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Pontifical Council for the Pastoral Care of Migrants and Itinerant People
People
on the Move
N° 108 (Suppl.), December 2008
DOCUMENTO FINAL
I. El acontecimiento
El 26-27 de noviembre de 2007 se celebró el III
Encuentro Internacional sobre la Pastoral de la Carretera, en la sede
del Pontificio Consejo para la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes,
Palacio San Calixto, Ciudad del Vaticano.
Participaron cuatro Obispos, muchos Directores
Nacionales o representantes de las Conferencias Episcopales y expertos,
procedentes de veintiocho paises: Alemania, Argentina,
Australia, Bélgica, Bolivia, Bosnia y Herzegovina, Brasil, Burundi,
Canadá, Chile, China, Corea, Egipto, Eritrea, Estados Unidos, Francia,
Holanda, Inglaterra, Irlanda, Italia, Japón, India, Portugal, República
Eslovaca, Rumanía, Sudáfrica, Taiwán y Zimbabwe. De las Ordenes
religiosas estaban presentes Capuchinos, Misioneras de la Caridad,
Hermanitas de Jesús y Misioneras Combonianas. También estaban
representados la Soberana Orden de Malta, el SECAM y el CCEE. Estaban
presentes, además, asociaciones y movimientos, entre los cuales "Aux
Captifs la Liberation", FEANTSA, FIO, la Comunidad Juan XXIII y la de
San Egidio, la Sociedad San Vicente de Paúl y SELAVIP.
El Presidente del Pontificio Consejo, Su Eminencia el
Cardenal Renato Rafael Martino, dirigió unas palabras de saludo a los
participantes. Llamó la atención sobre cómo la presencia de un número
tan considerable de personas procedentes de distintas partes del mundo
era la señal de que nos estábamos enfrentando a un fenómeno de carácter
global. Destacó, además, cómo la realidad de los sin techo no era un
fenómeno reciente. Desde los orígenes, con la expulsión de nuestros
antepasados del jardín del Edén, los hombres y mujeres han ido
deambulando por los senderos del mundo. De hecho, desde siempre los
cristianos han intentado responder, con solicitud pastoral, a las
adversidades de los pobres y de los sin techo. El Emmo. Presidente
enunció una serie de indicadores que, en la vida de la Iglesia, desde el
Magisterio ordinario hasta otras directrices, han orientado a los
cristianos en su atención pastoral hacia los sin techo. Por último, e
inspirándose en el mensaje propuesto por el Santo Padre Benedicto XVI en
la Carta Encíclica "Deus caritas est", subrayó cómo, aunque el
evangelio no ofrezca de inmediato soluciones a los problemas, tenemos
aquí que dejarnos llevar por el deseo de amar al próximo y de descubrir
en él el rostro de Cristo. Por lo tanto, el servicio a los sin techo "se
convierte en una profunda revelación del amor de Dios hacia la
humanidad".
A continuación, el Arzobispo Agostino Marchetto,
Secretario del Dicasterio, pronunció el discurso programático con el
título: "¿Señor, cuando te hemos visto...?" (Mt 25,44).
Así se centró tanto el tono como el desafío del encuentro, remitiendo al
mandamiento del Señor este saber reconocer siempre el rostro de Cristo
en los pobres y marginados. Antes de nada, el Excmo. Secretario explicó
que cuando hablamos de los sin techo, de hecho, nos enfrentamos a la
falta de tutela de los derechos humanos fundamentales. Además, no sólo
describió la realidad de este fenómeno global, sino también las
diferentes facetas en que éste se manifiesta. No obstante estas
diversidades, la falta de una morada fija, casi siempre, lleva a las
personas a la desastrosa espiral de la falta de sanidad, de la pobreza y
de la marginación. Por estas razones, las necesidades de los sin techo
reclaman una clara respuesta tanto humana come eclesial, que se basará
no sólo en la satisfacción de las necesidades fundamentales, sino
también en la tutela de su dignidad como personas. Al mismo tiempo, la
Iglesia tiene que desarrollar una específica pastoral que sepa ver a la
persona en cuanto tal, más allá de sus necesidades, ya que realmente
ella ha sido creada a imagen y semejanza de Dios. Este es el desafío
para las comunidades cristianas: transformarse en lugares de acogida
donde no sólo se acoga al Señor mismo en las personas sin techo, sino
también donde haya un reciproco acompañamiento en el proceso de su
rehabilitación y reintegración.
