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Pontifical Council for the Pastoral Care of Migrants and Itinerant People
People
on the Move
N° 107, August 2008
DOCUMENTo Final
“El futuro de la humanidad se fragua en la
familia” (Familiaris consortio,
86). Por este motivo, el compromiso de la Iglesia en favor de las
personas migrantes e itinerantes incluye la familia, “lugar y recurso de
la cultura de la vida y del verdadero amor, y factor de integración de
los valores” (cf. Benedicto XVI, Mensaje para la Jornada del Migrante y
del Refugiado, 2007). La familia es “la unión de
vida y de amor, basada en el matrimonio entre un hombre y una mujer” y
representa “un bien insustituible para toda la sociedad, que no se debe
confundir ni equiparar a otros tipos de unión” (Benedicto XVI a los
participantes en el Forum de las Asociaciones de Familias, 16 de mayo,
2008).
La familia es el camino de la Iglesia, y la
pastoral que se dirige a las familias de los migrantes e itinerantes se
propone su integración (que no es asimiliación) y/o cohesión. A veces,
mantener unida la familia, o reunificarla, es un objetivo fundamental,
pues sus miembros podrían llegar a separarse debido a la distancia o a
la desintegración de la familia.
Atención pastoral a las familias migrantes
Durante esta Sesión Plenaria se examinaron los
elementos necesarios para realizar un programa eficaz de atención
pastoral a la familia en el contexto de la migración y la itinerancia, y
se afirmó que la última Instrucción de la Santa Sede sobre la Migración,
Erga migrantes caritas Christi (EMCC), constituye un claro
impulso para esta misión pastoral. Nuestro ministerio debería
permitirnos estar en comunión, ejercer la misión y, lo más importante,
ser pueblo y familia de Dios.
La familia de los emigrantes e itinerantes
Al seguir las directrices para la pastoral
contenidas en el Documento arriba mencionado del Consejo Pontificio para
la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes, aprobado por el Papa Juan
Pablo II el 1 de mayo 2004, debemos prestar una mayor atención a las
familias de los migrantes e itinerantes que, por definición,
experimentan con mayor frecuencia una separación temporal corta o larga,
según las circunstancias. Cuando una persona migrante o itinerante se
encuentra lejos de su patria, y el cónyuge debe afrontar solo la
atención y la educación de los hijos, esto la lleva, en cierto modo, a
descargar en el otro las responsabilidades de los dos. Esta situación
puede causar tensión en la familia. Y podría también producirse una
ruptura permanente, si el que ha dejado el hogar establece relaciones
esporádicas con otras personas o una sola relación permanente. Esto
puede menoscabar las relaciones con la familia que ha permanecido en el
país de origen. Se trata, pues, de un reto para las familias mismas, y
también para los que les prestan asistencia pastoral.
Una espiritualidad de comunión, de unión y de
solidaridad ayudará, decididamente, a los cónyuges y a la familia, a
afrontar mejor los dolores y las penas de una separación temporal: si
esa espiritualidad se mantiene viva mediante la oración y la
comunicación, ayudará a superar las tentaciones de una separación
permanente.
Muchas familias, o una o más personas de una
misma familia, emigran porque no pueden vivir con dignidad en su propio
país y sociedad. Buscan un trabajo que los hace desplazar para
mantenerse y mantener a sus familias. En especial, los migrantes
indocumentados e irregulares abandonan su país dejando la propia familia,
con la intención de enviar dinero a casa. Puesto que todas esas personas
constituyen un recurso para las sociedades donde trabajan, a pesar de su
situación jurídica, es justo que se busque una solución para su problema
de separación temporal o prolongada de la familia.
Esto se puede hacer, en primer lugar,
estimulando la reunificación de las familias en los países receptores.
Sin embargo, dichos países están limitando siempre más este proceso, y
la separación de las familias tendrá consecuencias a largo plazo. Se
sugiere, por tanto, realizar un estudio para ver cuáles son las
consecuencias psico-sociales y calcular si llegan a contrarrestar los
beneficios económicos. Con este objeto, los participantes en esta Sesión
Plenaria apoyan a las Conferencias Episcopales que, cumpliendo su
función profética, llaman la atención de los respectivos gobiernos para
que examinen detalladamente y corrijan sus políticas de inmigración.
