reforzar el diálogo y la cooperación entre las Iglesias de
salida y de acogida, en orden a dar una atención humanitaria y pastoral
a los que se han movilizado, apoyándolos en su religiosidad y valorando
sus expresiones culturales en todo aquello que se refiera al Evangelio.
Es necesario, que en los Seminarios y Casas de formación, se tome
conciencia sobre la realidad de la movilidad humana, para darle una
respuesta pastoral. También se requiere promover la preparación de
laicos que, con sentido cristiano, profesionalismo y capacidad de
comprensión, puedan acompañar a quienes llegan, como también en los
lugares de salida a las familias que dejan. Creemos que “la realidad de
las migraciones no se ha de ver nunca sólo como un problema, sino
también y sobre todo, como un gran recurso para el camino de la
humanidad”.
446. Ante estos desafíos y retos sugerimos
algunas líneas de acción:
h) Asegurar la participación de jóvenes en
peregrinaciones, en las Jornadas nacionales y mundiales de Juventud, con
la debida preparación espiritual y misionera, y con la compañía de sus
pastores.
493. En la cultura actual, surgen nuevos
campos misioneros y pastorales que se abren. Uno de ellos es, sin duda,
la pastoral del turismo y del entretenimiento, que tiene un campo
inmenso de realización en los clubes, en los deportes, salas de cine,
centros comerciales y otras opciones que a diario llaman la atención y
piden ser evangelizadas.
518. Para que los habitantes de los centros
urbanos y sus periferias, creyentes o no creyentes, puedan encontrar en
Cristo la plenitud de vida, sentimos la urgencia de que los agentes de
pastoral en cuanto discípulos y misioneros se esfuercen en desarrollar:
m) Servicios especiales que respondan a las
diferentes actividades propias de la ciudad: trabajo, ocio, deportes,
turismo, arte, etc.
553. Nos ayude la compañía siempre cercana,
llena de comprensión y ternura, de María Santísima. Que nos muestre el
fruto bendito de su vientre y nos enseñe a responder como ella lo hizo
en el misterio de la anunciación y encarnación. Que nos enseñe a salir
de nosotros mismos en camino de sacrificio, amor y servicio, como lo
hizo en la visitación a su prima Isabel, para que, peregrinos en el
camino, cantemos las maravillas que Dios ha hecho en nosotros conforme a
su promesa.
Aparecida, Brasil, 13 - 31 de mayo de 2007.
|