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Pontifical Council for the Pastoral Care of Migrants and Itinerant People
People
on the Move
N° 108, December 2008
Mensaje
Pontificio
para la 95a
Jornada Mundial del
Emigrante y Del
Refugiado
“ San Pablo migrante, Apóstol
de los pueblos”
Queridos hermanos y hermanas:
Este año el Mensaje para la Jornada Mundial del
Emigrante y el Refugiado tiene por tema «San Pablo migrante, ‘Apóstol de
los pueblos’», y toma como punto de partida la feliz coincidencia del
Año Jubilar que he convocado en honor del Apóstol con ocasión del
bimilenario de su nacimiento. En efecto, la predicación y la obra de
mediación entre las diversas culturas y el Evangelio, que realizó san
Pablo «emigrante por vocación», constituyen un punto de referencia
significativo también para quienes se encuentran implicados en el
movimiento migratorio contemporáneo.
Saulo, nacido en una familia de judíos que
habían emigrado de Tarso de Cilicia, fue educado en la lengua y en la
cultura judía y helenística, valorando el contexto cultural romano.
Después de su encuentro con Cristo, que tuvo lugar en el camino de
Damasco (cf. Ga 1, 13-16), sin renegar de sus «tradiciones» y
albergando estima y gratitud hacia el judaísmo y hacia la Ley (cf. Rm
9, 1-5; 10, 1; 2 Co 11, 22; Ga 1, 13-14; Flp 3,
3-6), sin vacilaciones ni retractaciones, se dedicó a la nueva misión
con valentía y entusiasmo, dócil al mandato del Señor: «Yo te enviaré
lejos, a los gentiles» (Hch 22, 21). Su existencia cambió
radicalmente (cf. Flp 3, 7-11): para él Jesús se convirtió en la
razón de ser y el motivo inspirador de su compromiso apostólico al
servicio del Evangelio. De perseguidor de los cristianos se transformó
en apóstol de Cristo.
Guiado por el Espíritu Santo, se prodigó sin
reservas para que se anunciara a todos, sin distinción de nacionalidad
ni de cultura, el Evangelio, que es «fuerza de Dios para la salvación de
todo el que cree: del judío primeramente y también del griego» (Rm
1, 16). En sus viajes apostólicos, a pesar de repetidas oposiciones,
proclamaba primero el Evangelio en las sinagogas, dirigiéndose ante todo
a sus compatriotas en la diáspora (cf. Hch 18, 4-6). Si éstos lo
rechazaban, se volvía a los paganos, convirtiéndose en auténtico «misionero
de los emigrantes», emigrante él mismo y embajador itinerante de
Jesucristo, para invitar a cada persona a ser, en el Hijo de Dios, «nueva
criatura» (2 Co 5, 17).
La proclamación del kerygma lo impulsó a
atravesar los mares del Oriente Próximo y recorrer los caminos de
Europa, hasta llegar a Roma. Partió de Antioquía, donde se anunció el
Evangelio a poblaciones que no pertenecían al judaísmo y donde a los
discípulos de Jesús por primera vez se les llamó «cristianos» (cf.
Hch 11, 20. 26). Su vida y su predicación estuvieron totalmente
orientadas a hacer que Jesús fuera conocido y amado por todos, porque en
él todos los pueblos están llamados a convertirse en un solo pueblo.
También en la actualidad, en la era de la
globalización, ésta es la misión de la Iglesia y de todos los bautizados,
una misión que con atenta solicitud pastoral se dirige también al
variado universo de los emigrantes -estudiantes fuera de su país,
inmigrantes, refugiados, prófugos, desplazados-, incluyendo los que son
víctimas de las esclavitudes modernas, como por ejemplo en la trata de
seres humanos. También hoy es preciso proponer el mensaje de la
salvación con la misma actitud del Apóstol de los gentiles, teniendo en
cuenta las diversas situaciones sociales y culturales, y las
dificultades particulares de cada uno como consecuencia de su condición
de emigrante e itinerante. Formulo el deseo de que cada comunidad
cristiana tenga el mismo fervor apostólico de san Pablo, el cual, con
tal de anunciar a todos el amor salvífico del Padre (cf. Rm 8,
15-16; Ga 4, 6) a fin de «ganar para Cristo al mayor número
posible» (1 Co 9, 19) se hizo «débil con los débiles..., todo a
todos, para salvar a toda costa a algunos» (1 Co 9, 22). Que su
ejemplo nos sirva de estímulo también a nosotros para que seamos
solidarios con estos hermanos y hermanas nuestros, y promovamos, en
todas las partes del mundo y con todos los medios posibles, la
convivencia pacífica entre las diversas etnias, culturas y religiones.
Pero, ¿cuál fue el secreto del Apóstol de los
gentiles? El celo misionero y la pasión del luchador, que lo
caracterizaron, brotaban del hecho de que él, «conquistado por Cristo» (Flp
3, 12), permaneció tan íntimamente unido a él que se sintió partícipe de
su misma vida, a través de «la comunión en sus padecimientos» (Flp
3, 10; cf. también Rm 8, 17; 2 Co 4, 8-12; Col 1,
24). Aquí está la fuente del celo apostólico de san Pablo, el cual
narra: «Aquel que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su
gracia, tuvo a bien revelarme a su Hijo, para que lo anunciara entre los
gentiles» (Ga 1, 15-16; cf. también Rm 15, 15-16). Se
sintió «crucificado con Cristo» hasta el punto de poder afirmar: «Ya no
vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Ga 2, 20). Y
ninguna dificultad le impidió proseguir su valiente acción
evangelizadora en ciudades cosmopolitas como Roma y Corinto, que en
aquel tiempo estaban pobladas por un mosaico de etnias y culturas.