Durante ese primer día, los participantes tuvieron la
ocasión de presentarse y de intercambiar opiniones sobre las respectivas
experiencias de apostolado. Éstas corroboraron no sólo la importante
aportación que se ha llevado a cabo en el ámbito de la atención pastoral
de los sin techo, sino también la extraordinaria diversidad de
situaciones en las que cada uno se encuentra y lleva a cabo su tarea.
A lo largo de los dos días, los congresistas se
dividieron en distintos grupos lingüísticos, con el propósito de
compartir experiencias de buenas realizaciones, metodologías, logros y
fracasos en la atención pastoral de los sin techo. Durante el segundo
día, los grupos profundizaron en las características de lo que tendría
que constituir el fundamento de la respuesta eclesial. Se les entregaron
varias preguntas para facilitar la reflexión y el dialogo.
Lo más destacable de la segunda jornada fue la
extensa intervención del Profesor Mario Pollo de la LUMSA y de la
Pontificia
Universidad Salesiana de Roma. Trazó un panorama global del fenómeno de
los sin techo y de las consiguientes y distintas respuestas pastorales,
obtenidas de una encuesta realizada anteriormente por el Pontificio
Consejo entre los distintos participantes.
La tarde del segundo día se dedicó a la Mesa Redonda
acerca de "el compromiso humano y la atención pastoral de los sin
techo". La baronesa Martine Jonet, de la Soberana Orden de Malta, el
señor Roger Playwin, Director Nacional de la Sociedad de San Vicente de
Paúl, en los Estados Unidos de América, don Barnabe d’Souza, Director
del centro de acogida Don Bosco, en la India, el señor Cristiano
Gianfreda, de la Comunidad Juan XXIII y sor Maria Cristina Bove Roletti,
Coordinadora Nacional de la Pastoral de la Calle de Brasil, expusieron
sus experiencias con respecto a las situaciones particulares de los
países donde viven y de sus organizaciones, "descubriendo" los
principios que tendrían que dirigir esta actividad pastoral y sus nuevas
estrategias. De modo especial, señalaron no sólo la importancia de la
atención de los sin techo sino también la importancia de manifestar el
valor y la dignidad de sus propias vidas.
La parte conclusiva del encuentro se dedicó a la
presentación del aporte de los grupos de trabajo y a la lectura de las
conclusiones y recomendaciones. El Congreso terminó expresando el vivo
deseo de continuar el diálogo y el intercambio fraternal de experiencias
en el ámbito de la pastoral para los sin techo.
II. Conclusiones
1. Debido a su condición, la persona sin morada fija
tiene una singularidad y unicidad irrepetible. En una sociedad que lee
las relaciones sociales en función de los intereses económicos, la
Iglesia asume la misión de restituir el valor de la gratuidad, de la
relación en su sentido más profundo.
2. En nuestro contexto histórico y social existen
personas que identifican al pobre come aquél que ha fracasado, tanto en
el orden de la naturaleza humana como de las necesidades humanas. Esto
lleva a considerar la pobreza como la consecuencia de una vida sin
valores y, en consecuencia, una culpa. Por lo tanto se ve la pobreza
como una situación de la cúal es casi imposible emanciparse. Su duración
es una señal capaz de estigmatizar para siempre la existencia humana.
3. El destino de una persona sin techo está
ulteriormente "marcado" si se considera su situación como resultado de
una "elección". ¿Quien podría elegir vivir del cuento o una existencia
marcada por la inestabilidad para sí y para su propia familia? Sin
embargo, la búsqueda de la justicia nace del reconocimiento del pobre,
con el convencimiento de que definirlo con un nombre equivocado
significa añadir una injusticia a otra injusticia.
4. A menudo nos enfrentamos con la idea de que una
persona que no tiene morada fija es una persona "diferente". Es como si
la pobreza fuera un problema que concierne a los demás. En realidad no
hay diferencias, porque vivimos en una "sociedad de riesgo" en la que
nadie puede estar seguro de no acabar siendo pobre.