La visión, por parte de la opinión pública, de
la integración o la no integración de los migrantes tiene un papel
importante en la elaboración de las políticas de migración,
especialmente por lo que se refiere a la posibilidad de recibir o
rechazar a los miembros de las familias. A este respecto, sería
importante dar a conocer los programas eclesiales de acogida a los
migrantes, en especial la atención espiritual y social que presta, así
como su trabajo de abogacía y mediación, especialmente en los
principales países de destino. Es necesario, igualmente, estudiar y
desarrollar marcos jurídicos mejores ─ tanto a nivel internacional como
nacional ─ con el objeto de que las sociedades puedan ofrecer auténticas
posibilidades de integración (lo que no quiere decir asimilación), de
rehabilitación para los que regresan y de estabilidad social y cohesión,
tanto para los ciudadanos de los países receptores, como para los
itinerantes y migrantes y sus familias. A este respecto, es necesario
crear una conciencia y recordar que la integración no es un proceso que
va en una sola dirección.
La cuestión de la separación de los miembros de
la familia se podría abordar también, examinando la raíz misma de las
causas de la migración y de la itinerancia, y el papel que tiene el
desarrollo para encontrar las soluciones. Si las personas no emigran, o
regresan para estar con sus familias, porque ha aumentado el nivel del
desarrollo en el país de origen, se podría evitar la separación de las
familias y la reunificación podría realizarse en el país de origen. La
Iglesia hace un llamamiento claro y constante, a nivel nacional e
internacional, sobre la necesidad de examinar las causas fundamentales
de la migración, y el papel que puede desempeñar el desarrollo. En
efecto, las personas deben tener derecho a no verse obligadas a emigrar
para lograr su completo bienestar. La ayuda para el desarrollo legítimo
es, por tanto, fundamental para lograr la armonía y la paz en el
ámbito internacional.
La Iglesia tiene un papel importante en la
defensa del “derecho a vivir en una familia unida y en un ambiente moral
favorable al desarrollo de la personalidad del niño” (Centesimus
annus, 47), así como en la promoción de los numerosos derechos
sociales relacionados con la situación de la familia de los migrantes y
los itinerantes.
Problemas relacionados con la migración
Existen dos métodos fundamentales que se deben
utilizar en la atención pastoral de las familias migrantes. El primero
consiste en prestar asistencia a la familia para que mantenga la
cohesión, y el segundo, en hallar las maneras de ayudarle en el proceso
de inculturación (encarnación en las distintas culturas), que está
estrechamente vinculado a la integración. Esto implica un diálogo que
lleve a comprenderse mutuamente. El diálogo intercultural se realiza
entre los pueblos de diferentes nacionalidades, religiones,
denominaciones o incluso “ritos”.
Aún más, se podrían producir tensiones entre los
cónyuges, o entre los padres y los hijos que parecen captar la
inculturación con mayor rapidez que sus padres. En general, un método
pastoral para ayudar a la cohesión familiar podría consistir en crear
grupos de apoyo para los padres en las familias donde no se sabe bien la
lengua del país receptor. Esto garantizaría la comunicación entre padres
e hijos y con otras personas, por ejemplo con los maestros y asistentes
sociales, así como con los agentes de la pastoral que prestan asistencia
a las familias de los migrantes. De este modo, se facilitaría también su
integración social.
El proceso de inculturación incluye, desde luego,
programas en los que se facilita el aprendizaje del idioma del país
receptor y, al mismo tiempo, se ayuda a que los hijos del migrante no
olviden la lengua materna. Los programas de los consultorios
matrimoniales en el idioma de origen pueden ayudar también a la cohesión
familiar cuando la tensión es una amenaza para la estabilidad del núcleo
familiar.
Los conflictos entre las generaciones son
frecuentes, especialmente cuando se trata de los usos y costumbres del
país que recibe. Otra fuente de dificultades es la educación católica de
los hijos de los inmigrantes en los países de acogida, pues implica
gastos para la instrucción que los migrantes ignoran. Todo lo que se
haga para ayudar a los migrantes en el campo de la educación es un
válido instrumento pastoral.