Al leer los Hechos de los Apóstoles y las Cartas
que san Pablo dirige a varios destinatarios, se aprecia un modelo de
Iglesia no exclusiva, sino abierta a todos, formada por creyentes sin
distinción de cultura y de raza, pues todo bautizado es miembro vivo del
único Cuerpo de Cristo. Desde esta perspectiva, cobra un relieve
singular la solidaridad fraterna, que se traduce en gestos diarios de
comunión, de participación y de solicitud gozosa por los demás. Sin
embargo, como enseña también san Pablo, no es posible realizar esta
dimensión de acogida fraterna recíproca sin estar dispuestos a la
escucha y a la acogida de la Palabra predicada y practicada (cf. 1 Ts
1, 6), Palabra que impulsa a todos a la imitación de Cristo (cf. Ef
5, 1-2) imitando al Apóstol (cf. 1 Co 11, 1). Por tanto,
cuanto más unida a Cristo está la comunidad, tanto más solícita se
muestra con el prójimo, evitando juzgarlo, despreciarlo o
escandalizarlo, y abriéndose a la acogida recíproca (cf. Rm 14,
1-3; 15, 7). Los creyentes, configurados con Cristo, se sienten en Él «hermanos»
del mismo Padre (cf. Rm 8, 14-16; Ga 3, 26; 4, 6). Este
tesoro de fraternidad los hace «practicar la hospitalidad» (Rm
12, 13), que es hija primogénita del agapé (cf. 1 Tm 3, 2;
5, 10; Tt 1, 8; Flm 17).
Así se realiza la promesa del Señor: «Yo os
acogeré y seré para vosotros padre, y vosotros seréis para mí hijos e
hijas» (2 Co 6, 17-18). Si somos conscientes de esto, ¿cómo no
hacernos cargo de las personas que se encuentran en penurias o en
condiciones difíciles, especialmente entre los refugiados y los prófugos?
¿Cómo no salir al encuentro de las necesidades de quienes, de hecho, son
más débiles e indefensos, marcados por precariedad e inseguridad,
marginados, a menudo excluidos de la sociedad? A ellos es preciso
prestar una atención prioritaria, pues, parafraseando un conocido texto
paulino, «Dios eligió lo necio del mundo para confundir a los sabios,
(...), lo plebeyo y despreciable del mundo, y lo que no es, para que
ningún mortal se gloríe en la presencia de Dios» (1 Co 1, 27-29).
Queridos hermanos y hermanas, la Jornada Mundial
del Emigrante y del Refugiado, que se celebrará el día 18 de enero de
2009, ha de ser para todos un estímulo a vivir en plenitud el amor
fraterno sin distinciones de ningún tipo y sin discriminaciones, con la
convicción de que nuestro prójimo es cualquiera que tiene necesidad de
nosotros y a quien podemos ayudar (cf. Deus caritas est, 15). Que
la enseñanza y el ejemplo de san Pablo, humilde y gran Apóstol y
emigrante, evangelizador de pueblos y culturas, nos impulse a comprender
que el ejercicio de la caridad constituye el culmen y la síntesis de
toda la vida cristiana. Como sabemos bien, el mandamiento del amor se
alimenta cuando los discípulos de Cristo participan unidos en la mesa de
la Eucaristía que es, por excelencia, el Sacramento de la fraternidad y
del amor. Y, del mismo modo que Jesús en el Cenáculo unió el mandamiento
nuevo del amor fraterno al don de la Eucaristía, así sus «amigos»,
siguiendo las huellas de Cristo, que se hizo «siervo» de la humanidad, y
sostenidos por su gracia, no pueden menos de dedicarse al servicio
recíproco, ayudándose unos a otros según lo que recomienda el mismo san
Pablo: «Ayudaos mutuamente a llevar vuestras cargas y cumplid así la ley
de Cristo» (Ga 6, 2). Sólo de este modo crece el amor entre los
creyentes y el amor a todos (cf. 1 Ts 3, 12).
Queridos hermanos y hermanas, no nos cansemos de
proclamar y testimoniar esta «Buena Nueva» con entusiasmo, sin miedo y
sin escatimar esfuerzos. En el amor está condensado todo el mensaje
evangélico, y los auténticos discípulos de Cristo se reconocen por su
amor mutuo y por acoger a todos. Que nos obtenga este don el Apóstol
san Pablo y especialmente María, Madre de la acogida y del amor. A la
vez que invoco la protección divina sobre todos los que están
comprometidos en ayudar a los emigrantes y, más en general, en el vasto
mundo de la emigración, aseguro un constante recuerdo en la oración por
cada uno e imparto con afecto a todos la Bendición Apostólica.
Castelgandolfo, 24 de agosto de 2008
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