5. En cada uno de los cinco continentes el ejemplo y
la abnegación de las comunidades cristianas respecto a los "últimos
entre los últimos" es una señal evidente del amor de Dios hacia la
persona humana, viva donde viva y en la situación existencial en que se
encuentre. Esto resulta aún más evidente en las actividades específicas
que se llevan a cabo, incluso cuando se adoptan metodologías distintas y
las opciones a nivel de la organización dependen de los países en los
que se concreta la actividad pastoral. De hecho, lo que se realiza está
caracterizado por distintos valores fundamentales que constituyen su
trasfondo teológico.
6. Entre todos los valores es de particular
importancia la dimensión relacional. Al aceptar la definición de quien
está sin morada fija como “un sujeto que se halla en condiciones de
pobreza material y no material, portador de estrecheces complicadas,
dinámicas y multiformes”, hecho patente en la falta de morada fija,
podemos constatar que la carencia relacional es un elemento que puede
circunscribir y provocar una vida de pobreza. A partir de ello, hay que
trazar el itinerario hacia una mayor confianza, una vida verdadera y
significativa, en la que se pueda considerar a las demás personas como
amigos, y ello es posible también en sitios en los que no hayan
“estructuras”, como la calle. Ella puede, por lo tanto, ser un sitio
pedagógico, pero también pastoral, para alcanzar una promoción humana,
un cambio.
7. Para que se realice, la Iglesia, la comunidad
local, actúa en el territorio, solícita a las necesidades emergentes y
ofrece el apoyo para individuar las soluciones. En este itinerario se
insertan a las personas sin morada fija en un recorrido de
reconciliación, así como están involucrados todos aquellos que viven en
un determinado territorio. Este procedimiento de reconciliación reclama
necesariamente una complementariedad existencial. Sólo a través de las
relaciones la persona humana se puede descubrir y reconocer a sí misma.
8. Los cambios políticos y los fenómenos sociales en
continua transformación necesitan de una acción profética por parte de
las Iglesias locales. Hoy en día constatamos que ellas están
constantemente comprometidas en la defensa de la vida, a través de sus
elecciones y el testimonio de que el amor a Cristo es una fuente de
curación de las heridas de la indiferencia.
9. Algunos elementos esenciales encaminan la “mejor
actividad pastoral” entre los sin morada fija que implica compartir.
Hacerse partícipe de un destino común es el resultado de profundas
relaciones, en las que la manera de ver al pobre es purificada. Esa
visión purificada corrobora la persuasión de que existen personas
capaces de llevar en sus corazones el destino de los demás y, entretanto
atestigua - a través del trabajo de los agentes pastorales - que Dios
ama hic et nunc (aquí y ahora).
10. Creer en la importancia de las relaciones, poner
la dimensión de la promoción humana al lado de aquella del auxilio
material, ser agentes pedagógicos y considerar que el camino por
recorrer, para evitar graves formas de marginación, es innovador e
importante, implica pensar, proponer y creer en una acción pastoral
global.
11. Los sin morada fija representan, en todo caso, un
desafío para toda la sociedad, llamada a la corresponsabilidad en la
promoción de un acercamiento apasionado con el problema. Hay que tratar
de comprender la situación y no tanto de encontrar una explicación, que
podría degenerar en clasificación impropia. No hay que considerar a la
persona como un objeto, destinatario de intervenciones establecidas de
antemano. Ello necesita de un proyecto que no estigmatice sino que tenga
la lógica de una verdadera inclusión. No obstante, la acogida permanece
limitada, frágil, insuficiente, pero hay que llenarla de un compromiso
deliberado y constante. Espontaneidad, fragmentación y obstáculos son
elementos que se necesita contrastar con un acercamiento integral,
duradero y sostenible.
12. La sensibilización consiguiente - en el contexto
de un proceso hermenéutico - es el camino a través del cual se puede
pensar y proyectar un futuro diferente, en el que la dignidad sea
descubierta de nuevo (y no sólo restituida). Por el hecho de que cada
persona es en sí misma un ser único e irrepetible, en cuanto hijo de
Dios, es fundamental respetar el tiempo necesario para el crecimiento y
el cambio. Esto es verdad también para la comunidad eclesial implicada
en la solicitud hacia el próimo.