A las mujeres se les debería dar la oportunidad,
en todo caso, de educar a sus hijos personalmente y, por tanto, la
posibilidad de no trabajar si lo desean, sin sentirse obligadas a buscar
un trabajo para aliviar la situación económica de la familia.
Tráfico humano y migrantes indocumentados
El tráfico de mujeres y niños, especialmente, y
la situación de inmigrante indocumentado o irregular, son otros desafíos
pastorales a los que la Iglesia debe responder. Ella puede sostener
programas de protección para las víctimas del tráfico humano,
eventualmente con miras a reintegrarlas en sus familias, así como
proyectos de asistencia para regularizar las situaciones ilegales de los
migrantes. No podemos dejar de insistir en que los migrantes son
personas que tienen una dignidad humana, sea cual fuere su nacionalidad,
cultura o situación jurídica. Sus derechos humanos han de ser protegidos.
La integración de los migrantes en el mercado
del trabajo local requiere por lo general un proceso lento, si no están
especializados. Con frecuencia, los inmigrantes se ven obligados a
aceptar toda clase de trabajos, a veces dejando a sus hijos solos, u
ocupados en un trabajo de menores. La atención a las condiciones de los
recién inmigrados, los programas de asistencia económica y,
especialmente, los servicios de ayuda para encontrar trabajo, son
también instrumentos poderosos para la pastoral, sin olvidar lo que es
específicamente pastoral.
Durante todo el ciclo de la vida
Las familias, incluso las de los migrantes e
itinerantes, son particularmente sensibles respecto a dos
acontecimientos en el ciclo de la vida: el nacimiento, y el fin de ésta,
la muerte. El matrimonio está estrechamente relacionado con el primero.
Las nuevas mentalidades y conceptos referentes a la religión, al
matrimonio y a la familia, vinculadas al relativismo y al subjetivismo,
circulan actualmente y condicionan también el comportamiento de los
migrantes y los itinerantes. Es importante que la Iglesia dé una
respuesta válida a las nuevas ideas, incluso para proteger las culturas
de origen de esas personas.
Ella debe pronunciarse sin temor, y con un
lenguaje expresivo e imágenes claras, contra todo aquello que puede
suceder en los diversos países; explicar con precisión su postura respecto
a las cuestiones de ética que bombardean a las familias, hoy, y utilizar
palabras acertadas al dirigirse a los medios de
comunicación y a los gobiernos.
Nacimientos
Los estudios sobre las tasas de nacimiento de
las familias migrantes en los países receptores han mostrado que, aunque
en un principio son superiores a las de la población local, con el
tiempo tienden a adaptarse a las del país de acogida, con la utilización
de los métodos que allí se practican. Así pues, aunque en algunos países
receptores se empleen la contracepción y el aborto, se debería
responder a esto, entre los migrantes e itinerantes, mediante programas
que promuevan la planificación familiar natural y una relectura de
importantes documentos conciliares y pontificios como Gaudium et spes
y Humanae vitae.
La pastoral de los hijos que han nacido en un
país distinto al de sus padres está, desde luego, estrechamente
vinculada a la administración del Sacramento del Bautismo y a la
preparación de las familias. Conocer las costumbres de los países de
origen debe ser algo imprescindible para los ministros de la pastoral en
su asistencia a las familias de los migrantes e itinerantes. Es bien
sabido que la Iglesia proporciona una actención pastoral específica a la
primera y a la segunda generación de migrantes, mediante la presencia,
si es posible, de capellanes y agentes de pastoral del mismo idioma y
cultura de los migrantes.
Matrimonio
El respeto por las costumbres del matrimonio de
los recién inmigrados, la asistencia para su preparación y la ayuda para
facilitarles el matrimonio sacramental, así como el respeto a este
Sacramento, entre los itinerantes, constituye un método pastoral
importante.
Existe una relación intrínseca entre el
matrimonio, la familia y la Eucaristía. El vínculo fiel, exclusivo e
indisoluble que une a Cristo con la Iglesia, y que tiene su expresión
sacramental en la Eucaristía, corresponde al dato antropológico
fundamental según el cual el hombre debe estar unido de modo definitivo
a una sola mujer y viceversa (Sacramentum caritatis, 28; cf.
Benedicto XVI a los participantes en esta Sesión Plenaria, 15 de mayo,
2008).