13. Hay que ser "veraces" en cada relación de
naturaleza pastoral. Vivir la verdad en el ejercicio de la caridad
tendría que constituir la base de toda eventual actividad. Esa verdad
exige una demostración de su gratuidad, de su origen y de sus razones
más profundas. podemos
decir que el paradigma de una Iglesia que está cerca de sus hijos,
aunque ellos estén a menudo lejos de "casa", es en lo que debería
consistir su "ser sal y luz".
14. Proporcionar una "casa" es por lo tanto la misión
intrínseca de toda actividad pastoral, en este ámbito. No se trata
simplemente de ofrecer un amparo, sino un lugar donde las personas
puedan ser ellas mismas en toda su plenitud y dignidad. Se trata por
tanto de un lugar donde se pueda construir su propia morada relacional y
desarrollar cada dimensión de la existencia, incluida la espiritual.
15. El número de personas sin techo tiende al aumento
tanto en los países industrializados como en aquellos que están en vía
de desarrollo, en la grandes ciudades y en las zonas rurales, entre los
ciudadanos residentes e inmigrantes, incluso hombres, mujeres de toda
edad y niños.
16. La Iglesia, a través de sus múltiples
instituciones, socorre a los sin techo gracias a comedores, refugios,
cursos de formación profesional y empleo, servicios jurídicos
poniendo a disposición prácticas para la contratación del empleo como
parte fundamental del proceso de integración en la comunidad y
garantizando asistencia pastoral.
17. Se encuentra aquí un lugar para la ordinaria,
territorial, actividad pastoral de la Iglesia, y también para aquella
específica, que tiene que ser holística, multidimensional, espiritual,
social y relacional.
18. El cuidado pastoral tendría que ser comprendido
en el sentido más amplio, al ser la respuesta a las necesidades
materiales y espirituales.
19. El ministerio de la acogida, sobretodo respecto a
los marginados, es también parte integrante de la vida parroquial. Si en
la comunidad no se consideran a los pobres y a los sin morada fija, la
Iglesia no puede considerarse “completa”. Existe además una clara
conexión entre las obras de la caridad y las exigencias de la justicia.
III. Recomendaciones
Para la sociedad
1. Al ser la realidad socio-económica muy complicada
y llevar a cabo obras de justicia significa vivir la justicia, es
necesario actuar en medio de la complejidad evitando las
fragmentaciones. Además la perdida de valores desestabiliza la
convivencia social así que las Iglesias locales tendrían que presentar
una perspectiva axiológica que reconduzca al hombre hacia el hombre.
2. Para alcanzar estos logros es importante crear una
“red” local, en la que se reconozcan las responsabilidades y las
competencias, dando la preferencia a la programación antes que a la
intervención en situaciones de emergencia. Que se fomenten entonces
encuentros para la coordinación intra-eclesial y extra-eclesial como
oportunidad para definir objetivos comunes. Asimismo, que haya recíproca
comprensión de los lenguajes utilizados para analizar y hacer frente a
las necesidades de los sin morada fija. Es también de esta manera que se
fomentará el desarrollo de su cuidado pastoral purificado de los
estereotipos, de los “perjuicios” y de las divisiones ideológicas.
3. aunque
haya organizaciones o grupos que se sienten facultados a ocuparse de los
sin morada fija, es oportuno volver a entregar las respectivas
responsabilidades a las autoridades civiles, centrales y locales.
4. Se fomenten trabajo y viviendas, incluso en la
perspectiva de los derechos fundamentales. Entre ellos, hay que insertar
también el de la salud, no sólo en el sentido de ausencia de patologías,
sino como posibilidad de acceso al bienestar existencial.
5. Por lo tanto es oportuno que en cada acción
pastoral para los sin techo - como la acogida, el trabajo, la atención
psicológica, el acompañamiento educativo, etc. - se asuman, dentro de lo
posible, los limítes humanos, con el fin de evitar el fracaso. Ello
significa que hay que tener unos objetivos realistas y realizables.
6. Hablando de personas que viven sin morada fija,
que se desarrollen nuevas y respetuosas expresiones lingüísticas para
denominarles.
7. Sin juzgar a las personas, las actividades de
servicio tengan como objetivo la promoción de la calidad de vida y
soluciones a largo plazo, ofrecidas de manera respetuosa tomando en
consideración la Doctrina Social de la Iglesia sobre la dignidad de la
persona humana. Además, que esas intervenciones aspiren a la
trasformación total.
Para la Iglesia
8. El compromiso eclesial a favor de los sin techo se
base en la verdad fundamental de que en ellos se hace presente Cristo
que sufre y ha resucitado. Siguiendo el ejemplo de Cristo, es necesario
escucharles, darles confianza y crear relaciones. Para lograrlo, la
Iglesia tiene que salir a su encuentro en la calle, con una implicación
positiva.
9. De cara a ofrecer un mejor servicio a los sin
techo, es necesario fomentar la colaboración entre instituciones
eclesiales, poniendo fin a la tendencia de actuar a solas, a veces con
espíritu de competición. Se alienta a una adecuada cooperación con las
Autoridades civiles, con otras denominaciones religiosas y con
Instituciones no confesionales que comparten las mismas preocupaciones y
los mismos objetivos. Que se anime también las iniciativas ecuménicas.
10. Las personas sin techo han de ser estimuladas a
participar, en la medida de lo posible, en la vida social y eclesial.
Que en los programas destinados a ellas se tengan en cuenta sus
respectivas experiencias, convicciones, culturas y necesidades,
implicando a las mismas personas en su tarea de recuperación y evitando
crear dependencias.
11. Que las personas sean tratadas como seres únicos,
reconociendo en ellas la imagen y la semejanza de Dios, y que se les
llame a cada uno por su nombre.
12. A pesar de las dificultades en los contextos
donde se opera, parece oportuno recorrer con convicción los itinerarios
de la justicia, afirmando la especificidad de la misión de la Iglesia.
13. Por lo tanto, es necesario y oportuno conocer
esta realidad tanto a través del estudio como a través de la acogida,
como resultado de la relación. Los pobres forman parte de la comunidad
eclesial y como pobres tienen que ser acogidos de la misma manera que se
acoge a las familias en dificultad, a las viudas, etc. Cada persona
tiene su historia y sus problemas específicos que hay que conocer y
afrontar. Los sin techo tienen que ser considerados portadores de
derechos y no considerados sólo como un listado de necesidades por
satisfacer.
14. Se les ha de dar la posibilidad de poder
expresarse en la Iglesia y en los acontecimientos públicos. Ello puede
realizarse también en la dimensión típica del teatro o de los demás
medios de comunicación.
15. Los estudiantes también han de participar, en
los distintos niveles de formación, para que aprendan lo que hay debajo
de la situación de los sin techo y puedan ayudar según su nivel.
16. Que en las parroquias se fomenten las buenas
relaciones familiares y comunitarias, de tal manera que se puedan
individuar las necesidades locales emergentes y se pueda realizar una
acción preventiva, que frene la aparición del fenómeno de los sin techo.
17. Hay que utilizar los Documentos eclesiales como
un recurso para ofrecer un ministerio eficaz.
18. Se pongan a disposición adecuadas medidas de
financiación que permitan a los laicos ofrecer su propia contribución a
la pastoral de las personas sin techo.
Para las Conferencias Episcopales y las
correspondientes Estructuras Jerárquicas de las Iglesias Orientales
Católicas
19. Que las Conferencias Episcopales y las
correspondientes Estructuras Jerárquicas de las Iglesias Orientales
Católicas desarrollen un “servicio jurídico” en favor de los derechos a
la casa y al desarrollo, en el espíritu de la Populorum Progressio.
Una buena actividad de asesoramiento nace de informaciones
fiables. Los Obispos locales pueden entrar en conocimiento del tema en
cuestión mediante las propias asociaciones y otras que actúan en sus
diócesis/eparquías.
20. Un camino de fuerte compromiso implica la
intervención de las Conferencias Episcopales y de las correspondientes
Estructuras Jerárquicas de las Iglesias Orientales Católicas, el auxilio
de la Santa Sede, la iluminación del Magisterio pontificio.
21. En ese marco, las Conferencias Episcopales y
correspondientes Estructuras Jerárquicas de las Iglesias Orientales
Católicas propongan orientaciones sobre las obras de financiación, a fin
de sustentar las actividades especificas en apoyo de las personas sin
techo, proyectar un futuro distinto, ayudar a todos aquellos que
trabajan por los pobres (a menudo también ellos en condiciones de
pobreza).