La religión, la tradición y la cultura son
aspectos importantes que se han de considerar en los matrimonios entre
personas de distintas religiones y denominaciones cristianas y de
distintos ritos católicos. Respecto a estas varias formas de matrimonio,
Erga migrantes caritas Christi da directrices precisas.
Es urgente, igualmente, hacer hincapié ─ en la
catequesis y en la formación teológica ─ sobre la necesidad de preparar
a los católicos a afrontar los desafíos que se presentan a las familias
implicadas en la movilidad humana, especialmente en los matrimonios
interreligiosos. Habría que despertar en las personas una profunda
conciencia de su identidad religiosa, y formarlas en la extraordinaria
riqueza y belleza del concepto de la Iglesia sobre el matrimonio y la
familia.
Las mujeres católicas casadas con no cristianos,
especialmente con musulmanes, deben recibir apoyo por parte de la
comunidad cristiana local, por difícil que sea, mediante encuentros de
grupos de mujeres casadas, o de algún otro modo, por ejemplo, a través
de contactos con los movimientos eclesiales y las asociaciones católicas
de laicos. El apoyo comunitario es cada vez más importante en la
sociedad actual.
Los migrantes y los itinerantes deben estar
preparados para dar testimonio y proclamar la Buena Nueva, así como para
dar buen ejemplo en ambientes “hostiles” a la familia. Los jóvenes han
de ser formados para que sean capaces de tomar decisiones a largo plazo
y para toda la vida, como la de formar una familia. Es preciso, en
efecto, prestar una especial atención a la juventud, porque es el futuro
de nuestras familias.
Muerte
En el otro extremo del ciclo de la vida, la
experiencia de la muerte, para las familias de los migrantes, es siempre
difícil. Puede tratarse de la muerte de seres queridos en el país de
origen, o, con menor frecuencia, de la muerte de algún miembro de la
familia en circunstancias poco comunes. La atención pastoral tendrá que
consistir en consolar en el dolor y en ayudar a comenzar una nueva etapa
de vida a las viudas o viudos.
Métodos pastorales
Un programa de pastoral de acogida es quizás el
mejor instrumento que la Iglesia puede utilizar para las familias en el
contexto de la migración. En una sociedad nueva todo es distinto: el
idioma, la cultura y las costumbres. Sin embargo, hay algo que permanece
constante: la Iglesia, y esto es importante en medio de los enormes
cambios a los que se ven sometidos los migrantes. La Iglesia puede
constituir para ellos una poderosa protección, siendo su abogada en la
sociedad receptora. Es necesario, sin embargo, subrayar que la actividad
pastoral no debe limitarse a prestar un servicio social o terapéutico,
sino que ha de asumir una dimensión trascendental, católica.
La cultura de acogida debe comenzar en el punto
de contacto más frecuente, a saber, la parroquia local, teniendo en
cuenta, desde luego, la actención pastoral específica que prevé el Magisterio
y que está confirmada en la Instrucción Erga migrantes caritas
Christi. Es muy importante la buena acogida y aceptación de la
población local a los migrantes. Esta actitud ayuda a la pastoral
familiar. Teniendo en cuenta la situación de división familiar, temporal
o permanente, posible o real, y muchos otros problemas de orden social,
cultural, religioso, económico y jurídico, es un imperativo establecer
una pastoral familiar en las Iglesias de origen y de destino.
Dicha pastoral familiar tiene que realizar un
diálogo con los migrantes e itinerantes para conocerlos y saber cuál es
la vida que llevan y cuáles son sus condiciones de trabajo. Dicho
diálogo revelará su verdadera situación en el ámbito de la pastoral, sus
necesidades prioritarias y las maneras de dar una respuesta eficaz a su
situación. A través de este mismo diálogo, será posible elaborar una
auténtica pastoral familiar. Sin él, la respuesta pastoral podría ser
mal dirigida e irrelevante.
El diálogo para reconocer y practicar la
reciprocidad en el campo de la libertad religiosa (véase EMCC 64)
es una tarea que exige respeto mutuo, apertura, persistencia y
determinación. Promover y garantizar esta reciprocidad es una
responsabilidad primordial de las personas que toman las decisiones a
nivel nacional e internacional. Con tal objeto, es indispensable el
diálogo, la solidaridad y la colaboración entre los Estados. Sería
necesario que las Naciones Unidas actuaran con determinación respecto a
este problema, de acuerdo con la Declaración Universal de Derechos
Humanos.