22. La Sagrada Liturgia podría expresar esa solicitud
a través de signos litúrgicos que manifiesten el lugar central de los
pobres en el corazón de Dios. Una jornada de oración para remediar las
pobrezas extremas (tal vez el 17 de octubre, jornada mundial contra la
pobreza) podría contribuir en ese sentido.
Para las diócesis/eparquías
23. Los bienes eclesiales no utilizados (edificios)
podrían ponerse a disposición como viviendas económicas y residencias.
Las diócesis/eparquías consideren la oportunidad de disponer de un
proyecto para viviendas de los sin techo como signo concreto de este
primer Encuentro Internacional, si todavía no lo han hecho.
24. Los seminaristas, religiosos, agentes pastorales
reciban elementos de formación sobre la Doctrina Social de la Iglesia y
sobre la pastoral de los pobres y de los marginados.
25. Se alimente una mayor presencia del diaconado
permanente en el servicio a los pobres y a los sin techo.
26. Que se estimule una mejor interrelación en las
actividades de los religiosos y de las religiosas y de las asociaciones
que cuentan con amplia tradición en el marco de los servicios sociales.
Para las parroquias y las comunidades
27. Las parroquias sean "comunidades de acogida". Se
favorezca la constitución de "comités sociales" para promover e
individuar las obras de misericordia corporales.
28. Las homilías y formas de catequesis han de
prestar atención a las desventuras de los sin techo y a las
consiguientes respuestas cristianas.
29. Para ser una comunidad cristiana de acogida, se
debe dejar a un lado los perjuicios y llevar a cabo una labor de
reconocimiento. En ese sentido, no existen pobres que sean prerrogativa
exclusiva de la acción de uno en particular. En todo caso, siempre es la
comunidad la que tiene que hacerse cargo de ello, aún cuando se trate de
una acción de restitución de la responsabilidad. En un determinado
territorio, una comunidad es acogedora cuando es capaz de individuar la
necesidad y de ofrecer repuestas flexibles, que se alejen de la
"burocratización". Por lo tanto, las comunidades eclesiales deben asumir
el riesgo de vivir una caridad profética.
30. Es conveniente que dentro de las comunidades
eclesiales se reconozca la presencia de habilidades que se puedan poner
a disposición. Que se acompañe esas capacidades con propuestas
formativas capaces de ofrecer elementos útiles para la comprensión de la
realidad.
31. De hecho, en las parroquias es posible promover
"obras que sean signos", para afirmar profecía, interés y compromiso de
las comunidades cristianas hacia los sin techo. A nivel local,
especialmente, es oportuno percibir las señales del sufrimiento y antes
aún los de la estrechez, que puede prevenirse si se da un amplio espacio
a la escucha de todo lo que la persona está pasando y experimentando.
32. Que todas las parroquias y los demás grupos
eclesiales acepten el mandato evangélico de acoger a los extranjeros y,
entre ellos, de cuidar de la mejor manera al indigente y al que no tiene
un techo. Los sacerdotes y los directores espirituales tienen que estar
siempre disponibles respecto a los sin techo, sobretodo en las
situaciones críticas de su vida y en las ocasiones de luto.
33. La comunidad local, la Iglesia, el pueblo de
Dios, están llamados también a creer en el futuro de las personas sin
techo. Esto se puede realizar a través de la constante comunicación, en
las medidas y en los tiempos oportunos. Toda ocasión destinada a "dar
voz al que no tiene voz" (ver las experiencias de los llamados diarios
de la calle) es una posibilidad capaz de cambiar la percepción que las
personas sin techo tienen de sí mismos, y también la consideración y la
comprensión de la sociedad con respecto a ellos. Todo esto es un paso
hacia el incremento de la confianza en sí mismos y en la vida.
Para el Pontificio Consejo
34. Que el Pontificio Consejo para la Pastoral de los
Emigrantes e Itinerantes, con la ayuda de los participantes, redacte un
listado de las organizaciones que actúan con los sin techo, para
facilitar el intercambio de "modelos" y simplificar la comunicación y la
coordinación.
35. El Pontificio Consejo dedique también una semana
cada año a la sensibilización sobre las necesidades pastorales de las
personas sin techo, tal vez en concomitancia con las jornadas
internacionales que se les dedican.
36. El presente Encuentro no tendría que ser el
primero ni tampoco el último; es importante que haya una continuación.
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