El diálogo entre las Iglesias de países/regiones
de origen y destino, que tradicionalmente tienen “relaciones” ─ con la
participación del Consejo Pontificio para la Pastoral de los Emigrantes
e Itinerantes cuando es necesario ─ debería fortalecerse y facilitarse.
No hay que olvidar que cuando los derechos humanos y laborales de la
persona migrante o itinerante son salvaguardados, esto tiene
repercusiones positivas también en su vida familiar.
Tanto la Iglesia de origen, como la de destino,
tienen que trabajar en comunión y en solidaridad para dar la posibilidad
a los migrantes e itinerantes de ser ellos mismos evangelizadores. Así,
en las Iglesias de los países de acogida, ellos podrían seguir un
programa especial de catequesis y recibir una formación en la fe y
bíblica. Pero, con relación a este mismo tema, es importante la
formación de agentes de pastoral: sacerdotes, religiosos/as y laicos,
que puedan seguir efectivamente la vida de los migrantes e itinerantes y
de sus familias. La formación, en este campo debería estar incluida
también en el programa de estudios de los seminarios mayores y en el de
las casas de formación de las congregaciones religiosas.
Los movimientos eclesiales, los grupos de fieles
laicos y las asociaciones de familias católicas pueden ser un buen punto
de apoyo para las familias de los migrantes e itinerantes, y asistirlos
individualmente para que mantengan y profundicen su fe, fortaleciendo,
al mismo tiempo, los vínculos familiares.
Por lo que se refiere a los migrantes, se
mencionaron tres situaciones particulares en el mundo: el Oriente Medio,
África y Rumania. En este contexto, se afirmó que las Conferencias
Episcopales nacionales podrían elaborar sus propios “Directorios”
nacionales, fundados en la ya mencionada Instrucción EMCC, publicada por
este Consejo Pontificio.
Proposiciones
- que el Consejo Pontificio para la Pastoral
de los Emigrantes e Itinerantes celebre una Sesión Plenaria, o por
lo menos un Simposio, sobre los “matrimonios mixtos” entre los
migrantes y entre los itinerantes;
- que el PCPMI realice periódicamente un
encuentro de los “Consejos” Continentales y Regionales de las
Conferencias Episcopales, con el objeto de discutir uno o más temas
relacionados con la migración y la itinerancia;
- que se organice, quizás conjuntamente con
otros Dicasterios de la Curia Romana, un Encuentro sobre las
Familias implicadas en la movilidad.
Conclusión
En general, el método pastoral para las familias
implicadas en la movilidad requiere flexibilidad y atención respecto a
todo el núcleo familiar. Las intervenciones en favor de los padres deben
incluir a los hijos y viceversa. La familia se debe considerar como una
unidad dinámica de intercambio de comunicación. Este dinamismo requiere
constantemente un cambio de los sistemas de apoyo a las familias de los
migrantes e itinerantes, a medida que van madurando en el nuevo ambiente
que las rodea.
Aunque la situación de los migrantes e
itinerantes sea distinta según los países, algunos de los elementos
comunes que se describen arriba requieren una acción para que una
verdadera actención pastoral y la acogida a las familias de los migrantes y
de los itinerantes sea el sello auténtico de la actitud y la praxis de
la Iglesia en favor de las personas implicadas en la movilidad. “De
hecho, al presentar distintos métodos y propuestas, es necesario que no
se pierda la directriz fundamental común, que es la realización del plan
de Dios, que quiso que el hombre y la mujer se unieran en una misma
carne (cf. Mt. 19,6) en el matrimonio, y que la familia sea un
signo del inmenso misterio de la relación entre Cristo y la Iglesia (cf.
Ef 5,32)” (Mensaje de Juan Pablo II con ocasión de la Jornada de
los Migrantes y Refugiados, 1987, n. 6). La Iglesia católica posee una
hermosa enseñanza sobre el matrimonio y la familia que debemos tratar de
transmitir, siempre más, y de infundir en la vida de las personas,
peregrinos en este mundo nuestro de hoy.
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